domingo, 17 de enero de 2021

PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, EL POETA DE INFINITAS ALAS

Yo sabía que todo rostro es un antifaz, incluso el mío; pero nadie me lo había dicho en un poema; aunque eso no fue lo peor. Lo peor fue que ese mismo poeta también me dijo que mi segundo rostro es una careta, y que a la larga, nos enterrarán con las dos; sin saber quienes somos, porque nos conocemos tan mal que nuestro mejor autorretrato siempre lo hace otro.

He vivido miles de horas en los trenes. Para un tren, yo aconsejo la lectura de poesía, ya sea sentado en el vagón número trece del Talgo, rumbo a Jerez, o en la barandilla del puente de La Jara, antes de que pasara el ferrobús. Un tren vive para la poesía y algunos trenes, como el de Pozuelo, tan celoso con los poetas, quiso llevarse el suyo. Y claro, se llevó al mejor. Por eso, un tiempo, me dediqué a merodear por ahí. A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas, por si acaso me hubiera dejado algún verso sin leer de Pedro Casariego Córdoba. 

Su ausencia es inabordable y su poesía también, porque es una poesía que nunca enseña las raíces; pero sí se ven sus infinitas alas y, casi sin querer, ha llegado a lo más grande que se pueda llegar en literatura y es que sus versos se han convertido en lugar común de los escritores, del presente y del futuro, que copian sus versos pensando que son originales sin saber que los escribió Pedro Casariego Córdoba. Un poeta que no se parecía a nadie y que, de pronto, consigue que todos nos parezcamos a él. 

Debes saber que, al leer tus versos, al instante reconocí en el cometa la señal que ya no esperaba. Me he quedado contigo PeCasCor, me he quedado con tu nombre Pedro Casariego Córdoba, sabiendo que Mallick se ha puesto muy rojo porque lo han besado, y que tú, para imitarlo, has hecho enrojecer a todo el planeta: tabaco rojo, rojas caderas, rojo abedul, rojas fresas, hielo rojo, alerta roja, petirrojo rojo, piel roja, celda roja.

Tú inventaste una ciudad y nos diste su nombre, y un enigma y unas alas. Tú eres una estrella con la terrible tragedia que envuelve a todas las estrellas, que iluminan; pero no ven.

Mientras, teñido de pelirrojo manejas los pinceles con brío, como si fueran los remos de una nave fenicia, con la pasión holandesa y la sangre española, y en el cuadro aparecerá todo lo que los pintores siempre desecharon, y todas esas cosas despreciadas por los genios de otros siglos cobrarán junto a tu cara una vida absoluta.

He aprendido con versos que no es fácil dedicar ternura sin decimales, porque lo normal es dedicar la ternura con frías razones contables, con quebrados, divisiones; no sea que la ternura nos llene la realidad de sueños, y todos consumimos en nuestra realidad hueca bocadillos de jamón cuando deberíamos comer bocadillos de amor.

He aprendido con versos que debo seguir cometiendo faltas de ortografía, porque cuando cometo una falta de ortografía sé que nace una flor, incluso cuando las cometen esas secretarias que se afeitan cada mañana antes de ir en helicóptero a las oficinas del centro y de cristal, o las que trabajan en el Windsor.

He aprendido con versos que no solo tengo que leer poesía en los trenes, sino también en las cafeterías. Por eso ahora mismo, me voy con unos libros de poemas a la cafetería 2750 y voy a tomarme algo con Van Horne, con K. que me suena a checo que escribe en alemán, con Vanderbilt, con Zimmerman, con Mallick y con Dra, que sabe mucho de diccionarios; igual recibo esta noche un simple beso en la boca o una mano debajo del pantalón.












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