domingo, 4 de abril de 2021

EN 1984, CON ORWELL CUANDO DOS MÁS DOS SON CINCO

Para llegar a 1984, hay que pasar sin duda por la Guerra Civil española. Para llegar a 1984, hay que vivir en Cataluña esas luchas intestinas que se llevaron por delante a camaradas y hermanos que combatían en el mismo bando, pero en distintas revoluciones.

Para llegar a 1984 hay que ser consciente de que lo que opinen o dejen de opinar las masas se considera falto de importancia, con la seguridad de que a las masas se les puede conceder la libertad intelectual porque carecen de intelecto. 

Para llegar a 1984 hay que darse cuenta de que la esencia del gobierno oligárquico no es la herencia de padres a hijos, sino la persistencia de cierta visión del mundo y cierto modo de vida. Para llegar a 1984, hay que ir con Andreu Nin a Moscú para contemplar la nueva sociedad oscura que llevará al ser humano camino del no ser. Para llegar a 1984, hay que decidir entre la CNT y el POUM; y ver cómo los incautos prefieren perder la guerra, quemando absurdamente todas las revoluciones, a ganarla aunque sea en la cautividad de una disciplina necesaria.

Para llegar a 1984, antes hay que haberle visto la cara, en una pesadilla, al Gran Hermano. Para llegar a 1984, antes hay que haber visto el infierno en la guerra de España o en la India o en la Europa devastada por la dulce guerra. Esa dulce bellum inexpertis.

Para llegar a 1984 hay que haber aprendido que no hay revolución que no se la coma el alma humana.  Hay que haber aprendido a base de heridas y dolores, que la estructura esencial de la sociedad no se ha modificado nunca. Incluso después de enormes revueltas y de cambiar en apariencia irrevocable, ha vuelto a establecerse el mismo orden. Y es que la clase baja nunca consigue ni siquiera de forma temporal sus objetivos. Porque nunca esa clase será quien porte el duro altavoz, ni la imprenta y, mucho menos, llevará la contabilidad financiera de ninguna revolución, tan sólo será la carne de cañón para aquellos a los que siguen y que, sin duda, van a traicionarlos. 

Además, esa gente tan simple sólo lucha por las cosas, por la banal posesión de cosas, cuando cualquier mente medianamente preparada sabe que el verdadero poder, el poder por el que las clases dirigentes luchan noche y día, no es el poder sobre las cosas, sino sobre las personas.

Pues parece que ya hemos llegado, año 2021, por fin ya estamos en 1984, año Orwell, si con la invención de la imprenta, el cine, la radio y la televisión comenzó el principio del fin; con las redes sociales y los teléfonos móviles han sido aniquiladas la libertad y la vida privada. Ya saben, todo de todos, sometiéndonos a la propaganda oficial y al cambio de pensamiento.

Por fin, 1984 ya está aquí, y todo lo provee el Gran Hermano.





sábado, 20 de marzo de 2021

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO: EJÉRCITO Y SOCIEDAD - REVISTA DE OCCIDENTE

Con un título tan sugerente como Los tiempos están cambiando, que ha volado mucho en los labios del Premio Nobel de Literatura Bob Dylan, la Revista de Occidente, en su nº 474, reunió ocho artículos que, desde diferentes perspectivas, ahondan en esa necesaria simbiosis que siempre se debe establecer entre toda sociedad democrática y su Ejército; una simbiosis que en estos tiempos de pandemias y nevadas se ha confirmado más necesaria que nunca.

Todos los meses, desde julio de 1923, en torno a una mesa, la Revista de Occidente convoca una tertulia en la que se habla de los asuntos que componen el número del mes; un lugar ameno donde se escucha a todo el mundo y cuya base de partida es siempre el respeto. Por eso, el pasado febrero, fiel a su cita, aunque muy condicionada en tiempo y modo por la pandemia, se presentó en la Fundación Ortega-Marañón, bajo la presidencia de la ministra de Defensa, Margarita Robles, el número de la Revista de Occidente dedicado al papel que deben desempeñar en las sociedades modernas las Fuerzas Armadas.

Como explicó en su intervención el presidente de la Fundación, Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, la Revista de Occidente «debía tener una reflexión de altura sobre el papel de las Fuerzas Armadas en la segunda década del siglo XXI, pues no ha habido ninguna sociedad relevante que haya sobrevivido sin ellas, en las que poder apoyar la defensa de su territorio, la proyección exterior de sus valores y sus legítimos intereses».


Por ello, un total de ocho amplios artículos componen el monográfico del especial Ejército y sociedad, escritos desde el rigor y la falta de prejuicios. Esos artículos, con unos títulos muy sugestivos, son: “Los tiempos están cambiando”, proemio de Manuel Mostaza Barrios, que ha sido el coordinador del especial; “Las Fuerzas Armadas y los roles a evitar después de la pandemia”, de Rafa Martínez; “No hay enemigo pequeño: la adaptación de la inteligencia militar”, de Antonio Díaz; “Solidaridad, cohesión social y defensa: el papel del Ejército”, de Juan Menor Sendra; “¿Demasiado grande para caer? El imperio español y su modelo”, de Manuel Lucena Giraldo; “Fuerzas Armadas y ONG: la crisis como oportunidad”, de Paz Peña García; “Juntos pero no revueltos: Policía y Ejército en escenarios complejos”, de Óscar Jaime Jiménez; “La adaptación de la doctrina en tiempos del coronavirus: claves para su éxito”, de Diego Crescente; y “Cara a la muerte”, este último firmado por Luis Martínez Viqueira, coronel del Ejército de Tierra.

