domingo, 17 de junio de 2018

MISIÓN BOSNIA: LA RUTA DE LOS ESPAÑOLES



UN LIBRO QUE HABÍA QUE ESCRIBIR: MISIÓN BOSNIA, LA RUTA DE LOS ESPAÑOLES

La memoria individual, la que no se comparte, es el ángel guardián de nuestras almas. Es ese ángel que delimita los nuevos caminos que tomamos en función de los hechos pasados. Y de eso, vosotros , familiares de los soldados caídos en Bosnia, sabéis más que nadie. De eso, trata este libro.

Con vosotros, familiares de nuestros héroes de Bosnia, hemos aprendido, oyendo de vuestras bocas hace veinticinco años esa cita de Octavio Paz, que la muerte es intransferible como la vida, que vuestro dolor era intransferible; que toda muerte ilumina toda vida, y que si no nos morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos; no nos pertenecía. De eso trata este libro.

Porque desde el primer momento este libro tenía un único fin: que veinticinco años después, ustedes estuvieran aquí; y que el recuerdo de vuestros maridos, padres o hijos que lucharon por la paz en Bosnia, siguiera vivo. Este libro, también, está volando al encuentro de quienes no han podido hoy estar aquí.

No fue difícil empezar este proyecto, tan sólo había que decir que se cumplían veinticinco años de la misión de Bosnia y de los primeros caídos del Ejército en misión de paz, una misión por la que pasaron más de 40.000 soldados españoles.

Hemos tratado de recoger todas las Agrupaciones y que, aunque fuera con rápidas pinceladas, estuvieran incluidos todos y cada uno de esos 25 años. Se han hecho muchas llamadas, se han recopilado fotos particulares, se ha entrevistado a muchos de sus protagonistas, buceamos en alguna que otra hemeroteca y, hoy, este libro ha cumplido su objetivo: ustedes están aquí.

Hemos intentado contactar con todos los familiares; no siempre fue posible, pero aquellos a quienes no hemos podido localizar seguiremos intentándolo, porque este libro, como escribía Hölderlin, aunque no sea poesía, también está escrito sobre mármol, como los nombres de nuestros 23 soldados y nuestro intérprete que dejaron su vida en Bosnia buscando la paz:

Arturo Muñoz Castellanos, Ángel Francisco Tornel Yánez, Francisco Jesús Aguilar Fernández, José Antonio Delgado Fernández, Samuel Aguilar Jiménez, Agustín Maté Costa, Isaac Piñeiro Varela, Francisco José Jiménez Jurado, José Manuel Gámez Chinea, José León Gómez, Fernando Álvarez Rodríguez, Fernando Casas Martín, Mirko Mikulic, Álvaro Ojeda Barrera, Raúl Berraquero Forcada, Enrique Veigas Fernández, Sergio Fernández Sanroma, Santiago Arranz Gonzalo, Antonio Pérez Patón, Raúl Cabrejas Gil, Joaquín Vadillo Romero, José Andrés Ygarza Palou, Santiago Hormigo Ledesma, Joaquín López Moreno.

Nada hubiera sido posible sin vosotros. Nada.


sábado, 9 de junio de 2018

LA NECESIDAD DE HACER SITIO EN LOS LUGARES MÁGICOS

De todos los lugares mágicos que he conocido, el más mágico de ellos era la azotea de la casa de mi abuela.

Esa casa fue construida por mi bisabuelo, Pascual Pareja, práctico mayor de la barra del río por la Gracia de Dios; y allí continuaron viviendo, después de su muerte, varios de sus hijos con sus familias. Hasta tres generaciones.

Las genealogías escogen como origen a esa persona fácilmente identificable del árbol familiar cuya influencia permanece ofreciendo cualquier tipo de amparo o malquerencia, que de las dos destila, por los poros familiares; supurando su honor o su indecencia hacia los descendientes con su mueca vital, hasta que unas generaciones después ese ilustre personaje se diluye en el cruce sanguíneo que se desata del apellido con ayuda del tiempo y de la herrumbre.

Ese hombre de cuatro generaciones atrás, que no se sabe de dónde vino pero que apareció en la Argónida como por encanto para hacerse con la barra del río y con los amores de mi bisabuela, María Pérez, se llamaba Pascual Pareja. Él construyó la casa de la calle del Teatro.

De todos los lugares mágicos de mi vida, el más mágico era la azotea de la casa de la calle del Teatro. Se accedía a ella por medio de una escalera de madera, que el tiempo se encargó de carcomer. La escalera la vi pintada de verde, de amarillo y de gris y daba acceso directamente a un cuarto muy oscuro lleno de mágicas y fatales herramientas que en buenas manos eran capaces de moldear la madera o el hierro con formas fantásticas.

Saliendo de ese cuarto se daba a un pequeño patio, lleno de luz y de cal, cuyos reflejos cerraban las retinas al primer encuentro. En ese patio había tres enormes tinajas rebosantes de agua, que mi tío abuelo Antonio llenaba, viajando, lento y azaroso, con pacientes cubos desde la antesala hasta la azotea, y que utilizaba para su aseo diario. En invierno se lavaba como un gato y en verano se bañaba como un pez. Muchos en la casa achacaban a tan aseada costumbre su longevidad. Ninguno lo imitó nunca.

Prosiguiendo hacia adelante, pasabas a un angosto pasillo, sin techumbre, custodiado por una guardia de geranios rojos, que convertía la azotea en un laberinto de un único corredor, que te obligaba a girar a izquierdas. Y al girar, te encontrabas con el más increíble tesoro que un niño puede soñar: una inmensa pajarera, llena de las más prodigiosas aves voladoras, desde verdones a canarios, pasando por coloridos jilgueros y jamases, que terminaban mezclándose en un maravilloso mestizaje amparado solamente por unas leyes evolutivas ajenas a cualquier otra naturaleza que no fuera las que imperaban en aquella única y mágica azotea.

Los días más maravillosos de mi vida llegaban cuando por motivos de espacio había que soltar al aire a aquellos pájaros que, unos dedos libertarios, habían elegido para que dejaran su sitio a los nuevos mestizos que con distintos colores y con otra vida empezaban a volar en la pajarera. 

Yo me imaginaba al verdón, que acababa de soltar, volando hasta la inconmensurable Amazonia para perderse camuflado entre el esmeralda de la selva; y con ojos curiosos cantar a un nuevo cielo y a un nuevo Dios. Ninguno de ellos volvió nunca. Prefirieron la libertad y el peligro a volver a la pajarera, donde les esperaba con seguridad el agua y la comida. Me imagino ese primer momento que respiraban el aire que no era filtrado ni por las rejas, ni por las mallas, ni por los barrotes; el aire puro de la libertad.

