domingo, 26 de octubre de 2014

EL SUPLICIO DE LAS MOSCAS Y ELÍAS CANETTI



Elías Canetti fue un fugitivo. Yo lo conocí en Viena, cuando lo anduve persiguiendo a la vez que acosaba a Twain, Kafka y Roth; y a toda esa legión de malditos que pretendían escribir con osadía y libertad, sin pagar tributo alguno.

Ya sus antepasados, los Cañete, de Cuenca, tuvieron que huir de la España sefardí oprimidos por la intolerancia, para dejarlo, al albur de los tiempos, viviendo en los lugares más inimaginables de Europa; tal vez por eso él soñó con levantarse en un país de fanáticos, en el que de pronto se permita y se respete cualquier opinión.

Pero a mí, Canetti o Cañete no se me escapó. Tampoco los otros, porque cuando Dios quiere que las hormigas mueran le pone alas, y por muchas alas que le diera a Canetti terminaríamos por encontrarlo. A ese pesimista con sangre sefardí lo encontré en Viena. También llegué a las puertas de Tombuctú en Malí persiguiendo a los Qâti, que salvaron de la quema más de quince mil volúmenes de la gran Biblioteca omeya de Córdoba. Todavía, hoy, luchamos en el norte, aliados de los tuaregs, pero esos descendientes de godos conversos han sabido apañárselas muy bien en estos últimos cinco siglos para que esa antigua biblioteca siga respirando y llevando palabras de libertad por las arenas del desierto: La mayor pérdida de Usama, un caballero árabe de la época de las cruzadas: su biblioteca de 4000 volúmenes. Mientras viva su pérdida será una herida en mi corazón.

Ese tal Canetti fue uno de los que me empujó a salir de las cuatro paredes de mi casa buscando libros y como no sabía si agradecérselo o culpárselo; decidí perseguirlo desde Cuenca a Rusia, Viena o Inglaterra, lo perseguí con saña: Has huido del aliento del mundo retirándote a una mazmorra suntuosa donde no sopla brisa alguna y mucho menos un hálito. ¡Oh!, aléjate de todo lo que te es familiar, personal y seguro, desecha toda intimidad, sé valiente. Toma los caminos trillados y rómpelos sobre tu rodilla: si hablas con algún humano que sea de aquellos de los que no volverás a ver. Busca el ombligo del mundo. Desprecia el tiempo, deja escapar el futuro, ese miserable espejismo.

Cuando lo hallé en Viena ya le habían dado el Premio Nobel, eran tiempos en que a los editores, escritores y lectores les gustaba la literatura; sinceramente creo que entre los libros se están metiendo camuflados demasiados hombres de negocios; tanto entre los que escriben como entre los que publican, aunque no hay que quejarse porque desde Homero siempre han sido malos tiempos para la lírica: Como W.H. Auden yo también tengo amplios prejuicios contra los hombres de negocios, será que estoy acostumbrado a mi soldada y ganar más que eso me parece una indecencia, sin distinguir a los que comercian por su espíritu conciliador y a los que comercian por su carácter pendenciero. ¿Dónde está el límite? Es capaz de dejar morir a todos de hambre, pero no puede matar a nadie. A eso se le llama cobardía moral. Y está perfectamente protegida y convenida en nuestros días.

Sí, Canetti, he andado por todos los museos y exposiciones egiptológicas del mundo buscando a la momia del hombre más divertido del Antiguo Egipto tal como me pediste, y también te hice caso cuando era más joven: eres demasiado listo, tienes que perder más. Aunque, a la larga, tengo que reconocer que esos dos consejos me han ayudado mucho, y lo sugiero a todos los jóvenes: Viajad buscando a la momia más divertida del Antiguo Egipto, nada hay más sano que la risa, y perded un poco más, para fortalecer vuestro espíritu, porque así no olvidaréis que el futuro siempre es falso: influimos demasiado en él, y que por muy inteligentes que seamos sólo lo seremos como un periódico, que lo sabe todo, y lo que sabe cambia cada día.








domingo, 12 de octubre de 2014

LOS BIENAVENTURADOS



Pedro Lloros tenia la tripa triste, y la tripa es lo peor que una persona puede tener afligido, porque arrastra a cualquier otro órgano del cuerpo; empezando por la mente, llenándola de la miasma de la necesidad y acaba en el corazón, supurando no poco vicio.

A Pedro Lloros y sus amigos los conocí en una reseña de El Correo Literario del 1 de julio de 1951, que firmaba un escritor vasco de nombre Ignacio Aldecoa, al que terminé persiguiendo con no poca envidia, y al que acabé plagiando (no tenía más remedio) en un cuento titulado Gente de invierno, que publiqué con seudónimo hará unos treinta años en una  revista local de mínima tirada que espero haya desaparecido por completo.
Pedro Lloros se alimentaba de sueños que es el mejor manjar de un pobretón. Pescador era bueno; ladrón algo torpe; vago, muy vago. Odiaba a los gimnastas.

Con Pedro Lloros descubrí unas bienaventuranzas que junto con los fragmentos del evangelio apócrifo de Borges completaron las que yo llevaba a fuego de la mano del evangelista San Mateo.

Bienaventurados los vagos porque sólo son egoístas de sombra o de sol según el tiempo.
Bienaventurados porque son despreciados y les importa un comino.
Bienaventurados porque son como niños y les gusta jugar a cazadores para alimentarse y no para divertirse.
Bienaventurados porque tienen el alma sensible y se duelen de las desgracias del prójimo: de que el prójimo trabaje demasiado, de que el prójimo luche por una posición en la vida, de que el prójimo sea tonto.
Bienaventurados los vagos porque son temerosos de la ley aunque nada tienen que perder.
Bienaventurados porque son como minerales con alma y porque les gusta divertirse honestamente y porque lloran cuando se les hace daño y porque hablan de tú a las estrellas y porque dicen “el padre sol” y “la madre luna” y “la noche serena” o “el día está amurriado”, “o la trucha se pesca en los pocillos frescos y el cangrejo mejor es el de agosto” y saben refranes antiguos y a los vientos les cambian los nombres.
Bienaventurados los vagos.

