viernes, 3 de septiembre de 2021

LAS MAREAS NO SUELEN EQUIVOCARSE, UNA LECTURA ESPECIAL DE RAMÓN ASQUERINO

 

A propósito de Las mareas no suelen equivocarse: 2019, de Norberto Ruiz Lima. Revista Cultural "Las Piletas"

«Con esos ideales y aspiraciones, su primo hermano lo había convertido en ese tipo que irá por ahí enarbolando un tenedor en un mundo donde solo se sirve sopa»: Miqui Otero, Simón.

A Domingo Ramírez Moreno, como símbolo de los eternamente perseguidos y demediados en vidas, y con quien coincidí mucho después en alta mar.

El doctor Ángel Prim y Vaussell, uno de los tres protagonistas de esta novela, pasea por La Algaida recogiendo hierbas medicinales y lass nombra con palabras latinas «en voz tan baja que parece, más que una lengua muerta, una lengua prohibida» (2019:129)1. Y como un sentido homenaje al médico, este personaje que sale del papel para convertirse en un ser humano entre una duda y una deuda constantes, me viene el título Æstūs fallī non solent, (Las Mareas no Suelen Equivocarse), porque el latín es perenne como la condición humana. La mayoría de las veces este doctor, como muchos de nosotros, irá por ahí enarbolando un tenedor en un mundo donde solo se sirve sopa, para el mismo Ángel Prim, para José Ruiz el tonelero y Micaela su mujer, para Juana López y «los cuerpos demediados2», antes criminalmente fusilados.

Norberto construye su novela, quizá habría que llamarla más propiamente «historia» (2019:159; 31 y 104) al modo cervantino, sobre una estructura tripartita: tres formas narrativas, tres lugares principales y tres personajes importantes a lo largo de los 23 capítulos que la componen. Empiezo por el hallazgo de las técnicas con este ejemplo ilustrativo3:

A) «El carabinero es poco hablador, tal vez no tenga el atrevimiento de hablarle al doctor. a) Le han contado que el doctor es un sabio que no la ha espichado precisamente por eso. B) Además, qué voy yo a contarle a un doctor, si él no me pregunta. Y C) Vete a su casa y le dices que se vaya a la fábrica de hielo […]». Así: A): El narrador omnisciente conoce al carabinero, y, precisamente porque es parco en palabras y a la vez considera al médico una persona muy instruida, «sabio», no se atreve a dirigirle la palabra. Dentro, aparecería como otra subvoz: a), pues «Le han contado» —una fuente popular, una leyenda como antecedentes— parte de su pasado, pero más bien oscuro. Después, un vulgarismo más propio del carabinero que del narrador: «no la ha espichado», o bien un término donde ambos convergerían.

B) Monólogo interior del carabinero: «Además, qué voy yo a contarle a un doctor, si él no me pregunta»; primero dirigiéndose al médico, a quien considera de nuevo una persona mucho más instruida que él, por lo que se avergüenza y por lo mismo se distancia; y luego su propia implicación en el pensamiento: «yo/ me», típica del monólogo interior.

C) La orden del teniente, curiosamente anónimo aun su protagonismo, en claro diálogo con el carabinero.

Así, pues: Narración en tercera persona en A), donde entra un pasado más o menos inmediato a); monólogo interior elaborado, con todos sus signos de puntuación en B) y, por último, el diálogo C). El éxito de la novedad es que las tres formas narrativas van sin solución de continuidad, pegadas, como sucede en la vida real. Y, además, para mayor originalidad, el autor suele introducir los diálogos con (;) y(,) —pp. 22, 33, y 95, respectivamente—, en lugar de los consabidos dos puntos (:) o rayas (—).

La ciudad es Sanlúcar de Barrameda en lugares reales y muy concretos, principalmente: El Coto Doñana, la fábrica de hielo y la playa, en torno a los cuales se teje la narración. Igualmente, nos sitúa con exactitud en lugares emblemáticos de Sanlúcar: «Estamos en la Plaza del Cabildo», p.37. Con la poderosa presencia de ese «ríomar» de la p.64: «agua salada y agua dulce», donde el agua se mezcla con dos sabores, así los tres emplazamientos se entrecruzan también en la encrucijada de la muerte: por la playa aparecen los cuerpos demediados, en el Coto, capítulo 9, están semienterrados los cadáveres de los fusilados —totalmente ficción, puesto que allí no se asesinó a nadie—, y en la fábrica de hielo se monta una especie de morgue para las oportunas averiguaciones forenses de esos cuerpos partidos por la mitad.

 Allí, con el frío de las barras de hielo, con el miedo, con los cuerpos destrozados, se darán cita los tres protagonistas: el teniente de carabineros anónimo como perseguidor, el sospechoso médico Ángel Prim —apellido en honor al general, según me confesó su autor4— y José Ruiz el tonelero, el perseguido, quienes, a su vez representan tres clases sociales e ideológicas opuestas. Paralelamente, los monólogos y los diálogos se entrecruzan perfectamente en la p.190. Este otro narrador, José Ruiz, nos relata detalladamente en el capítulo 20, Ya están aquí, toda su angustia del mundo a través del oído hasta asfixiar al lector, como si estuviéramos con el personaje dentro del mismo tonel. El fatídico tiempo del desarrollo de la trama es el de los comienzos de la primavera de 1939, plena posguerra, tiempos de venganza cruenta.

Hay otros personajes secundarios perfectamente perfilados: la espléndida y bella Micaela, contrapunto de la inmensa pastora Marcela quijotesca; la Merche y su cesta de camarones que conforma dos jalones perfectos —en el capítulo 13, y al final, p.220, en el capítulo 23— como metáfora del enclaustramiento de la población de Sanlúcar y de España, de la que no pueden escapar ni los camarones ni los españoles. De parecida manera actúa el título en tres hitos: aparece casi al comienzo, p.61, parte se reproduce más allá de la mitad en la p.161, y ya al final, como colofón, p.220.

El terrible Patricio Leal, el «Centauro» de Copa de sombra; Agustín García Romero, al que han cortado en dos, pero vivo, de la alta y ‘respetable’ sociedad sanluqueña y personaje clave en el desenlace de la narración; la casa de prostitución de Sinclair, muy en la línea de la fuerte sensualidad de la novela, sobre todo con el elogio del tacto, sexualidad muy presente, en ese prostíbulo o entre los recuerdos del doctor; el maltratador Sebastián González, p.163, desgraciadamente muy de actualidad, y la defensa propia de su integridad física por parte de Ángela Gutiérrez.

Las referencias literarias se multiplican en la novela, más aún tratándose de Norberto, un filólogo preocupado por la Literatura. Así, los preliminares se abren con dos citas de Esquilo y Sábato sobre la justicia, y la narración  se cierra, en estructura trágicamente circular, con este oxímoron quizá de Borges «la venganza justiciera o la justicia vengadora», p.214. En medio, muchos otros guiños literarios: Ricardo Reis, pp.93, 119, y Alberto Caeiro p.36, ambos heterónimos de Fernando Pessoa5. Por todos lados corretean Rulfo y sus El llano en llamas o Pedro Páramo, como en los diálogos de los muertos en Una conversación mirando al techo, capítulo 22; Cansinos (p.214); Emma Bovary, pp.115 y 116; «La muy leal ciudad de Sanlúcar», pp. 152 y 207, claro eco del comienzo de La Regenta, no lejana a Madame Bovary. «Que Sanlúcar es una ciudad llena de cadáveres», p. 192, es una reminiscencia de Dámaso Alonso. Los versos de Rimbaud en la p.152 se respiran tanto que la pareja de enamorados, que ni conoce al poeta ni lo ha leído, en otro quiebro exquisito de Norberto, los sienten igualmente dentro. Y el eco de El nombre de la rosa: «La palabra es solo palabra y con ella jugamos a las interpretaciones, y los engaños, y así nos va; pero las cosas son como son y no las cambia fácilmente la palabra, ni las luces ni las sombras», p.157, y la teoría nominalista. La extraordinaria partida de ajedrez en la mente del doctor, p.118, recuerda en parte a El peón, 2020, de Paco Cerdán. Por otro lado, los frecuentes hallazgos macabros suenan al colombiano Eduardo Caballero Calderón y su Manuel Pacho, 1961 con el trozo de cadáver en descomposición largamente descrito y paseado. La terrible figura del matarife, pp.166-167, en una crudísima escena, nos acerca tanto al Zola de El vientre de París, 1876, como a la espléndida Sur, 2018 de Antonio Soler y esta a su fuente de inspiración, la grandiosa Berlín Alexanderplatz, 1929, de Alfred Döblin. No me canso de alabar estas tres novelas y, especialmente, la del malagueño.


