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jueves, 13 de julio de 2023

LA NOCHE QUE AMÉ A MARGA GIL ROËSSET

Ya saben que en la novela que estoy escribiendo ahora me encuentro viajando en tren desde Madrid hasta Sevilla, cuando los trenes daban tiempo a leer cualquier obra por extensa que fuese, rodeado de poetas y demás gente de mal vivir. Es el tren expreso y he pasado la noche en él.

Viajé tantas veces en ese tren que comprobé que todo, todo, era posible. Siempre que podía viajaba en litera en un compartimento de seis. Una noche tuvimos un incendio y ya pueden imaginarse; otra, un hombre murió de un infarto y tuvimos que andar dando explicaciones en Alcázar de San Juan; otra, hubo una pelea por el precio de unos mostachones de Utrera; otra, policías que vestían de paisano y eran auténticos armarios nos hicieron salir a todos menos a uno a quien le pidieron amablemente, poniendo su cara sobre la ventana, que abriera la maleta, se lo llevaron claro, otra... . Pero la mejor fue cuando yo andaba persiguiendo a principios de los años 90 a Marga Gil Roësset. Todavía la persigo por exposiciones y volúmenes. ¡Cómo olvidarla!

Ahora estoy escribiendo mi novela de un viaje en tren a Sevilla y he recordado aquella noche que me la tropecé en los pasillos del expreso.

Marga soñó con coger la luna que brotaba de sus ojos tristes. Marga tenía más talento que cualquiera de sus compañeros de generación, y una belleza infinita. Su precocidad como artista era sorprendente; y cada una de sus esculturas llegaban tan lejos que quien las veía también terminaban con su sensibilidad convertida en piedra. Marga, Marga, Marga. La joven asombrosamente atractiva de un talento avasallador, que enamoraba a su paso, condenada por envidiosos dioses a que sus ojos verdes nunca fueran correspondidos en el terrible campo del amor, como una Dafne desconsolada desde su nacimiento: Marga Gil Roësset, todavía no lo sabe, pero va a tomar una fatídica decisión. ¡Cómo puede evaporarse de esa manera tanta belleza!

«Martín miró la habitación 314 del hotel California, cerró los ojos y se encontró de nuevo en el compartimento tumbado en la litera. Isabel no aparecía por ningún lado. Por la ventana, las colinas, árboles y los caminos corrían a paso acompasado al ruido de los raíles. Está oyendo en el compartimento de al lado hablar a Marga y a Delhy. Hablan de pinturas, espacios y líneas que conforman mundos. Martín sabe que Marga saldrá del compartimento al pasillo la primera. Marga tiene dieciocho años y el escultor Victorio Macho ya sabe de su inconmensurable talento, pero también ha visto su inestable corazón para el oficio de vivir. Prefiere no contaminar su creatividad y no quiere educarla entre cinceles y buriles, es la excusa, pero ha descubierto su corazón, como lo ha descubierto Martín.

Martín cree que Marga nunca tuvo problemas de amores, que lo que tuvo fueron problemas de vida, de localización de su propio espíritu, un espíritu tan grande y tan salvaje. Él quiere hablar con Marga, intentará que esta noche de ella sea para él. Hablar no necesita tocar su belleza, no necesita nada más que adivinar su grandeza sabiendo como escribe ella que ese alto tren de los sueños que los lleva en su riel conducirá sus deslumbrados presos de una pena a otra. Ese es el problema de tener todas las costuras hechas para el arte y ninguna para la vida. Nunca será un problema de amor como todos escribirán para la historia, será un problema de alma que ella quiso excusar con el imposible amor. Marga, si podías haber amado al mundo. Tenías loca perdida de amor a toda la cantera, que se lo pregunten al pobre Juan de Ávalos que te veía cada mañana en ese venero apurando cinceles de gloria. Y Martín piensa esto y calla y recuerda su muerte sinsentido en las palabras de Marga, que pronunciará esa noche mientras están abrazados: «¡Tú dentro ya, tú fuera, tú ya libre, el vivo muere, el muerto es inmortal, sustancia voluntaria para más alta obra!».

«Tu obra es infinita», piensa Martín en su diario, «vivimos un mundo tan extraño, donde creemos que es grato el morir, leve la muerte contra el dolor. Marga, no sufras. No hay arte que se te resista y es el arte a quien fuiste a buscar con aquel revólver».

En ese momento ve salir a Marga y su morena belleza de ojos verdes del compartimento, ve salir la persona, posiblemente con más talento de su siglo; aunque, es mujer y es fácil que su talento lo diluyan hasta la más absoluta invisibilidad. Aprovecha su oportunidad y sale él a la vez: «Buenas noches, señorita. Discúlpeme, perdone el encontronazo, pero estaba tan absorto con unos versos de este libro, perdone el encontronazo, —repite —pero mire estos versos y dígame si no es para despistarse: Si tú espontáneamente me dieras un beso… y me atrajeras… así… espontáneamente… dejándome… oír en tu pecho latirte el corazón y un poco también la plata de tu voz». Ella no sabe que algún día escribirá esos versos en su diario.

Y sigo leyendo el diario del joven Martín: «Marga que buscas lo absoluto, ven conmigo a buscar esa paz que nadie supo darte, ya me gustaría pasar contigo la noche, tú esculpiendo mi cuerpo y yo recitándote versos al oído; no creo en el amor simultáneo, de dos corazones. Sé que tú, por ejemplo, puedes enamorarte de un hombre sencillamente porque te gusta; pero sabes que es difícil que al mismo tiempo el hombre que deseas se enamore de ti. Pero eso puede ocurrir esta noche contigo y conmigo soñando amor. Yo también te imaginé rubia y herida siempre por tu duro oficio. Tú, Marga, no te puedes morir triste, sin besos, ni corazón, ni voz de plata, ni versos; y como yo siempre imaginando. En imaginar se nos van los días. En ese mundo interior que nadie conoce ni siquiera nosotros mismos y que puede reaccionar de cualquier manera llevándote hacia la nada. Marga, contra eso tienes que luchar. Eres demasiado artista la más brillante de esta generación junto con Federico.

Ni te engañes ni te mueras de pena. Yo conozco ese final, he tenido en mi mano ese revólver y he visto tu obra expuesta antes de que tus manos de escultora movida por un corazón derramado entre arte y más arte, pero sin vida,  destrozara toda tu obra. Menos mal que algo pudo salvarse. Y ahora estoy aquí, frente a ti, Marga, yo que tanto suspiré por ti; porque llegué tarde, unos cuantos años; o tal vez, todos mis antepasados fueron un poco lentos de reflejos y ninguno adivinó cuánto hubiera dado yo por conocerte. Y verte esculpir mientras yo intentaba escribir mis versos sobre un papel grueso satinado con una pluma de ave color púrpura, y ninguno de los dos imaginaríamos que la vida a veces nos lleva de una pena a la siguiente, evitando traer a la mente que también nos lleva de una alegría a la otra. Y a qué esperar, Marga, a qué esperar; siente ahora por primera vez algo que no tengas prohibido».