Y todo era por una cuestión de sitio, de espacio. Unos quedaban libres para que otros vivieran. Años después, leyendo a Canetti, descubrí que nos pasamos la vida haciendo sitio:

En las mejores épocas de mi vida pienso siempre que estoy haciendo sitio, haciendo más sitio en mí; ahí quito nieve con la pala, allí levanto un trozo de cielo que se había hundido en ella; hay lagos que sobran, dejo salir el agua - los peces los salvo -; bosques que han crecido ahí, suelto en ellos manadas de monos nuevos; todo está en pleno movimiento, lo único que falta siempre es sitio; jamás pregunto para qué; jamás siento para qué; lo único que tengo que hacer es volver a hacer sitio una y otra vez, más sitio; y mientras pueda hacer esto merezco vivir.

En aquella azotea aprendí que la libertad te la entregaba la necesidad de hacer sitio, y me queda la duda de que la muerte no sea más que eso, una necesidad de hacer sitio. Y ese día nos soltarán al aire, por fin, libres.


 



domingo, 20 de mayo de 2018

NACIONALISMOS, POEMA CONJETURAL


Mentalmente el nazismo no es otra cosa que la exacerbación de un prejuicio del que adolecen todos los hombres: la certidumbre de la superioridad de su patria, de su idioma, de su religión, de su sangre. Dilatado por la retórica, agravado por el fervor o disimulado por la ironía, esa convicción candorosa es uno de los temas esenciales de la Literatura.

No hay, sin embargo, que olvidar que una secta perversa ha contaminado esas antiguas e inocentes ternuras, y que frecuentadas ahora es consentir o proponer una complicidad.

Carezco de toda vocación de heroísmo, de toda facultad política, pero desde 1939 he procurado no escribir una línea que permita esa confusión. Mi vida de hombre es una imperdonable serie de mezquindades, y yo quiero que mi vida de escritor sea un poco más digna. Si yo sigo en esa línea del nacionalismo, estoy haciendo lo que los nazis están llevando adelante.

Jorge Luis Borges - Año 1943

Parece escrito ayer, cuando los nacionalismos eligieron, para que gobierne a toda la sociedad, a aquellos que creen en la certidumbre de la superioridad de su patria, de su idioma, de su religión o de su sangre; y que califican de bestias a quienes no comparten esas mismas características genéticas o lingüísticas que se arrogan.

Como Borges, yo entonces me iré al Sur donde andan los montoneros, donde campa a sus anchas la barbarie, donde la sangre es casi africana y la música y el lenguaje es la raíz de todo mestizaje. Ese lugar que, a diferencia del Sur de Borges donde el intelectual muere a manos del bárbaro, el intelectual se hace bárbaro. Donde zumban las balas en el viento último.

Abro al azar el Deutsches Requiem, publicado en la posguerra inicialmente en la revista Sur (Nº36, 1946), y que luego fue incluido en El Aleph y vuelvo a leer las palabras del nazi Otto Dietrich zur Linde, subdirector del campo de concentración de Tarnoitz, condenado por los aliados a ser ejecutado después de asumir su culpabilidad: Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima… Lo importante es que rija la violencia.

Parece que lo van consiguiendo: la ruptura, la división, el odio y la violencia, activa o pasiva, que como una niebla sobrevuela cada segundo y cada lugar público abandonado al albur de las nuevas dentelladas. Abro el pequeño volumen de Otras Inquisiciones y descubro dónde está la fuerza y, a la vez, la debilidad de los nacionalismos: el triunfo ideológico del nazismo residía en la incapacidad de razonar. El nazismo adolece de irrealidad, como los infiernos de Erigena. Es inhabitable; los hombres solo pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él. Nadie en la soledad central de su yo, puede anhelar que triunfe.

Inhabitable, ese es el país que están creando, inhabitable.

Sólo espero que los años nos traerán la nueva y venturosa aniquilación de Adolf Hitler, hijo atroz de Versalles; y que los bárbaros y las bestias, a quien tanto temen y repudian, se mezclen con su sangre pura, para hacerla, si no más grande, al menos más humana.

domingo, 6 de mayo de 2018

CUANDO LOS POETAS DESPRECIARON A LA SERPIENTE

Como buen hijo de marino mercante que navegó de Göteborg a Rotterdam y, más tarde, a Estambul; yo, sin haber salido de La Argónida, cambié tres veces de colegio en menos de cuatro años. Primero, el colegio Divina Pastora; luego, el Laboral y; al año siguiente, con siete años, arribé, después de un intento frustrado de ingresar en los Maristas, en el colegio El Picacho.

El colegio El Picacho era un colegio de huérfanos de marineros y pescadores; a él iban a parar los niños a cuyos padres se los había comido la mar o la vida, vestidos de marineros. Era una gran nación en miniatura formada tan sólo por los habitantes más pequeños de la costa que tenían cuentas pendientes con la mar. Uno entraba con seis años en el colegio y salía casi en el infinito si decidía estudiar la Formación Profesional de Marítimo-Pesquera.

Yo le debo demasiado a El Picacho: unos buenos amigos que hablaban en idiomas extraños que yo desconocía; la compañía de esos escritores que habitaban las clases de Literatura de don Ramón Asquerino, el gran don Ramón; una biblioteca para niños y para hombres que distraídamente dejaba perder en nuestras desordenadas manos páginas a veces incomprensibles; muchas horas de fútbol con don Robustiano; incontables viajes en aviones imposibles a todas las capitales del mundo en una rueda de preguntas y respuestas, lejos del aula en el campo, con don Alejandro, y la eterna pesadumbre de unos niños cuya única esperanza era volver a casa pasados unos meses a recibir un beso de su madre cada noche, que para los internos las noches de invierno eran muy largas. En El Picacho, con el verano, llegaba Dios vestido de mujer.

Con los hermanos Garea que eran de La Coruña escuché por primera vez a Rosalía; Freire era de Villagarcía; los hermanos Koldo e Iñaki, grandes y buenos, eran vascos, de Ondárroa, como Olondo que había perdido un ojo de una pedrada. Siempre deseé que le fuera muy bien en la vida y que siguiera viendo con un solo ojo más que el resto de los niños que teníamos dos. Un internado no es buen lugar para andar con un ojo de cristal.

Uzkola era de Lekeitio y con el padre Vitorino, cura y leonés, tuvo una discusión una mañana lluviosa, que fue la mayor lección de libertad que he recibido en mi vida y que todavía recuerdo. 

Recién llegados del verano de 1976, el padre Vitorino nos mandó hacer un trabajo sobre la tierra de la que cada uno de nosotros procedía. Corría el año 1976; no, no corría, se arrastraba.

