Alguien que siempre creyó que tenía un destino literario, hasta que el tiempo le dio un destino de lector.
domingo, 17 de enero de 2021
PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, EL POETA DE INFINITAS ALAS
domingo, 13 de diciembre de 2020
SIEMPRE CON EMILIO SALGARI, PORQUE SANDOKÁN ERA DE SANLÚCAR
Ella todavía no lo sabe; pero tendrá un hijo con una vida de novela a quien Emilio Salgari encontrará en unos viejos legajos mientras busca temas para sus historias de aventuras en el museo de Propaganda Fide de Roma. Salgari anotó en su cuaderno su nombre, Carlos Cuarteroni Fernández, y el relato de sus viajes por las Filipinas y de su lucha por la libertad en Borneo y todos los mares orientales.
Anotará también las disputas de Cuarteroni con el rajá blanco de Sawarak, James Brooks, y el sultán de Brunei y no olvidó escribir a la luz de una vela sus combates intentando liberar esclavos contra los británicos o durante aquella guerra de tráfico del opio con la que los ingleses asfixiaban Oriente. La última frase la escribe en su cuaderno de notas como si la oyera de boca de su protagonista: «Viajábamos guiados por la brújula divina que nos llevaba a lugares desconocidos; pero donde más se nos necesitaba».
En ese momento, Salgari salió corriendo hacia su casa y comenzó a escribir desaforadamente. Había nacido Sandokán, un príncipe de la Malasia, que ha sido destronado por los ingleses que han asesinado a toda su familia, convirtiéndolo en un pirata. Sandokán, un hombre que sabía sobreponerse ante cualquier adversidad, demostrando que se puede tener una ética y una humanidad, incluso sufriendo las situaciones más terribles.
Carlos Cuarteroni Fernández nunca supo de Sandokán; ni su madre, Ramona Fernández cuando se sentaba viendo jugar a sus nueve hijos en la playa; pero toda vida necesita un escritor y la de Cuarteroni no sólo lo necesitaba, sino que lo merecía.
Como había nacido mirando al mar y llenando de comanda, desde el negocio de su padre, los barcos que salían al Atlántico, ingresó en la escuela de pilotaje y náutica de Cádiz; y, pronto, con trece años partió como agregado en la nave Indiana a cubrir la Carrera de las Filipinas, siguiendo la misma ruta que Magallanes, un viaje siempre peligroso.
Con 19 años toma el mando de un bergantín y realizará navegaciones a Filipinas desde Cantón, Singapur o Hong-Kong; y, posteriormente, comandará la fragata El Buen Suceso, por Malasia e Indonesia, cartografiando toda la mar y las costas para el gobierno de España.
En 1841 obtiene el título de capitán de la marina mercante y un año más tarde decide comprar una goleta a la que llama Mártires de Tun-King y se dedica a la búsqueda de perlas y carey. En uno de sus viajes tiene conocimiento del hundimiento de un bergantín inglés, el Christian, que se dedicaba al terrible comercio del opio y de esclavos por los mares de Oriente y que podría albergar en sus bodegas una fortuna en monedas de plata. Así que no paró, cuadriculando cartas, pintando días de mar, lanzado sondas y buceando, hasta que dio con él y con sus monedas de plata. Con veintiséis años era inmensamente rico.
Sin embargo, como Cuarteroni puede que supiera que algún día sería Sandokán, decidió dedicar su fortuna a luchar contra la esclavitud a bordo del Mártires de Tun-King y de la goleta Lince; y, claro, terminó enfrentándose con el rajá blanco, James Brooks, y con el sultán de Brunei, al igual que haría Sandokán; peleando con todo aquel que fuera en contra de sus ideas abolicionistas; entre ellos, los piratas malayos.
Pronto, se le conoció como el apóstol de Borneo. Y luchó tanto por sus ideas antiesclavistas que se presentó ante el Papa Pío IX para que le diera permiso para construir dos misiones en la isla con el objetivo de liberar esclavos, y se hizo monje Trinitario, la misma orden que liberó a Miguel de Cervantes de la esclavitud. En 1857, fue nombrado obispo de Labuan y de Borneo y consiguió pese a James Brooks, el rajá blanco, y al sultán de Brunei fundar dos misiones: —¿Acaso no seguimos siendo los tigres de Mompracem?; donde ponemos las garras arrancamos cuanto queremos, ¿quieres una prueba?, parece que le dijo mirándolo a los ojos al rajá blanco de Sawarak, y el rajá tembló.