Y dentro de esa misma línea netamente literaria, se encuentran las señales poéticas, que ya anticipé en la nota 3, y que transmite Las mareas no suelen equivocarse: «El aire silba oscuro presagiando mucha noche», p.12: dos cláusulas de 7+8 sílabas; «Hasta eso me robaron, hasta el silencio», p.21: 7+5= dodecasílabo completo; el propio título también posee 12; «cosiendo las heridas con trozos de miedo», p.77: 7+6=13 sílabas. Y no menores son estos logros poéticos: «Los ganadores se lo quedaron todo menos nuestra hambre», p.52; «Con una sonrisa triste, colgada a la fuerza con un imperdible», p.117; ensalzamiento de la poesía en labores animalísticas: p.127 «la serpiente que escribe letras aljamiadas» y «el lince que escribe oscuro sobre fondo negro», p.139. «Sanlúcar es un pueblo, aquí lo que sobra es el eco», p.212. Elige el autor la fecha de 1927 para la llegada del médico, p.165, como homenaje a la Generación. Y sobre todo, este gran hallazgo sobre la herida de la guerra: «hasta que los poetas no la cierren con versos no será posible ningún tipo de reconciliación», p.183.

Son tan frecuentes los saltos atrás hacia la guerra6 y hacia delante, prolepsis del narrador omnisciente, como en el caso de la consulta a La historia de la ciudad, 1942, de Pedro Barbadillo, con su referencia bibliográfica y que incluye al médico protagonista, p. 31. Ese autor omnisciente juega con el lector cuando está hablando el práctico: «Repite para que nos dé tiempo a comentar el momento», p.131, ralentizando para copiar bien las frases. Del mismo modo, el autor se mete dentro, otra miradilla a Cervantes, como con las confusiones del libro, p.151: «no le importa [al autor] el rigor científico sino el rigor lingüístico», frase introducida en medio del diálogo, con un alarde técnico, de Melquíades con Tomás Delgado. Otro gran acierto es el cambio de rumbo de La Huida [sic], sexto capítulo, cuya permuta de lugar fortalece la narración, sumergida hasta ahora en el Coto. Me parece este un gran episodio bajo el protagonismo de la noche que recuerda, según el autor, a Virgilio: «Se vistió de oscuro como la noche», p.69, y a mí me retrotrae a la Noche oscura sanjuanesca7.

Pero el escritor no domina absolutamente a sus personajes, como ya dije, sino que los deja libres en sus monólogos: «Continúa pensando», p.44. Y como prolepsis, ¿hay en la p.104 una anticipación a la historia que escrribirá el doctor Vaussell pero que no la lleva a cabo? O en la hipérbole, luego desgraciadamente cierta, de que «Esto no va a durar cuarenta años», p.145, sin embargo continúan aún muchas huellas manchadas en la actualidad. «Que pronto aparecerá otro medio cuerpo frente a La Calzada», p.152; «unos años más tarde», p.172. Damiano «treinta años después huirá a Alemania» p.185. Y en otra prolepsis no cumplida, la apertura de las fosas cien años después, p.183. El doctor Ángel Prim y Vaussell (quien «piensa en voz alta», p.32), y José Ruiz, el tonelero de La Gitana8, a mi modo de ver, son los dos grandes personajes, quienes coinciden también en que ambos se suelen expresar más mediante monólogos interiores elaborados.

Véase este gran hallazgo metaliterario, p.80: «porque el monólogo interior siempre pierde la educación que suele acorralar a la conversación externa». Y también se entrecruzan (p.25) y no casualmente. Creo que Norberto atiende  a un eco cervantino en esta afirmación: «pensaría el doctor Vaussell si supiera que algún día su historia la tomara la imprenta a otra medida», p. 159. Es la primera vez que el autor le da nombre, historia, a su narración.

Considero como historias intercaladas —nuevo guiño cervantino— el capítulo 14, El doctor saca la lupa, que funciona como una ruptura de toda la narración principal al retrotraerse a la guerra de Cuba, y el 16, Un muerto muy diferente, que también cumple esa misma finalidad, la de ‘descoser’ el texto para luego volverlo a tejer, al modo de las novelas por entregas decimonónicas y de las series televisivas actuales.

 Y frente a ese olor nauseabundo de los cuerpos demediados como símbolo del blanco grisáceo y negro de aquella derruida España el que preside Las mareas no suelen equivocarse, Æstūs fallī non solent o La fuente muda, siempre el rumbo en la novela lo lleva ese piloto, steersman, o timonel, a quien, en la figura de su padre, dedica el hijo su novela como un homenaje más allá del tiempo y del horror.

Echo de menos, eso sí, algún que otro elogio a la II República, que sale muy mal parada. «Si la República hubiese sido un régimen para 

todos», p.36, dice el maestro. Preso del miedo, lo afirma precisamente un maestro, cuerpo al que purgaron y asesinaron a mansalva. En El Lápiz del Carpintero, 2014, de Manuel Rivas, su protagonista defiende los ideales por encima de su vida; aquí, sin embargo, no. Y sí, la República intentó serlo para todos, sobre todo para los más desfavorecidos. Otra crítica es la que se refiere a «El poco orden que había» p. 181, o «galleando por los corrales de la República»: p.184, metáfora animalística con la que tampoco estoy de acuerdo en absoluto. Todo estalló por un golpe de estado contra el gobierno legítimo de la República, y no el más que repetido 18 de julio, p. 191, si no que se lo pregunten a Virgilio Leret9 aquella tarde del 17 de julio en el Llano Amarillo, Melilla, donde murió con los suyos defendiendo la bandera tricolor a la que juró lealtad. Tampoco es cierta la afirmación de don Melquíades El Longinos: «y además lo empezaron ellos», p.151. Pues no, don Melquíades, tampoco, como tampoco lo saben muchos de los políticos de la actualidad.

La novela acaba con un lacónico consejo del teniente de carabineros que parece, solo parece, una buena persona que no es realmente, pero que al final pretende ser “equidistante” al aconsejar: «Váyase a casa, doctor», p.220. Todos los que podían en aquellos momentos se acurrucaban en casa, lejos del fatídico castillo de Santiago, el tristemente célebre lugar como la antesala de tantos fusilamientos, pp.43, 45, 153. Con el día y medio escaso que duró la defensa por el legítimo gobierno, un precio demasiado alto, terrible, fue el que pagaron los leales al legítimo gobierno en forma de muertos en las cunetas, represaliados, eternamente perseguidos y demediados en vidas, desaparecidos, entre campos de concentración, exiliados y cuyos espíritus tan rotos muchísimos no los pudieron recomponer jamás: «[…] convertidos en tipos que irán por ahí enarbolando un tenedor inútil en un mundo donde solo se servirá sopa aguada». 

Así que «Váyase a casa, doctor», usted que aún puede.

Ruiz Lima, Norberto: Las mareas no suelen equivocarse, Ediciones Ruser, 2019. Todas las citas de la novela proceden de esta edición. De ahora en adelante, solo indico la página.

