viernes, 13 de septiembre de 2019

STEERSMAN, MI PADRE, NORBERTO RUIZ RODRÍGUEZ



Ayer, por el hospital, se pasó el descanso eterno a recogerlo.

Mi padre me dijo: "Escucha cómo suena a crujir de aparejos porque la tormenta tensa los paños que jalan de los mástiles". Rápidamente recordé: ese es el sonido del Cielo. Me lo enseñó él, Steersman, Norberto Ruiz Rodríguez,  mi padre.

Por eso, ahora, tengo que lanzar los cabos a las estachas de la memoria, y evocar tu vida.

Qué  no daríamos en casa por volver a oírte hablar de aquel Atleti en el que jugaste con quince años cuando te quiso fichar el Sevilla.

Qué no daríamos en casa por volver a oírte hablar de tus años de estudio en la Escuela de Naútica de San Telmo.

Qué  no daríamos por escuchar de tu boca esa historia de tu Servicio Militar como piloto en el minador Marte cuando le cambiaste el puesto al piloto titular con el deseo de viajar por Europa para terminar haciendo un desembarco en la guerra de Ifni.

Qué no daríamos por oír de tu boca otra vez la llegada a Haifa durante la guerra israelí de los seis días en un petrolero, donde empezaron a llamarte Steersman.

Qué no daríamos por atravesar contigo en aquel mercante sueco el canal de Suez en llamas rumbo al mar de China para sufrir un abordaje pirata en las costas de Camboya o atracar en Hanoi con material para el gobierno vietnamita...

Después de navegar por mil mares, volviste con nosotros a tierra; y aquí te esperaba la Caja de Ahorros de Jerez y el colegio El Picacho del Instituto Social de la Marina.

Y para que no te faltara de nada, tu sucursal bancaria sufrió un atraco. Y con una pistola en la sien te negaste a darle a los atracadores la llave de la caja fuerte , aunque la tenías en el bolsillo.

Qué no daríamos Charo, Lola, Tai, Estefa y yo por tu alegría, por volver a pasear los seis por La Calzada cuando nuestras manos no conseguían abarcar más que uno de tus dedos, y por todos los buenos momentos que vivimos juntos.

Dese luego, "si la muerte vino a buscar una verdad entre tus manos", no las encontró vacías, sino completamente llenas de vida.

Gracias, mi capitán, por tanta vida. Charo, Lola, Estefa, Tai y todos los que te conocíamos te damos las gracias por tanta, tanta, tanta vida.





















domingo, 28 de julio de 2019

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?, LA DISTOPÍA DE PHILIP K. DIRK QUE QUISE ESCRIBIR PARA RUTGER HAUER



— Aparta tu grosera mano de policía.
— No soy un policía.
— Eres peor. Eres un asesino contratado por la policía.
— En la vida he matado a un ser humano. 
— Sólo a esos pobres androides.

Leyendo esa inicial conversación de Rick Deckar con su deprimida mujer, Irán, descubrí que yo, en esa novela, terminaría enamorado de una androide capaz de dar la señal sin "ausencia de respuesta afectiva adecuada". ¿Qué es un simple test de empatía de Voigt-Kampff para dibujar la leve línea que separa un ser humano de lo que no lo es? ¿Y quién dice qué es un ser humano y qué no lo es?

— Ha quedado usted embarazada de un hombre que le ha prometido casamiento —dijo Rick —. Pero él se marcha con su mejor amiga. Usted aborta y...
— Jamás lo haría,—respondió Rachael.
Las dos agujas del medidor se dispararon con violencia.

Yo no sé si Rachael Rosen es una androide o un ser humano, pues ha demostrado que puede engañar el test de Voigt-Kampff con facilidad; pero para mí fue la más humana de todos aquellos seres que habitaban la Tierra después de la Guerra Mundial Terminal.

¿Qué es un ser humano y qué no lo es? A lo largo de la historia no todos los homínidos, incluyendo aquellos que tenían el don del habla y la escritura, fueron considerados humanos por la Ley. Incluso sabiendo que tenían sensibilidad y sentimientos, y que hubieran superado sin duda el test de Voigt-Kampff.

— ¿Cuáles son sus instrucciones en el caso de que un test clasifique como androide a un ser humano?
— Eso es asunto oficial —Rick empezó a guardar su equipo en la cartera, mientras ambos Rosen lo miraban en silencio —Pero naturalmente debo cancelar toda prueba subsiguiente. Si hay un fracaso de nada sirve continuar.

Rachael no sabe todavía que es un androide, no sabe que no tiene consideración humana. Gente que ahora mismo atraviesa un desierto para tropezar con un muro, tampoco lo sabe; ni unos jóvenes que están embarcando en una vieja y carcomida lancha negrera para atravesar un peligroso mar. Deckar puede matarlos sin que le remuerda la conciencia, porque cumple con la Ley. Él nunca ha matado a un ser humano. Solamente a esos pobres androides que no tienen la consideración de humano.

¿Qué es un ser humano y qué no lo es? Yo, que he visto cosas que vosotros no creeríais, pienso que sólo el dolor humaniza cuanto toca, y que el poder y el placer deshumaniza a cuanto tantea; ya sea animal o vegetal.

Por eso, para poder sobrellevar nuestra iniquidad, a veces, debamos atenuar nuestra mala conciencia mediante los impulsos del inhibidor talámico que se conecta al órgano de ánimos; y en todo caso siempre podemos conectarlo al estado C para apagar nuestra conciencia y dormir sin complejos ni prejuicios, como hace Irán que apenas se levanta de la cama.

Rachael era más humana que todos los que fueron paridos de una madre; y Roy Batty, se hizo humano, lleno de perdón y misericordia, en una escena memorable, poco antes de que le llegara el tiempo de morir, porque él, como yo: "Ha visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. Ha visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de las puertas de Tannhäuser. Y todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia".

Ahora mismo estoy pasando el test de Voigt-Kampff, igual yo tampoco soy humano, como esos desesperados que están en estos momentos atravesando un desierto para encontrarse con un muro  o están embarcando en una vieja y carcomida lancha negrera  para atravesar un peligroso mar.

— Se encuentra usted un libro de versos, medio quemado dentro de una casa abandonada y llena de mugre y enseres rotos y desparramados por el suelo. ¿Qué haría? ¿Lo dejaría en en el suelo junto con toda la basura?
— No. Lo recogería y lo abriría por la primera página y me sentaría en el suelo y, ayudado por un pequeño haz de luz azul que entra por la ventana, leería los primeros versos: "Y aún sueño que pisa la hierba caminando espectral entre el rocío atravesado por mi canto alegre".

Cuando he contestado eso, Rick Deckard se ha echado mano a su pistola láser. Eso solamente puede contestarlo un androide, me espeta con gesto serio.



domingo, 7 de julio de 2019

AQUÍ HAY MUCHA PUTA Y MUCHO HIJO DE PUTA


Y Miguel cogió una tiza y escribió, sobre la pizarra del iluminado salón del Palacio de los marqueses de Heredia Spínola, una frase que definía, con trazo exacto, todas las retaguardias guerreras que alejadas del frente, de la lucha y de la sangre valiente van vestidas con brillantes uniformes o monos bien planchados y llevan al cinto relucientes y bruñidas pistolas que desconocen la existencia del calor, del polvo, de la arena, de la trinchera y del miedo que no sea ajeno.

