domingo, 9 de septiembre de 2018

EN PARIS-AUSTERLITZ, CON RAFAEL CHIRBES Y LA DESPEDIDA

La primera vez que pisé París, fue buscando a esa mujer que se peinaba a lo garçon y que me enseñó con no poco éxito a besar en la Gare d´Austerlitz.

Todo el que ha querido juntar letras, o llenar de trazos un lienzo, se fugó a París con poco dinero y mil encajes de ganas. He seguido por las calles de París a ese Sábato que se encontró con su existencia después de esquivar el gulag y el horror del átomo dislocado. He recorrido noches con él, con Óscar Domínguez; no hay suicidio comparable al suyo; con Wilfredo Lam, Benjamín Péret, o Tristan Tzara. 

He vivido las noches de París y whisky con Hemingway y Scott en la barra del Harry's Bar en Daunou, en un rincón de La Closerie des Lilas en Montparnasse y en la barra del hotel Ritz, moviéndome entre la megalomanía y la melancolía. Viví en el centro y luego en los extrarradios de París con Juan Goytisolo; sabiendo que siempre son más mágicas las historias de la periferia al centro que del centro a la periferia. Me fui de alquiler con Vila-Matas y Bartleby y compañía, sabiendo que París no se acaba nunca. En realidad yo iba detrás de la Yourcenar.

Me llené de Rimbaud y Verlaine hasta las trancas. Y con Sawa, entre iluminaciones en la sombra, viví la agonía de Paul Verlaine en su pobreza absoluta de la calle Moufetard. Paseé, en 1984 por la Rue du Pot de Fer, para pasar pasar un par de noches con George Orwell cuando trabajaba como lavaplatos. Y, desde luego, me tomé alguna copa con Faulkner, antes de cumplir los dieciocho, en el Hôtel d’Anglaterre, hoy Hôtel Luxembourg Parc, cuando me tomó la enfermedad de la literatura, después de tres lecturas seguidas del Ábsalon.

Y así hasta el infinito. Mucha culpa de mis sufrimiento la tiene París. Mucha culpa de ese sufrimiento que alivia.

Y, ¡de pronto!, en la calle Fernando VI, después de tantos años, me encontré con la estación de París-Austerlitz. aquella Babel, donde siempre naufragamos o nos salvamos en despedidas y encuentros sólo posibles en la Isla del Tesoro que fue nuestra juventud. París-Austerlitz, leo tras el cristal del escaparate de la librería, donde me enseñó a besar una mujer que se peinaba a lo garçon, porque en lo de amar sobran los adverbios, ni poco ni mucho, se ama o no se ama.

Cada mañana, de madrugada, para ir al trabajo siempre tomo la calle Fernando VI y, como un ritual, me paro ante los dos escaparates de la librería Antonio Machado, a leer los titulos y ver las portadas. de los libros. Y claro, cuando es una obra de Rafael Chirbes lo que ves y encima se titula París-Austerlitz, no puedes evitar coger ese tren esa misma mañana, sabiendo que lo que me esperaba era una triste despedida, porque de lo que se trataba era volver a la estación de partida. Que el movimiento de las agujas situadas a la salida del andén cambie la dirección del convoy y el tren recorra otros lugares, alcance otro final de trayecto.

No sé si la novela es autobiográfica de los años de Chirbes en París, o si sólo son retazos de sus vivencias y de esos amores de París que no duran. Lo peor era que lo había arrastrado a esa rutina objetiva, mero girar uno en torno al otro, devorándose cada vez con menos apetito. Un joven pintor que llega a París y un hombre mayor forjado a sí mismo en trabajos de acero; una enfermedad que en los años ochenta, sin tregua, no renunció a su trabajo de anegar de miedo las distintas pieles del amor y del placer. ¡Quién no tuvo miedo!: desde que detecté las manchas sólo volví a verlo una tarde, y aquel día procuré que no me tocara. Nada de flujos ni saliva ni contacto posible; no puedo abandonarme al mal, convertirme en una víctima. Quién puede pensar en envejecer juntos chapoteando en el pequeño estanque de los hábitos.

No es la enfermedad ni el doloroso futuro lo que te separa de Michel, es la falta de amor; lo encontraste cuando tú eras un perro abandonado, ahora el abandonado es él. Dices que verdaderamente no ha sido verdadero amor. ¿Pero, qué es verdadero amor?