Después de leer esa proclamación de la felicidad y de la dicha, que hasta ese día no me había planteado, decidí seguir a Pedro Lloros en su deambular por la vida. El primer día me presentó a don Anselmo que ya se preparaba para pasar el invierno en la cárcel porque decía que era un buen sitio hivernar con techo y comida caliente; y posteriormente me introdujo en las vidas de Lino y Andrajos con quienes se hablaba de usted  y junto a los que decidió que había que dar algún golpe para poder cambiar de vida.

Pedro Lloros aprendió sin necesidad de leer los evangelios apócrifos de Borges que no basta ser el último para ser alguna vez el primero, cosa que ya sabemos los que nos llevamos todos los palos; y que no hay por qué amargarse por ello, ya que es feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia y, como Lino y Andrajos, que andan con él persiguiendo una nutria para poner el primer peldaño de una nueva clase de felicidad, sabe que para ser algo más feliz debemos pensar que los otros son justos o lo serán, y si no es así, no es tuyo el error. Por eso él se mira los zapatos gastados, el pantalón raído y el jersey con los codos deshilachados porque ha aprendido con el sol y con las nubes que nadie es la sal de la tierra, y que nadie, en algún momento de su vida, no lo es.

Yo les explico a ellos, pobres vagabundos, que lo que les está pasando es que alguien está jugando con ellos para terminar de explicar los vocablos makários (griego), beatus (latino) y baruck (hebreo): bienaventurado, dichoso, con buena suerte, que en absoluto debemos identificar, como hace este desnortado siglo, con el éxito. El éxito es otra cosa y no siempre buena.

Lean despacio las bienaventuranzas de Pedro Lloros, del Evangelio Apócrifo de Borges y de El Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret contado por San Mateo. Yo les escribo, desde la cárcel del cuartelillo, donde nos espera para este invierno comida caliente y un techo, unos simples ejemplos para que vean que no es la moral la que forja al bienaventurado, si no las circunstancias y, a veces, la baraka.

Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados. (Versículo 5, San Mateo)
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados (Versículo 6, San Mateo)

Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto. (Versículo 4, Evangelio Apócrifo de Borges)
Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria. (Versículo 5, Evangelio Apócrifo de Borges)

Bienaventurados los vagos porque sólo son egoístas de sombra o de sol según el tiempo. (Versículo 2, Bienaventuranzas de Pedro Lloros, Ignacio Aldecoa)
Bienaventurados porque son despreciados y les importa un comino. (Versículo 3, Bienaventuranzas de Pedro Lloros, Ignacio Aldecoa)

Desde luego, aun pasando por la cárcel, estoy aprendiendo no pocas cosas con el Lloros, el Andrajos y el Lino, este último acaba de soltar una sentencia que conviene pensar:

- Sí, Andrajos. Tú que tienes más cultura, lo puedes entender mejor. La vida hay que gozarla, porque luego se te para el reloj y te entierran, con buena suerte, porque si caes por el hospital se dedican a hacerte pizcas y estudiarte.






sábado, 4 de octubre de 2014

FRANCISCO AYALA, EL HECHIZADO



Al indio González Lobo habría que hacerle muchas preguntas, pero todas pueden resumirse en una: ¿Por qué tanto empeño en ser recibido por su Majestad, el rey Carlos II de Habsburgo, al que apodaban el Hechizado?

¿A qué tantos esfuerzos, a qué tantos años malgastados en llegar a su presencia? Pero, ¿cómo explicar que, al cabo de tantas vueltas, no se diga en él en qué consistía a punto fijo la pretensión de gracia que su autor llevó a la Corte, ni cuál era su fundamento? Más aun: supuesto que este fundamento no podía venirle sino en méritos de su padre, resulta asombroso el hecho de que no lo mencione siquiera una vez en el curso de su relación. Cabe la conjetura de que González Lobo fuera huérfano desde muy temprana edad y, siendo así, no tuviera gran cosa que recordar de él; pero es lo cierto que hasta su nombre omite —mientras, en cambio, nos abruma con obsesiones sobre el clima y la flora, nos cansa inventariando las riquezas reunidas en la iglesia catedral de Sigüenza...

Yo, como Francisco Ayala, también he leído con minuciosidad y  hasta el mínimo detalle esa larga relación de hechos de su vida que él mismo se dio a relatar en los años de su vejez en la ciudad de Mérida donde tenía una casa su tía doña Luisa Álvarez. Todos esos papeles originales aderezados con mil prolijidades se encuentran en los archivos de la Biblioteca Nacional a la espera de que algún día la Administración o un editor, de esos que viven alejados de las contradictorias leyes del mercado, los remuevan de las estanterías de la Biblioteca Nacional y los saquen a la luz.

