viernes, 1 de mayo de 2015

LA TREGUA DE MARIO BENEDETTI



Mi mano derecha  es una golondrina
Mi mano izquierda es un ciprés
Mi cabeza por delante es un señor vivo
Y por detrás es un señor muerto.
Vicente Huidobro



  
Uno pretende, siempre, llegar a Benedetti buscando aire puro y vientos de libertad; y, al final, termina hallando la asfixia a la que sin remedio conduce toda experiencia vital y todo combate que sin duda no tiene más recorrido que el pesimismo y la soledad que llega tarde o temprano; y si no, llega la muerte que es prácticamente lo mismo.

Sí, yo, que llegué a Benedetti buscando la resistencia en la lucha y la ética del compromiso, me encontré con él en el Uruguay adivinando qué haría yo con tanto tiempo libre cuando me llegara la jubilación.

Cuando me jubile, tal vez lo mejor sea abandonarme al ocio, a una especie de modorra compensatoria, a fin de que los nervios, los músculos, la energía, se relajen de a poco y se acostumbren a bien morir. Pero no. Hay momentos en que mantengo la lujosa esperanza de que el ocio sea lo pleno.
La última oportunidad de encontrarme a mí mismo.

Es por eso que no debemos perder el norte cuando nos llegue el merecido retiro después de haber trabajado durante más de cuarenta años, la mayoría de las veces, no nos engañemos, haciendo aquello que no nos gustaba tanto. Por eso pienso, igual que Martín Santomé, que la jubilación es el derecho que nos hemos ganado a trabajar en todo aquello que soñamos. Porque hasta ahora he tenido que pensar también en otros: el orgullo es para cuando se tienen veinte o treinta años. Salir con mis hijos adelante era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable de los padres desalmados.
Hacíamos cuentas, nunca alcanzaba. Acaso miramos demasiados números, las sumas las restas, y no teníamos tiempo de mirarnos a nosotros.

Yo sé que me voy a dedicar a escribir y a viajar; aunque tenga que hacerlo con un simple lápiz y andando. Me he buscado dos dedicaciones que pueden ser muy baratas o muy caras, ese ancho de banda me anima a pensar que es posible.

No pienso caer en ninguna rutina como he hecho hasta ahora, porque yo mismo he fabricado mi rutina. La seguridad de saberme capaz para algo mejor me puso en las manos de la postergación, que a fin de cuentas es un arma terrible y suicida. Y eso es lo peor, caer en la teoría de la postergación y dejar para otra vida lo que un día soñamos, sin saber que siempre será tarde porque si ahora mismo me decidiera a asegurarme en una especie de tardío juramento:”voy a ser exactamente lo que quise ser”, resultaría del todo inútil.

Ha sido una suerte que Martín Santomé me dejara leer su diario, porque sus observaciones no son sólo íntimas, sino que llenan el mundo que lo rodea y es capaz de la más acerada crítica o la más suave apreciación: ¡Cómo comemos, Dios mío! En la alegría, en el dolor, en el asombro, en el desaliento. Nuestra sensibilidad es primordialmente digestiva. Nuestra innata vocación de demócratas se apoya en un viejo postulado: “Todos tenemos que comer”.

Santomé mira hacia atrás y sabe que ese camino es mucho más largo que el que le queda cuando mira hacia delante, de ahí el apuro de estos cincuenta años que me pisan los talones. Aún me quedan unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes; pero ¿cuántos me quedan de placer?

Menos mal que apareció Avellaneda, sin embargo no es tan indefensa, está bastante segura de lo que quiere, una joven que lo devuelve a la vida quitándole muchos temores para darle otros, pero bienvenidos sean esos temores y esos dolores. Es un sufrimiento el que está por llegar que hay que afrontar, no vamos a dejar de vivir porque vayamos a sufrir con cada nuevo paso.

Benedetti crea una novela pesimista como la vida misma, llena de una irónica melancolía. Yo también me enamoré de Avellaneda, y hubo un tiempo en que fui feliz, en mi caso ella era mucho mayor que yo, ¡qué le vamos a hacer!, eso tienen los libros. Está segura de que el trabajo la asfixia, de que nunca se suicidará, de que el marxismo es un grave error, de que yo le gusto, de que la muerte no es el fin de todo, de que sus padres son magníficos, de que Dios existe, de que la gente en que confía no habrá de fallarle jamás…

Pero murió. Avellaneda murió. Su Avellaneda y la mía, las dos murieron. La suya con veintipocos años, él le doblaba la edad; la mía con treinta y ocho, me sacaba doce años. ¡qué le vamos a hacer!, los libros tienen estas cosas.

Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel, simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua.



viernes, 24 de abril de 2015

EL HOMBRE HA MUERTO, WOLE SOYINKA





 La primera noticia que tuve de Wole Soyinka fue en la cárcel. No digo que fuera una casualidad, porque a ese tipo de hombres y en esos lugares uno tiene que ir a buscarlos a conciencia. Dirijo este libro al pueblo al que pertenezco, no a la nueva élite, no al amplio estrato de esclavos privilegiados que apuntala los palacios de mármol de los tiranos de hoy. Tengo que conocer a ese hombre, me dije.

Creí no llegar a tiempo porque ya llevaba dos huelgas de hambre, y encima les andaba provocando con el lenguaje, ese arma que deja muda a la violencia y que es capaz de desenmascarar a los criminales situados en puestos elevados y rehabilitar a las víctimas la mayor parte de las veces, ¡Ay!, póstumamente, porque la palabra y el arte vence al tiempo, cierto, pero ese tiempo para muchos inocentes suele llegar tarde.

Yo no quería llegar tarde porque sabía que andaba escribiendo El Lento Linchamiento, pero cuando recibí el telegrama, que decía El Hombre Ha Muerto, temí lo peor.
La guerra civil llevaba sus tempestades por el norte, y de las matanzas sólo se había salvado el salvaje, salvaje oeste.

El señor Soyinka y otros locos que se autodenominaban intelectuales habían andado presionando a los demás países para que no vendieran armas a los bandos de aquel conflicto fraticida. No había más remedio que meterlo en la cárcel y que recorriera los infiernos más secretos del alma humana para que se diera a escribir una novela testimonial que nadie debe perderse, ya que en ella están los secretos de la justicia y del hombre libre. Por eso fui yo a buscarlo a la cárcel.

Propongo que se apruebe en la región una ley que declare que es delito que un hombre o un grupo moleste o se entrometa con otro por razones de tribu, o que practique cualquier forma de discriminación basada en lo tribal, o en el color de la piel, o en el Dios o dioses a los que se ama, o en la forma de vestirse, o en el idioma que se habla o… Voto a esa ley, aunque haya que defenderla con las armas.

- ¿Entonces no es usted pacifista?
- Por supuesto que no.
-¿Qué clase de guerra apoyaría?
- Cualquier guerra en defensa de la libertad.

Me comuniqué con el señor Soyinka por medio de papelitos que escribía donde y como podía; papel higiénico, pañuelos, gasas; ese hombre sólo pensaba en escribir, y eso que dentro de los muros de la cárcel todo es secreto. La GESTAPO había ordenado un total apagón exterior para mí y para todos los reclusos de la celda de atrás.

No podía permitir que al señor Soyinka le pasara nada, así que me alié con sus carceleros para intentar que abandonara la huelga de hambre, el Corán dice que la conservación propia es la primera ley del hombre, si él moría nadie más iba a poder escribir esa historia tan común y tan humana, que se da en todos los lugares del mundo en la que todo poder intenta siempre acallar cualquier conciencia libre. Porque en la casa de los muertos, el viviente es el único creador. Y él, por ese motivo, tenía que vivir, aunque yo sabía que él, como todos, no era completamente inocente:

- ¿Es usted completamente inocente?
- No. En tiempos de guerra ningún hombre es completamente inocente. Pero soy completamente inocente de las acusaciones que hay contra mí.

Aquí seguimos los dos en la cárcel, sabiendo que El Hombre Ha muerto, pero también sabemos que los libros y toda clase de escritura han producido siempre terror a quienes quieren ocultar la verdad.  












domingo, 12 de abril de 2015

JESÚS DE NAZARET, EL REINO DE LOS CIELOS

                                 
                                 
 
En tiempos de Semana Santa y Pascua suelo volver a La Otra Banda de la Argónida; y siempre, casi sin querer, termino siguiendo a un crucificado; un hombre que vino a cambiar el mundo de arriba a abajo y de abajo a arriba, sin escudos ni espadas, rara cosa:

Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que tenéis hambre ahora porque seréis saciados.
Dichosos los que lloráis porque reiréis.
Dichosos seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. (Lc 6,20-22)

Nadie ignora que con esa prédica no se merecía más que la cruz.

