domingo, 19 de marzo de 2017

EL OTRO, UN SUEÑO QUE ME TRAJO BORGES

Nunca he estado en Ginebra a orillas del Ródano, donde ocurren los más mágicos encuentros según me contó un viejo escritor argentino; pero sí puedo decir que nací y me crié junto a las marismas de otro río extraordinario que provoca, no menos prodigiosas citas que pueden desencajar a sus protagonistas tanto en el tiempo como en el espacio. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien.

Esta historia ocurrió, no hace mucho, en un mes de marzo. Siempre que viajo para pasar unos días a La Otra Banda de la Argónida, cada mañana, a primera hora, salgo a la playa con la excusa de pasear o de salir a correr; pero no es ése mi verdadero propósito, sino encontrarme con mi pasado, que fluye lento como las aguas del río que abren la desembocadura con el ritmo de las mareas y de los vientos.

Yo estaba sentado en el pretil del paseo marítimo, el día era claro y las brisas, suaves como las plumas de esas aves que los atardeceres cruzan el río buscando la seguridad de las marismas y la riqueza de su fango. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la orilla un joven de unos dieciséis años anda jugando con un balón de fútbol. Lo he reconocido al instante, sé que cada tarde, que no tiene entrenamiento con el Rayo y hasta que la luz se va, aprovecha para hacer regates a las piedras y a las conchas, y lanzar balones al aire para aprender a pararlos cuando regresan de su viaje a la luna. Él también, si se fija en mí, pensará que lo raro es que nos parecemos, aunque usted es mucho mayor que yo. Yo hubiera preferido estar solo. pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil; y que él se diera cuenta de que yo pudiera sentirme incómodo con su presencia.

Ni se imagina que yo sé que el balón que está pateando se lo ha comprado a su amigo Juan Ramón, a quien jamás le gustó aquello del fútbol, y que nunca terminará de pagárselo. Tampoco se imagina que sé que anda tras una muchacha rubia con pinta de nibelunga, que está en su mismo curso, y que nunca será suya, aunque haya prometido llevarla a la posada de Thorgate, que queda río abajo a unas millas. Con el tiempo este desenlace, que en unos meses le será tan triste, le parecerá ameno.

Hace unos días cayó en sus manos, por primera vez, un libro de Borges, y ya ha leído el cuento El Otro; así que sabe que cualquier día, podemos cruzarnos por la playa.

El año que viene se decidirá  a coleccionar su propia biblioteca, ya ha anotado los libros que tenía el joven Borges en su casa del número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa: Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el Diccionario Latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Cajlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos. Él se conformará con el Absalon de Faulkner en pasta dura, las memorias de Neruda, El Libro de la Arena de Borges, El Viejo y el Mar de Hemingway, un Don Quijote en edición de José María Valverde, El Banquete de Platón y unas obras que ha llevado a su cuarto desde las estanterías del salón para hacerlas suyas con el simple derecho que da el continuo uso.

No quiero acercarme a él porque posiblemente me pregunte por su futuro, y no me creo con derecho a arrebatarle a sus dieciséis años la capacidad de dudar, de tomar decisiones, de acertar o de equivocarse. Además, temo que pudiera ensarzarse conmigo en mil reproches acerca de quién soy o de quién pude ser, porque he de decir que no todo lo hice bien; aunque en mi descargo también puedo argumentar que él en sus dieciséis años de vida tampoco ha sido un dechado de virtudes.

Él no sabe todavía que vivirá en muchas ciudades; que viajará a lugares a veces muy complicados, vestido de soldado, cosa que ni se imagina porque él quiere ser, mientras patea un balón en la playa, como su padre o como Joseph Conrad; seguro que también asentiría si le comento que rezará a un único Dios en catedrales católicas, en mezquitas, iglesias ortodoxas y maronitas y en algún valle recorrido por un río tan mágico como el que ahora tiene enfrente y que dio de beber agua de vida a Jesucristo. Me gustaría decirle que cuando tenga cincuenta años todavía se acordará del nombre de su primer perro, ese que lo está esperando en casa y que se lo matará dentro de unos meses un malnacido.

Me hubiera gustado poder advertirle que su padre y su madre pasarán por esas experiencias que acercan a las personas a la muerte durante cierto trecho, pero que no se preocupe porque los dos lo superarán; y me hubiera gustado contarle también que sus hermanas siguen siendo mejor que él en todo, cosa que le alegrará sobremanera cuando cumpla los cincuenta.

Mientras toca la pelota él solo ahí abajo junto a las olas, pienso en que todavía no sabe quién será la mujer de su vida, ni que tendrá un hijo nacido en un lugar mágico donde se cruzan tres hermosos ríos con sus tres valles, ni que seguirá teniendo un perro y que treinta y siete años más tarde un hombre que se parece mucho a él lo estará observando mientras juega al fútbol en la playa.

Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor.

De pronto, vi que el balón con el que jugaba llegaba hasta mí, y se lo devolví también con la pierna izquierda.


domingo, 12 de marzo de 2017

VIDA Y FUGA DE FANTO FANTINI, ÁLVARO CUNQUEIRO, EL SOÑADOR

Viéronle ellos a los lejos, antes de que se acercase, y trataron de matarlo; y decíanse unos a otros:
-Aquí viene el soñador; ea, pues, matémosle y echémoslo en un pozo abandonado, y digamos que lo devoró una alimaña. Se verá entonces de qué le sirvieron sus sueños.

(Génesis, 37, XVIII-XX)

Cuando iniciaba mis estudios de contabilidad en una ciudad santa, durante una clase poco dada a la retórica, me presentaron a Fra Luca Pacioli que en su obra Summa de Arithmetica, Geometría, Proportioni et Proportionalita publicada en Venecia en 1494 ya analizaba el método contable por partida doble y retrataba aquellos libros que me acompañarían algunos años de mi vida: el libro de balances e inventario, el diario y el mayor. Todo esto, querido Fanto, forma parte del oficio y lo único que siento es no poder hacer ante ti una demostración de reglamento de los sanjuanistas.

El profesor, como todos los profesores, siempre más dados a las biografías que a las obras, empezó la asignatura relatando el nacimiento de Fra Luca hacia el año 1445 en Borgo de Santo Sepulcro en la Umbría septentrional; y yo imaginé que ese niño, al nacer, saldría del vientre materno, mientras la matrona jalaba de sus brazos para que viera la luz, dibujando con sus dedos el número áureo mientras con su recién nacida mirada trazaba la geometría de las paredes de la vieja casona de aquel pueblo Toscano. Aquella torre fue de los Bracciaforte que eran los más avaros de los toscanos, siempre buscando donde meter el oro que atesoraban, que no lo vieran ni el sol ni la luna.