Una retaguardia, que llena de fiestas y sensible a los buenos almohadones y que cuando oían que se acercaba el enemigo siempre tenía en su mano la lista de asientos en un avión o en un coche para alejarla del frente, ponía enfermo a Miguel: "Aquí lo que hay es mucha puta y mucho hijo de puta", volvió a escribir. Neruda, desplegó toda su cobardía en la guerra con fama de luchador; León Felipe no se quitaba, ni para dormir, el abrigo de pieles del Duque de T´Seclai, a quien previamente habían fusilado, ese León Felipe tan alejado de las trincheras y al que sólo se le veía en los observatorios rodeado de generales, pero dibujando ya su fama de poeta del exilio; Alberti, un soldado de salón, mal pintado en su Arboleda Perdida; o ese Malraux tan acostumbrado al posado fotográfico; o Bergamín con un comportamiento, "a paseo", no todo lo éticamente deseable. María Teresa León, sintiéndose señalada por las palabras a tiza del salón, dicen que abofeteó a Miguel. En esa retaguardia de fiestas también estaban todos los poetas menores, y cobardes mayores, disfrutando de la guerra; "Pues nunca vivimos mejor, ni fuimos más felices que contra Franco".

A Neruda lo leí del derecho y del revés; y, con quince años, dos veces, su Confieso que he vivido, quería ser como él. A León Felipe en Zaragoza, lo perseguí como poeta del exilio y me compré dos Antologías y Los Versos del Merólico, no sin antes poner el librero cara de asombro a causa de que un tipo con uniforme y gorra de plato pidiera en esos años a León Felipe. "No es para mí, es un encargo"; lo tranquilicé. Las fotografías de Alberti, la comunicación poética hecha guerra e imagen, me pareció en un tiempo sublime. Desde que leí su Arboleda Perdida, siempre soñé los libros de memorias como el suyo. Pero entonces llegó Miguel y en una pizarra escribió: "Aquí lo que hay es mucha puta y mucho hijo de puta".

Miguel venía de las trincheras, venía de sentir cómo los soldados pasaban hambre y miedo, de sentir el frío; mientras allí se abrigaban y comían en una celebración digna de los palacios zaristas con cojines de terciopelo y abrigos de visón. "Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta".

Desde ese día, hace 25 años que me crucé con Las Armas y Las Letras de Trapiello, cuentan que Miguel ya no tuvo un asiento en las listas de aviones y coches preparados por los valientes soldados de la retaguardia, con pistolas siempre limpias al cinto, sus uniformes planchados y con los abrigos de los marqueses de Spínola y el Duque de T´Seclai. Desde ese día, Miguel estaba condenado. Con ellos no saldría Miguel de España, que no apartó de sí ese amargo cáliz. A Miguel, como a todos los demás los dejaron atrás, solos y perdidos, con un carnívoro cuchillo de ala dulce y homicida que sostenía un vuelo y un brillo alrededor de sus vidas.

Pero lo que nadie olvida es de que hubo un lugar en la retaguardia de una guerra donde había muchas putas y mucho hijo de puta. Desde entonces los libros de memorias desde La Guerra de las Galias hasta La Arboleda Perdida me han parecido bastante menos reales que las aventuras de Ulises en La Odisea, con sus sirenas, sus Polifemos, su Circe o el país de los Lestrigones. 

Unos días más tarde vi salir del decomisado Palacio de los marqueses de Heredia Spínola al periodista comunista cubano Pablo de la Torriente mientras gritaba: ¡Qué vergüenza, yo me vuelvo para el frente! A los dos días lo mataron. Ya nadie se acuerda de él, ni de mí.



domingo, 16 de junio de 2019

MOBY DICK, EL LARGO LIBRO DE LAS DIGRESIONES O LA LOCURA DE MELVILLE

¡Este es el Pequod, que va a dar la vuelta al mundo! Digan que en adelante, nos dirijan las correspondencias al Océano Pacífico y, de hoy en tres años, si no estoy de vuelta que la dirijan a...

Mi padre era marino mercante como Conrad y Twain, y todas las cartas que recibíamos en casa eran telegramas azules: "Feliz cumpleaños. Besos. ¿Ya anda Lola?. Estambul". "Llego a puerto Algeciras próximo 6 junio. Besos. El Cairo". Algunos todavía están guardados en los viejos álbumes de amarillas fotografías. Pero lo que yo de verdad quería era mandarle una larga carta con el primer carguero que desembocara la barra, simplemente diciéndole al marinero que estaba de guardia en la escala: "Esta larga carta va dirigida al tercer oficial del Gothia, los próximos seis meses estará por el Mar de China, si son más de seis meses rolará por el Índico". Y con seguridad, de barco en barco, de ola en ola, esa carta, sobrada de letras, no como esos tacaños telegramas azules, llegaría hasta el Gothia que en ese momento andaría fondeado cerca de la Bahía de Hangzhou.

No por otro motivo embarqué en el Pequod, de manos de S.M., año 1986. Yo creí, equivocadamente,  que esa era la novela original escrita por Melville, mientras laboreaba cabos por las roldanas de los motones; pero esa no era más que una edición juvenil ilustrada con solo 263 páginas, amena y de fácil lectura. Nada que ver con ese cachalote blanco lleno de percebes en su lomo que rebufa espuma en el horizonte, refrescando el viento y moviendo a su antojo el reloj de bitácora de la nave, totalmente desnortado por la fuerza magnética de esa moneda clavada al mástil. Lo que los arponeros no saben, Queequeg tampoco, es que quien clave el último arpón se irá al fondo con la ballena.

De mi error me sacó el gran José María Valverde, cuya Historia de la Literatura robé de las estanterías de casa de mis padres y viaja conmigo desde que salí de allí con una maleta atada con correas de cuero y sumamente incómoda para el transporte. De pronto me tropecé con la edición inabarcable de Valverde casi 900 páginas llenas de citas que abruman; regresiones, que hacen perder la línea temporal y digresiones que desvarían el espacio y la mar. Aprendí a nombrar a la ballena en diez idiomas diferentes, a identificar todos los libros en los que por acción, por error o por omisión aparecía la palabra ballena; y a darme cuenta de que si Dios creó a la ballena para que se comiera a Jonás, Melville escribió Moby Dick para que yo me perdiera en ella soportando cabezadas, balances y golpes de mar para acabar engullido en el fondo marino de la gran literatura.


Escuché en las islas Henderson la historia del Essex y su capitán George Pollard y, en la isla Mocha, la historia chilena de un cachalote que había hundido varios barcos y también se le hizo responsable del hundimiento del Essex. Tardaron mucho en darle caza y hundió al menos seis balleneros. Para mí un héroe. ¡Botad los botes! ¡Botad los barcos! ¿Me habéis oído?

Yo, si había que bajar en bote a luchar contra los cachalotes de sangre inmortal, prefería viajar en el equipo de Starbuck. El primer oficial del Pequod se llamaba Starbuck y era la persona de más sentido común y más razonable de todo el océano, con él a cualquier lado; con Ajab, solo al infierno. "Señor Starbuck, vaya a convocar la tripulación de los botes". "Permítame que le ayude hasta la amurada primero, capitán -dijo Starbuck". "¡Oh! ¡Cómo me molesta esta astilla ahora! ¡Maldita suerte! ¡Que el capitán de alma invencible tenga tan cobarde compañero...!" "¿Cómo?" "Hablo de mi cuerpo, no de usted -dijo Ajab- Deme algo que me sirva de bastón. Esa lanza me servirá."  