Antes de viajar a la Otra Banda de la Argónida decidí rescatar un libro, que compré por casualidad hace unos años, titulado Descodificando a Jesús de Nazaret de Bernardo Pérez Andreo y también rescaté, en mi Aleph, todas las conferencias de un vecino mío de cerca de la Otra Banda de la Argónida, Antonio Piñero, que ha dedicado media vida a estudiar a Jesús, el Nazareno. 

Le pregunto al doctor Piñero por Jesús y me remite a los textos antiguos que recogen su figura. Empieza leyendo, me aconseja, a Flavio Josefo, a Tácito y a las fuentes judías, que aunque son muy posteriores y difamatorias, nunca niegan la existencia de Cristo, sino todo lo contrario.
Agarro el libro Antigüedades Judías de Flavio Josefo y leo el capítulo XVIII: Por aquella época apareció Jesús, hombre sabio, fue autor de obras maravillosas, maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a sí muchos judíos y también muchos gentiles. Este era  el Cristo. Habiendo sido denunciado por los primados del pueblo, Pilato lo condenó al suplicio de la cruz; pero los que antes le habían amado le permanecieron fieles en el amor. Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de El ésta y otras mil cosas maravillosas. De él tomaron su nombre los cristianos, cuya sociedad perdura hasta el día de hoy.

Luego, en la Biblioteca, que siempre guarda un rincón para mí, de la tercera estantería, justo al fondo, tomo los Annales de Tácito, XV: Por ello, para eliminar tal rumor (de que él había incendiado Roma), Nerón buscó unos culpables y castigó con las penas más refinadas a unos a quienes el vulgo odiaba por sus maldades y llamaba cristianos. El que les daba este nombre, Cristo, había sido condenado a muerte durante el imperio de Tiberio por el procurador Poncio Pilato. Esta funesta superstición, reprimida por el momento, volvía a extenderse no solo por Judea, lugar de origen del mal, sino también por la Ciudad (Roma), a donde confluyen desde todas partes y donde proliferan toda clase de atrocidades y vergüenzas.

Las fuentes judías las busco directamente en mi Aleph y compruebo que son difamatorias, tardías, de los años 500-600, pero tiene razón el doctor don Antonio Piñero, natural de Chipiona: "hay algo fundamental en esas fuentes; y es que las fuentes judías nunca niegan su existencia, sino todo lo contrario y afirman que tenía discípulos". Por cierto, no hablan de crucifixión, sino que murió colgado.
El doctor Piñero continúa hablando de los Evangelios canónicos y apócrifos, de los primeros cristianos que perdieron su carrera con la Historia, de la Pasión, de lo judío que era Cristo, de su muerte, de las mujeres que lo rodearon, de su vida y de el Reino de los Cielos. Después de oírlo me ha alegrado mucho perseguir su labor de conferenciante, tengo que quedar con él en Chipiona o en La Otra Banda de la Argónida.

Si las noches las he dedicado a perseguir por las calles de La Otra Banda de la Argónida al Crucificado, las mañanas las pasaba en su playa Descodificando a Jesús de Nazaret con el profesor Bernardo Pérez Andreo.

Si la civilización de Roma era especialista en hacer suyos a todos los dioses que moraban en cada pueblo que conquistaban para que la romanización fuera absoluta, ¿qué temían tanto Roma y los jerarcas de Israel de este hombre con pinta de mendigo, al que acompañaban desheredados y gente de mal vivir y que sólo predicaba la ley del amor por las tierras de Galilea?

El peligro de este Hombre era El Reino de los Cielos, la última revolución.

Jesús utiliza la expresión Reino de Dios para amalgamar una alternativa al orden social vigente. Jesús y su grupo marginal pretenden crear una alternativa real que integre a todo el pueblo pero marcando unas pautas muy claras. Primero era necesario rescatar a Dios del aprisionamiento que las élites de Jerusalén lo han sometido en el Templo para abrir la esperanza de los desposeídos y excluidos sociales: Dios está de parte de los pobres y pide a los ricos que se conviertan.
 
También es necesario modificar el orden familiar existente que prima la autoridad del varón y somete a la mayor parte de los seres humanos a unas relaciones de dominio y opresión en el mismo ámbito familiar.
 
El Reino de Dios es a la vez un espacio alternativo y una organización social alternativa, donde vive una nueva familia en torno a la mesa compartida por los excluidos, pero también es un programa político de alternativa al orden socio-político vigente.