Para Luis Martínez Viqueira, escribir en la Revista de Occidente, donde tienen lugar tantos debates intelectuales de altura, supone un premio extraordinario; y aunque le dedica tiempo a la lectura y a la escritura, sobre todo de artículos profesionales, reconoce que ahora tiene que destinar mucho más tiempo a los informes y a las notas de despacho. El coronel Viqueira se define como seguidor de la Revista de Occidente desde siempre; y también, por supuesto, lector de la obra de Ortega; por eso, atesora en su biblioteca varias primeras ediciones de sus obras: España invertebrada, Misión de la Universidad, Estudios sobre el amor y, por supuesto, La rebelión de las masas, entre otras. Además, reconoce que Ortega es un referente intelectual en su forma de ver la vida… y también la muerte. Por eso, para él, escribir en la Revista de Occidente es un sueño hecho realidad.

Cuando hablé desde el Periódico Tierra con él, sin embargo, puntualiza que ha habido bastantes militares que han publicado sus trabajos en esta esencial revista de pensamiento y cree que, como parte de la sociedad a la que sirven, este hecho debería ser algo habitual. Para el coordinador del especial Ejército y sociedad, Manuel Mostaza Barrios, «este número es hijo de la pandemia y del gran despliegue realizado durante la operación “Balmis”, que ha demostrado en este último capítulo cómo la relación de los ejércitos con las sociedades ha ido cambiando a lo largo de la Historia, fundamentalmente porque pocas instituciones son tan humanas como las Fuerzas Armadas».

Por su parte, la ministra de Defensa, Margarita Robles, destacó «la importancia de poder participar en estos ámbitos de debate con respeto, tolerancia y altura intelectual», motivo por el cual era importante para ella asistir a la presentación de este monográfico. «Una sociedad que se considera democrática, justa, que quiere tener un liderazgo en el mundo, tiene que tener unas Fuerzas Armadas modernas, preparadas y comprometidas con la Constitución y el ordenamiento jurídico, con protagonismo en el ámbito internacional», señaló.

El Ejército y la sociedad sigue siendo un tema de nuestro tiempo con mayúsculas, tal como escribió en su momento Ortega y Gasset. Múltiples son las páginas en las que Ortega habla sobre el Ejército: desde las Juntas de Defensa a la Guerra de Marruecos; y, como antaño, la Fundación y la Revista de Occidente siguen poniendo su sabia mirada en unas Fuerzas Armadas que viven su presencia en todos los ámbitos de la sociedad. Por eso, y por todo lo que aporta como lugar de debate construido sobre el papel y la palabra, el periódico Tierra cree que es una buena oportunidad para militares y civiles sentarse a leer el nº 474 de la Revista de Occidente y mirar con ojos intelectuales para saber cómo los tiempos están cambiando.





domingo, 14 de marzo de 2021

FEDERICO GALLEGO RIPOLL, QUIEN DICE SOMBRA.

 

Hay sonidos que no descansan nunca; algunos nos acompañarán toda la vida, son las voces de nuestros mayores; otros, nos ayudan a crecer y los recordamos u olvidamos al antojo de extrañas mareas que no se rigen por medidos ciclos lunares; pero, hay unos sonidos especiales, unos sonidos que nos elevan del desasosiego a la belleza o del tiempo perdido y recobrado al supurar de las palabras que creemos que son nuestras, pero que ya tienen dueño. Esos últimos son los que nos regalan los poetas. Esos sonidos que no descansan nunca y que de noche oigo en mi cuerpo.

El pasado verano descubrí Las Travesías de Federico, en un devenir furioso que me llevaba de nuevo, casi un año después, al lugar donde vivo rodeado de sonidos marinos; y en la playa de la Jara desnudé Las Travesías, con el rumor del mar, el viento de Poniente fresco y el de Levante árido, un celemín de gatos más silenciosos que espejos, camaleones capaces de leer dos libros de poemas a la vez, y con los dos últimos perros de La Milagrosa que ignoran que son descendientes de aquellos primeros cánidos que se enfrentaron a lagartos y serpientes cuando en La Jara parecía que el mundo acababa de ser creado.

Pero como los pájaros de papel son nerviosos, imprevisibles e inconstantes, acabo de recibir cuatro libros de poemas enviados desde Palma, donde siempre ha vivido la buena literatura. Cuando uno sueña recibir un correo, sueña con telegramas azules que vayan de Sur a Norte o sueña con libros de poemas. No sé porqué, pero por correo sólo he recibido libros de versos. Tal vez será porque los versos tienen unas alas que recibieron en su origen oral y popular que a la novela le faltan.

O tal vez porque solo las palabras escritas sobre verso y ritmo están hechas de viento inmortal, tan diferentes a la prosa, que es más esclava de los calendarios y las geografías, y en algún momento se quedará vieja volando ya con la belleza desapegada siempre alrededor de eternos versos, que son los únicos que saben que nada de nosotros muere; solo nosotros morimos.

Estos sonidos llegan para quedarse, como las flores de plástico en las cunetas, la pobreza en la casa de los obreros dignos y el agua repitiendo nuestro nombre en el fondo de cada pozo. ¡Desengañaos! Estos sonidos sólo los gritan las manos de los poetas.

Esos sonidos siempre me llegan en verano y por correo con las alas que un poeta pende de un sobre azul escrito con letras verdes y dibujos de ángeles vestidos de también de verde, y me dice mientras me llevo su libro de poemas a altas montañas de nieve que esta vida feliz de cada día es otra falacia con la que distraernos; mientras que grabo en mi mente sus versos: "Vuelve a tu continente. No me descubras, no me adoctrines, no me rescates, no me liberes, ni enfangues con la brea de tu falsa justicia mi anhelo de ser pájaro.

Y le digo a Federico que demasiadas veces fui un potro desbocado por la poesía y que me escapé un día a Adén con mis propias Iluminaciones cuando me di cuenta de que el infierno estaba en mí, pero como aprendí con versos que no existe más demonio que el miedo, alejé cualquier pesadilla con un par de libros en la mochila. Nada hay que yo no haya curado con versos. 