Como Borgo San Sepolcro nació en mi mente como una ciudad mágica por una simple denuncia contable inicial allá por un lejano septiembre de 1987, sabía que, cualquier tarde, ese pueblo volvería a cruzarse en mi camino literario, porque esos lugares privilegiados suelen ser irremediablemente sitios de nacimiento de irredentos literatos o fabulados personajes. Son muchas, pero dispersas, las noticias que nos han quedado de la vida y aventuras del capitán Fanto Fantini della Gherardesca, nacido en Borgo San Sepulcro. Pero muchas de esas noticias que decimos, de la vida y aventuras del condottiero se contradicen con frecuencia, y solamente un paciente trabajo de investigación y de crítica, realizado durante varios años por el autor de este libro, le ha permitido establecer el tiempo y lugar de las varias etapas de la biografía fantiniana.

Así que mediante magias contables y sintácticas establecí una infatigable relación literaria entre Fra Luca Pacioli y el íncreíble condottiero Fanto Fantini della Gherardesca, que sirvió a la República de Venecia, como capitán, acompañado de su caballo Liofante, que entendía toscano y griego, y de quien ha pasado a ser leyenda su famoso discurso ante el Senado de Venecia defendiendo a su señor. En los archivos venecianos no hay ni rastro de ese discurso, ni de la discusión que en el Senado hubiera seguido a la intervención de Liofante, pero era voz pública que un senador, Ludovico Brabantio, abuelo del Brabantio que fue padre de Desdémona, afirmó que mejor que no llegase a Venecia  el capitán Fanto, que si se ponía a contar sus batallas y sus amores, no quedaría uno de la compañía que no pasase a conudo, o perdiese una hija o sobrina en los brazos del condottiero.

También, junto al tordo Liofante, don Fanto Fantini se hacía acompañar por un perro de nombre Remo, capaz de escribir en etrusco sobre la tierra, con un palo entre sus dientes. ¡Habrá estado empleado en la comedia, de can de corte del rey Pantalone! Atiende voces en latín, quizá porque nació en casa de cura, da y porta la perdiz, y con una bolsa al cuello, va por vino a la bodega, y lo elige él, oliendo en la pinga de las billas.

Del condottiero Fanto Fantini della Gherardesca se cuentan mil historias, de sus rubios cabellos y de la infinita perseverancia de perro de presa, perdóneme aquí el fiel can Remo por la metáfora, de sus enemigos por recluirlo a prisión; así como de su ingenio, gracia y destreza para la fuga como quedó demostrado las mil y una veces que escapó de esas cárceles y que el infatigable Álvaro Cunqueiro, con pluma de oro, dejó escrita para solaz del tiempo y voz de los difuntos. ¡Ve y dile a Vero del Pranzi que me he escapado de Aquilasola llamando en mi ayuda a un río! Y no se habló de otra cosa aquella primavera y aquel verano en toda Italia, de que el capitán Fanto Fantini della Gherardesca, se había escapado de una horrible prisión disfrazado de río, y que con su disfraz había aprendido la lengua de las truchas y el deslizarse sinuoso de las anguilas, y que a veces dormido, soñando que era río, en vez de roncar le salía el canto mismo que hacen las aguas en las cascadas e hirvienzas.


Así, que por esos azares que el río de la vida lleva aparejados en su discurrir, terminé por confundir como una sola, la ciudad santa que me inició en la contabilidad, el pueblo de Borgo de San Sepolcro, patria del condottiero Fanto Fantini y de Fra Luca, y Mondoñedo, un mágico lugar donde la catedral de vez en cuando toca a rebato porque dicen que ha vuelto don Álvaro Cunqueiro. Eso suele ocurrir cuando se conmemora el año del cometa con la batalla de los cuatro reyes, aunque siempre surgen muchas dudas cuando aparece de nuevo alguien que se parece al mágico soñador y fabulador, porque en seguida se corre la voz de que al pueblo ha llegado un hombre que se parece a Álvaro Cunqueiro; pero a Álvaro Cunqueiro sólo se le parece Álvaro Cunqueiro, ¿Será que ha llegado don Álvaro Cunqueiro? Y con ese sinvivir pasan sus días en Mondoñedo.

Otro No Premio Nobel que habita mágicos lugares por el que transitan sólo los elegidos. ¡Qué le vamos a hacer si el mágico soñador nació en Mondoñedo, Galicia!



domingo, 19 de febrero de 2017

LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA, ALEXIS DE TOCQUEVILLE


Después de estas últimas elecciones en Estados Unidos y su resultado, decidí volver al año 1830 y embarcar rumbo a América con esos dos jóvenes amigos de poco más de 25 años, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont que decidieron ver cómo se organizaba la democracia al otro lado del Atlántico y, abandonando la magistratura en París, decidieron vivir una aventura que los llevó en unos tiempos complejos, violentos y convulsos a una nación que soñaba con ser el país de la libertad.  Si hay un solo país en el mundo donde se pueda esperar apreciar en su justo valor el dogma de la soberanía del pueblo, estudiarlo en su aplicación a los asuntos de la sociedad y juzgar sus ventajas y sus peligros, ese país es con seguridad América.

Así que me fui a esa biblioteca escondida, con más de 40.000 volúmenes, que regenta un viejo coronel, que bien pudiera apellidarse Buendía, pero se apellida Ibáñez; y, de entre esas estanterías que huelen a libro sin abrir, localicé el volumen que buscaba, La Democracia en América de Alexis de Tocqueville. Le dije que pensaba sacarlo, pero que necesitaba más tiempo que ese mes de préstamo que la biblioteca me ofrecía; a lo que me contestó: "No te preocupes, ese libro nunca lo saca nadie; así que no tendremos a ningún lector impaciente esperando a que tú acabes, quédatelo el tiempo que quieras".

Ese mismo día comencé a leer el volumen de Tocqueville, impreso por ediciones Guadarrama en 1969 y traducido por Marcelo Arroia-Goitia: Durante los temas nuevos que, durante mi estancia en los Estados Unidos, llamaron mi atención, ninguno atrajo más vivamente mis miradas que la igualdad de las condiciones. Descubrí sin esfuerzo la influencia que ejerce este primer hecho sobre la marcha de la sociedad.

No es mal comienzo para un libro, porque la igualdad es un concepto tan fácilmente vendible que todo el mundo lo acata como una necesidad, incluso esa aristocracia del siglo XIX lo hace suyo temiendo que esas revoluciones que llamaban a su puerta no batieran los goznes tras los que ellos se refugiaban.