Uzkola que a la par de tener once años, era vasco y valiente, entregó un mural que colgó en la pared de la clase y en la que aparecían fotos de terroristas de ETA disparando en un oscuro bosque francés; mientras que subtitulaba cada foto hablando de libertad e independencia.

El padre Vitorino nada más ver la cartulina verde sobre la pared, le dijo a Uzkola, que "la libertad había que ganársela sin la violencia sobre los inocentes. No se puede matar a nadie porque piense diferente a ti. Que tan lícita es, Uzkola, tu forma de pensar como la contraria, siempre que no sea amparada por el crimen. Sin ese camino de convivencia tendremos todo perdido. Sobre todo, lo tendrán todo perdido los asesinos. Debes saber que las víctimas vencerán, las víctimas siempre han vencido".

Después de 853 inocentes asesinados, más de dos mil heridos y más de cien mil exiliados por la extorsión y el miedo, creo que el padre Vitorino tenía razón, y también creo que había leído a Tocqueville:

Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra.

Me figuro que yo habría amado la libertad en todos los tiempos, pero en los que nos hallamos me inclino adorarla.

En El Picacho en el año 1976, escuchamos a Jarcha cantar su libertad sin ira, luego llegaron Mocedades, Prada y todos los cantautores del momento que andaban lanzando palabras a la Transición. Tuvimos esa suerte. Nunca supe por mediación de quién llegaban a El Picacho esa gente que estaba escribiendo con versos la Historia del momento. Nosotros la vivimos.

Los grandes colegios son grandes por sus profesores y sus invitados, poco cuentan los alumnos; y el colegio El Picacho en aquellos tiempos fue grande. Me hubiera gustado nombrar a todos los profesores, y a muchos buenos amigos que llevaré siempre conmigo.

Aquel año de 1976, ante aquel mural donde todos por primera vez oímos hablar de ETA, con noticias recién traídas de Lekeitio, no podía imaginar que aquellos encapuchados que aparecían en aquel mural iban a llenar de muerte y desolación, sin más motivo que el puro crimen, una nueva sociedad libre que andaba amaneciendo.

Aquel año de 1976, no podía ni imaginar que a finales de los años ochenta y principios de los noventa esos encapuchados harían que yo tuviera que mirar los bajos de mi coche cada mañana o fijarme en los pequeños detalles que me rodeaban. Aquel año de 1976 no podía imaginar que esos terroristas que querían asfixiar la libertad en España matarían a cuatro amigos míos, a Manuel Rivera, el 31 de enero de 1987; a Miguel Peralta, el 24 de mayo de 1994; a Jesús Cuesta, el 9 de enero de 1997 y a Pedro Antonio Blanco, el 21 de enero de 2000.

Por lo visto, esta semana ha estallado la paz; pero, en realidad, lo que se ha cumplido ha sido el vaticinio del padre Vitorino durante una clase de Geografía e Historia en el colegio El Picacho el año 1976: las víctimas vencerán y los asesinos serán derrotados, porque vencerá quien de verdad luche por la libertad. Ahora falta que la justicia resuelva los 379 asesinatos que quedan por aclarar, que se encuentre a los culpables y que cumplan su condena. Pues un crimen de lesa humanidad no prescribe y debe de ser perseguido, igual que se persiguió a los nazis y a su régimen racista, xenófobo, genocida y criminal.

Por cierto, durante la presentación que hizo Iñaki Gabilondo de la novela Patria de Fernando Aramburu, a la que acudí, una espectadora le preguntó al autor que por qué el sacerdote de su novela no salía muy bien parado; y la respuesta de Fernando fue: "es muy difícil, si se repasa toda la tradición literaria española, que un sacerdote salga bien parado". Puede que la tradición desde el Libro del Buen Amor, pasando por el Lazarillo hasta Patria así sea; pero, desde luego, en estos cincuenta años de crímenes etarras siempre se echó de menos que la Iglesia diera un paso al frente con aquellos cómplices con sotana que ocultaron armas terroristas bajo el Sagrario o escondieron a asesinos en los confesionarios y que tanto daño hicieron a gente de bien en el País Vasco. A lo mejor no basta con pedir perdón. De los políticos, hasta un ultraísta se quedaría sin metáforas.

Todo esto ha ocurrido al octavo día que fue cuando, según unos versos de Juan Carlos Mestre, los poetas despreciaron a la serpiente.








sábado, 14 de abril de 2018

MARCIAL LAFUENTE ESTEFANÍA, UNA GRAN BIBLIOTECA DEBAJO DE LA CAMA

No hay más paraíso que los paraísos perdidos
Los Conjurados, Jorge Luis Borges

La primera gran biblioteca que yo vi fue la de mi tío abuelo Antonio Pareja. El tato Onio vivía en casa de su padre, mi bisabuelo, práctico mayor de la Barra del río; y que yo supiera no tuvo más trabajo que un par de semanas de avistador de las naves que enfocaban la Barra desde el castillo de Santiago y no más de diez días en el faro de Chipiona, de donde volvió con esa enfermedad desconocida que agarran quienes, como las sirenas, guían a los barcos, alejándolos o arrastrándolos, hacia las rocas. 

Mi abuela Magdalena decía que nunca estuvo bien de la cabeza, y ese fue el motivo por el que anduvo setenta años deambulando por la casa, dueño de una habitación, una cama, un armario de caoba con espejo, una palangana para lavarse, un váter y una silla de esparto; en la que leía su fabulosa biblioteca.

Yo en aquel momento sólo era dueño de una cartilla de lectura, con el dibujo de un niño sentado junto a un pupitre y las cinco vocales rondando su cabeza. Pero él, bajo la cama tenía, al menos, cien o más libros con las portadas llenas de pistoleros, indios, soldados con sables y revólveres y salones en los que siempre había alguna refriega entre gente brava. 

Cuando yo todavía no sabía leer, y me imaginaba que él andaba rezando latines en la iglesia de la Capillita, entraba en su habitación, me tiraba al suelo y metía mi cuerpo bajo la cama para llegar a su prohibida biblioteca; y me quedaba, con cara de soñador, evocando las portadas mágicas que la habitaban: Winchester 73, Silver Kane, Jefe de Caravanas...

Para mí, tener acceso a ese vetado lugar, era mi victoria; y cuando él, cada tarde, sacaba su silla de esparto a la antesala y se sentaba rodeado de macetas de pilistra a leer a Marcial Lafuente Estefanía; yo, al volver del colegio, sólo traía la inquietud de comprobar si reconocía al pistolero que desenfundaba en la portada del libro y que en ese momento mi tío abuelo Antonio estaba leyendo.

Sólo yo sabía que días antes, como un vulgar ladrón de tesoros perdidos, lo había sacado a la luz sin que él lo supiera de debajo de su cama.