No voy a negar que, como explica Francisco Ayala, no es de fácil lectura estas vivencias del indio González Lobo, pero, aunque fuese únicamente dirigido a los sesudos estudiosos o a doctorandos no faltos de tesón, alguna vez habrá de publicarse el notable manuscrito; yo daría aquí íntegro su texto si no fuera tan extenso como es, y tan desigual en sus partes: está sobrecargado de datos enojosos sobre el comercio de Indias, con apreciaciones críticas que quizá puedan interesar hoy a historiadores y economistas; otorga unas proporciones desmesuradas a un parangón —por otra parte, fuera de propósito— entre los cultivos del Perú y el estado de la agricultura en Andalucía y Extremadura; abunda en detalles triviales; se detiene en increíbles minucias y se complace en considerar lo más nimio, mientras deja a veces pasar por alto, en una descuidada alusión, la atrocidad de que le ha llegado noticia o la grandeza admirable. En todo caso, no parecía discreto dar a la imprenta un escrito tan disforme sin retocarlo algo, y aliviarlo de tantas impertinentes excrecencias como en él viene a hacer penosa e ingrata la lectura. Es digno de advertir que, concluida ésta a costa de no poco esfuerzo, queda en el lector la sensación de que algo le hubiera sido escamoteado.

Después de haber dedicado no poco tiempo a su lectura me atreveré, con tantas probabilidades de error como de acierto, a contestar esas preguntas que el indio González Lobo deja en el aire:
¿A qué intención obedece?, ¿para qué fue escrito? Puede aceptarse que no tuviera otro fin sino divertir la soledad de un anciano reducido al solo pasto de los recuerdos. Pero, ¿cómo explicar que, al cabo de tantas vueltas, no se diga en él en qué consistía a punto fijo la pretensión de gracia que su autor llevó a la Corte, ni cuál era su fundamento?

No parece fácil responder esta última cuestión, sobre todo porque nunca no escribe sobre ello, pero deja constancia del duro trayecto, lo trabajoso y dilatado del viaje, la demora creciente de sus etapas conforme iba acercándose a la Corte (sólo en Sevilla permaneció el Indio González más de tres años), desde su patria americana hasta la Corte en España, hasta Palacio, hasta los mismos pies del rey, uno puede aventurarse a cifrar lo que se quemó en el alma del indio González Lobo cuando llegó hasta los aposentos de don Carlos II de Austria, el Hechizado.  
«Su Majestad —nos dice— estaba sentado en un grandísimo sillón, sobre un estrado, y apoyaba los pies en un cojín de seda color tabaco, puesto encima de un escabel. A su lado, reposaba un perrillo blanco. El rico hábito de que Su Majestad estaba vestido —escribe González— despedía un fuerte hedor a orines; luego he sabido la incontinencia que le aquejaba.»

Ya ha llegado el indio González Lobo al centro del poder, desde América, después de mil vicisitudes. Porque él ha decidido que el poder debe tomar conciencia de las condiciones en la que viven los súbditos en su patria; que el rey, debe estar al tanto de cuanto sucede en las mismas fronteras de su reino, y piensa que el poder, cualquier poder,  si se entera de cuanto él va a contarle dará alguna solución a todos los problemas con los que ha cargado durante tan largo viaje. Y que atravesar mil fuertes y fronteras, (el Consejo de Indias en Sevilla, el Tribunal de la Inquisición, esa nobleza que vale según el número de manos que tocan a tu puerta) habrá merecido la pena. Eso piensa él.

Pero todo se derrumba cuando llega hasta el rey que «viendo en la puerta a un desconocido, se sobresaltó el canecillo, y Su Majestad pareció inquietarse. Pero al divisar luego la cabeza de su Enana, que se me adelantaba y me precedía, recuperó su actitud de sosiego. Doña Antoñita se le acercó al oído, y le habló algunas palabras. Su Majestad quiso mostrarme benevolencia, y me dio a besar la mano; pero antes de que alcanzara a tomársela saltó a ella un curioso monito que alrededor andaba jugando, y distrajo su Real atención en demanda de caricias. Entonces entendí yo la oportunidad, y me retiré en respetuoso silencio.»

El indio González Lobo se da cuenta, entonces, de que el centro del poder (y generaliza a cualquier poder), está siempre vacío, por eso se retira en respetuoso silencio, y piensa que no habrá ideologías, ni tiempos ni sueños que puedan evitar esta quimera. De ahí su retiro a Mérida para pasar sus días escribiendo tan engorroso volumen.

Y para reafirmar mi opinión, andando por las entrevistas que concedió Francisco Ayala, encuentro esto:
"...uno puede estar sosteniendo lo que cree que es lo justo, lo que conviene históricamente, lo razonable, y sin embargo, estar viendo el sufrimiento de todos. En cuanto al poder, existe, simplemente existe. Hoy día las condiciones del mundo son otras, la gente no se quiere dar cuenta de que estamos viviendo en un contexto histórico distinto donde ocurren las peores barbaridades, pero tienen otro sentido".
De esa época es El Hechizado que para Borges era uno de los mejores cuentos en español.

Cierto, el poder, todo poder, no sabemos por qué, está vacío y el indio González Lobo por su propia experiencia lo descubrió.










domingo, 28 de septiembre de 2014

JOB Y JOSEPH ROTH, Y ANTE ELLOS EL GRAN OCÉANO


                                     


Conocí a Joseph Roth persiguiendo a un antiguo soldado que entonces ejercía como inspector de pesas y medidas en un remoto lugar del glorioso Imperio Austrohúngaro que, por aquellos tiempos, andaba desmoronándose igual que el alma del protagonista.

Como viajar por Centroeuropa es andar por tierra judía, allí siempre me he dejado acompañar por aquellos que después de los rezos abren las ventanas y las puertas para que pueda entrar el profeta Elías, de apellidos tales como Roth, Kafka, Walser, Kisch, Pap o Morgenstern.

