domingo, 4 de junio de 2017

LA NOCHE QUE LLEGUÉ AL CAFÉ GIJÓN, FRANCISCO UMBRAL


Cuando llegué a Madrid, por primera vez, no era una ciudad tomada por la literatura, minada de cuevas literarias y vocaciones obstinadas; ¡que va! Me fui a vivir inicialmente a una pensión que estaba situada en una pequeña calle perpendicular a la Avenida Cardenal Herrera Oria, y en una habitación triple dormíamos dos señores muy educados; de unos cincuenta años, que trabajaban temporalmente en Madrid, uno camionero, otro albañil; y yo. Solíamos cenar juntos de medios menús en un restaurante, por llamarlo de alguna manera, cercano a la pensión. No había para más.

Para mí, un joven de dieciocho años, que salía por primera vez de la Argónida a preparar unas oposiciones con un exceso de asignaturas de ciencias, Madrid fue un pequeño purgatorio, saneado con leves escapadas al Gijón. Yo conocí el café Gijón gracias a Francisco Umbral y entré por primera vez en él un domingo de noviembre de 1982, fundamentalmente por ver si me encontraba con Catherine Bassetti.

"Vete mejor a Malasaña", me decían mis compañeros de preparatoria, "ahí es donde está la movida". Nunca fui a Malasaña. Eso me perdí. Uno no había descubierto todavía que vale más el amor de una chica de droguería, con su riqueza de perfumes, que la posteridad de Cervantes incluso. Son esas cosas que uno aprende con el tiempo y que el tiempo no lo ayudará nunca a recuperar, porque ¿qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría de vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena, ¿verdad, Sábato? Yo, desde luego, no encontré un café Gijón, tal como lo esperaba, con su lodo de resaca humana que lo convertía en el barracón de los vencidos, como un pabellón de reposo para los convalecientes de la derrota; al contrario, allí apenas se hablaba de literatura, (tal vez me equivocaría en las horas de llegada o de salida); y todos esos escritores, que terminarían sus días sin nombre, yo nos lo adivinaba entre las mesas.

No adiviné donde estaba Prado Nogueira, ese coronel de Intendencia con pinta oscura, sin necesidad de la noche, y que fue Premio Nacional de Poesía porque decidió abandonar los halagos de la forma para hacer una poesía más humana; ni vislumbré a Dolores Medio, Premio Nadal, vestida en esos momentos de fama y gafas negras que tuvo que volver a su pueblo y a su trabajo como maestra; ni a María Alfaro; ni a Enrique Azcoaga; ni a ese Eladio Cabañero, el del Recordatorio del que nadie se acuerda; ni me pareció ver a García Pavón; ni a Carlos Oroza que contaba historias familiares confusas, como yo; ni el dandismo cómico de Guillermo Marín; ni a Luis Trabazo, escritor y pintor, de poca estatura y calva grande, que dicen que un día en el silencio del café soltó: Un día voy a escribir yo un artículo que se va a acabar esa coña de Ortega. Ni al hijo de Torrente Ballester, Gonzalo Torrente Malvido, siempre acompañado de mujeres guapas y con fama de bohemio, mujeriego y de vida disoluta, que dejó escrita alguna página que no merece el olvido.

Tampoco vi a Juan Antonio de Zunzunegui, ese novelista sano y galdosiano para lo real, que fue el único de los intelectuales oficiales que junto a Menéndez Pidal le echó coraje y le plantó cara a Franco, públicamente en el referéndum del sesenta y seis; y no me extrañaría que fuese familia, por lo del coraje, de ese coronel amigo mío, víctima de mis cafés literarios matutinos durante tantos años, también apellidado De Zunzunegui que ahora anda mandando Regimiento. 

Tampoco vi a las actrices del Gijón que se habrían mudado a Malasaña con Almodóvar y su movida; ni a las modelos que se mudaron a los pubs cercanos al Bernabéu; ni vislumbré siquiera a esos mil y un autores que pasaban sus días en el Gijón, quemando sus vidas como suicidas en el arte de la escritura, engullidos por una literatura que se los comía en su sufrimiento a cambio de la nada más absoluta. A esos mil y un autores que son infinitos y que con el tiempo serán todos, sólo les queda una breve reseña de un amigo en internet o algunos ejemplares en las casposas estanterías de sus familiares. 

Sin embargo, aun conociendo de cerca la ingratitud de la literatura con los creadores, que expolia de la vida a casi todos de forma inmisericorde, de vez en cuando no tengo más remedio que volver al café Gijón, Lejos de buscar literatos me conformo con el sol, con una vista de perfil al Paseo de Recoletos y con evocar los recuerdos de la primera noche que llegué al Café Gijón. Eso sí, Umbral, llevo atravesada por tu culpa a media generación del 98; y además, Umbral, he comprendido lo que muchos no comprenden jamás, que no se queda por una ideas, por unos argumentos, por unas obras ni por unos personajes. Se queda en la Literatura, más modestamente, por una voz.

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