2 Es un atrevido y conseguido neologismo, pues el DEL no recoge «demediador», aunque sí llevan entradas «demediar» y «demediados».

3 El fragmento se encuentra en la p.62 En la fábrica de hielo, capítulo 8, pp.77-84, lugar clave a lo largo de la novela hasta llegar al espléndido capítulo 22, uno de los mejores para mí; ese mismo espacio reaparece en la p.158, lo que confirma que la fábrica de hielo es una constante bajo este contrapunto trágico: «La lluvia sigue cayendo en el techo de la fábrica», lluvia como testigo del monótono dolor que atraviesa la novela. En esta fábrica de hielo se aúnan el frío, la soledad, el miedolos odios y las conversaciones de José y Micaela ya muertos. Los epígrafes A) a) B) C), son míos a fin de aclarar algo esa gran construcción continuada. Las cursivas también lo son.

4 Mantuvimos una larga entrevista Norberto Ruiz Lima y yo el pasado jueves 1 de julio, que me esclareció bastante algunas cuestiones de la novela. Entre ellas, esta del apellido o el inicial título machadiano de su obra que fue La fuente muda, de «Hoy buscarás en vano»: LXIX Galerías: Machado, Antonio: Poesías completas I. Edición crítica de Oreste Macrí. Madrid, Espasa-Calpe, 1988, pp.478 y 870. Esta composición se publicó en 1903, en la revista Helios. 

5 Coincidimos los dos en la aludida entrevista en la grandeza del Pessoa poeta, incluso más que en la de su faceta novelística. Pessoa, Fernando: Antología poética, Madrid: Espasa Calpe, 1982 en la espléndida edición y traducción de Ángel Crespo

6 La deuda con Copa de sombra, me confirmó Norberto, está clara: desde el Santero,p.15, al lugar ficticio y simbólico de Santa María de Humeros frente al real de Sanlúcar de Barrameda en manos de Ruiz Lima. Hablamos muy largo y extendido de la novela de Acquaroni y su gran valor. Aparte, el autor ha consultado la citada La historia de la ciudad, 1942, de Pedro Barbadillo y Domínguez Lobato, Eduardo Cien Capítulos de Retaguardia, Madrid: G. del Toro, 1973.

7 De esta poligénesis tratamos en la citada entrevista. El autor homenajeaba la maravillosa hipálage del verso virgiliano: Eneida, Virgilio, 9ª edc. Madrid, Cátedra: Letras Universales, 2004, traducción de Aurelio Espinosa Pólit. Los conocidos versos «Ibant oscuri sola sub nocte per umbram»: cuyos sujetos eran Sibila y Eneas, p.333,vv.386-387: «Oscuros en la noche solitaria/ cruzaban entre sombras», traduce Espinosa, mientras que «Iban oscuros bajo la solitaria noche», traduce Borges. Juan de la Cruz, Santo: Poesía, edición de Domingo Ynduráin. Madrid, Cátedra, 1983, Otros poemas: [«En una noche escura»], pp.259-260.

8 García Rodríguez, Juan José: Marejada (Cincuenta y tres episodios emocionales) Sevilla: Darío Libros, 2016: capítulo 45: La Gitana pp.281-294. Con muy detallado y documentado material el autor cuenta la amorosa historia de Gitana, poco que ver con su homónima cervantina. Y del mismo autor, la semblanza que lleva a cabo de su tío Domingo Ramírez Moreno en íd.: El niño que miraba los barcos, capítulo 5, pp.44-45.

9 O’Neill, Carlota: Una mujer en la guerra de España. Madrid, Oberón, 2006, pp.27-44, aunque conviene leer todo el libro













sábado, 12 de junio de 2021

CAMINO DE ASTÁPOVO, DONDE TERMINAREMOS TODOS

No sé si estoy demorando demasiado mi fuga; porque aprendí de Tolstoi que hay que entrar en la última estación a gran velocidad. Así la muerte, sin tiempo de avisarnos con señales agitando un farol desde las vías, de un golpe seco cambia las agujas.

Mi única duda es saber cuándo debo de ir a coger ese tren que va al Sur de ningún sitio. Al Sur, siempre al Sur. Yo no tengo secretario personal; y si bien no he andado luchando por la península de Crimea; sí he estado en algunos lugares parecidos; pero, ahora que el tiempo se acerca, creo que veo a demasiada gente camino de Astápovo. Uno siempre fía en que su viaje será más largo, pero no importa la longevidad que tenga su carne que siempre terminará su viaje en la estación intermedia de Astápovo.

Ahora que se me ha muerto Joan Margarit en su estación de Astápovo, y como siempre me pasa cuando voy incorporando a mi club de los poetas muertos algún nuevo miembro, que entra sin avisar, he querido escuchar su voz y retomarlo de madrugada, cuando sólo se oyen relojes en lo oscuro, me lo imagino a sus ochenta años huyendo en un tren ruso que iba al sur de ningún sitio, adonde los viejos quieren ir.

Y voy entendiendo que todo lector es también artífice del poema y que puede construirlo según lo lee. Y que la poesía no es democrática, como equivocadamente creímos en aquellos años ochenta, porque todo poema termina viviendo en una única alma; y sufre y ama y sueña siempre en lo individual; para poder correr más rápido que el frío, aunque nuestro tren sin remedio siempre quede cubierto de nieve en la estación de Astápovo.  

Y con Joan Margarit he recordado cómo llegué a Rusia. Y he recordado cómo llegue a Tolstoi, a quien todavía le debo muchas lecturas. Y, posiblemente, cuando le enseñe al revisor el billete de mi asiento en el tren de Astápovo, de los cuatro o cinco libros que lleve en mi maleta, uno será suyo. Y he vuelto a abrir la vieja enciclopedia que arramblé, sin pudor, de casa de mis padres y que todavía guardo como oro; porque sus tres volúmenes me hicieron vivir de niño demasiadas aventuras y conviene volver a ellas de vez en cuando; para ver jugar de nuevo a Tolstoi en su finca de Yasnaina-Poliana, mientras el conde, ya anciano, con Rilke a su lado, me examina con intención y me bendice involuntariamente con alguna bendición indecible. También me siento a leer sobre su sencilla tumba en medio del bosque; y aprendo con él que los objetivos del Arte son inconmensurables; que el artista no pretende resolver una cuestión irrefutablemente, sino obligarnos a amar la vida en todas sus manifestaciones que son inagotables. Si me dijeran que podría escribir una novela en que estableciera indiscutiblemente como verdadera mi opinión en todas las cuestiones sociales, no dedicaría ni dos horas a tal trabajo; pero si me dijeran que lo que escribiera sería leído dentro de veinte años por los que hoy son niños, y que llorarían y reirían y se enamorarían de la vida que hubiera en ella, le dedicaría toda mi vida y mis fuerzas.

Bueno, al final, al reescribir mi lista de poetas muertos he terminado en la estación de Astápovo con Joan Margarit y Tolstoi. ¡Qué envidia esa estación de tren como un lecho de muerte ferroviario!

Siempre he pensado que el catalán, de entre las lenguas románicas, es la más poética de todas. Tal vez influya que un anochecer en Lleida hace muchísimos años, alguien me susurró al oído: "Ros me un petó a poc a poc".







sábado, 5 de junio de 2021

MISIÓN: MATAR AL HOMBRE EN EL CASTILLO. LUCHANDO CONTRA PHILIP K. DICK

Hubo un tiempo donde el mundo que yo conocía era el que conformaban las páginas de la Enciclopedia Larousse, edición del año 1967, impresa por Planeta en 1976. Todavía sigue haciéndolo cuando vuelvo cada verano a La Milagrosa. Y siento de nuevo que todo lo allí escrito es la compleja realidad.

