domingo, 8 de marzo de 2026

EL SONETO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Hoy voy hablar del soneto más hermoso del mundo. Sé, si ya me vais conociendo, que esperareis que pueda ser ese soneto de amor incomparable de Quevedo que comienza por «cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día / y podrá desatar esta alma mía» o ese de Garcilaso que empieza por «escrito está en mi alma vuestro gesto / y cuanto yo escribir de vos deseo; / vos sola lo escribisteis; yo lo leo» o uno de los sonetos del amor oscuro del avasallador García Lorca como puede ser ese que cuyo principio es «esta luz, este fuego que devora. / este paisaje gris que me rodea. / este dolor por una sola idea. / esta angustia de cielo, mundo y hora». Pero no, yo les voy a contar de verdad cuál es el soneto más hermoso del mundo.

El soneto más hermoso del mundo está fechado en Sanlúcar de Barrameda, Prisión del Castillo, junio de 1937. Se conservó muchos años escondido en la casa de la calle del Teatro que el práctico de Sanlúcar y la barra del río <,Pascual Pareja, construyó en 1917. El protagonista del soneto, a quien van dirigidos esos versos que se escribió en dos almas, es el sargento de carabineros Diego Rodríguez Ponce, yerno del capitán y práctico Pascual Pareja, casado con su hija Maruja.

Estoy preparando la tercera novela de mi trilogía sanluqueña y mágica, que es espejo del mundo, donde vuelven a aparecer de nuevo esas vidas; Pascual Pareja, José Antonio Lima Utrera, Diego Rodríguez Ponce, Magdalena, Lola, Antonio, Norbertos; y toda esa ralea de Parejas, Limas, Ruiz, Utreras, Pérez y qué sé yo cuantos más que con su sangre y la mía, que se parecen mucho, me andan persiguiendo durante tanto tiempo. Porque no es que fueran vidas las suyas, es que después de que el tiempo las durmiera, son literatura en estado puro todavía por escribir.

Diego Rodríguez Ponce era carabinero, huérfano de un carabinero asesinado cuando las playas y las fronteras eran lugares peligrosos. Y a él fue dirigido el soneto más hermoso del mundo:

«Al sargento de carabineros don Diego Rodríguez Ponce, que, espontáneamente, me ha pedido a mi hija Paquita para ampararla en su propio hogar; durante mi forzosa ausencia del mío:



¡Deuda eterna!..
(Soneto)   

¡Jamás olvidaré su buena acción;
su noble rasgo desinteresado,
de dar la mano a un padre atribulado!..
¡Qué hermoso tiene usted el corazón!..

Mi hijita, tembloroso de emoción,
con confianza entrego a su cuidado.
No dudo que ha de estar como a mi lado,
y apruebo, con placer su petición…

¡Derrame Dios la dicha y la ventura
sobre su honrado hogar cual lo merece!..
¡Para pagar su gesto de honra pura,

mi vida entera poco me parece!
..¡No puede ofrecer más de lo que ofrece…
el padre de esa pobre criatura!…

José Mejías Calzado

Sanlúcar de Bda. Prisión del Castillo. Junio 1937

Uno lee el soneto y se imagina, habiéndolo llevado en la memoria durante tanto tiempo, cómo podría ser el castillo de Santiago cuando se utilizó como prisión durante la Guerra Civil. Un hombre, parece que veterinario y concejal socialista en Medina Sidonia, que está preso de los nacionales y un sargento de carabineros, que el 18 de julio de 1936 optó por secundar el golpe en Sanlúcar de Barrameda, son los protagonistas. Ese hombre preso tiene una hija, que ha quedado sola, desamparada, en unos tiempos demasiado convulsos. El carabinero fuera de los muros y el preso dentro; y su hija fuera sin amparo alguno.

Y aquí empieza la historia del soneto más hermoso del mundo:


- Señor Mejía, yo cuidaré de su hijita hasta que pueda salir de aquí.
- No sabe, don Diego, cómo se lo agradezco.
- Saldremos de esta, señor Mejía.

El sargento de carabineros Diego Rodríguez Ponce se llevó a la hija del señor José Mejías Calzado a la casa de la calle del Teatro del capitán Pascual Pareja; y esa casa se llenó de historias durante más de un siglo, historias de hombres y mujeres; y de sus almas; y, ahora que lo pienso, de literatura. Era una casa donde vivía la literatura oral como en ninguna parte, tal vez como solamente la he visto en África.