Ahí estaba el peligro para Roma y para las élites de Israel; ese Hombre merecía la crucifixión porque no sólo hablaba del Reino de Dios en el Cielo, un reino lejano y que a los ricos y poderosos les preocupa poco, sino que quería crear ese Reino de Dios aquí en la Tierra, y eso sí que empieza ser procupante para el poder: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres? (Sant 2,5)
 
El Reino ha elegido a los proscritos sociales, económicos y políticos, pero Jesús no sólo se refiere a ese Reino que llega después de la muerte, sino a este Reino que anda de la mano de la vida, porque él también bajó a la Tierra para cambiar el (des)orden vigente instaurado por el imperio romano y sus servidores locales. Así lo entendieron los señores de este mundo y lo ajusticiaron como sólo hacían con los sediciosos y bandoleros, crucificándolos.

Otro mundo es posible, y por eso seguimos crucificándolo cada día, no sea que la revolución que empezó con él hace dos mil años tenga éxito, y el poder y el dinero que es lo que ha movido hasta ahora el mundo deje paso al Reino de los Cielos.

Yo, sabiendo que pongo poco de mi parte, esta Semana de Santa y de Pascua, por si acaso, he seguido los pasos del crucificado, y sueño con esa última revolución.















domingo, 29 de marzo de 2015

EN EL REINO DE ESTE MUNDO CON ALEJO CARPENTIER

¿Dónde envías a Colón
para renovar mis daños?
¿No sabes que ha muchos años
que tengo allí posesión?
                                   Lope de Vega



No se puede explicar mejor en cuatro versos el resumen de todas las vidas y dolores que han colonizado la Tierra desde que el mundo es mundo:
“El demonio ya es dueño de él; no llega con unos hombres o con otros, está en todas partes y es la Humanidad entera quien debe desembarazarlo de su dominio”.

Cree Schopenhauer que toda vida es esencialmente sufrimiento; y que el mal y el sufrimiento se encuentran en la raíz misma de la existencia. En su opinión lo que movería a todos los seres vivientes es el egoísmo, porque sólo aspiran, con infinito afán, a mantenerse vivos en su existencia, y nada hay más favorable para la voluntad de vivir que el culto al egoísmo.

Si Schopenhauer hubiera escrito una novela, posiblemente la hubiera soñado con El Reino de este Mundo, la novela de la igualdad; pero la igualdad en el mal; la igualdad en el dolor; en la opresión de unos hombres por otros hombres; en la creencia de que el poder siempre causará sufrimiento. Sin importar si el poder está en manos de blancos, de negros o de mestizos. ¡He ahí la prueba irrefutable de que todos los hombres somos iguales!

Dotado de suprema autoridad por los Mandatarios de la otra orilla, había proclamado la cruzada del exterminio, elegido, como lo estaba, para acabar con los blancos y crear un gran imperio de negros libres en Santo Domingo.

Ti Noel evoca, viendo a los blancos morir, el viaje que hiciera años atrás, como cautivo, antes de ser vendido a los negreros de Sierra Leona. Los blancos no merecían otra cosa más que, al lado de las cabezas de terneros se sirvieran cabezas de blancos señores en el mantel de la misma mesa.

Pero ni siquiera la Revolución Francesa con sus bellas palabras de Libertad, Igualdad y Fraternidad; pudo hacer nada contra el alma humana; incluso aunque unos señores muy influyentes hubieran declarado que había de darse la libertad a los negros; pero los hideputas monárquicos se negaban a obedecer.
Sueña Ti Nöel, con el día en que todos los hombres sean libres, sin saber que ya ha caído sobre ellos la victoria de los negros. Vuelve de Santiago a El Cabo y ve que todo está cambiado:

Mucha gente trabajaba en esos campos bajo la vigilancia de soldados armados  de látigos, que de cuando en cuando lanzaban un guijarro a un perezoso.
Los guardianes eran negros y negros también los esclavos que andaban dejándose los lomos en la faraónica construcción que era el sueño del nuevo megalómano en cuyas manos estaba el poder de la isla. Nada ha cambiado pensó. Todos los hombres somos iguales ante el sufrimiento, unos sufren y otros hacen sufrir. Como siempre.

Pronto Ti Noel, anciano, se da cuenta de que vuelve a ser un esclavo: el viejo recibió un palo en el lomo, dijo que conocía al rey, Henry Christophe, tan negro como él, pero fue llevado a una celda. Y se dio cuenta al momento que todos ellos, todos sin excepción, se debían a una esclavitud tan abominable como la que había conocido en la hacienda de monsieur Lenormand de Merzy. Se dio cuenta de que vivían la misma esclavitud pero con señores de distinto color.