En ese momento, Marga mira a Martín con ojos de entender que ambos sufren del mismo mal de amores no correspondido; Martín por ella y ella por Juan Ramón. No sabe si en ese momento sabrá engañarse aún o se morirá de pena. Agacha la cabeza y en ese momento Martín le roba un beso. Ella lo acepta y deja de pensar en el revólver que esconde su padre en casa. Sin que por esa noche la muerte tenga prólogo y epílogo. Se deja besar nuevamente y hace el intento de mover sus manos hacia las caderas de ese amante que ha surgido del compartimento de al lado.

Y Marga, que oye el susurro, se atreve y le pregunta a Martín si en su compartimento hay alguien más. Él le contesta que no, que en ese momento está solo en la habitación 314 del hotel California. Ella no le entiende, pero lo toma como un sí y se empujan dos veces hasta entrar en el compartimento, tumbarse en la cama y arrebatarse a besos toda la ropa que marcan la frontera entre sus pieles y una voz leve, como un suspiro, le cuenta dentro de su cabeza que viva por una vez a su antojo; y está dispuesta a hacerlo. Mientras la besa,

Martín sueña que ella abre sus labios junto a su oído «… querría no quererte tanto … aunque mi única razón de ser … es ésa … y también mi única razón de no ser…». Martín suponía que Marga nunca había sufrido encontronazo de amor alguno como el que ambos estaban padeciendo y que era mejor ser suave como un leve lamento. Se amaron todo el tiempo que quisieron, sin pausa, durante la noche que duró lo que un sueño; sufriendo no el deseo de querer acostarse con una mujer, que en la vida de un hombre son casi todas, sino el deseo inconmensurable de querer dormir junto a una mujer, que en la vida de un hombre es una sola.

Tantas veces buscó su historia en el diario de Marga que la conocía como nadie. Buscó sus fotografías y le dedicó cuatro poemas que nunca se atrevió a publicar para que no lo llamaran loco. «A Marga Gil Roësset, muerto de amor; a Marga Gil Roësset en su laberinto; a Marga Gil Roësset, amor, amor, amor.»


Vio a Marga antes de cerrar los ojos, y fijó la belleza de su rostro en color ya que siempre la había visto en blanco y negro. Fijó su belleza para siempre. Deseó saltar del tren antes del amanecer y visitar la casa de Marga, acercarse a aquel buró, abrir el pequeño cajón con el tirador con forma de nereida y hacer desaparecer para siempre aquel revólver que sonará con palabras de muerte un 28 de julio de 1932.

Cuando despertó por la mañana en la habitación 314 del hotel California, pensó en los besos que compartió con Marga, se sintió mojado por todas partes y la piel la notaba pegajosa al tacto e imaginó todos los fluidos que recorrieron su cuerpo por la noche. Cogió su enciclopedia y buscó el nombre de Marga Gil Roësset suponiendo que no era verdad que Marga se suicidara con veinticuatro años de un pistoletazo cuando era la artista más prometedora de la Generación del 27; que nada de esto sucedió, que tuvo una vida plena, llena de amores y de encuentros y desencuentros tal como trata la vida a todo bicho viviente. Y se la imaginó alegre y con manos de diosa que conformaron toda la belleza del mundo sobre piedra o sobre mármol. Pero leyó: «... Y es que... Ya no quiero vivir sin ti... no... ya no puedo vivir sin ti... tú, como sí puedes vivir sin mí... debes vivir sin mí...», «Mi amor es ¡infinito...... La muerte es... infinita... el mar.… es infinito... la soledad infinita... ... ... yo con ellos... ¡contigo!... Mañana tú ya sabes... yo... con lo infinito... lunes, noche», «Pero en la muerte, ya nada me separa de ti... solo la muerte... ... solo la muerte, sola... y, es ya... vida ¡tanto más cerca así... ... muerte... cómo te quiero».

Y fue consciente que el pasado no se había movido un ápice y que sin duda, también se mostraría, como hace la naturaleza, insensible al dolor humano. Marga había muerto un 28 de julio de 1932 y Martín, como escribió en un poema, había llegado tarde a la cita con ella».









miércoles, 28 de junio de 2023

COMENTARIO DE TEXTOS, CUANDO YO LEÍA LENTAMENTE Y SE QUERÍAN


Rebuscando entre los papeles más antiguos que poseo, y que han ido sobreviviendo al tiempo y mis mudanzas, encontré hace poco algunos comentarios de texto que hace mucho, mucho tiempo (cuando era insultantemente joven) fui salvando de la destrucción o el amor. Y volví ayer a releer un comentario de texto que hice de un poema de Aleixandre que siempre salve de la quema; porque era Aleixandre y porque era Se querían...

He decidido transcribirlo, porque igual puede serle útil a aquellos que están aprendiendo a leer despacio como hago yo.

¡Aquí va ese comentario de textos!

SE QUERÍAN

Vicente Aleixandre,

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada, 
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,                                       
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
                                                                                                                   
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,                       
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

1.- Localización- Función

El poema escrito por Vicente Aleixandre pertenece a su libro La destrucción o el amor. Según Darío Puccini «podemos decir que en Espadas como labios estamos todavía ante un tipo de poesía surrealista desprovista de un "centro", mientras que el fenómeno que caracteriza a La destrucción o el amor es el descubrimiento de un centro irradiante, por lo menos parcial.

Un ejemplo puede ser el poema Soy el destino:

Soy el destino que convocan a todos los que aman,
mar único al que vendrán todos los radios amantes
que buscan a su centro...

Se pasa del himno surrealista sobre la vida y la muerte de Espadas como labios a la inarticulada y turbulenta llamada al amor. Su concepción del amor es el núcleo activo y propulsor del libro.

2.- Tema

El tema del poema es el amor, amor en todo momento, en todo lugar y en cualquier condición: amor humano y amor telúrico.

3.- Estructura 

Podemos dividir el poema en tres partes:

a) Una primera parte que comprenderá las cuatro primeras estrofas, donde el lazo de unión entre ellas sería la noche, la oscuridad.

b) Una segunda parte que la formarían las tres siguientes estrofas y su nexo sería el día, la luz.

c) Una tercera parte que comprendería solamente la última estrofa y que a modo de conclusión definitiva recoge que el amor, ese se querían sucede en todo momento, en todo lugar y bajo cualquier circunstancias; aglutinando todo el poema.

4.- Análisis

A) En la primera parte todas las estrofas comienzan por Se querían, sintagma que también aparecerá en todas las del poema y que cerrará el último.