Una casa donde convivían las siguientes historias, ¡agarraos al sillón!, que os cuento el resumen en el que estoy trabajando, aunque ya salen sus nombres en mis dos novelas anteriores Las mareas no suelen equivocarse y La máquina del mundo:


«Yo te diré que Pascual Pareja protegió en esa casa cuando comenzaron las persecuciones religiosas, entre ellas la quema del convento de capuchinos, a varias monjas de Sanlúcar. El capitán Pascual Pareja se puso de parte del golpe y consiguió abrir la barra del río y un puerto tan importante para los nacionales como Sanlúcar.

Yo te diré que su hijo Paco Pareja, también práctico de la barra, fue encarcelado en el Castillo de Santiago por haber apoyado supuestamente, en un principio, a la República usando la radio de la casa de los prácticos. Parece que el capitán lo sacó de ese apuro.

Yo te diré que Diego Rodríguez Ponce, yerno de Pascual Pareja, carabinero, también apoyó el golpe en Sanlúcar y fue uno de los que desde Bonanza acudieron en julio del 36 tras la asonada en África, al Ayuntamiento de Sanlúcar y quien, tras los combates por hacerse con el telégrafo que en aquellos días estaba por la calle Santo Domingo, tomó dirección al ayuntamiento; y cerrando sus puertas dijo aquello que todavía suena: Sanlúcar desde ahora es nacional.

Yo te diré que José Antonio Lima Utrera, también yerno del práctico Pascual Pareja, casado con su hija Magdalena, y su padre José Antonio Lima Bustamante, eran presidente y vicepresidente de Izquierda republicana, muy azañistas y se supone, sin ningún género de dudas (vaya oximorón), que los primeros días de julio del 36 pudieron hacer uso de la violencia. José Antonio Lima, después de la guerra con pocas garantías de éxito vital y ahogado en vapores alcohólicos, y ¡vaya usted a saber que otras deudas!, dejó a sus tres hijos y a Magdalena de vuelta en la calle del Teatro. Una de las niñas Rosario Lima se fue a vivir unos años para poder salir adelante con el carabinero, ya Guardia civil, Diego Rodríguez Ponce.

Yo te diré que Eduardo Pareja, hijo del capitán Pascual Pareja combatió en las filas nacionales y su madre María Pareja le envió unos zapatos que necesitaba y todos lo dieron por muerto cuando devolvieron nuevamente los zapatos que habían llegado, como una metáfora, al frente del Ebro.


Yo te diré que el carabinero Diego Rodríguez Ponce no quería hablar de sus horas en el frente de Córdoba durante la Guerra Civil porque en la trinchera de enfrente junto a los anarquistas estaba su hermano, a quien amaba tanto, también carabinero, con las mismas armas fratricidas.

Yo te diré que cuando acabó la guerra ese hermano que combatió del lado de la República fue condenado a muchos años de cárcel, y aquí salió de nuevo el capitán Pascual Pareja a escribir su propia historia contada por sus hijas. Como la familia del hermano de Diego Rodríguez Ponce, que estaba en la cárcel, estaba pasando necesidades, llegaron al acuerdo de que Diego le daría su sueldo de Guardia Civil a la familia de su hermano encarcelado y ese mismo sueldo se lo pasaba religiosa y mensualmente Pascual Pareja, práctico de la barra del río.

Yo te diré que seguiría contando mil historias, por ejemplo, que en la dura posguerra y en tiempos de contrabando, estraperlo y corrupción estando destinado en Canarias, años cuarenta, el ya capitán de la Guardia Civil Diego Rodríguez Ponce no quiso participar en un ilegal negocio de contrabando de piezas de vehículos y motores abandonados por los ejércitos que combatieron en África durante la Segunda Guerra Mundial.

Parece que había más intereses gubernamentales de lo que parecía y se dio la orden, ¡vaya usted a saber dónde!, de enviarle algunas señales. Durante esa noche, cuentan que se defendió y mató a otros dos Guardias Civiles. Lo detuvieron y, después de intercambiar su mujer, Maruja, algunos documentos que guardó como un tesoro donde creyó más conveniente con algún preboste del régimen, la pena de muerte fue conmutada por unos años en un conocido manicomio madrileño. Tiempo después regresó a la casa de la calle del Teatro.

Yo te diré que terminó en aquella casa escribiendo obras de teatro y estrenándolas en Cádiz y Sevilla. Y no lo hacía nada mal.

Yo te diré que tengo mil historias de mar, de abordajes y de Canal de Suez y de guerras árabe-israelíes llevando petróleo para la maquinaria de guerra recién creada y de atraques en Saigón con armas para el nuevo imperio; que es que no siempre se acierta el lado bueno de la trinchera o sí.