Cada tarde cuando entraba por el zaguán y lo veía al fondo, enseguida le pedía que me contara de qué trataba la novela y cómo se titulaba. Y él me respondía con esa superioridad que establece la gruesa línea de la lectura, sabiendo que yo todavía no leía:

Esta novela se llama Jefe de Caravana. Steve y Leo Burton se preparan para ir desde Nueva Orleans hasta Virginia City en Montana. Recorrerán el Misissipi y el Missouri en un barco de mercancías y Leo se enamorará de Maisy, una chica de salón a la que salva. Llegarán hasta Fort Pierre donde saldrán en caravana hasta Virginia, trotando por una región infectada de siux.

Para mí era suficiente. Esa misma tarde, cuando él se fuera a misa de siete a la Capillita, yo entraría en su habitación; y como esa novela, de la que me había hablado, era la que debía estar encima de todas en el montón debajo de su cama, la cogería y viendo en la portada a un vaquero, revólver en mano, detrás de un carromato, sabría que él es Leo Burton y que cerca está la señorita Daisy, mientras viajan entre mil peligros a Virginia, al salvaje Oeste.

Yo siempre pensé que Virginia, Montana, Missouri y el Misissipi quedaban ahí al lado, justo debajo de la cama de mi tío abuelo, donde habitó una vez la mayor biblioteca que hasta entonces yo había conocido, aunque todos sus libros fueran del mismo autor: Marcial Lafuente Estefanía.

domingo, 8 de abril de 2018

LA VIDA DEL CAPITÁN ALONSO DE CONTRERAS,


No eran tiempos fáciles, ni tiempos de misericordia. Quien los vivió, lo supo. Al maese de Campo que era un caballero del Hábito de Calatrava, que llamaban don Andrés de Silva lo cogieron vivo y, sobre quien le habría de llevar, le cortaron por medio, vivo, para dar a cada uno la mitad, que fue lástima cuando le oímos gritar. A los muertos cortaron las cabezas y quemaron los cuerpos, y a los que cogieron vivos les pusieron a cada uno una sarta de cabezas y una pica en la mano con otra cabeza hincada en la punta, y de esta manera entraron en Túnez triunfando. Fue una triste jornada, que así las gastaban los moros.

No, no eran tiempos fáciles, ni tiempos de misericordia, y el capitán Alonso de Contreras fue un hombre de su tiempo; aunque hay que decir en su descargo que nadie consiguió escapar de ellos; y eso que camino de Madrid, a unas siete leguas entró en cuenta consigo y resolvió irse a servir al desierto a Dios y no más corte ni palacio. Pero ni sirviendo a Dios lo dejan a uno tranquilo y allá que lo tratan como a rey de los moriscos planeando una rebelión en el Moncayo; por unas armas con las que topó en Hornachos. Decían: éste es el rey de los moriscos, miren la devoción que andaba en la tierra; y otros decían mil disparates y al final metiéronlo en la cárcel; y temió que le dieran garrote fuera de lugar, suerte que el Corregidor presto halló la verdad, con certeza o sin ella.

El Corregidor sabía que don Alonso de Contreras tuvo, hacía ya mucho tiempo, que andar presto a alistarse con catorce años al ejército de Flandes a servir al rey el año 1597 por un quítame allá esas pajas, cuando sajó con un cuchillo de las escribanías y dio buen consejo a un chaval, hijo de un rico comerciante hasta dejarlo en manos de la gloria. Y qué se puede hacer en el Ejército de Flandes o sirviendo en galeras contra el turco más que golpes de mano, tráfico de cuerpos y de almas, algún saqueo y sablazos a diestro y a siniestro ya fuera contra berberiscos o contra el inglés, que no faltó de nada en su vida, como cuando a sir Walter Raleigh, que en tierras inglesas tienen por costumbre entregar el título de Sir a los piratas, lo puso en Puerto Rico a la brecha, volvióle la proa, arboló sus estandartes y empezó a dispararle y ellos a él; y pronto el inglés se dio cuenta que eran bajeles de armada y no mercantes que andaban en su busca con lo cual se fueron, evitando cruzarse con el capitán.

Pero donde de verdad don Alonso de Contreras ganó doblones fue en sus rapacerías contra el turco, embarcado en las galeras de Pedro de Toledo, haciendo esclavos con cuantos bergantines se topaba o en la toma de las ciudades, vendiendo carne de hombre, mujer o niño en los mercados del Mediterráneo, como buen soldado de la época, que no fue mejor ni peor que ninguno de ellos. En la Mahometa arrancó de sus casas tras la violenta conquista a todas las mujeres y niños y algunos hombres porque se huyeron muchos. Entraron dentro y saquearon, pero mala ropa, porque son pobres bagarinos, embarcamos seiscientas almas y la mala ropa, con que nos volvimos a Malta contentos, y gasté lo poquillo que se había ganado, que las quiracas de aquella tierra son tan hermosas y taimadas que son dueñas de cuanto tienen los caballeros y los soldados. O bien recuerdo aquel otro día en que pasaba un garbo con diecisiete moros y moras; y no se le escapó ninguno y echó al fondo al garbo, para tomar rumbo a Malta donde fue bien recibido y diósele lo que le tocaba de los esclavos.

No, a don Alonso de Contreras no le faltó de nada para ser un hombre de su tiempo: atrapó en Lampedosa al famoso pirata Caradalí; por una infidelidad mató a su esposa y a su amante cuando los halló yaciendo juntos, que el destino anda ciego con los sobrados de valor y no escatima ni una oportunidad al desenfreno y la violencia; casi lo ahorcan por espía en Borgoña; a punto estuvo de ser envenenado dos veces, una en Roma y otra en Osuna que la envidia es abono sobrado en los cobardes; y lo pelea contra una erupción del Vesubio cuando atracaba en Nápoles.

Yo a Alonso de Contreras ya lo conocía de sus días en la casa del señor don Lope de la Vega, el dramaturgo, cuya buhardilla habitó un tiempo que anduvo en Madrid alquilando por algún doblón su espada y su valor a gente que le faltaba o destreza o reaños para hacer ese sucio trabajo de levantar higadillos en plena calle. Pero donde de verdad se me apareció fue en un sótano de una vieja librería en un antiguo volumen forrado de cuero en el que está relatada por su mano La Vida, Nacimiento, Padres y Crianza del Capitán Alonso de Contreras, junto con la obra de Alonso Gerónimo de Salas Barbadillo, La Hija de la Celestina. Las dos al precio de un euro. 

Es por eso que sé de buena tinta que el capitán Alonso de Contreras no era el más honesto de los hombres, pero era un hombre valiente.

domingo, 1 de abril de 2018

EL AMOR DE TODA UNA VIDA


No recuerdo un día de mi vida en que no estuviese enamorado.