El problema radica en que ninguno de los individuos de cualquier sociedad, aunque se le llene la boca de ello, quiere ser igual al otro, ¿tendrá algo que ver el alma humana?; si todos tenemos el mismo derecho al voto, la misma igualdad ante la ley, los mismos derechos ante el Estado, habrá que buscar un motivo por el que los individuos puedan sentirse diferentes o mejores a los demás. En esas naciones en los que la libertad campa como principio, el motivo de diferenciación que se buscará desaforadamente será el del dinero y el bienestar material; quien tenga más dinero y sea más rico formará parte de esa nueva aristocracia que es creada en los países libres. Parece, por tanto, que será difícil avanzar hacia una sociedad completamente igualitaria en libertad.

Montesquieu lo resume de una manera muy gráfica en una célebre frase: "No es difícil ser feliz, eso se logra con facilidad. El problema radica en que queremos ser más felices que los demás, y eso es imposible porque en apariencia siempre vemos a los demás más felices de lo que en realidad son".

Aunque, claro, para Tocqueville el peor sistemas de todos los posibles es aquel en que hay una igualdad absoluta, pero no hay libertad. Las sociedades embarcadas en el endiosamiento de este sistema político igualitario en el siglo XX demostraron de una manera práctica y demasiado dolorosa este axioma escrito en 1831.

Las voluntades de la democracia son cambiantes; sus agentes, groseros; sus leyes, imperfectas: lo concedo. Pero si fuera verdad que pronto no pudiera existir ningún régimen intermedio entre el imperio de la democracia y el yugo de uno solo, ¿no deberíamos más bien tender hacia el uno que someternos voluntariamente al otro? Y si hubiera que llegar, en fin, a una completa igualdad, ¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota?

Se ha elegido, pues, como el mejor, este camino liberal en un sistema en el que la omnipotencia de la mayoría siempre aumenta la inestabilidad legislativa y administrativa que es natural a las democracias, donde su salud no puede medirse por acudir a votar una vez cada cuatro años; y en el que predomina la acción siempre creciente del despotismo de la mayoría, a la que en los Estados Unidos, se le debe atribuir, sobre todo, el pequeño número de hombres notables que hoy aparecen en el escenario político. Sabiendo que corresponde a la esencia misma de los gobiernos democráticos que el imperio de la mayoría sea absoluto; ya que fuera de la mayoría, en las democracias no hay nada que resista.

Y, de pronto, descubrimos una realidad imparable del poder de la mayoría sobre el pensamiento, una mayoría que impone un pensamiento único políticamente correcto y marca con la exclusión a aquel que se salga de él, la mayoría manda hasta en el pensamiento: Pero el pensamiento es un poder invisible y casi inaprensible que se burla de todas las tiranías, escribe Tocqueville en 1831, en nuestros días los soberanos más absolutos de Europa no podrían impedir a ciertos pensamientos hostiles a su autoridad, el circular sordamente dentro de sus Estados, e incluso en el interior de sus cortes. No ocurre lo mismo en América: en tanto que la mayoría se mantiene dudosa, se habla; pero en cuanto se ha pronunciado irrevocablemente, todo el mundo se calla.

Desde luego hay gente que ve el futuro sólo viajando a América en un barco de vela, Tocqueville era uno de ellos, y en su libro nos cuenta cómo las democracias tenderán a un individualismo desaforado que es el más visible de los rasgos democráticos, con familias cada vez más pequeñas y menos integrados en la sociedad, con un interés excesivo en el bienestar material, donde las personas son simple comercio, y cuyo único afán es el dinero, y en el que la tiranía de lo políticamente correcto tapará las bocas de los hombres libres.

Después de las últimas elecciones en Estados Unidos volví a leer a Tocqueville y no me ha dejado, como siempre, indiferente. Vuelvo a pensar que está tan vivo como en 1831; aunque yo que lo leo desde que alguien me lo recomendó, pues nunca descubrí por mí mismo un buen libro y a esos recomendadores se lo debo todo, sé que uno aprende a leer para poder no creerse nada de lo que lee. Por eso yo lo recomiendo como lectura en bachiller; ¡Ah, perdón!, que ya no se estudia ni filosofía ni a los clásicos en el instituto. No querrán ciudadanos, querrán súbditos; menos mal que ahora la guerra no nos impondrá a los tiranos, sino que los elegiremos nosotros mismos una vez cada cuatro años con la omnipotencia de la mayoría; sabiendo que la masa del pueblo puede ser seducida por su ignorancia o por sus pasiones.

domingo, 12 de febrero de 2017

EN LAS AFUERAS, CON LUIS GOYTISOLO, DONDE LAS CUENTAS NUNCA SALEN

No hay nadie que no haya vivido en las afueras; porque las afueras no es un lugar físico al que una persona sea arrastrada, por su voluntad o forzada; sino el lugar en el que vive su espíritu, aprisionado en esa botella que cada alma va puliendo y dando forma a lo largo de la vida. Las afueras, aunque parezca lo contrario, no distingue clases, no distingue género, no distingue edades, y son implacables con el corazón de las personas porque proceden del interior mismo de ellas.

Calumnia, sí, esta es la palabra. Calumnia. Por eso digo que la cosa tiene gracia. Porque con tal de poder calumniarme, no ha dudado en suprimir una de las cosas que más quería. ahora bien, esto sólo tiene un defecto: necesita convencerte de que he sido yo quien lo ha hecho y de que luego lo he negado. ¿Y cómo convencerte si no tiene pruebas? Pues impresionándote, fingiendo un dolor lo bastante intenso como para conmoverte. El pequeño Bernardo, huérfano de padres tras un accidente de tráfico, es arrastrado desde esa casa burguesa a las afueras por sus abuelos que, aunque nadie lo sepa, ya llevaban tiempo viviendo en ellas mientras se molían uno a otro, echándose en cara cualquier vicisitud de sus vidas por nimia que pudiera parecer en un monólogo interior cuyo único inocente y doloroso receptor es el niño. —Sí, Bernardo, me angustia pensar en todo esto. Y la angustia y el sufrimiento y el trabajo acortan la vida. Y tengo un carácter más agrio, más amargado por todas aquellas cosas en las que él no quiere pensar, que no quiere recordar. En las afueras, Augusto y Magdalena jamás hablan uno con otro, es un borboteo interior de cada uno que sufre el niño; no les basta a ellos con vivir en las afueras, sino que sus palabras salen de su boca a los oídos del niño. ¿Para qué? Pues para el gratuito sufrimiento, que es asequible a todos en ese lugar llamado las afueras.