Y le digo a Federico que sueño que este verano a la playa de la Jara, junto a las dunas y a la desembocadura que viven llenas de cadáveres sin saberlo, un pájaro viejo como las olas me traiga sostenido por sus leves alas un libro de versos. 

En verano siempre sueño con versos, con ritmo de olas, y vientos de poniente y levante. Porque las palabras construyen un castillo de naipes que es toda la verdad, que es quien sujeta el horizonte, aunque vivamos en el espejismo de que es la mentira quien mueve el mundo. El mundo se conformó en un poema, la naturaleza la vemos a los ojos de los poemas y la sociedad en la que vivimos también está conformada sobre los cimientos de la poesía desde los tiempos de Homero. ¡Desengañaos! 

Incluso cuando me despierto y la veo, construyo mi mundo con poemas deseando que no amanezca, que no levanten las aves la mañana, que no destape la luz este cadáver tibio que es hueco de almohada del amor en huida. Cómo voy a leer yo en verano novelas, si cada verano yo tengo que reconstruir mi mundo, yo solamente puedo leer poemas, Federico.

Federico Gallego Ripoll, gratitud eterna por versos eternos, que irán de Sur a Norte o volando con los vientos de Levante y Poniente por las costas de Palma y de Sanlúcar, porque dice verdad quien dice sombra. Amigo mío.











sábado, 27 de febrero de 2021

HACERSE TODAS LAS ILUSIONES POSIBLES Y OTRAS NOTAS DISPERSAS, JOSEP PLA CONTRA TODOS

¡Que fusilen a Josep Pla, ya!

Siempre he perseguido a los escritores complejos que se han pasado la vida buscando adjetivos para colocarlos detrás de un sustantivo en una hoja de papel.

Y siempre he perseguido a esos escritores que han conseguido poner en su contra tanto a tirios como a troyanos; porque al final el tiempo, que es la Literatura, siempre les ha dado la razón. Y qué mejor que perseguir al payés más cosmopolita del mundo que provoca a conocidos y desconocidos, como un cascarrabias desde su retiro ampurdanés de Palafrugell a vivir su cosmopolitismo como periodista, mientras se convertía en el mejor escritor del siglo XX en lengua catalana. ¿Del siglo XX? ¡De siempre!

¡Que fusilen a Pla!, se escuchaba. ¡Que fusilen a Pla!, se escuchaba en los despachos de Omniun, ¿dónde vamos a ir con un catalán de ese tipo? ¿Quién puede fiarse de alguien que lo observa todo de esa manera distinta y encima escribe sobre ello?

Veintitrés años después de la guerra civil —‌y esta es una de sus principales amenidades— sigue siendo muy difícil saber si una persona determinada, que pasó la guerra en la Península, fue un traidor o un patriota. Famosa es la cita de Talleyrand que decía refiriéndose a sí mismo: «La traición es cuestión de fechas». En la guerra civil española, la traición o el patriotismo han sido un problema de situación geográfica, de geografía personal. Comparada con la de Talleyrand, es una cuestión mucho más compleja".

¡Qué se puede esperar de un gran pesimista que sólo confiaba en Tarralledas y que receló de todos los demás. Era el antifranquista franquista conservador liberal, el independentista disconvergente, el payés cosmopolita de su tierra, el anarquista tremendamente conservador, el peor espía del mundo en la agencia de Marsella y el misógino de pago de burdeles de corazón. Casi con toda seguridad, la persona a la que el tiempo dará la razón; si no lo fusilan antes, claro.

Agitada, desperdigada, consumida, pasó la época de la juventud. La humedad de la melancolía oxidó mi mundo interior. No conocí el amor ni personas amigas. Los sentimientos nunca me sobraron, viví de capturar menudencias, rodeado por la indiferencia universal.

Pues sí, buscaremos por el Ampurdán a ese Josep Pla, capaz de plagiar un artículo de la prensa francesa mientras se dedica a vivir en París. Escritor en La Publicitat, Las Noticias, La Veu o el Diario Vasco; el periodista del que nadie consiguió hacer carrera. El que vivió en París los tiempos del Charleston; en Berlín cuando a Alemania se la comió Versalles abocándola al nazismo. En la Italia de Mussolini con algún amago incomprensible. En la Rusia de Stalin donde paseó con Nin cuando éste empezaba sus veleidades troskistas. En la Barcelona de Cambó, amigo de su conservador catalanismo, odiado por esa ralea de enemigos excluyentes a los que sin tapujos llamó "cobardes". A ver si va a resultar que al mejor escritor en lengua catalana del siglo XX no le van a dar el Premio de Honor de la Lengua de su país simplemente por escribir en libertad, ¿libertad?: El catalán actual es un producto de la decadencia de Cataluña. Su rasgo característico es el complejo de inferioridad, fruto del deterioro de su personalidad. El catalán no tiene patria, por eso es un ser diferente que no puede compararse con quienes la tienen. Perdió la patria e hizo un gran esfuerzo para tener otra, sin lograrlo. El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto. Esto explica sus características: a veces es un engreído —‌la jactancia que nota Unamuno—. Pero a menudo también posee una humildad morbosa, humillada y ofendida, y por eso Unamuno dice que «hasta cuando parece que atacan, están a la defensiva». Puede que esa vanidad insoportable sea una consecuencia del sentimiento de humillación, y viceversa —la humillación crea, como una evasión incontenible, la vanidad. Encontrar un catalán normal es difícil.