Siempre he creído que uno aprende a leer y a enamorarse a la vez, y que la palabra navega por el corazón junto a las hormigas, exclusivamente, para dar forma a los más escondidos sentimientos; y es por eso que la poesía y la música es la ciudad fortificada sobre cuyas seguras murallas empezamos a caminar con el corazón en la mano. 

Cuando aún no conocía a Garcilaso ni sus amores perdidos por doña Isabel de Freyre en Portugal, siendo yo un niño de pantalón corto, lo imité soñando con María, la portuguesa. En los juegos que protagonizan los niños bebí de su respiración, toqué sus manos, rodamos por el césped de la casa donde vivía en un juego de fuerza donde nunca salí triunfante y curábamos las heridas de nuestras rodillas con esa saliva salvadora que perdona cualquier caída. Una tarde, toda la familia se marchó buscando otros destinos, y María, la portuguesa, quedó como un recuerdo. Escrito está en mi alma vuestro gesto, y cuanto yo escribir de vos deseo, vos sola lo escribisteis, yo lo leo tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

Seguí creciendo, siempre enamorado; y, de adolescente, fijé mis ojos en Encarnación, la única mujer cuya belleza se hizo carne para pasión ingrata de la mía. Si el corazón no es carne como lo demuestra el amor, sí lo es la belleza que, bien pintada de formas y  contenido, es capaz de embaucar los cinco sentidos de una persona. Así era Encarnación. Nunca dejó caer sobre mí una mirada, pero yo la soñé con los nombres de Laura, Beatriz, Heloísa, Altisidora o Laureola; y durante un tiempo hasta que marchó a Italia no imaginé un sueño sin ella: cuando estuve a punto de ser futbolista, cuando aquellos versos que escribí, en mi mente, podían competir con los de Claudio Rodríguez, cuando anduve por puertos y muelles llenos de oportunidades y peligros, cuando fui soldado en un país extraño; allí estaba ella siempre acompañada de Platón; siempre lejos. Esto lo sabe el mundo, pero lo que nadie sabe, es librarse de este cielo que en un infierno cabe.

Cuando las tierras italianas me libraron del infierno del amor que en poco cielo cabe, me llegó la misma cara de la moneda con Isabel, la bella Isabel Guzmán, que yo pinté con los colores que deforman la conciencia, la memoria y el tiempo en la novela La Máquina del Mundo que es, como nadie ignora, demasiado compleja para el entendimiento de un solo hombre. Isabel estaba trocada con los mismos elementos renacentistas que Encarnación; ojos azules, pelo rubio, dientes como el marfil y una sonrisa que lo devoraba todo, incluso a mí. Y entonces entendí por qué el Renacimiento fue más destructor que creador, tanto del pasado como del futuro. Tampoco recibí una mirada suya y terminé ciego, deseando que me llegara algún tipo de condena por seguir cegueras sin mancilla por lo que tanta bruma nos separa y hace del resplandor su maravilla; y esperando que el olvido, igual que antes había hecho su trabajo en Italia y en Portugal, lo hiciera ahora en tierras de Andalucía.

Regina era una mujer casada, como todo el mundo sabe, y también la pinté en La Máquina del Mundo, huyendo de Sanlúcar con Isabel, juntas y enamoradas, con la seguridad de que seguían por selvas infinitas, perdidas por mí para siempre.

Como ya nadie ignora, siempre he estado enamorado, yo creo que desde que aprendí a leer; y a menudo, tal vez a causa de un exceso de sensibilidad enquistada, necesité ser salvado por labios vencedores, sonrisas diáfanas, supuración del amor vano o por la caridad de otra piel que fue poco recompensada por mí. Esos labios me enseñaron, con Lorca, a pasar la mano sobre su blancura y para ver que nevada melodía se esparce en copos sobre su hermosura.

Miro hacia atrás, quitándome años, y recuerdo los besos que recibí acaso sin merecerlos: aquellos de una mujer con nombre de Zarina, Grande de Rusia, que decidió darme un beso a las puertas del Guadalquivir; y aquellos besos con el perfume de las Rosas en un amor fieramente no correspondido; y los besos de una ninfa recién salida del río y que volvió a él susurrando mi alegría a las Nereidas; y recuerdo aquellos fríos besos bajo las más impresionantes murallas del mundo que dieron Socorro a mi destino. Aunque como Luis Rosales, debo decir que no me he equivocado en nada, salvo en lo que más quería.

Como seguía siempre enamorado en una falla continua de sentimientos, llenos de absurdos desencuentros y errores de cálculo irreflexivos, decidí volver a andar sin voz en el amor. Pero eso, cuando el tiempo construye corazones es imposible; así que, sin buscarla ni desearla, cuando ya había tirado a la orilla del Guadalquivir todos los volúmenes de Pedro Salinas, apareció ella: Dima, de entre la tiniebla densa el mundo era negro: nada. Cuando de un brusco tirón, —forma recta, curva forma— le saca a vivir la llama. Ella fue capaz de todo eso, para la vida y para el tiempo; para el amor de toda una vida; Dima, más dulce que el más dulce chocolate.





sábado, 3 de marzo de 2018

NACER UN DÍA DE ENERO

Nacer un día de enero y en la Otra Banda de la Argónida no tiene ninguna particularidad. Es un hecho cierto que el único suceso de nuestra vida sobre el que no hemos mediado, con voluntad o sin ella, es nuestro nacimiento.

Nací un 18 de enero de 1964 en la Otra Banda de la Argónida porque así lo decidió la insondable providencia, porque así me lo contaron y porque así aparece en el Registro Civil.

Un muchacha rubia, que cree que la vida está forjada con la espada de los dioses nibelungos que evocan la fiereza como norma de vida, con la escasez que llena de miedos el futuro incierto, con la justicia que solo iguala a hombres y a dioses en la riqueza y con dos o tres pesadillas que la persiguen siempre con carnívora insistencia desde la niñez, lleva postrada en una cama más de seis meses.

La rubia mujer nibelunga ha tenido cuatro abortos de varones y no quiere que este último se le malogre; así que va a guardar reposo durante los meses de embarazo. Con las hembras no ha necesitado ningún prolongado letargo. Ése es el motivo de que mi casa fuera una casa de mujeres. Por eso no necesito jalar de los cabos de la experiencia para saber que un mundo hecho a la medida de la mujer sería un mundo menos violento, con otras hechuras, más aupado por las raíces de la vida que por las glorias de la muerte.

Sí, tengo que decir que mi casa era una casa de mujeres. La rubia nibelunga no se sorprendió cuando adelanté mi destino y aparecí más muerto que vivo por entre las sábanas y, aunque no tenemos conciencia de nuestro nacimiento, solemos venir al engaño de este mundo bendiciendo nuestros días. Yo no engañé a nadie porque, en vez de alegrarse por mi nacimiento, todos lloraron de tristeza.  Con 800 gramos de peso, la matrona me puso en la mano de mi abuela Magdalena, y cuentan que le sobraba mano.