Los dos Víctor, victoriosos en la guerra, también tienen una posición desahogada, pero nada hace pensar que la posición y la vida tienen por qué coincidir. El primero de ellos vuelve a su finca desde Barcelona, regresa a las afueras, donde alguna vez fue feliz, —aquí pescaba renacuajos—, cuando se creía un igual a los aparceros, que se quedan todo el trabajo y lo único que entregan son las cosechas; pero las afueras, obedientes a esa ley que ayudada por el tiempo todo lo quema, raudas devuelven a los ricos y a los pobres a una infelicidad a la medida de cada uno. Y como no podía salir de casa ni bajar al pueblo, se pasaba la mayor parte del día metido en la cocina, mirando al fuego. Acaba de recibir una carta escrita por su mujer en la que viene escrita una sola palabra: "no".

No sé si las afueras pueden vivir en una novela o no. La unidad de lugar es tan relativa como ese sitio en el que no sólo viven los vencidos y los pobres; sino que ahora empiezan a llegar los burgueses y los ricos. Reconozco a Tonio, en lomos de la modernidad, en varios capítulos; y a Víctor, el vencedor vencido, y a Ciriaco, el legionario que ayudó a ganar al guerra y, ahora, tísico, malvive saltando de un capítulo a otro como limpiabotas; y a Augusto y Magdalena, con brillo por fuera pero negros por dentro; y a Domingo y Amelia, víctimas de esa vejez dividida entre la ciudad y el campo; y a Dineta y a su padre Mingo Cabot, anclado en ese pasado que arrastra un caballo medio muerto y una reja, incapaz de subirse en el tractor de la modernidad.

En las afueras nos pintan tal como somos, incapaces de ser felices cualquiera que sea nuestra condición; sabiendo que por mucho que la vida nos enseñe en este mundo las cuentas nunca salen, y quien diga lo contrario o miente o vive de la hipocresía. «¿De qué le serviría saber tantas cosas? Por mucho que una sepa de números, aquí las cuentas nunca salen»





domingo, 5 de febrero de 2017

ILUMINACIONES EN LA SOMBRA, ALEJANDRO SAWA



Un bohemio es aquél que nunca vende su pluma a nadie. Un bohemio es aquel que ama la literatura sobre todas las cosas. Un bohemio es aquel que no moverá un solo dedo si no lo hace en nombre del arte. Un bohemio es aquél que es dueño de su voz, de su silencio y de su hambre. Un bohemio es aquél que es irreconciliable con el éxito, porque el éxito siempre es sobornado por el poder. Un bohemio es aquél que se sale del canon por estética o por rebeldía. Un bohemio es el único sano que sabe que vive en una sociedad de leprosos en la que la villanía es el estado social de la gente. Un bohemio nunca debe ser confundido con alguien lleno de greñas que se cree más libre que nadie porque malvive por los cafés y los fumaderos de opio rindiendo cuenta sólo a su estupidez. Un bohemio nunca debe ser confundido con un golfemio. Un bohemio sabe que el honor se asienta en las almas y no en los labios. Un bohemio es aquél que es capaz de quedarse ciego de tanto mirar al sol. Un bohemio es... Alejandro Sawa. Darío, ministro plenipotenciario de Nicaragua en España, lo sabe.

Siempre que veo a Valle-Inclán en Recoletos, camino del café Gijón, le pregunto por Sawa. A Sawa lo conocí cuando llegué a Madrid y andaba inquieto por la vida literaria. Era entonces una población grande y viciosa. Madrid simpatiza con todos los aventureros, a la sola condición de que sean valientes y no se dejen dominar por escrúpulos de vergüenza. Madrid es la capital de España y la gran población predilecta de la canalla.

Esa tarde me extrañó que don Ramón fuera con prisas.

— Acompáñame— me dijo —vas a ver a Sawa. Es tu última oportunidad. Se está muriendo ciego, loco, solo y pobre, muy pobre, en una covacha de la calle Conde Duque. Donde el Cuartel de Caballería. ¿vienes?

Ir a Madrid, vivir en Madrid. Madrid, cisterna, antro, sima que mientras más devoras más sientes aumentarse tu apetito.

— Claro que voy— le contesté — nunca desaprovecho una oportunidad para visitar en la tierra el infierno. Lo aprendí de Sawa; el vicio y la virtud son inmortales. La pasión también. Por eso de toda eternidad el hombre ama y odia; tiene igualmente apercibidos la dentellada y el beso. Ese beso que le dio Víctor Hugo al hombre que más cerca estuvo de Verlaine, aparte de Rimbaud. —¿Darío lo sabe?

— Lo han matado. A Sawa lo han matado, entre todos lo han matado, dice Valle para sí, mientras enfilamos la calle Conde Duque.

Sawa no ha encontrado editor para sus Iluminaciones, tampoco lo consiguió Rimbaud para las suyas y acabó traficando con armas y con personas en Abisinia. Notad que todos los críticos son miopes y usan antiparras. Acercándose demasiado a la nariz, por deficiencia del órgano visual, las páginas del libro que tienen entre las manos, ven los defectos tipográficos, las cualidades de la estampación, los poros y los granos del papel, no el alma del escritor, que ha necesidad, siempre, de los grandes horizontes para ser vista en su justa perspectiva.

Cuando entramos en el número 7 de la calle Conde Duque se olía la miseria, He vendido mis muebles y sólo me he reservado los más precisos, pero tengo flores. He sustituido el confort por la gala, y, si bien es cierto que no tengo apenas mesa donde escribir, poseo en cambio una maceta de claveles que trascienden a Gloria, y en lugar de mi artístico secrétaire de palo de rosa tengo una hortensia, que me consuela de muchas pérdidas crueles de la vida. ¿Darío lo sabe?

Nada más entrar en la habitación, Valle ha imaginado la figura sombría de Max Estrella sobre el camastro desvencijado, y se ha puesto a llorar por el muerto, por él y por todos los pobres poetas. En la misma calle ha decidido escribirle unas letras a Darío para que éste les ayude a publicar el libro enterrado de Sawa, Iluminaciones en la Sombra. Y en una pequella cuartilla escribe: he llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en El Liberal, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Darío prologará el libro, algo le empujaría su corazón o la noche, pero todavía le queda una eternidad para poder cancelar la infame deuda que contrajo con su amigo Alejandro Sawa, La deuda de amistad. ¿Lo sabe Darío, príncipe de los poetas?