¡Que fusilen a Josep Pla! ¡Que echen de la revista Destino a Josep Pla!, grita desde su despacho Jordi Pujol, director del periódico, cuando decide que el catalanismo de Pla no es auténtico, tal y como él lo concibe. ¡Que le digan a ese Pla que solo hay un catalanismo! Pero claro, con Pla no hay que hacerse todas las ilusiones posibles y el payés ampurdanés de Palafrugell también escribe contra los atreidas, sin dejarlos tranquilos: Creen que esta crisis afectará a la situación política y perjudicará  la situación de Franco. Creo que exageran. Los países pobres cuentan con una gran ventaja para resistir las crisis. Justo por estar tan acostumbrados a la pobreza, soportan perfectamente el hecho de hacerse más pobres, y el fenómeno no tiene repercusiones generales apreciables. Para un país rico, en cambio, una etapa de pobreza es muy difícil de superar y el riesgo que comporta puede ser muy grave.  Suponer que Franco tiene la más mínima idea de economía, que la economía le preocupa o le inquieta mínimamente, es una enorme fantasía. ¿Qué le puede importar, por otra parte, a un militar del país, la quiebra de un comerciante? Un hecho de este tipo siempre será una manifestación de la Divina Providencia muy apreciable.

¡Pues eso, que fusilen a Pla! que dice que iglesia, militarismo, latifundismo y burguesía son harina del mismo costal. El contrato es el siguiente: la burguesía paga al militarismo parasitario y, a cambio, la Iglesia defiende la diferencia de clases. La Iglesia católica nunca había gozado, en este país, de tanta influencia y de tantos privilegios como en este período. Los militares y el alto clero han podido construir, edificar y mandar en todo, hasta el punto de llegar a dar la impresión de que la religión iba en aumento. ¡Que fusilen a Pla ya! Se unen a voz en grito convergentes, divergentes, franquistas, nacionalistas, reyes godos; todos piden acabar con Pla. 

Nos queda el consuelo de que desaparecerá toda la geografía de Oriente a Occidente con sus nombres y su esencia, como ha ocurrido siempre, pero de las 30.000 páginas que escribió Josep Pla con mano de artista quedarán las suficientes para saber que un día alguien escribió como los ángeles en lengua catalana. Del griego antiguo apenas queda Homero. Del catalán antiguo quedarán Ramón Llull, Josep Pla y poco más, cuando de verdad desaparezcan sus geografías. 

Pla comienza ahora a hablarme en castellano porque sabe que es un idioma magnífico para utilizar, sobre todo, cuando no se tiene razón.

Pero que nadie se preocupe que Josep Pla, no va a pasar a la posteridad por lo que escribió, sino por cómo lo escribió. Solo así son eternas las naciones, como descubrieron la Grecia Homérica, la Acadía de Sargon o la Asiria de Asurbanipal. Y cuando los idiomas cambien porque se los llevan los siglos; y apenas sean reconocidos sus signos y significados, los sesudos filólogos del futuro adivinarán que hubo un idioma claro, conciso, brillante, con adjetivos exactos cuando abran arrugados tomos de un payés de Palafruguell que se llamaba Josep Pla. Un tipo que dicen que llegó a ser espía de Franco, pero que también salvó a muchos judíos centroeuropeos, en connivencia con el director de la orquesta del hotel Ritz que trabajaba para el espionaje norteamericano. Además, el gobierno de Estados Unidos quiso condecorarlo con una medalla y renunció a ella. Yo nunca he renunciado a ninguna, siempre me pudo la vanidad; aunque tampoco sé escribir como él, claro.

El país resiste, porque el país es el idioma; y al igual que el castellano es cervantino, el ruso es de Tolstoi, el inglés es de Joyce o el italiano, que antes fue florentino, de Dante; el catalán es de Pla; y eso es lo único que quedará de la geografía que conocemos dentro de cinco siglos. Así ha sido desde los tiempos de Homero, Sargon o Arsubanipal. 











domingo, 31 de enero de 2021

NO CREO EN MÁS INFIERNO QUE TU AUSENCIA

Pues sí, a trabajos forzados me condena mi corazón del que te di la llave, y no es que yo tenga una guerra declarada a la moderna poesía, al contrario; pero me he criado contando con los dedos ya sea en base 7, en base 8 o en base 11, señalando en su justa medida cada acento; y, si tengo que mirar mucho más atrás, no he podido nunca evitar tararear los 6 pies de rigor, buscando vocales largas o breves en ese paraíso que es un poema; y en algunos de ellos he cambiado los pies por millas marinas, que esa medida me la entregó Steersman un día de tormenta cuando ya no veíamos la punta de Malandar; pues no quiero yo tormento que se acabe, y de acero reclamo mi cadena. 

La primera vez que yo vi un escritor fue en el año 1979, un mes de agosto, durante las Fiestas del Guadalquivir en Sanlúcar. Mi padre, Steersman tuvo como una de sus múltiples ocupaciones a lo largo de su vida la de concejal de Turismo y Fiestas; y como mantenedor de las fiestas de exaltación del río Guadalquivir del año 1979 contrataron al inigualable Antonio Gala. Entonces esas fiestas se llenaban de poetas y escritores porque se convertían en un gran acto literario y artístico. Ese año el premio poético recayó en Rafael Fernández Pombo. Al final, como predijo Steersman, "el populismo acabará con todo esto", esas fiestas murieron y se acabaron los poetas y los músicos a orillas del Guadalquivir. Ni concibe mi mente mayor pena que libertad sin beso que la trabe.

Con él me fui al Hotel Guadalquivir a ver a Gala. Allí estaba en el hall del hotel el escritor, como deben estar los escritores, ejerciendo de ser de otro mundo, deseando declararse culpable de cualquier corriente literaria que sólo él entendía; y nunca ajeno a cualquier alma que pasase cerca. Yo llevaba una naranja en la mano que había recogido de uno de los naranjos de San Roque; y permanecí al otro lado del hall esperando a Steersman, viéndolos hablar. Como Steersman nunca habló de poesía, ni castigo concibo menos grave que una celda de amor contigo llena, imaginé que hablaban de temas más banales; como el precio de su manteneduría, las demandas del escritor o sus desvelos para con el pregón literario que daría esa noche.

