domingo, 16 de julio de 2017

SUFRIENDO LOS MELINDRES DE BELISA, CON LOPE DE VEGA



Aunque a los telegramas azules se los haya comido la modernidad de la fibra óptica, y ya nadie guarde junto a amarillas fotografías un papel rugoso azul que lleva pegado un cuadradillo blanco con las notas del telegrafista, con un consumo de signos mucho menor que los ciento cuarenta caracteres que permite el tweeter; afortunadamente, esta imparable modernidad técnica no ha terminado con esas cartas mataselladas que un funcionario de correos deja en tu buzón que, ahíto de publicidad y propaganda, respira con hondura y satisfacción cuando recibe, de higos a brevas, una carta con olor y sabor de carta.

Y el martes, recibí una bella carta, "Santo Dios", me dije, "Correos existe", todavía las máquinas no han podido con él, no lo han destruido; y el futuro, siempre en manos de jóvenes talentos, no ha sido capaz de vencer a esos antiguos correos que, desafiando a la fortuna y a los tiempos, atravesando fuertes y fronteras, llegaban donde nadie llega: al corazón de las personas; a veces, de la luz; a veces, de las tinieblas. No me equivoqué cuando supuse que esa carta sólo podría ser obra de un viejo profesor, al notar al tacto que había un pequeño volumen acompañándola dentro del sobre matasellado en Toledo. Al abrirla me alegró ver que el profesor de Literatura de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Castilla-La Mancha, Francisco Crosas, Kiko, se había encargado de la edición, prólogo y notas, en un pequeño volumen, de la comedia de Lope de Vega, Los Melindres de Belisa; y que recordando, nuestras lecturas durante los muchos años que viví en Toledo sirviendo a mi señor Garcilaso, me la había hecho llegar a lomos de un viejo correo con una cartera de cuero llena de telegramas azules y sobres satinados.


Así que, por mor de la carta de un viejo amigo, no he tenido más remedio que acudir, como si fuera una tarde de fiesta, al teatro de corral a divertirme y a aprender, que del Rey abajo, todos, de una comedia de enredo donde el amor, siempre ayudado por una belleza física, exagerada a la atracción, convierte  los deseos en pasión y las pasiones en enredo: Ya mis melindres cesaron, ya mi arrogancia paró, y el Cielo me castigó; eso sí, para que los espectadores no tengan ninguna tendencia a desmandarse, siempre dentro de prohibiciones absolutas de clase: ¡Un esclavo adoro!, prenda que a mi madre trujo un alguacil; ¡Dios se lo demande! Yo quise guardarme diligencias hice, pero poco valen en estas prisiones. Belisa, que a causa de la pasión, pierde todos sus melindres con los hombres; Lisarda, su madre viuda, también cae a los pies del esclavo Pedro.; y, cómo no, Flora, la sirvienta de la casa  también bebe los vientos por él.

Pero ninguna de las tres sabe todo lo que sabe el espectador y que da tanta fuerza a la comedia de enredo: que Felisardo no es un esclavo, sino un caballero y que está casado con la dama Celia, que tiene que hacerse pasar por esclava morisca para ayudar a Felisardo: Tú esclavo y yo esclava; que si de mi honor recelas, ofensa tuya es locura, y para mi honor la ofensa. la desdicha que nos sigue nos confirma por esclavos. ¿Cómo? Que hoy nos ponen los clavos. Pero,  ¿que puede haber que obligue a tal desatino? Y el espectador, dice: los celos, Zara o Celia, los celos.

Para seguir con el enredo Don Juan, el hijo de Lisarda y noble de la casa, pierde la cabeza por la esclava Zara, Celia disfrazada de morisca y de belleza sin igual: Casarme tengo con ella; que si antes era tan bella, ahora herrada lo es más. No es cristiana, no podrás. Podré dar pena a Lisarda. Y si no, robo la esclava. Tú has sido mozo y sabes que amor puede, en tierna edad, hacer estas locuras.

Todos quieren casarse con los esclavos, de ahí el enredo que Lope maneja con mano maestra, sobre todo en una escena que tiene lugar cuando se van las luces de la casa, durante la noche, y todos los protagonistas hablan entre ellos, sin adivinar que los está oyendo la persona equivocada, pero el espectador lo sabe, con la vergüenza de cada uno al sentir que ha abierto su corazón a su enemigo. Oh, noche, madre de errores, que a la persona equivocada dije amores.

Todos quieren casarse con los esclavos pero ninguno puede, porque las clases sociales en tiempos de Lope eran más estancas que una cámara de descompresión, así la sufría parte de la sociedad; (igual ahora tampoco han cambiado tanto las cosas). Pero adivinen, quién es la única persona, aunque con remordimientos, que puede casarse con un esclavo; efectivamente, ¡la viuda!, que decide ponerse el mundo por montera y casarse con el joven y bello esclavo, ya que tiene medios económicos para ello y una edad que no le da mucho margen, sin saber lo que el espectador sabe: Ya no soy madre mimosa, ya no lloro ni me acabo; aunque fuese de un esclavo será más honesta cosa. Quiero, pues que moza soy, tener quien mire por mí. Hacienda tengo. Es ansí. Es la hacienda la que da la libertad a la mujer, ya se dio cuenta Lope hace más de 400 años.

Menuda boda se prepara. Lean, lean Los Melindres de Belisa.

Pero, bueno, Lope, en el corral no se atreve a que su aprender deleitando, lleve a la revolución; por eso los esclavos serán un principal caballero y una distinguida dama disfrazados, y no esclavos de verdad, por si acaso alguna boda sale bien, no crea la plebe que puede casarse con un noble, así como así. Que el enredo está bien siempre que agrade del Rey abajo a todos.

Gracias, Kiko, por llevarme otra vez con Lope en esta edición de RIALP. Echo de menos nuestras conversaciones por Toledo. Las anotaciones del libro, como siempre, esclarecedoras.






domingo, 2 de julio de 2017

VOLTAIRE, EL CÁNDIDO, Y EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES

Andar por París con François-Marie Aròuet significa meterse en líos. Pero, ¡cómo renunciar a ellos si la recompensa es llegar a conocer a un filósofo de la talla de Pangloss y a un literato llamado Martín, que había estado escribiendo a destajo por encargo de los libreros de Ámsterdam, tarea que le pareció la más a propósito para aburrir a un cristiano y hacerle apetecer la muerte!

François-Marie me llevó por el barrio latino, donde me pagó un menú de pobre; sinceramente yo esperaba algo más, pero como todo el mundo sabe, los nobles no se prodigan mucho en la opulencia ajena; y aunque algunos lleven sangre revolucionaria en las venas nunca pierden sus instintos ni ante la avaricia ni ante la lujuria.

Primero apareció Pangloss con la cara y el cuerpo arrebatados por esa enfermedad innombrable que recorre todos los caminos, desde las míseras pensiones de París hasta los más fabulosos castillos de Alemania, como el de Thunder-tentrounckh.

Tras una rápida presentación inicial, Pangloss comenzó a hablar como si debiera las palabras: no hay efecto sin causa, y este mundo es el mejor de los mundos posibles. Las cosas no pueden ser de otro modo que son, porque habiendo sido todo formado para un fin todo es y existe necesariamente para un fin mejor.

En ese momento una vichisuá caliente que desprendía su benefactor aroma por todo el restaurante le hizo esbozar una sonrisa y afirmar con fuerza: ¿Ves?, éste es el mejor de los mundos posibles.