Nada más salir del velatorio y viendo que el centro cultural Conde Duque permanecía abierto decidí entrar. Valle siguió su camino. Dentro me esperaba una tertulia de principios de siglo, llena de vates y escritores que convocaba Ramón Gómez de la Serna. A Alejandro Sawa no se le esperaba; alto, elegante, con la apariencia que entrega la limpia pobreza, acompañado por sus dos perros, mientras grita:  Los hombres del Poder no se contentan con disponer a su antojo de nuestra bolsa, de nuestro hogar, de nuestra libertad y de nuestra vida. Porque son accionistas de esa fábrica de poder que se llama la Gaceta (nuestro BOE de hoy en día), creen serlo también, ¡ insensatos!, de esa otra cosa tan distinta que se llama la gloria. Y firman credenciales de inmortalidad, como si se tratara de expedientes de un negociado cualquiera de Gobernación ó Hacienda. Pero no cuentan con el porvenir ni con la Historia. Con el porvenir, que levantará picotas sobre muchos pedestales contemporáneos; con la Historia, que condenará los mismos rasgos glorificados por mármoles y bronces, a la eternidad del ridículo o de la infamia.  

Bueno, sabiendo que la muerte es el olvido y que Sawa ha llegado antes, me entretengo bebiendo con dos personas que tengo en alta estima en el amplio patio del Centro Cultural Conde Duque, mientras recuerdo los versos que Manuel Machado dedica a Alejandro Sawa en el prólogo de Iluminaciones en la Sombra:

Jamás hombre más nacido
para el placer, fue al dolor
más derecho.

Jamás ninguno ha caído
con facha de vencedor
tan deshecho.

Y es que él se daba a perder
como muchos a ganar.

Y su vida,
por la falta de querer
y sobra de regalar
fue perdida.

Es el morir y olvidar
mejor que amar y vivir.
Y más mérito el dejar
que el conseguir.











domingo, 29 de enero de 2017

MARÍA ZAMBRANO, EN LOS CLAROS DEL BOSQUE

Nadie que haya vivido, pongamos por caso más de cincuenta años, ignora que el bosque es la metáfora de la vida o, al contrario, la vida es la metáfora del bosque. Los que hayan andado muchas noches por ellos, con armas o desarmados, lo saben bien.

Cuando salimos al bosque, o a la selva, siempre nos espera la nada; y queda la nada, el vacío que el claro del bosque da como respuesta. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible ilimitada; como la vida.

La lección que ha aprendido un hombre o una mujer de digamos, más de cincuenta años, es que el claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar. No hay que buscarlos. es la lección inmediata de un claro del bosque; no hay que ir a buscarlos, ni tampoco esperar nada de ellos.

A María Zambrano, un claro del bosque al que llegué sin buscarlo, me acerqué porque me invitaron a ir a Málaga a hablar sobre Comunicación. Nunca pensé que nadie fuera capaz de aunar poesía y filosofía; pues si un filósofo expulsó del paraíso a los poetas era porque pensó que la comunión de estos con la filosofía era imposible. Yo estaba equivocado y, como yo, Platón andará con la duda de si María Zambrano debe o no habitar ese paraíso por él creado. Posiblemente, María tenga su paraíso propio, donde el amor no tiene que ser sostenido. Esa división, de lingüista aburrido, entre la cosa misma y su significado; esa desunión, de filósofo sesudo, entre el frío pensamiento y los sentidos, las envuelve María en palabras poéticas nunca fáciles de desentrañar, tengan en cuenta que estamos en un oscuro bosque, donde no encuentras los claros buscándolos, sino que ante ti aparecen.

Nada es signo, como si se vislumbrase un reino donde lo que significa y lo significado fuera uno y lo mismo. Una herida sin bordes que convierte al ser en vida; pues, como escribe Emilio Prados en so obra Río Natural, Nació y creció sin saber -si estaba dentro o fuera- del Dios que nació con él.

Antes de dar un paso en el oscuro bosque, ligeros de equipaje por supuesto, conviene saber, quien allí habita lo sabe, que hay que dormirse arriba en la luz, y hay que estar despierto en la oscuridad, pues el alma se mueve por sí misma, va a solas, y va y vuelve sin ser notada; como la amada en la noche oscura de San Juan de la Cruz. Si es que al final, todos andamos, sin cruzarnos, por el mismo bosque, todos nos dedicamos a buscar desaforadamente los claros del bosque hasta que nos damos cuenta que a los claros del bosque no hay que ir a buscarlos que se aparecen solos y que la realidad que al ser humano se le ofrece no acaba de serlo nunca, a medias real tan solo, y a veces irreal por asombrosa, por sobrepasarse a sí misma. Así es ella la vida, la recién llegada, la encontrada, la aparecida, un puro don.

He visto algún claro del bosque donde anidaba la belleza, que se abre como una flor, su centro iluminado que luego resulta ser el centro que comunica con el abismo; quien se acerca al cáliz de esta flor arriesga ser raptado. Yo fui raptado alguna vez y aprendí que reaccionar ante ella con angustia es el infierno que la quietud bajo ella es indispensable; que la quietud no consiste en retirarse, sino en no salirse del simple sufrir que es padecer. En este padecer el ser se despierta, se va despertando necesitado de la vida y la llama.

Y he visto otro claro donde anidaba la soledad, pero aquella más pura no tocada por el afán de independencia , ni por el sentimiento de encontrarse aislado. La soledad, aceptada en el abandono, es quien recibe el don de la mirada remota que la sostiene.

He aprendido en más de cincuenta años que el corazón tiene huecos, habitaciones abiertas y que la vida aparece de incógnito sin esplendor alguna; y que visto lo visto, sólo el Hombre dotado de un corazón inocente podría habitar el universo.

Seguiré andando por el bosque viviendo pequeños instantes hasta que los claros se aparezcan ante mis sentidos; con la absoluta convicción de que volveré a equivocarme mil veces en mis decisiones cuando me encuentre con ellos. No es ser, ni solamente vida, sino vivir. Porque es seguro que todos los hombres mueren, mas no todos mueren como Sócrates. ¡Qué le vamos a hacer!













viernes, 13 de enero de 2017

TRAS LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT, CON JULIO VERNE

No hay ningún tiempo pasado que no esté en manos del futuro, que es quien domina la memoria. De mi primera memoria literaria me quedan los fragmentos de los textos que leí en mis primeros años de estudio y que, al albur de la selección de algún gurú académico o literario, venían recogidos en los libros Senda de la Editorial Santillana que estudiábamos en El Picacho.