Por eso, los sanluqueños solemos sentarnos, como Ramona Fernández en Bajo de Guía, con un libro de Salgari a la vera de la desembocadura, jalando millas rumbo a Labuán. «¡Carajo, Norberto, asegúrate a estribor y no bandees salvo que yo te lo diga!» «¡A la orden, Steersman!»
domingo, 22 de noviembre de 2020
SOÑANDO CON LOS AMORES DE GARCILASO
sábado, 7 de noviembre de 2020
UN DÍA DE DIFUNTOS, CON LARRA

domingo, 18 de octubre de 2020
MUERTE A ESPRONCEDA, UN CANTO A TERESA MANCHA
Cuando me preguntaban de adolescente que qué quería ser de mayor yo siempre pensaba que en su corazón nadie puede desear otra cosa que "ser José de Espronceda":
Y lo perseguí por la calle Santa Isabel, donde agarrado a la verja del número 13 ó el 18, que poco importan los números, lloraba intensamente por su amada Teresa Mancha que estaba muriendo en esa noche, sola, pobre y abandonada después de haber dado su juventud y su vida a un poeta, culmen del Romanticismo, y que yo he bajado de su pedestal para ponerla a ella; porque Espronceda con la mujer más bella de sus días demostró su cobardía y demostró que si hubo una persona en ese siglo que se llenó de Romanticismo esa fue Teresa Mancha; santa diosa, mi espíritu encendía, imaginando mi fe pura sueños de gloria al mundo y de ventura.
Bájate del pedestal, Espronceda, que yo voy a poner a Teresa Mancha. Ya sabemos lo que tú has hecho; tú y tus amigos poetas que al final el Arte fija la Historia; y sobre todo la Mitología y la Leyenda. Incluso, con ese desesperado Canto a Teresa llevaste tu Yo romántico únicamente a ensalzarte a ti y a tu capacidad de amar a una mujer y a la voz de su dulzura que inspira al alma celestial cordura; pero en esa balanza amorosa la única verdad era que tú nada significabas al amor comparado con Teresa.
Por eso, cuando paso de madrugada por delante de la verja de la calle Santa Isabel y te veo agarrado a los barrotes de hierro, sin permiso para entrar, mientras miras cómo a la luz de dos faroles amarillos en su patio expira la voz, el cuerpo hermoso y el alma inmortal de Teresa Mancha, me alegro de tu dolor. Tú fuiste el culpable de su abandono. No mereces otra cosa.lunes, 5 de octubre de 2020
A MARGARITA MANSO, MUERTO DE AMOR

Todas las dedicatorias me intrigan porque siempre juego a adivinar las ocultas razones que impulsan a un escritor a dedicar una obra; por ejemplo, Borges dedica El Aleph a Estela Canto sumido en su abandono y dándola por muerta, como a Beatriz Viterbo, en una metáfora infinita.
Así que me dije: "Federico sabe mejor que nadie quién es Margarita Manso", porque vio cómo en sus ojos sin querer relumbraban cuatro faroles. Y posiblemente, sea ese amor muerto o frustrado o de trágico destino que todos llevamos dentro el que le hizo anotar su nombre de esa manera.
Para empezar a buscarla me hice con la biografía lorquiana de Ian Gibson, un imprescindible en el universo español del siglo pasado; y luego, con las cartas de Dalí y las entrevistas del maestro de Cadaqués; y en todos aquellos escritos en los que las sinsombrero, encabezadas por Maruja Mallo podían informarme. Con Maruja Mallo, una artista más grande que su nombre, todavía hay muchas cuentas pendientes, más allá de que Alberti, Neruda, Miguel Hernández o el hombre más guapo que había conocido y que se lo birló Federico, Emilio Aladrén, hubieran terminado en sus brazos.
Como Dalí, Margarita se avino al amor de gacelas prohibidas en una habitación de la Residencia de Estudiantes con Lorca, que soñaba mientras ella lo llenaba de suspiros, cuando la noche llamaba temblando al cristal de los balcones, en un encuentro que lo grabaría a fuego el poeta de Granada y Margarita en su memoria, finalmente de oscura y sombra vestida, arrebatada por la serpiente venenosa de la guerra. Aquella noche, con Dalí mirando, Federico y ella forjaron el sueño de toda una nación. Allí quedaron sus almas para siempre, perseguidas por los mil perros que todavía no las conocen.
¿Qué pasó con Margarita Manso?, me pregunté. ¿Qué pasó con la luz cultural, la libertad, la alegría y la vida de la más hermosa pintora, artista y musa de la generación del 27? Margarita Manso se convirtió en su metáfora, cuando Federico escribió en su Romancero: a Margarita Manso, Muerto de Amor.
Ella y Alfonso permanecieron en Madrid, se casaron, eran jóvenes, pintores de la luna, y se amaban con locura. Pero una tarde de septiembre de 1936 cuando venían del trabajo e iban a entrar en su casa, un grupo de anarquistas los estaban esperando y se llevaron a Alfonso, su amor, a una de las checas republicanas. Era 29 de septiembre, de madrugada, cuando fue asesinado en la carretera de Vicálvaro. Tristes mujeres del valle bajaban su sangre de hombre, tranquila de flor cortada y amarga de muslo joven. A los dos días también fueron asesinados los dos hermanos de Alfonso y su padre.
