domingo, 13 de diciembre de 2020

SIEMPRE CON EMILIO SALGARI, PORQUE SANDOKÁN ERA DE SANLÚCAR

Ramona Fernández se ha sentado en Bajo de Guía, como cada tarde después de trabajar en los navazos que bordean la playa y donde se cultivan todo tipo de vegetales que se riegan por el influjo que las mareas tienen sobre las aguas subterráneas.

Ella todavía no lo sabe; pero tendrá un hijo con una vida de novela a quien Emilio Salgari encontrará en unos viejos legajos mientras busca temas para sus historias de aventuras en el museo de Propaganda Fide de Roma. Salgari anotó en su cuaderno su nombre, Carlos Cuarteroni Fernández, y el relato de sus viajes por las Filipinas y de su lucha por la libertad en Borneo y todos los mares orientales.

Anotará también las disputas de Cuarteroni con el rajá blanco de Sawarak, James Brooks, y el sultán de Brunei y no olvidó escribir a la luz de una vela sus combates intentando liberar esclavos contra los británicos o durante aquella guerra de tráfico del opio con la que los ingleses asfixiaban Oriente. La última frase la escribe en su cuaderno de notas como si la oyera de boca de su protagonista: «Viajábamos guiados por la brújula divina que nos llevaba a lugares desconocidos; pero donde más se nos necesitaba».

En ese momento, Salgari salió corriendo hacia su casa y comenzó a escribir desaforadamente. Había nacido Sandokán, un príncipe de la Malasia, que ha sido destronado por los ingleses que han asesinado a toda su familia, convirtiéndolo en un pirata. Sandokán, un hombre que sabía sobreponerse ante cualquier adversidad, demostrando que se puede tener una ética y una humanidad, incluso sufriendo las situaciones más terribles.

Carlos Cuarteroni Fernández nunca supo de Sandokán; ni su madre, Ramona Fernández cuando se sentaba viendo jugar a sus nueve hijos en la playa; pero toda vida necesita un escritor y la de Cuarteroni no sólo lo necesitaba, sino que lo merecía.

Como había nacido mirando al mar y llenando de comanda, desde el negocio de su padre, los barcos que salían al Atlántico, ingresó en la escuela de pilotaje y náutica de Cádiz; y, pronto, con trece años partió como agregado en la nave Indiana a cubrir la Carrera de las Filipinas, siguiendo la misma ruta que Magallanes, un viaje siempre peligroso.

Con 19 años toma el mando de un bergantín y realizará navegaciones a Filipinas desde Cantón, Singapur o Hong-Kong; y, posteriormente, comandará la fragata El Buen Suceso, por Malasia e Indonesia, cartografiando toda la mar y las costas para el gobierno de España. 

En 1841 obtiene el título de capitán de la marina mercante y un año más tarde decide comprar una goleta a la que llama Mártires de Tun-King y se dedica a la búsqueda de perlas y carey. En uno de sus viajes tiene conocimiento del hundimiento de un bergantín inglés, el Christian, que se dedicaba al terrible comercio del opio y de esclavos por los mares de Oriente y que podría albergar en sus bodegas una fortuna en monedas de plata. Así que no paró, cuadriculando cartas, pintando días de mar, lanzado sondas y buceando, hasta que dio con él y con sus monedas de plata. Con veintiséis años era inmensamente rico.

Sin embargo, como Cuarteroni puede que supiera que algún día sería Sandokán, decidió dedicar su fortuna a luchar contra la esclavitud a bordo del Mártires de Tun-King y de la goleta Lince; y, claro, terminó enfrentándose con el rajá blanco, James Brooks, y con el sultán de Brunei, al igual que haría Sandokán; peleando con todo aquel que fuera en contra de sus ideas abolicionistas; entre ellos, los piratas malayos.

 Pronto, se le conoció como el apóstol de Borneo. Y luchó tanto por sus ideas antiesclavistas que se presentó ante el Papa Pío IX  para que le diera permiso para construir dos misiones en la isla con el objetivo de liberar esclavos, y se hizo monje Trinitario, la misma orden que liberó a Miguel de Cervantes de la esclavitud. En 1857, fue nombrado obispo de Labuan y de Borneo y consiguió pese a James Brooks, el rajá blanco, y al sultán de Brunei fundar dos misiones: —¿Acaso no seguimos siendo los tigres de Mompracem?; donde ponemos las garras arrancamos cuanto queremos, ¿quieres una prueba?, parece que le dijo mirándolo a los ojos al rajá blanco de Sawarak, y el rajá tembló. 

Cuando se sintió morir no pudo evitar regresar a Cádiz, y ver su océano Atlántico como siempre lo vio de niño. Murió a los tres días de llegar a Cádiz y está enterrado, por ser obispo, en la cripta de obispos de la catedral de Cádiz. También tiene una placa en la avenida Ramón de Carranza, en su calidad de Prefecto apostólico de las islas de Labuán y Borneo, pero poco se sabe de esas aventuras, como marino mercante, que comenzaron con trece años cuando embarcó en la goleta Indiana rumbo a Filipinas.

Le hacía falta un escritor y desde luego encontró al mejor, Emilio Salgari, que como El Corsario Negro sabía que su barco podía desafiar tanto a los rayos del cielo como a las iras del mar y él era el hombre adecuado para guiarlo a través de las olas y los vientos.

Por eso, los sanluqueños solemos sentarnos, como Ramona Fernández en Bajo de Guía, con un libro de Salgari a la vera de la desembocadura, jalando millas rumbo a Labuán. «¡Carajo, Norberto, asegúrate a estribor y no bandees salvo que yo te lo diga!» «¡A la orden, Steersman!»


En la Escuela de Pilotos y Náutica de Cádiz estudió Carlos Cuarteroni Fernández, el apóstol de Borneo, libertador de esclavos, marino mercante, buscador de perlas y de pecios británicos hundidos y Tigre de la Malasia contra los poderosos.

También ahí estudió Steersman, Norberto Ruiz (en el centro, chaqueta blanca), que también sufrió en el mar de Borneo un abordaje pirata allá por 1962. Y el Lima, José Antonio Lima, a la izquierda de Steersman, que contó no pocas historias de piratas desde el Golfo de Guinea al Mar de Adén.

Y también estudiaron allí, todos los Pareja, bisabuelo, tíos,...; los de La Máquina del Mundo, cuando la mayor fábrica de prácticos de puerto de España estaba situada en la calle Castelar, número 14, de Sanlúcar de Barrameda.

Todos marinos mercantes.



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