Yo, hasta entonces, jamás había leído un libro completo; pues, a diferencia de Borges, la biblioteca de mi padre no tenía puertas que pudieran abrirse; así que viví con migajas de Azorín, Cela, el Poema del Mío Cid, Pedro Antonio de Alarcón, Pío Baroja, Miguel de Unamuno, el infante don Juan Manuel, Valle Inclán, algún poema extraviado de Lorca y Alberti y todos aquellos otros textos que componían el compendio de Senda. Puras migajas, sin principio ni final, sin inicio, ni nudo y desenlace que, entonces, para mí eran oro. Oro pasado por el tamiz mágico de mi profesor de Literatura don Ramón Asquerino que, como los buenos profesores, desdeñaba los fríos libros académicos y nos volteaba por la Literatura de verdad.

Pero un 29 de enero de 1976 terminé de leer, por primera vez, un libro completo, Los Hijos del Capitán Grant de la editorial Círculo de Lectores, impreso en el año 1975, y entendí que los fragmentos, que hasta entonces había leído, necesitaban de algo más que de la buena escritura para conformar un libro.

Todavía ese volumen está en casa de mi padre; y en el fondo de la mar, o en unas manos desconocidas, debe de andar una botella con un mensaje dentro que lancé esa misma tarde después de acabar el libro.

Dentro de la botella, verde como la mar, deposité un mensaje en el que escribí las únicas letras en francés, garabateadas por el capitán Harry Grant, que podían descifrarse en el tercer manuscrito; el cual apareció en el estómago de un tiburón martillo dentro de una botella:

troj                              ats                        tannia                        
gonie                         austriel                                          abor            contin         pr          cruel indi           jete                                           ongit      et 37º 11 lat.

Siempre pensé que quien encontrara esa botella, aunque no fuera dueño del Duncan, ni se llamara Lord Glenarvan, adivinaría que el capitán del Britannia, Harry Grantestaba en apuros; y comenzaría un fabuloso viaje hasta encontrar los 37º 11 de latitud. Yo lo hubiera hecho.

Mi padre y ese libro fueron los causantes de que, desde niño, yo quisiera estudiar Naútica y ser marino mercante para recorrer los mil mares y escribir historias sobre ellos. Pero el pasado siempre es escrito por el futuro, y los dioses del futuro escogieron para mí otros caminos más polvorientos, pero igual de mágicos.

De todas formas, yo, todos los días que estoy en Sanlúcar, acudo a la playa de La Jara por si encuentro un mensaje dentro de una botella que me inste a buscar los 37º 11 de latitud.







sábado, 7 de enero de 2017

REMIGIO GONZÁLEZ, ADARES, UN POETA QUE ME ENCONTRÓ EN SALAMANCA



Aquí os dejo
mi imagen
pero os aseguro 
que ella no lo sabe.

Nadie llega a Salamanca buscando poetas. Los poetas modernos sólo entregan versos sin ningún valor material. Como mucho, en un espíritu sensible, consiguen la poca dicha de alimentar oídos, corazón y vida durante unos segundos. Así son los poetas de hoy en día; sólo entregan versos.

Quizá fue una mala idea para los poetas abandonar los palacios y la seda de los señores; dejar atrás las mansiones de los mecenas y su halago; o luchar contra el abrazo de la Administración y sus burócratas. Sin los poderosos sólo les queda el frío del invierno, la lluvia del otoño, el sol del verano y el relente de la primavera.

Salamanca,
los que te subastan y se retratan
a ellos, ellos los elegantes,
los que ya sin pulso
no escucharon el frío.

Yo a Salamanca llegué buscando pícaros, la universidad y su pasado habitado por sabios; y con una mujer. Nadie va a Salamanca buscando poetas. Además, como poca gente se atreve a serlo a cara descubierta, sabía que, si querías verlos, siempre sería necesario buscarlos con ahínco por cafés escondidos en lugares marginales, en ateneos dirigidos por viejas edades irreconocibles o en clubs de lectura desconocidos por recién llegados.

Pero en Salamanca, el día 12 diciembre de 1998, camino de la Plaza Mayor, poco antes de llegar, saliendo de la Plaza del Corrillo, tropecé con tres escalones llenos de libros de poesía, una cuerda atada entre dos columnas en la que como una bandera ondeaba un trapo rojo y, colgado con un alfiler, un cartel que ponía: POESÍA. 

Miré al hombre que estaba sentado junto a los libros, y pensé que si yo estuviera en Long Island, en Nueva York y en el siglo XIX el destino me habría deparado conocer al mismísimo Walt Whitman. Barba blanca y bien cuidada, gorro presto al desenlace, jersey bien trabado de color gris, guantes de lana en una manos incontrolables y una sonrisa. "A este hombre tengo yo que comprarle un libro", me dije.

Con la historia de todo lo que sea
llego con cada día aquí lleno de dudas
lleno de fiestas con un poco de todos
dentro por dentro permanezco demasiado
atado a estas columnas Plaza del Corrillo
donde la vida cruza hacia la vida
y aquel que no me vea perdido entre
las bocas, los otoños, los inviernos,
y algún verano cojo.


- ¿Es usted el autor?- le pregunté.
- Sí, estas escaleras están llenas de mis versos. ¿Has venido a ver Salamanca? No voy a preguntarte de dónde eres llegado, pero si quieres conocer Salamanca, te recomiendo este libro.

Sin levantarse, me señaló  con la mano temblorosa un pequeño volumen titulado No me preguntéis de dónde soy llegado, de un color amarillo marfil, con una foto gris de la Catedral a la frontera del Tormes y unos versos junto a ella en la portada:

Con abrazos
Salamanca y rueda.
Sin Salamanca al mundo
le faltarían los ojos
del espejo.

- Parece que con este libro voy a conocer Salamanca bastante bien- le pregunto.
- En estos versos hay algo de Salamanca que no puede contemplarse sólo paseando- me dice.

Salamanca es la Edad de todas las Edades,

Noche que no duerme sola Salamanca,
La Plaza del Corrillo.
Sombra de los inviernos con San Martín
la puerta de la Iglesia.
Arriba el capitel con dos palomas,
la burra y la distancia,
el arte y la escultura,
la vía de llover.

- Parece usted Walt Whitman- le digo- y si encima vende sus versos en la calle, debe ser usted más poeta que nadie.
- Aquí están mis libros. Por mí editados; yo me encargo de todo, los escribo, los corrijo, los edito, los vendo. Hablo con mis compradores.
- Le compro el libro siempre que me lo dedique y lo firme.
- Claro, claro- me dice- yo siempre firmo mis libros a los lectores, por eso estoy aquí.

Yo no adiviné su Parkinson hasta que lo vi coger el bolígrafo tembloroso. Los dedos, como pájaros sin dueño, evitaban las vocales y las rosas; así que antes de que se liara con los temblores, el bolígrafo, la luna, la catedral de Salamanca, la Plaza del Corrillo, que tanto le debe y mi nombre; Norberto, qué raro que me llame Norberto; le dije que no era necesaria la dedicatoria, que era más que suficiente su firma.