"Pero, señor Pangloss", le interrumpí; "acaso no ha tenido bastante con cuanto les ha ocurrido a usted, a su señor Cándido, a la señorita Cunegunda y a toda la familia del castillo de Thunder-tentrounckh. La señorita Cunegunda fue mil veces violada en el ataque, luego lacerada con un cuchillo, después sometida a esclavitud en manos de dos viejos lascivos; y ahora vaya usted a saber cómo andará sufriendo su carne. El señor Cándido fue expulsado del castillo, sometido a violencia por los búlgaros con latigazos infinitos, al robo y al escarnio por todo aquél, juez, comerciante o soldado, con el que se cruzaba en su camino, y a la desolación más lastimera; y usted mismo, primero fue atacado por esa enfermedad que a oscuras le transmitió la joven esclava Paulita, perdió un ojo, luego fue malamente ahorcado en Lisboa, para más tarde ser atado a un remo en galeras y sometido a la más cruel de las esclavitudes. ¿Tanto dolor en el mejor de los mundos posibles?" 

¡Cómo no ha de ser!, respondió Pangloss, sin admitir objeciones a su sabiduría, y bien que pueden coexistir libertad y determinación en este mundo. 

En ese momento entró el literato Martín que esbozó una sonrisa al ver a Pangloss, a quien imaginaba viviendo el mejor de los mundos posibles mientras era cosido a latigazos, metido en un caldero a fuego lento de los indios orejones, a punto de ahogarse en un naufragio o de morir en el terremoto de Lisboa.

"Vaya, señor Pangloss", dijo, "lo imaginaba disfrutando del mejor de los mundos posibles en el que cualquier daño es causa para un fin mejor. Del refranero popular convendría borrar con un tizón ardiendo, sobre la boca de quien los pronuncia, esos dos refranes que sólo buscan apaciguar al dañado y serenar las respuestas: No hay mal que por bien no venga o cuando una puerta se cierra una ventana se abre. Ningún mal trae un bien, ni ninguna puerta trae ninguna ventana; un mal es un mal y una puerta es una puerta, señor Pangloss. Yo no he visto ciudad ninguna que no desee la ruina de otra ciudad inmediata, ni familia que no quiera ver el exterminio de otra familia. En todas partes los débiles maldicen a los poderosos y gimen a sus pies, en todas partes los poderosos tratan a los débiles como rebaños de carneros, de quienes venden la lana y la carne. En una palabra, señor mío, tanto he visto, tantos trabajos han pasado por mí, que con su buena licencia de usted yo soy maniqueo."

Con Pangloss y Martín en la misma mesa la noche se prometía larga, con idas y venidas entre mundos perfectos y mundos horribles.

Cuando cayó entera la noche, Jorge, después de echarme en cara que estaba hablando solo, se durmió entre dos sillas. Yo, que llevaba en un bolsillo una traducción del Cándido de Voltaire hecha por Leandro Fernández de Moratín, la saqué y comencé a leer; y viendo a Jorge, que parecía tan dichoso, dormir en París sobre dos sillas en un bar del barrio latino, me dio por pensar que, seguramente, no vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero sí en un mundo en el que son capaces de producirse las mejores y las peores formas de existencia, la mayor felicidad y la peor desventura, el mayor gozo y el peor dolor; probé un sorbo de ron, miré a Jorge y pensé que, al fin y al cabo, Leibtniz y Voltaire pudieran los dos tener razón.












domingo, 18 de junio de 2017

EN MEDIO DE NINGUNA PARTE, EL INFIERNO SEGÚN COETZEE


Una madrugada, sobre las cuatro de la mañana, recibí la llamada de un poeta irredento, de esos que no duermen y suelen acompañar los endecasílabos con un gin-tonic y hermosa compañía, en este caso masculina. Nada más coger el teléfono, y adivinar su voz, supe que quería llevarme a algún lugar donde yo no había estado:

- Norberto, ¿quieres conocer el infierno?
- ¡Claro!; pero te advierto que ya estuve en todos los anillos de Dante y no me sorprendió nada, salvo la maravillosa manera de componer versos.
- No, este es el infierno de verdad. Donde uno hasta llora por sí mismo lágrimas por la vida que no ha vivido.
- Pues dime dónde está que quiero ir enseguida.
- Lo tengo en casa, pásate por él cuando quieras. pero date prisa porque tantas penurias, tanta soledad hacen de uno a la postre un animal.
- ¿Después de despertarme de madrugada preguntándome si quiero conocer el infierno, crees que no voy a levantarme y a ir volando a tu casa? Me imagino que puedo ir ahora.
- Por supuesto. Te esperamos. a ver si tú adivinas qué se debe hacer para salvarse del tedio de la existencia.

Cuando dijo te esperamos, no sabía si estaba acompañado de su pareja del momento o de algún habitante del infierno que le trajo el libro que quería enseñarme.

La madrugada vestía limpia y oscura, llegué rápido a su casa y allí estaban esperándome con el libro en la mano.

- Aquí lo tienes. Aquí está el infierno, te dolerá como nada que hayas leído antes. ¿Quieres tomarte algo?
- Teniendo en cuenta la hora que es y que no estoy dispuesto a volver a mi cuarto a dormir, te agradecería un ron con coca-cola; sabes que nunca abandono una conversación de madrugada sobre libros.
- ¿Quién es el autor?
- Es sudafricano.
- Lógicamente será blanco, afirmé. Allí todavía las letras no han alcanzado la negritud y la libertad. 
- Ya les están llegando esperanzas.
- Demasiado lentas, y con Mandela, llegará sin guillotina- le dije- y una revolución sin guillotina siempre deja las cosas como están. Mira tú España, eso fue lo que le faltó a nuestro siglo XIX, la guillotina.
- Y eso que todavía no te has tomado tu copa de ron.
- A ver, veamos ese infierno.
- Aquí lo tienes J.M. Coetzee, En medio de ninguna parte, In The Heart of the Country. En ese país, en esa tierra no estaba previsto que vivieran seres humanos.
- El infierno, que hasta ahora han pintado los escritores suele estar siempre alimentado por la soledad mal acompañada- le digo.
- Pero aquí es peor, mucho peor. Cuatro personas, dos amos y dos esclavos, apenas se adivina el color. El amo vive sin valores, dueño de cuerpos y haciendas, de los suyos, de su hija y de los esclavos. Su hija es la verdadera habitante del infierno, un solitario infierno que quema almas y cuerpos. En un lugar inhóspito, donde duele la soledad de Magda, la protagonista, ¿qué debo hacer para salvarme del tedio de la existencia? Además están los días, días de algo que hay que llenar para que vayan pasando, días carentes de todo propósito. Ninguno de los tres (Hendrik y Anne, esclavos, y ella misma, esclava de su soledad y de su padre) son capaces de encontrar su propio camino.

 Me terminé la copa, agarré el libro y me despedí de mi amigo poeta y su pareja. 

Al abrir el libro por una página al azar como siempre hago cuando cojo por primera vez uno entre las manos, pensando que esas primeras palabras son solo para mí, leí: ¿Sentiría alguien la tentación, me pregunté, de visitar un lugar de la tierra cuya invitación resultaba tan clamorosamente mísera, obra de una criatura tan palmariamente solitaria?

Me llegó la frase como una premonición. Este sí que va a ser el infierno de verdad, me dije, aunque hasta ahora he podido luchar contra él con las armas del amor y la compañía sincera. Aunque la pobre Magda no tiene a nadie, está perdida. 

Este libro no lo puede leer quien no quiera sufrir al ir a visitar el infierno.