Señor Starbuck, es por ese motivo que decidí llevar siempre conmigo en la mochila el enorme volumen, traducido por José María Valverde a esas cafeterías del señor Starbuck. A uno, que vive de señales, signos e indicios, le pareció bien viajar en el Pequod junto al primer oficial Starbuck. Oliendo aromático café. Eché de menos que en la taza apareciera la figura del mascarón de proa del Pequod, que es la cabeza y los hombros de indio nativo norteamericano que para eso, siempre atraca de vuelta en Nantucket; y no esa especie de sirena coronada que al señor Starbuck nada le dice.

Luego, todo se hundió, y el enorme sudario del mar siguió fluyendo como había fluido cinco mil años. Y eso ocurrirá hasta que yo vuelva a llevar siempre conmigo en la mochila el enorme volumen de Moby Dick a esas cafeterías del señor Starbuck.


domingo, 9 de junio de 2019

LOS VIAJES DE GULLIVER, CON JONATHAN SWIFT JUSTO ANTES DE EMBARCAR


Nadie, que me conozca, ignora que no hay tiempo de elecciones que no me decida a embarcar en el Adventure, para volver a refutar ese antiguo adagio de que no existe nada hoy tan extravagante e irracional que no se encuentren gentes dispuestas a defenderlo. Es una vieja recomendación que me hizo una vez un hombre que mandó al infierno los tiempos que le tocaron vivir y decidió dedicarse a cuidar un jardín como soñó Voltaire.

Para ir al grano, en tiempos de elecciones, pongo siempre la proa del Adventure rumbo a Laputa (que hay nombres en una lengua que son disonantes palabras en otras), a Balnibarbi, a Glubbdubdrib, Luggnagg; y, pasando por el Japón, al país de los Houyhnhnms. Pues, desde no hace mucho, suelo dejar atrás la tentación de la caída a babor y evito atracar en el país de la gente diminuta que siempre anda en continuas guerras por banales asuntos, como la manera de romper un huevo. Los conservadores que no les gustan grandes mudanzas y mantienen firmes las tradiciones lo siguen rompiendo como viene sucediendo desde siempre por la parte ancha; y los progresistas que aspiran a revoluciones y veloces cambios quieren imponer que los huevos se rompan por la parte más pequeña.

Fácil solución encontraron para este problema los grandes académicos de Lagado en la isla de Balnibarbi, que aconsejan que si los partidos estatales se tornaran violentos he aquí la solución de la Academia como método maravilloso de reconciliación. Se toman cien cabecillas de cada partido. Se les empareja a los adversarios por el parecido tamaño de su cabeza, a continuación dos expertos cirujanos efectúan una bisección simultánea de cada occipucio en cuestión, de modo que el cerebro quede igualmente dividido en dos. Se intercambian ambas mitades fijándolas en la cabeza del adversario político. Ciertamente esta operación requiere mucha precisión; pero el profesor nos aseguró que el remedio era infalible si se ejecutaba con habilidad, argumentando que todos los medios cerebros discutirían el asunto entre sí dentro de un mismo cráneo, lo que produciría rápidamente una mutua comprensión y la consiguiente moderación, a la vez que regularidad de pensamiento, como es de desear en la cabeza de aquellos que se creen nacidos para vigilar y regir los movimientos del mundo.

No pienso saltarme tampoco la isla llena de magos de Glubbdrubid donde se puede hablar con cualquier personaje histórico sin que pueda mentir. Yo seguro que acogería a todos los perdedores, pues soy irremediablemente de Bruto, asesino de César, el hombre que acabó con la República y puso los cimientos del imperio; y soy irremediablemente de Humbaba el gigante que cuidaba del bosque de los cedros y fue asesinado por Gilgamesh y Enkidu que buscaban con ansia algo tan fútil como la inmortalidad. Y soy de Hermenegildo y del obispo Prisciliano, y de José Blanco White, y de Prim y de..., con todos hablé y a todos pregunté. Aunque si Gilgamesh quería saber lo que es la inmortalidad no tenía más que embarcar conmigo en el Adventure a la tierra donde viven los Stulbrughs, los inmortales, que envidian a los jóvenes por su cuerpo y envidian a los que mueren porque por fin pueden descansar sus almas.

Y así continúo mi viaje hasta el mismo día de la votación, cuando paso unas horas en la tierra de los Houyhnhnms, un lugar donde términos como poder, gobierno, ley, castigo y muchos otros otros no tienen equivalente en su idioma y es verdaderamente difícil explicar su significado a los seres más racionales que yo he conocido y que tienen la bella forma de un caballo. Ellos no entendían que "en mi tierra, las diferencias de opinión han costado millones de vidas, y siguen costándolas: cuando se disputó si la carne era pan o el pan carne; si era sangre o vino, si debe besarse un madero o arrojarlo al fuego; a veces se declara una guerra porque el enemigo es excesivamente débil o excesivamente poderoso; o cuando una ciudad ocupa una posición estratégica para nuestros intereses".

Al final, siempre ocurre una tormenta que me trae de vuelta a Occidente, y siempre alguien termina riéndose de mí y de los académicos de Lagado, en la isla de Balnibarbi, porque con mi voto creo, con ingenuidad, que se escogerán a los favoritos y a los ministros por su prudencia, capacidad y virtud para que se preocupen sólo por el bien común.


lunes, 3 de junio de 2019

HENNING MANKELL, CÓMO EMPEZÓ, CÓMO ACABO Y LO QUE OCURRIÓ ENTRETANTO

Una vez, cuando creí firmemente que podía tener un destino literario, después de haber rodado por esos caminos que cruzan las vidas que pueden contarse de mil y una maneras, de haber atracado en puertos extraños donde marinos mercantes te hablaban de prodigios en cualquier lengua; y después de haber rezado en más de cuatro religiones distintas, todas verdaderas; comencé a comprar en las librerías que me pillaban a mano, o por encargo a viejos libreros, todos los ensayos literarios que pudieran pulir mi experiencia vivida.

Comencé con los ensayos literarios de Stevenson porque en su primera página aparecía su Carta a un Joven que se Propone Abrazar la Carrera del Arte, cuya dureza hacia los sueños no deja lugar a dudas, porque tres o cuatro éxitos mediocres basta para falsificar un talento; luego me arranqué por Saúl Yurkievich y Del Arte Verbal; y Harold Bloom y La Construcción de lo Humano; para continuar con Nabokov y su Curso de Literatura Europea; y no dudé en andar con Cuadrivio y Por las Sendas de la Memoria de Octavio Paz; para atravesar luego La Experiencia Abisal de José Ángel Valente o todos los ensayos que tuvieran que ver con Jorge Luis Borges o la Literatura Hispanoamericana.