El verbo querer realizará la función de aglutinador de todos los elementos que aparecen en el texto.

El poeta comienza acotando temporalmente al amor: Sufrían por la luz, … / … en la madrugada / ...de la noche / …mitad noche mitad luz /.

El sustantivo de la primera estrofa que resume la pasión de quererse son los labios: / …labios azules /  labios saliendo de la noche dura, /  labios partidos, sangre, ¿sangre dónde? / . ¿Sangre?; esa palabra convierte el amor en una lucha pasional.

Existe, abundando en esto, una personificación de los labios: / Sufrían por la luz... / …saliendo de la noche dura /.

Carlos Bousoño escribió: «el amor expresado por Aleixandre es el amor-pasión y, más concretamente aún, la acción misma erótica en su trascendencia metafísica, que consiste en relacionar al amante con lo absoluto telúrico».

- En la segunda estrofa el poeta se aparta del tema de la noche y se explica su amor con cmparaciones de belleza y brillo: / flores, gemas, giralunas que brillan / (vegetal, mineral, sueño); y termina la estrofa /recibiendo aquel beso/ de los mismos labios que luchaban en la primera estrofa.

En el segundo verso de esta estrofa: /a esa amorosa gema del amarillo nuevo/ que se mueve entre la metáfora, hipálage y una cierta aliteración basada en la insistencia del sonido m.

Vuelve a personificar la naturaleza (las flores) que pueden amar a las espinas hondas.

Existe una paronomasia en los versos tercero y cuarto: / giran melancólicamente  / giralunas que brillan recibiendo aquel beso /.

- La tercera estrofa vuelve a relatar el amor de noche, regresando a ese amor en un tiempo y lugar determinado: / Cuando los perros hondos / laten bajo la tierra y los valles se estiran /. Utiliza también el mismo adjetivo calificativo, hondo, como ya lo utilizara para las espinas; esta reiteración nos habla, por tanto, de un amor profundo que procede de estos estratos inferiores del alma.

«Ese ser o querer ser algo ajeno, ese comprometerse con las cosas, ese disolverse en el amor-muerte y ese abandono en lo cósmico y en lo pequeño..., así como los elementos de la naturaleza, presuponen en el poeta un estado de máxima e ininterrumpida exaltación y dan a su lenguaje y a su palabra ese énfasis especial que ya observó Dámaso Alonso». Esto dice Darío Puccini respecto a las comparaciones de cómo se ama o cómo se quiere ser en el poema de Aleixandre.

Todas estas comparaciones se llenan de naturaleza: / Como las flores a las espinas.../ Cuando los perros hondos / laten bajo la tierra y los valles se estiran /

El último verso da velocidad a la estrofa mediante el recurso de una enumeración de cuatro sustantivos seguidos: / Caricia, seda, mano, luna que llega y toca /.

- La cuarta y última estrofa de esta primera parte continúa con la localización temporal de la noche: / Se querían de amor entre la madrugada / entre las duras piedras cerradas de la noche /. En tres de los cuatro versos de la estrofa repite el adjetivo duras. Ha repetido hondos y ha repetido duras, adjetivos que acentúan la fuerza de esa pasión amorosa.

B) La segunda parte en que hemos dividido el texto modifica la disposición temporal anterior y evoca al amor durante el día, cuando nos rodea la luz: / Se querían de día... /; y vuelve a retornar a la naturaleza entrelazándola con una metáfora pasión-playa/ playa que va creciendo / ondas que por los pies acarician los muslos, / cuerpos que se levantan de la tierra y flotando... /.

Según Aleixandre, ese algo que fluye como agua, como río, es la mujer en cuanto que objeto de amor: / Cuerpo feliz que fluye entre mis manos... / o / cuando contemplo tu cuerpo extendido / como un río que nunca acaba de pasar / .

La siguiente estrofa continúa en el mediodía perfecto y vuelve a la naturaleza: / mar altísimo y joven, intimidad extensa / .... horizontes remotos /.

Vemos, despacio, ese caminar por el poema:

- Durante la noche (1ª parte) ha hablado de la tierra, de los valles, de las piedras.

- Durante el día, de la playa, del mar.

- Al mediodía perfecto ya glosa el horizonte, el futuro.

Cada vez parece que pretende alejarse más de la realidad, como si los cuerpos lucharan por fundirse paso a paso hacia una naturaleza inalcanzable: el horizonte.

- La última estrofa de esta segunda parte en la que hemos dividido el poema es paralela a la segunda estrofa del mismo, donde no existe una localización temporal, sino que se explican las difíciles condiciones de ese quererse, utilizando dos comparaciones y dos metáforas de corte surrealista:

/ Se querían como la luna lúcida, / como ese mar redondo que se aplica a ese rostro (en este verso se observa una cierta musicalidad con la letra r) /  dulce eclipse (sinestesia) de agua, mejilla oscurecida / donde los peces rojos van y vienen sin música /.

C) La tercera parte que únicamente comprende la tercera estrofa, recoge mediante una rápida enumeración, donde con el cierre del poema (igual que su inicio), Se querían, sabedlo..., encierra ya todas las condiciones posibles, no sólo el camino recorrido en el texto, sino sino que añaden nuevos conceptos que todo lo aglutinan hasta completar un mundo propio:

/ mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo /.

Comienza el poeta diciendo: 

día, noche, ponientes, madrugadas, espacios, / ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas, / mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal, / metal, música, labio, silencio, vegetal /

Leedlo otra vez y veréis que todas las posibilidades del mundo del poeta y del poema en su amor telúrico están recogidas aquí y las resume en el último verso, sin dudar:

/ Se querían siempre. De manera total /


5.- CONCLUSIONES

Para Aleixandre el amor es total, no tiene límites.

Como también explica Carlos Bousoño: «Para Aleixandre el amor es un acto de deslimitación, que quebranta nuestros límites, absorbe nuestro yo y parece como que por un instante lo reincorpora, a la naturaleza indivisible. El amor es entonces destrucción. Sobrecoge el aniquilamiento de cada uno de los amantes que quiere ser el otro, enigma de una consumacióndonde la pareja busca unificarse, rompiendo sus fronteras».

Y esto puede observarse como conclusión en este poema:

Los amantes se querían de noche, de día, en la tierra, en los valles y sierras, pero también en la playa en el mar e incluso en el horizonte. Es una cadena que va partiendo sus eslabones hasta no tener límites. Fundiendo a su vez a los amantes con la naturaleza, motivo siempre principal para Vicente Aleixandre.

