domingo, 31 de mayo de 2015

BENJAMIN BLACK O JOHN BANVILLE, ÓRDENES SAGRADAS




Yo nunca quise viajar a Irlanda hasta que Joyce volviera a escribir el Ulises para mí. Sé que algún día lo hará y que las trece tentativas de su lectura que hasta ahora sumo, jugarán muy a mí favor.

Lo que ha pasado es que Irlanda ha terminado viniendo a mí.

Todo empezó con una recomendación, un premio y un asesinato en Dublín, bajo el puente de Lesson street. Parecía fácil, pero la persona que yo buscaba había cambiado de nombre y ahora se hacía pasar por un tal Benjamin Black, escritor de novelas policíacas que se había sacado de la manga a un forense, con todos los síntomas de un protagonista de la novela negra:
alcohólico, solitario, que tiene una difícil relación con una actriz de no mucho éxito, con una profunda crisis de identidad que se la ha transmitido a su hija, con problemas psicológicos que le hacen ver cosas que nunca ocurren, y que además arrastra un pasado difícil en un internado religioso irlandés que refiere, desde la primera línea, su relación con la iglesia irlandesa a la que atacará con razón o sin ella.

Un tipo así sólo puede ser detective en una novela negra; y eso que inicialmente Benjamin Black creó a Quirke alto, rubio e irresistible para las mujeres; menos mal que los lectores y el propio Quirke han dejado claro que esos no eran los cánones de una novela negra, y que los géneros tienen unas reglas que no son fáciles de modificar.


¿Por qué no era posible desconectar la mente, dejar de pensar, de recordar, de lamentar, aunque sólo fuese un instante? ¿Por qué pensaba tanto en el pasado? Después de todo, el pasado era donde más infeliz había sido.  

Quirke vive entre cadáveres, es forense y hace trabajos abriendo cuerpos ya inertes para la policía. Entre copa y copa y entre despojo y despojo, sabe que la muerte, esa transgresora, no tiene ningún respeto por las formalidades de la vida social. Sabe también que no tenemos nada, que esos afanes capitalistas normalmente se ahogan en un vaso de agua, un cáncer o un mal funcionamiento del corazón. Ha visto demasiados muertos. Agradece que sea el inspector Hackett quien hable con los familiares del difunto; no se trataba de que él fuera una persona insensible, sucedía más bien al contrario. Simplemente nunca se sabía qué se suponía que tenía que decir, qué consuelo debía ofrecer.


El problema de Benjamín Black es que cuando escribe una novela negra termina escribiendo literatura y eso es imperdonable, y eso que le he escuchado decir que: ¡No, yo no quería esto, quería que fuese novela negra, arruinar mi reputación, ganar mucho dinero. Es todavía mi mayor deseo, arruinar mi reputación!”.

Hackett es el complemento natural de Quirke, es el policía pragmático con mucha experiencia a sus espaldas e irlandés hasta la médula, porque Irlanda, la madre Irlanda no escapa a su espíritu, ni al suyo ni al de Benjamin Black; Hackett tenía que reconocer que, algunas veces, su país le ponía enfermo con su mentalidad provinciana, su timidez incorregible y su estrechez de miras. Irlanda es una de esas madres a la que se ama con el alma y que a la vez se la odia con la misma alma.

En esta trama queda por llegar el dueño del periódico, el señor Sumner, esa prensa sin escrúpulos, (¿hay alguna que los tenga?), que siempre se mueve para atizar los hilos del poder y del negocio a su favor:


- ¡Yo vendo periódicos! Póngase en contacto con ese policía como quiera que se llame, y sáquele información. Si le dicen que no tienen nada, invente algo: “lío amoroso, clave para el asesinato”, o “misteriosa mujer vista cerca”. Pero, ¿qué?...
- No fue así, no podemos inventar cosas; es así de simple, hay un límite.
- Se equivoca, Harry, no existen más límites que los que uno se impone. Es lo que se aprende en una vida dedicada a los negocios.

En este momento cierro el libro y recuerdo a Auden, y su desprecio por los hombres de negocios. Yo tengo los mismos prejuicios sobre los hombres de negocios y por todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario.

Un forense alcohólico, un policía harto de lo que lo rodea y sin fe en su país, un dueño de un medio de comunicación que sólo piensa en ganar dinero, gente de bajos fondos, ¿qué nos falta?
Una chica dulce: Phoebe. La hija de Quirke: se llevó la mano al corazón. Todavía golpeaba sus costillas como un pájaro grande y corpulento encerrado en una jaula demasiado pequeña.