- Claro, claro, lo que tú quieras- me dijo- te lo firmo.
Y estampó con bolígrafo negro en la esquina superior derecha una especie de capitel con dos pequeños círculos concéntricos a la izquierda, una circunferencia central en un lado, y una línea vertical, que para mí significaba la pared de la vida.

Adares fue el primer poeta con el que yo hablé y que leyó unos versos de su libro sólo para mí y la mujer que me acompañó a Salamanca; sus dos únicos escuchantes. Aquel día de diciembre en aquella hora, sonó sólo para mí la trémula voz de un poeta:

Yo nunca me arrepiento.
Mis ojos son dos ruedas
que van curvando el sorbo
a Salamanca.
Hago de ella camino
y desde mis pesadillas reboso por su piel
la caja de mis aguas.

Adares murió en el año 2001. Ya nadie coloca sobre los tres escalones de la plaza del Corrillo sus libros de poemas, ni tiende su cuerda y su trapo rojo entre las columnas que daban al café Corrillo donde escribió cientos de versos.

Ahora el café, en el que se respiraba poesía y jazz, se ha mudado y ha sido sustituido por un McDonald´s; sin versos ni cantares. Pero yo estoy seguro de que en Salamanca siguen acordándose de Remigio González, Adares, el poeta que vendía sus versos, empaquetados o sueltos, en la calle. El otro Walt Whitman que me encontró en la Plaza del Corrillo, cuando yo creía que ese tipo de poetas estaban todos muertos.






domingo, 18 de diciembre de 2016

EN LA ORTHODOXIA DE ULISES BÉRTOLO


He andado por la Catedral de León, acompañado por un libro en cuya portada viene impresa una salamandra, buscando los secretos que se escondían en sus paredes, porque la etapa ocho, de las trece del Camino, en el Libro V es la de Sagunto a León.

He esperado en silencio que la Catedral de Santiago se quede en calma, pues si los enigmas que esconde el Apóstol tuvieran que descansar en algún lugar, sin duda habría que empezar a buscar por aquí; bienaventurado el varón que soporta la prueba; recibirá la corona de la vida, que ha prometido el Señor a los que lo aman.

He iniciado mi viaje en el Monasterio de Uclés tratando de entender a los trece caballeros de la Orden de Santiago, adherida a la regla de los agustinos y aprobada por el Papa Alejandro III.

He vuelto a andar por Bosnia y Montenegro, como hace 25 años, y recalé en la bahía de Kotor, en Cetinje, donde un iluminado integrista, con la única estrategia del crimen, trata de cambiar el mundo y su destino, con las láminas de la Orthodoxia; no había libre albedrío, ni predestinación; si algo había aprendido al lado de su padre era que él, Radic Menz, decidía cómo, cuándo, dónde y de qué manera se sucedían las cosas.

He pasado muchos días en la Corticela, lamiendo mis heridas, como cualquiera de los peregrinos que buscaban una señal de su vida ultraterrena frente al altar.

He vuelto a Beirut, después de siete años, de la mano de un historiador y arqueólogo llamado Thomas Noah, que combatió durante la guerra civil libanesa a finales de los años ochenta, para descubrir que el pasado está escrito, en la piedra, en el papel, y en la memoria; y que aunque dicen que el tiempo lo cura todo, no es cierto; lo que hace el tiempo es convertirte en inmune al fracaso.  

Y he andado todos estos caminos a causa de un crimen que tuvo lugar en el Monasterio de Uclés, donde apareció asesinado un estudioso medievalista con una moneda dentro de su mano cerrada y cuya investigación ha caído en manos de la Guardia Civil.

Yo nunca imaginé que pudiera hacer algo así; pues rara vez abandono mis lugares comunes de combate o de escritura que son los dos mundos en los que suele devenir mi existencia; pero una invitación a la presentación de un libro, a través de una llamada, me hizo cerrar esos volúmenes por los que suelo navegar, llenos de largas frases subordinadas, adjetivos que crean o matan, verbos que necesitan excesiva compañía y figuras retóricas que juegan con significantes y significados como los prestidigitadores con las mangas de su camisa, y me incitó a abrir el libro de la salamandra que recibí en el buzón de casa:

Por deshacer un enigma, por ver su nombre escrito en la Historia, sería capaz de arriesgarlo todo, incluso la vida de sus amigos.

De los enigmas de la Historia he fiado poco, porque suelen vivir de la oscuridad para que el paso del tiempo nada modifique; y cualquier tipo de cambio nunca llegue a alterar la sociedad que ha creado esos mitos; y tan sólo la firme voluntad de apretar el gatillo y no dar un paso atrás, pueden cambiar las cosas, y donde uno sólo puede vencer si está dispuesto a morir en el intento.

Orthodoxia me ha llevado por muchos caminos, los mismos que anduvo Radic Menz, un integrista ortodoxo, que desea encontrar los secretos del Apóstol con la misma vocación con la que los nazis buscaban el Arca de la Alianza: el poder; cuando  nadie ignora que no hay mayor poder que el de la bondad, no hay mayor lucha que la del amor, no hay mayor espacio que la comprensión, ni mayor victoria que la de la entrega. Ninguno de los protagonistas sabe esto, poco importa cuando el mejor de ellos nos dice: Yo no necesito salvarme, hace mucho tiempo que vivo condenado.

Y todo este viaje surgió a causa de una llamada de Ulises, que me invitó a la presentación de un libro, y donde me encontré con el Director del Centro Nacional de Inteligencia y con el responsable de redes sociales del Ejército. A Ulises le contesté diciéndole que iría si los vientos eran favorables y no hacía falta sacrificar a Ifigenia para que la nave que me llevara pudiese bogar, sin espera, hasta la Casa de Galicia.

El problema es que rara vez las cosas salen según lo planeado, porque si las cosas hubieran salido según lo planeado, estaría en estos momentos dando una conferencia en el Museo Británico de Londres, donde todavía esperan mi llegada.

Me ha gustado recoger los enigmas del Camino con Orthodoxia, llenarme la mochila de secretos mientras viajo desde Uclés hasta Santiago de la mano de Sandra, Thomas Noah y Luis Novo, cada uno con su vida y su alma a cuestas, llenas de ese rastro de roces que siempre termina conformando la memoria y, a veces, el porvenir, para entender que todo enigma tiene su origen dentro del alma y no fuera como, normalmente, sugieren nuestros sentidos.



















domingo, 4 de diciembre de 2016

ALBERT CAMUS Y EL MITO DE SÍSIFO


Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Eso creyeron los dioses que, con su absoluto poder, conseguirían doblegar el espíritu inteligente e indomable de Sísifo. Pensaron que una simple condena infinita en un trabajo sin esperanza y agotador lograría que el corazón de Sísifo, tejedor de ardides, y su inteligencia, capaz de engañar a los dioses y descubrir, encadenando a Tánatos los secretos de la inmortalidad, se diluyeran como un azucarillo en el agua, esa bendición del agua que Sísifo prefirió a los rayos celestes.