Cuando cuidas a un ser querido, se supone que es él quien da no tú: atenderlo durante meses, cambiarle los pañales, lavarlo, peinarle el pelo que ralea; besar sus labios cuarteados o inflamados. Yo no sentía nada de eso; ya digo, le cambié los pañales un par de veces, pero nunca noté bondad cayendo sobre mí.

Ayer, como cada mañana paré junto a los escaparates de la Antonio Machado, en el de la izquierda, libros con voces de mujer; y en el de la derecha, novela negra que se ha convertido en el penúltimo refugio de la buena literatura en forma de novela. 



jueves, 2 de agosto de 2018

CELINE, VIAJE AL CENTRO DE LA NOCHE, SIN REMEDIO

Céline concentra su nihilismo en una obsesión antisemítica que fue ocasión de malhadadas adscripciones políticas, ocasionándole un exilio, terminado poco antes de su muerte.

Louis-Ferdinand Celine, un escritor al que yo nunca leeré, me dije mientras subrayaba, en el Tomo 3 de la Historia de la Literatura Universal, la breve reseña que hacía de él el catedrático José María Valverde. Ni siquiera voy a tener en cuenta que las primeras cuatrocientas páginas del Viaje al Extremo de la Noche (Voyage au Bout de la nuit) constituyan, en palabras del profesor Valverde, uno de los acontecimientos capitales de la prosa del siglo XX en Francia.

- Pero, ¡claro!, Celine, conforme uno va cumpliendo años va renunciando, cada vez menos, a que un escritor le muestre el infierno. No me importa lo canalla que pudieras haber sido con tus semejantes, ni los motivos que te llevaron a ello.

- No es verdad, la raza, lo que tú llamas raza, es ese hatajo de pobres diablos, legañosos, piojosos, ateridos que vinieron a parar aquí perseguidos por el hambre, la peste, los tumores, y el frío, que llegaron vencidos de los cuatro confines del mundo. El mar les impedía seguir adelante.

- Los míos cruzaron el mar, Céline, el del norte y el del sur; por eso sé que no se puede criminalizar una raza, que las llevamos casi todas en nuestra sangre; ni criminalizar un pueblo, que nosotros hemos vivido en todas las geografías a lomos de mercantes o de trenes, ni criminalizar a los bárbaros por no saber utilizar el uso sagrado del latín, del arameo o del árabe y sólo saben balbucear, un ba-ba-ba, incomprensible que es lo que los hace bár-ba-ros.

- Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. el resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.

- Si es que esta lucha constante contra el capital y la usura os llevó Celine, ¿verdad Ezra?, al lugar más equivocado. Pero, bueno, esa misma lucha también condujo a muchos escritores de occidente a abrazar otra ideología opuesta que pronto se llenó de campos de concentración y gulags, y, sin embargo, todavía no han rendido sus cuentas al futuro.

Celine y yo teníamos en común la guerra, esa rabia de la hostia, tremenda, que impulsaba a la mitad de los humanos, amantes o no, a mandar a la otra mitad al matadero. Sólo conocía a pobres, es decir a gente cuya muerte no interesaba a nadie. Ese maldito punto común, la guerra, pudiera ser un buen principio para pedirle que me enseñara el centro de la noche; el lugar donde primaba ese oficio de dejarse matar, en el que no hay que ser muy exigente, hay que hacer como si la vida siguiera. Es lo más duro, esa mentira.
Primero, visitamos la guerra. No era Virgilio, pero Celine tampoco está mal para dar un paseo por los  anillos del infierno. Han quemado una casa cerca de la alcaldía y, además, han matado a mi hermanito de una lanzada en el vientre. Cuando jugaba en el puente rojo y los miraba pasar. ¡Mire!, !ahí está!

Sé que el resumen de todo es el dolor;  toda la sangre que derramada, rápido, deja de ser épica; porque la poesía heroica se apodera rápidamente de los que no van a la guerra y aun más de aquellos que está enriqueciendo de lo lindo. Pero era imposible sustraerse a la contienda, y volver a la paz como se vuelve, extenuado, a la superficie del mar, tras una larga zambullida.

- Esto es el infierno, Celine, el centro de la noche. Ya no quedó verdad alguna en la ciudad ni en el campo. La tristeza del mundo se apodera de los serses como puede, pero parece lograrlo casi siempre. Rechazo la guerra por entero.


- Si crees que el infierno sólo es la guerra, te equivocas. Ven conmigo a las colonias y verás.

- ¿Qué hay allí?

- Te parece bien un gobernador corrupto, violadores de niños, pederastas sin miedo, la explotación del débil, el abuso de la colonización, el latrocinio impune. Ve usted esos negros que nos rodean, hace 30 años vivían de la caza, de la pesca y de las matanzas entre tribus, ahora son mano de obra.