Hubo un tiempo, cuando yo leía despacio, en el que profesores como Ramón Asquerino, Jota Siroco, (en El Picacho); Bernardo Souviron, Ana Suárez Miramón, (en la Universidad); Salvador Solé, José Luis Fernández de la Torre (en los volúmenes sobre literatura que publicaron),... me enseñaron a leer y a descubrir que cada poeta elige una palabra para un verso, porque no hay otra que tenga cabida en ese poema; y son pocos quienes pueden descubrirlas. Hubo un tiempo que esos pocos me enseñaron, al menos, a verlas. Para descubrirlas, todavía no estoy preparado.

He aquí un comentario de textos de cuando yo leía despacio, hace muchos, muchos años. Espero que pueda serle útil a quienes quieren leer despacio.







lunes, 29 de agosto de 2022

CON EL RECUERDO DE MI OLVIDO DENTRO, LA MÁQUINA DEL MUNDO Y RAMÓN ASQUERINO FERNÁNDEZ


Cuando volví a ver al profesor Ramón Asquerino Fernández, 45 años después de ser mi profesor de Literatura en el colegio el Picacho, pensé que aquel gran culpable de que me enamorara de la Literatura no podía irse de rositas, así como así, después de las miles de horas que yo había dedicado a los libros y a las letras durante tantos años.
En juicio sumarísimo fue declarado culpable, así que lo primero que hice fue obligarlo a leer mi novela La máquina del mundo y, lo segundo, preguntarle si cuanto yo escribía podría ser considerado como Literatura después de lo leído y escrito durante todo este tiempo.

Sin remedio, también aceptó a escribir el prólogo de la novela, un prólogo literario a más no poder, (les juro que no lo obligué); pero es que además, con palabras templadas, también le pedí que presentara la novela en los jardines del Club Náutico de Sanlúcar de Barrameda, ante una nutrida asistencia, culta y viva. También accedió y para ello la preparó a conciencia y escribió un completo texto acerca de La máquina del mundo. No pudo estar presente, pero sí lo estuvieron sus palabras. Aquí se lo dejo, que completa y aumenta lo escrito por él y publicado en el prólogo del libro.

Gracias, Ramón Asquerino Fernández, Catedrático de Literatura, Doctor en Filología Española.

 

 (Sanlúcar, jueves 18 de agosto de 2022, 21:00)

La máquina del mundo: 2022, Norberto Ruiz Lima. Ediciones Ruser. 

 Antes de adentrarse en la lectura de los 20 capítulos de la novela, el lector se encuentra con cuatro escritos: Una autógrafa dedicatoria del autor, pulso azul en esta editio princeps: «Este es el primer libro que salió de la imprenta y no podía ser sino tuyo. 14 de junio de 2022». Más tres citas muy sugerentes e imprescindibles para entender la obra: Una de Wittgenstein: «La totalidad de los hechos existentes junto con la totalidad de los hechos inexistentes es la realidad»; más abajo, la segunda de su admirado Borges: «porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres», de donde el autor ha extraído oportunamente el título de su novela. Estas dos configuran esa mezcla de tiempos, de hechos que trascienden la propia realidad, pero que se incrustan en ella, en la línea de la reciente exposición en la BNE Relaciones verdaderas de sucesos, como la leyenda del peje Nicolau. Y una tercera y última anotación de José Santiago Candocia, personaje fundamental en la narración, pues es escribidor de cartas, amante, inventor de bardos, liberal, «el hombre nuevo» de los novatores, trasunto de Cide Hamete Benengeli, narrador, poeta representante de ese realismo descarnado que da al traste con el romanticismo, y que escribe: «No me canso de oír el roce de tu cuerpo mientras la desnuda proa abre el mar al conocerlo», que preside la cubierta y contracubierta de la obra y acompaña todas las cubiertas de los barcos del capitán que navegan por mares de páginas.

Este marco, pues, encuadra cuatro referencias: dos al mundo real, del pensamiento, Wittgenstein, y de la literatura, Borges, al que Norberto acaba de visitar en Ginebra; otra, desde ese fondo azul de espumas y abrazos a su amigo, y una final ficcional de José Santiago Candocia, que es un fingidor, un poeta espejo —aquellos vivos Espejos desvelados de mi amigo Julio Asencio— al modo del Octavio Paz de El arco y la lira: «el poeta es un mentiroso». Mundo, en fin, en la narración que combina  imágenes especulares, realidades y fingimientos, estos al eco también de Fernando Pessoa, tan admirado por Norberto: «[el capitán Pascual Pareja] frente al espejo vio que en realidad era un fingidor», p. 23.

Reales resultan, sin lugar a dudas, las voces amigas de Luis Livingstone, creador de la cubierta, que revive recuerdos musicales tan huidos como sin olvidos: salve, Raffaello; y la de Antonio Ramos, desde la SER a ser hoy portavoz de un texto con vida propia. Ambos se explayan, «sonidos negros», en esta «noche escura», pero sin «dolor oscuro», cuyas almas de duende trasvuelan, se nos encienden por la piel con sus manos «almadas».

Como se dice en el Prólogo, al que solo me voy a remitir de pasadas y a procurar no repetir, estamos ante una novela neobizantina al modo de aquella Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia septentrional que cuenta los amores cohibidos de Periandro y Auristela, desde aquellos lugares remotos, descubiertos y descritos por Cervantes. Bizantina, por sus largos recorridos, peripecias, combates marinos, trabajos, historias de amor y desamor, espacios exóticos y piraterías, muy cercanas estas a la también cervantina El amante liberal, a los tristes sucesos de los cautivos del Quijote I 39-41, al peligro de las naves del Reino Unido en La española inglesa o referentes al soneto «Vimos en julio otra Semana Santa», satírico burlesco ante la pasividad del saco de Cádiz por parte de los ingleses, en 1596.

Abrimos el telón con los capítulos 1 y 2 —y el último, el 20, que también se llama así, en clara estructura circular—, que se titulan La Milagrosa, nombre de la goleta del capitán, como si la narración también tuviese, y lo mantiene, rasgos milagrosos con los tiempos, los puntos de vista y perspectivas. Estos tres capítulos, bajo planos diferentes, establecen el tema-eje de la novela, sobre todo el 1, que funciona como una tensión germinal de toda la narración, porque abarca desde un amplísimo vocabulario marinero, herencia del gusto por la mar que heredó de su padre —Norberto también, y seguro que de su madre, Charo, aquí presente— hasta casi todos los misterios que después se desarrollarán entre unas fechas que oscilan desde finales del XIX y principios del XX, época en la que vivió el periodista sanluqueño Joaquín López Barbadillo, con cuya afición a lo erótico coinciden Pascual Pareja (p.87) y el literato. Este entre libros y Madrid, aquel capitán junto a bucaneros, contrabandistas oceánicos, pechelingues, piratas del mar a fin de cuentas, y adinerados empresarios no menos salvajes, bajo «las estirpes reinantes», p.41, y la política del momento (p.105) sometida a las espadas de Espartero y O’Donnell. Bien es cierto que algunos de ellos fueron empresarios honrados y florecientes «indianos burgueses», como los denomina Santiago Pérez del Prado; Santiago: ¿se llegaron a conocer el capitán y el periodista por las calles de Sanlúcar? Habrá que preguntárselo también a Salvador Daza y a Salvador Sole para sus nuevos y eruditos escritos. Yo interrogaría al bueno del abuelo de Fran, si vio, desde su atalaya diaria de albas, el nervioso perfil del capitán.