¿Será señal de mi inocencia el hecho de que sienta mi confinamiento solamente en cuanto sufrimiento y de ninguna manera en tanto crimen contra mi cometido?






domingo, 11 de junio de 2017

Y CERVANTES ME ESCRIBIÓ TELEGRAMAS AZULES

Uno ya no está acostumbrado, (maldita wifi), a recibir ni cartas ni telegramas azules, esos que iban de Sur a Norte, y que mandaba el viejo marino cuando tocaba tierra en esos lugares mágicos que en el pasado anduvieron llenos de cautivos cristianos, algunos de ellos mancos. Vacaciones día veintitrés. Se recupera Norbe? Besos. Bassora. Espero estéis bien. Anda ya Lola? Besos. Estambul. Ya tiene dientes Tai? Besos. Bizerta.  Ganas de veros. Estefi está mejor? Besos Casablanca... Aquello fue cuando nuestra casa, como recitaba Scherezade, era el mundo.

Pero esta semana recibí una carta que me evocó a uno de esos telegramas azules, que iban de Sur a Norte; la firmaba el Director de la Real Academia de la Lengua, el señor Darío Villanueva, y en ella daba las gracias al periódico en el que trabajo por el opúsculo publicado recientemente y en el que se recogían todos los artículos y colaboraciones solicitadas a escritores y personalidades de la cultura, y que durante todo el año del Centenario del soldado, del escritor y del manco más universal, se fueron publicando mensualmente en el Periódico Tierra. Así que esta semana, por gracia de Cervantes, he vuelto a recibir telegramas azules.

El periódico decidió pasar un año, que cuatrocientos años no es nada, con el más humano de los caballeros, y siguió sus pasos desde el Tercio Lope de Figueroa, donde combatió en Lepanto como soldado aventajado, hasta el descubrimiento de sus restos en el convento de las trinitarias cuatro siglos después. Esa orden Trinitaria a quien Cervantes debía su bien más preciado: la Libertad; La libertad, Sancho. Es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualárselos tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida…

En el acto oficial que tuvo lugar en las Trinitarias estaban formados aquellos soldados descendientes de los viejos Tercios de infantería que bien sabían que ningún rencor les guarda ya don Miguel, a quien ahora cubren de honores; a sabiendas de que varias veces solicitó puesto tanto en Tercio como en las Indias y siempre le fueron denegados. En 1582 solicita plaza vacante en las Indias, pero le es denegada de mala manera y en 1590 vuelve a solicitar vacante en las Indias y le es denegada con un: Busque por acá en que le se haga merced.

El viejo soldado, victorioso en Lepanto, cinco años cautivo en Argel, buscó su merced en la imaginación y encontró el mayor de los tesoros posibles: el descubrimiento del alma humana. Tal vez porque vivió grandes victorias como aquella más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros, y al que acompañó, en palabras de Darío Villanueva, tenazmente también el fracaso y que al fin de sus días, después de haberse desgastado en afanes indignos de su talento, dio a luz una obra genial.

El Tierra, que tiene el mismo nombre, aunque viajando por caminos diferentes, que el periódico que editaba a principios del siglo pasado Ramón J. Sénder, se llenó durante un año de Cervantes y Quijotes y, sobre todo, de caballeros. 

Darío Villanueva, un caballero, escribió sobre los documentos autógrafos que presentó la Real Academia de la Lengua en el centenario; en diez de ellos, escribe, se hablan de las fatigas, de los sinsabores e, incluso, de las miserias que, entre 1588 y 1591, Miguel de Cervantes hubo de sufrir por tierras andaluzas como comisario real para el aprovisionamiento de las galeras de Su Majestad. Son cuentas de gastos menudos, de arrobas de aceite, de partidas de trigo y cebada, cuando no peticiones judiciales referentes a pleitos surgidos a raíz de sus gestiones, o alegaciones, alguna de las cuales hace ya desde la prisión de la que espera, “si Dios fuere servido”, salir “presto”.

Ana Santos Aramburo, Directora de la Biblioteca Nacional, no dudó en coger la adarga antigua y la armadura que la convertía en caballero, pues ahora son nuevos tiempos y no hay lugar donde no pueda llegar una mujer; aunque aún quede mucho trabajo por delante. Ana Santos nos enseñó en su artículo cómo recordar a Cervantes con otros ojos: Recordar la figura de Miguel de Cervantes hoy, cuatrocientos años después de la muerte de un hombre a cuyo entierro no acudió prácticamente nadie, porque ese mismo día el pueblo de Madrid acudía masivamente a la rogativa a la Virgen de Atocha para que acabase la sequía, obliga a reflexionar sobre una serie de cuestiones que abarcan algo más que su excepcional obra literaria.

José Calvo Poyato, escritor y caballero, nos contó que como soldado, Cervantes fue honrado y valiente, virtudes que exalta en más de una ocasión en el Quijote. Una valentía y honradez que puso de manifiesto en un hecho menos conocido que las heridas de arcabuz que recibió en pecho y brazo en Lepanto. Nos referimos al hecho de que en vísperas de aquella batalla, Cervantes se encontraba enfermo, estaba aquejado de fiebres. Su capitán y compañeros le instaron a permanecer a cubierto durante el combate. Se negó replicándoles que prefería morir luchando por su Dios y por su rey que estar a resguardo mientras sus compañeros de armas arriesgaban su vida. Pidió a su capitán combatir en el sitio de más riesgo y peleó en el esquife.

Juan Granados, escritor y caballero, nos explicó cómo trata Cervantes en su Quijote las vidas de caballeros de fábula como Don Cirongilio de Tracia o  Félix Marte de Ircania en contraposición a las historias reales de grandes soldados como el Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, y la vida de Diego García de Paredes, el Sansón de Extremadura: quemar? …/… mas si alguno quiere que-mar, que sea ese del Gran Capitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno de esotros. 

Fernando Martínez Laínez, escritor y caballero, nos acercó a la misión secreta de Cervantes en Argelia: Existen pocos datos sobre el verdadero contenido de la acción secreta que llevó a cabo el escritor en Berbería, que tenía que ver con la tregua que España y Turquía negociaban bajo cuerda en el Mediterráneo. Todo apunta a que Cervantes, vuelto a España, pidió a Mateo Vázquez que siguiera contando con sus servicios en misiones de inteligencia, algo que, por razones que ignoramos, no se concretó. Lo cierto es que, una vez fracasadas esas aspiraciones, Cervantes cambia las armas por las letras y reafirma su voluntad de emprender carrera literaria. Una decisión que don Quijote de la Mancha y la posteridad le agradecerían.

Francisco Crosas, profesor y caballero, escribió sobre la justicia en El Quijote, esos grandes valores que viven siempre tanto en la realidad como en la imaginación, esos grandes valores y esa ética que componen siempre la base de la totalidad de las cosas reales o irreales:  también hay una “justicia” poética... Los personajes, sean elfos o soldados de los tercios de Flandes, deben ser cabales, creíbles; su conducta —buena o mala— debe estar regida por una coherencia moral, sin la cual la obra literaria queda coja. Esta se cumple maravillosamente en el Quijote; a pesar de la parodia, don Quijote se sale con la suya: con golpes o con caídas, el caballero acaba siendo un campeón de la Justicia en un mundo mediocre. Y esa grandeza se aprecia mejor en la Segunda Parte (el Quijote de 1615).

Ulises Bértolo, escritor y caballero, nos llevó por el barrio de las Letras, dando mandobles con la mano izquierda de Cervantes: imagino que Cervantes observa su mano izquierda, inerte por culpa de un arcabuzazo, esa misma que muchos decían cercenada de cuajo y por la que lo llamaban manco, pergeñando un punto de vista sobre otro hasta convertir la realidad en algo verdaderamente complejo. Luego imagino que cierra la diestra alrededor de una pluma y respira aliviado antes de comenzar a manchar el papel con las primeras letras de tinta, pues a pesar de que fue sentenciado a perderla por haber acuchillado a un forastero en Madrid, consiguió eludir el corte huyendo a Sevilla para embarcarse hacia Italia.