Ese es el motivo por el que llegué a Henning Mankell. Ante mis primeras dudas, porque esas series negras tan vendidas, nunca han estado a la altura del primero de ellos, que es Poe, y ante el que tienen una deuda impagable todos los grandes, empezando por Conan Doyle, de quien lo leí casi todo y a quien no le perdonaré que terminara matando a Sherlock Holmes, y continuando por Chesterton y todos los demás: "Si lees Huesos en el Jardín de Mankell hay un posfacio donde cuenta cómo empezó su forma de hacer novelas, cómo acabó y lo que ocurrió entretanto". ¡Ay, esas recomendaciones que uno se encuentra tras la primera copa en un café de desalentados artistas!

La novela, que pensé que era su última novela de la serie Wallander y de su vida, pues sin otro motivo no hubiera escrito un posfacio así, estaba seguro de que no tendría la fuerza de las primeras, pero siempre se me ha hecho inevitable la lectura de los testamentos literarios y este no iba a ser menos.

"En una caja, en un rincón del sótano de mi casa, hay un montón de diarios polvorientos. Se remontan a mucho tiempo atrás. Empecé a llevar un diario en 1965, aproximadamente. Hasta que llegó la primavera de 1990. Había pasado una larga estancia en África. Cuando volví a Suecia no tardé en descubrir que, durante mi ausencia, las tendencias racistas se habían extendido por todo el país. Unos meses después decidí escribir sobre el racismo. En realidad tenía otros planes literarios, pero...", esa era la llama que lo estaba esperando y que Mankell recogió; y para que pudiera seguir brillando eligió la intriga policíaca como relato; pues si alguien tiene que saber lo que ocurre en la sociedad de la que forma parte, esa persona debe de ser policía.

Claro que el género y sus protagonistas no abandonan los clichés que se encuentran en casi todas las novelas; un detective con una vida personal hecha añicos donde la bebida no suele andar lejos, un horario desaforado, sobrados de tranquilidad y paciencia, sabiendo que Dios creó a las ballenas para que se comieran al santo Job, y dando toda la importancia que merece al lugar y al momento en que se cruzan el policía y el asesino. 

No olvido al inspector Maigret, de Simenon; a Patricia Highsmith y Ese Dulce Mal; al comisario Montalbano, de Camilleri; al detective Bernie Gunther, de Philip Kerr; ni Ágatha Christie; ni Hammet; ni  a Chandler, ni ...

Pero si tengo que elegir un relato negro distinto de Poe, sería La Muerte y la Brújula de Jorge Luis Borges; que, para que no haya dudas incluso lo menciona en el mismo cuento. Es tan difícil escribir buena novela negra. A ver quién iguala a August Dupin y a Treviranus y Erik Lönnrot. Yo busqué un médico, un liberal irredento, descendiente de uno de los doctores que llegaron de Francia acompañando al Ejército francés, el doctor Vausell, en La Fuente Muda. Maldito Poe, que lo llena todo. 






sábado, 4 de mayo de 2019

VENEZUELA ENTRE DOÑA BÁRBARA Y YO, CON RÓMULO GALLEGOS



Me enamoré de Doña Bárbara desde que subí a aquel bongo que remontaba el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha. Dos bogas lo hacían avanzar mediante una lenta maniobra de galeotes. Imáginate que llegas a Venezuela y te dicen que allá en las riberas del Río Negro sigue viviendo la devoradora de hombres, la trágica guaricha, fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría sensualidad de la india, y cuyo origen se perdía en el dramático misterio de las tierras vírgenes.

¿Qué tendrá Venezuela?, me pregunté, cuando las siniestras intenciones del taita vuelven cada cierto tiempo. Ella sólo recordaba que había caído de bruces, derribada por una conmoción subitánea y lanzando un grito que le desgarró la garganta. Y luego el festín de su doncellez: Ahora podemos vendérsela al turco, aunque sea por las veinte onzas que ofreció enantes. Veinte onzas, ¿serán menos que treinta monedas?

Si su belleza había perturbado la paz de la comunidad, ahora perturbaría toda la llanura, que sería para ella, incluyéndome a mí. Su primera víctima fue Lorenzo Barquero, yo he sido la última, hasta ahora. El Orinoco es un río de ondas leonadas; el Guainta las arrastra negras. En el corazón de la selva, aguas de aquél se reúnen con las de éste; más por largo trecho corren sin mezclarse, conservando cada cual su peculiar coloración. Ese era el límite de civilización y barbarie, donde viví con ella. Yo adoro los ríos y sus desembocaduras y los cotos y las marismas y las junglas; nací en ellos. Cómo no iba a caer a los pies de Bárbara. Con su belleza, la barbarie iba a dominar a la civilización como ha hecho siempre, porque no es bueno dejar el futuro sólo en manos de hombres cultos y civilizados, ¿dónde nos han llevado estos? Pues a El Miedo. Pero lo que ellos no se dieron cuenta es que El Miedo ahora es de doña Bárbara.

Y doña Bárbara no quiere hombres, salvo para su provecho y ambición, ya fue violada, maltratada, y disfrutaron de su belleza sin que ella lo autorizara, por veinte onzas. Ahora esa belleza domina todo el cuadro del Arauca: Hombres ha habido y no principios, desde el alba de la República hasta nuestros brumosos tiempos: he aquí la causa de nuestros males. a cada esperanza ha sucedido un fracaso y un caudillo más en cada fracaso y un principio menos en la conciencia social.

Todavía recuerdo la cena con aquel señor venezolano, a la que me invitó su hija para que lo conociera: "Te va a gustar, mi padre es profesor de literatura en Barquisimeto". Hablamos de literatura, sobre todo de Góngora; aunque yo sólo quería hablar de Rómulo Gallegos y doña Bárbara: - Santos Luzardo, que significa el progreso, la ley, la civilización, quiere vender toda la tierra y huir a Europa, ya no puede más; porque la barbarie se instaló como siempre en Venezuela, una barbarie que controla las llanuras, que ejerce el mal y agota toda riqueza; aquí, en Venezuela, por mucho que Rómulo Gallegos se empeñara en su novela, no va a haber final feliz. Va a ser muy difícil que desaparezca la cacica del Arauca.

Bueno, Norberto, dijo rápido, volvamos a las Soledades de Góngora y al culteranismo, y se puso a declamar: Era del año la estación florida en que el mentido robador de Europa (media luna las armas de su frente, y el Sol todos los rayos de su pelo), luciente honor del cielo, en campos de zafiro pace estrellas.

Aquel día de hace muchos años no entendí a aquel señor de Barquisimeto mientras comíamos arepas hasta reventar. Ahora lo entiendo un poco más: Va a ser muy difícil que desaparezca la cacica del Arauca.

Despierta Venezuela, sé libre. Haz que desaparezcan todas las cacicas y caciques desde el Arauca al Orinoco.



martes, 30 de abril de 2019

BITNA BAJO EL CIELO DE SEÚL, CUANDO CONOCÍ A LE CLÉZIO

Seúl, como todos los sitios del mundo es un lugar donde nadie encuentra a nadie, si antes uno no se ha encontrado a sí mismo. Conocí a Le Clézio una tarde de lluvia en Madrid, y a Bitna una tarde de lluvia en Seúl, donde llegué buscando los cuentos de una Sherezade oriental que busca alimentar la vida de una enferma que no puede moverse más que con las palabras de los relatos que le cuenta, a cambio de dinero, una joven que ha llegado desde un pueblo pesquero, como el mío, a la gigantesca Seúl.