El amor es el amor y siempre exige más de lo que un amante es capaz de dar. Phoebe es una joven delicada que merece mucho más de lo que la vida e Irlanda le ha dado. Una Irlanda que es la madre que todos quieren abandonar con destino a Londres. Va a Londres, Sally, la hermana de la víctima, van a Londres los tinkers violentos; también quiere huir a Londres Phoebe. ¿Qué tiene Londres para un irlandés?

Benjamín Black no se olvida de que vive en Irlanda, no olvida, tal vez en exceso, los escándalos de la iglesia irlandesa, no olvida que lo que él escribe es Literatura, y en este libro ha tenido la suerte de que una persona haya dicho el nombre del asesino sin investigación ni torturas. Eso que se han ahorrado el forense Quirke y el inspector Hackkett.

Usted y yo somos hombre de mundo- dijo el cura- Y el mundo es cruel y porfiado.

Cierro el libro de pastas negras, y ya he decidido quién soy yo.
En toda novela negra el lector sólo puede ser el muerto o el inspector, ¿cuál de ellos eres tú? 


                                 











domingo, 24 de mayo de 2015

TAWFIQ ZAYYAD, AMMAN EN SEPTIEMBRE, PALESTINA EN INVIERNO




Las hojas de los libros son como alas de palomas que los llevan a merced de ignotas incertidumbres hacia lugares en los que nunca esperábamos encontrarlos; y más ahora en los que las palabras que no andan reflejadas en una pantalla de plasma, que evita brillos a los ojos y con fuente de luz propia, han perdido su valor para la modernidad.
En estos tiempos la palabra escrita sobre el papel vuela sin medida y te depara las más grandes de las sorpresas en los lugares más extraños.

Camellero,
salúdame a Salt.
Su tierra está sembrada de muerte tras muerte.
Y si pasas ante una crucificada desnuda,
arrójale un manto, que es mi hermana.

En esta última feria del libro antiguo y de ocasión andaba yo buscando cualquier cosa a precio de saldo de Vicente Huidobro y de Dylan Thomas, para seguir leyendo algo sobre el güisqui y el alma humana, cuando de pronto adiviné un reflejo naranja, de entre un montón de libros de la caseta.


Empecé a abrir esa pila desordenada de libros abandonados y, como el corazón palpitante que pidiera un poco de ayuda y de fortuna, se me agarró un pequeño volumen a la mano. Abrí la primera página y adiviné una palabra que no venía impresa y que sólo podía leer yo: RESISTENCIA.

Ya estoy seguro de que si algo va a perdurar sólo lo hará la poesía, y será esa poesía oral que de boca en boca, de labio en labio, de alma en alma, y de corazón en corazón van declamando los poetas por las calles y las plazas, y las madres le cantan a sus hijos las noches en que todos tienen miedo.

Sobre los escombros,
Bajo los escombros,
En el umbral de las casas,
En los faroles de las calles,
En las ramas de los árboles quemados,
Y en las plazas
y en los caminos
y en las calles
surcadas de tanques.

El libro de tapas naranjas, editado por Hiperión en 1979, se abre solo sin necesidad de que lo toquemos, porque la sangre palpita en esas letras, empujada por la memoria que la poesía mantendrá viva hasta el fin de los tiempos:

Las cifras son terribles:
miles de asesinados  -¿diez mil?
(¿dos mil muertos hoy?)
¿Quién sabe cuántos?

Y es esa visión de injusticia, que necesita reparación, la que el poeta declama a la calle sabiendo que como la poesía vivirá siempre también lo hará la RESISTENCIA de un pueblo que lleva esas palabras en su boca:

Os convoco,
os estrecho las manos.
Beso la tierra bajo vuestros zapatos
y digo: «os rescato,
os regalo la luz de mis ojos
y el calor de mi corazón os lo doy,
pues la tragedia que vivo
es parte de vuestra tragedia.

De la mano del poeta cuyas palabras aparecen iluminadas en una feria de libros antiguos y de ocasión, abandonadas, amontonados los volúmenes sin destino vivo, vuelvo a Palestina.
Y recuerdo a Ammán en septiembre y a los miles de mujeres y niños asesinados; y vuelvo a Beirut, a Sabra y Chatila, y creo que ha habido demasiada gente inocente violentada, (por no escribir las palabras que merecen esas acciones y que no deben ser escritas, pero que son las que me salen de la garganta). Y creo que a los violentos les gusta tener enfrente a violentos para alimentarse mutuamente. Y en esas estamos; con violentos mandando en todos los frentes, que no quieren la paz sino a más violentos enfrente que justifiquen su razón de ser.