Carlos Belloso, profesor y caballero, nos explicó cómo era Cervantes, pues parece que sólo Cervantes sabía quién era Cervantes: Yo sé quién soy.  Pero el profesor Carlos Belloso, por boca de Francisco Márquez, amigo de Cervantes y comisionado por Gutierre de Cetina para la censura del libro, nos  clara un poco más quién era Cervantes: Preguntáronme, unos franceses por el autor del libro El Quijote, muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Hálleme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a lo que le respondieron: Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público? (…) Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo.

¡Pero hombre, esto es España!, ¿cómo va a tener España muy rico y sustentado a un hombre como Miguel de Cervantes?, ¡Por Dios, en qué cabeza cabe! Morirá pobre, lleno de frustraciones, nada reconocido, tullido por su país, abandonado por sus compatriotas y denostado por sus compañeros de letras.

Ya ven, en estos tiempos de wifi, de vez en cuando, uno recibe telegramas azules, que van de Sur a Norte, muchas gracias caballeros Darío Villanueva, Ana Santos Aramburo, José Calvo Poyato, Juan Granados, Fernando Martínez Laínez, Francisco Crosas, Ulises Bértolo, Carlos Belloso por haber metido el alma de Cervantes en el periódico Tierra y que haya llegado a todos los viejos Tercios de España, herederos de aquellos soldados de los tiempos de don Miguel de Cervantes. En los centenarios de escritores o en los años de los poetas o siempre, no debemos de olvidar el seguir escribiendo telegramas azules que vayan de Sur a Norte.

 

domingo, 4 de junio de 2017

LA NOCHE QUE LLEGUÉ AL CAFÉ GIJÓN, FRANCISCO UMBRAL


Cuando llegué a Madrid, por primera vez, no era una ciudad tomada por la literatura, minada de cuevas literarias y vocaciones obstinadas; ¡que va! Me fui a vivir inicialmente a una pensión que estaba situada en una pequeña calle perpendicular a la Avenida Cardenal Herrera Oria, y en una habitación triple dormíamos dos señores muy educados; de unos cincuenta años, que trabajaban temporalmente en Madrid, uno camionero, otro albañil; y yo. Solíamos cenar juntos de medios menús en un restaurante, por llamarlo de alguna manera, cercano a la pensión. No había para más.

Para mí, un joven de dieciocho años, que salía por primera vez de la Argónida a preparar unas oposiciones con un exceso de asignaturas de ciencias, Madrid fue un pequeño purgatorio, saneado con leves escapadas al Gijón. Yo conocí el café Gijón gracias a Francisco Umbral y entré por primera vez en él un domingo de noviembre de 1982, fundamentalmente por ver si me encontraba con Catherine Bassetti.

"Vete mejor a Malasaña", me decían mis compañeros de preparatoria, "ahí es donde está la movida". Nunca fui a Malasaña. Eso me perdí. Uno no había descubierto todavía que vale más el amor de una chica de droguería, con su riqueza de perfumes, que la posteridad de Cervantes incluso. Son esas cosas que uno aprende con el tiempo y que el tiempo no lo ayudará nunca a recuperar, porque ¿qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría de vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena, ¿verdad, Sábato? Yo, desde luego, no encontré un café Gijón, tal como lo esperaba, con su lodo de resaca humana que lo convertía en el barracón de los vencidos, como un pabellón de reposo para los convalecientes de la derrota; al contrario, allí apenas se hablaba de literatura, (tal vez me equivocaría en las horas de llegada o de salida); y todos esos escritores, que terminarían sus días sin nombre, yo nos lo adivinaba entre las mesas.

No adiviné donde estaba Prado Nogueira, ese coronel de Intendencia con pinta oscura, sin necesidad de la noche, y que fue Premio Nacional de Poesía porque decidió abandonar los halagos de la forma para hacer una poesía más humana; ni vislumbré a Dolores Medio, Premio Nadal, vestida en esos momentos de fama y gafas negras que tuvo que volver a su pueblo y a su trabajo como maestra; ni a María Alfaro; ni a Enrique Azcoaga; ni a ese Eladio Cabañero, el del Recordatorio del que nadie se acuerda; ni me pareció ver a García Pavón; ni a Carlos Oroza que contaba historias familiares confusas, como yo; ni el dandismo cómico de Guillermo Marín; ni a Luis Trabazo, escritor y pintor, de poca estatura y calva grande, que dicen que un día en el silencio del café soltó: Un día voy a escribir yo un artículo que se va a acabar esa coña de Ortega. Ni al hijo de Torrente Ballester, Gonzalo Torrente Malvido, siempre acompañado de mujeres guapas y con fama de bohemio, mujeriego y de vida disoluta, que dejó escrita alguna página que no merece el olvido.

Tampoco vi a Juan Antonio de Zunzunegui, ese novelista sano y galdosiano para lo real, que fue el único de los intelectuales oficiales que junto a Menéndez Pidal le echó coraje y le plantó cara a Franco, públicamente en el referéndum del sesenta y seis; y no me extrañaría que fuese familia, por lo del coraje, de ese coronel amigo mío, víctima de mis cafés literarios matutinos durante tantos años, también apellidado De Zunzunegui que ahora anda mandando Regimiento. 

Tampoco vi a las actrices del Gijón que se habrían mudado a Malasaña con Almodóvar y su movida; ni a las modelos que se mudaron a los pubs cercanos al Bernabéu; ni vislumbré siquiera a esos mil y un autores que pasaban sus días en el Gijón, quemando sus vidas como suicidas en el arte de la escritura, engullidos por una literatura que se los comía en su sufrimiento a cambio de la nada más absoluta. A esos mil y un autores que son infinitos y que con el tiempo serán todos, sólo les queda una breve reseña de un amigo en internet o algunos ejemplares en las casposas estanterías de sus familiares. 

Sin embargo, aun conociendo de cerca la ingratitud de la literatura con los creadores, que expolia de la vida a casi todos de forma inmisericorde, de vez en cuando no tengo más remedio que volver al café Gijón, Lejos de buscar literatos me conformo con el sol, con una vista de perfil al Paseo de Recoletos y con evocar los recuerdos de la primera noche que llegué al Café Gijón. Eso sí, Umbral, llevo atravesada por tu culpa a media generación del 98; y además, Umbral, he comprendido lo que muchos no comprenden jamás, que no se queda por una ideas, por unos argumentos, por unas obras ni por unos personajes. Se queda en la Literatura, más modestamente, por una voz.

domingo, 28 de mayo de 2017

LA VERDADERA HISTORIA DE LA MUERTE DE FRANCISCO FRANCO, MAX AUB


Debo a Max Aub haber conocido a dos personajes muy peculiares: Ignacio Jurado Martínez, asesino de Franco, y a Josep Torres Campalans, pintor modernista, que pocas veces se dejó ver; pero que expuso en los años sesenta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y, recientemente, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Esta semana pasada, en el Instituto Cervantes, me encontré con Max Aub y sus confundibles e inconfundibles historias; eso tiene recibir invitaciones a deshora, y acudir sin vergüenza.

En México D.F, en la calle 5 de mayo, hay un café en el que trabajó durante un tiempo Ignacio Jurado Martínez, natural de El Cómichi, congregación del municipio de Arizpe. Este hombre, humilde y sencillo, que  empezó ganándose la vida de bolero en Guadalajara, lustrando los zapatos de los clientes, hasta que con su vocación a cuestas terminó trabajando de camarero entre las mesas del café Español, sito en la avenida 5 de mayo de la capital, fue rescatado del más injusto olvido por el escritor Max Aub. Ser mozo de café es prestar servicios, no famulato; dependencia, no esclavitud; tiénese ocasión de ofrecer, indicar, recomendar, reconocer; lazarillo de gustos ajenos; factótum, no lacayo; maestresala, copero, no mono; camarero, no siervo ni siquiera apellidando libertad. Un mesero tiene personalidad, mayor con los años si cuenta con parroquia fija, más ligada ésta a la costumbre que el servidor Sólo el peluquero se le puede comparar, y no en la asistencia, menos frecuente.