Ya hemos vivido, se dijo, la esclavitud de los blancos y la esclavitud de los negros; hace falta otra revolución. Y, en efecto, otra revolución viene en camino: la revolución de los mestizos. Pronto el poder estará en manos de los mestizos; pero ¿creen que llegará la justicia con ellos, la igualdad, la ausencia de egoísmo, la libertad?

Lean El Reino de este Mundo, o sigan a Schopenhauer, para saber que el mal y el sufrimiento están en la raíz misma de la existencia; para saber cómo acabó la tiranía de los mestizos en la isla de Santo Domingo que en nada se diferenció de la de los blancos ni la de los negros.

Seguramente, nos demos cuenta de que ya gobiernen los nobles, los ricos, los pobres, la clase media, los proletarios, los blancos, los negros, los amarillos o los mestizos la justicia y la igualdad no viven en El Reino De Este Mundo.
Otra nueva revolución es necesaria y viene en camino...









sábado, 21 de marzo de 2015

14, EN LA GRAN GUERRA CON JEAN ECHENOZ


No se abandona una guerra así como así. No hay vuelta de hoja, está uno atrapado: el enemigo delante, las ratas y los piojos encima y los gendarmes detrás. La única solución es dejar de ser útil para el servicio.

El año pasado decidí embarcarme en una Gran Guerra, cosas de los centenarios y los compromisos; y para ello elegí a Jean Echenoz y las noventa páginas de su novela 14; y como una guerra no se abandona así como así, tuve que hacerme amigo de Juan Eslava Galán y de Pierre Lemaitre, para saber cómo se cuenta la I Guerra Mundial para escépticos y confirmar que el único sitio donde nos veremos todos es allá arriba.

Mientras recorría distraídamente con la mirada aquellos pueblos, Anthime se topó con un fenómeno para él desconocido hasta entonces. En lo alto de todos los campanarios, de pronto acababa de ponerse en marcha un movimiento, mínimo pero continuo: la alternancia regular de un cuadrado blanco y otro negro, sucediéndose cada dos o tres segundos, como una luz alternativa, un parpadeo binario que recordaba el de la válvula automática de algunos aparatos en la fábrica. 

Esas banderas y el redoble de campanas es la señal de que la guerra ha empezado para cinco jóvenes que tenían una vida normal, en un pueblo normal, en un país normal: un contable, un administrador, dos carniceros y un guarnicionero. Cinco amigos con una vida normal, un presente normal y un futuro insólito porque la guerra empezó ese día a adueñarse, primero, de Europa y, después del mundo.

Echenoz me recomienda que acompañe a esos cinco chicos. Sabe que yo he andado por lugares parecidos cincuenta años después. Esos lugares donde no era difícil ver gente asustada, y los que no estaban asustados ya estaban muertos o huidos; donde no era difícil ver cadáveres de animales, que los animales tienen la rara facultad de atraer la metralla con más facilidad; lugares donde las casas no tenían ningún tejado en pie porque no quieren que oculten nada; donde al andar por las calles sólo podías fiarte de las lonas que sobre cables tendidos cubrían tus pasos y donde el olor era el único dueño de verdad de cada metro de guerra.

- Vete con ellos- me dice- verás que nada ha cambiado, verás que, si bien la guerra golpea electivamente las ciudades que asedia, también desarrolla gran actividad en el campo. 

- Cierto, Jean- le contesto- pero desde que me dio por estudiar un poco de historia lejos de los manuales indigeribles del colegio y me zambullí con don Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales sé que en Zaragoza se combatió como en ningún sitio. Y que en las ciudades como Sarajevo, Trípoli, Mostar o Tombuctú, se combatió calle por calle, casa por casa, habitación por habitación:

Nada es comparable a la expedición laboriosa por dentro de las casas; ninguna clase de guerra, ni las más sangrientas batallas en campo abierto, ni el sitio de una plaza, ni la lucha en las barricadas de una calle, pueden compararse a aquellos choques sucesivos entre el ejército de una alcoba y el ejército de una sala, entre las tropas que ocupan un piso y guarnecen el superior.

- Pero tú vete con ellos- me replica Jean- acompáñalos y verás que no hay épica posible para la guerra; que un día andas por tu pueblo montado en bicicleta y feliz y al poco eres un amasijo de carne y metal al que han cercenado un brazo, o te das cuenta, como Blanche, que por salvar a su amante y buscarle con recomendaciones un puesto seguro de observador, ve cómo encuentra la muerte; o el final de Paidoleau, que en las guerras no faltan ultraortodoxos o talibanes que en retaguardia cuidan con fusiles las estrictas reglas que conforman su verdad. Acompaña y fíjate en esos cinco jóvenes, verás que cuando vuelvas, ya no serás el mismo, y no olvides ponerte el casco; porque comprobarás que cualquiera que fuera el color del casco se alegrarán de llevarlo en la cabeza durante la ofensiva de otoño.