Yo viajé con Gala por los verdes campos del Edén, conocí a Séneca y el beneficio de la duda, volé a Estambul en cuanto pude con pasiones turcas; y descubrí que la vida hay que llevarla a cuestas por lo menos entre cuatro. Así que nunca se me ocurrió llevarla solo. No creo en más infierno que tu ausencia. Paraíso sin ti, yo lo rechazo. Que ningún juez declare mi inocencia.

Cuando mi padre terminó de hablar con el maestro y volvió hacia mí, vi como Gala me saludaba mientras yo, a mis 16 años, jugaba haciendo volar la naranja de una mano a la otra, pensando que un escritor no debía de ser sólo literatura; sino como Gala, pura forma. "Vamos a tomar unos caracoles a La Calzada", fue lo más poético que me dijo Steersman, que no entendía mi interés por acompañarlo. "Vendrás, pero no voy a presentártelo". "Me conformo con acompañarte y verlo desde lejos, papá". Porque, en este proceso a largo plazo buscaré solamente la sentencia a cadena perpetua de tu abrazo.

Así que mi primer encuentro literario terminó tomando una taza de caracoles. Fue un encuentro mágico. A lo mejor sólo fue un sueño, pero fue mi sueño. Steersman me lo recordó alguna vez. Nunca entendió mi afición por la poesía. Sí por el futbol, los barcos, la montaña y los soldados; pero ¿la poesía, Norberto?

Y todo esto para decir que los que creen que Gala va directo al olvido, puede que se equivoquen. Que prueben a escribir un soneto, a contar 11 sílabas y a mirar dónde colocan cada acento ; si en la tercera, sexta y novena o en cualquier otra. Y mira que yo no escribo más que poesía en prosa.

Lee esto, y me dices:

CONDENA

A trabajos forzados me condena

mi corazón, del que te di la llave.

No quiero yo tormento que se acabe,

y de acero reclamo mi cadena.


Ni concibe mi mente mayor pena

que libertad sin beso que la trabe,

ni castigo concibe menos grave

que una celda de amor contigo llena.


No creo en más infierno que tu ausencia.

Paraíso sin ti, yo lo rechazo.

Que ningún juez declare mi inocencia,


porque, en este proceso a largo plazo

buscaré solamente la sentencia

a cadena perpetua de tu abrazo.


                O escucha si lo prefieres:


                NO CREO EN MÁS INFIERNO QUE TU AUSENCIA






domingo, 24 de enero de 2021

EL CERO Y EL INFINITO, LA PESADILLA DE KOESTLER

"Les trajimos la verdad y en nuestra boca sonó a mentira; les trajimos la libertad, y en nuestras manos pareció un látigo; les trajimos la vida plena, y donde sonó nuestra voz los árboles se secaron, con un susurro de hojas muertas; les trajimos la promesa del porvenir, pero nuestra lengua tartamudeó y salieron ladridos de nuestros labios".

Posiblemente, sea cierta la aseveración de que todas las personas pasadas, presentes y futuras estamos unidas por un nexo común, por leve y discreto que este sea.

Yo estuve ligado, sin saberlo, a Arthur Koestler durante dos años en la Academia Militar de Ávila. Cada mañana, cuando salía de mi camareta, justo enfrente de la puerta, estaba colgada en el pasillo una foto del intendente laureado en la Guerra Civil, Carlos Haya.

Y a Carlos Haya, concretamente a su mujer, Koestler le debe la vida. Koestler era prisionero de Queipo de Llano en Sevilla. El general lo había condenado a muerte, por un quítame allá una entrevista que el periodista consiguió a través de Luis Bolín, corresponsal en Londres, en la que lo tachaba con unos calificativos, "carnicero" entre ellos, que a Queipo le gustaron muy poco.

Afortunadamente, para la historia de la Literatura, tras muchas negociaciones, se produce el canje de Koestler por la mujer del fallecido en combate Carlos Haya, que estaba prisionera en una checa republicana y, según contaron, pagando el duro tributo que pagan las mujeres desde que la guerra es guerra.

Así que llegué a El Cero y el Infinito, sabiendo que Koestler y yo veníamos de una larga relación. Por eso, me fui con él desde el principio a tratar de entender al Camarada Rubashov, a vivir desde dentro ese Partido, que estaba sufriendo una prueba severa; y que todo aquel que se ablandara no podía continuar en sus filas; porque el Partido no puede equivocarse nunca; y por eso, no importa que devore a quienes lo hicieron posible. ¡Todo por la Revolución! Hasta el hambre, hasta el último sacrificio: "Declárate culpable de crímenes que no has cometido para salvar la Revolución". Tú, luego, no te preocupes, ellos se encargan de fusilarte.

Llamaron a la puerta, y el joven oficial que la golpeaba con la culata de su revolver gritó: " Ciudadano Nicolás Salmanovich Rubashov queda arrestado en nombre de la Ley". Rubashov, enseguida, comprendió lo que pasaba: "De manera que te fusilarán". Del Primer presidente de la Internacional, que había sido ejecutado como traidor, solo podía recordar un trozo de su chaleco a cuadros, estirados por un vientre abultado. El segundo Primer Ministro del Estado Revolucionario, también ejecutado, se mordía las uñas en los momentos de peligro. " La Historia te rehabilitará", pensaba Rubashov, sin particular convicción.

Pero, lo que más temía era el horror que le corría por el cuerpo tan sólo con pensar que, como todos los que él hubo mandado ejecutar, él también tuviese que admitir con la bala tocándole la nuca que su condena era justa. Al fin, se ha dado cuenta lo poco que influye para la Revolución que sea realmente culpable o no lo sea.

Al carajo la Revolución, me dice Koestler. "Eso, al carajo la Revolución y el Partido", le contesté, "he estado en dos y siempre terminan los mismos pintando con su sangre la nieve".