En medio, la violencia estalla, salta y salpica por Marejadas, huele, se toca áspera y sabe amarga, a la que hay que añadir el impetuoso comportamiento lujurioso de Pascual Pareja. Sin embargo, el género epistolar, con el que se inicia el capítulo 2, amaina ese temporal en paquebotes o por tierra. Cartas con un yo ficticio  desdoblándose hacia varias formas del que llenan los ojos de amor, por ejemplo, en un cuarteto y a través de fragmentos líricos de la excelente prosa de Norberto. «Escucha mi silencio con tu boca», escribía Manuel Altolaguirre, endecasílabo que bien caracterizaría el plano largamente amoroso de la novela, como esa intensa relación amorosa, al principio en secreto y prohibido silencio, entre Isabel Guzmán y Regina, que se desarrolla desde los capítulos 11 al 20, y que supera una mera historia intercalada; o como la micronarración de amor espléndida en La Algaida del capítulo 4, que cuenta la inmensa sonata de María sacrificada y el hijo del marqués de Benagua en medio de la epidemia de cólera de 1890, y algunas otras intercaladas que se cruzan en la narración, pero subordinadas siempre a la constante de «una pena espesa, minuciosa», como escribe Alejandro Zambra en su gran Poeta chileno, la novela de las frecuentes despedidas, renuncias que concurren también en La máquina del mundo, que es un adiós constante más allá de la muerte.

Sí, porque la medula ardiente de la novela de Norberto es el palatum cordis, el paladar del corazón, que sabe a «tormentas saladas» en la boca del capitán, que se rocía con esas reiteradas aventuras de los peculiares argonautas, los artilleros vascos, por los mares del Plata, Brasil, Chile y Uruguay, entre Camboya y Londres, el Norte de África en Cabo Verde, Las Guayanas, el Amazonas, Cuba, Barcelona, la ciudad norteña en el olvido de su nombre, hasta llegar a la Algaida y Sanlúcar, como una Magallánica. Y el protagonista será un auténtico peregrino, o sea, un extranjero, cuyos viajes conforman esta novela de aventuras preferentemente marinas, aunque no faltan las de tierra firme, seca y agria, áspera, violenta al máximo, a veces cercana a la llamada «poética del vómito» de nuestra picaresca, como, por poner otro ejemplo fuera del Prólogo, en el caso del juez de mar o del recuento de las cabezas humanas, que bien recuerda a nuestro Romancero: Los siete infantes de Lara, y esa violencia continua, que continúa como un Martirio de San Bartolomé de Ribera reiterado hasta el  olor acre y el intenso dolor de las heridas.

Así, se pinta La máquina del mundo de una policromía: ese sabor a rojo sangre, a pensamientos oscuros derramados del capitán, sus peculiares tripulantes de ojos en claroscuro y manchas rojizas, el verde en las olas, los abordajes en viscoso rojo demediado, esas historias de amor cruentas, cortadas a cuchillo, pero en tinta negra de humo escritas por el poeta José Santiago, con espías gris traición, y persecuciones por las exuberantes selvas verde ceniza entre tribus bajo el añil cielo, salvajes lugares algunos de cuyos dominios descubren una nueva lengua, intonsa blanca espuma aún, la Nova, de la que se interesa el buen filólogo, nuestro autor, también metapoeta entre vocales preponderantes y ese realismo descarnado, p.87.

Si me das a elegir…, yo me quedo con la poética del lirismo de Norberto, los besos de Ana, p.39 —la Sinclair de Las mareas no suelen equivocarse— que configura ya un estilo propio del narrador, ese que recorre más que contra los hatajos de pechelingües de tierra y mar, todos los caminos, sin atajos, por estas trescientas páginas. Y por ahí es por donde, contrastes de luz y sombras en las imágenes del capitán, saltan la poesía de Santiago y la de Norberto, que, juntos, como dos fingidores, crean, recrean y reescriben las andanzas de este villano noble, innoble de póquer de corazones arrancados entre mástiles, escotas, drizas, masteleros, foques, bauprés, aves marinas baladreras, amuras, mesanas, vela cangreja, y Góngora, como prolepsis en el soneto CLXVI, Mientras por competir con tu cabello, con un guiño o juego: «En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». Y, al final, p.323, nuevo envite a la estructura circular: «ceniza y polvo». Sexo a bocanadas, como la belleza negra de Celia de la Cruz, pero también de amores que rompen y rasgan las fronteras de los calendarios y «las galerías del alma». Por la novela laten nuestro enorme Juan de la Cruz bajo su «noche escura», García Márquez, Cortázar —pues, en cierto modo, la novela es una Rayuela de tiempos: «cruce de tiempos», p.108—, el realismo mágico, Borges, o sea, la literatura latinoamericana de la que es conocedor profundo el autor; más, Garcilaso, Juan Ramón Jiménez, Cadalso, la Celestina, Aleixandre, Baroja, Moratín, Galdós, Cervantes, Calderón, quienes palpitan hacia un desenlace dilatado como El amante liberal. En suma, novela neobizantina o neonovela bizantina, con un colofón-cierre como el de Poeta chileno, 14ª edc. 2022, intensa plenitud de novedad.

Con el recuerdo del olvido dentro camina el capitán hasta el final: «Ya no se puede ni huir», pero la memoria y Pascual Pareja «se escaparon como dos ladrones de belleza» (David Foenkinos. Hacia la belleza). Con el recuerdo del olvido dentro, es el verso que titula esta lectura, principio y llegada de esta mi exposición, imitando la estructura circular de Norberto. Novela, pues, que se desarrolla dentro de un juego de tiempos en el que el autor nos gana con su póquer narrativo.

Y un poeta olvidado, exiliado, andaluz, que nos acerca a estas Islas invitadas, que son el marco, el riomar, los amigos, Doctor Livingstone, Antonio Ramos, Juan Alcón, empresas y entidades colaboradoras. Y con la tarde en vistas de noche Manuel Altolaguirre, nos despide aconsejando la lectura de La máquina del mundo:

 
«La noche —negro médico—
le toma el pulso al río
y despide a la tarde,
que se va para América,
leyendo en la cubierta
en su gran trasatlántico.»
 «Manantial  y ocaso»: Las islas invitadas, 1926.
 