¿Pero qué tiene de particular este hombre  más bien bajito, de nacionalidad mexicana,  pequeño, hirsuto, canicas de obsidiana los ojos vivísimos; barba cerrada, magro, tirando a cobrizo, limpio a medias, los dientes muy blancos de por sí y de no fumar, seguro de su importancia, de llevar a cabo sus funciones con perfección? 

Pues la particularidad de Ignacio Jurado Martínez, mexicano de El Cómichi y que trabajaba como mesero en un bar de la capital mexicana, fue que su tranquilo bar, con conversaciones serenas, pausadas; Téllez renuncia la semana que viene; El 1 de septiembre, Casas será nombrado embajador en Honduras; Ruiz pasa a Economía; Desaforarán a Henríquez; Luis Ch. es el futuro gobernador de Coahuila; de pronto se le llenó de inmigrantes y refugiados españoles, con más hambre que vergüenza y que llegaron, derrotados, como una plaga a México desde España para recuperar unas vidas que la guerra les arrebató, jodidos españoles, ahora andan como refugiados por todos lados; Varió, ante todo, el tono: en general, antes, nadie alzaba la voz y la paciencia del cliente estaba a la medida del ritmo del servicio. Los refugiados, que llenan el café de la mañana a la noche, sin otro quehacer visible, atruenan: palmadas violentas para llamar al «camarero», psts, oigas estentóreos, protestas, gritos desaforados, inacabables discusiones en alta voz, reniegos, palabras inimaginables públicamente para oídos vernáculos. Nacho, de buenas a primeras, pensó regresar a Guadalajara. Pudo más su afición al oficio; pero cuando no pudo más, la situación le llevó a tomar una seria decisión: matar a Francisco Franco. A ver si vuelven a España esos jodidos españoles, que no paran de discutir en el bar entre ellos y que han llenado de lodo a la gente tranquila de México.

-Cuando tomamos la Muela...
-Cuando yo, al frente de mi compañía...

De la compañía, del regimiento, de la brigada, del cuerpo de ejército... Todos héroes. Todos seguros de que, a los seis meses, regresarían a su país, ascendidos. A menos que empezaran a echarse la culpa, unos a otros:

-Si no es porque la 47 empezó a chaquetear
-Si no es porque los catalanes no quisieron...
-¡Qué carajo ni que coño!
-Si no es porque Prieto...
-Cuando atacamos la Muela...

-En Brunete, cuando yo...
-¡Qué joder!
-Si no es porque los comunistas...
-¡No, hombre!
-¡Mira ése!
-¿Qué te has creído?
-Ese hijo de puta...
- Cuando caiga Franco...
- Cuando caiga Franco...
- Cuando caiga Franco...

"Ya está bien joder, me voy a matar a Franco, ya que ellos no tienen redaños para hacerlo, a ver si vuelven a España, todos estos desharrapados vocingleros", cuenta alguien que gritó Nacho Jurado cuando los autóctonos desaparecieron del local para no volver.

Y allá que marchó para España Ignacio Jurado Martínez con un pasaporte falso que le prestó un amigo de Puerto Rico que se le parecía y que le debía unos favores. El 20 de febrero de 1959 tomó vacaciones por primera vez en su vida y el 2 de junio embarcó en un vuelo de Iberia rumbo a España para terminar alojándose en una pensión de la Carrera de San Jerónimo, como ciudadano norteamericano, con la única finalidad de matar a Franco y que los inmigrantes españoles volvieran a su país y dejaran su bar con la tranquilidad de antaño. Nacho Jurado no hizo nada para preparar el atentado; tenía la convicción de que todo saldría como se lo proponía.

Las cosas, desde  luego, siguieron su curso, y casi sin querer un 18 de julio de 1959 consiguió su propósito y mató al Caudillo. Max Aub detalla la historia con los matices, substancias y circunstancias que lo delataban como escritor y como creador del moderno teatro en España; y la adorna con los argumentos de alguien que primero fue alemán, luego francés, luego español y luego mexicano; que sobrevivió a una acusación falsa; Si yo nunca he sido comunista carajo; que lo envió a dos campos de concentración en Francia y en Argelia; y que consiguió sortear la muerte en el desierto con la ayuda de un lápiz y un papel.

"Con Franco muerto, seguramente, volverán a España todos los inmigrantes españoles que están en México", se dijo Ignacio Jurado Martínez. Y para borrar las huellas de su magnicidio decidió viajar por Europa antes de regresar a su querido bar de México D.F. Sí que lo hizo bien el puñetero. Todo el mundo sabe lo que pasó en España: formación del Directorio Militar bajo la presidencia del general González Tejada; el pronunciamiento del general López Alba, en Cáceres; la proclamación de la Monarquía, su rápido derrumbamiento; el advenimiento de la Tercera República.

Ignacio Jurado Martínez decidió darse tiempo antes de regresar a México, un tiempo que devolvería a los refugiados a sus lares; A ver si ahora, con la III República, se dejan de vocear unos a otros, de culpabilizar de todos los males de España, y sobre todo, vuelven a su puñetera casa.

Después de todo ese tiempo, Nacho Jurado volvió a México y volvió a su bar, pensando que tan sólo habría mexicanos hablando de sus cosas y que los refugiados españoles habían vuelto a su patria. Nada más poner un pie en el bar se dio cuenta que esos tipos de las Españas no tenían remedio, y se fue haciendo cada vez más pequeño mientras oía:

-Cuando yo...
-Al carajo.
-¿Eras de la Falange o no?
-Cuando entramos en Bilbao...
-Allí estaba yo.
-¡Qué joder!
-¡Qué joder ni qué no joder!

Los refugiados ahora eran los otros con las mismas malas costumbres, las mismas voces y el mismo deseo de que llegara lo antes posible la muerte de alguien. Eso sí, lo que no estaba dispuesto a hacer él ahora era acabar con el presidente de la III República para ver si estos refugiados de ahora que tanto hablaban de Franco volvían a España. porque siempre hay españoles que no caben en su país. ¡Carajo!

- El café es el lugar ideal del hombre. Lo que más se parece al paraíso. ¿Y qué tienen que hacer los españoles en él? ¿O en México? Sus ces serruchan el aire; todo este aserrín que hay por el suelo, a ellos se debe. Un café, como debiera ser: sin ruido, los meseros deslizándose, los clientes silenciosos: todos viendo la televisión, sin necesidad de preguntarles: -¿Qué le sirvo? Se sabe de antemano, por el aspecto, el traje, la corbata, la hora, el brillo de los zapatos, las uñas. Las uñas son lo más importante.


domingo, 14 de mayo de 2017

LOS CÍNICOS NO SIRVEN PARA ESTE OFICIO, RYSZARD KAPUSCINSKI


Los libros están por todas partes, nos persiguen con la paciencia de una trampa dormida, aguardan nuestra llegada con la seguridad de una amante consciente de su belleza y sus secretos, y anidan en cualquier lugar atravesando mágicos portales de tiempo y espacio. Los libros están por todas partes, ocultando celosos nuestro destino.