Joseph Roth me encargó, mientras él se quedaba en París esperando a los nazis, y dudando si seguir bebiendo o suicidarse, que fuera a Zuchnow, una perdida aldea de la antigua Rusia, a tomar alguna que otra nota acerca de Mendel Singer, un judío sobre el que quería escribir un libro. Como cuando un escritor me pide algo soy incapaz de no hacerlo allá que recorrí una centroeuropa en guerra para dar con ese tal Singer. Mendel, un hombre piadoso, temeroso de Dios y muy sencillo: un judío común y corriente, que ejercía la modesta profesión de maestro. Insignificante como su persona era también su cara pálida.
El señor Singer tiene una mujer, Deborah, y cuatro hijos, el último ha nacido muy enfermo, tullido con problemas de movilidad y, tal vez, cerebrales. Él todavía no sabe lo que le espera, no ha leído a César Vallejo: Hay golpes en la vida tan fuertes..., ¡Yo no sé!, golpes como del odio de Dios, como si ante ellos la resaca de todo lo sufrido, se empozara en el alma.

Su mujer, Deborah, que había tenido tantas ilusiones cuando aún era una joven muchacha, ha ido a ver al rabino por si él puede hacer algo por su pequeño inválido. El rabino ante su mirada de asombro, le dice: mantente con él hasta el último momento, cuídalo, Menuchim sanará. En todo Israel no habrá muchos como él. El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte.

El señor Mendel Singer todavía no sabe que sus hijos mayores van a apartarse de él y que su hija anda por el campo con cosacos, hombres lejos de toda ley. Todavía no sabe que un día tendrá que abandonar a su pequeño inválido Menuchim, a quien canta canciones y al que le brillan los ojos con la música. Deborah no para de pedir consejo a los muertos sobre la nieve de las tumbas, ve que la pobreza y esa fuerza centrífuga que siempre trae añadida se los está comiendo. ¿Qué quieres que haga? -decíale Mendel. Los pobres son impotentes: Dios no les arroja piezas de oro desde el cielo, nunca aciertan la lotería y deben aceptar su suerte con resignación. Y Deborah le contesta: el hombre ha de ayudarse y Dios lo ayudará. así está escrito, Mendel, que siempre sabes de memoria la frase equivocada.

El señor Mendel Singer, como Job, va llenando su vida con sus dolores, recogiéndolos en el zurrón de rezos diarios: Miriam sale con cosacos, mi hijo Schemarjah ha sido declarado apto para el ejército y ha huido a América, mi hijo Jonás anda más cerca de la compañía de los caballos y las prostitutas que de nosotros, Deborah está siendo consumida por los años y las privaciones y el pequeño Menuchim solo ha dicho una palabra en su vida:  mamá, y creo que nunca podrá hablar algo más que eso, ni andará nunca. Hay gente con suerte -pensó Deborah-, incluso para los milagros hay que tener suerte. Pero los hijos de Mendel Singer no la tienen. Son hijos de un maestro.

Y ahora cómo le digo yo a Mendel Singer que hay un escritor, que nació en un perdido pueblo del imperio austrohúngaro, que lo va a llenar de pesadillas y de penas y que todavía no sé cuál va a ser el final del libro de su vida. Al menos le diré que el escritor que me ha enviado lo va a mandar a América, ¿a qué vais vosotros a todas las partes del mundo?, el diablo os envía de un sitio a otro. Pero él sabe que va a echar de menos la nieve, su cabaña,  su pueblo de Zuchnow, sus vecinos, y sobre todo al pequeño Menuchim; pero le cuentan que Rusia es un país triste. América es un país libre y alegre. Ya no serás un maestro, serás el padre de un hijo rico; y aunque él no lo cree, viajará en su pobreza moral y material para salvar a su hija Miriam: el Señor creó todo en siete días y cuando un judío quiere ir a América tarda años. Le diré que, aunque es un infortunio que él ande en manos de un escritor judío alcoholizado y huido, no debe perder las esperanzas, porque la gran mayoría de los finales de los libros son felices, ya que los autores cometen muchas veces la imprudencia de pensar demasiado en los lectores; y que al final todo aparece como está escrito en el Libro de Job.

Con tristeza, conociendo lo arduo de su camino, lo dejé cantando los salmos y no pude menos que despedirme con el deseo tradicional: ¡El próximo año en Jerusalén!

En cuanto llegue a París y vea a Joseph Roth, le pediré que a la vida del señor Mendel Singer le de un final feliz, aunque sólo sea en sus últimos días.















sábado, 20 de septiembre de 2014

EN LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ




Cuando Artemio Cruz empezó a morirse me llamaron urgentemente.
De entre todas las agonías a las que he asistido, la de Artemio Cruz fue la más extraña. No porque fuera muy original, ya que, según dicen, todos echamos un vistazo a nuestro pasado cuando llega ese tránsito en el que unos parece que ven la luz y otros las sombras. Pero es que, a Artemio Cruz, el recuento de su vida se le llenó de saltos en el tiempo y de voces que regresaban de su pasado para que no olvidara cómo se había apoderado de las vidas, haciendas y almas de sus semejantes:   

Encenderás un cigarrillo, a pesar de las advertencias del médico, y le repetirás a Padilla los pasos que integraron esa riqueza. Préstamos a corto plazo y alto interés a los campesinos del Estado de Puebla al terminar la revolución; adquisición de terrenos cercanos a la ciudad de Puebla, previendo su crecimiento; gracias a una amistosa intervención del Presidente en turno, terrenos para fraccionamientos en la ciudad de México; adquisición del diario metropolitano; compra de acciones mineras y creación de empresas mixtas mexicano-norteamericanas en las que tú figuraste como hombre de paja para cumplir con la ley; hombre de confianza de los inversionistas norteamericanos; intermediario entre Chicago, Nueva York y el gobierno de México; manejo de la bolsa de valores para inflarlos, deprimirlos, vender, comprar a tu gusto y utilidad; jauja y consolidación definitivas con el presidente Alemán: adquisición de terrenos ejidales arrebatados a los campesinos para proyectar nuevos fraccionamientos en ciudades del interior, concesiones de explotación maderera.