Ahora, con el paso de los años, soy mucho más escéptico, toda vez que en el momento en que salí al mundo me di cuenta de que apenas se parecía a como yo lo había leído, porque me cansé de ver la forma en que los narradores omiten o desfiguran los hechos; traicionando, sin pudor, el mismo origen etimológico de la palabra Historia; aquel que cuenta las cosas porque las ha visto

Puedo poner infinitos ejemplos de lo que les digo desde tiempos de Polibio; o incluso remontarme a un más lejano pasado. Pero hay tres hechos que, sin duda, confirman que estamos viviendo en la irrealidad que nos cuentan quienes manejan los hilos que nos llevan y los poderes que conducen nuestro devenir, mientras permanecemos ciegos a las más cercanas realidades que hombres escondidos, ya sea en un castillo, en el apartamento 6º B de la calle Maipú o en una casa de piedra de la calle Zapaterías nos lanzan en volúmenes aulladores para abrirnos los ojos.

Pues sí, de corazón lo siento, pero tengo que contarles la verdad: el mundo no es como nos han dicho que es.

Cuando leí a Borges asegurando la existencia de Uqbar con una descripción tan plena que admitía pocas tribulaciones, lo primero que hice fue acudir a mi enciclopedia Larousse, en su tomo X y vi que nada se hablaba de esa tierra, cuando debía aparecer reflejada entre las entradas Uqba Ibn Nafi y la antigua ciudad mesopotámica de Ur, donde se cantó por primera vez la epopeya de Gilgamesh. Si para la Gran Enciclopedia esta tierra no existe, para nadie existe, me dije. En vano fatigué atlas y catálogos.

¿Qué interés podía haber en borrar de los mapas las ciudad de Tlön y la tierra de Uqbar? Pues fueron borradas, como borraron Troya, que apareció casi cuatro mil años después por la tozudez de Heinrich Schliemann. Creímos cuanto nos contaron, creímos las victorias de Agamenón, Alejandro, César o Carlomagno; que ordenaron a sus artistas modificar la Historia a su imagen y beneficio.

He viajado cuanto he podido y allá donde voy pregunto por Tlön y Uqbar. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo he reconocido tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis, el mago, invocado más bien como una metáfora.

Pero si fatigo la búsqeda de Uqbar, no menos ardua es mi búsqueda del hombre del castillo, que pretende hacernos creer que los aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial; y así lo hemos creído hasta ahora, llenando de vanas esperanzas nuestro futuro.

El hombre del castillo, con una obra inmortal, intentará fijar para la Historia la gran falsedad de que los nazis y los japoneses perdieron la guerra. No pararé hasta encontrarlo y destruir todas sus obras. Yo puedo demostrar que Troya no perdió su guerra, que Aníbal superó en Zama a Escipión, el Africano; y que Roma no es como la pintan los pergaminos y papiros; o que Alejandro jamás llegó al Indo ni acabó con Darío.

Acaso no es claro que en el siglo XX, según las últimas investigaciones, los alemanes ganaron la guerra y, por otra parte, habían tenido éxito con los judíos, los gitanos y los evangelistas. Y habían empujado a los eslavos dos mil años atrás al corazón de Asia. Para eliminar a los aborígenes norteamericanos, los británicos precisaron doscientos años; mientras que los alemanes habían necesitado menos de quince años en África. 

Parece mentira que los libros y las investigaciones sean incapaces de vivir por sí solas; y siempre la mano del hombre, de un hombre solo, por medio de la escritura y el arte termine fijando la verdad o la mentira a su manera. Con un solo libro, ¿vosotros lo habéis leído?: La Langosta se ha posado.

Seguramente hayan oído hablar de él. Casi todo el mundo está leyéndolo. ¿Qué hubiera pasado si los aliados no hubieran ganado la guerra? ¿Piensas que debían haber hecho con Inglaterra lo mismo que ella había hecho con África?

La langosta se ha posado. Ese hombre, Abdensen, quiere cambiar la Historia y `puede que lo consiga si no tomamos medidas. Si su libro triunfa, dentro de quinientos años, todos creerán que los aliados ganaron la guerra a los nazis y japoneses. Bien, es verdad que estos últimos habían matado a todos los cómicos en Nueva York, casi todos ellos judíos, en realidad habían matado casi todas las formas de entretenimiento. Entraron allí como un elefante en una cacharrería y el oro volvió a Europa, a Berlín, si allí hay tanto dinero ahora es porque se lo robaron a los judíos cuando los echaron de Nueva York con esa maldita ley de Nuremberg. Nunca pensé que las leyes raciales de los nazis se aplicarían aquí, en Estados Unidos, aunque perdiéramos la guerra. 

Ese hombre, a quien busco, Abdensen vive cerca de Cheyenne, en un sitio seguro, escribe dentro de una fortaleza rodeado de armas. Los jerarcas nazis pusieron el grito en el cielo cuando leyeron el libro. Saben que la Historia, si ese libro tiene éxito, no será grata con ellos; porque el mal que lleva Abdensen en las venas es un elemento consustanciado con el mundo, se derrama sobre nuestra cabeza, entra en nuestro cuerpo, nuestro cordón, nuestra mente, hasta en las piedras de la calle.

Por eso, los perseguimos. Por eso, fui detrás de Borges, de Abdensen, de Torbado; porque ellos pretenden cambiar con relatos la Historia que vivimos. Y lo peor es que lo están consiguiendo. Qué distinto sería todo si los norteamericanos hubieran ganado la guerra. Ahora, el poder deslumbrante de los Estados Unidos estaría extendiéndose por todo el mundo.

Si norteamericanos e ingleses hubiesen ganado la guerra, no habrían tenido más preocupación que ganar mucho dinero en un capitalismo feroz. Abdensen está muy equivocado. No hubiera habido ninguna reforma social ni planes de bienestar común. Los plutócratas anglosajones no lo hubieran permitido.

"Habla como un fascista devoto", pensamos Juliana y yo de Joe, mientras nos dirigíamos a Cheyenne a matar al Hombre del Castillo. Es un gran problema que siempre haya gente de letras escondidos en sus castillos, no saben el daño que hacen con un papel en blanco y un lápiz.




 

domingo, 4 de abril de 2021

EN 1984, CON ORWELL CUANDO DOS MÁS DOS SON CINCO

Para llegar a 1984, hay que pasar sin duda por la Guerra Civil española. Para llegar a 1984, hay que vivir en Cataluña esas luchas intestinas que se llevaron por delante a camaradas y hermanos que combatían en el mismo bando, pero en distintas revoluciones.

Para llegar a 1984 hay que ser consciente de que lo que opinen o dejen de opinar las masas se considera falto de importancia, con la seguridad de que a las masas se les puede conceder la libertad intelectual porque carecen de intelecto. 

Para llegar a 1984 hay que darse cuenta de que la esencia del gobierno oligárquico no es la herencia de padres a hijos, sino la persistencia de cierta visión del mundo y cierto modo de vida. Para llegar a 1984, hay que ir con Andreu Nin a Moscú para contemplar la nueva sociedad oscura que llevará al ser humano camino del no ser. Para llegar a 1984, hay que decidir entre la CNT y el POUM; y ver cómo los incautos prefieren perder la guerra, quemando absurdamente todas las revoluciones, a ganarla aunque sea en la cautividad de una disciplina necesaria.

Para llegar a 1984, antes hay que haberle visto la cara, en una pesadilla, al Gran Hermano. Para llegar a 1984, antes hay que haber visto el infierno en la guerra de España o en la India o en la Europa devastada por la dulce guerra. Esa dulce bellum inexpertis.

Para llegar a 1984 hay que haber aprendido que no hay revolución que no se la coma el alma humana.  Hay que haber aprendido a base de heridas y dolores, que la estructura esencial de la sociedad no se ha modificado nunca. Incluso después de enormes revueltas y de cambiar en apariencia irrevocable, ha vuelto a establecerse el mismo orden. Y es que la clase baja nunca consigue ni siquiera de forma temporal sus objetivos. Porque nunca esa clase será quien porte el duro altavoz, ni la imprenta y, mucho menos, llevará la contabilidad financiera de ninguna revolución, tan sólo será la carne de cañón para aquellos a los que siguen y que, sin duda, van a traicionarlos. 