"Ni vosotros, ni yo le servimos ya al Partido y al Gran Líder; ahora ya no necesitan héroes, ahora quieren funcionarios de acero. Por el bien de la Revolución, del gran líder y del Partido que ayudamos a crear, debemos declararnos culpables", gritó Rubashov mientras una descarga de máuseres le partía el alma dejando su cuerpo sin vida sobre la nieve. El Partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia; y la Historia no sabe de escrúpulos ni de vacilaciones.

— Vamos al café de París, Koestler, que quiero decirle al hijoputa de Sartre un par de cosas; espero que Camus no se meta en medio como la otra vez.








domingo, 17 de enero de 2021

PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, EL POETA DE INFINITAS ALAS

Yo sabía que todo rostro es un antifaz, incluso el mío; pero nadie me lo había dicho en un poema; aunque eso no fue lo peor. Lo peor fue que ese mismo poeta también me dijo que mi segundo rostro es una careta, y que a la larga, nos enterrarán con las dos; sin saber quienes somos, porque nos conocemos tan mal que nuestro mejor autorretrato siempre lo hace otro.

He vivido miles de horas en los trenes. Para un tren, yo aconsejo la lectura de poesía, ya sea sentado en el vagón número trece del Talgo, rumbo a Jerez, o en la barandilla del puente de La Jara, antes de que pasara el ferrobús. Un tren vive para la poesía y algunos trenes, como el de Pozuelo, tan celoso con los poetas, quiso llevarse el suyo. Y claro, se llevó al mejor. Por eso, un tiempo, me dediqué a merodear por ahí. A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas, por si acaso me hubiera dejado algún verso sin leer de Pedro Casariego Córdoba. 

Su ausencia es inabordable y su poesía también, porque es una poesía que nunca enseña las raíces; pero sí se ven sus infinitas alas y, casi sin querer, ha llegado a lo más grande que se pueda llegar en literatura y es que sus versos se han convertido en lugar común de los escritores, del presente y del futuro, que copian sus versos pensando que son originales sin saber que los escribió Pedro Casariego Córdoba. Un poeta que no se parecía a nadie y que, de pronto, consigue que todos nos parezcamos a él. 

Debes saber que, al leer tus versos, al instante reconocí en el cometa la señal que ya no esperaba. Me he quedado contigo PeCasCor, me he quedado con tu nombre Pedro Casariego Córdoba, sabiendo que Mallick se ha puesto muy rojo porque lo han besado, y que tú, para imitarlo, has hecho enrojecer a todo el planeta: tabaco rojo, rojas caderas, rojo abedul, rojas fresas, hielo rojo, alerta roja, petirrojo rojo, piel roja, celda roja.

Tú inventaste una ciudad y nos diste su nombre, y un enigma y unas alas. Tú eres una estrella con la terrible tragedia que envuelve a todas las estrellas, que iluminan; pero no ven.

Mientras, teñido de pelirrojo manejas los pinceles con brío, como si fueran los remos de una nave fenicia, con la pasión holandesa y la sangre española, y en el cuadro aparecerá todo lo que los pintores siempre desecharon, y todas esas cosas despreciadas por los genios de otros siglos cobrarán junto a tu cara una vida absoluta.

He aprendido con versos que no es fácil dedicar ternura sin decimales, porque lo normal es dedicar la ternura con frías razones contables, con quebrados, divisiones; no sea que la ternura nos llene la realidad de sueños, y todos consumimos en nuestra realidad hueca bocadillos de jamón cuando deberíamos comer bocadillos de amor.

He aprendido con versos que debo seguir cometiendo faltas de ortografía, porque cuando cometo una falta de ortografía sé que nace una flor, incluso cuando las cometen esas secretarias que se afeitan cada mañana antes de ir en helicóptero a las oficinas del centro y de cristal, o las que trabajan en el Windsor.

He aprendido con versos que no solo tengo que leer poesía en los trenes, sino también en las cafeterías. Por eso ahora mismo, me voy con unos libros de poemas a la cafetería 2750 y voy a tomarme algo con Van Horne, con K. que me suena a checo que escribe en alemán, con Vanderbilt, con Zimmerman, con Mallick y con Dra, que sabe mucho de diccionarios; igual recibo esta noche un simple beso en la boca o una mano debajo del pantalón.












domingo, 13 de diciembre de 2020

SIEMPRE CON EMILIO SALGARI, PORQUE SANDOKÁN ERA DE SANLÚCAR

Ramona Fernández se ha sentado en Bajo de Guía, como cada tarde después de trabajar en los navazos que bordean la playa y donde se cultivan todo tipo de vegetales que se riegan por el influjo que las mareas tienen sobre las aguas subterráneas.

Ella todavía no lo sabe; pero tendrá un hijo con una vida de novela a quien Emilio Salgari encontrará en unos viejos legajos mientras busca temas para sus historias de aventuras en el museo de Propaganda Fide de Roma. Salgari anotó en su cuaderno su nombre, Carlos Cuarteroni Fernández, y el relato de sus viajes por las Filipinas y de su lucha por la libertad en Borneo y todos los mares orientales.

Anotará también las disputas de Cuarteroni con el rajá blanco de Sawarak, James Brooks, y el sultán de Brunei y no olvidó escribir a la luz de una vela sus combates intentando liberar esclavos contra los británicos o durante aquella guerra de tráfico del opio con la que los ingleses asfixiaban Oriente. La última frase la escribe en su cuaderno de notas como si la oyera de boca de su protagonista: «Viajábamos guiados por la brújula divina que nos llevaba a lugares desconocidos; pero donde más se nos necesitaba».