"Soy Bitna", me dice, "tengo diecinueve años y estoy sola en esta gran ciudad que es Seúl, bajo el cielo".  "Bitna, yo también te pagaré", le dije, "sé que cada noche le cuentas a Salomé una historia, sé que ella vive de ese aire vocalizado que sale de tu boca. Yo solo soy un buscador de cuentos". Bitna me miró y me dijo: "¿quién le ha dado mi nombre?, Sabe de sobra que no me estoy inventando nada. Nunca he sabido inventar, solo cambiar nombres e imaginar lugares". "Me lo dio Le Clezio", le contesté.

"¿Le Clézio?, ¿dónde lo viste?", me dijo. "En Madrid", le contesté, "pero ya sabes que ese hombre es de todas partes; descendiente de bretones emigrados a Isla Mauricio, él nació en Niza, luego vivió a África donde su padre servía en el ejército británico. Esa vida en Nigeria le trajeron a los labios su primeras novelas, Onitsha y El Africano, con un estilo tan propio como salvaje; allí siempre viví descalzo, me dijo; luego llegó Guayana, México, unos años con con los indios Embera-Wounaan de Panamá, Tailandia, y ahora Seúl; y para abundar más en esa tierra sin fronteras que lleva bajo los pies se casó con una mujer saharaui de la provincia española de Río del Oro. Para ser un creador lo tiene todo".

Vamos, le dije a Bitna, podemos llegar a un acuerdo, no me hacen falta relatos nuevos. Cuéntame la historia de la dura frontera entre las dos Coreas, la que solo salvan las aves, la que solo las palomas del señor Cho atraviesan por el aire con mensajes de amor y recuerdos. Yo siempre viví con un palomar en la azotea de la casa de mi abuela, donde iban de ida o venían de vuelta esas viajeras incansables, que traían mensajes vivos desde lejanos lugares. Recuerdo que el primer mensaje que me me enseñó mi tío Eduardo, venía de Lisboa. "Mira ese buchón", me dijo, "acaba de llegar, ¿quieres saber qué mensaje trae?" "Claro", le contesté. Entramos en el palomar, lo agarró con suavidad con las patas entre sus dedos lo volteó y cogió el mensaje de la anilla: Viajar assim é viagem. Mas faço-o sem ter de meu, mais que o sonho da passagem. O resto é só terra e céu. (Viajar así es viaje. Lo hago sin tener de mí más que el sueño del pasaje. El resto es sólo tierra y cielo). "En unos días el buchón estará de vuelta en Lisboa", me dijo mi tío Eduardo, "¿quieres ponerle tú algo?"

Yo entonces no sabía que el dueño del palomar lisboeta respiraba poemas de Pessoa; con doce años Pessoa no existía para mí, porque de otra forma le hubiera contestado con algún verso de Cernuda o Lorca, pero escribí solo: Donde te lleve el cielo, recuerda el palomar de Sanlúcar. La loca frontera entre las dos Coreas sigue en pie y la casa de mi abuela se la comió el tiempo; y a la pajarera y al palomar.   

"Bitna, sigue contando cuentos para mí, por favor, te pagaré; cuéntame la historia del aprendiz de asesino, la del señor Cho y los dragones,  la de Nabi, la cantante, y la historia del paso del puente del arco iris", le supliqué. 

Llovía, y me dijo que esos eran los cuentos de Salomé, pero que no me preocupara que posiblemente Le Clézio escribiría alguna vez cuentos para mí. Y además, el día menos pensado volveremos a vernos bajo el cielo de Seúl.

Ahora me toca a mí. Camino bajo el cielo de Seúl; las nubes van rodando despacio; en Gangnam está lloviendo; por donde cae incheon, el sol enciende una gloria y, al norte, la montaña Bukhan emerge de la lluvia como un gigante . Estoy sola y libre, voy a empezar a vivir.

sábado, 23 de marzo de 2019

LA INCREÍBLE HISTORIA DEL DOCTOR FLÖID, MÍSTER PLA Y EL CUADERNO GRIS


A Josep Pla no me llevaron ni la avidez por el estudio del periodismo literario que ya no se estila, ni el consejo de ese amigo literato irredento que siempre aparece en los momentos más oportunos, ni siquiera esas casualidades que habitan, como ensalmos mágicos, las librerías de viejo. No, a Josep Pla, me acercó una obra de teatro que llamó mi atención en la cartelera del María Guerrero hace más de veinte años: La Increíble Historia del Doctor Flöid y Mr. Pla.

¿Quién era ese Doctor Flöid? ¿Y quién era ese Mister Pla? Estaba claro, que tratándose de Els Joglars, no iba a ser tarea fácil desgranar el significado de la obra para alguien que acaba de llegar al planeta de la literatura tras muchos años de encierro sostenido, con voluntad o sin ella.

¿Cuál sería el mundo del doctor Föid? ¿Cuál el mundo de Mister Pla? Yo sabía que Míster Pla era aquél que si pudiese imaginar otro mundo, imaginaría este mismo mundo.

Me sentí muy tentado por ver cómo Stevenson podía colarse en un teatro, así que compré mi entrada y me senté a ver a esta compañía catalana que andaba paseando esta misteriosa obra stevensoniana. Si Borges, me dije, escribe que entre los hombres que están salvando el mundo se encuentra aquel que agradece que en la Tierra haya Stevenson, estos actores también deben estar salvando el mundo.


No me equivoqué y desde entonces los persigo;  a ellos, Els Joglars, y a Míster Pla, sin que no hubiera una librería de viejo donde no preguntara por su nombre. ¿Míster Pla?; sí, aquí tiene; te aconsejo que empieces con El Cuaderno Gris, lee despacio donde dice que los libros nos dicen que el mundo, los hombres, las mujeres, están hechos de una manera. La vida nos dice que el mundo, los hombres, las mujeres, están hechos de una manera distinta. Los libros nos dicen que existe el amor, la gloria, la bondad, la grandeza. La vida nos dice que no hay nada. Pocas cosas igualan a un viejo librero que con pasión te recomienda un libro.

En mi butaca, me preparé para ver una ficción dentro de la ficción que es el teatro, y una realidad dentro de la realidad que es también el teatro.

El empresario Ramón Marull Ticó, el doctor Flöid, sólo piensa en el dinero, y se ufana de que hasta el jabón y el papel higiénico que utiliza todo el mundo son fabricados por sus empresas; condecorado con la Cruz de Sant Jordi, analiza con la fe de su egoísmo todas las deudas que el país tiene con los empresarios fieles; aunque, sin embargo, se duele de esa veneración que tiene el pueblo hacia los escritores, los actores y los artistas como si fueran ellos los que dan de comer a la gente. Pero Míster Pla le da donde más duele, escribiendo a lápiz sobre unas hojas de un cuaderno gris: Uno puede divagar sobre los orígenes de la moral, quedándose fuera de los negocios. Hacerlo desde dentro es peligroso y arriesgado; y eso no se lo perdonará nunca, ni el señor Marull ni aquellos a quienes el empresario da de comer, que son muchos.