He de decir que no fui consciente de cuánto pasaba. Nadie recuerda nada de su nacimiento. Vine un poco maltrecho, sobre todo en lo que atañía a ingles y otras partes anejas;  y la rubia nibelunga lloró por mí, porque pensó que ese dios bárbaro nórdico de la guerra me había condenado a la temprana muerte o a la desolación en la vida.

La rubia nibelunga lloró porque creyó que ni los Dioses bárbaros, ni el Dios de las arenas que es inconmensurable, ni el Dios que entrega el libre albedrío, habían hecho nada por mí y que como primera condena me habían castigado a no consumar el sentido de los besos y de la piel.

Yo nací en casa de mi bisabuelo, como se nacía antes. Era una casa de marinos mercantes, donde las olas entraban con cada desembarco y donde, en la azotea, todos amarrados con cabos al trinquete las noches de viento y tormenta, escuchábamos mil y una historias sin final, porque como las arenas del desierto el mar es infinito.

Fui vikingo y bárbaro habitante del frío y del terror en Goteborg; fui griego dibujado en un pañuelo que me trajo mi padre de Creta donde el Minotauro, fruto del pecado, purga su pena, al igual que todos pensaron que yo purgaría la mía; fui romano asaeteado en esa columna de Trajano que mi tío compró en Civitavechia; luché contra los persas y luego fui persa y mi historia se contaba en una alfombra que trajo mi padre de la tierra del Sha; llegué a la India y guardo un pañuelo de seda, lleno de elefantes y Rajás  que me regaló un soldado en una tierra hospitalaria y dolorida; volví a nacer en China, esta vez sano y alegre mientras recordaba la historia que contaba mi abuela de un niño que había nacido con 800 gramos de peso, fue sometido a cuatro operaciones antes de cumplir los cuarenta días, y que vivió entre botellas de agua templada envueltas en toallas muchos meses; y para que no lo olvidara se le condenó quince años a andar con bragueros que llevaba como un escondido estigma y que ataban su cuerpo para que las vísceras y las ingles no se le descolocaran.

Mi madre pensó que me estaría vedado el placer de la piel. Esos médicos que asustan tanto. De todos los dioses, la rubia nibelunga eligió al Dios de la humildad y la bondad para rezar, al Dios que sólo abre las puertas del Cielo a los pobres, aunque deje entrar en la Tierra a los ricos y poderosos en sus templos; eligió al Dios del perdón; y escogió, de entre todos, a Fray Escoba, para que abogara en mi defensa. Por eso me llamó Martín. Como San Martín de Porres.

Fray Escoba hizo su trabajo, la rubia nibelunga pidió, mientras metía bajo mi almohada, escrito con su mano, el poema Ítaca de Kavafis, que mi camino fuera largo y que numerosas fueran las mañanas de verano en que con placer arribara a bahías nunca vistas; y Fray Escoba se lo concedió y el Dios que entrega el libre albedrío decidió que yo pudiera beber de todos los placeres, o de ninguno, según mi conciencia.

Hasta el día de hoy, los tres han hecho su trabajo, la rubia nibelunga, Fray Escoba y ese Dios infinito, creador de todo lo visible y lo invisible. Hasta el día de hoy, los tres cumplieron con su palabra, menos yo.

domingo, 18 de febrero de 2018

DIONISIO RIDRUEJO, EL POETA DE LA TRANSFORMACIÓN


No yace aquí la esperanza, sino que la despertó.
Juan Benet

Enamorarse de una bella espía alemana no es difícil; pero enamorarse de una bella espía alemana que traduce a Rilke es de obligado cumplimiento. «12 de enero: La cena fue más bien de sociedad. Había una señora oficialmente guapa, guapísima, pero no me pareció nada encantadora. Me lo pareció, en cambio, una señora de pelo castaño, preciosos ojos azules, cuerpo esbelto, con una conversación divertidísima, que vino el día 14. Se llama Podewils (condesa creo) y está empleada en la prensa extranjera»

Así que Rainer Maria Rilke me llevó, sin que yo me lo propusiera, en traducción al castellano, hasta Metchild Podewils. Y Metchild, enamorada, y a quien sus amigos llamaban Hexe, "la bruja", me acercó a un poeta que se vistió en exceso de falangista, compuso con más de dos versos los cimientos del nuevo Régimen, volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz, fue Director General de Propaganda del Movimiento, jerarca de la España franquista y que, por decoro personal, ya que quiere demostrar que puede hacer una guerra, luchando por una joven Europa heroica y popular, decide alistarse, dando ejemplo, como simple soldado raso en la División de Voluntarios que partió a luchar contra el comunismo en Rusia, tras la invasión nazi.

Por eso, lo primero que hice fue agarrar sus Cuadernos de Rusia; sabiendo, por boca de Caballero Bonald, Jorge Semprún y Javier Pradera, que él no era uno de esos escritores de la corte falangista que con los nuevos vientos políticos, sin haber perdido ni un trozo de su piel, de su libertad, ni de su hacienda se dieron a blanquear su pasado fascista. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda teoría. A nosotros -no ya a mí- nos sorprende, nos escandaliza, nos ofende en la sensibilidad esta capacidad para el desarrollo de la crueldad fría, metódica, impersonal, con arreglo a un plan previsto desde fuera del terreno.

El poeta de la revolución nacionalsindicalista atraviesa la Rusia helada con su lápiz de carpintero para convertirse en el poeta de los paisajes que en Diario de una Tregua, escrita durante su primer exilio talla con buril preciso; los valerosos almendros ya han perdido su flor; ahora, entre sus hojillas desmayadas y breves, despunta el fruto tierno y agrio aún. Pero todos los árboles del huerto les siguen ahora. Estuvieron esperando, cautos por ver lo que pasaba. ahora ya saben que la vida no falta a quien se atreve; que se puede crear y ser belleza; que se puede ser héroe.

Así que, sin querer ser héroe, cuando vuelve de la Rusia de acero y hielo, el director de Propaganda del Régimen, el alto jerarca falangista, el íntimo amigo de José Antonio, el soldado raso de la División Azul, decide que no puede permanecer callado, incluso sabiendo que va a perderlo todo, y el 7 de julio de 1942, le escribe su famosa carta al general Franco en la que le revela la situación del Régimen y de la Falange tras la victoria franquista:

Mi general, si me atrevo a distraer la atención de V.E. con esta carta es simplemente por una razón de conciencia.