Yo te diré que también hay historias que contar ahora, pero sin aquellas mujeres, aquella casa, aquellas literarias paredes, cuya literatura oral vivía sola subiendo y bajando escaleras y descansando en antesalas y salones, nada es posible.

No sé cómo serían las demás casas, pero aquella casa de la calle del Teatro fue, ha sido, España en estado puro. Pero lo mejor de todo es que conservó entre sus paredes muchos años el soneto más hermoso del mundo, ese que dice:


¡Deuda eterna!..
(Soneto) 
  
¡Jamás olvidaré su buena acción;
su noble rasgo desinteresado,
de dar la mano a un padre atribulado!..
¡Qué hermoso tiene usted el corazón!..

Mi hijita, tembloroso de emoción,
con confianza entrego a su cuidado.
No dudo que ha de estar como a mi lado,
y apruebo, con placer su petición…

¡Derrame Dios la dicha y la ventura
sobre su honrado hogar cual lo merece!..
¡Para pagar su gesto de honra pura,

mi vida entera poco me parece!
..¡No puede ofrecer más de lo que ofrece…
el padre de esa pobre criatura!…


José Mejías Calzado
Sanlúcar de Bda. Prisión del Castillo. Junio 1937















 


sábado, 3 de enero de 2026

viernes, 19 de diciembre de 2025

LA VERDAD SIN POSESIVOS, RESEÑA DE FERNANDO J. PALACIOS A "ESCRITORES EN LA BATALLA"


Me he levantado con una reseña literaria de quien vive, sueña y entiende de literatura como nadie. Traductor de Rainer Maria Rilke, el poeta total en lengua alemana, cuyos poemarios, El libro de las horas, La canción de amor y muerte del alférez Cristoph Rilke, (Premio Marcelo Reyes a la traducción) que ha traducido de manera poética excepcional. También traductor de Heinrich Heine, Las memorias del señor Schnabelewopski. Licenciado en Filología Alemana, profesor en la Universidad de Bamberg y que ha ejercido la crítica literaria e impartido cursos cursos de Expresión Escrita, Teatro, Cultura y Civilización Española y Traducción y versión parafrástica de textos literarios del alemán al español, ya me dirán si no lee de manera distinta. ¡Y encima fue a la presentación de mi libro Escritores en la batalla y me escribe esta crítica que viene de su mano y de su vastísima cultura!

Además, somos amigos desde hace tiempo, que todo hay que decirlo, por esos azares del destino, que la buena literatura une mucho, pero lean esta crítica de Fernando J. Palacios, que ve lo que incluso el autor no ha visto.

Ustedes lean lo que es una reseña. Yo ahora estoy arrodillado, mientras vuelvo a leerla:

La verdad sin posesivos

La mirada de Norberto Ruiz Lima es, sin duda, la mejor y más profunda de las muchas lecciones que pueden extraerse de la lectura de Escritores en la Batalla. El recuerdo que deja el libro es el de una mirada humanista, lírica, irónica e intrépida que nos impele a buscar más allá de lo acostumbrado. Una mirada que nos atrapa para adentrarnos en otras vidas y, con ellas, en nosotros mismos, en la identidad española que hizo posible la mejor literatura.

Un libro exigente consigo mismo y con el lector, como todo buen amante. Es esta una obra que asume que la verdad, no la nuestra que diría Antonio Machado, sino la verdad —sin posesivos ni adjetivos— es una construcción documental fragmentaria, por completar, por descubrir, por desvelar: las teselas de un mosaico que ocultó y deformó la memoria, que ardió con los archivos, que desdibujaron las biografías, que renacerá más allá de nosotros con el último hallazgo de los investigadores. Y es ese fuego de amor por la literatura, por la aventura y el conocimiento de causa, Ruiz Lima es escritor y es militar, el que impregna la voz del narrador de este libro. Porque este es un libro de historia que puede leerse como una novela o una novela de siete capítulos (casi ocho contando la insólita historia de Diego de Guevara) que puede leerse como un libro de historia, de esa historia de la literatura que busca en el autor al ser humano, con sus ruinas y sus glorias, despojándolo del bronce y de los pedestales.

Ruiz Lima nos embarca en las aventuras biográficas de siete escritores del Siglo de Oro: Garcilaso, Cervantes, Francisco de Aldana, Alonso de Contreras, Quevedo, Lope de Vega, Catalina de Erauso y Calderón de la Barca; y de regalo, como un camino que se bifurca o un excurso cervantino dentro del marco narrativo, nos adentra en el desierto y en la Mezquita de Djingareyber en Tombuctú, uno de los pasajes más memorables y conmovedores del libro: el viaje de una biblioteca de Toledo a Mali. 