Sí, señor Marull, usted no podrá evitar beber la poción que le convertirá, sin remedio, en Míster Pla, quien le dirá, con acento payés, todas las cosas que nunca quiso oír, Sí Míster Flöid, ya sabe que la vida tiene tan pocas cosas agradables que menospreciar una sola es de un salvajismo absoluto. Y en ello andamos veinte años años después, recordando que al más grande creador en lengua catalana en el siglo XX, nunca le dieron el Premio de Honor de la Letras Catalanas. Bueno, tampoco a Borges le dieron el Premio Nobel y lo seguimos leyendo.

Pasará el jabón y el papel higiénico, señor Marull, pero quedarán para siempre Josep Pla y Jorge Luis Borges. Por eso, todavía esperamos con fe, que vuelva a reeditarse la fórmula de la poción mágica y todos los Míster Flöid se conviertan, aunque sea por un momento, en Míster Pla.




sábado, 2 de marzo de 2019

UN MUNDO DE GATOS

Yo me he criado con muchos gatos. No digo uno ni dos, sino muchos; incluso los perros que teníamos, que eran siete, terminaban comportándose como gatos, aprendiendo a saltar muros imposibles, a dormir en los árboles o a entrar en la casa por las ventanas; sabiendo que las puertas, siempre cerradas y necesitadas de llave, no viven al albur de las corrientes como las ventanas.

No había nada ni nadie en casa que no estuviera influenciado por esos gatos que, sin necesidad de viaje alguno, traían consigo toda la sabiduría de Egipto y de Roma. Dormir con las ventanas abiertas significaba dormir con gatos, que como efigies se colocaban sobre la cama y la almohada, velando tu sueño en la casa de La Jara; los gatos que, dice otro Lima, utilizaban la palabra que según los egipcios unía todas las cosas como una metáfora inmutable, que te hablaban al oído; esos gatos que dormían después de ti y se despertaban mucho antes para disfrutar de la noche y de los amaneceres.

Los gatos han nacido para la poesía y la filosofía, porque nadie ignora, como Borges, que no son más silenciosos los espejos ni más furtiva el alba aventurera. Los gatos odian a los piratas, que se hacen acompañar de loros para aumentar su autoestima con palabras repetidas, baldada por las tormentas; también odian los gatos a los nobles guerreros, que sólo buscan la fidelidad extrema o la belleza insufrible, y que por ese motivo sólo se hacen acompañar de grandes perros sueltos o hermosas fieras encadenadas.

A quienes aman de verdad los gatos, fantasmas elásticos de Baudelaire, es a los filósofos y a los poetas, esos gatos en los tejados que van remendando los desconchados. No voy a negar que he pasado algunas horas de la noche, de vuelta de una salida nocturna con algún beso y alguna copa de más, en el tejado de mi casa rodeado de gatos mirando todos a la luna y esperando que llovieran ratones. Nunca sucedió. A los ratones siempre los cazamos en la tierra y en el monte; pero aprendimos a amar la tranquilidad de la noche, a escuchar la voz del viento y a leer a María Zambrano, la mujer que amaba a los gatos; porque yo, a través de los gatos, llegué al Hombre y lo Divino atravesando los Claros del Bosque.

Han pasado muchos años, pero hoy en día en aquella casa de La Jara deben de vivir, al menos, veinte gatos con toda su sabiduría del Egipto.






sábado, 16 de febrero de 2019

SOBRE LA LIBERTAD, CUANDO LEÍ DE SOSLAYO A JOHN STUART MILL


Una de las asignaturas obligatorias del sistema de enseñanza general por la que todo el mundo debiera pasar en su niñez es la de vivir, al menos durante tres años; pues el primero sería insufrible, el segundo de endurecimiento y el tercero de algo de disfrute; siendo el único niño o niña diferente.

Unos años donde seas el único niño de una raza en un colegio de niños de otra distinta, unos años donde seas el único niño no huérfano en un orfanato, el único niño con una tendencia sexual distinta a la de los demás, un colegio donde seas al único que le gustan las letras cuando todos adoran las matemáticas y el obtuso dibujo lineal. Un colegio, al fin y al cabo, que te forme en la individualidad, el único bien que es exclusivamente nuestro porque ya sabemos que constantemente la historia nos muestra la verdad reducida a silencio por la persecución; y si a veces no se la ha suprimido de modo absoluto, al menos ha sido retardada en muchos siglos. 

Seguramente, en ese colegio, sufrirás con dolor esa tiranía que impone la mayoría absoluta que es diferente a nosotros, o piensa diferente. Y si bien esa tiranía no tiene rígidas sanciones dictatoriales, deja en cambio menos medios de evasión; pues llega a penetrar mucho en los detalles de la vida e incluso encadenar el alma; y acarrea unos sutiles pesares que sólo son sostenibles con un fortalecimiento audaz del corazón. 

En esos tres años aprenderás, con todo el dolor de tu alma, que la disposición de los hombres, ya sea como gobernantes, sea como ciudadanos, a imponer sus opiniones y gustos como regla de conducta a los demás, está tan enérgicamente sostenida por algunos de los mejores y peores sentimientos inherentes a la naturaleza humana, que ésta no deja de imponerse más que en el caso de que le falte poder para ello; y si eres el único diferente, esa naturaleza humana se impondrá a ti sin condiciones y sin mesura.

En esos tres años aprenderás que la única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros, o frenar sus esfuerzos para obtenerlos.

Aprenderás en esos tres duros años que el más importante servicio que un ser humano puede prestar a sus semejantes es revelar al mundo algo que le interese profundamente y que ignoraba, demostrarle que está equivocado con respecto a cualquier punto vital de su interés espiritual o temporal. 

Y aprenderás a usar los puños, porque hay lugares donde nunca viene del todo mal tener armas para luchar por la libertad, porque si algo se aprende siendo el único diferente en un mundo de iguales es que no hay libertad de renunciar a la libertad. ¡Ah!, por cierto, durante esos tres años te deseo mucha suerte porque te va a hacer mucha falta.







domingo, 3 de febrero de 2019

BUSCANDO EL TIEMPO PERDIDO


Yo nací calado por el río, porque la casa de mi bisabuelo estaba por debajo del nivel del mar, ese mar inconmensurable, y los días de lluvia no se podía salir por la puerta de la calle del Teatro más que pertrechado para la guerra contra el agua y el barro; aunque esto no tiene nada de particular porque todo aquel que nace en la Otra Banda de la Argónida lo hace viviendo con los latidos de las mareas y en los reflujos del río, olvidándose rápido de la tierra y aprendiendo a sumergirse en sabores salados.

Los sabores y los olores son quienes conducen con menos dudas a la nostalgia, no pueden engañarnos como ellos el resto de los sentidos. Llegan rápido, como la mar, al corazón.

Para mí, el olor a muelle y el sabor a sal son los ropajes con los que me ataca más la nostalgia, ni la evocación del tacto de una piel desnuda, ni la memoria de la visión de infinitos desiertos de arena o mar, ni el recuerdo de una voz  hacen que se me deshaga el espíritu como cuando me atacan sabores y olores que nos cercan tanto como para que confundamos realidad y deseo.   