Y también creo que los inocentes siempre terminan crucificados.

Pero para ellos, para los inocentes, quedan los poetas, queda la memoria y queda la eternidad, no para ti Habis, gusano, hijo de gusano, Habis, impone una guerra civil mientras los lobos voraces del ídolo siguen desgarrándome las entrañas. Y yo sigo muriendo mil veces el mismo día y viviendo otras mil el mismo día. Para ti, un poeta de Nazaret ha reservado el infierno de Dante.

Para recordar
seguiré sin descanso grabando
todos los capítulos de mi tragedia
y todas las etapas del desastre
desde el principio hasta el fin.
Allá en un olivo
en el patio de mi casa.

Termino de leer el libro de tapas naranjas y lo pongo en la estantería, sabiendo que las hojas de los libros son como alas de palomas que los llevan a merced de ignotas incertidumbres hacia lugares en los que nunca esperábamos encontrarlos; y lo coloco en su sitio junto al Archipiélago Gulag de Alexander Soljenitzin, y junto a Si esto es un Hombre de Primo Levi, y junto a Sin Destino de Imre Kertesz, y junto a El Crimen del Soldado de Erri de Luca, y junto a…

Toda acción tiene respuesta.
Leed lo que dice el Libro.
Como si fuéramos veinte prodigios.
En Lidda, en Ramal, en Galilea.




                                         













viernes, 15 de mayo de 2015

LA CÁBALA Y EL CRIMEN DEL SOLDADO, ERRI DE LUCA



Con Erri de Luca me crucé varias veces durante la guerra de los Balcanes, él conducía un camión de ayuda humanitaria y yo llevaba otro de color blanco. Seguro que se acuerda, porque esas cosas no se olvidan. Aunque era un tiempo en el que él todavía no había escrito que El Crimen del Soldado es su derrota y que existe un límite en el crimen más allá del cual la justicia vale menos que el papel higiénico.

Debo a Erri de Luca, la lectura amena de unos cuantos libros, las cuatro palabras de Yiddish y de hebreo que conozco, un corto paseo por la cábala, y que el fin de todo escritor es restituir el nombre exacto de las cosas, para que la palabra no pueda nunca vivir en las bocas criminales enmascarando sus atrocidades: Wohnung Bezirk, “distrito habitable”, así llamaban al recinto de cuerpos destinados al matadero. Llamaban Aussiedlung, “traslado”, a los envíos en los trenes blindados hacia los campos de exterminio. Difundían un vocabulario falso como cobertura.

Pienso que el pasado es el mejor camino para la búsqueda de la verdad, y Erri de Luca me cuenta que personalmente, no reconoce nada de puro en la verdad. La veo cuando se desmorona  una negación, en la entrada de las tropas soviéticas en el campo de extermino de Treblinka.

Verdad, “èmet”, es la palabra que, sin saberlo, a todos nos da la vida; y la palabra que llevamos en nuestra frente escrita y grabada como el Golem, ese hombre de arcilla, creado por aquel rabino judío de Praga:


Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
Se pregunta Borges adivinando su mirada.


Émet, verdad, es la palabra escrita sobre la frente del Golem, el hombre de arcilla, que con esa fórmula, se transforma en autómata viviente. Existen palabras que necesitan el femenino y “verdad” es una de ellas.

En hebreo es absoluta, pero en yiddish es relativa, por eso siempre va acompañada, por un adjetivo, y dicen de ella: la pura verdad. Así lo digo yo, y así lo oigo a quienes me rodean. Ése es el motivo por el que cada noche en el espejo procuro adivinar dónde llevo yo escrita la palabra que, como al Golem, me da la vida. Es la pura verdad.

Luego, Erri de Luca y yo, volvimos a coincidir persiguiendo criminales de guerra; él por Viena e Ischia, tras la pista, sin querer, de un nazi que ahora trabajaba “honradamente” de cartero y vivía con su hija, rodeado de precauciones y desvelos; pero no porque cometiera la mayor atrocidad posible sobre un pueblo, sino porque habían sido derrotados.
Y yo, no muy lejos de allí, persiguiendo a un psicólogo con pinta de Whitman que ahora se daba a escribir poemas para niños, un auténtico engendro.