Buscando la Edad Media, sus castillos, los crímenes y traiciones reales y la feroz servidumbre al señorío y al poder de la cruz, cabalgamos desde Valladolid hasta Urueña. Entramos en la villa fortificada por la puerta sur, no sin antes descansar bajo la cruz de la ermita de la Anunciada, ejemplo del románico lombardo y de la imposible atadura del arte en el espacio y en el tiempo, sin cadenas que lo retengan ni muros posibles que lo aislen: hoy para entender dónde vamos no hace falta fijarse en la política, sino en el arte el que, con gran anticipación y claridad ha indicado qué rumbo estaba tomando el mundo y las grandes transformaciones que se preparaban. Es más útil entrar en un museo que hablar con cien políticos profesionales. Como el arte postmoderno nos enseña, quizá podríamos darnos cuenta de que hay espacio para todos y que nadie tiene más derecho de ciudadanía que los demás.

Entramos a Urueña por la puerta de la villa, que se alimenta del viento norte, buscando ese tiempo medieval, oscuro, de clases y estamentos injustos, que en el presente se oculta entre murallas dormidas, torreones, saeteras y rastrillos; sabiendo que ni la pobreza ni la opresión pertenecen al orden natural de las cosas, pero nada más entrar comprobamos que las palabras, que circulan libremente, palabras clandestinas, rebeldes, palabras que no van vestidas de uniforme de gala, desprovistas del sello oficial, terror de los tiranos, instrumento de revuelta y de lucha contra las cuales las armas del poder se revelan de repente completamente ineficaces, esas palabras, en Urueña, estaban pintadas en las paredes de sus casas, y en los libros que se asomaban vivos y eficaces por todas las librerías que respiraban conciencia y palabra en cada calle de Urueña.

Como las palabras estaban por todas partes, más vivas que las piedras, decidimos, antes de viajar a la Edad Media atravesando fuertes y fronteras, entrar en las librerías que emboscadas entre las paredes de mampostería de las viejas casas, de trecho en trecho y en silencio, enseñaban discretamente algunos de sus brillos, de repente observé que la Primera Página me estaba esperando. Primera Página es una librería especializada en Periodismo, con dos pasillos muy estrechos llenos de libros que te asediaban sin tregua. Anduve hojeando esa clase de libros que saltan de las estanterías a las manos, sin consideración ni pausa, hasta que me tropecé, sobre una vieja máquina de escribir, con un antiguo conocido de mis viajes por África y por Oriente Medio, Ryszard Kapucinski, ese periodista incómodo que sabe que no hay periodismo posible al margen de la relación con otros seres humanos, y que para ejercer el periodismo hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos, la única forma de comprender a los demás.

Cuando veo un libro de Kapucinski, es tal la tentación de leerlo que no puedo evitar hacerme con él, así que lo compré. Al fondo, escribiendo sobre una mesa, la dueña de la librería me atendió. Al cobrármelo, me dio como propina la pequeña historia de todos aquellos libros: sí, yo soy periodista, soy de Bilbao y mi marido y yo decidimos venirnos aquí a montar esta librería; hacemos también el periódico, escribimos, todo alrededor del libro y del periodismo. El periodismo..., pienso, y releo a Kapucinski: En la segunda mitad del siglo XX en estos últimos años, tras el fin de la guerra fría, con la revolución de la electrónica y la comunicación, el mundo de los negocios descubre de repente que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante: que lo que cuenta en la información es el espectáculo. Y una vez que hemos creado la información espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella. Tal vez el verdadero periodismo viva tras las murallas de Urueña.

Seguimos andando y descubrimos más librerías, tantas, que creímos que la Biblioteca de Alejandría no fue incendiada tras la conquista de César sino que ligeras naves Tartessas de velas triangulares que ceñían los vientos por ambos costados trajeron todos sus volúmenes hasta las costas gaditanas y lentos carros tirados por bueyes los pusieron a buen recaudo en la meseta. En algunas librerías podías leer como si estuvieras en tu casa; en otras soñabas con afrutados vinos y manjares; en otras te sumergías en el juego de la caligrafía y de sus mágicas formas que renacerá cuando volvamos a abrazar la paleografía y sus secretos; en otras soñabas y soñabas; sabiendo que también se escribe por razones éticas: sobre todo porque los pobres suelen ser silenciosos. La pobreza no llora. La pobreza no tiene voz. La pobreza sufre, pero sufre en silencio. encontraréis situaciones de rebeldía sólo cuando la gente pobre alberga alguna esperanza. Entonces se rebela. Pero el componente de la esperanza es fundamental para que la gente reaccione. En las situaciones de pobreza perenne, la característica principal es la falta de esperanza. Si eres un pobre agricultor en un pueblo perdido de la India, para ti no hay esperanza. La gente lo sabe perfectamente. Lo sabe desde tiempos inmemoriales.

Seguimos andando y visitando las librerías, como si fueran nuestra casa, leyendo en sus ventanas y en sus paredes; de las que brotaban palabras e historias; que para eso se descubrió la piedra, el papiro, el pergamino, el papel o el ordenador para llenarlos de palabras y de vida; tal como encontramos las librerías de Urueña: Primera Página, Páramo, El Rincón del Ábrego, La Boutique del Cuento, Alcaraván, Efímeros Pluscuam(Im)perfectos, Alcuino Caligrafía & Arte, El Grifilm, Librería Enoteca Museo del Vino, Más Libros & Libros, TF Librería y el Taller de Encuadernación, llenas de palabras y de vida; y de murallas y de Edad Media y de sueños, que de eso están cubiertos y llenos los libros.










domingo, 7 de mayo de 2017

LA BUENA TIERRA, PEARL S. BUCK

El anciano dejó que sus escasas lágrimas se le secaran en las mejillas, donde dejaron unas manchitas saladas. Y luego se bajó, y cogiendo un puñado de tierra la retuvo en la mano.

He sido un turista accidental en muchos lugares, y en esas ocasiones siempre tuve la sensación de que nunca llegué a poner un pie en aquel sitio; pero a otros lugares he viajado con el corazón que es la única forma verdadera de viajar. Ese destino, siempre incapaz de prever el futuro y que mueve sin responsabilidad los hilos de las personas, me llevó a China, uniendo con un invisible hilo rojo mi vida a una tierra desconocida y lejana por donde el sol decide cada mañana nacer.

Cuando se acercaba la fecha de mi viaje a China, y como suelo hacer, me agencié unos libros que hablaran de aquel país de ese lejano Oriente, que los latinos derivaron del verbo orīri, nacer, y Borges lo derivó de la palabra aurum, oro: el lugar donde nace la luz, donde nace el oro. Y allá que me fui, no sin antes coger de las estanterías de casa de mis padres un volumen de obras de Pearl S. Buck publicado por la Editorial Mundo Actual de Ediciones de la colección Biblioteca del Siglo XX y que siempre anduvieron en la estantería de mimbre de la antesala, sin que yo les hiciera mucho caso: La Buena Tierra, Viento del Este, Viento del Oeste; y La Estirpe del Dragón.


Así que durante los largos viajes en tren que tuve que hacer antes de volar a Sichuan, puse mis pies en China de la mano de aquella hija de pastores presbiterianos que marcharon de misioneros a Chinkiang a finales del siglo XIX: De la tierra salimos y a la tierra hemos de ir..., y si sabéis conservar vuestra tierra, podréis vivir..., nadie puede robaros la tierra...; pero Wang Lu estaba equivocado; sólo quien ha vivido la tierra quiere conservar la tierra, sólo quien ha sufrido la tierra quiere volver a la tierra; y esas dos generaciones que Tocqueville, en su lejano Occidente, enumera para que la riqueza vuelva a repartirse mediante la multiplicación de herederos que abandonan la tierra, son las que necesita la familia de Wang Lu para deshacerse de la tierra de la que nacieron, que les dio a partes iguales la pobreza y la hambruna; la riqueza y la prosperidad.

- Estad tranquilo, padre nuestro, estad tranquilo. La tierra no se venderá.
Pero, por encima de la cabeza del anciano, se miraron y sonrieron.