Desde luego que iré con ellos. Haré sus largas marchas por los caminos hacia la guerra. Comerciaré con todos esos parásitos que hacen negocios a su costa. Pasearé con Blanche por un pueblo desierto, sin hombres, sólo con ancianos y niños y en el que las mujeres son las que cargan sobre sus hombros todas las tareas productivas, que les serán arrebatadas cuando vuelvan los hombres. Y todo ello en noventa páginas exquisitas.

¡Cuidado, Norberto, ya llegan los boches!
Arrastrándose boca abajo hacia el primer refugio que encontraron, lograron ocultarse bajo una zapa a unos metros bajo tierra, y fue entonces cuando a las balas y a los proyectiles se sumaron los gases, toda clase de gases cegadores…



















sábado, 21 de febrero de 2015

¿QUÉ TENGO YO QUE MI AMISTAD PROCURAS, LOPE DE VEGA?



¿Con qué lengua os diré mi sentimiento,
ya que tengo de hablaros osadía?

Anduve por las calles de Madrid buscando al hombre que confundió existencia y poesía como nadie; porque los límites entre la vida y la literatura son más borrosos de lo que pretenden enseñarnos los artistas; escudo en los que muchos se protegen para ocultar su presencia incómoda en la sociedad o invocar a la palabra de los dioses en sus labios, en un exceso de arrogancia.

Pero hay escritores que no pueden soportar que su vida y su obra no se mezclen, y además presumen de ello. ¡Fuera las máscaras! ¡Yo soy estos versos! ¡Ésta es mi vida!

¿Por qué os quejáis del alma que le cuenta?
¿Qué no escriba decís o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

Yo anduve por las calles de Madrid buscando a ese hombre y no paré hasta encontrarlo; aunque he de decir que encontrar a este tipo de gente no es tarea difícil porque sólo hay que preguntar por él en cualquier lado y raudo te dicen dónde nació, vivió, padeció y fue sepultado.

Es lógico porque normalmente todas las calles por donde anduvo llevan su nombre; otra desvergüenza de los desagradecidos seres humanos que a los grandes, los soportamos poco en vida, igual porque no se lo merecieron, y, sin embargo, los glorificamos hasta la saciedad en la muerte, que se dejan manejar más a nuestro antojo.

Aunque yo lo único que quería era hablar un poco con él. Siempre me han atraído esos tipos precoces que, como Lope, con cinco años leen en romance y latín, con diez años hablan con soltura de gramática y retórica y con once años escriben una comedia de a cuatro actos y de a cuatro pliegos, porque cada acto un pliego contenía; se hacen bachilleres en Alcalá; y encima abandonan sus estudios porque cegóme una mujer, aficionéme, perdónesele Dios, ya soy casado: quien tiene tanto mal ninguno teme.

“Sí”, me dijo don Félix, “dejé mis estudios porque dime a las letras humanas, y con ellas quiso el poeta Amor quedarse”. Y continuó hablando: “Ingrata mujer esa Marfisa, o esa Zaida o esa Elena Osorio, que ante mi pobreza decidió arrimarse a otro mayoral extraño que agarró mi manso por el talle y me la arrebató:

¿Cómo permites, cruel,
después de tantos favores,
que de prendas de mi alma
ajena mano se adorne?

Me encontré con él cuando salía camino del exilio. Le eché en cara que los poetas lleven tan mal los desamores, y que si Elena Osorio había decidido abandonarlo e irse con otro hombre de muchos posibles, ese tal Francisco Perrenot Granvela, estaba en su derecho. Sacar ese libelo contra ella y su padre, no era de recibo y como toda la sociedad de Madrid sabía lo vuestro fue lógica su denuncia y lógico vuestro exilio don Félix Lope de Vega y Carpio.

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
Su madre la sirvió de pregonera.

Le conté que yo sabía de su futuro, pero que no era bueno que él lo supiera, que literatura y amores le vendrían sobrados, y que no sabría decirle si eso era motivo de preocupación o de dicha.
No quise hablarle de Belisa, ni de Amarilis, ni de Filis, ni del amor sacro, ni de que yo continuaría persiguiendo su vida en todas las huellas literarias que irá dejando porque él se encargará de publicarlo.