Que el régimen es impopular no es preciso decirlo, y es claro que esta impopularidad comienza a minar gravemente el prestigio de V.E. y a invalidar históricamente la Falange, cuyas ideas no han sido ensayadas y cuyos hombres son insignificantes minorías en el mando efectivo del país.

Todo parece indicar que el Régimen se hunde como empresa, aunque se sostiene como tinglado. No tiene, en efecto, base propia, fuerte y autorizada y la crisis de disgusto es cada vez más ancha. un día podría producirse el derribo con toda sencillez. Entonces los falangistas caeríamos envueltos entre los escombros de una política que no ha sido la nuestra. ¿Piensa V.E. qué desgracia mayor podría yo tener, por ejemplo, que la de ser fusilado en el mismo muro que el general Varela, el coronel Galarza, don Esteban Bilbao y el señor Ibáñez Martín? No se trata de no morir; pero, ¡por Dios!, no morir confundido con lo que se detesta.

Franco arruga el papel, pero no se atreve a matar a Ridruejo, el cuerpo de José Antonio todavía no se ha enfriado del todo; que he montado un tinglado, se atreve a decir; que me detesta; Ridruejo y su transformación, musita el general, sabiendo que la Falange está muerta en su mano. Confieso que los pequeños cargos aparenciales con que V.E. me distinguió me pesan en exceso y sería feliz librándome de ellos.

A partir de ahí no le llegarán más que penurias económicas, exilios interiores, alguna redención en Italia, y cuatro pasos por la cárcel donde coincidió con Caballero Bonald, Luis Goytisolo, Enrique Múgica y Jorge Semprúm, Federico Sánchez; con quienes anduvo de contubernio en contubernio desde Munich a París; mientras que el poeta de los paisajes terminó convertido en el poeta de la transformación porque el maniatado por dentro y por fuera sólo puede salvar su corazón buscando luz, bebiendo humanidad virgen, por donde la Historia reposa y está la creación imperturbable.

Y pensar que todo empezó con la traducción de unos versos de Rilke en los brazos de una bella espía alemana.

domingo, 28 de enero de 2018

A SANGRE Y FUEGO, DE MANUEL CHAVES NOGALES


Que a Chaves Nogales hay que fusilarlo es evidente; porque qué se puede hacer si no con un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria, trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, comenta con ímpetu un joven anarquista, recién incorporado a la checa de Bellas Artes.

Que a Chaves Nogales hay que fusilarlo es evidente; porque qué se puede hacer con alguien que se ha comprometido a defender la causa del pueblo contra el fascismo y se ha convertido en el camarada director al frente de un periódico gubernamental que ha llegado a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana; y que se ha puesto al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, dice, mientras se ajusta el correaje, un joven falangista que ha preferido, para exponerse menos, la vengativa retaguardia en Burgos a las trincheras.

Mientras tanto, Chaves Nogales, sin que pocos lo sepan, ha salido de Madrid y se dirige a Barcelona; aunque tiene puestos sus ojos y su pesimismo en París. Repudia por igual las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo que el desapercibido hombre celtíbero anda absorbiendo ávidamente. Corre el año 1937. No, no corre; se arrastra. Le repugna la humana carnicería que ha traído la guerra; los espíritus fuertes dirán seguramente que esta repugnancia es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, quiso, ni más ni menos, que permitirse el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.

Después de todo el tiempo transcurrido, creo que ya nunca se escribirá la novela definitiva de la última guerra civil española; sin embargo, sí que el Arte con mayúsculas la ha iluminado y fijado para siempre a través del relato corto; y ese arte, sin duda, será lo único que quede cuando el tiempo queme a sus protagonistas y a los historiadores, tal como viene ocurriendo a lo largo y ancho del mundo desde que las primeras pinturas rupestres fueron trazadas por mano humana.

No fue el azar quien provocó que mi primer acercamiento a la última guerra civil española llegara de la mano de Francisco Ayala y La Cabeza del Cordero; en este caso puedo nombrar a mi profesor de Literatura, el gran don Ramón, el de las barbas de chivo, como principal culpable. Muchos años después, mi hermana Tai me acercó un libro de relatos cortos titulado Los Girasoles Ciegos de un autor para mí desconocido de nombre Alberto Méndez, que le debe demasiado, según creo, a esos cuentos de Ayala: “toma, Norberto, a ver si aprendes a escribir relatos, que Borges te tiene demasiado abducido”. Y, por último, en una biblioteca cuartelera de esas que siempre tuve muy a mano, me tropecé con una cuidada edición de Las Armas y Las Letras, Literatura y Guerra Civil (1936-1939) de Andrés Trapiello; donde por primera vez leí el nombre de Manuel Chaves Nogales.

Chaves Nogales, el que defendió la República como un burgués liberal, aquel que creyó que su sitio estaba en ninguna parte, pagó un precio caro: el olvido, el desprecio y la postergación más absoluta por ambas partes; porque no debemos obviar que la violencia siempre simplifica cualquier número complejo a dos con una fuerza centrífuga que siempre provoca un gran vacío en el centro y una abundancia de militantes en los extremos, o estás conmigo o contra mí. Y si llega un momento en que no puedes estar con nadie, porque te has hastiado de sangre; pues claro se paga caro, desde luego, el precio hoy por hoy es la patria. Pero la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable del mundo que nos queda.

En una pensión de Mountrouge, a los pies de París, en esa pequeña parte habitable, por poco tiempo, comienza a escribir en enero de 1937 su colección de relatos A sangre y Fuego, y un prólogo que duele a ambos bandos, ya que la violencia siempre reduce cualquier número complejo a dos, o estás conmigo o contra mí. Le tachan de desertor a la República; a él, que fue elegido Camarada Director del periódico Ahora por el Consejo Obrero que reemplazó, en las horas de la guerra, a los antiguos dueños capitalistas, explotadores del proletariado, y que permaneció en su cargo haciendo lo que sabía hacer, escribir en un periódico:

Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

Desde luego, su colección de cuentos tiene la mecha del arte como castigo, esa mecha que ha logrado resucitarlo de los lugares escondidos muchos años después; porque  presagiar con esas palabras a principios de 1937, en una oscura pensión de París, el resultado del derrocamiento de la República tras el Alzamiento Militar, que se avecinaba como una eterna dictadura y que iba a durar cuatro décadas, no se lo perdonan ni los unos ni los otros:

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes –según la imagen clásica– va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.