Es de agradecer, asimismo, la cuidadísima edición de Dragón Colección, que esclarece con ilustraciones, documentos, mapas y fotos en color el relato del narrador de Ruiz Lima, que en todo momento cita las fuentes primarias y secundarias de las que bebe el texto y conjetura de forma fidedigna y verosímil los pasajes más oscuros, que no son pocos, de la vida de los escritores, sobre todo en lo referente a las carreras militares y su participación en todo tipo de contiendas, desde las más míticas batallas a las refriegas más personales.

Escritores en la Batalla es una novela sin ficción, llena de novelas para futuros novelistas. Una mirada que marca un nuevo norte en la brújula a la hora de entender que la frontera entre la vida y la literatura se disipa en los grandes escritores y no se pueden entender la una sin la otra, o no del mismo modo y da la casualidad o quizá no lo sea tanto, como dice Ruiz Lima, que las mejores plumas de nuestra lengua empuñaron también la espada.

De la condición de militar y letraherido de Ruiz Lima, digno discípulo del gremio, nos advierte en su magnífico prólogo José Luis Hernández Garvi. Decía Borges que «el tiempo es el mejor antologista o el único, tal vez»; cuatrocientos años después nuestro Siglo de Oro sigue brillando y, si lo hace, es también gracias a libros como Escritores en la Batalla que lo bruñen con el esmero del orfebre y la religión de los hombres honrados.

Fernando J. Palacios León

El tintero | Página web del autor, traductor e investigador Fernando J. Palacios León









lunes, 17 de noviembre de 2025

CUARENTA AÑOS Y LA VIDA, UNA REJURA Y UN EPITAFIO EN LA ACADEMIA GENERAL MILITAR DE ZARAGOZA XLV

 

Aunque «vivir es caminar breve jornada» como escribió Quevedo; sin embargo, cuarenta años de servicio de más de doscientos soldados de la XLV Promoción, desde un 1 de septiembre de 1985 hasta un 15 de noviembre de 2025, dan para sumar muchos breves combates en tantos lugares, en tantas versiones, en tantas y extrañas formas que el libro de la vida de aquellos jóvenes que recogían su material en el acuartelamiento de Los Leones para la 5º Prueba de la oposición a la Academia General Militar, sería una versión muy especial de cómo se van sumando las edades mientras la bella juventud se derrama entre misiones, maniobras, esperas, despedidas; unas veces, dolor y otras veces, llamas. 

Formar de nuevo en aquel patio rocoso y duro frente al cierzo, cuarenta años después, con el alma y el cuerpo llenos de unas experiencias que pocos imaginan que puedan darse en ese reducido espacio que compone esa pequeña formación de viejos soldados, no permite que ninguno salga indemne. Los secretos que cosen en los corazones, la memoria y la vida hacen sus estragos.

Todo cuanto puede unir las almas vive en ese suelo del patio de la Academia General de Zaragoza y sube veloz, como el primer día que formaron muy jóvenes, por unos cuerpos que el tiempo, cada uno a su manera, parece equivocadamente que los ha transformado en más frágiles.

Nos unió un beso hace 40 años y nos sigue uniendo otro beso 40 años después. Esa es la fuerza que tienen los besos; y ese su significado.

Y la memoria también nos funde en un pasado que no existe, para unirnos con todos aquellos que no pudieron formar con nosotros porque andan haciendo guardia en esos lugares por encima del arco iris. No me puedo excusar y ese lugar y ese tiempo convirtió lo que era un dique en riada y terminó llenando el aire con los nombres de aquellos que cuarenta años antes formaban en Compañía y  ahora no estaban porque dieron su vida y su futuro, que se perdió para siempre, a cambio de un bien común mucho mayor.


Y me puse a recordar esos posibles epitafios sobre mármol que algún día pueda cubrirme y si me dan a elegir, escogeré uno parecido al de Joseph Severn. Soy un literato irredento, qué le vamos a hacer, incluso aquí, viendo a mis compañeros besar una bandera que une; que de verdad une. 

En Roma, donde murió a los veintiséis años, víctima de la tuberculosis (agravada al parecer por las malas críticas contra su poema Endimión), yace John Keats, señalado en su lápida sencillamente como «un joven poeta inglés, cuyo nombre se escribió en el agua» . Pero, y eso es lo más grande, a su lado se enterró al también joven pintor Joseph Severn, que solamente quiso ostentar como título supremo funerario: «Yo fui amigo de John Keats».