- Esto sí que es el infierno; y los látigos en las morenas espaldas.

- Sí, pero no creas que lo has visto todo. Embarca conmigo como esclavo y galeote en Santa Tapete y navega rumbo a Nueva York. La democracia de la caca ha llegado a Nueva York. El suplicio estético de los pobres es interminable.

- No parece un infierno tan grande, Nueva York.

- En África había conocido un tipo de soledad bastante brutal, pero el aislamiento en aquel hormiguero americano cobraba un cariz más abrumador aún. La vida esconde a todos los hombres en su propio ruido no oyen nada.

- Dentro de lo que cabe trabajando en la Ford no se está tan mal.

- Es como un cataclismo aquella caja infinita de aceros; y nosotros girando dentro, con las máquinas y con la tierra. Aquel olor a aceite, aquel vaho que te quemaba los tímpanos.

- Volvamos a París, entonces.

- ¿Qué vamos a hacer allí?

- Hemos encontrado un trabajo en un dispensario para tuberculosos y luego en un manicomio. Allí no les importaba que yo no hiciera milagros, ellos sólo contaban con la tuberculosis para pasar de la miseria absoluta a la miseria relativa de la pensión del estado. Una renta es como la miseria que dura toda la vida. Los ricos nunca llegan a comprender ese frenesí por la seguridad. 

-Lo primero que se aprende es que el dolor se exhibe mientras el placer y la necesidad dan vergüenza.

- Seguimos.

-Sigamos.

Moverse con Celine me hizo aprender rápido que el centro de la noche está en uno mismo y no importa donde viaje, se esconda o viva. Que el infierno yace justo debajo de la piel. De su piel y de la mía.




domingo, 15 de julio de 2018

EN LOS BESOS Y EN EL ARTE, NO BUSQUÉIS EN MÁS LUGARES

Desde pequeño he soñado con hormigas. Es en la vigilia donde creemos que vivimos la realidad; pero para mí, la realidad de los sueños eran las hormigas, y en la noche eran la realidad del horror.

Poco antes de comenzar el verano, los navazos se llenaban de hormigas; vivían en grandes agujeros con forma volcánica y en un infinito recuento de soldados defendían sus retorcidos laberintos subterráneos con tácticas defensivas prehistóricas que por su perfección nunca necesitaron evolucionar.

Mi primer contacto con animales fue con hormigas, hubiera preferido un tigre pero en los navazos del Cabo Noval nunca fueron tiempos de acariciar animales dormidos. Después, por motivos familiares, he andado rodeado de perros, gatos y pájaros la mayoría de los cuales llegaron a casa porque, de mano de dueños con poco alma, fueron abandonados, maltratados o habían caído enfermos.


Le debo mi primer contacto con animales y mi primera pesadilla, a las hormigas. Los tollos, los navazos y la marisma seca no eran lugares para contemplaciones. No era difícil ver una rana muerta, un pajarillo putrefacto, una serpiente deslomada, una rata de agua con la barriga abierta o una cigarra que no superó el invierno recubiertos de hormigas: las poderosas hormigas. Cuando las veías sobre tu cuerpo ya era tarde.

Yo soñaba con hormigas atravesando las dos puertas divinas que canta la Eneida, la de marfil y la de cuerno; y sabía que si al abrir los ojos las hormigas te estaban rodeando por todos lados la única defensa era el agua, aunque mi madre me metía el miedo en la sangre, hablándome de los tollos; porque. como todo el mundo sabe, las arenas de los tollos eran movedizas y te tragaban para siempre. Aunque, cuando yo lo probé tirando al tollo que había junto a mi casa a un ratón y un gato, ambos salieron nadando y sin una pizca de frenada en su salida. "Eso es porque pesan poco y son pequeños y sus patas apenas tocan las arenas del fondo. Tú jamás te acerques a un tollo las arenas te tragarán".

Nunca se lo dije a mi madre; pero si alguna vez me llegan a rodear las hormigas, me hubiera tirado al tollo. La muerte ahogado en un tollo no puede ser comparable a la sufrida por mordeduras de millones de hormigas. Mi madre nunca supo de mi intención. Tampoco sabía que yo había decidido obviar la maldición que planeaba sobre los navazos, como si de una montaña mágica del África se tratara.