Con el asesinato de Alfonso, Margarita Manso dejó de ser libre; y a partir de aquella tarde ni tan siquiera soñó que fue capaz de quitarse ante todos el sombrero y de desnudarse delante de Federico.
A partir de ahí, hay otra vida, hay otra historia que ni tan siquiera ella, la mujer libre, la sinsombrero de la Puerta del Sol, se atrevió a contar, cuando el mar de los juramentos resonaba no sé dónde.
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| Margarita Manso, musa de Alfonso Ponce de León |
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| ¡Vaya foto bonita de la Generación del 27! |
lunes, 21 de septiembre de 2020
IMAGINA QUE EL ARTE HA MUERTO
No hay lectura que no haga, ya sea novela, poesía o teatro; en la cual no me asalte la misma duda: ¿es esto arte? ¿o no llega a serlo y no es más que un arduo trabajo casi estéril de una persona que puso gran interés e incluso emoción, pero sin tocar con sus dedos el arte? ¿o lo que es peor, no es más que un fraude de alguien que viendo cómo se las juega el mercado se afana en vender por liebre falsos gatos? ¿O es simple entretenimiento?
También me pasa con el resto de las artes ya sea pintura, escultura o arquitectura. Es que no me dirán que no hay auténticos mamarrachos, rodeados de incondicionales, en paredes de los mejores museos del mundo. ¿Es esto arte? ¿Es artesanía? ¿Me están tomando el pelo?
Yo no pediría que el arte fuera como la aritmética, exacta; pero, al menos, poder ser capaces de identificarlo en alguna medida, más que nada para ser más libres en nuestras elecciones entre el arte, la artesanía, la emoción, el sentimiento y el puro entretenimiento.
El arte no cuenta con esas cualidades exactas de identificación, y sufre aterido de un manoseo constante por todos aquellos que viajamos en los sueños, en la realidad o en los sentimientos, ya vivan en los subconscientes colectivos o individuales de cada persona; a veces, la pérdida de valor artístico se achaca al mercado que todo lo contamina, otras veces a la poca preparación que tenemos los lectores y espectadores y, otras, a una cultura de masas en contraposición del clasismo de la cultura con mayúsculas.
Esta situación no se hubiera dado nunca en la novela sin la aparición del cine, arrastrando público y reduciéndose en una cantidad desproporcionada la cantidad de lectores de la novela decimonónica. Por tanto, en el cine tiene lugar una rápida realización de productos de consumo.
Pero, hete aquí, que en la segunda mitad del siglo XX aparece la televisión y tiene lugar un fenómeno parecido. Muchos espectadores de las salas de cine se dirigen a los productos televisivos y el cine recurre entonces, dándoles más libertad, a grandes creadores, como Ford, Huston, Zimmermann, Preminger o Hawks; ese tipo de gente que cogió el cine y lo cambió a una forma de arte, de suprema inspiración. Es la época dorada del cine.
Pero, a la televisión pronto le salió también un duro enemigo. Eso tiene la modernidad, que pasa sus veloces días creando enemigos contra todo y contra todos. Y apareció internet y una nueva clase de entretenimiento que está surgiendo con mucha fuerza; y entonces la televisión, ante la pérdida de su público, se vuelca en nuevos creadores, con más libertad, y aparecen las grandes series, de sofisticada producción y calidad, de suprema inspiración.domingo, 13 de septiembre de 2020
NUNCA MATES A UN RUISEÑOR, UN LEJANO VERANO EN BRAZOS DE HARPER LEE
Yo, de niño, conocí a un hombre así de valiente en el condado de Maycomb, Alabama. Como muchos de los viajes que he hecho en mi vida éste lo hice sin salir de casa, simplemente arramblando un libro de una de sus estanterías. Y ese hombre se llamaba Atticus Finch. En la portada del libro aparecía Gregory Peck que acunaba en un bonito porche del Sur a su hijo Jem. Jem, uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final, pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.
Yo sabía que Tim Robinson estaba perdido que lo iban a ahorcar sin remedio, Atticus también y Scout y Jem y todo el condado de Maycomb, y que no nos quedaría más remedio que llorar por el infierno puro y duro en que unas personas hunden a otras. Pero te diré una cosa, Norberto, y no lo olvides nunca: siempre que un hombre blanco abusa de un negro, no importa quién sea, ni cuan distinguida que haya sido la familia de la que procede, ese hombre blanco es basura.


























