sábado, 27 de febrero de 2021

HACERSE TODAS LAS ILUSIONES POSIBLES Y OTRAS NOTAS DISPERSAS, JOSEP PLA CONTRA TODOS

¡Que fusilen a Josep Pla, ya!

Siempre he perseguido a los escritores complejos que se han pasado la vida buscando adjetivos para colocarlos detrás de un sustantivo en una hoja de papel.

Y siempre he perseguido a esos escritores que han conseguido poner en su contra tanto a tirios como a troyanos; porque al final el tiempo, que es la Literatura, siempre les ha dado la razón. Y qué mejor que perseguir al payés más cosmopolita del mundo que provoca a conocidos y desconocidos, como un cascarrabias desde su retiro ampurdanés de Palafrugell a vivir su cosmopolitismo como periodista, mientras se convertía en el mejor escritor del siglo XX en lengua catalana. ¿Del siglo XX? ¡De siempre!

¡Que fusilen a Pla!, se escuchaba. ¡Que fusilen a Pla!, se escuchaba en los despachos de Omniun, ¿dónde vamos a ir con un catalán de ese tipo? ¿Quién puede fiarse de alguien que lo observa todo de esa manera distinta y encima escribe sobre ello?

Veintitrés años después de la guerra civil —‌y esta es una de sus principales amenidades— sigue siendo muy difícil saber si una persona determinada, que pasó la guerra en la Península, fue un traidor o un patriota. Famosa es la cita de Talleyrand que decía refiriéndose a sí mismo: «La traición es cuestión de fechas». En la guerra civil española, la traición o el patriotismo han sido un problema de situación geográfica, de geografía personal. Comparada con la de Talleyrand, es una cuestión mucho más compleja".

¡Qué se puede esperar de un gran pesimista que sólo confiaba en Tarralledas y que receló de todos los demás. Era el antifranquista franquista conservador liberal, el independentista disconvergente, el payés cosmopolita de su tierra, el anarquista tremendamente conservador, el peor espía del mundo en la agencia de Marsella y el misógino de pago de burdeles de corazón. Casi con toda seguridad, la persona a la que el tiempo dará la razón; si no lo fusilan antes, claro.

Agitada, desperdigada, consumida, pasó la época de la juventud. La humedad de la melancolía oxidó mi mundo interior. No conocí el amor ni personas amigas. Los sentimientos nunca me sobraron, viví de capturar menudencias, rodeado por la indiferencia universal.

Pues sí, buscaremos por el Ampurdán a ese Josep Pla, capaz de plagiar un artículo de la prensa francesa mientras se dedica a vivir en París. Escritor en La Publicitat, Las Noticias, La Veu o el Diario Vasco; el periodista del que nadie consiguió hacer carrera. El que vivió en París los tiempos del Charleston; en Berlín cuando a Alemania se la comió Versalles abocándola al nazismo. En la Italia de Mussolini con algún amago incomprensible. En la Rusia de Stalin donde paseó con Nin cuando éste empezaba sus veleidades troskistas. En la Barcelona de Cambó, amigo de su conservador catalanismo, odiado por esa ralea de enemigos excluyentes a los que sin tapujos llamó "cobardes". A ver si va a resultar que al mejor escritor en lengua catalana del siglo XX no le van a dar el Premio de Honor de la Lengua de su país simplemente por escribir en libertad, ¿libertad?: El catalán actual es un producto de la decadencia de Cataluña. Su rasgo característico es el complejo de inferioridad, fruto del deterioro de su personalidad. El catalán no tiene patria, por eso es un ser diferente que no puede compararse con quienes la tienen. Perdió la patria e hizo un gran esfuerzo para tener otra, sin lograrlo. El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto. Esto explica sus características: a veces es un engreído —‌la jactancia que nota Unamuno—. Pero a menudo también posee una humildad morbosa, humillada y ofendida, y por eso Unamuno dice que «hasta cuando parece que atacan, están a la defensiva». Puede que esa vanidad insoportable sea una consecuencia del sentimiento de humillación, y viceversa —la humillación crea, como una evasión incontenible, la vanidad. Encontrar un catalán normal es difícil.

¡Que fusilen a Josep Pla! ¡Que echen de la revista Destino a Josep Pla!, grita desde su despacho Jordi Pujol, director del periódico, cuando decide que el catalanismo de Pla no es auténtico, tal y como él lo concibe. ¡Que le digan a ese Pla que solo hay un catalanismo! Pero claro, con Pla no hay que hacerse todas las ilusiones posibles y el payés ampurdanés de Palafrugell también escribe contra los atreidas, sin dejarlos tranquilos: Creen que esta crisis afectará a la situación política y perjudicará  la situación de Franco. Creo que exageran. Los países pobres cuentan con una gran ventaja para resistir las crisis. Justo por estar tan acostumbrados a la pobreza, soportan perfectamente el hecho de hacerse más pobres, y el fenómeno no tiene repercusiones generales apreciables. Para un país rico, en cambio, una etapa de pobreza es muy difícil de superar y el riesgo que comporta puede ser muy grave.  Suponer que Franco tiene la más mínima idea de economía, que la economía le preocupa o le inquieta mínimamente, es una enorme fantasía. ¿Qué le puede importar, por otra parte, a un militar del país, la quiebra de un comerciante? Un hecho de este tipo siempre será una manifestación de la Divina Providencia muy apreciable.