Mi madre pronto se dio cuenta de que yo andaba más cerca del asilvestramiento que de la civilización. Abrió los ojos cuando una amiga con la que pasaba muchas horas de playa mientras los niños nos dedicábamos al marisqueo, le dio a leer a Gerald Durrell. Se le iluminó la conciencia y pensó que había que cambiar de casa:

Mamá dictaminó que yo estaba en estado salvaje y que era necesario procurarme alguna instrucción. Pero cómo encontrar semejante cosa en una remota isla griega? Como era habitual cada vez que surgía un problema la familia en pleno se lanzó con entusiasmo a la tarea de resolverlo.


-Tiempo tendrá de estudiar -dijo Leslie-. al fin y al cabo sabe leer, ¿no? Yo le enseño a disparar y si comprásemos un bote le enseño también navegación.

-Pero, querido, eso no le sería lo que se dice muy útil el día de mañana -señaló mamá, añadiendo vagamente-, a menos que ingresara en la marina mercante o algo así.

-Yo creo que es esencial que aprenda a bailar -dijo Margo-, si no quiere ser uno de esos horribles zangolotinos pavisosos.

-Sí querida, pero ese tipo de cosas más adelante. De momento lo que le hace falta es una mínima instrucción  en matemáticas y francés....sin olvidar que su ortografía es aterradora.

-¡Literatura! -dijo Larry con convicción-: eso es lo que necesita, una sólida base literaria. Lo demás lo irá adquiriendo de paso...

Pero, para mí lo mejor, era seguir a Gerry, un niño de diez años, en su estudio de la fauna de la isla de Corfú y la envidia que me dio el que él aprendiera griego tan fácilmente y yo no. Si alguna vez me hago con un mochuelo lo llamaré Ulises, si es gaviota Alecko y si es una salamanquesa Gerónimo... me traen esos nombres tan buenos recuerdos.

En aquellos tollos estaba el país de Nuncajamás. Allí y en la Literatura; los dos lugares donde descubrí que sólo hay dos sitios donde una persona puede ser feliz: En los besos y en el Arte.

                                                  



domingo, 8 de julio de 2018

UN MÁGICO AJEDREZ QUE COMPRÉ EN MOSTAR


Esta historia es tan eterna como el tiempo, tan antigua como el ajedrez; y me acompaña, tallada en piedra de cuarzo, desde hace casi veinticinco años. Durante todo este tiempo la he tenido guardada en una caja blanca de poliestireno de las que se usa para mantener el frío, que yo pensé que era la más adecuada para aislar la magia. En esa caja voló desde Mostar hace casi un cuarto de siglo y la he tenido escondida en el altillo del armario de la habitación hasta la semana pasada, en que tuve que volver a aquellas tierras por coincidencias de un destino inapelable. La memoria, siempre disciplinada y sumisa con la determinada ventura, movió mis manos y mi corazón, en cuanto regresé a casa, para desencadenar de nuevo una guerra que es más antigua que el tiempo.

En su grave rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ambito en que se odian dos colores.

Corría el año 1994, marzo, día 31; por primera vez tras el frágil acuerdo alcanzado por bosnio-croatas y musulmanes entrábamos con cierta tranquilidad en la ciudad vieja de Mostar; el puente destruido, las casas sin techumbre y las calles con rasgaduras y señales inequívocas de haber sufrido un bombardeo de más de 3.000 granadas de morteros diarias. Nos dirigíamos, destino al Mostar Este tomado por los croatas, cruzando la pasarela provisional, que habían colocado los soldados españoles, en sustitución del viejo puente volado por las fuerzas del HVO.

En una estrecha calle sale de una casa, desatrancando una puerta, un hombre que porta una enorme pipa de fumar con ruedas, pintada con infinitos colores y del tamaño de su altura; con clara intención de hacer negocio con ella: "muy barata, doscientas maracas". No era cuestión de precio; es que llevar el fusil, con el dedo cerca del gatillo en una mano, ir perfectamente uniformado y, por contra, arrastrar con la otra mano esa pipa para tabaco, de ese tamaño, tan coloreada, rodando por las calles de Mostar no era una opción que ninguno de nosotros pudiera contemplar. "No, gracias, no podemos arrastrar esa pipa hasta donde vamos". Me miró y me dijo: "para ti tengo algo especial, algo tan infinito como el tiempo". Inmediatamente pensé, aun sabiendo por su aspecto que no venía de Las Horcadas: "este tipo tiene El Libro de Arena o un ejemplar único del infinito AlCorán, que es uno de los atributos de Dios".