Hay que haber entendido el sentido de la vida muy bien, me dije, para escribir ese epitafio sobre tu tumba. La amistad, el amor, el tiempo pasado, lo que vale la pena formaba con nosotros en el patio de esa Academia en su Tercera época, cuarenta años después. Eso será lo que nos llevaremos cuando viajemos ligeros de equipaje y sin posibilidad de guardar nada en unos bolsillos que ya no existirán. 

En aquel momento, cuando cada uno rebuscaba en su memoria en la formación, mientras los nombres de los compañeros que son tiempo eterno, flotaban en alto vuelo como un velero, yo pensé en mi epitafio:

«Yo fui amigo de Arturo Muñoz Castellanos. Muerto en Bosnia cuando auxiliaba a civiles no combatientes en una muy dolorida y reconocida guerra. 

Yo fui amigo de Jesús Aguilar. Muerto en Bosnia cuando llevaba plasma sanguíneo a un hospital musulmán para salvar cientos de vidas.

Yo fui amigo de Mariano Álvarez Lórenz. Muerto cuando se dirigía a hacer sus prácticas de fin de carrera a una unidad militar con la que soñaba.

Yo fui amigo de Martín Rodríguez de Labra. Muerto en los mismos brazos de una montaña que decidió quererlo demasiado durante un ejercicio.

Yo fui amigo de Arturo Vinuesa. Muerto en unas maniobras haciendo lo que tanto había deseado.

Yo fui amigo de Federico Sierra. Muerto en los atentados terroristas contra los trenes de cercanías de Madrid el 11-M.

Yo fui amigo de Manuel Verde. Muerto en una carrera que se convirtió en infinita.

Yo fui amigo de José Manuel Berdugo. Muerto en accidente de tráfico con no más de veinte años.

Yo fui amigo de José Antonio Lozano. Muerto en accidente cuando en bicicleta andaba buscando las nubes.

Yo fui amigo de Alberto Mateos, cuando buscó en los sueños más de lo que podía encontrar.

Yo fui amigo de José Manuel Oliver, que demostró dentro y fuera del Ejército de lo que era capaz.

Yo fui amigo de Emilio Fabián, que amaba la vida y hacía que la amáramos.

«Yo fui amigo de...»: bonito epitafio; aunque, como va a ser excesivo el mármol necesario para tanta memoria, creo que lo voy a resumir de una forma más sencilla:

«Yo fui amigo de esos 217 jóvenes que ingresaron en la Academia General Militar un primero de septiembre de 1985 cuyos nombres se escribieron en la tierra»

Y eso que yo le dije a mi padre, Steersman, el viejo marino, que yo quería escribir mi nombre en el agua como John Keats. Pero incluso cuando las cosas no salen bien, pueden salir perfectas.






martes, 25 de marzo de 2025

CIVILIZAR AL HOMBRE, ¿PARA QUÉ SI YA ESTÁ TODO ESCRITO?

No hay antigüedad que no crea que la civilización acabará con la naturaleza, esa naturaleza que está en la frontera de la barbarie.

El único motivo por el que yo quería volar al país de los cedros era para rendir mi duelo por el gigante Humbaba, el guardián de los bosques, el guardián de la naturaleza que vivió entre el Hasbani y el Jordán en una tierra que para siempre fue santa y esa ha sido su perdición.

En Uruk me contaron que su rey Gilgamesh, por su fortaleza y poder, había terminado convertido en un tirano asfixiando a su propio pueblo. Dos tercios de él son dios. La forma de su cuerpo, como la de un buey salvaje altivo. El empuje de sus armas, no tiene par. Mediante el tambor se reúnen sus compañeros. Los nobles de Uruk están sombríos en sus cámaras:    

«Gilgamesh no deja el hijo a su padre; día y noche es desenfrenada su arrogancia. ¿Es éste Gilgamesh, el pastor de la amurallada Uruk? ¿Es éste nuestro pastor, osado, majestuoso, sabio? Gilgamesh no deja la doncella a su madre, ¡La hija de guerrero, la esposa del noble! Los dioses escucharon sus quejas. Los dioses del cielo del señor de Uruk, ellos...

Por regla general, eso bien lo sabemos, los pueblos no suelen ser oídos por los dioses cuando necesitan desembarazarse de un tirano o de la violencia, pero esa vez lo hicieron; y el dios Anu ordena a la diosa Aruru que de barro y agua insufle vida a un igual a Gilgamesh para que pueda hacerle frente; y la diosa Aruru (una diosa femenina, no puede olvidarse eso) es quien moldea a Enkidu y lo envía a la Tierra para que contrarreste el poder desmesurado de Gilgamesh contra su pueblo. El equilibrio imposible.