El nazismo se había esforzado a fondo en destruir a gente inocua. Se convenció de que se habían equivocado: se habían aplicado en destruir un pueblo, se habían ensañado con sus cuerpos, en vez de concentrarse en el centro del objetivo. Se convenció de que el judaísmo se había enrocado y el núcleo del laberinto era la cábala.

Ahora sé que Padre se escribe con las letras alef y bet porque alef es la unidad y bet la multiplicidad y bet es consecuencia de la alef; y que la pasión por el conocimiento de Dios es equiparable al afecto entre los amantes.

En El Zohar, una obra que todos debemos leer, escribe el toledano Moisés de León: La Toráh es una bella amada que se esconde en los aposentos de su palacio, tiene un amante secreto,  el sabio de corazón que por amor a ella día y noche ronda la casa. Ella lo sabe y por un instante fugaz se asoma y le muestra su sonrisa para volverse a ocultar de nuevo. De todos los presentes sólo él la ve y todo él su corazón y su alma se vuelve hacia ella, porque sabe que durante ese mismo instante ella ha ardido también de amor por él y sólo entonces el verdadero sentido de la Toráh se le vuelve claro con su texto literal al que no se le puede cambiar nada, por eso hay que estar siempre atento a la Toráh para convertirse en su amado tal y como está escrito.

Erri de Luca me ha llevado, persiguiendo sin querer a criminales nazis, a viajar por el medievo con Isaac el ciego, precursor de la cábala moderna y al que algunos le han dado como autor de El Bahir, una obra cabalística del año 1200, que defiende que toda creación tiene su origen en el interior del ser divino, en esa región inalcanzable por el entendimiento que los cabalistas llamarán Ain sof, lo incognoscible, lo infinito, de donde proviene todo lo creado.
Y he conocido a Abraham Abulafia que explica que la permutación de las letras hebreas dentro de una palabra provoca una profecía.

Ese hombre, ese criminal, vivía en un continuo estado de precaución. Acaba de ver a Erri de Luca traduciendo del hebreo La Familia Moskat de Isaac Bashevi Singer, y cree que ya lo han encontrado:
“Los judíos han dado conmigo. Son letras hebreas lo que ese hombre está leyendo”.

Lo peor de todo es que ese asesino cree que el único crimen que cometió después de llevar a las cámaras de gas a millones de inocentes, fue perder la guerra; pues piensa que cualquier atrocidad está permitida a los vencedores. ¡Terrible!

He abierto, por una página al azar, la 190, el ejemplar de El Zohar que compré en una tienda de Toledo, justo enfrente de la sinagoga de El Tránsito; y me he dado cuenta que el 190 en la cábala es el valor numérico en hebreo para término y venganza; y creo que ninguna de esas dos palabras puede ser la solución a los problemas que nos rodean, prefiero las palabras igualdad, libertad y justicia. Espero que la gematría y el notricon me ayuden a encontrar ese número exacto.
Mientras tanto, voy a seguir leyendo a Erri de Luca.



 



viernes, 1 de mayo de 2015

LA TREGUA DE MARIO BENEDETTI



Mi mano derecha  es una golondrina
Mi mano izquierda es un ciprés
Mi cabeza por delante es un señor vivo
Y por detrás es un señor muerto.
Vicente Huidobro



  
Uno pretende, siempre, llegar a Benedetti buscando aire puro y vientos de libertad; y, al final, termina hallando la asfixia a la que sin remedio conduce toda experiencia vital y todo combate que sin duda no tiene más recorrido que el pesimismo y la soledad que llega tarde o temprano; y si no, llega la muerte que es prácticamente lo mismo.

Sí, yo, que llegué a Benedetti buscando la resistencia en la lucha y la ética del compromiso, me encontré con él en el Uruguay adivinando qué haría yo con tanto tiempo libre cuando me llegara la jubilación.

Cuando me jubile, tal vez lo mejor sea abandonarme al ocio, a una especie de modorra compensatoria, a fin de que los nervios, los músculos, la energía, se relajen de a poco y se acostumbren a bien morir. Pero no. Hay momentos en que mantengo la lujosa esperanza de que el ocio sea lo pleno.
La última oportunidad de encontrarme a mí mismo.