Artemio, que yo no sabía si, de verdad, se estaba muriendo o no, me dijo que nada tenía de lo que avergonzarse, pues él también fue hijo de un hacendado (y una mulata) que lo perdió todo asesinado por los lebreles de un nuevo cacique:

¿Vienes a decirme que ya no hay tierras ni grandeza para nosotros, que otros se han aprovechado de nosotros como nosotros nos aprovechamos de los primeros, de los originales dueños de todo? ¿Vienes a contarme lo que sé, en mis adentros, desde la primera noche de mi vida?

No, Artemio, no vengo a pedirte que te arrepientas de haberte aprovechado de la revolución, de haber traicionado a Gonzalo Bernal, hijo de Gamaliel Bernal y hermano de Catalina, que dice que nunca te amó o al menos nunca pudo perdonarte, porque tú sustituiste a su hijo y hermano, fusilado por unas bellas ideas que terminaron asfixiadas en los filos de los caudillos que emergieron de la revolución para acabar devorándose entre ellos: Villa, Zapata, Carranza, Obregón, Huerta...:

Una revolución empieza a hacerse desde los campos de batalla, pero una vez que se corrompe, aunque siga ganando batallas militares, ya está perdida. Todos hemos sido responsables. Nos hemos dejado dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los mediocres. Los que quieren una revolución de verdad, radical, intransigente, son por desgracia hombres ignorantes y sangrientos. Y los letrados sólo quieren una revolución a medias, compatible con lo único que les interesa: medrar, vivir bien, sustituir a la élite de don Porfirio.

¿En eso ha quedado la revolución?

Si eso es la revolución, no más: lealtad a los jefes.
Sí. Hasta el yaqui, que primero salió a pelear por sus tierras, ahora sólo pelea por el general Obregón y contra el general Villa. No, antes era otra cosa. Antes de que esto degenerara en facciones. Pueblo por donde pasaba la revolución era pueblo donde se acababan las deudas del campesino, se expropiaba a los agiotistas, se liberaba a los presos políticos y se destruía a los viejos caciques. Pero ve nada más cómo se han ido quedando atrás los que creían que la revolución no era para inflar jefes sino para liberar al pueblo. 

Tú lo aprendiste antes que los demás, Artemio, tal vez porque la revolución te arrebató pronto a Regina, la mujer que te siguió como Adelita, por tierra y por mar, trás de tus pasos por la cordillera como un perrito obediente: El amor de Regina pagaría la culpa del soldado abandonado.

El médico pincha el estómago de Artemio, pero él no se preocupa por una muerte lenta porque sabe que sólo la muerte súbita es de temerse; por eso los confesores viven en casa de los poderosos.

Parece que va dejando atada su vida anterior: su mujer Catalina ha vivido, si eso es vivir, culpándolo de todo: la muerte de su hijo, la de su hermano, la quita de toda su hacienda que pasó a sus manos como un nuevo usurpador que les trajo la revolución. Su hija sólo lo quiere ver muerto y encontrar un testamento que él se ha dado a esconder, esbozando una media sonrisa de moribundo. Padilla, su hombre de confianza, persigue su voz con una grabadora. Y, sobre todos planea la sombra de la ambición y el poder, que en eso ha quedado nuestra revolución, como les pasa a todas:

El poder vale en sí mismo, eso es lo que sé, y para tenerlo hay que hacer todo ... pero no quisiste decirle cuánto significaba para ti porque quizá hubieras forzado su afecto.

Artemio se va muriendo poco a poco vomitando excrementos, mientras su vida la cuentan tres personas: Yo, tú y él; como una trinidad surrealista que da una forma a las memorias difícil de igualar.

Artemio se va muriendo llamando a Regina, su único amor:

Amé a Regina..., se llamaba Regina y me amó ... me amó sin dinero ... me siguió, me dio la vida ... allá abajo ... Regina, Regina ... cómo te amo ... cómo te amo hoy ... sin necesidad de tenerte cerca ... cómo me llenas el pecho de esta satisfacción ... cálida ... cómo ... me inundas ... de tu viejo perfume ...

Empezó a hacerse de noche y a los pies de su cama escuché esta conversación:

-Mire, doctor: se está haciendo ...
-Señor Cruz ...
-¡Hasta en la hora de la muerte debía engañarnos! 







domingo, 7 de septiembre de 2014

LUIS GARCÍA MONTERO, ALGUIEN DICE TU NOMBRE


A Luis García Montero lo conocí en La Otra Banda de la Argónida, solía veranear por allí; aunque ya tuve, sobre el papel, encuentros con él en El Jardín Extranjero, (hubo un tiempo en que el Adonáis llenaba buenas alforjas), y en Habitaciones Separadas, (quién no ha soñado con amores que nunca llegan).

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo,
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio…

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
Como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Leyendo estos versos, cada día estoy más de acuerdo con Wittgestein y su Tractatus, porque, aunque tú no lo sepas, la realidad es la suma de lo que existe y de lo que no, de lo que somos y lo que soñamos; es la única manera de sobrevivir.
Ya sabemos que la totalidad de los hechos existentes conforma el mundo,…y así está el mundo, no hay más que leer Los periódicos; afortunadamente, la totalidad de los hechos existentes junto a la totalidad de los hechos inexistentes conforman la realidad.
Yo me quedo con la realidad porque así he vivido yo, como la luz del sueño que no recuerdas cuando despiertas.