La diosa Aruru libera en la naturaleza a Enkidu que vive como un animal salvaje, un hombre que corre con las bestias, que bebe en las charcas, que come los restos del suelo, que no tiene el don del habla, ni del pensamiento, que su corazón es frío.

¿Y saben quién es el encargado de civilizar al hombre? Ni más ni menos que una mujer, una de las servidoras de la diosa Isthar.

¿A que es muy diferente esa creación del hombre a la que nos han inculcado otras tradiciones?:

Una diosa (femenina) crea de barro y agua a un hombre y una mujer lo civiliza, le enseña a hablar, lo hace más humano. ¡Mujeres!, ¡lógico!, pensé, si son ellas las que dan la vida, las que paren los hijos, las que te dicen al oído tus primeras palabras… ¡lógico! (A ver si aquello de que la mujer fue creada a partir de la costilla de un hombre, no era la primera idea que se reflejó en una tabla de arcilla en escritura cuneiforme).

Pero, miren, miren cómo civiliza Samsat, la servidora de la diosa Isthar, al salvaje Enkidu. Desde luego que no hay mejor manera de ser civilizado:

«Ella se despojó de su túnica y se tumbó allí desnuda. La vio Enkidu y se acercó con cautela, olisqueó el aire, contempló su cuerpo. Se acercó Samsat; y entonces le tocó el muslo. Empleó sus artes amatorias, se apoderó de su aliento con los besos y no se reprimió en absoluto; le enseñó lo que es una mujer. Durante siete días Enkidu permaneció a su lado y yació con ella hasta que estuvo saciado.

Al cabo se levantó y caminó hacia la charca para reunirse con sus animales, pero entonces las gacelas lo vieron y se dispersaron. El venado y el antílope se alejaron brincando. Trató de alcanzarlos, pero su cuerpo estaba exhausto, temblaban sus rodillas; y ya no podía correr como un animal tal como había hecho hasta entonces. Regresó hasta donde estaba la mujer; y mientras caminaba supo que su mente había crecido, supo cosas que los animales no pueden saber».

Gracias a una mujer, Samsat, Enkidu, un hombre salvaje, supo que su mente había crecido y supo cosas que los animales no pueden saber. 

Una vez civilizado, Enkidu decide ir a Uruk a ayudar al pueblo y a ajustar cuentas con el tirano Gilgamesh. En Uruk se enfrenta con Gilgamesh. Un enfrentamiento de dos fuerzas de la naturaleza, dos semidioses. Gilgamesh vence a Enkidu, pero está a punto de ser derrotado por primera vez.

Y, por primera vez siente miedo, por primera vez sabe que hay un igual a él que puede vencerlo y cuando le da la mano para levantarlo se establece entre los dos un vínculo que los llevará a iniciar una gran aventura en los remotos bosques de los cedros donde vive Huwawa (en asirio Humbaba). Un ser que simboliza el pasado, pero que es el guardián de la naturaleza.

Con la ayuda del dios del viento, Gilgamesh mata al gigante y los bosques se quedan sin guardián, se quedan sin futuro porque dos hombres civilizados que vienen de la ciudad más grande y adelantada del mundo han hundido sus hachas en su garganta y han cortado su cabeza. El mito del progreso contra la naturaleza, creo yo.

Hace tres mil años quien escribió La Epopeya de Gilgamesh ya sabía cuál sería el resultado de la lucha entre el desarrollo y el progreso contra la naturaleza. Asesinarán a sus guardianes. La naturaleza se quedará sola y se quemarán bosques y fronteras en manos de un mortal que se cree inmortal.

Cuando llegué al Líbano, país que recorrí de arriba abajo, con un cedro como bandera, atravesando fuertes y fronteras, entristecí, porque apenas vi cedros, sólo guerra y una naturaleza quemada cuyo fuego se inició en el Libro más Antiguo del Mundo. Pensé en Humbaba y recordé cómo los dos héroes de Uruk acabaron con él y tras su muerte, ¿sabéis quién lloró?: La Naturaleza que, perdido su guardián. Desde hace cuatro mil años, sabe que no le espera más futuro que la desaparición.