Además, esa gente tan simple sólo lucha por las cosas, por la banal posesión de cosas, cuando cualquier mente medianamente preparada sabe que el verdadero poder, el poder por el que las clases dirigentes luchan noche y día, no es el poder sobre las cosas, sino sobre las personas.

Pues parece que ya hemos llegado, año 2021, por fin ya estamos en 1984, año Orwell, si con la invención de la imprenta, el cine, la radio y la televisión comenzó el principio del fin; con las redes sociales y los teléfonos móviles han sido aniquiladas la libertad y la vida privada. Ya saben, todo de todos, sometiéndonos a la propaganda oficial y al cambio de pensamiento.

Por fin, 1984 ya está aquí, y todo lo provee el Gran Hermano.





sábado, 20 de marzo de 2021

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO: EJÉRCITO Y SOCIEDAD - REVISTA DE OCCIDENTE

Con un título tan sugerente como Los tiempos están cambiando, que ha volado mucho en los labios del Premio Nobel de Literatura Bob Dylan, la Revista de Occidente, en su nº 474, reunió ocho artículos que, desde diferentes perspectivas, ahondan en esa necesaria simbiosis que siempre se debe establecer entre toda sociedad democrática y su Ejército; una simbiosis que en estos tiempos de pandemias y nevadas se ha confirmado más necesaria que nunca.

Todos los meses, desde julio de 1923, en torno a una mesa, la Revista de Occidente convoca una tertulia en la que se habla de los asuntos que componen el número del mes; un lugar ameno donde se escucha a todo el mundo y cuya base de partida es siempre el respeto. Por eso, el pasado febrero, fiel a su cita, aunque muy condicionada en tiempo y modo por la pandemia, se presentó en la Fundación Ortega-Marañón, bajo la presidencia de la ministra de Defensa, Margarita Robles, el número de la Revista de Occidente dedicado al papel que deben desempeñar en las sociedades modernas las Fuerzas Armadas.

Como explicó en su intervención el presidente de la Fundación, Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, la Revista de Occidente «debía tener una reflexión de altura sobre el papel de las Fuerzas Armadas en la segunda década del siglo XXI, pues no ha habido ninguna sociedad relevante que haya sobrevivido sin ellas, en las que poder apoyar la defensa de su territorio, la proyección exterior de sus valores y sus legítimos intereses».


Por ello, un total de ocho amplios artículos componen el monográfico del especial Ejército y sociedad, escritos desde el rigor y la falta de prejuicios. Esos artículos, con unos títulos muy sugestivos, son: “Los tiempos están cambiando”, proemio de Manuel Mostaza Barrios, que ha sido el coordinador del especial; “Las Fuerzas Armadas y los roles a evitar después de la pandemia”, de Rafa Martínez; “No hay enemigo pequeño: la adaptación de la inteligencia militar”, de Antonio Díaz; “Solidaridad, cohesión social y defensa: el papel del Ejército”, de Juan Menor Sendra; “¿Demasiado grande para caer? El imperio español y su modelo”, de Manuel Lucena Giraldo; “Fuerzas Armadas y ONG: la crisis como oportunidad”, de Paz Peña García; “Juntos pero no revueltos: Policía y Ejército en escenarios complejos”, de Óscar Jaime Jiménez; “La adaptación de la doctrina en tiempos del coronavirus: claves para su éxito”, de Diego Crescente; y “Cara a la muerte”, este último firmado por Luis Martínez Viqueira, coronel del Ejército de Tierra.

Para Luis Martínez Viqueira, escribir en la Revista de Occidente, donde tienen lugar tantos debates intelectuales de altura, supone un premio extraordinario; y aunque le dedica tiempo a la lectura y a la escritura, sobre todo de artículos profesionales, reconoce que ahora tiene que destinar mucho más tiempo a los informes y a las notas de despacho. El coronel Viqueira se define como seguidor de la Revista de Occidente desde siempre; y también, por supuesto, lector de la obra de Ortega; por eso, atesora en su biblioteca varias primeras ediciones de sus obras: España invertebrada, Misión de la Universidad, Estudios sobre el amor y, por supuesto, La rebelión de las masas, entre otras. Además, reconoce que Ortega es un referente intelectual en su forma de ver la vida… y también la muerte. Por eso, para él, escribir en la Revista de Occidente es un sueño hecho realidad.

Cuando hablé desde el Periódico Tierra con él, sin embargo, puntualiza que ha habido bastantes militares que han publicado sus trabajos en esta esencial revista de pensamiento y cree que, como parte de la sociedad a la que sirven, este hecho debería ser algo habitual. Para el coordinador del especial Ejército y sociedad, Manuel Mostaza Barrios, «este número es hijo de la pandemia y del gran despliegue realizado durante la operación “Balmis”, que ha demostrado en este último capítulo cómo la relación de los ejércitos con las sociedades ha ido cambiando a lo largo de la Historia, fundamentalmente porque pocas instituciones son tan humanas como las Fuerzas Armadas».

Por su parte, la ministra de Defensa, Margarita Robles, destacó «la importancia de poder participar en estos ámbitos de debate con respeto, tolerancia y altura intelectual», motivo por el cual era importante para ella asistir a la presentación de este monográfico. «Una sociedad que se considera democrática, justa, que quiere tener un liderazgo en el mundo, tiene que tener unas Fuerzas Armadas modernas, preparadas y comprometidas con la Constitución y el ordenamiento jurídico, con protagonismo en el ámbito internacional», señaló.

El Ejército y la sociedad sigue siendo un tema de nuestro tiempo con mayúsculas, tal como escribió en su momento Ortega y Gasset. Múltiples son las páginas en las que Ortega habla sobre el Ejército: desde las Juntas de Defensa a la Guerra de Marruecos; y, como antaño, la Fundación y la Revista de Occidente siguen poniendo su sabia mirada en unas Fuerzas Armadas que viven su presencia en todos los ámbitos de la sociedad. Por eso, y por todo lo que aporta como lugar de debate construido sobre el papel y la palabra, el periódico Tierra cree que es una buena oportunidad para militares y civiles sentarse a leer el nº 474 de la Revista de Occidente y mirar con ojos intelectuales para saber cómo los tiempos están cambiando.





domingo, 14 de marzo de 2021

FEDERICO GALLEGO RIPOLL, QUIEN DICE SOMBRA.

 

Hay sonidos que no descansan nunca; algunos nos acompañarán toda la vida, son las voces de nuestros mayores; otros, nos ayudan a crecer y los recordamos u olvidamos al antojo de extrañas mareas que no se rigen por medidos ciclos lunares; pero, hay unos sonidos especiales, unos sonidos que nos elevan del desasosiego a la belleza o del tiempo perdido y recobrado al supurar de las palabras que creemos que son nuestras, pero que ya tienen dueño. Esos últimos son los que nos regalan los poetas. Esos sonidos que no descansan nunca y que de noche oigo en mi cuerpo.

El pasado verano descubrí Las Travesías de Federico, en un devenir furioso que me llevaba de nuevo, casi un año después, al lugar donde vivo rodeado de sonidos marinos; y en la playa de la Jara desnudé Las Travesías, con el rumor del mar, el viento de Poniente fresco y el de Levante árido, un celemín de gatos más silenciosos que espejos, camaleones capaces de leer dos libros de poemas a la vez, y con los dos últimos perros de La Milagrosa que ignoran que son descendientes de aquellos primeros cánidos que se enfrentaron a lagartos y serpientes cuando en La Jara parecía que el mundo acababa de ser creado.