Menos mal que esos personajes monárquicos o republicanos resucitaron la democracia cuarenta años después, logrando que las aguas volvieran a remontar la corriente. Hay quien esperó mucho más de esa transición y quien esperó mucho menos.












sábado, 20 de enero de 2018

EICHMANN EN JERUSALÉN, CON HANNAH ARENDT

¡Fuera!, ¡vamos!, ¡fuera!, ¡todo el mundo fuera!; gritaban. Sólo había unos pocos soldados en el andén, y nosotros éramos miles. ¿Por qué subimos a los trenes? ¿Por qué no protesté? Pero la verdad es que cualquiera en nuestra situación, fuera judío o no, hubiera hecho lo mismo. Hacía tanto frío. Salimos del vagón totalmente desconcertados. No sabíamos lo que estaba pasando. Pregunté: ¿Dónde estamos? Casi sin mirarme, quien estaba a mi lado contestó: En Auschwitz. ¿En Auschwitz?, repetí, ¿qué es Auschwitz?

No ha pasado tanto tiempo y no fue en un lugar tan lejano. Me he enterado por el New Yorker de que los israelitas acaban de cazar en Argentina a Adolf Eichmann, el perfecto burócrata nazi; y que hay una periodista, que a veces la encasillan como filósofa y otras como politóloga, que ha sido enviada a cubrir el juicio a Eichmann en Jerusalén, tierra tres veces bendita; pero ella sabe que no es a un juicio a lo que va; porque la acusación va a ser basada en el sufrimiento de los judíos  y no en los actos de Eichmann, sabiendo que el fiscal Hausner, con sus actitudes teatrales totalmente contrarias a la justicia, hablará por boca de Ben Gurion; y que el tribunal no estará interesado en aclarar cuestiones como: ¿Cómo pudo ocurrir?, ¿por qué ocurrió?, ¿por qué las víctimas escogidas fueron precisamente los judíos?, ¿por qué los victimarios fueron precisamente los alemanes?, ¿qué papel tuvieron las restantes naciones en esta tragedia?, ¿hasta qué punto fueron también responsables los aliados?, ¿cómo es posible que los judíos cooperaran, a través de sus dirigentes a su propia destrucción?, ¿por qué los judíos fueron al matadero como obedientes corderos?

Eichmann en Jerusalén, ¡quién lo hubiera dicho!, porque una cosa es sacar a los criminales y asesinos de sus madrigueras, y otra cosa es descubrirlos ocupando destacados lugares públicos; es decir, hallar en puestos de la administración federal y estatal, y en general en cargos públicos, a infinidad de ciudadanos que habían hecho brillantes carreras bajo el régimen de Hitler.

Y si la justicia israelí, no era en efecto un Tribunal Internacional que pudiera juzgar crímenes contra la humanidad, como quería Hannah Arendt, tampoco era la justicia alemana de posguerra un espejo en el que mirarse; ya que a verdaderos asesinos de miles de hombres, mujeres y niños, los andaba condenando a nimias penas. Por ejemplo, a Martin Fellez, ex miembro de la SS y que participó directamente en la muerte de más de 40.000 judíos, y que, para mayor dolor, después de la guerra llegó a ser un destacado miembro político del Partido Democrático Libre en la República Federal Alemana, tras ser juzgado, se le condenó a cuatro simples años de prisión; a Franz Novak, un sádico asesino, que ejerció después de sus masacres el oficio de impresor, tras haber andado quemando libros y hombres de la mano de Hitler, cumplió sólo seis años de condena y fue liberado por buena conducta; o a Wilhelm Koppe, un criminal bañado de empresario, que después de la guerra dirigió una fábrica de chocolate desde 1945 hasta 1960 antes de ser detenido, y que el tribunal decidió no juzgarlo por razones médicas; las mismas razones que seguramente él aludió cuando gaseó a más de 30.000 enfermos de tuberculosis en Polonia; y así podríamos citar cientos.

Eichmann es un caso curioso dentro de la monstruosidad, porque demuestra que la monstruosidad no existe. Él se ha declarado inocente de sus crímenes porque alega que no era más que un fiel cumplidor de su deber; "si tan sólo se dedicaba al transporte de judíos a los campos de concentración y lo hacía con la mayor eficacia posible". Su culpa provenía de la obediencia, él nunca quiso matar judíos. Y eso es lo más terrible, ya que podría demostrar que el régimen nazi y su política de exterminio no estaba sostenido por criminales, sádicos, depravados o inmorales. No, el régimen nazi, como todos los regímenes totalitarios capaces de las mayores atrocidades estaba sostenido por gente normal y corriente, gente del montón, obediente de la ley y de su propia supervivencia; porque aquellos hombres que se habían convertido en asesinos, tenían la simple idea de estar dedicados a una tarea grandiosa; de entre ellos echaban a los sádicos, querían gente normal; gente como Eichmann.

Y no le echen solamente la culpa a los nazis; que igual de terribles fueron los pogromos del Este ejecutados por rusos o polacos muchos años antes; o los crímenes contra los judíos en la Rumanía de Antonescu, menuda panda de asesinos se juntaron en aquellas tierras; o la Hungría de Horthy, la Francia de Petain o la Italia de Mussolini; pero..., no, por supuesto que no, el peor de los crímenes fue el de la gente normal, que cae en la banalidad del mal y luego alega obediencia cuando no es más que cobarde supervivencia; que le pregunten si no a las principales organizaciones de notables judíos de la Europa de entonces que ayudaron a que la maquinaria nazi rodara sobre las cabezas de sus semejantes; demostrado ha quedado que Eichmann habló y negoció con todos ellos para que los judíos de a pie entraran como corderos en las incineradoras. Durante el nazismo no había ninguna organización ni institución pública que no participase en una acción de índole criminal. ¿Quién queda que no fuera culpable? ¿Sólo queda Eichmann? ¡Mentira!

Es fácil alejar el problema culpando sólo a los monstruos criminales nazis o a los perversos estalinistas; pero, quitémonos la careta y digamos la verdad que ya no somos niños: "los monstruos no existen". Los verdaderos asesinos son esa gente normal sin las cuales un régimen totalitario no funcionaría: el empleado de banca que mueve el capital judío a otros lares más arios, el fontanero eficiente que suelda y fabrica tubos de gas que van a Treblinka o Auschwitz con la inocencia de un ángel exterminador, el funcionario diligente que sella pasaportes de muerte en Berlín o en Hungría, el empresario sagaz que se ha hecho, según dicta ahora la ley, con las empresas judías que caen de nuevo en manos más blancas, el policía afanoso que cambia de un día para otro sus insignias y detiene, veloz y sin rencor, a judíos, el factor de ferrocarriles sin cuyo incansable trabajo no hubiera llegado un tren a Auschwitz; para mí Auschwitz no era más que una estación ferroviaria; o usted o yo, que de haber nacido cincuenta años antes en Alemania hubiéramos puesto nuestro granito de arena aludiendo que sólo obedecíamos las leyes.

Entonces no hay otra pregunta más que ésta, Hannah: ¿cuánto tiempo necesita una persona normal para vencer su innata repugnancia hacia el crimen? En Alemania fueron unos pocos meses.