Quedé con él para su siguiente tormenta de amor, me saludó con su sombrero y marchó exiliado a Valencia. Desde el coche, asomando la cabeza por la ventanilla me preguntó:
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? 




                             










domingo, 15 de febrero de 2015

LA CONJURA DE ALEJANDRÍA




                           

Hubo un día en que soñé que yo era uno de aquellos que portaban las antorchas que quemaron la Gran Biblioteca de Alejandría. y cuando desperté no me arrepentía de ello. Al contrario, pensé que sería recompensado.
Aquel día de noviembre del año 48 antes de Cristo, según el calendario cristiano, fueron quemados veinte tratados de Herón de Alejandría en el que se desarrollaban sofisticadas cajas de engranajes y una máquina de vapor que transmitía una fuerza enorme proveniente de la presión de los líquidos convertidos en aire. Heratos  el sabio que la Historia olvidó, temía, y así lo defendió siempre, que la construcción de esos aparatos para cada una de las personas del mundo haría el aire irrespirable y toda esa presión en la atmósfera podría hacer reventar el planeta que el hombre habita.

También, perteneciente a Herón de Alejandría, fue pasto de las llamas su obra Autómatas en la que describía máquinas que podían sustituir a las actividades humanas y que nuestra Conjura intuía suplantadoras no sólo del cuerpo; sino, en un lejano futuro, también del espíritu del Hombre.

El fuego devoró los tratados de Herófilo, quien explicaba que ciertamente la inteligencia vivía en el cerebro y no en el corazón. Destruyó los rollos en donde Apolonio de Pérgamo demostró las formas de las secciones cónicas; y acabó, para siempre, con la mayor parte de las obras de Sófocles, Esquilo y Eurípides que dieron forma con la palabra y el verso al alma del hombre.

Eratóstenes, que calculó el diámetro de la tierra y sostuvo que se podía llegar a la India navegando rumbo a Occidente también pagó su tributo. Muchas de las obras de Arquímides, Euclides, Hiparco y Galeno tampoco se salvaron del fuego, aunque luego hayan pasado a la Historia por descubrimientos menores.
Otros autores que fueron enormes en sus creaciones, hallazgos y estudios, y que hubieran podido hacer palidecer al mismísimo Homero, desaparecieron para siempre. Nada importa ya saber sus nombres y yo no los mencionaré aquí. Desde siempre la Historia ha escrito y ha borrado nombres a su antojo en función de aparentes victorias o derrotas. Lo que sí quiero expresar en este legado es que sin aquella Conjura que nació en Alejandría por boca de Heratos de Tracia, y que quemó sin remordimiento alguno la Gran Biblioteca, el mundo hubiera marchado con la velocidad destructiva que va ahora, posiblemente, veinte siglos antes.
Ya saben porqué soñé que yo era uno de los que quemaba la biblioteca de Alejandría y no me asaltó, cuando desperté, ningún rastro de arrepentimiento.

De los casi setecientos mil manuscritos que contenía la Biblioteca, se perdieron doscientos mil y más de cien mil resultaron muy dañados, según el catálogo realizado durante los días siguientes a la victoria de César por el Bibliotecario Real, que, siendo inocente, sin piedad, fue destituido, hecho prisionero y condenado a esclavitud. Posiblemente, no merecía otra cosa.






domingo, 8 de febrero de 2015

LEJOS DE ÁFRICA CON ISAK DINESEN


 

“Desde los bosques y las tierras altas,
venimos, venimos.”

Hay novelas cuyas primeras palabras son grabadas en la memoria a fuego y nos resultaría inconcebible otro principio. No sé si eso es mérito del autor, que entre las infinitas combinaciones posibles eligió esa, o de inspiraciones, circunstancias, contextos y situaciones posteriores.

Durante mi primer viaje a África, mientras embarcaba en el avión que habría de llevarme a ese continente, tan mágico como mal comprendido a los largo de los siglos, recité casi sin querer el comienzo de la obra de Isak Dinesen, Lejos de África, que yo había leído unos años antes, por obra caritativa de un amigo malagueño, al cual se lo regaló su novia.

Como estoy llegando a la conclusión de que las primeras palabras de una obra literaria son el primer hálito que echan los dioses a los artistas desde los tiempos de Homero, si El Quijote tiene un inicio y nadie puede concebir otro más que En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme, la novela de la baronesa Blixen tampoco puede tener otro que el que tiene:

Yo tenía una granja en África al pie de las colinas de Ngong.