En ese momento, Salgari salió corriendo hacia su casa y comenzó a escribir desaforadamente. Había nacido Sandokán, un príncipe de la Malasia, que ha sido destronado por los ingleses que han asesinado a toda su familia, convirtiéndolo en un pirata. Sandokán, un hombre que sabía sobreponerse ante cualquier adversidad, demostrando que se puede tener una ética y una humanidad, incluso sufriendo las situaciones más terribles.

Carlos Cuarteroni Fernández nunca supo de Sandokán; ni su madre, Ramona Fernández cuando se sentaba viendo jugar a sus nueve hijos en la playa; pero toda vida necesita un escritor y la de Cuarteroni no sólo lo necesitaba, sino que lo merecía.

Como había nacido mirando al mar y llenando de comanda, desde el negocio de su padre, los barcos que salían al Atlántico, ingresó en la escuela de pilotaje y náutica de Cádiz; y, pronto, con trece años partió como agregado en la nave Indiana a cubrir la Carrera de las Filipinas, siguiendo la misma ruta que Magallanes, un viaje siempre peligroso.

Con 19 años toma el mando de un bergantín y realizará navegaciones a Filipinas desde Cantón, Singapur o Hong-Kong; y, posteriormente, comandará la fragata El Buen Suceso, por Malasia e Indonesia, cartografiando toda la mar y las costas para el gobierno de España. 

En 1841 obtiene el título de capitán de la marina mercante y un año más tarde decide comprar una goleta a la que llama Mártires de Tun-King y se dedica a la búsqueda de perlas y carey. En uno de sus viajes tiene conocimiento del hundimiento de un bergantín inglés, el Christian, que se dedicaba al terrible comercio del opio y de esclavos por los mares de Oriente y que podría albergar en sus bodegas una fortuna en monedas de plata. Así que no paró, cuadriculando cartas, pintando días de mar, lanzado sondas y buceando, hasta que dio con él y con sus monedas de plata. Con veintiséis años era inmensamente rico.

Sin embargo, como Cuarteroni puede que supiera que algún día sería Sandokán, decidió dedicar su fortuna a luchar contra la esclavitud a bordo del Mártires de Tun-King y de la goleta Lince; y, claro, terminó enfrentándose con el rajá blanco, James Brooks, y con el sultán de Brunei, al igual que haría Sandokán; peleando con todo aquel que fuera en contra de sus ideas abolicionistas; entre ellos, los piratas malayos.

 Pronto, se le conoció como el apóstol de Borneo. Y luchó tanto por sus ideas antiesclavistas que se presentó ante el Papa Pío IX  para que le diera permiso para construir dos misiones en la isla con el objetivo de liberar esclavos, y se hizo monje Trinitario, la misma orden que liberó a Miguel de Cervantes de la esclavitud. En 1857, fue nombrado obispo de Labuan y de Borneo y consiguió pese a James Brooks, el rajá blanco, y al sultán de Brunei fundar dos misiones: —¿Acaso no seguimos siendo los tigres de Mompracem?; donde ponemos las garras arrancamos cuanto queremos, ¿quieres una prueba?, parece que le dijo mirándolo a los ojos al rajá blanco de Sawarak, y el rajá tembló. 

Cuando se sintió morir no pudo evitar regresar a Cádiz, y ver su océano Atlántico como siempre lo vio de niño. Murió a los tres días de llegar a Cádiz y está enterrado, por ser obispo, en la cripta de obispos de la catedral de Cádiz. También tiene una placa en la avenida Ramón de Carranza, en su calidad de Prefecto apostólico de las islas de Labuán y Borneo, pero poco se sabe de esas aventuras, como marino mercante, que comenzaron con trece años cuando embarcó en la goleta Indiana rumbo a Filipinas.

Le hacía falta un escritor y desde luego encontró al mejor, Emilio Salgari, que como El Corsario Negro sabía que su barco podía desafiar tanto a los rayos del cielo como a las iras del mar y él era el hombre adecuado para guiarlo a través de las olas y los vientos.

Por eso, los sanluqueños solemos sentarnos, como Ramona Fernández en Bajo de Guía, con un libro de Salgari a la vera de la desembocadura, jalando millas rumbo a Labuán. «¡Carajo, Norberto, asegúrate a estribor y no bandees salvo que yo te lo diga!» «¡A la orden, Steersman!»


En la Escuela de Pilotos y Náutica de Cádiz estudió Carlos Cuarteroni Fernández, el apóstol de Borneo, libertador de esclavos, marino mercante, buscador de perlas y de pecios británicos hundidos y Tigre de la Malasia contra los poderosos.

También ahí estudió Steersman, Norberto Ruiz (en el centro, chaqueta blanca), que también sufrió en el mar de Borneo un abordaje pirata allá por 1962. Y el Lima, José Antonio Lima, a la izquierda de Steersman, que contó no pocas historias de piratas desde el Golfo de Guinea al Mar de Adén.

Y también estudiaron allí, todos los Pareja, bisabuelo, tíos,...; los de La Máquina del Mundo, cuando la mayor fábrica de prácticos de puerto de España estaba situada en la calle Castelar, número 14, de Sanlúcar de Barrameda.

Todos marinos mercantes.



domingo, 22 de noviembre de 2020

SOÑANDO CON LOS AMORES DE GARCILASO

La primera vez que me crucé con Garcilaso de la Vega, en absoluto de forma casual, fue allá por el año 1979 en una edición de Poesías Castellanas Completas de Clásicos Castalia, anotada y comentada por Elías L. Rivers.

Nadie ignora que a partir de entonces me fui a vivir junto al castillo de Batres donde creció mi señor Garcilaso; y no había fin de semana que no paseara junto al río Guadarrama ni me sentase junto a la fuente del castillo situada en un pequeño valle. Y a partir de ahí, decidí seguirlo siempre para ganar riqueza, porque estaba seguro de que no habría nadie que en futuro alguno escribiera mejor que él; y, además, era soldado. Por aquesta razón de ti escuchado, aunque me falten otras, ser merezco; lo que puedo te doy, y lo que he dado con recebillo tú, yo m´enriquezco.