No me faltaron razones para sufrir la dureza de la vida de un campesino pobre que labra su trozo de tierra, porque el aire y la tierra estaban llenos de espíritus malignos que no podían sufrir la felicidad de los mortales, especialmente de los pobres; no me faltaron razones para vivir con el personaje de alma más profunda de toda la historia, O-Lan, la esposa de Wang Lu: a Wang Lu lo mortificaba que la esclava no hubiera de ser bonita. Le habría gustado una linda esposa. Al menos, no quiero una mujer picada de viruelas, le dijo a su padre. O-Lan era una esclava de la Casa Grande y que Wang Lu compra, no posee más dinero, para él poder levantarse un poco más tarde y tener muchos hijos que le ayuden a sacar la sangre de la tierra, y ella cumple con creces, ¡hijos cada año, la casa estaba habitada por la buena suerte!, como una esclava ahora de su marido, esclava de un esclavo, dándole hijos y volviendo al trabajo del campo después de cada parto, sola, en su habitación, marcada en la sumisión pero con su pequeña dosis de orgullo: Cuando yo vuelva a esa Casa, será con mi hijo en los brazos. Y mi hijo llevará una túnica roja y pantalones rojos floreados, un sombrero pequeño con un Buda cosido al frente, y en los pies unos zapatos atigrados. y yo llevaré zapatos nuevos y una túnica nueva de satén negro, y entraré en la cocina donde pasé mi vida, y en el salón donde está sentada la anciana con su opio, y mostraré mi hijo a los ojos de todos. Es O-Lan quien trae la riqueza a la casa de Wang Lu, en una escena prodigiosa de sufrimiento y valor, pero con la opulencia, no se dará cuenta de que traerá todos sus vicios; pero así es el alma humana con riqueza o sin ella en Oriente o en Occidente, siempre es difícil volver a la tierra.


Pearl S. Buck muestra la sociedad china, anterior a la Revolución de Mao, en La Buena Tierra, esa sociedad cerrada, con el huracán de la pobreza rondando la casa de los campesinos, con lluvias o sin ellas, donde el hombre y, sobre todo, la mujer son la pieza de cambio de los pobres; y la esclavitud su única salida:

Cuando los ricos son demasiado ricos hay recursos, y cuando los pobres son demasiado pobres hay recursos. el invierno pasado vendimos dos niñas y pudimos resistirlo, y este invierno, si la criatura que lleva mi mujer en el vientre es una niña la venderemos también. No he conservado más que una esclava: la primera. Cuando los ricos son demasiado ricos hay otro recurso, y si no me equivoco no ha de pasar mucho tiempo sin que se acuda a él. Esto escuchaba Wang Lu de boca de otro esclavo que durante la hambruna había perdido sus tierras y, como él, trabajaba para los Señores de la Casa Grande. Y Wang Lu no lograba comprender a qué podía referirse aquel hombre cuando decía: "Hay un recurso cuando los ricos son demasiado ricos". Tal vez, Pearl S. Buck anticipó, con veinte años de antelación, con ese don profético que a veces muestran los escritores, la revolución de Mao; y ese recurso, con el que cuentan los pobres cuando son demasiado pobres y los ricos demasiado ricos, fuese la revolución. Sólo Perla lo sabe.

Yo viajé a China de la mano de ese hilo rojo que une a las personas para siempre, sin importar si salieron directamente de la tierra o de un vientre de mujer. Yo, sin ir más lejos, salí del mar, pero el hilo rojo me unió para siempre con una tierra lejana donde duermen los sueños y donde nace el sol. Aunque ahora cada mañana el sol nace aquí cuando abre sus ojos la lluvia que trae todos los deseos: Yu Yuan.









sábado, 29 de abril de 2017

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, EN LA HABANA CON LEONARDO PADURA


Viajé a Cuba antes de conocer a Leonardo Padura; así que perdí en aquella ocasión la oportunidad de visitar La Vieja Habana acompañado por un cicerone excepcional.

Para leer durante esos días decidí meter en la mochila los Versos Sencillos de José Martí, El Viejo y el Mar de Hemingway, El Siglo de las Luces de Carpentier y Paradiso de José Lezama Lima; pero como la Literatura la carga el diablo, justo el día antes de salir, una amiga, de las que te aconsejan libros para dejarte en la más grande de las incertidumbres, me dijo que antes de ir a La Habana convendría haber leído al Padura y sus novelas de Mario Conde; ya que es la mejor manera de conocer el barrio de la Víbora y de Mantilla revenido en metáfora, alumbramiento y literatura de toda la Habana.

En el aeropuerto no dejé pasar la ocasión de ir a la tienda de revistas y libros que los despistados de última hora visitan antes de coger el avión; y con las prisas, pensando que la fortuna literaria me había tocado con su dedo, agarré el primer libro de Padura que vi y que ocupaba un lugar de excepción sobre la estantería que abría la tienda. Traté de localizar otro libro de Padura que no fuera ése, porque el que tenía en las manos, editado por Tusquets, era un volumen de más de 600 páginas y yo no tenía más que diez horas de vuelo antes de pisar a La Habana. Ni me fijé que ese libro no formaba parte de la famosa serie Mario Conde. Como no encontré otro me llevé el grueso volumen.

Así que embarqué, rumbo a Cuba, para buscar sin saberlo al Hombre que Amaba a los Perros, que no era un sólo hombre, ni dos, sino tres; tres historias, tres voces, tres novelas que se van urdiendo por la mano maestra del hombre de La Habana que vive en el barrio de Mantilla:

1.- La primera, la del joven cubano Iván Cárdenas, aspirante a escritor, que cuenta cómo asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios y la paralización del transporte -entre otros muchos males-, Ana y yo vivimos un periodo de éxtasis. Nuestras respectivas delgadeces, potenciadas por los largos desplazamientos en las bicicletas chinas que nos habían vendido en nuestros centros de trabajo, nos convirtieron en seres casi etéreos, una nueva especie de mutantes, capaces no obstante, de dedicar nuestras últimas energías a hacer el amor, a conversar por horas y a leer como condenados -Ana poesía, yo después de mucho tiempo sin hacerlo, otra vez novelas. Fueron años como irreales, vividos en un país oscuro y lento.

2.- La segunda novela, la del líder socialista ruso Leon Trosky, perseguido por la misma maquinaria asesina stalinista que él también ayudó a su manera a construir, y que en vez de llevarme a Cuba, me hizo viajar de Rusia a Turquía, de Turquía a Francia, de Francia a Noruega y de Noruega a México donde le esperaba un piolet o un zapapico, que lo mismo da, que da lo mismo, para ser incrustado en el cráneo. Natalia Sedova, las manos sobre la mesa de madera basta, lo miraba, petrificada por el peso de la decisión que los condenaba no ya a morir de frío en un rincón del país, sino a tomar el camino de un exilio que se presentaba como una nube oscura. ¿Desterrado el líder que movió las conciencias del país en 1905, el que había hecho triunfar el levantamiento de octubre de 1917 y había creado un ejército en medio del caos y salvado la Revolución en los años de las invasiones imperialistas y la guerra civil?