Es por eso que no debemos perder el norte cuando nos llegue el merecido retiro después de haber trabajado durante más de cuarenta años, la mayoría de las veces, no nos engañemos, haciendo aquello que no nos gustaba tanto. Por eso pienso, igual que Martín Santomé, que la jubilación es el derecho que nos hemos ganado a trabajar en todo aquello que soñamos. Porque hasta ahora he tenido que pensar también en otros: el orgullo es para cuando se tienen veinte o treinta años. Salir con mis hijos adelante era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable de los padres desalmados.
Hacíamos cuentas, nunca alcanzaba. Acaso miramos demasiados números, las sumas las restas, y no teníamos tiempo de mirarnos a nosotros.

Yo sé que me voy a dedicar a escribir y a viajar; aunque tenga que hacerlo con un simple lápiz y andando. Me he buscado dos dedicaciones que pueden ser muy baratas o muy caras, ese ancho de banda me anima a pensar que es posible.

No pienso caer en ninguna rutina como he hecho hasta ahora, porque yo mismo he fabricado mi rutina. La seguridad de saberme capaz para algo mejor me puso en las manos de la postergación, que a fin de cuentas es un arma terrible y suicida. Y eso es lo peor, caer en la teoría de la postergación y dejar para otra vida lo que un día soñamos, sin saber que siempre será tarde porque si ahora mismo me decidiera a asegurarme en una especie de tardío juramento:”voy a ser exactamente lo que quise ser”, resultaría del todo inútil.

Ha sido una suerte que Martín Santomé me dejara leer su diario, porque sus observaciones no son sólo íntimas, sino que llenan el mundo que lo rodea y es capaz de la más acerada crítica o la más suave apreciación: ¡Cómo comemos, Dios mío! En la alegría, en el dolor, en el asombro, en el desaliento. Nuestra sensibilidad es primordialmente digestiva. Nuestra innata vocación de demócratas se apoya en un viejo postulado: “Todos tenemos que comer”.

Santomé mira hacia atrás y sabe que ese camino es mucho más largo que el que le queda cuando mira hacia delante, de ahí el apuro de estos cincuenta años que me pisan los talones. Aún me quedan unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes; pero ¿cuántos me quedan de placer?

Menos mal que apareció Avellaneda, sin embargo no es tan indefensa, está bastante segura de lo que quiere, una joven que lo devuelve a la vida quitándole muchos temores para darle otros, pero bienvenidos sean esos temores y esos dolores. Es un sufrimiento el que está por llegar que hay que afrontar, no vamos a dejar de vivir porque vayamos a sufrir con cada nuevo paso.

Benedetti crea una novela pesimista como la vida misma, llena de una irónica melancolía. Yo también me enamoré de Avellaneda, y hubo un tiempo en que fui feliz, en mi caso ella era mucho mayor que yo, ¡qué le vamos a hacer!, eso tienen los libros. Está segura de que el trabajo la asfixia, de que nunca se suicidará, de que el marxismo es un grave error, de que yo le gusto, de que la muerte no es el fin de todo, de que sus padres son magníficos, de que Dios existe, de que la gente en que confía no habrá de fallarle jamás…

Pero murió. Avellaneda murió. Su Avellaneda y la mía, las dos murieron. La suya con veintipocos años, él le doblaba la edad; la mía con treinta y ocho, me sacaba doce años. ¡qué le vamos a hacer!, los libros tienen estas cosas.

Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel, simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua.



viernes, 24 de abril de 2015

EL HOMBRE HA MUERTO, WOLE SOYINKA





 La primera noticia que tuve de Wole Soyinka fue en la cárcel. No digo que fuera una casualidad, porque a ese tipo de hombres y en esos lugares uno tiene que ir a buscarlos a conciencia. Dirijo este libro al pueblo al que pertenezco, no a la nueva élite, no al amplio estrato de esclavos privilegiados que apuntala los palacios de mármol de los tiranos de hoy. Tengo que conocer a ese hombre, me dije.

Creí no llegar a tiempo porque ya llevaba dos huelgas de hambre, y encima les andaba provocando con el lenguaje, ese arma que deja muda a la violencia y que es capaz de desenmascarar a los criminales situados en puestos elevados y rehabilitar a las víctimas la mayor parte de las veces, ¡Ay!, póstumamente, porque la palabra y el arte vence al tiempo, cierto, pero ese tiempo para muchos inocentes suele llegar tarde.

