
He esperado en silencio que la Catedral de Santiago se quede en calma, pues si los enigmas que esconde el Apóstol tuvieran que descansar en algún lugar, sin duda habría que empezar a buscar por aquí; bienaventurado el varón que soporta la prueba; recibirá la corona de la vida, que ha prometido el Señor a los que lo aman.
He iniciado mi viaje en el Monasterio de Uclés tratando de entender a los trece caballeros de la Orden de Santiago, adherida a la regla de los agustinos y aprobada por el Papa Alejandro III.
He vuelto a andar por Bosnia y Montenegro, como hace 25 años, y recalé en la bahía de Kotor, en Cetinje, donde un iluminado integrista, con la única estrategia del crimen, trata de cambiar el mundo y su destino, con las láminas de la Orthodoxia; no había libre albedrío, ni predestinación; si algo había aprendido al lado de su padre era que él, Radic Menz, decidía cómo, cuándo, dónde y de qué manera se sucedían las cosas.
He pasado muchos días en la Corticela, lamiendo mis heridas, como cualquiera de los peregrinos que buscaban una señal de su vida ultraterrena frente al altar.
He vuelto a Beirut, después de siete años, de la mano de un historiador y arqueólogo llamado Thomas Noah, que combatió durante la guerra civil libanesa a finales de los años ochenta, para descubrir que el pasado está escrito, en la piedra, en el papel, y en la memoria; y que aunque dicen que el tiempo lo cura todo, no es cierto; lo que hace el tiempo es convertirte en inmune al fracaso.
Y he andado todos estos caminos a causa de un crimen que tuvo lugar en el Monasterio de Uclés, donde apareció asesinado un estudioso medievalista con una moneda dentro de su mano cerrada y cuya investigación ha caído en manos de la Guardia Civil.

Por deshacer un enigma, por ver su nombre escrito en la Historia, sería capaz de arriesgarlo todo, incluso la vida de sus amigos.
De los enigmas de la Historia he fiado poco, porque suelen vivir de la oscuridad para que el paso del tiempo nada modifique; y cualquier tipo de cambio nunca llegue a alterar la sociedad que ha creado esos mitos; y tan sólo la firme voluntad de apretar el gatillo y no dar un paso atrás, pueden cambiar las cosas, y donde uno sólo puede vencer si está dispuesto a morir en el intento.
Orthodoxia me ha llevado por muchos caminos, los mismos que anduvo Radic Menz, un integrista ortodoxo, que desea encontrar los secretos del Apóstol con la misma vocación con la que los nazis buscaban el Arca de la Alianza: el poder; cuando nadie ignora que no hay mayor poder que el de la bondad, no hay mayor lucha que la del amor, no hay mayor espacio que la comprensión, ni mayor victoria que la de la entrega. Ninguno de los protagonistas sabe esto, poco importa cuando el mejor de ellos nos dice: Yo no necesito salvarme, hace mucho tiempo que vivo condenado.

El problema es que rara vez las cosas salen según lo planeado, porque si las cosas hubieran salido según lo planeado, estaría en estos momentos dando una conferencia en el Museo Británico de Londres, donde todavía esperan mi llegada.
Me ha gustado recoger los enigmas del Camino con Orthodoxia, llenarme la mochila de secretos mientras viajo desde Uclés hasta Santiago de la mano de Sandra, Thomas Noah y Luis Novo, cada uno con su vida y su alma a cuestas, llenas de ese rastro de roces que siempre termina conformando la memoria y, a veces, el porvenir, para entender que todo enigma tiene su origen dentro del alma y no fuera como, normalmente, sugieren nuestros sentidos.