domingo, 8 de marzo de 2026

EL SONETO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Hoy voy hablar del soneto más hermoso del mundo. Sé, si ya me vais conociendo, que esperareis que pueda ser ese soneto de amor incomparable de Quevedo que comienza por «cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día / y podrá desatar esta alma mía» o ese de Garcilaso que empieza por «escrito está en mi alma vuestro gesto / y cuanto yo escribir de vos deseo; / vos sola lo escribisteis; yo lo leo» o uno de los sonetos del amor oscuro del avasallador García Lorca como puede ser ese que cuyo principio es «esta luz, este fuego que devora. / este paisaje gris que me rodea. / este dolor por una sola idea. / esta angustia de cielo, mundo y hora». Pero no, yo les voy a contar de verdad cuál es el soneto más hermoso del mundo.

El soneto más hermoso del mundo está fechado en Sanlúcar de Barrameda, Prisión del Castillo, junio de 1937. Se conservó muchos años escondido en la casa de la calle del Teatro que el práctico de Sanlúcar y la barra del río <,Pascual Pareja, construyó en 1917. El protagonista del soneto, a quien van dirigidos esos versos que se escribió en dos almas, es el sargento de carabineros Diego Rodríguez Ponce, yerno del capitán y práctico Pascual Pareja, casado con su hija Maruja.

Estoy preparando la tercera novela de mi trilogía sanluqueña y mágica, que es espejo del mundo, donde vuelven a aparecer de nuevo esas vidas; Pascual Pareja, José Antonio Lima Utrera, Diego Rodríguez Ponce, Magdalena, Lola, Antonio, Norbertos; y toda esa ralea de Parejas, Limas, Ruiz, Utreras, Pérez y qué sé yo cuantos más que con su sangre y la mía, que se parecen mucho, me andan persiguiendo durante tanto tiempo. Porque no es que fueran vidas las suyas, es que después de que el tiempo las durmiera, son literatura en estado puro todavía por escribir.

Diego Rodríguez Ponce era carabinero, huérfano de un carabinero asesinado cuando las playas y las fronteras eran lugares peligrosos. Y a él fue dirigido el soneto más hermoso del mundo:

«Al sargento de carabineros don Diego Rodríguez Ponce, que, espontáneamente, me ha pedido a mi hija Paquita para ampararla en su propio hogar; durante mi forzosa ausencia del mío:



¡Deuda eterna!..
(Soneto)   

¡Jamás olvidaré su buena acción;
su noble rasgo desinteresado,
de dar la mano a un padre atribulado!..
¡Qué hermoso tiene usted el corazón!..

Mi hijita, tembloroso de emoción,
con confianza entrego a su cuidado.
No dudo que ha de estar como a mi lado,
y apruebo, con placer su petición…

¡Derrame Dios la dicha y la ventura
sobre su honrado hogar cual lo merece!..
¡Para pagar su gesto de honra pura,

mi vida entera poco me parece!
..¡No puede ofrecer más de lo que ofrece…
el padre de esa pobre criatura!…

José Mejías Calzado

Sanlúcar de Bda. Prisión del Castillo. Junio 1937

Uno lee el soneto y se imagina, habiéndolo llevado en la memoria durante tanto tiempo, cómo podría ser el castillo de Santiago cuando se utilizó como prisión durante la Guerra Civil. Un hombre, parece que veterinario y concejal socialista en Medina Sidonia, que está preso de los nacionales y un sargento de carabineros, que el 18 de julio de 1936 optó por secundar el golpe en Sanlúcar de Barrameda, son los protagonistas. Ese hombre preso tiene una hija, que ha quedado sola, desamparada, en unos tiempos demasiado convulsos. El carabinero fuera de los muros y el preso dentro; y su hija fuera sin amparo alguno.

Y aquí empieza la historia del soneto más hermoso del mundo:


- Señor Mejía, yo cuidaré de su hijita hasta que pueda salir de aquí.
- No sabe, don Diego, cómo se lo agradezco.
- Saldremos de esta, señor Mejía.

El sargento de carabineros Diego Rodríguez Ponce se llevó a la hija del señor José Mejías Calzado a la casa de la calle del Teatro del capitán Pascual Pareja; y esa casa se llenó de historias durante más de un siglo, historias de hombres y mujeres; y de sus almas; y, ahora que lo pienso, de literatura. Era una casa donde vivía la literatura oral como en ninguna parte, tal vez como solamente la he visto en África.

Una casa donde convivían las siguientes historias, ¡agarraos al sillón!, que os cuento el resumen en el que estoy trabajando, aunque ya salen sus nombres en mis dos novelas anteriores Las mareas no suelen equivocarse y La máquina del mundo:


«Yo te diré que Pascual Pareja protegió en esa casa cuando comenzaron las persecuciones religiosas, entre ellas la quema del convento de capuchinos, a varias monjas de Sanlúcar. El capitán Pascual Pareja se puso de parte del golpe y consiguió abrir la barra del río y un puerto tan importante para los nacionales como Sanlúcar.

Yo te diré que su hijo Paco Pareja, también práctico de la barra, fue encarcelado en el Castillo de Santiago por haber apoyado supuestamente, en un principio, a la República usando la radio de la casa de los prácticos. Parece que el capitán lo sacó de ese apuro.