Yo no quería llegar tarde porque sabía que andaba escribiendo El Lento Linchamiento, pero cuando recibí el telegrama, que decía El Hombre Ha Muerto, temí lo peor.
La guerra civil llevaba sus tempestades por el norte, y de las matanzas sólo se había salvado el salvaje, salvaje oeste.

El señor Soyinka y otros locos que se autodenominaban intelectuales habían andado presionando a los demás países para que no vendieran armas a los bandos de aquel conflicto fraticida. No había más remedio que meterlo en la cárcel y que recorriera los infiernos más secretos del alma humana para que se diera a escribir una novela testimonial que nadie debe perderse, ya que en ella están los secretos de la justicia y del hombre libre. Por eso fui yo a buscarlo a la cárcel.

Propongo que se apruebe en la región una ley que declare que es delito que un hombre o un grupo moleste o se entrometa con otro por razones de tribu, o que practique cualquier forma de discriminación basada en lo tribal, o en el color de la piel, o en el Dios o dioses a los que se ama, o en la forma de vestirse, o en el idioma que se habla o… Voto a esa ley, aunque haya que defenderla con las armas.

- ¿Entonces no es usted pacifista?
- Por supuesto que no.
-¿Qué clase de guerra apoyaría?
- Cualquier guerra en defensa de la libertad.

Me comuniqué con el señor Soyinka por medio de papelitos que escribía donde y como podía; papel higiénico, pañuelos, gasas; ese hombre sólo pensaba en escribir, y eso que dentro de los muros de la cárcel todo es secreto. La GESTAPO había ordenado un total apagón exterior para mí y para todos los reclusos de la celda de atrás.

No podía permitir que al señor Soyinka le pasara nada, así que me alié con sus carceleros para intentar que abandonara la huelga de hambre, el Corán dice que la conservación propia es la primera ley del hombre, si él moría nadie más iba a poder escribir esa historia tan común y tan humana, que se da en todos los lugares del mundo en la que todo poder intenta siempre acallar cualquier conciencia libre. Porque en la casa de los muertos, el viviente es el único creador. Y él, por ese motivo, tenía que vivir, aunque yo sabía que él, como todos, no era completamente inocente:

- ¿Es usted completamente inocente?
- No. En tiempos de guerra ningún hombre es completamente inocente. Pero soy completamente inocente de las acusaciones que hay contra mí.

Aquí seguimos los dos en la cárcel, sabiendo que El Hombre Ha muerto, pero también sabemos que los libros y toda clase de escritura han producido siempre terror a quienes quieren ocultar la verdad.  












domingo, 12 de abril de 2015

JESÚS DE NAZARET, EL REINO DE LOS CIELOS

                                 
                                 
 
En tiempos de Semana Santa y Pascua suelo volver a La Otra Banda de la Argónida; y siempre, casi sin querer, termino siguiendo a un crucificado; un hombre que vino a cambiar el mundo de arriba a abajo y de abajo a arriba, sin escudos ni espadas, rara cosa:

Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que tenéis hambre ahora porque seréis saciados.
Dichosos los que lloráis porque reiréis.
Dichosos seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. (Lc 6,20-22)

Nadie ignora que con esa prédica no se merecía más que la cruz.

Antes de viajar a la Otra Banda de la Argónida decidí rescatar un libro, que compré por casualidad hace unos años, titulado Descodificando a Jesús de Nazaret de Bernardo Pérez Andreo y también rescaté, en mi Aleph, todas las conferencias de un vecino mío de cerca de la Otra Banda de la Argónida, Antonio Piñero, que ha dedicado media vida a estudiar a Jesús, el Nazareno. 

Le pregunto al doctor Piñero por Jesús y me remite a los textos antiguos que recogen su figura. Empieza leyendo, me aconseja, a Flavio Josefo, a Tácito y a las fuentes judías, que aunque son muy posteriores y difamatorias, nunca niegan la existencia de Cristo, sino todo lo contrario.
Agarro el libro Antigüedades Judías de Flavio Josefo y leo el capítulo XVIII: Por aquella época apareció Jesús, hombre sabio, fue autor de obras maravillosas, maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a sí muchos judíos y también muchos gentiles. Este era  el Cristo. Habiendo sido denunciado por los primados del pueblo, Pilato lo condenó al suplicio de la cruz; pero los que antes le habían amado le permanecieron fieles en el amor. Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de El ésta y otras mil cosas maravillosas. De él tomaron su nombre los cristianos, cuya sociedad perdura hasta el día de hoy.