Sísifo, que como todo hombre fue sabio alguna vez y, alguna vez, bandido; que fue capaz del bien absoluto y del mal despótico durante la vida que vivió; propietario como todo hombre de pecados y bondades; acabó siendo procesado, capturado y encadenado después de que fuera decretada su condena: Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. El mismo Hermes ha venido a arrastrarlo hacia el Hades, allí tiene preparada una gran piedra forjada por Titanes y una gran montaña a cuya cima llegará penosamente cada día arrastrando la roca que es su condena; y que volverá a caer, obligando a Sísifo a volver a subirla con la conciencia de que una vez en la cima la piedra caerá de nuevo.

Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volver a subirla hasta las cimas, y baja de nuevo a la llanura.

Terrible condena, ¿verdad?, pero los dioses no han pensado en el camino de vuelta, cuando Sísifo regresa para recoger la enorme piedra. Zeus, Hermes, Tánatos y Ares sólo han pensado en la condena, en el infinito esfuerzo inútil de arrastrar una enorme piedra que vuelve a caer una y otra vez. Sísifo no tiene ninguna esperanza de que la piedra se quede alguna vez en la cima y por fin pueda descansar; pero eso no quiere decir que haya sido derrotado. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su miserable condición: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio. Con el desprecio y la alegría.

Por eso me fui de viaje a Argel, para saludar al único hombre, hijo de una sordomuda que no sabía leer y huérfano de un joven movilizado por la vorágine de la guerra, muerto en la batalla del Marne, que creyó que Sísifo podía vencer el castigo con la alegría: Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. Incluso en el absurdo sin esperanza puede surgir la alegría, por esa rendija que la vida abre en el camino de vuelta.

El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. A la vuelta, incluso sin esperanzas, puede hallar la alegría. A Sísifo le han robado las esperanzas, lo han hundido en el absurdo, en un esfuerzo que no terminará nunca, pero es en el descenso, en esos momentos en los que vuelve para recuperar la piedra infinita, donde es capaz de vivir la alegría.

El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso, porque en ese camino de vuelta para volver a su condena, a pesar del absurdo que lo rodea, encuentra seres mágicos y bienaventurados momentos.   




domingo, 27 de noviembre de 2016

SHAKESPEARE ENTRE SONETOS, CONSTRUYENDO EL CORAZÓN DEL HOMBRE

Una de las cosas que más siento en mi lucha con el idioma inglés es no haber podido acercarme de verdad nunca a Shakespeare, y que el conocimiento de su obra me llegara a través de un diccionario y de una decena de versiones homéricas que tengo en mi estantería, ninguna de ellas fieles al original o, tal vez, todas. En eso envidio a Borges, que aprendió a hablar inglés antes que español; aunque también lamentó mi misma ansiedad en su relación con el griego, el ruso, el danés e incluso el alemán.

Del más castigado de los sonetos de Shakespeare, el soneto 66, existen múltiples traducciones por voces apócrifas: Boris Pasternak lo tradujo al ruso y las instituciones soviéticas lo hicieron suyo como símbolo de la opresión capitalista. También ofreció su versión opuesta cuando fue utilizado en la Europa que se desembarazaba del yugo comunista, e incluso Vicente Amezaga lo tradujo al vasco en 1954. Fue traducido al danés que leyó Ibsen, al alemán que forjó Kafka y al polaco enarbolado contra las voces infames. De todo eso era capaz un simple soneto; catorce versos: tres cuartetos y un pareado final. 

He arramplado con una traducción de Mariano de Vedia Mitre, a quien conocí de boca del profesor Ángel-Luis Pujante, y me he dado cuenta de que hace quinientos años el negro corazón del hombre era igual de infame que en estos días que vivimos, pues;

Harto de todo imploro en paz mi muerte,
el mérito a ser pobre destinado,
y ostentosa la nada más inerte
y el limpio juramento quebrantado
y el honor arbitrario conferido,
la pura virtud prostituida
y lo correcto vilmente escarnecido
y la fuerza por mancos impedida
y el arte amordazado por quien manda
y la memez maestro del talento
y la lealtad llamada ingenua y blanda
y el justo bien sujeto al mal violento.

Harto de todo, el mundo yo dejara
si muriendo a mi amor no abandonara.

Espejo de su sociedad y de la nuestra, este soneto envuelve el alma humana y lo construye con los mimbres de sus muchos vicios. ¿Acaso no está ahora el mérito andando en la pobreza y la mediocridad campando en la riqueza?; y la palabra escarnecida; y el honor y la virtud vapuleados; y huérfana la fuerza; y el arte amordazado por el poder o por el mercado; y la justicia bien sujeta al mal violento. Cierto, según Harold Bloom, Shakespeare es la esencia de la construcción de lo humano.

Yo también lo creo, pero mi problema es que nunca he leído a Shakespeare abrazando cada palabra, cada espacio, cada signo, como si hubiera nacido ya sabiéndolo. De los sonetos de Shakespeare tengo más de diez versiones en las estanterías de la buhardilla, mientras que de El Quijote sólo tengo una y no tiene más inicio que: En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...

Agarro otra traducción del soneto 66 y me desanimo cuando leo:

Ya harto. el descanso de la muerte
Pediría, viendo al mérito mendigo,
Y lo nulo e indigno engalanado,
Y la pura confianza defraudada,
Y la honra adjudicada erróneamente,
Y la casta virtud prostituida,
Y lo digno y perfecto envilecido,
Y la fuerza vejada por deformes,
Y el arte injustamente amordazado,
Y al necio doctoral juez del talento,
Y la simple verdad vuelta simpleza,
Y el bien del prepotente mal cautivo.
Ya harto de pesares, partiría,
Mas si muero a mi amor dejaré sólo. 

Se parecen las dos; pero son dos versiones diferentes de un mismo poema de Shakespeare, dos versiones que llamamos traducciones, en las que es imposible discernir la verdad de la poesía de la verdad del poeta.

Es una pena que no naciéramos sabiendo todos los idiomas del mundo, así sería más fácil llegar a la creación de un texto definitivo, que ahora no corresponde sino a la religión o al cansancio.