Yo te diré que Diego Rodríguez Ponce, yerno de Pascual Pareja, carabinero, también apoyó el golpe en Sanlúcar y fue uno de los que desde Bonanza acudieron en julio del 36 tras la asonada en África, al Ayuntamiento de Sanlúcar y quien, tras los combates por hacerse con el telégrafo que en aquellos días estaba por la calle Santo Domingo, tomó dirección al ayuntamiento; y cerrando sus puertas dijo aquello que todavía suena: Sanlúcar desde ahora es nacional.

Yo te diré que José Antonio Lima Utrera, también yerno del práctico Pascual Pareja, casado con su hija Magdalena, y su padre José Antonio Lima Bustamante, eran presidente y vicepresidente de Izquierda republicana, muy azañistas y se supone, sin ningún género de dudas (vaya oximorón), que los primeros días de julio del 36 pudieron hacer uso de la violencia. José Antonio Lima, después de la guerra con pocas garantías de éxito vital y ahogado en vapores alcohólicos, y ¡vaya usted a saber que otras deudas!, dejó a sus tres hijos y a Magdalena de vuelta en la calle del Teatro. Una de las niñas Rosario Lima se fue a vivir unos años para poder salir adelante con el carabinero, ya Guardia civil, Diego Rodríguez Ponce.

Yo te diré que Eduardo Pareja, hijo del capitán Pascual Pareja combatió en las filas nacionales y su madre María Pareja le envió unos zapatos que necesitaba y todos lo dieron por muerto cuando devolvieron nuevamente los zapatos que habían llegado, como una metáfora, al frente del Ebro.


Yo te diré
que el carabinero Diego Rodríguez Ponce no quería hablar de sus horas en el frente de Córdoba durante la Guerra Civil porque en la trinchera de enfrente junto a los anarquistas estaba su hermano, a quien amaba tanto, también carabinero, con las mismas armas fratricidas.

Yo te diré que cuando acabó la guerra ese hermano que combatió del lado de la República fue condenado a muchos años de cárcel, y aquí salió de nuevo el capitán Pascual Pareja a escribir su propia historia contada por sus hijas. Como la familia del hermano de Diego Rodríguez Ponce, que estaba en la cárcel, estaba pasando necesidades, llegaron al acuerdo de que Diego le daría su sueldo de Guardia Civil a la familia de su hermano encarcelado y ese mismo sueldo se lo pasaba religiosa y mensualmente Pascual Pareja, práctico de la barra del río.

Yo te diré que seguiría contando mil historias, por ejemplo, que en la dura posguerra y en tiempos de contrabando, estraperlo y corrupción estando destinado en Canarias, años cuarenta, el ya capitán de la Guardia Civil Diego Rodríguez Ponce no quiso participar en un ilegal negocio de contrabando de piezas de vehículos y motores abandonados por los ejércitos que combatieron en África durante la Segunda Guerra Mundial. Parece que había más intereses gubernamentales de lo que parecía y se dio la orden, ¡vaya usted a saber dónde!, de enviarle algunas señales. Durante esa noche, cuentan que se defendió y mató a otros dos Guardias Civiles. Lo detuvieron y, después de intercambiar su mujer, Maruja, algunos documentos que guardó como un tesoro donde creyó más conveniente con algún preboste del régimen, la pena de muerte fue conmutada por unos años en un conocido manicomio madrileño. Tiempo después regresó a la casa de la calle del Teatro.

Yo te diré que terminó en aquella casa escribiendo obras de teatro y estrenándolas en Cádiz y Sevilla. Y no lo hacía nada mal.

Yo te diré que tengo mil historias de mar, de abordajes y de Canal de Suez y de guerras árabe-israelíes llevando petróleo para la maquinaria de guerra recién creada y de atraques en Saigón con armas para el nuevo imperio; que es que no siempre se acierta el lado bueno de la trinchera o sí.

Yo te diré que también hay historias que contar ahora, pero sin aquellas mujeres, aquella casa, aquellas literarias paredes, cuya literatura oral vivía sola subiendo y bajando escaleras y descansando en antesalas y salones, nada es posible.

No sé cómo serían las demás casas, pero aquella casa de la calle del Teatro fue, ha sido, España en estado puro. Pero lo mejor de todo es que conservó entre sus paredes muchos años el soneto más hermoso del mundo, ese que dice:


¡Deuda eterna!..
(Soneto) 
  
¡Jamás olvidaré su buena acción;
su noble rasgo desinteresado,
de dar la mano a un padre atribulado!..
¡Qué hermoso tiene usted el corazón!..

Mi hijita, tembloroso de emoción,
con confianza entrego a su cuidado.
No dudo que ha de estar como a mi lado,
y apruebo, con placer su petición…

¡Derrame Dios la dicha y la ventura
sobre su honrado hogar cual lo merece!..
¡Para pagar su gesto de honra pura,

mi vida entera poco me parece!
..¡No puede ofrecer más de lo que ofrece…
el padre de esa pobre criatura!…


José Mejías Calzado
Sanlúcar de Bda. Prisión del Castillo. Junio 1937















 


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