Luego, en la Biblioteca, que siempre guarda un rincón para mí, de la tercera estantería, justo al fondo, tomo los Annales de Tácito, XV: Por ello, para eliminar tal rumor (de que él había incendiado Roma), Nerón buscó unos culpables y castigó con las penas más refinadas a unos a quienes el vulgo odiaba por sus maldades y llamaba cristianos. El que les daba este nombre, Cristo, había sido condenado a muerte durante el imperio de Tiberio por el procurador Poncio Pilato. Esta funesta superstición, reprimida por el momento, volvía a extenderse no solo por Judea, lugar de origen del mal, sino también por la Ciudad (Roma), a donde confluyen desde todas partes y donde proliferan toda clase de atrocidades y vergüenzas.

Las fuentes judías las busco directamente en mi Aleph y compruebo que son difamatorias, tardías, de los años 500-600, pero tiene razón el doctor don Antonio Piñero, natural de Chipiona: "hay algo fundamental en esas fuentes; y es que las fuentes judías nunca niegan su existencia, sino todo lo contrario y afirman que tenía discípulos". Por cierto, no hablan de crucifixión, sino que murió colgado.
El doctor Piñero continúa hablando de los Evangelios canónicos y apócrifos, de los primeros cristianos que perdieron su carrera con la Historia, de la Pasión, de lo judío que era Cristo, de su muerte, de las mujeres que lo rodearon, de su vida y de el Reino de los Cielos. Después de oírlo me ha alegrado mucho perseguir su labor de conferenciante, tengo que quedar con él en Chipiona o en La Otra Banda de la Argónida.

Si las noches las he dedicado a perseguir por las calles de La Otra Banda de la Argónida al Crucificado, las mañanas las pasaba en su playa Descodificando a Jesús de Nazaret con el profesor Bernardo Pérez Andreo.

Si la civilización de Roma era especialista en hacer suyos a todos los dioses que moraban en cada pueblo que conquistaban para que la romanización fuera absoluta, ¿qué temían tanto Roma y los jerarcas de Israel de este hombre con pinta de mendigo, al que acompañaban desheredados y gente de mal vivir y que sólo predicaba la ley del amor por las tierras de Galilea?

El peligro de este Hombre era El Reino de los Cielos, la última revolución.

Jesús utiliza la expresión Reino de Dios para amalgamar una alternativa al orden social vigente. Jesús y su grupo marginal pretenden crear una alternativa real que integre a todo el pueblo pero marcando unas pautas muy claras. Primero era necesario rescatar a Dios del aprisionamiento que las élites de Jerusalén lo han sometido en el Templo para abrir la esperanza de los desposeídos y excluidos sociales: Dios está de parte de los pobres y pide a los ricos que se conviertan.
 
También es necesario modificar el orden familiar existente que prima la autoridad del varón y somete a la mayor parte de los seres humanos a unas relaciones de dominio y opresión en el mismo ámbito familiar.
 
El Reino de Dios es a la vez un espacio alternativo y una organización social alternativa, donde vive una nueva familia en torno a la mesa compartida por los excluidos, pero también es un programa político de alternativa al orden socio-político vigente.


Ahí estaba el peligro para Roma y para las élites de Israel; ese Hombre merecía la crucifixión porque no sólo hablaba del Reino de Dios en el Cielo, un reino lejano y que a los ricos y poderosos les preocupa poco, sino que quería crear ese Reino de Dios aquí en la Tierra, y eso sí que empieza ser procupante para el poder: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres? (Sant 2,5)
 
El Reino ha elegido a los proscritos sociales, económicos y políticos, pero Jesús no sólo se refiere a ese Reino que llega después de la muerte, sino a este Reino que anda de la mano de la vida, porque él también bajó a la Tierra para cambiar el (des)orden vigente instaurado por el imperio romano y sus servidores locales. Así lo entendieron los señores de este mundo y lo ajusticiaron como sólo hacían con los sediciosos y bandoleros, crucificándolos.

Otro mundo es posible, y por eso seguimos crucificándolo cada día, no sea que la revolución que empezó con él hace dos mil años tenga éxito, y el poder y el dinero que es lo que ha movido hasta ahora el mundo deje paso al Reino de los Cielos.