Pero como los pájaros de papel son nerviosos, imprevisibles e inconstantes, acabo de recibir cuatro libros de poemas enviados desde Palma, donde siempre ha vivido la buena literatura. Cuando uno sueña recibir un correo, sueña con telegramas azules que vayan de Sur a Norte o sueña con libros de poemas. No sé porqué, pero por correo sólo he recibido libros de versos. Tal vez será porque los versos tienen unas alas que recibieron en su origen oral y popular que a la novela le faltan.

O tal vez porque solo las palabras escritas sobre verso y ritmo están hechas de viento inmortal, tan diferentes a la prosa, que es más esclava de los calendarios y las geografías, y en algún momento se quedará vieja volando ya con la belleza desapegada siempre alrededor de eternos versos, que son los únicos que saben que nada de nosotros muere; solo nosotros morimos.

Estos sonidos llegan para quedarse, como las flores de plástico en las cunetas, la pobreza en la casa de los obreros dignos y el agua repitiendo nuestro nombre en el fondo de cada pozo. ¡Desengañaos! Estos sonidos sólo los gritan las manos de los poetas.

Esos sonidos siempre me llegan en verano y por correo con las alas que un poeta pende de un sobre azul escrito con letras verdes y dibujos de ángeles vestidos de también de verde, y me dice mientras me llevo su libro de poemas a altas montañas de nieve que esta vida feliz de cada día es otra falacia con la que distraernos; mientras que grabo en mi mente sus versos: "Vuelve a tu continente. No me descubras, no me adoctrines, no me rescates, no me liberes, ni enfangues con la brea de tu falsa justicia mi anhelo de ser pájaro.

Y le digo a Federico que demasiadas veces fui un potro desbocado por la poesía y que me escapé un día a Adén con mis propias Iluminaciones cuando me di cuenta de que el infierno estaba en mí, pero como aprendí con versos que no existe más demonio que el miedo, alejé cualquier pesadilla con un par de libros en la mochila. Nada hay que yo no haya curado con versos. 

Y le digo a Federico que sueño que este verano a la playa de la Jara, junto a las dunas y a la desembocadura que viven llenas de cadáveres sin saberlo, un pájaro viejo como las olas me traiga sostenido por sus leves alas un libro de versos. 

En verano siempre sueño con versos, con ritmo de olas, y vientos de poniente y levante. Porque las palabras construyen un castillo de naipes que es toda la verdad, que es quien sujeta el horizonte, aunque vivamos en el espejismo de que es la mentira quien mueve el mundo. El mundo se conformó en un poema, la naturaleza la vemos a los ojos de los poemas y la sociedad en la que vivimos también está conformada sobre los cimientos de la poesía desde los tiempos de Homero. ¡Desengañaos! 

Incluso cuando me despierto y la veo, construyo mi mundo con poemas deseando que no amanezca, que no levanten las aves la mañana, que no destape la luz este cadáver tibio que es hueco de almohada del amor en huida. Cómo voy a leer yo en verano novelas, si cada verano yo tengo que reconstruir mi mundo, yo solamente puedo leer poemas, Federico.

Federico Gallego Ripoll, gratitud eterna por versos eternos, que irán de Sur a Norte o volando con los vientos de Levante y Poniente por las costas de Palma y de Sanlúcar, porque dice verdad quien dice sombra. Amigo mío.











sábado, 27 de febrero de 2021

HACERSE TODAS LAS ILUSIONES POSIBLES Y OTRAS NOTAS DISPERSAS, JOSEP PLA CONTRA TODOS

¡Que fusilen a Josep Pla, ya!

Siempre he perseguido a los escritores complejos que se han pasado la vida buscando adjetivos para colocarlos detrás de un sustantivo en una hoja de papel.

Y siempre he perseguido a esos escritores que han conseguido poner en su contra tanto a tirios como a troyanos; porque al final el tiempo, que es la Literatura, siempre les ha dado la razón. Y qué mejor que perseguir al payés más cosmopolita del mundo que provoca a conocidos y desconocidos, como un cascarrabias desde su retiro ampurdanés de Palafrugell a vivir su cosmopolitismo como periodista, mientras se convertía en el mejor escritor del siglo XX en lengua catalana. ¿Del siglo XX? ¡De siempre!

¡Que fusilen a Pla!, se escuchaba. ¡Que fusilen a Pla!, se escuchaba en los despachos de Omniun, ¿dónde vamos a ir con un catalán de ese tipo? ¿Quién puede fiarse de alguien que lo observa todo de esa manera distinta y encima escribe sobre ello?

Veintitrés años después de la guerra civil —‌y esta es una de sus principales amenidades— sigue siendo muy difícil saber si una persona determinada, que pasó la guerra en la Península, fue un traidor o un patriota. Famosa es la cita de Talleyrand que decía refiriéndose a sí mismo: «La traición es cuestión de fechas». En la guerra civil española, la traición o el patriotismo han sido un problema de situación geográfica, de geografía personal. Comparada con la de Talleyrand, es una cuestión mucho más compleja".

¡Qué se puede esperar de un gran pesimista que sólo confiaba en Tarralledas y que receló de todos los demás. Era el antifranquista franquista conservador liberal, el independentista disconvergente, el payés cosmopolita de su tierra, el anarquista tremendamente conservador, el peor espía del mundo en la agencia de Marsella y el misógino de pago de burdeles de corazón. Casi con toda seguridad, la persona a la que el tiempo dará la razón; si no lo fusilan antes, claro.

Agitada, desperdigada, consumida, pasó la época de la juventud. La humedad de la melancolía oxidó mi mundo interior. No conocí el amor ni personas amigas. Los sentimientos nunca me sobraron, viví de capturar menudencias, rodeado por la indiferencia universal.

Pues sí, buscaremos por el Ampurdán a ese Josep Pla, capaz de plagiar un artículo de la prensa francesa mientras se dedica a vivir en París. Escritor en La Publicitat, Las Noticias, La Veu o el Diario Vasco; el periodista del que nadie consiguió hacer carrera. El que vivió en París los tiempos del Charleston; en Berlín cuando a Alemania se la comió Versalles abocándola al nazismo. En la Italia de Mussolini con algún amago incomprensible. En la Rusia de Stalin donde paseó con Nin cuando éste empezaba sus veleidades troskistas. En la Barcelona de Cambó, amigo de su conservador catalanismo, odiado por esa ralea de enemigos excluyentes a los que sin tapujos llamó "cobardes". A ver si va a resultar que al mejor escritor en lengua catalana del siglo XX no le van a dar el Premio de Honor de la Lengua de su país simplemente por escribir en libertad, ¿libertad?: El catalán actual es un producto de la decadencia de Cataluña. Su rasgo característico es el complejo de inferioridad, fruto del deterioro de su personalidad. El catalán no tiene patria, por eso es un ser diferente que no puede compararse con quienes la tienen. Perdió la patria e hizo un gran esfuerzo para tener otra, sin lograrlo. El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto. Esto explica sus características: a veces es un engreído —‌la jactancia que nota Unamuno—. Pero a menudo también posee una humildad morbosa, humillada y ofendida, y por eso Unamuno dice que «hasta cuando parece que atacan, están a la defensiva». Puede que esa vanidad insoportable sea una consecuencia del sentimiento de humillación, y viceversa —la humillación crea, como una evasión incontenible, la vanidad. Encontrar un catalán normal es difícil.