A Luis García Montero he vuelto a verlo hace poco. Andaba con un libro debajo del brazo y me contó al oído las cuatro palabras del último conjuro: Alguien dice tu nombre. Le pregunté que dónde había que ir y me contestó que a Granada. ¿Cuándo?, volví a inquirir. Vete para allá en el año 1963.  Granada, año 1963 y tratándose de Luis, seguro que me meto en un lío. Así que a Granada me fui. El calendario del bar está detenido en el tiempo y en el espacio. Nada cambia, nadie puede escaparse de aquí. Marca el diecinueve de abril. No han pasado por él ni los últimos once días de abril, ni mayo, ni junio.

Tenía que contactar con un tipo oscuro con pinta de funcionario y vida gris de nombre Vicente Fernández en las oficinas de la Editorial Universo, iba a dedicarme a vender enciclopedias por Granada y su comarca. Mi única relación con el negocio de las enciclopedias anteriormente fue el día que un vendedor de Larousse pasó por casa para explicarle a mi padre lo importante que era tenerla en un hogar para la educación de los hijos y su futuro, como un resumen jerarquizado de toda la sabiduría antigua y moderna que contiene muchos datos sobre don Juan de Austria, la capital de Noruega, las enfermedades de la remolacha las técnicas de caza, la cría de jilgueros… Mi padre, por supuesto, compró la Larousse y yo, aunque soñaba con la Enciclopedia Británica que Borges leía de niño y que siempre asocié al Aleph, empecé a leerla cada día. Diez tomos y una addenda que nos fue remitida a casa dos años después de la compra por aquello de que la geografía y las fronteras son muy inestables.


Vicente Fernández no es gordo, ni delgado, ni alto, ni bajo, ni joven, ni viejo. Da pena ver cómo dice adiós al final de la tarde y se marcha hacia su casa, refugiado en sí mismo, con pasos torpes, su cartera negra en la mano y todo el peso del calor de la ciudad encima de los hombros. Es de ese tipo de personas a las que siempre le hacen daño los zapatos, me explica Luis García Montero. ¿Y voy a pasar todo el verano con un tipo así en Granada en el año 1963? También hay un joven, prosigue Luis, de veinte años, se llama León Egea, quiere ser escritor y trabajará allí también este verano. Luis me enseña las fotos y me fijo en Consuelo, la secretaria. Es guapa y todo el que trabaja para la Universal la mira como si ella acabara de llegar de París o de otra galaxia.

No te fíes de todo lo que ves, me dice, los hombres prudentes no se llevan la vida por delante, son carne de oficina, pobres funcionarios de la obediencia. Sabes que siempre he estado alerta, le contesto; cuando anduve dando retazos por la política aprendí, Luis, que las bellas palabras engañan, disfrazan las mentiras, que detrás de las sílabas graves que forman conceptos como cultura, pueblo, ideas, deber, compromiso, honor se esconde una humilde comisión para los vendedores. Sí, una pena que siempre estemos en manos de vendedores, ése es el gran mal de la palabra.

He pasado parte de este verano en Granada, en el año 1963, por culpa de Luis García Montero, pero no me arrepiento.
Hasta otro verano, Luis, que alguien dice tu nombre. 


                                   







jueves, 28 de agosto de 2014

ERNST JÜNGER, UN ENCUENTRO PELIGROSO



En París he seguido muchas pistas literarias. Antes del Fin, Ernesto Sábato me reconvino en que uno de los rastros que debía de seguir era el del surrealismo, al que él llegó de la mano de una beca que anualmente otorgaba la Asociación para el Progreso de las Ciencias, y que lo envió a trabajar en el Laboratorio Curie. Nada más y nada menos que con Marie Curie.

Pero París puede convertirse en una maldición que arrastra cuanto toca, sobre todo si el espíritu es poco piadoso con los sentidos. El período del Laboratorio coincidió con esa mitad de camino de la vida en que, según ciertos oscurantistas, se suele invertir el sentido de la existencia. Durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas, y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dôme y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasábamos horas elaborando “cadáveres exquisitos”.


En París se podía, en el periodo de entreguerras, encontrar pintores capaces de dibujar la cuarta dimensión. En París, se podía ver a Bretón, cabeza, manos y pies del surrealismo, y medio dueño del dictado del pensar con ausencia de todo control ejercido por la razón, acompañado por Óscar Domínguez, Féret, Marcelle Ferri, Matta, Francés, Tristan Tzara, tomando café y salvando al mundo, al margen de toda preocupación estética y moral.

París debe ser vivida, pero sin olvidar que los excesos se pagan. Y bien es verdad que se pagan, no sólo en París, sino en cualquier parte; que se lo pregunten al pintor Óscar Domínguez, amigo de Sábato, aquel alocado, violento Domínguez, uno de los pocos personajes surrealistas que quise. Surrealista en su modo de concebir y resistir la existencia. Pasó la última etapa de su vida entre las drogas, el alcohol y las mujeres. Hasta que se suicidó una noche cortándose las venas, y con su sangre manchó la tela colocada sobre su caballete.

Yo he llegado hoy a París buscando a un alemán que ya conocía porque habíamos vivido juntos Sobre los acantilados de mármol, esquivando a los nazis.

En una biblioteca, que he vuelto frecuentar ocho años después, encontré un pequeño libro titulado Un Encuentro Difícil de este autor al que persigo con ese vínculo de amor-odio propiciado por el pasado siglo XX.  Escritor, ensayista, viajero, entomólogo y soldado, qué más se puede pedir. ¿Con sombras? Con sombras y luces, como todos, como Tempestades de Acero. Aunque, quede claro que si alguien quiere venir al mundo como turista ya puede volverse por donde llegó, al mundo se viene a luchar como un guerrero.