 
Gracias.
  
Ramón Asquerino Fernández: Costa Ballena, jueves 18 de agosto de 2022, 09:35.











 

sábado, 5 de junio de 2021

MISIÓN: MATAR AL HOMBRE EN EL CASTILLO. LUCHANDO CONTRA PHILIP K. DICK

Hubo un tiempo donde el mundo que yo conocía era el que conformaban las páginas de la Enciclopedia Larousse, edición del año 1967, impresa por Planeta en 1976. Todavía sigue haciéndolo cuando vuelvo cada verano a La Milagrosa. Y siento de nuevo que todo lo allí escrito es la compleja realidad.

Ahora, con el paso de los años, soy mucho más escéptico, toda vez que en el momento en que salí al mundo me di cuenta de que apenas se parecía a como yo lo había leído, porque me cansé de ver la forma en que los narradores omiten o desfiguran los hechos; traicionando, sin pudor, el mismo origen etimológico de la palabra Historia; aquel que cuenta las cosas porque las ha visto

Puedo poner infinitos ejemplos de lo que les digo desde tiempos de Polibio; o incluso remontarme a un más lejano pasado. Pero hay tres hechos que, sin duda, confirman que estamos viviendo en la irrealidad que nos cuentan quienes manejan los hilos que nos llevan y los poderes que conducen nuestro devenir, mientras permanecemos ciegos a las más cercanas realidades que hombres escondidos, ya sea en un castillo, en el apartamento 6º B de la calle Maipú o en una casa de piedra de la calle Zapaterías nos lanzan en volúmenes aulladores para abrirnos los ojos.

Pues sí, de corazón lo siento, pero tengo que contarles la verdad: el mundo no es como nos han dicho que es.

Cuando leí a Borges asegurando la existencia de Uqbar con una descripción tan plena que admitía pocas tribulaciones, lo primero que hice fue acudir a mi enciclopedia Larousse, en su tomo X y vi que nada se hablaba de esa tierra, cuando debía aparecer reflejada entre las entradas Uqba Ibn Nafi y la antigua ciudad mesopotámica de Ur, donde se cantó por primera vez la epopeya de Gilgamesh. Si para la Gran Enciclopedia esta tierra no existe, para nadie existe, me dije. En vano fatigué atlas y catálogos.

¿Qué interés podía haber en borrar de los mapas las ciudad de Tlön y la tierra de Uqbar? Pues fueron borradas, como borraron Troya, que apareció casi cuatro mil años después por la tozudez de Heinrich Schliemann. Creímos cuanto nos contaron, creímos las victorias de Agamenón, Alejandro, César o Carlomagno; que ordenaron a sus artistas modificar la Historia a su imagen y beneficio.

He viajado cuanto he podido y allá donde voy pregunto por Tlön y Uqbar. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo he reconocido tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis, el mago, invocado más bien como una metáfora.

Pero si fatigo la búsqeda de Uqbar, no menos ardua es mi búsqueda del hombre del castillo, que pretende hacernos creer que los aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial; y así lo hemos creído hasta ahora, llenando de vanas esperanzas nuestro futuro.

El hombre del castillo, con una obra inmortal, intentará fijar para la Historia la gran falsedad de que los nazis y los japoneses perdieron la guerra. No pararé hasta encontrarlo y destruir todas sus obras. Yo puedo demostrar que Troya no perdió su guerra, que Aníbal superó en Zama a Escipión, el Africano; y que Roma no es como la pintan los pergaminos y papiros; o que Alejandro jamás llegó al Indo ni acabó con Darío.

Acaso no es claro que en el siglo XX, según las últimas investigaciones, los alemanes ganaron la guerra y, por otra parte, habían tenido éxito con los judíos, los gitanos y los evangelistas. Y habían empujado a los eslavos dos mil años atrás al corazón de Asia. Para eliminar a los aborígenes norteamericanos, los británicos precisaron doscientos años; mientras que los alemanes habían necesitado menos de quince años en África. 

Parece mentira que los libros y las investigaciones sean incapaces de vivir por sí solas; y siempre la mano del hombre, de un hombre solo, por medio de la escritura y el arte termine fijando la verdad o la mentira a su manera. Con un solo libro, ¿vosotros lo habéis leído?: La Langosta se ha posado.

Seguramente hayan oído hablar de él. Casi todo el mundo está leyéndolo. ¿Qué hubiera pasado si los aliados no hubieran ganado la guerra? ¿Piensas que debían haber hecho con Inglaterra lo mismo que ella había hecho con África?

La langosta se ha posado. Ese hombre, Abdensen, quiere cambiar la Historia y `puede que lo consiga si no tomamos medidas. Si su libro triunfa, dentro de quinientos años, todos creerán que los aliados ganaron la guerra a los nazis y japoneses. Bien, es verdad que estos últimos habían matado a todos los cómicos en Nueva York, casi todos ellos judíos, en realidad habían matado casi todas las formas de entretenimiento. Entraron allí como un elefante en una cacharrería y el oro volvió a Europa, a Berlín, si allí hay tanto dinero ahora es porque se lo robaron a los judíos cuando los echaron de Nueva York con esa maldita ley de Nuremberg. Nunca pensé que las leyes raciales de los nazis se aplicarían aquí, en Estados Unidos, aunque perdiéramos la guerra. 

Ese hombre, a quien busco, Abdensen vive cerca de Cheyenne, en un sitio seguro, escribe dentro de una fortaleza rodeado de armas. Los jerarcas nazis pusieron el grito en el cielo cuando leyeron el libro. Saben que la Historia, si ese libro tiene éxito, no será grata con ellos; porque el mal que lleva Abdensen en las venas es un elemento consustanciado con el mundo, se derrama sobre nuestra cabeza, entra en nuestro cuerpo, nuestro cordón, nuestra mente, hasta en las piedras de la calle.

Por eso, los perseguimos. Por eso, fui detrás de Borges, de Abdensen, de Torbado; porque ellos pretenden cambiar con relatos la Historia que vivimos. Y lo peor es que lo están consiguiendo. Qué distinto sería todo si los norteamericanos hubieran ganado la guerra. Ahora, el poder deslumbrante de los Estados Unidos estaría extendiéndose por todo el mundo.

Si norteamericanos e ingleses hubiesen ganado la guerra, no habrían tenido más preocupación que ganar mucho dinero en un capitalismo feroz. Abdensen está muy equivocado. No hubiera habido ninguna reforma social ni planes de bienestar común. Los plutócratas anglosajones no lo hubieran permitido.

"Habla como un fascista devoto", pensamos Juliana y yo de Joe, mientras nos dirigíamos a Cheyenne a matar al Hombre del Castillo. Es un gran problema que siempre haya gente de letras escondidos en sus castillos, no saben el daño que hacen con un papel en blanco y un lápiz.