¡Que fusilen a Josep Pla! ¡Que echen de la revista Destino a Josep Pla!, grita desde su despacho Jordi Pujol, director del periódico, cuando decide que el catalanismo de Pla no es auténtico, tal y como él lo concibe. ¡Que le digan a ese Pla que solo hay un catalanismo! Pero claro, con Pla no hay que hacerse todas las ilusiones posibles y el payés ampurdanés de Palafrugell también escribe contra los atreidas, sin dejarlos tranquilos: Creen que esta crisis afectará a la situación política y perjudicará  la situación de Franco. Creo que exageran. Los países pobres cuentan con una gran ventaja para resistir las crisis. Justo por estar tan acostumbrados a la pobreza, soportan perfectamente el hecho de hacerse más pobres, y el fenómeno no tiene repercusiones generales apreciables. Para un país rico, en cambio, una etapa de pobreza es muy difícil de superar y el riesgo que comporta puede ser muy grave.  Suponer que Franco tiene la más mínima idea de economía, que la economía le preocupa o le inquieta mínimamente, es una enorme fantasía. ¿Qué le puede importar, por otra parte, a un militar del país, la quiebra de un comerciante? Un hecho de este tipo siempre será una manifestación de la Divina Providencia muy apreciable.

¡Pues eso, que fusilen a Pla! que dice que iglesia, militarismo, latifundismo y burguesía son harina del mismo costal. El contrato es el siguiente: la burguesía paga al militarismo parasitario y, a cambio, la Iglesia defiende la diferencia de clases. La Iglesia católica nunca había gozado, en este país, de tanta influencia y de tantos privilegios como en este período. Los militares y el alto clero han podido construir, edificar y mandar en todo, hasta el punto de llegar a dar la impresión de que la religión iba en aumento. ¡Que fusilen a Pla ya! Se unen a voz en grito convergentes, divergentes, franquistas, nacionalistas, reyes godos; todos piden acabar con Pla. 

Nos queda el consuelo de que desaparecerá toda la geografía de Oriente a Occidente con sus nombres y su esencia, como ha ocurrido siempre, pero de las 30.000 páginas que escribió Josep Pla con mano de artista quedarán las suficientes para saber que un día alguien escribió como los ángeles en lengua catalana. Del griego antiguo apenas queda Homero. Del catalán antiguo quedarán Ramón Llull, Josep Pla y poco más, cuando de verdad desaparezcan sus geografías. 

Pla comienza ahora a hablarme en castellano porque sabe que es un idioma magnífico para utilizar, sobre todo, cuando no se tiene razón.

Pero que nadie se preocupe que Josep Pla, no va a pasar a la posteridad por lo que escribió, sino por cómo lo escribió. Solo así son eternas las naciones, como descubrieron la Grecia Homérica, la Acadía de Sargon o la Asiria de Asurbanipal. Y cuando los idiomas cambien porque se los llevan los siglos; y apenas sean reconocidos sus signos y significados, los sesudos filólogos del futuro adivinarán que hubo un idioma claro, conciso, brillante, con adjetivos exactos cuando abran arrugados tomos de un payés de Palafruguell que se llamaba Josep Pla. Un tipo que dicen que llegó a ser espía de Franco, pero que también salvó a muchos judíos centroeuropeos, en connivencia con el director de la orquesta del hotel Ritz que trabajaba para el espionaje norteamericano. Además, el gobierno de Estados Unidos quiso condecorarlo con una medalla y renunció a ella. Yo nunca he renunciado a ninguna, siempre me pudo la vanidad; aunque tampoco sé escribir como él, claro.

El país resiste, porque el país es el idioma; y al igual que el castellano es cervantino, el ruso es de Tolstoi, el inglés es de Joyce o el italiano, que antes fue florentino, de Dante; el catalán es de Pla; y eso es lo único que quedará de la geografía que conocemos dentro de cinco siglos. Así ha sido desde los tiempos de Homero, Sargon o Arsubanipal. 











domingo, 31 de enero de 2021

NO CREO EN MÁS INFIERNO QUE TU AUSENCIA

Pues sí, a trabajos forzados me condena mi corazón del que te di la llave, y no es que yo tenga una guerra declarada a la moderna poesía, al contrario; pero me he criado contando con los dedos ya sea en base 7, en base 8 o en base 11, señalando en su justa medida cada acento; y, si tengo que mirar mucho más atrás, no he podido nunca evitar tararear los 6 pies de rigor, buscando vocales largas o breves en ese paraíso que es un poema; y en algunos de ellos he cambiado los pies por millas marinas, que esa medida me la entregó Steersman un día de tormenta cuando ya no veíamos la punta de Malandar; pues no quiero yo tormento que se acabe, y de acero reclamo mi cadena. 

La primera vez que yo vi un escritor fue en el año 1979, un mes de agosto, durante las Fiestas del Guadalquivir en Sanlúcar. Mi padre, Steersman tuvo como una de sus múltiples ocupaciones a lo largo de su vida la de concejal de Turismo y Fiestas; y como mantenedor de las fiestas de exaltación del río Guadalquivir del año 1979 contrataron al inigualable Antonio Gala. Entonces esas fiestas se llenaban de poetas y escritores porque se convertían en un gran acto literario y artístico. Ese año el premio poético recayó en Rafael Fernández Pombo. Al final, como predijo Steersman, "el populismo acabará con todo esto", esas fiestas murieron y se acabaron los poetas y los músicos a orillas del Guadalquivir. Ni concibe mi mente mayor pena que libertad sin beso que la trabe.

Con él me fui al Hotel Guadalquivir a ver a Gala. Allí estaba en el hall del hotel el escritor, como deben estar los escritores, ejerciendo de ser de otro mundo, deseando declararse culpable de cualquier corriente literaria que sólo él entendía; y nunca ajeno a cualquier alma que pasase cerca. Yo llevaba una naranja en la mano que había recogido de uno de los naranjos de San Roque; y permanecí al otro lado del hall esperando a Steersman, viéndolos hablar. Como Steersman nunca habló de poesía, ni castigo concibo menos grave que una celda de amor contigo llena, imaginé que hablaban de temas más banales; como el precio de su manteneduría, las demandas del escritor o sus desvelos para con el pregón literario que daría esa noche.

Yo viajé con Gala por los verdes campos del Edén, conocí a Séneca y el beneficio de la duda, volé a Estambul en cuanto pude con pasiones turcas; y descubrí que la vida hay que llevarla a cuestas por lo menos entre cuatro. Así que nunca se me ocurrió llevarla solo. No creo en más infierno que tu ausencia. Paraíso sin ti, yo lo rechazo. Que ningún juez declare mi inocencia.

Cuando mi padre terminó de hablar con el maestro y volvió hacia mí, vi como Gala me saludaba mientras yo, a mis 16 años, jugaba haciendo volar la naranja de una mano a la otra, pensando que un escritor no debía de ser sólo literatura; sino como Gala, pura forma. "Vamos a tomar unos caracoles a La Calzada", fue lo más poético que me dijo Steersman, que no entendía mi interés por acompañarlo. "Vendrás, pero no voy a presentártelo". "Me conformo con acompañarte y verlo desde lejos, papá". Porque, en este proceso a largo plazo buscaré solamente la sentencia a cadena perpetua de tu abrazo.

Así que mi primer encuentro literario terminó tomando una taza de caracoles. Fue un encuentro mágico. A lo mejor sólo fue un sueño, pero fue mi sueño. Steersman me lo recordó alguna vez. Nunca entendió mi afición por la poesía. Sí por el futbol, los barcos, la montaña y los soldados; pero ¿la poesía, Norberto?

Y todo esto para decir que los que creen que Gala va directo al olvido, puede que se equivoquen. Que prueben a escribir un soneto, a contar 11 sílabas y a mirar dónde colocan cada acento ; si en la tercera, sexta y novena o en cualquier otra. Y mira que yo no escribo más que poesía en prosa.

Lee esto, y me dices:

CONDENA

A trabajos forzados me condena

mi corazón, del que te di la llave.

No quiero yo tormento que se acabe,

y de acero reclamo mi cadena.


Ni concibe mi mente mayor pena

que libertad sin beso que la trabe,

ni castigo concibe menos grave

que una celda de amor contigo llena.


No creo en más infierno que tu ausencia.

Paraíso sin ti, yo lo rechazo.