La memoria de Jünger, poco a poco, va siendo rehabilitada, nada debe importarle ya eso. He llegado a París buscándolo porque ahora a sus ¡95 años! anda envuelto en un crimen. Me escribió en alemán, y nada más ver la carta fui a comprar un billete para el expreso. Ha vuelto a París después de la II Guerra Mundial, cuando llegó allí con el uniforme nazi. ¡Tengo que verlo! Va a ser un encuentro difícil.

Cuando hay una mujer hermosa por medio, el crimen y el relato suelen abandonar, sin querer, el espíritu policiaco que los envuelven para tomar retazos de relato galante, porque es una tentación que, con Irene Kagarné almorzando en la mesa de enfrente, no puede evitarse: Un gesto de inquietud turbaba aquella hermosura. Siempre es una desgracia heredar la fuerza sin la facultad de controlarla. Si una gran fortuna sólo causa desgracias cuando va a manos de un derrochador, también la hermosura puede ser un don peligroso tanto para quien lo recibe como para los que le rodean.

Ya conocemos a Irene, sólo falta conocer a su marido para saber cómo de previsible va a avanzar la novela, sobre todo sabiendo que la sola hermosura no basta para sujetar a un hombre como Kagarné, por eso las cosas nunca fueron bien, ya que él se entregaba libremente a sus aficiones, como un filibustero, y hacía lo que le venía en gana.

Para estos lugares tan incómodos la figura geométrica por excelencia es el triángulo y, claro, en una novela policiaca, aun con tintes galantes, hay que dibujar ese triángulo con un tercer vértice: un joven tímido, yo lo encuentro excesivamente infantil para sus casi veinticinco años. Deberías ocuparte un poco más de él. Siempre está fantaseando.

¿Alguien puede no sospechar que el joven Gerhard no acabará en brazos de la mujer madura y bella, agotada en la convivencia con un marido rudo, dado a otras mujeres y a sus aventuras de cazador y marinero? Gerhard es un muchacho muy bien educado, respetuoso y caballero. Yo le quiero mucho y cuando lo comparo con esa sociedad tan fría y superficial me siento reconfortado. La trampa está servida; ¿previsible?, sí, esa sociedad fría se comerá al joven tímido; aunque lo más importante del juego de Jünger es la descripción de sus personajes. Yo también hubiera caído en manos de Irene Kagarné, si llego a estar en París en aquellos momentos en los que andaban construyendo la Torre Eiffel.  

Para entonces, yo ya conocía a los inspectores que iban a encargarse del caso, el inspector Dubrowsky, frío, atento, con una cartera de clientes, amigos de la delincuencia, que le hacía adivinar en cada delito el nombre del delincuente sólo por su forma de actuación; y el capitán Etienne, militar prusiano que ha terminado en la policía, casi sin saber cómo y que sirve de apoyo a Dubrowsky igual que el doctor Watson a Holmes.

Voy a seguir andando con estos policías por París siguiendo las pistas del crimen de la joven bailarina en La Campana de Oro, donde pasé una noche con Irene Kagarné jugando a las sombras: Cruzaron la plaza Voltaire, atentos a los coches que se deslizaban sobre los húmedos adoquines entre la niebla. Etienne volvió a asombrarse de los giros que su amigo sabía imprimir a los temas. Era como el compañero de viaje que desembarca en una isla y al que ves cada vez más lejos . La corriente era la opinión, la tierra firme, el hecho.



Por cierto, Ernst Jünger que yo te vi en Segovia en El Alcázar en el año 1995. Causas del azar, que suele hacer muy bien las cosas.

jueves, 21 de agosto de 2014

AKHENATÓN, EN MANOS DE NAGUIB MAHFUZ


Llegué a El Cairo con Naguib Mahfuz para pasar dos semanas en El Callejón de los Milagros y, sin saber cómo, acabamos descendiendo por el Nilo, primero hasta Tebas, y luego hasta Amarna. “No”, me dijo, “no vamos a Amarna; vamos a Akhetatón”. Menos mal que antes de salir me leí su libro, en el cual relataba la historia del Hereje y de aquella maravillosa ciudad, horizonte de Atón, que éste mando construir para que la pena se comiera a Tebas y a sus dioses. La divisamos desde el barco. Agazapada entre el Nilo a Poniente y la colina a Oriente, desnuda de árboles, sus calles vacías, sus puertas y ventanas cerradas como párpados caídos.

Encontramos al Hereje solo, declarando que su dios, su único dios, no lo abandonaría. Lo sabíamos condenado, pero él insistía que nunca traicionaría a su dios, que sólo el amor lo puede todo y que sólo con amor se puede cambiar el mundo. En ese momento supe que el sacerdote de Amón, que siempre echaba espuma por la boca cuando hablaba de él, no nos había contado la verdad:
El Hereje es de padre desconocido. Su hombría es dudosa, afeminado… Como su padre se casó con una mujer del pueblo que reunía en su persona como madre, una ambición desmesurada y cierto libertinaje. Era débil hasta el límite de odiar a los fuertes, fueran hombres sacerdotes o dioses. Se inventó un dios a su imagen y semejanza, débil y afeminado, padre y madre a la vez, y le atribuyó una sola función: el amor.

Que el hijo del Faraón Amenhotep III, que debía reinar con el nombre de Amenhotep IV, fuese quien iniciara la revolución en el Egipto del Imperio Nuevo era impensable. ¿Una nueva religión basada en el amor? Todos los resortes de poder en el país del Nilo, en la nación que gobernaba el mundo desde el Mar Muerto a las montañas de la Luna, temblaron al verse reconocidos en los ojos de aquel nuevo Faraón.