 

domingo, 13 de septiembre de 2020

NUNCA MATES A UN RUISEÑOR, UN LEJANO VERANO EN BRAZOS DE HARPER LEE


Todos hemos formado parte de la masa alguna vez, aunque pocos han sido capaces de darse cuenta que, cuando actuamos en multitud, cada uno de los que conforman esa multitud es responsable individualmente de sus actos. Pero para eso, hay que ser muy valiente, porque hay que saber que la única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de cada uno. Una turba cualquiera siempre está compuesta por personas. Todos ellos forman parte de una turba, pero aun así, siguen siendo personas.

Yo, de niño, conocí a un hombre así de valiente en el condado de Maycomb, Alabama. Como muchos de los viajes que he hecho en mi vida éste lo hice sin salir de casa, simplemente arramblando un libro de una de sus estanterías. Y ese hombre se llamaba Atticus Finch. En la portada del libro aparecía Gregory Peck que acunaba en un bonito porche del Sur a su hijo Jem. Jem, uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final, pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.

Atticus había nacido en Maycomb, mil generaciones lo antecedieron en aquella tierra. Mil generaciones que habían vivido codo con codo durante años con otras familias  que se relacionarían y se unirían entre sí; que tenderían a las actitudes admitidas, a los rasgos generales y hasta a los gestos que se habían repetido en cada generación y que el tiempo había refinado. Y contra todos iba a luchar Atticus Finch por una causa que él creía justa. Esta vez no luchamos contra los yanquis, sino contra nuestros amigos. Pero tenlo presente, por muy mal que se pongan las cosas siguen siendo nuestros amigos, y este es nuestro hogar.

Cuando Atticus empezó a defender a Tim Robinson de la falsa acusación de haber violado a Mayella Ewell, nuestros paseos por Maycomb dejaron de ser tranquilos; Jem y Scout no paraban de recibir frases hirientes y alguna vez tuvieron que defenderse con los puños. ¡Vuestro padre no vale más que los negros y esa canalla para la que trabaja! ¡Una Finch sirviendo mesas y uno en el juzgado defendiendo negros!; y no sólo cuando salíamos a la calle, que estuve todo un verano acompañando a Scout a todos lados, sino también en nuestra casa: Me imagino que no es culpa tuya que el tío Atticus sea además un amante de los negros, pero aquí estoy yo para decirte que ello mortifica de veras al resto de la familia.

Durante ese verano no dejé de anotar en un cuaderno de anillas, dedicado a copiar las frases de los libros que llamaban mi atención, cuanto decía Atticus que vivía en aquel lugar donde la palabra de un negro no valía nada frente a la palabra de un blanco. Lo único que tenemos es la palabra de un negro contra la de los Ewell. Las pruebas se reducen a "lo hiciste; no lo hiciste". No se puede esperar que el jurado acepte la palabra de Tim Robinson contra la de los Ewell, porque en nuestros tribunales cuando la palabra de un negro se enfrenta a la de un blanco siempre gana el blanco. son desagradables pero son realidades de la vida.

Yo sabía que Tim Robinson estaba perdido que lo iban a ahorcar sin remedio, Atticus también y Scout y Jem y todo el condado de Maycomb, y que no nos quedaría más remedio que llorar por el infierno puro y duro en que unas personas hunden a otras. Pero te diré una cosa, Norberto, y no lo olvides nunca: siempre que un hombre blanco abusa de un negro, no importa quién sea, ni cuan distinguida que haya sido la familia de la que procede, ese hombre blanco es basura.

Esta frase que me dirigió Atticus sólo a mí la apunté con un bolígrafo rojo en mi carpeta azul de anillas que perdí en una de las cinco mudanzas que hice con mis padres; pero para eso están los libros, para ser eternos y retomarlos de vez en cuando, no sea que se nos olvide que por nuestras venas también corren gotas de sangre negra.

Por cierto, aquel lejano verano durante mi estancia en Maycomb me enamoré perdidamente de la joven Scout. No tendría más de 11 años.



(Las fotografías son del primer día de instituto, septiembre de 1956, de Dorothy Counts, una de las primeras mujeres negras admitida en un instituto para blancos, una valiente que tras sufrir cuatro días de acoso, y su familia mucha violencia, tuvo que cambiar de instituto. De toda aquella masa no sabemos de nadie que saliera a defenderla. Yo lo único que espero es que se vean más de 60 años después y se mueran de vergüenza)

Atticus ese día seguía en el condado de Maycomb defendiendo a Tim Robinson de una falsa delación por violación a Mayella Ewell) ¿Qué piensas de Mayella Ewell? Ella es víctima de una pobreza y una ignorancia crueles, pero no puedo compadecerla, es blanca.

miércoles, 24 de junio de 2020

LLAMADME DE NUEVO BORGES

Llamadme de nuevo Borges. Durante unos meses he sido Norberto; he corrido río abajo y río arriba; me he llenado los ojos de tierra roja y de colores vivos; he conocido gente tan diferente, que alguna vez soñé ser como ellos sólo por intentar ser otro; y ahora he vuelto a casa. Llamadme de nuevo Borges.

Nada más aterrizar ya sabía que Vargas Llosa, ese joven que vino a verme y que debía de trabajar en una inmobiliaria porque se empeñó en que yo debía cambiar de casa, había publicado un nuevo libro, Medio Siglo con Borges; y claro, aunque no me gusta tener mis libros en casa porque quién soy yo para nombrarme y estar con Schopenhauer, no pude evitar la curiosidad. A la mañana siguiente ya lo tenía.

En este nuevo tomo se recogen las entrevistas y artículos escritos para diversas revistas por Vargas Llosa. Me las sabía todas de haberlas leído antes en mi búsqueda por ser el auténtico Pierre Menard, autor de Ficciones; pero tenerlas juntas en un pequeño tomo no viene nunca mal.

Además he vuelto a recordar porqué John Vincent Moon vaciló antes de contestar y si era a él al que le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa, benditos adjetivos; y eso que Raimundo Lida, en sus clases de Harvard, recordaba siempre a sus alumnos que los adjetivos se han hecho para no usarlos. Si eso me lo cuenta a mí, que con hipálages infinitas descubrí el universo de las cosas persiguiendo a áridos camellos y a oscuros hombres siempre a la luz de las lámparas estudiosas, no hubiera tenido más remedio que replicarle. Qué razón tenía Josep Pla cuando me dijo que se había pasado la vida buscando epítetos.

Ya sé que el estilo de Borges mata a los imitadores que terminan viviendo sin personalidad propia, y que por eso sé que Borges, al contrario del resto de escritores, no puede tener ninguna escuela que lo siga; pero es que yo no quiero ser imitador de Borges ni escuela que lo fundó, yo quiero ser Borges; y, en todo caso, ser Pierre Menard autor de Ficciones.