3.- Y la tercera historia, la de Ramón Mercader del Río, convertido en un súbdito criminal de una causa que se ha ido evaporando a la vez que se evapora el tiempo; un tiempo que terminó creando un paraíso apoyándose en todo lo humanamente vil. Ese Ramón Mercader que el Padura nos presenta desde sus inicios en la Guerra Civil Española en el frente de Guadarrama, cuando su madre, la indómita y desquiciada Caridad del Río y los soldados de Stalin, lo enredan en la misión que cambiará la historia del mundo y de la clase trabajadora, el asesinato de Lev Davídovich Bronstein, Trosky; el hombre que creyó alguna vez que podía frenar la burocracia comunista que convirtió la mitad del mundo en una cárcel. Ramón había ido puro y lleno de fervor (Leonid dixit) al altar de los sacrficios, para descubrir o ratificar que, entre los muchos estafados, él tenía cierto derecho de prioridad, como en las colas de los comercios: su acción lo distinguía en la pista infinita de aquel circo donde tanto habían resonado los látigos y tantas veces habían bailado los payasos, con sus sonrisas congeladas.

Leonardo Padura me llevó, con mano maestra, por Cuba, la Unión Soviética, España, Francia, Turquía y México, de la mano de un par de Borzois; y me alegro de haber cogido en la tienda del aeropuerto ese libro que en vez de por las calles de La Vieja Habana me ha arrastrado por la psicología y las experiencias, trágicas como el siglo XX, de los personajes de la novela

Los grandes escritores, y Padura lo es, nos llenan la conciencia de preguntas en la realidad o la ficción que nadie es capaz de responder y continuaran en el aire para siempre, al igual que volaban en una conversación entre asesinos en una oscura casa del barrio moscovita de Goliánovo:

- Stalin mandó construir Goliánovo después de la guerra. Como siempre dio un plazo para terminar los edificios, sin que importara mucho cómo quedaran -dijo Eitingon. Pero si los departamentos son pequeños y feos, la culpa claro, es del imperialismo, que también es responsable de que los zapatos soviéticos sean tan duros y la pasta de dientes irrite las encías.

- Y al futuro llegaste....-dijo Eitingon- Occidente es el pasado decadente. Y lo más jodido es que es cierto. El capitalismo ya dio todo lo que podía dar de sí. Pero también es cierto que si el futuro es como Goliánovo, la gente va a preferir por mucho tiempo la decadencia con desodorante y automóviles de verdad. El mundo está en el fondo de una trampa y lo terrible es que nosotros perdimos la oportunidad de salvarlo. ¿Sabes cuál es la única solución?
  
Jodido Padura, y ahora, ¿qué hacemos?, sabiendo que entre las pocas cosas que repartidas siempre tocan a más, están el dolor y la miseria.




sábado, 8 de abril de 2017

¡QUÉ RARO QUE ME LLAME FEDERICO!



Nada más lejano a los sentidos que la memoria, ni nada más cercano al espíritu que los recuerdos. La memoria te trae alguna voz, alguna borrosa imagen que desaparece rápido en el aire, y muchas lagunas que suelen ser confundidas con el olvido. Los recuerdos, sin embargo, tienen una forma definida que nuestra razón terminará por dominar, engañándose a sí misma para que el alma pueda sobrellevar los errores, que nos persiguen a veces con fiereza, y todo el daño ajeno o propio que hemos provocado.

Esta mañana recibí unas fotos de Bosnia, que le pedí a un amigo que anduvo conmigo aquellos años por allí, ya que estoy metido en una engorrosa faena literaria sobre aquella guerra. Venían acompañadas con unas escuetas letras que decían: Te mando las fotos de Bosnia; rebuscando he encontrado otras que son para ti.

Nada más ver la primera me he sorprendido, porque no recordaba el momento en que se tomó la fotografía. Debía ser cuando las rosas huían por los filos de las últimas curvas del aire. Nada de ese tiempo conseguía venirme a la memoria; ni un pequeñísimo recuerdo. Sin embargo, puedo acotar razones y circunstancias en función de lo que veo. En ella, en una nave de literas estamos Arcadio, pocos nombres tan literarios como éste; el Trosky, que sigue siendo un hombre que ama a los perros en los libros de Padura; y yo, que sujeto con mi mano izquierda un libro de poemas de la editorial austral, y que posiblemente me acompañara en mis días por la montaña. Ya no recordaba lo que leía en aquellos tiempos. Me ha parecido una foto muy literaria porque me escoltan esos nombres de libro y yo, que para no desentonar, llevo uno en las manos. La fotografía debió tomarse hace treinta y un años por los uniformes que vestimos; y el lugar debe de ser Candanchú en el Pirineo aragonés donde andábamos realizando unas prácticas en montaña.

He intentado adivinar qué libro era el que me acompañaba en aquel momento y me he acercado a mi pequeña biblioteca buscando volúmenes de aquellos tiempos; y he encontrado dos, uno de los cuales puede ser el que sostengo en la mano izquierda.

Aquel año, 1986, aparte de bucear medio asfixiado en el álgebra, de la que sólo me atraía su pasado árabe, el cálculo, alejado de mí en los volúmenes y en las formas, la física, que me atraía porque me acercaba a la concepción del mundo, la electrónica, que nunca entendí, la informática que andaba brotando de la nada, o los motores, tan alejados de la sonoridad de los versos, sé que lo dediqué a leer a los poetas de la generación del 27. Tuve la suerte de que en la biblioteca que había en la Academia de Zaragoza, donde se daba un continuo intercambio de volúmenes con aires de trapicheo, y que estaba muy cerquita de mi camareta, tenían prácticamente la obra completa de casi todos ellos. Allí leí a Emilio Prados, a Altolaguirre, me acogí a la realidad y el deseo de Cernuda como el que se acoge a asilo en sagrado, releí el canto de siempre de Alberti, recuperé la voz, a ti debida, de Salinas y me encontré con un Miguel Hernández, cabrero, por todos los montes por los que andaba, que se juntó con los del 27 por pura cercanía de estanterías bibliófilas. 

Yo había empezado, hacía mucho tiempo, como no podía ser de otra manera con Federico García Lorca, leyendo los poemas en los que ejerce de andaluz profesional, como alguna vez con retintineo lo llamó Borges. 

Durante mis días de oposiciones me había aprendido casi de memoria el Libro de Poemas, el Romancero Gitano y el Poema del Cante Jondo. Pero ese año en la Academia, descubrí al Lorca de Poeta en Nueva York, del Llanto y del Diván del Tamarit; y de su teatro redondo como sortijas; y abandoné, no sin desconsuelo, al andaluz profesional, para embarcarme en esa generación del 27 que sin abandonar la tradición, volteaba la poesía y sus formas para entregarnos ese otro don sin el cual no se entendería toda la obra poética del siglo XX. Una pena que yo llegara tarde a la celebración del centenario de Góngora en el Alfonso XIII.

Aquel tiempo fue el tiempo de mi gran enemistad con los Rosales; pero yo estaba muy equivocado y me sacó de mi error el enorme poeta que fue Félix Grande. ¿Sabes, Luis, que murió hace tiempo Ramón Ruiz Alonso?; y Luis Rosales le contesta: "Pobrecito".

Ramón Ruiz Alonso, Juan Trescastro y Federico Martín Lagos y, aparte, ese Juan Valdés Guzmán se dirigen a casa de los Rosales en Granada, a la casa encendida, donde puedo decir que no nos equivocamos en nada salvo en lo que más quería; sacan de ella al poeta y lo que ocurre luego es una historia conocida. Asesinado por el cielo, entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal.

Años después, los libros de ese poeta los encuentra un cadete en la biblioteca de la Academia donde estudia y se hace una foto con uno de ellos durante unas prácticas en montaña.

Una foto que no recuerda que se hizo y que le envía, pasados mil años, un amigo, de esos que son para siempre, aunque nunca se vean; y  treinta y un años más tarde, mira esa fotografía con agrado y se inventa todo cuanto sentía en ese momento.

Busca otras fotos de entonces y sigue inventando su pasado: ¡Qué raro que yo me llame Federico!; aunque aquello fue en un tiempo en que como Hemingway éramos muy jóvenes, muy pobres y muy felices.