Que ningún juez declare mi inocencia,


porque, en este proceso a largo plazo

buscaré solamente la sentencia

a cadena perpetua de tu abrazo.


                O escucha si lo prefieres:


                NO CREO EN MÁS INFIERNO QUE TU AUSENCIA






domingo, 24 de enero de 2021

EL CERO Y EL INFINITO, LA PESADILLA DE KOESTLER

"Les trajimos la verdad y en nuestra boca sonó a mentira; les trajimos la libertad, y en nuestras manos pareció un látigo; les trajimos la vida plena, y donde sonó nuestra voz los árboles se secaron, con un susurro de hojas muertas; les trajimos la promesa del porvenir, pero nuestra lengua tartamudeó y salieron ladridos de nuestros labios".

Posiblemente, sea cierta la aseveración de que todas las personas pasadas, presentes y futuras estamos unidas por un nexo común, por leve y discreto que este sea.

Yo estuve ligado, sin saberlo, a Arthur Koestler durante dos años en la Academia Militar de Ávila. Cada mañana, cuando salía de mi camareta, justo enfrente de la puerta, estaba colgada en el pasillo una foto del intendente laureado en la Guerra Civil, Carlos Haya.

Y a Carlos Haya, concretamente a su mujer, Koestler le debe la vida. Koestler era prisionero de Queipo de Llano en Sevilla. El general lo había condenado a muerte, por un quítame allá una entrevista que el periodista consiguió a través de Luis Bolín, corresponsal en Londres, en la que lo tachaba con unos calificativos, "carnicero" entre ellos, que a Queipo le gustaron muy poco.

Afortunadamente, para la historia de la Literatura, tras muchas negociaciones, se produce el canje de Koestler por la mujer del fallecido en combate Carlos Haya, que estaba prisionera en una checa republicana y, según contaron, pagando el duro tributo que pagan las mujeres desde que la guerra es guerra.

Así que llegué a El Cero y el Infinito, sabiendo que Koestler y yo veníamos de una larga relación. Por eso, me fui con él desde el principio a tratar de entender al Camarada Rubashov, a vivir desde dentro ese Partido, que estaba sufriendo una prueba severa; y que todo aquel que se ablandara no podía continuar en sus filas; porque el Partido no puede equivocarse nunca; y por eso, no importa que devore a quienes lo hicieron posible. ¡Todo por la Revolución! Hasta el hambre, hasta el último sacrificio: "Declárate culpable de crímenes que no has cometido para salvar la Revolución". Tú, luego, no te preocupes, ellos se encargan de fusilarte.

Llamaron a la puerta, y el joven oficial que la golpeaba con la culata de su revolver gritó: " Ciudadano Nicolás Salmanovich Rubashov queda arrestado en nombre de la Ley". Rubashov, enseguida, comprendió lo que pasaba: "De manera que te fusilarán". Del Primer presidente de la Internacional, que había sido ejecutado como traidor, solo podía recordar un trozo de su chaleco a cuadros, estirados por un vientre abultado. El segundo Primer Ministro del Estado Revolucionario, también ejecutado, se mordía las uñas en los momentos de peligro. " La Historia te rehabilitará", pensaba Rubashov, sin particular convicción.

Pero, lo que más temía era el horror que le corría por el cuerpo tan sólo con pensar que, como todos los que él hubo mandado ejecutar, él también tuviese que admitir con la bala tocándole la nuca que su condena era justa. Al fin, se ha dado cuenta lo poco que influye para la Revolución que sea realmente culpable o no lo sea.

Al carajo la Revolución, me dice Koestler. "Eso, al carajo la Revolución y el Partido", le contesté, "he estado en dos y siempre terminan los mismos pintando con su sangre la nieve".

"Ni vosotros, ni yo le servimos ya al Partido y al Gran Líder; ahora ya no necesitan héroes, ahora quieren funcionarios de acero. Por el bien de la Revolución, del gran líder y del Partido que ayudamos a crear, debemos declararnos culpables", gritó Rubashov mientras una descarga de máuseres le partía el alma dejando su cuerpo sin vida sobre la nieve. El Partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia; y la Historia no sabe de escrúpulos ni de vacilaciones.

— Vamos al café de París, Koestler, que quiero decirle al hijoputa de Sartre un par de cosas; espero que Camus no se meta en medio como la otra vez.








domingo, 17 de enero de 2021

PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, EL POETA DE INFINITAS ALAS

Yo sabía que todo rostro es un antifaz, incluso el mío; pero nadie me lo había dicho en un poema; aunque eso no fue lo peor. Lo peor fue que ese mismo poeta también me dijo que mi segundo rostro es una careta, y que a la larga, nos enterrarán con las dos; sin saber quienes somos, porque nos conocemos tan mal que nuestro mejor autorretrato siempre lo hace otro.

He vivido miles de horas en los trenes. Para un tren, yo aconsejo la lectura de poesía, ya sea sentado en el vagón número trece del Talgo, rumbo a Jerez, o en la barandilla del puente de La Jara, antes de que pasara el ferrobús. Un tren vive para la poesía y algunos trenes, como el de Pozuelo, tan celoso con los poetas, quiso llevarse el suyo. Y claro, se llevó al mejor. Por eso, un tiempo, me dediqué a merodear por ahí. A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas, por si acaso me hubiera dejado algún verso sin leer de Pedro Casariego Córdoba. 

Su ausencia es inabordable y su poesía también, porque es una poesía que nunca enseña las raíces; pero sí se ven sus infinitas alas y, casi sin querer, ha llegado a lo más grande que se pueda llegar en literatura y es que sus versos se han convertido en lugar común de los escritores, del presente y del futuro, que copian sus versos pensando que son originales sin saber que los escribió Pedro Casariego Córdoba. Un poeta que no se parecía a nadie y que, de pronto, consigue que todos nos parezcamos a él. 

Debes saber que, al leer tus versos, al instante reconocí en el cometa la señal que ya no esperaba. Me he quedado contigo PeCasCor, me he quedado con tu nombre Pedro Casariego Córdoba, sabiendo que Mallick se ha puesto muy rojo porque lo han besado, y que tú, para imitarlo, has hecho enrojecer a todo el planeta: tabaco rojo, rojas caderas, rojo abedul, rojas fresas, hielo rojo, alerta roja, petirrojo rojo, piel roja, celda roja.

Tú inventaste una ciudad y nos diste su nombre, y un enigma y unas alas. Tú eres una estrella con la terrible tragedia que envuelve a todas las estrellas, que iluminan; pero no ven.

Mientras, teñido de pelirrojo manejas los pinceles con brío, como si fueran los remos de una nave fenicia, con la pasión holandesa y la sangre española, y en el cuadro aparecerá todo lo que los pintores siempre desecharon, y todas esas cosas despreciadas por los genios de otros siglos cobrarán junto a tu cara una vida absoluta.

He aprendido con versos que no es fácil dedicar ternura sin decimales, porque lo normal es dedicar la ternura con frías razones contables, con quebrados, divisiones; no sea que la ternura nos llene la realidad de sueños, y todos consumimos en nuestra realidad hueca bocadillos de jamón cuando deberíamos comer bocadillos de amor.

He aprendido con versos que debo seguir cometiendo faltas de ortografía, porque cuando cometo una falta de ortografía sé que nace una flor, incluso cuando las cometen esas secretarias que se afeitan cada mañana antes de ir en helicóptero a las oficinas del centro y de cristal, o las que trabajan en el Windsor.

He aprendido con versos que no solo tengo que leer poesía en los trenes, sino también en las cafeterías. Por eso ahora mismo, me voy con unos libros de poemas a la cafetería 2750 y voy a tomarme algo con Van Horne, con K. que me suena a checo que escribe en alemán, con Vanderbilt, con Zimmerman, con Mallick y con Dra, que sabe mucho de diccionarios; igual recibo esta noche un simple beso en la boca o una mano debajo del pantalón.