Entró nuevamente en la casa. Desde la puerta se veía que carecía de techo debido a los bombardeos, que los muebles habían ayudado a pasar un duro invierno; y que ya no había ninguno que pudiera socorrerle cuando se acercara algún frío día de primavera. Rápido, temiendo que nos fuéramos, regresó sosteniendo en sus manos una manta anudada, que cascabeleaba con cada paso. "Esto es para ti. Viene de una guerra infinita, como tú, como nosotros, abrirlo es desatar el encono entre dos colores que no se amarán nunca". 

Para mí, demasiadas pistas. No había duda de que era el ajedrez con el que se inició todo: En el Oriente se encendió esta guerra, Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra. Como el otro, este juego es infinito. Desanudó la manta y pude ver un tablero de ajedrez, hecho en piedra y, metiendo la mano, toqué las piezas que parecían brillantes piedras preciosas al reflejo de la luz del atardecer. No tuve dudas. Era el original ajedrez infinito con el que desde el principio de los tiempos se batalla en todo el orbe. No quise regatear. Pagué por él las trescientas maracas que me pidió, una fortuna en aquellos tiempos, y como si fueran las llaves de la guerra y la paz lo guardé en mi mochila, con la idea de  llevármelo de allí y guardarlo para siempre, escondido en un altillo entre mantas y sábanas.

Me despedí de aquel hombre, no sin antes preguntarle su nombre y desearle mucha suerte en lo que quedaba de guerra. Seguro que la suerte le iba a hacer mucha falta; aunque yo supuse que la paz en Bosnia ya estaría cerca; pues la magia había conseguido ahora a otro incauto, tal vez de la misma forma que lo atraparon a él, para que se hiciera cargo de ese ajedrez portador de una batalla infinita; Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, Ciertamente no habrá cesado el rito.

- ¿Cómo te llamas?- le pregunté.
- Omar, mi nombre es Omar-, me respondió
- ¿Omar?- me sorprendí.
- Sí, Omar.

No quise preguntarle el apellido porque yo sabía que la sentencia era de Omar, También el jugador es prisionero, (la sentencia es de Omar) de otro tablero, de negras noches y de blancos días. Temía tanto que su apellido fuera Khayyam, que me despedí arrepintiéndome de haber pasado por allí ese día y de haber comprado ese ajedrez, porque entendí que no hay magia que no mueva nuestros pasos y que no somos conscientes de que la mano señalada del jugador gobierna nuestros destinos y no sabemos que un rigor adamantino sujeta nuestro albedrío y nuestra jornada. Esa guerra, aquellos días, esa orden de pasar por esa calle, ese hombre, descendiente de Omar Khayyam; todos esos pasos no tenían otro fin que sacar, de aquel país y de aquella guerra, ese ajedrez de piedra tallada por viejas manos otomanas, Dios sabe cuándo, y yo fui su instrumento.

Lo escondí como mejor supe, aunque siempre sentí que seguía latiendo en el fondo de aquel armario, vivo para la guerra; Adentro irradian mágicos rigores las formas: Torre homérica, ligero caballo, armada reina, rey postrero, Oblicuo alfil y peones agresores.

He vuelto a Sarajevo y Mostar, veinticinco años después, ciudades tan cosmopolitas y bellas, tan llenas de vida, en la mañana y en la noche. Y al volver a casa pensé que no hay que hacer tanto caso a las señales, indicios o designios que uno siente; así que he creído que los veinticinco años que mi ajedrez de cuarzo ha vivido dormido son suficientes para que la magia haya desaparecido.  Lo he desenvuelto con cuidado y lo he puesto sobre una mesa; y de nuevo hemos empezado la infinita guerra que comenzó en Oriente y ahora ocupa toda la Tierra. Lo peor de todo es que aunque hace años que abracé, seguramente para bien de mi tranquilidad, el positivismo y me declaré ajeno a cualquier tipo de magia o sortilegio, sospecho que no hay respuestas para todo, porque Dios mueve al jugador y éste la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza, De polvo y tiempo y sueño y agonía? 

Mientras tanto Jorge y yo hemos empezado a jugar un eterno ajedrez infinito. Pero, ¿y si aquel hombre se hubiera apellidado Khayyam, Omar Khayamm?

Ya es tarde. Ayer dimos comienzo a otra guerra eterna.


























domingo, 24 de junio de 2018

EZRA POUND, CANTOS CONTRA LA USURA EN LA MALDITA EXISTENCIA


Todo banco de descuento es absoluta corrupción,
gravar al público en provecho de particulares eso es un banco,
y si yo digo esto en mi testamento,
el pueblo norteamericano dirá que morí loco.