Yo, sabiendo que pongo poco de mi parte, esta Semana de Santa y de Pascua, por si acaso, he seguido los pasos del crucificado, y sueño con esa última revolución.















domingo, 29 de marzo de 2015

EN EL REINO DE ESTE MUNDO CON ALEJO CARPENTIER

¿Dónde envías a Colón
para renovar mis daños?
¿No sabes que ha muchos años
que tengo allí posesión?
                                   Lope de Vega



No se puede explicar mejor en cuatro versos el resumen de todas las vidas y dolores que han colonizado la Tierra desde que el mundo es mundo:
“El demonio ya es dueño de él; no llega con unos hombres o con otros, está en todas partes y es la Humanidad entera quien debe desembarazarlo de su dominio”.

Cree Schopenhauer que toda vida es esencialmente sufrimiento; y que el mal y el sufrimiento se encuentran en la raíz misma de la existencia. En su opinión lo que movería a todos los seres vivientes es el egoísmo, porque sólo aspiran, con infinito afán, a mantenerse vivos en su existencia, y nada hay más favorable para la voluntad de vivir que el culto al egoísmo.

Si Schopenhauer hubiera escrito una novela, posiblemente la hubiera soñado con El Reino de este Mundo, la novela de la igualdad; pero la igualdad en el mal; la igualdad en el dolor; en la opresión de unos hombres por otros hombres; en la creencia de que el poder siempre causará sufrimiento. Sin importar si el poder está en manos de blancos, de negros o de mestizos. ¡He ahí la prueba irrefutable de que todos los hombres somos iguales!

Dotado de suprema autoridad por los Mandatarios de la otra orilla, había proclamado la cruzada del exterminio, elegido, como lo estaba, para acabar con los blancos y crear un gran imperio de negros libres en Santo Domingo.

Ti Noel evoca, viendo a los blancos morir, el viaje que hiciera años atrás, como cautivo, antes de ser vendido a los negreros de Sierra Leona. Los blancos no merecían otra cosa más que, al lado de las cabezas de terneros se sirvieran cabezas de blancos señores en el mantel de la misma mesa.

Pero ni siquiera la Revolución Francesa con sus bellas palabras de Libertad, Igualdad y Fraternidad; pudo hacer nada contra el alma humana; incluso aunque unos señores muy influyentes hubieran declarado que había de darse la libertad a los negros; pero los hideputas monárquicos se negaban a obedecer.
Sueña Ti Nöel, con el día en que todos los hombres sean libres, sin saber que ya ha caído sobre ellos la victoria de los negros. Vuelve de Santiago a El Cabo y ve que todo está cambiado:

Mucha gente trabajaba en esos campos bajo la vigilancia de soldados armados  de látigos, que de cuando en cuando lanzaban un guijarro a un perezoso.
Los guardianes eran negros y negros también los esclavos que andaban dejándose los lomos en la faraónica construcción que era el sueño del nuevo megalómano en cuyas manos estaba el poder de la isla. Nada ha cambiado pensó. Todos los hombres somos iguales ante el sufrimiento, unos sufren y otros hacen sufrir. Como siempre.

Pronto Ti Noel, anciano, se da cuenta de que vuelve a ser un esclavo: el viejo recibió un palo en el lomo, dijo que conocía al rey, Henry Christophe, tan negro como él, pero fue llevado a una celda. Y se dio cuenta al momento que todos ellos, todos sin excepción, se debían a una esclavitud tan abominable como la que había conocido en la hacienda de monsieur Lenormand de Merzy. Se dio cuenta de que vivían la misma esclavitud pero con señores de distinto color.

Ya hemos vivido, se dijo, la esclavitud de los blancos y la esclavitud de los negros; hace falta otra revolución. Y, en efecto, otra revolución viene en camino: la revolución de los mestizos. Pronto el poder estará en manos de los mestizos; pero ¿creen que llegará la justicia con ellos, la igualdad, la ausencia de egoísmo, la libertad?

Lean El Reino de este Mundo, o sigan a Schopenhauer, para saber que el mal y el sufrimiento están en la raíz misma de la existencia; para saber cómo acabó la tiranía de los mestizos en la isla de Santo Domingo que en nada se diferenció de la de los blancos ni la de los negros.

Seguramente, nos demos cuenta de que ya gobiernen los nobles, los ricos, los pobres, la clase media, los proletarios, los blancos, los negros, los amarillos o los mestizos la justicia y la igualdad no viven en El Reino De Este Mundo.
Otra nueva revolución es necesaria y viene en camino...