Así cuenta el Poema cómo murió Humbaba, el guardián del Bosque de los Cedros, el guardián de la Naturaleza, y eso leí sentado junto a un bosque de cedros en Líbano e imagine tan desigual pelea, sobre todo porque el autor del poema pintó a Gigalmesh, el asesino, como un héroe y a Humbaba, el guardián de la naturaleza como un villano:

«Al escuchar a su amigo que lo animaba, volvió en sí Gilgamesh; entonces lanzó un alarido, alzó su enorme hacha, la blandió y la hundió en el cuello de Humbaba. Manó la sangre de nuevo, otra vez el hacha golpeó la carne y el hueso, el monstruo se tambaleó quedaron sus ojos en blanco; y al tercer golpe del hacha se desmoronó como un cedro y se derrumbó en el suelo. Su último estertor conmovió las montañas del Líbano, inundó los valles con su sangre, retumbó el bosque hasta el límite de sus árboles. Entonces los dos amigos lo abrieron, extrajeron sus intestinos, cortaron su cabeza de dientes afilados como dagas y de horribles ojos rojos de fija mirada; y entonces cayó una suave lluvia sobre las montañas, cayó una suave lluvia sobre las montañas».

Las montañas del Líbano empezaron a llorar porque ya el bosque de los cedros se había quedado sin guardián, sin su monstruo. Yo hubiese deseado que Humbaba hubiera vencido, porque ahora, igual que hace tres mil años, sabemos que la civilización también significa la destrucción de la Naturaleza y la pérdida de todo equilibrio.

Desde el Bosque de los Cedros los héroes vuelven a Uruk con la cabeza de Humbaba, mi guardián de la naturaleza, en un saco y yo me siento en los bosques de cedros de    a llorar y a leer el poema de Gilgamesh.

Al menos, me queda el consuelo que Enkido fue muerto por la mano de la diosa Isthar, una mujer; si alguien nos salva será una mujer que no quiera ser como un hombre, pensé. Y me queda el consuelo de que el héroe Gilgamesh lloró, como lloré yo, con una tristeza hasta el infinito cuando toma conciencia de que la muerte existía también para él.





domingo, 19 de enero de 2025

Y, AL FINAL, CUARENTA AÑOS, UNA HISTORIA DE "ÁNGELES" (CÓMO NO TE VOY A QUERER EJÉRCITO DE TIERRA)


Nacer un 18 de enero no tiene importancia alguna, porque nacer es el único hecho de nuestra vida sobre el que no hemos mediado; pero, con ese afán de contar el tiempo que tiene la Humanidad temerosa de que se le acabe, lo estoy celebrando cada año desde que nací.

Pero este 18 de enero es especial porque paso a la situación de reserva dentro del Ejército. Se acabó mi vida militar en activo. Por eso, quiero contar esta historia de estos últimos cuarenta años; que cuarenta años no es nada. Y tengo que contarla porque me ha dado la sensación de que la he vivido rodeado de "ángeles". Y es que estoy seguro, y lo juraría por mi vida, que se han cruzado muchos de ellos en mi camino. 

Cuando Steersman, mi padre, me preguntó, después de dedicar mi tiempo de bachiller a la literatura y al fútbol, que qué quería estudiar no sabía que contestarle; y, como siempre quise ser como él, le dije Naútica en la Escuela de Cádiz para ser marino mercante como toda mi familia. Steersman me aconsejó: «que mejor que estudiara otra cosa; que si la vida en un mercante, que si no es lo que parece...» Y le hice caso. Así que decidí preparar las oposiciones a la Academia General Militar de Zaragoza. Partiendo de la base de que siempre quise ser escritor o, al menos, escribir el resto de mi vida.

Contra todo pronóstico, por mis muchas facultades con las letras y las justas con las ciencias, terminé aprobando el ingreso y metido en una dinámica de Cálculo, Álgebra, Física, Química, Electrónica, motores y no sé qué asignaturas más, con tan poco lustre para los poetas.

Y a partir de ahí comienza mi historia de ángeles.

Podría nombrar a muchos, pero me voy a referir a unos pocos como ejemplos.

Ya conté antes que ingresé en la Academia General Militar. Era 1 de septiembre de 1985 y quedaban cinco años por delante. Cuando la situación en la Academia  General Militar se hacía insostenible porque entendí que el mundo podía utilizarme mejor en otra profesión más acorde a mis aptitudes, apareció el primero: un joven comandante que me animaba diciéndome que allí debía de haber, sí o sí, gente como yo; y su ayuda llegó hasta unos límites tan altos, a lo San Juan de la Cruz que le di a la caza alcance y siempre le estaré infinitamente agradecido.