Elegir, en el siglo pasado, tener como feroz enemigo al capitalismo porque tu sueño económico es el crédito social que libre de la usura al alma de las personas, mientras pasan por delante de tu casa las camisas negras del Duce prometiendo eliminar la útiles operaciones del comercio, es condenarte a la locura, sobre todo si no quieres ser inmediatamente fusilado, siendo norteamericano, por traición a la patria.

La usura asesina al niño en las entrañas,
impide amar al joven,
trae sequedad al lecho,
y yace entre la joven y su marido.

Esa usura, capaz de convertir cada sentimiento en un frío contrato, cada beso en una prostitución del cariño, cada familia en un tétrico negocio dado a la suma, devaluaciones y apreciaciones del patrimonio común. Con usura no elige el amor, te lo juro, elige el insensible balance de pérdidas y ganancias. Te lo juro, Cortázar, con usura lo que la gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen te lo juro, las he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.

Optar a ser el autor del mayor poema anticapitalista jamás escrito, ¿verdad, Gelman?, anclado a las vanas promesas del Duce, ¡vaya contradicción!, es condenarte a pasar casi un año en una jaula a la intemperie, sin techar, en Pisa, traduciendo el único libro que te permiten tener, un volumen del Dá Xué y el Zhōng Yōng de Confucio. Aunque tienes suerte y clavado en la pared, en las letrinas, para limpiar los restos de los excrementos que se adhieren al cuerpo tras defecar, encuentras un volumen de poesía clásica inglesa a la que le faltan muchas hojas. Unos libros van a la hoguera y otros a las letrinas como papel para limpiarse, los dos grandes destinos del libro a lo largo de la Historia.

Con usura no tiene el hombre una casa de buena piedra,
con usura no hay paraíso pintado para el hombre en los muros de su iglesia,
con usura no se pinta un cuadro para que perdure o para tenerlo en casa, sino para venderlo pronto.

La casa, el único bien absolutamente necesario para el cuerpo; el arte, el único bien necesario para la vida; y el mensaje, la palabra para el alma; prostituidos por la usura. Eso tienen los grandes poetas, incluso los malditos por su adhesión política, que pintan la tierra con tres versos, que duran siempre.

Con usura el tallador es apartado de la piedra,
el tejedor es apartado del telar,
con usura no llega la lana al mercado,
no vale nada la oveja con usura.

Hoy en día, nadie llega a tiempo para conocer a Ezra Pound, sólo lo consiguieron aquellos artistas que vivieron de su generosidad en su casa en Kesington, porque se convirtió en el mecenas más pobre que un artista puede tener, pero el más brillante y  desprendido. Atacó La Tierra Baldía con tajos de artista y Elliot tuvo que reconocer que sus cambios realzaron el arte que llevaban dentro; James Joyce publicó su gigantesca obra de su mano. Robert Frost lo adoró como artista, y Auden supo que no habría un poeta que pudiera decir que cualquier verso escrito después Ezra Pound no tenían ninguna influencia suya.

Pietro Lombardo no vino por usura,
Duccio no vino por usura,
ni Pier della Francesca; no por usura Zuan Bellini
ni se pintó “La Calunnia”.

No vino por usura Angélico; no vino Ambrogio Praedis,
no hubo iglesia de piedra firmada con el Adamo me fecit.
No por usura tenemos St. Trophime,
no por usura tenemos St. Hilaire.

Yo llegué a conocerlo muy tarde porque esas cortas biografías de las arduas enciclopedias que habitaban las estanterías de casa de mis padres no se ahorraron ni un epíteto ni un sustantivo en su descripción como fascista y amante de Mussolini hasta el exceso. Así que lo borré de mi lista de autores por leer, hasta que me lo recomendaron Elliot y William Butler Yeats. Eso es lo que tiene la poesía, que siempre llega en brazos del arte, incluso tomándose su tiempo, y separándose de la vida e ideología de su autor. Incluso Homero es grande, a pesar de su dolorosísimo ataque social a la mujer, su inextinguible defensa de la esclavitud y su afán por engrandecer a los señores de la guerra que llevaron el fuego a la eterna Troya.

Ellos trajeron putas al templo de Eleusis
y sientan al banquete los cadáveres
a instancias de la usura.