El 2 de septiembre  de 1966, salí de la calle del Teatro de la mano de mi madre y mi abuela con dirección a la cuesta de San Diego. Por primera vez, iba a ir a un colegio. Uno no es consciente de la importancia de ese día; sobre todo porque nadie te cuenta que te van a entregar  nada más y nada menos que el arma más grande jamás creada, la palabra viva en la escritura y en la lectura, y ese día y con esa mano no somos conscientes de que con ese primer paso, como escribe Juan Ramón Jiménez, partimos de Dios en busca de Dios sin saber qué buscamos. Así fue mi primer encuentro con la palabra escrita en el colegio Divina Pastora y en brazos de la madre Ramona. Pero eso duró muy poco, pronto mis días de parvulario llegaron a su fin.

Nadie me preguntó si quería irme de allí, pero por lo visto me había hecho mayor, ya tenía cinco años, y había que tomar otras decisiones. Ese primer tiempo de parvulario que ahora es eterno, duró sólo tres años, y yo, ¡cómo callar!: ojalá aquel que inventó los puentes del tiempo se hubiera dedicado a otras ciencias más provechosas; y me hubiese abandonado a mí con mi tambor de hojalata y mi uniforme en el colegio Divina Pastora, cuyos columpios recuerdo como si ahora yo estuviera todavía allí, y la sonrisa clara de la madre Ramona, como si el mundo estuviera tan limpio como el primer día.

Así era en un principio, cuando el tiempo no existía y estaba en manos del sol y de la luna que dividían las noches y los días sin ningún rencor, no como ahora, que nos persiguen las agujas de estos apócrifos relojes que hemos inventado. Dolido el sol por su desamparo moderno. Pero no, cuando yo sólo manejaba las cinco vocales, el sistema decimal que no abarcaba más que los diez dedos de mis manos, y lo único que había conseguido recitar de memoria era el Ave María, me enviaron al colegio del Laboral.

El Laboral estaba junto a la iglesia del Carmen, tenía un gran patio rodeado por altos muros y, en su centro, una enorme y serena araucaria, turbia para los niños por su grandeza, protegida de cualquier viento y casi de la lluvia, reinaba sobre todas nuestras carreras y angustias.

Menos mal que ese día, con más conciencia de dónde iba que el día que me dirigía al colegio Divina Pastora, salí de la casa de la calle del Teatro de la mano de mi madre y de mi abuela.

Yo, silencioso. Ellas hablándome del futuro y de la importancia de seguir formándome para poder enfrentarme a la vida. Cuando mi última intención, yo que había nacido con 700 gramos de peso, como un astro marchitado, era enfrentarme a nada o a nadie. No me importaba que la fuerza de los atreidas y de los más maravillosos hexámetros escritos nunca, siguieran deformando la risa de los niños para convertirlos en hombres serios vestidos con cascos de guerra. Yo, que al final, he vestido casco de guerra.

Quedarse sólo a la puerta de un nuevo colegio, sin que la madre Ramona me estuviera esperando y con el único bagaje de saber las cinco vocales, contar diez con los dedos y recitar el Ave María, es algo así como estar colgado en el vacío, como ser un desterrado en la isla de Lemnos sin poder oír el griego,  o un navegante solitario que espera un temporal que aún no se ve. 

Ese día empecé primero de la enseñanza general básica en el Laboral, y mi primer profesor, don Ernesto, vestido con traje oscuro, enjuto, viejo como la prehistoria y con algún diente perdido, esperaba nuestra entrada desde la tarima.

Cuando empezó a dar la primera clase de Lengua Española, caí en la cuenta de que tenía que hacer lo posible para que nadie se percatara de mis carencias lingüísticas y matemáticas: las cinco vocales y contar hasta diez con los dedos.

Sin haberlo conocido todavía, durante mi primer día en el Laboral, con cinco años, tejí en mi mente, como un soberbio caído, los versos de Robert Frost:

Es muy poco probable
que siga mucho tiempo sin notarse
que no voy a la altura
de la carrera de los hombres

En ello estoy todavía cuando la vida ha corrido de sobra por mis manos. He aprendido que mucho de lo que sabemos son cuentos tristes que nos cuentan.

Más adelante hablaré de otro de mis días, como si estuviera buscando el tiempo perdido,

sábado, 26 de enero de 2019

UNA NOCHE EN EL CAFÉ VOLTAIRE CON HUGO BALL


Decir que llegué a Hugo Bäll por soledad, no es equivocarme. En aquel tiempo ni había oído hablar de él, ni sabía dónde estaba el Cabaret Voltaire. Simplemente acababa de llegar a Madrid, con dieciocho años, para preparar unas oposiciones. Durante dos meses, antes de irme a una residencia universitaria, me alojé en una pensión donde compartía habitación con un albañil italiano y un conductor de camiones que andaban con sendos trabajos temporales en la ciudad de más de un millón de muertos. Apenas los veía, pues cuando ellos llegaban yo ya estaba durmiendo; lo cual me permitía tener la habitación para mis estudios todo el día.

Los fines de semana se me hacían muy largos, pues no conocía a nadie que no fueran los alumnos de la preparatoria; así que los sábados cogía el metro y me iba al centro a deambular sin más rumbo que despejarme y entretenerme con los escaparates de la calle libreros. El tercer fin de semana de paseo sin rumbo vi un cartel en Gran Vía donde presentaban una de esas enciclopedias de infinitos volúmenes que siempre llamaron mi atención.

Cuando subí a la primera planta, que me señalaba una flecha xerografiada sobre cartón, vi que aquello no era una presentación al uso; sino que colocados en varias mesas esperaban sentados los vendedores de enciclopedias que a mí me parecieron cientos. Sin escapatoria posible tuve que sentarme en una de las mesas. Rápido, le dije al vendedor que me había confundido, que pensaba que era una presentación y no una venta one to one; y que no quería hacerle perder el tiempo. "En cuanto te vi tan joven ya sabía yo que este no era tu sitio", me dijo. "Ya", le contesté, "cuando vi el cartel me pareció que acudir a una presentación de enciclopedias era una buena forma de pasar la tarde". "¿Qué edad tienes?", me preguntó. "Dieciocho años", le contesté. "No creo que sea una buena forma de pasar la tarde, con dieciocho años, acudir a la presentación de una enciclopedia. Como no quiero que te vayas de vacío", continuó hablando, "toma, llévate este libro, no tengo otro". Y me dio un libro con una portada ajedrezada roja y amarilla con un título que evidenciaba muy poco tacto mercantil: Crítica a la Inteligencia Alemana de Hugo Bäll.

Me fui de allí, dándole las gracias a ese vendedor de enciclopedias tan benevolente con los jóvenes desnortados, sabiendo que Hugo Bäll tardaría muchos años en escribir la Crítica a la Inteligencia Alemana para mí. Ese libro lo tuve dos años en mi mesita de noche sin poder leer más de una página seguida. Al cabo, lo dejé en mi estantería para que durmiera con mi colección de libros que nunca leeré, que es amplia; pero tan necesaria como la de los libros leídos.