Como escuché decir al sacerdote de Amón: aquel cuerpo enfermizo tenía poderosas inclinaciones secretas y ardientes obsesiones que hacían presagiar las peores consecuencias. Corren rumores sobre un nuevo dios, hasta ahora desconocido, que se ha aparecido al espíritu del heredero y le ha exigido que lo adorara como al único dios verdadero de la creación, a él y sólo a él; y cualquier otro dios es falso.

Desde ese momento el sacerdote de Amón no vivió más que para acabar con el Faraón y con esa loca idea acerca de cambiar el mundo sólo con amor: “No había visto nunca un sabio que despreciara la sabiduría como tú, sacerdote de Amón”. El adorador de Amón contestó: “No desprecio la sabiduría pero la considero inútil si no se apoya en la fuerza”. En ese momento supe que el Faraón, el hereje, estaba perdido.

Pero Amenhotep IV no cejó en su empeño de renovar el alma de Egipto. ¿Una religión basada sólo en el amor? Cambió su nombre por el de Akhenatón, abandonando Tebas acompañado de un grupo de jóvenes pertenecientes a la flor y nata de la sociedad. Era un grupo sorprendente llenos de deseos revolucionarios. Se dirigían a sus propios esclavos, en las plazas o en los campos, con palabras afables y amistosas que los dejaban perplejos. Sin duda esperaban tener que rendir cuentas ante un dios poderoso que los miraría de arriba abajo, o quizá no los miraría en absoluto. Por donde pasaban acusaban a los hombres de religión, se burlaban de sus prácticas y despreciaban sus rituales, que incluían sacrificios humanos, y ellos anunciaban al dios único, la energía existente en lo más íntimo de la creación, la energía creadora de todo por igual, que no distinguía entre siervos y señores en Egipto. Y todo eso de la mano de un Faraón. Al que amenazaron porque estaba arrancando el imperio de cuajo para esparcir sus restos al viento. Desde entonces le prometí fidelidad a Akhenaton y pensé como él que sólo con bondad se puede arreglar el mundo. Por eso ahora estamos los tres solos (el Faraón, Naguib Mahfuz que fue quien me ha traído y yo) en este palacio de la ciudad, ahora abandonada por todos, que mandó construir para ofrecérsela al nuevo dios. Todos lo han desamparado, hasta su esposa, la reina Nefertiti, que siempre estuvo a su lado y sobre la que se han vertido mil infamias para horadar el espíritu del Faraón. No lo han conseguido, el espíritu de Akhenaton permanece inalterable: ¿Por qué la gente inteligente cree tan firmemente en el mal?

Pronto corrieron las noticias sobre la corrupción de los funcionarios y, en los mercados, los lamentos de los pobres llegaron a nuestros oídos. Sin castigos ante los delitos, porque el Faraón no creía en esa forma de arreglar la sociedad; las leyes y el orden se convirtieron en papiro mojado sin valor alguno. Luego, se supo que los pueblos sometidos se estaban rebelando, y que los enemigos acechaban en las fronteras del imperio. Su consejero Ay insistía: Debes limpiar el interior y enviar el ejército a las fronteras a defender el imperio. A lo que él contestó: Mi arma es el amor, Ay, ten paciencia y espera.

“Señor, este mundo es un valle por donde no sólo transitan almas buenas, todos lo sabemos”, le dijo el general Horemheb, que veía cómo se deshacían, igual que la arena en el Nilo, todas las fronteras de Egipto. “Estás llenando de viento el Imperio y lo estás dejando desarmado”. A lo que él contestó: “el amor lo puede todo y dios no nos desamparará”.

Espera sentado en tu trono y no hagas nada; Verás lo que ocurre. ¿Sabes qué quieren hacer contigo? Yo te lo diré, lo escuché de labios del consejero Tutu, que hervían de odio: estoy convencido que un crimen que escapa a su merecido castigo no hace más que cimentar el pecado, debilitar la fe en la justicia divina y sentar la base de otros crímenes. Hace falta sangre para contentar a Amón. Ese crimen era el tuyo.

Están buscando tu muerte y tu desaparición; y tú, mientras tanto, anuncias, primero, que no crees en los falsos dioses, más tarde, haces suprimir el culto y distribuyes sus riquezas entre los pobres; sin preocuparte de las tretas de la política, mientras te tachaban de loco y de embaucador: “yo voy a ofrecer las fuerzas del mal como sacrificio a los dioses, rompiendo las cadenas que atenazan a los que no tienen poder”. Cómo podía hablar así un Faraón del nuevo Imperio de Egipto. ¡Es un loco!, gritaban. ¡Es un loco! Acabará con los bienes que nos legaron los tiempos y marchitará la sociedad egipcia hasta su extinción. ¡Es un loco!

Quiero quedarme con él hasta el final, se ha quedado solo, todos le han abandonado, hasta Nefertiti, por miedo, y como una bandada de hipócritas, igual que antes lo adulaban ahora lo repudian. ¡Es el faraón de Egipto! No lo olviden, que bien lo seguían babeando cuando recorría las calles de Akhetatón en compañía de la reina, sin la guardia, hablando con la gente, rompiendo las tradicionales barreras entre el trono y el pueblo, llamando siempre a la devoción y al amor, todos desde los ministros hasta los empleados de la limpieza cantaban los himnos en honor del dios único.

Quiero quedarme con él hasta el final, pero me han obligado a marcharme de Akhetatón, la maravillosa ciudad, horizonte de Atón. Van a matarlo pronto, porque lo han dejado solo, solo, solo. Y sin testigos es más fácil el crimen.

Posteriormente nos dirán que la enfermedad terminó con él. La verdad es que lo dudo mucho, más bien creo que manos pecadoras se cernieron sobre él en su soledad y separaron su cuerpo de su espíritu puro y eterno. Murió sin saber que me obligaron a abandonarlo, y estoy seguro de que ése fue el caso de Nefertiti.