Creo que no estoy lejos de conseguirlo, ya digo que poco puede importarme ser o no escritor; trazar unas pocas letras o mil tomos no tiene importancia, incluso no la tiene el recordar las circunstancias de la propia vida. Mi memoria está tan poblada de textos de Borges, como la de Funes con los detalles del cielo, que creo que pronto podré empezar a escribir Ficciones. Unas cuantas páginas, no necesito más. Ni yo, ni todos esos escritores que andan agotando folios encadenados a una infinita trama.

He andado mucho tiempo en la tierra de Ahmadou Hampaté Bá recorriendo sus leyendas, sus caminos, sus epítetos y sus sustantivos; y por un momento pensé que ya no querría volver al barrio de Palermo, ni a mezclarme con cuchilleros llenos de deudas pendientes, ni tendría interés en abrir de nuevo los tomos de la Enciclopaedia Britannica, de cuando las enciclopedias eran todavía libros de lectura. Me equivoqué. He estado libre y salvado de Borges durante más de medio año, es suficiente. Pero ya he vuelto. Llamadme de nuevo Borges.

- Neruda, ¿a quién le daría usted el Premio Nobel?
- ¿Yo?, a Borges.


sábado, 26 de enero de 2019

UNA NOCHE EN EL CAFÉ VOLTAIRE CON HUGO BALL


Decir que llegué a Hugo Bäll por soledad, no es equivocarme. En aquel tiempo ni había oído hablar de él, ni sabía dónde estaba el Cabaret Voltaire. Simplemente acababa de llegar a Madrid, con dieciocho años, para preparar unas oposiciones. Durante dos meses, antes de irme a una residencia universitaria, me alojé en una pensión donde compartía habitación con un albañil italiano y un conductor de camiones que andaban con sendos trabajos temporales en la ciudad de más de un millón de muertos. Apenas los veía, pues cuando ellos llegaban yo ya estaba durmiendo; lo cual me permitía tener la habitación para mis estudios todo el día.

Los fines de semana se me hacían muy largos, pues no conocía a nadie que no fueran los alumnos de la preparatoria; así que los sábados cogía el metro y me iba al centro a deambular sin más rumbo que despejarme y entretenerme con los escaparates de la calle libreros. El tercer fin de semana de paseo sin rumbo vi un cartel en Gran Vía donde presentaban una de esas enciclopedias de infinitos volúmenes que siempre llamaron mi atención.

Cuando subí a la primera planta, que me señalaba una flecha xerografiada sobre cartón, vi que aquello no era una presentación al uso; sino que colocados en varias mesas esperaban sentados los vendedores de enciclopedias que a mí me parecieron cientos. Sin escapatoria posible tuve que sentarme en una de las mesas. Rápido, le dije al vendedor que me había confundido, que pensaba que era una presentación y no una venta one to one; y que no quería hacerle perder el tiempo. "En cuanto te vi tan joven ya sabía yo que este no era tu sitio", me dijo. "Ya", le contesté, "cuando vi el cartel me pareció que acudir a una presentación de enciclopedias era una buena forma de pasar la tarde". "¿Qué edad tienes?", me preguntó. "Dieciocho años", le contesté. "No creo que sea una buena forma de pasar la tarde, con dieciocho años, acudir a la presentación de una enciclopedia. Como no quiero que te vayas de vacío", continuó hablando, "toma, llévate este libro, no tengo otro". Y me dio un libro con una portada ajedrezada roja y amarilla con un título que evidenciaba muy poco tacto mercantil: Crítica a la Inteligencia Alemana de Hugo Bäll.

Me fui de allí, dándole las gracias a ese vendedor de enciclopedias tan benevolente con los jóvenes desnortados, sabiendo que Hugo Bäll tardaría muchos años en escribir la Crítica a la Inteligencia Alemana para mí. Ese libro lo tuve dos años en mi mesita de noche sin poder leer más de una página seguida. Al cabo, lo dejé en mi estantería para que durmiera con mi colección de libros que nunca leeré, que es amplia; pero tan necesaria como la de los libros leídos.

Veinte años después, vi que el vendedor no se equivocó. Vi que llegaba el momento del antiarte, de la rebelión contra esa Gran Guerra que encandiló a la intelectualidad europea después de vendarse los ojos para caer voluntariamente al abismo. Vi, veinte años después, que ya era hora de la provocación, descubrí que la burguesía a la que pertenezco desde que tengo uso de razón no merece más arte que el del cinismo y el que trae el puro azar. entendí que había perdido muchos días paseando sin rumbo en vez de entrar con descaro en el Cabaret Voltaire, presentarme y ponerme a hablar con Hugo Bäll, Emmy Hennings, Hans Arp, Tristan Tzara, Marcel Janco, Walter Serner, Richard Huelsenbeck o Sophie Taeuber. Y aprender a bailar en libertad sin pasos o convertirme en enemigo a muerte de Lutero, que sin duda colocó a Hitler en el Reichstag con paso largo y mano enhiesta, para volver al cristianismo primitivo, el de los eremitas aristotélicos, donde se hallaba la solución de la Alemania de entreguerras: quizás los católicos y los judíos lleguen a unirse un día para salvar a Alemania de la ciénaga en la que se halla inmersa, porque de otra manera Europa va dirigida a la perdición. Es 1919 y ha visto demasiado. No verá lo que está por venir.

Durante muchos sábados seguí deambulando por Madrid con ese libro en el bolsillo, no tenía otro que no hablara de Álgebra, de Cálculo, de Física o de Química; y para mí sigue teniendo un gran significado porque con ese regalo, que yo sentí como el interminable e infinito Libro de Arena que me regaló un anciano viajero que venía de Las Horcadas, un vendedor de enciclopedias me explicó que hay lugares y libros que no son para jóvenes, que cada texto tiene su tiempo y que los escritores, si te empeñas, terminan siempre escribiendo para ti.

Es por ese motivo que todos los años, durante unos días, agarro la Crítica a la Inteligencia Alemana de Hugo Bäll y vuelvo a subrayar alguna frase que pasó sin que me diera cuenta: Los grandes valores morales de la humanidad (alma, paz, confianza; respeto libertad y fe) son calculados según el éxito que se obtiene de ellos, siendo utilizados como medio para conseguir propósitos que se oponen al significado tradicional de estos mismos conceptos. Sigo sin comprender del todo ese volumen, pero eso es lo de menos, lo importante es que me hizo salir a la calle, buscar el cabaret Voltaire de la Spiegelgasse, nº1, y conocer a una mujer que me obligó a saltarme todas las leyes de la literatura.