Veinte años después, vi que el vendedor no se equivocó. Vi que llegaba el momento del antiarte, de la rebelión contra esa Gran Guerra que encandiló a la intelectualidad europea después de vendarse los ojos para caer voluntariamente al abismo. Vi, veinte años después, que ya era hora de la provocación, descubrí que la burguesía a la que pertenezco desde que tengo uso de razón no merece más arte que el del cinismo y el que trae el puro azar. entendí que había perdido muchos días paseando sin rumbo en vez de entrar con descaro en el Cabaret Voltaire, presentarme y ponerme a hablar con Hugo Bäll, Emmy Hennings, Hans Arp, Tristan Tzara, Marcel Janco, Walter Serner, Richard Huelsenbeck o Sophie Taeuber. Y aprender a bailar en libertad sin pasos o convertirme en enemigo a muerte de Lutero, que sin duda colocó a Hitler en el Reichstag con paso largo y mano enhiesta, para volver al cristianismo primitivo, el de los eremitas aristotélicos, donde se hallaba la solución de la Alemania de entreguerras: quizás los católicos y los judíos lleguen a unirse un día para salvar a Alemania de la ciénaga en la que se halla inmersa, porque de otra manera Europa va dirigida a la perdición. Es 1919 y ha visto demasiado. No verá lo que está por venir.

Durante muchos sábados seguí deambulando por Madrid con ese libro en el bolsillo, no tenía otro que no hablara de Álgebra, de Cálculo, de Física o de Química; y para mí sigue teniendo un gran significado porque con ese regalo, que yo sentí como el interminable e infinito Libro de Arena que me regaló un anciano viajero que venía de Las Horcadas, un vendedor de enciclopedias me explicó que hay lugares y libros que no son para jóvenes, que cada texto tiene su tiempo y que los escritores, si te empeñas, terminan siempre escribiendo para ti.

Es por ese motivo que todos los años, durante unos días, agarro la Crítica a la Inteligencia Alemana de Hugo Bäll y vuelvo a subrayar alguna frase que pasó sin que me diera cuenta: Los grandes valores morales de la humanidad (alma, paz, confianza; respeto libertad y fe) son calculados según el éxito que se obtiene de ellos, siendo utilizados como medio para conseguir propósitos que se oponen al significado tradicional de estos mismos conceptos. Sigo sin comprender del todo ese volumen, pero eso es lo de menos, lo importante es que me hizo salir a la calle, buscar el cabaret Voltaire de la Spiegelgasse, nº1, y conocer a una mujer que me obligó a saltarme todas las leyes de la literatura.




domingo, 6 de enero de 2019

CUANDO ENCONTRÉ EL REINO DE UQBAR EN LA GRAN ENCICLOPEDIA LAROUSSE


Volver en vacaciones a La Milagrosa trae nuevamente, a esos pocos días, rutinas que duermen en la memoria durante la época laboral: una carrera por la playa al amanecer, batallar con gatos y perros y sus dioses, hablar de lejanas historias con Steersman y Charo durante el desayuno, y abrir un rato algún tomo de la Gran Enciclopedia Larousse, edición en español de Planeta, año 1967 de la Librerie de París, con reimpresión en 1976.

Esta Navidad elegí al azar el tomo 10, el que lleva la indicación alfabética TAM-ZYW  y esa memoria que no se está quieta y es la misma en cada persona, pues al fin y al cabo todos pasamos por las mismas experiencias y solo cambian los enemigos, me hizo volver al año 1978; cuando mi padre decidió comprar en cómodos e infinitos plazos la Gran Enciclopedia Larousse, editada por Planeta.Yo cumplía 14 años,  

Yo, ese día, vi el cielo abierto porque ya entonces quería ser Borges; y sabía que él era un lector compulsivo de enciclopedias, en especial de la Enciclopedia Británica, cuyos ejemplares de la edición de 1902 habitaban la biblioteca de su padre. Ya tengo mi enciclopedia, me dije, ya me queda menos para ser Jorge Luis Borges. 

Como nunca fío al azar mis pasos, sino al inmutable y predeterminado destino que para cada uno de nosotros fijan las estrellas o el propio afán diario, para verificar que mi Enciclopedia Larousse, edición del año 1967, impresa por Planeta en 1976, era tan única como la Anglo-American Cyclopaedia, impresa en Nueva York, edición de 1917,  que llevó a Borges y a Bioy (únicos conocedores de su existencia) en su tomo XXVI al conocimiento del país de Uqbar. Hice la misma prueba. Yo sabía que las fronteras de Uqbar y sus nebulosos puntos de referencias eran ríos y cráteres y cadenas montañosas; y que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso no lo había leído en la única Anglo-American Cyclopaedia, 1917, adquirida por Bioy en uno de tantos remates, sino en la página 16 de un ejemplar de Ficciones de Jorge Luis Borges de Alianza Editorial, impreso en Madrid el año 1976; y que compré en Sanlúcar en una librería de la calle Santo Domingo.

Enseguida quise corrobar que los doce tomos de la Gran Enciclopedia habían llegado hasta mí para que pudiera cumplirse mi destino literario; y rápido me dispuse a buscar la entrada del país de Uqbar en la indicación alfabética de la letra U: Tomo 10, el que lleva la indicación alfabética TAM-ZYW. Con no poco nerviosismo abrí las páginas del volumen y allí estaba Uqbar, cuya literatura era de carácter fantástico y sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön.

Allí estaba la entrada enciclopédica de Uqbar, justo detrás de Uqba Ibn Nafi, general musulmán que después de haber participado en la conquista del norte de África fue nombrado gobernador de Ifriqiyya, que se alió con los bereberes para aniquilar el poder bizantino e hizo construir en el 670 la ciudadela de Quayrawan; y que en el 681 se internó hasta Tánger y parece ser que llegó hasta la ciudad romana de Volubilis, los confines del Gran atlas y el Atlántico, donde mantuvo relaciones con el conde visigodo don Julián de Ceuta. (Siempre leí las mejores novelas en la Larousse)

Y allí estaba la entrada enciclopédica de Uqbar, justo delante de Ur, ciudad de Mesopotamia, junto a la antigua desembocadura del Eufrates, a 15 kilómetros de su actual curso, en Al-muqayyar y de origen presumerio, que formó parte del estado sumerio de Lugalzaggizi. Parece ser que inmediatamente después cayó en poder de los guti, y luego, tras un periodo de independencia, en el que destaca la época de la 3ª dinastía en que se convirtió en la capital del imperio persa. (Nunca hice viajes más aventureros que con la Larousse).

Y allí estaba Uqbar en mi enciclopedia, detrás del general Uqba Ibn Nafi y delante de la ciudad de Ur. Allí estaba Uqbar, donde el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Y donde los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan.

Yo creí que si la Larousse contenía a Uqbar, a Tlön y a Orbis Tertius, sin duda el futuro me depararía un destino literario. Tengo cincuenta y cuatro años, todavía no me he quedado ciego, me he leído en todos estos años unas miles de páginas de la Gran Enciclopedia Larousse y también toda la literatura que leyó o escribió, que es lo mismo, Jorge Luis Borges; y aún no he sido capaz de acercarme ni un poquito a él, ni a ese destino literario que con catorce años vi escrito en las páginas de la historia del reino de Uqbar.

Ahora tan sólo aspiro a parecerme, al menos, a Pierre Menard. Voy a empezar mi próximo cuento, con unas palabras que ya tengo elegidas y que me han salido casi sin pensar: Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. No sé si es un buen comienzo para un relato, pero ahora debo irme. Estoy de vacaciones y ha llegado la hora de salir a correr en bicicleta con Jorge (un nombre bonito Jorge), hoy nos toca un carguero de dos grúas que desemboca el río, para coger la Canal y salir por la Barra. Todavía, en todos estos años, no nos ha ganado ninguno.