Sin él, igual me hubiera quedado por el camino. Sin él y sin las bibliotecas de la Academia General Militar, las dos que había; la del Recreo Educativo del Cadete REC y la propia de la Academia. Allí me llené de literatura. Fueron cinco años entre Zaragoza y Ávila y, además, llenos de las bibliotecas que me encontraba por el camino.

El siguiente "ángel" apareció a la vez que las misiones en el exterior. Un comandante que vivía en la misma residencia militar que yo, joven teniente, y que andaba elaborando las listas para el Escalón Avanzado Logístico EALOG.: «¿Te gustaría ir a Bosnia? No es que la situación esté muy bien allí, pero para un joven teniente puede ser una gran experiencia». «Cuente conmigo, mi comandante». «Aquí también tiene que haber gente como tú, Norberto». Esa última frase, me encanta.

Y a partir de ahí, mi vida de aventuras y escritura cobró algún sentido. Seguía pensando, sin embargo, que por mis aptitudes la vida civil, ahora que ya podía dedicar mis horas libres a la literatura mientras estudiaba Filología Española, podría darme otras oportunidades.

Pero siguieron llegando ángeles a mi vida y no había manera de desatar ese nudo llano con el que me até al Ejército un año de 1985. El Ejército entre misiones y visitas esporádicas me ha llevado a: Bosnia, Kosovo, Bosnia, Líbano, Mali, Turquía, Mali, Bosnia, Mali, Eslovaquia. Y eso me ha llenado de Literatura; incluso me permití en mi último viaje a Sarajevo entregar mi libro: "Misión Bosnia, la ruta de los españoles" en la biblioteca destruida y quemada por el odio de Sarajevo durante la guerra o descubrir la verdadera sabiduría cerca de Tombuctú. Y así siempre...

Cuando terminé Filología española, y la literatura y las bibliotecas comenzaron a llamarme más de la cuenta la atención, pensé que podría estar bien dedicar mis días a dar clases de literatura en algún lugar civil. Lo comenté; y a los dos días apareció otro "ángel" diciéndome que podría dar clases cerca de casa en la Academia de Infantería de Toledo. No era de Literatura, pero me apunté a ser tribunal de todas los trabajos de fin de grado de Historia. Aprendí muchísimo con los trabajos de los alumnos, muy preparados, por cierto, en la mejor Academia de Infantería del mundo.

Cuando, por tiempo máximo de permanencia, tenía que abandonar la Academia de Infantería y mi puesto de profesor; ya andaba escribiendo para alguna revista con algún premio literario, de por medio, sin importancia alguna; de nuevo, apareció otro "ángel" que me ofreció dirigir un periódico, hacer películas, crear un blog y un canal de podcast, llevar un periódico digital, ser jefe de publicaciones del Departamento de Comunicación, hartarme de escribir artículos y no sé qué más. No tuve más remedio que decirle que sí. Además, me convenció fácil: «Aquí, solo puede venir alguien como tú, Norberto»

Y ahora, que iba a pasar a la reserva y que me iba a dedicar a la escritura a tiempo completo, va el azar, que suele hacer muy bien las cosas, como escribió Cortázar, y en una comida me preguntan que qué iba a hacer en la reserva. Y yo, "que no tengo maldad", les dije que a pasar mis horas entre la biblioteca Nacional y la de Chamberí que me cae cerca: leer y escribir.

Pues, sí señores, al día siguiente me llama otro "ángel" y me dice: «Norberto, si vas a pasar tus horas en una biblioteca, ¿por qué no te quedas en la biblioteca del Cuartel General del Ejército y la diriges? Ahí tiene que haber alguien como tú». Tampoco pude negarme. Y aquí estoy en este momento. En la reserva y de Director de una Biblioteca.

Y en estos cuarenta años de mi vida en activo en el Ejército de Tierra he hecho casi de todo: "ser panadero en una panificadora, trabajar en una lavandería, ser arriero con una recua de mulas que podían transportar la luna por la montaña, hacer guardias, llevar convoyes de camiones, ser contable, llevar contratos, ser profesor, ser periodista, hacer películas y ¡ahora! ser bibliotecario". Y encima he hecho todo esto con ayuda de ángeles; aunque para ser sincero tengo que decir que no todo han sido ángeles, pero con unos cuantos es suficiente.

Así que, ¡cómo no te voy a querer Ejército de Tierra!

P.D. : Aunque ahora, tengo que confesar que lo que yo quise contestarle a mi padre cuando me preguntó al acabar el bachiller que qué quería estudiar era: «Es que yo, papá, estoy perfectamente capacitado para no hacer absolutamente nada. Rentista a lo Montaigne o a lo Thomas Mann sería una muy buena ocupación».