Un año en una jaula a la intemperie, prisión en Génova, doce años de manicomio en el hospital de Saint Elizabeth en un cuartucho de dos por dos, sin salir de él; autor de los Cantos Pisanos, premio del Congreso de los Estados Unidos al mejor libro de poemas escritos ese año, ¡vaya contrariedad! El acusado de 60 años de edad, fue un estudiante precoz y se especializó en literatura. Ha estado en exilio voluntario por casi 40 años; en Inglaterra y Francia y durante los últimos 21 años en Italia llevando una vida insegura de escritor de poesía y crítica. Su poesía y su crítica han tenido un reconocimiento considerable, pero durante los últimos años su preocupación por teorías monetarias y económicas ha obstruido su producción literaria. Excéntrico, descontento y egocéntrico insiste en que su radiodifusión por radio Roma no fueron traición a la patria de EEUU, y dijo que todas sus actividades radiofónicas obedecían a la  misión impuesta por él mismo de salvar a la constitución americana.

Ezra, no soy quién para dar consejos; pero mi recomendación para los grandes poetas, los que son gigantes de verdad como tú, es enclaustrase en la torre de marfil y olvidarse del mundo, de la economía y de los factores de producción; los pequeños poetas pueden dedicarse a la política, a las tertulias vanas, a la televisión y a la radio. Porque si no, te declararán loco, o en el peor de los casos te fusilarán en el primer barranco que encuentren; porque sólo tú y yo sabemos que la usura separa a los amantes en el lecho o los une solamente en el coito. ¡Ah!, ¡cómo luchar ahora, Gelman, contra el capitalismo!






domingo, 17 de junio de 2018

MISIÓN BOSNIA: LA RUTA DE LOS ESPAÑOLES



UN LIBRO QUE HABÍA QUE ESCRIBIR: MISIÓN BOSNIA, LA RUTA DE LOS ESPAÑOLES

La memoria individual, la que no se comparte, es el ángel guardián de nuestras almas. Es ese ángel que delimita los nuevos caminos que tomamos en función de los hechos pasados. Y de eso, vosotros , familiares de los soldados caídos en Bosnia, sabéis más que nadie. De eso, trata este libro.

Con vosotros, familiares de nuestros héroes de Bosnia, hemos aprendido, oyendo de vuestras bocas hace veinticinco años esa cita de Octavio Paz, que la muerte es intransferible como la vida, que vuestro dolor era intransferible; que toda muerte ilumina toda vida, y que si no nos morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos; no nos pertenecía. De eso trata este libro.

Porque desde el primer momento este libro tenía un único fin: que veinticinco años después, ustedes estuvieran aquí; y que el recuerdo de vuestros maridos, padres o hijos que lucharon por la paz en Bosnia, siguiera vivo. Este libro, también, está volando al encuentro de quienes no han podido hoy estar aquí.

No fue difícil empezar este proyecto, tan sólo había que decir que se cumplían veinticinco años de la misión de Bosnia y de los primeros caídos del Ejército en misión de paz, una misión por la que pasaron más de 40.000 soldados españoles.

Hemos tratado de recoger todas las Agrupaciones y que, aunque fuera con rápidas pinceladas, estuvieran incluidos todos y cada uno de esos 25 años. Se han hecho muchas llamadas, se han recopilado fotos particulares, se ha entrevistado a muchos de sus protagonistas, buceamos en alguna que otra hemeroteca y, hoy, este libro ha cumplido su objetivo: ustedes están aquí.

Hemos intentado contactar con todos los familiares; no siempre fue posible, pero aquellos a quienes no hemos podido localizar seguiremos intentándolo, porque este libro, como escribía Hölderlin, aunque no sea poesía, también está escrito sobre mármol, como los nombres de nuestros 23 soldados y nuestro intérprete que dejaron su vida en Bosnia buscando la paz:

Arturo Muñoz Castellanos, Ángel Francisco Tornel Yánez, Francisco Jesús Aguilar Fernández, José Antonio Delgado Fernández, Samuel Aguilar Jiménez, Agustín Maté Costa, Isaac Piñeiro Varela, Francisco José Jiménez Jurado, José Manuel Gámez Chinea, José León Gómez, Fernando Álvarez Rodríguez, Fernando Casas Martín, Mirko Mikulic, Álvaro Ojeda Barrera, Raúl Berraquero Forcada, Enrique Veigas Fernández, Sergio Fernández Sanroma, Santiago Arranz Gonzalo, Antonio Pérez Patón, Raúl Cabrejas Gil, Joaquín Vadillo Romero, José Andrés Ygarza Palou, Santiago Hormigo Ledesma, Joaquín López Moreno.

Nada hubiera sido posible sin vosotros. Nada.


sábado, 9 de junio de 2018

LA NECESIDAD DE HACER SITIO EN LOS LUGARES MÁGICOS

De todos los lugares mágicos que he conocido, el más mágico de ellos era la azotea de la casa de mi abuela.