Lo primero que te llena de África, en tu subconsciente, antes de conocerla, es la geografía que ya traes adquirida víctima de los libros, películas, fotografía, pinturas y cualquier otra forma de arte casi siempre manipulada por la conciencia del hombre blanco:

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único y el mundo era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente.
Todo lo que se veía estaba hecho para la grandeza y la libertad, y poseía una inigualable nobleza.

En ese libro de la baronesa Blixen, en el que relata sus memorias de África leí, hace casi treinta años, una definición de felicidad que nunca he olvidado:

En las tierras altas te despertabas por la mañana y pensabas: estoy donde debo estar.

Por eso, yo siempre que quiero saber si soy lo suficientemente feliz, me hago esa pregunta: ¿estoy dónde debo estar?
Ni que decir tiene que yo, como todos, no siempre he contestado afirmativamente a esa pregunta y que, como todos, he hecho lo posible para que allí donde estuviera me saliera del alma las palabras de Isak Dinesen cuando habla de Nairobi: el mundo no existiría sin las calles de Nairobi.

Es cierto, el mundo no existiría sin las calles de Mostar o Sarajevo; el mundo no existiría sin las calles de Lisboa o Pristina, ni sin las calles de Viena o Praga, Madrid o Berlín; el mundo no existiría sin las calles de La Habana, Cancún, Santo Domingo, París o Londres. El mundo no existiría sin las calles de Kleyaa, Marjayoun, Saida, Roma o Tyro; el mundo no existiría sin las calles de Chengdú, Pekín, Koulikoro o Bamako. El mundo no existiría sin las calles de…; porque en todos esos lugares uno siempre piensa: estoy donde debo estar.

La baronesa Blixen nos lleva a África, y aunque no se quita jamás su traje de noble colonialista blanca, rodeada de sirvientes kikuyus o somalíes, sí es cierto que fue capaz de ver y de vivir con ojos observadores; a diferencia de los otros ojos únicamente explotadores que recorrieron los ríos, montes, sabana o selva africanas durante el siglo XIX y gran parte del XX:

Hasta entonces los nativos eran dueños de la tierra sin que nadie se la disputara y jamás habían oído hablar de los blancos y de sus leyes. Dentro de la inseguridad general de su existencia, la tierra seguía siendo algo constante. Algunos de ellos fueron llevados por los tratantes de esclavos y vendidos en el mercado, pero otros permanecieron siempre. Los que fueron conducidos al exilio y a la esclavitud, por todo el mundo oriental, soñaban con las tierras altas porque eran suyas.

La baronesa me pareció siempre una mujer valiente y me alegró mucho de que su pasado y mi presente se encontraran en una fría ciudad castellana, muy Lejos de África, en la que viví durante dos años. En un lugar donde uno todavía podía escuchar griego antiguo, en boca de un loro o de un marinero que medio borracho había aprendido de niño unos bellísimos hexámetros sobre la guerra en Ilión. Y me alegró mucho que en África encontrara el amor de Denys Finch-Hatton, que le trajo su música, su pasión por los cielos y los cuentos, la caza; que encontrara el amor de un hombre que se acercó a ella con la única condición que debe acercarse una persona otra:

Denys era feliz en la granja; venía sólo cuando quería venir, y ella percibía en él una cualidad que el resto del mundo no conocía: humildad. Siempre hizo lo que quiso, nunca hubo engaño en su boca.

Porque ellos estaban donde debían estar. Y como debían estar:
- Con los ojos lo suficientemente abiertos como para darse cuenta de que ningún animal doméstico es capaz de una quietud igual a la de un animal salvaje. La gente civilizada ha perdido la capacidad de estarse quieta.
- Con la certeza de que los sueños viven y ocurren sin ninguna interferencia por parte del soñador, y que además están completamente fuera de su control. Soñar de otra manera no es soñar.

Y aunque, después de un cierto tiempo, la baronesa, aprendió a comportarse como los nativos y dejó de hablar de los tiempos difíciles o a quejarse como una persona desdichada, nunca se quitó su traje de mujer noble y blanca. Posiblemente porque en el siglo pasado y antepasado, esos trajes iban tatuados en la piel y en el corazón. Eran otros tiempos, quiero creer.

Y es que la verdadera gloria del sueño reside en su atmósfera de ilimitada libertad. No la libertad del dictador que impone al mundo su voluntad, sino la libertad del artista, que no emplea su voluntad porque se ha librado de ella.