Con él fui a la guerra contra los Comuneros y le cuidé de sus heridas en la batalla de Olías. También embarqué con él a pelear en la defensa de Rodas; y, por supuesto, no me iba a perder la guerra contra Francia que se organizaba en Pamplona. Luego, pasé con él un año de noviciado en el monasterio de Uclés. Y en Illescas, junto a mi casa, estuve con mi señor Garcilaso en las bodas de Leonor de Austria, hermana de nuestro emperador Carlos, con el rey Francisco I de Francia, a quien en San Quintín no nos quedó más remedio que tomarlo prisionero después de la victoria.

Como comprenderán no me iba a perder tampoco viajar hasta el exilio, que los emperadores olvidan rápido las acciones pasadas, a orillas del Danubio; ni preparar la defensa de Viena. Por él, de Batres me fui a Toledo; y por él, estuve ocho años profesando en la toledana Academia de Infantería, mientras viví por todas las calles que eran suyas; y, como no podía ser de otra manera, me hice parroquiano de Santa Leocadia.

Mi señor no pasaba de los veintipocos años; y yo entonces no tenía más de quince. Aprendí a leer con sus versos; y corrí detrás de sus amores y sus dolores como si fuesen míos. Por eso, desde el principio anoté a fuego el nombre de Isabel de Freire, con quien yo me enconé por causarle tanto dolor de corazón desde la primera Égloga. Porque a mí no me cabía duda de que era ella quien lo había llevado casi a la muerte en una alta traición de amor: ¿por quién tan sin respeto me trocaste?, ¿tu quebrantada fe do la pusiste? No hay corazón que baste aunque fuese de piedra viendo mi amada yedra de mí arrancada, en otro muro asida; y mi parra en otro olmo entretejida, que no se esté con llanto deshaciendo hasta acabar la vida. Salid sin duelo, lágrimas corriendo.

A esta idea me llevaron todos los escritores que leí: desde El Brocense; pasando por Fernando de Herrera, el divino; el mismísimo Manuel de Faria y Sousa, o el libro que tengo entre mis manos de Elías L. Rivers. Desde hace 500 años, el nombre de Isabel de Freire ha volado como ese amor que traicionó a Garcilaso; y su nombre, asociado a su marido don Antonio de Fonseca, señor de Toro, a quien llamaban el Gordo, ha viajado en el tiempo de la mano de Garcilaso cada vez que se citaba un sólo verso de sus Églogas: Isabel de Freire. Isabel de Freire, nombre de tantos odios, engaños y sin sabores.

Pero hete aquí, que una profesora toledana María del Carmen Vaquero en una de esas conferencias a las que suelo asistir, martes y jueves, desde hace tiempo en la Juan March; me hizo ver lo equivocado que estaba; no sólo yo, sino esa Historia con mayúsculas que llevaba escrito el nombre de Isabel de Freire en una amistad o trato con Garcilaso que nunca existió. «¡Dios mío», pensé «si las malas lenguas de visillo llegan lejos, no veas como llegan de lejos las que llevan las artes».

Todo empieza en el testamento de Garcilaso de la Vega, redactado en Barcelona antes de embarcar con el emperador hacia Bolonia, en el que cita a ese hijo ilegítimo que ha tenido con la señora Guiomar Carrillo, de la noble familia toledana Rivadeneyra, al que llama Lorenzo, y que su madre nombra como Lorenzo Suárez de Figueroa; y al que Garcilaso entrega una dote para que pueda ser sustentado en una buena universidad hasta que tenga su propia disposición. Ya tenemos otro nombre: Guiomar Carrillo, una mujer noble, libre, ¡que nunca quiso casarse!, que tuvo hijos con hombres diferentes; y que, desde luego, debía de ser de fortísimo carácter«Es ella», dice la profesora Vaquero, «es ella, quien abandona a Garcilaso por otro hombre, don Fernando Álvarez Ponce de León»; ése que sé que de Garcilaso se está riendo: no soy pues mal mirado tan deforme, ni feo, que ahora me veo en esta agua que corre clara y pura; y cierto, que no trocara mi figura con ése que de mí se está riendo y trocara mi ventura. Salid sin duelo, lágrimas corriendo.

¡Así que Isabel de Freire no es Galatea!; ¡desde siempre han dicho que fue ella y yo lo creí!
¡No!, ¡Galatea era Guiomar Carrillo! Mujer de condición terrible, corazón malvado, infiel, falsa perjura; pero de quien estuvo completamente enamorado toda su vida. !Es ella!

He borrado el nombre de Isabel de Freire de la vida de mi señor Garcilaso; aunque dudo que pueda ser borrado de todos los libros de poesía que han corrido por mis manos. Pero yo, ahora en el mío, a tinta, tacho el nombre de Isabel de Freire y lo sustituyo por Guiomar Carrillo. ¿Cómo te vine en tanto menosprecio? ¿Cómo te fui tan presto aborrecible? ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento? Si no tuvieras condición terrible, siempre fuera tenido de ti en precio y no viera este triste apartamiento.

Menos mal, que todos los Salicios, Nemorosos y Albanios que aparecen en las Églogas son el reflejo en cristalinas aguas de Garcilaso de la Vega; y eso me llena de consuelo.

Ya tengo ganas de poder volver a correr por los campos y caminos que rodean el castillo de Batres; y soñar también con Beatriz de Sá, la portuguesa, de la que cuentan todos los romances que fue la mujer más bella que vieron sus tiempos; y soñar también que paseo por sus valles con la jovencísima Magdalena de Guzmán, la hermosa Camila.

Pero si les cuento la verdad, todos en Toledo terminamos enamorados de Beatriz Carrillo, esa mujer de condición terrible.