Esa casa fue construida por mi bisabuelo, Pascual Pareja, práctico mayor de la barra del río por la Gracia de Dios; y allí continuaron viviendo, después de su muerte, varios de sus hijos con sus familias. Hasta tres generaciones.

Las genealogías escogen como origen a esa persona fácilmente identificable del árbol familiar cuya influencia permanece ofreciendo cualquier tipo de amparo o malquerencia, que de las dos destila, por los poros familiares; supurando su honor o su indecencia hacia los descendientes con su mueca vital, hasta que unas generaciones después ese ilustre personaje se diluye en el cruce sanguíneo que se desata del apellido con ayuda del tiempo y de la herrumbre.

Ese hombre de cuatro generaciones atrás, que no se sabe de dónde vino pero que apareció en la Argónida como por encanto para hacerse con la barra del río y con los amores de mi bisabuela, María Pérez, se llamaba Pascual Pareja. Él construyó la casa de la calle del Teatro.

De todos los lugares mágicos de mi vida, el más mágico era la azotea de la casa de la calle del Teatro. Se accedía a ella por medio de una escalera de madera, que el tiempo se encargó de carcomer. La escalera la vi pintada de verde, de amarillo y de gris y daba acceso directamente a un cuarto muy oscuro lleno de mágicas y fatales herramientas que en buenas manos eran capaces de moldear la madera o el hierro con formas fantásticas.

Saliendo de ese cuarto se daba a un pequeño patio, lleno de luz y de cal, cuyos reflejos cerraban las retinas al primer encuentro. En ese patio había tres enormes tinajas rebosantes de agua, que mi tío abuelo Antonio llenaba, viajando, lento y azaroso, con pacientes cubos desde la antesala hasta la azotea, y que utilizaba para su aseo diario. En invierno se lavaba como un gato y en verano se bañaba como un pez. Muchos en la casa achacaban a tan aseada costumbre su longevidad. Ninguno lo imitó nunca.

Prosiguiendo hacia adelante, pasabas a un angosto pasillo, sin techumbre, custodiado por una guardia de geranios rojos, que convertía la azotea en un laberinto de un único corredor, que te obligaba a girar a izquierdas. Y al girar, te encontrabas con el más increíble tesoro que un niño puede soñar: una inmensa pajarera, llena de las más prodigiosas aves voladoras, desde verdones a canarios, pasando por coloridos jilgueros y jamases, que terminaban mezclándose en un maravilloso mestizaje amparado solamente por unas leyes evolutivas ajenas a cualquier otra naturaleza que no fuera las que imperaban en aquella única y mágica azotea.

Los días más maravillosos de mi vida llegaban cuando por motivos de espacio había que soltar al aire a aquellos pájaros que, unos dedos libertarios, habían elegido para que dejaran su sitio a los nuevos mestizos que con distintos colores y con otra vida empezaban a volar en la pajarera. 

Yo me imaginaba al verdón, que acababa de soltar, volando hasta la inconmensurable Amazonia para perderse camuflado entre el esmeralda de la selva; y con ojos curiosos cantar a un nuevo cielo y a un nuevo Dios. Ninguno de ellos volvió nunca. Prefirieron la libertad y el peligro a volver a la pajarera, donde les esperaba con seguridad el agua y la comida. Me imagino ese primer momento que respiraban el aire que no era filtrado ni por las rejas, ni por las mallas, ni por los barrotes; el aire puro de la libertad.

Y todo era por una cuestión de sitio, de espacio. Unos quedaban libres para que otros vivieran. Años después, leyendo a Canetti, descubrí que nos pasamos la vida haciendo sitio:

En las mejores épocas de mi vida pienso siempre que estoy haciendo sitio, haciendo más sitio en mí; ahí quito nieve con la pala, allí levanto un trozo de cielo que se había hundido en ella; hay lagos que sobran, dejo salir el agua - los peces los salvo -; bosques que han crecido ahí, suelto en ellos manadas de monos nuevos; todo está en pleno movimiento, lo único que falta siempre es sitio; jamás pregunto para qué; jamás siento para qué; lo único que tengo que hacer es volver a hacer sitio una y otra vez, más sitio; y mientras pueda hacer esto merezco vivir.

En aquella azotea aprendí que la libertad te la entregaba la necesidad de hacer sitio, y me queda la duda de que la muerte no sea más que eso, una necesidad de hacer sitio. Y ese día nos soltarán al aire, por fin, libres.