¡Pues eso, que fusilen a Pla! que dice que iglesia, militarismo, latifundismo y burguesía son harina del mismo costal. El contrato es el siguiente: la burguesía paga al militarismo parasitario y, a cambio, la Iglesia defiende la diferencia de clases. La Iglesia católica nunca había gozado, en este país, de tanta influencia y de tantos privilegios como en este período. Los militares y el alto clero han podido construir, edificar y mandar en todo, hasta el punto de llegar a dar la impresión de que la religión iba en aumento. ¡Que fusilen a Pla ya! Se unen a voz en grito convergentes, divergentes, franquistas, nacionalistas, reyes godos; todos piden acabar con Pla. 

Nos queda el consuelo de que desaparecerá toda la geografía de Oriente a Occidente con sus nombres y su esencia, como ha ocurrido siempre, pero de las 30.000 páginas que escribió Josep Pla con mano de artista quedarán las suficientes para saber que un día alguien escribió como los ángeles en lengua catalana. Del griego antiguo apenas queda Homero. Del catalán antiguo quedarán Ramón Llull, Josep Pla y poco más, cuando de verdad desaparezcan sus geografías. 

Pla comienza ahora a hablarme en castellano porque sabe que es un idioma magnífico para utilizar, sobre todo, cuando no se tiene razón.

Pero que nadie se preocupe que Josep Pla, no va a pasar a la posteridad por lo que escribió, sino por cómo lo escribió. Solo así son eternas las naciones, como descubrieron la Grecia Homérica, la Acadía de Sargon o la Asiria de Asurbanipal. Y cuando los idiomas cambien porque se los llevan los siglos; y apenas sean reconocidos sus signos y significados, los sesudos filólogos del futuro adivinarán que hubo un idioma claro, conciso, brillante, con adjetivos exactos cuando abran arrugados tomos de un payés de Palafruguell que se llamaba Josep Pla. Un tipo que dicen que llegó a ser espía de Franco, pero que también salvó a muchos judíos centroeuropeos, en connivencia con el director de la orquesta del hotel Ritz que trabajaba para el espionaje norteamericano. Además, el gobierno de Estados Unidos quiso condecorarlo con una medalla y renunció a ella. Yo nunca he renunciado a ninguna, siempre me pudo la vanidad; aunque tampoco sé escribir como él, claro.

El país resiste, porque el país es el idioma; y al igual que el castellano es cervantino, el ruso es de Tolstoi, el inglés es de Joyce o el italiano, que antes fue florentino, de Dante; el catalán es de Pla; y eso es lo único que quedará de la geografía que conocemos dentro de cinco siglos. Así ha sido desde los tiempos de Homero, Sargon o Arsubanipal. 











domingo, 31 de enero de 2021

NO CREO EN MÁS INFIERNO QUE TU AUSENCIA

Pues sí, a trabajos forzados me condena mi corazón del que te di la llave, y no es que yo tenga una guerra declarada a la moderna poesía, al contrario; pero me he criado contando con los dedos ya sea en base 7, en base 8 o en base 11, señalando en su justa medida cada acento; y, si tengo que mirar mucho más atrás, no he podido nunca evitar tararear los 6 pies de rigor, buscando vocales largas o breves en ese paraíso que es un poema; y en algunos de ellos he cambiado los pies por millas marinas, que esa medida me la entregó Steersman un día de tormenta cuando ya no veíamos la punta de Malandar; pues no quiero yo tormento que se acabe, y de acero reclamo mi cadena. 

La primera vez que yo vi un escritor fue en el año 1979, un mes de agosto, durante las Fiestas del Guadalquivir en Sanlúcar. Mi padre, Steersman tuvo como una de sus múltiples ocupaciones a lo largo de su vida la de concejal de Turismo y Fiestas; y como mantenedor de las fiestas de exaltación del río Guadalquivir del año 1979 contrataron al inigualable Antonio Gala. Entonces esas fiestas se llenaban de poetas y escritores porque se convertían en un gran acto literario y artístico. Ese año el premio poético recayó en Rafael Fernández Pombo. Al final, como predijo Steersman, "el populismo acabará con todo esto", esas fiestas murieron y se acabaron los poetas y los músicos a orillas del Guadalquivir. Ni concibe mi mente mayor pena que libertad sin beso que la trabe.

Con él me fui al Hotel Guadalquivir a ver a Gala. Allí estaba en el hall del hotel el escritor, como deben estar los escritores, ejerciendo de ser de otro mundo, deseando declararse culpable de cualquier corriente literaria que sólo él entendía; y nunca ajeno a cualquier alma que pasase cerca. Yo llevaba una naranja en la mano que había recogido de uno de los naranjos de San Roque; y permanecí al otro lado del hall esperando a Steersman, viéndolos hablar. Como Steersman nunca habló de poesía, ni castigo concibo menos grave que una celda de amor contigo llena, imaginé que hablaban de temas más banales; como el precio de su manteneduría, las demandas del escritor o sus desvelos para con el pregón literario que daría esa noche.

Yo viajé con Gala por los verdes campos del Edén, conocí a Séneca y el beneficio de la duda, volé a Estambul en cuanto pude con pasiones turcas; y descubrí que la vida hay que llevarla a cuestas por lo menos entre cuatro. Así que nunca se me ocurrió llevarla solo. No creo en más infierno que tu ausencia. Paraíso sin ti, yo lo rechazo. Que ningún juez declare mi inocencia.

Cuando mi padre terminó de hablar con el maestro y volvió hacia mí, vi como Gala me saludaba mientras yo, a mis 16 años, jugaba haciendo volar la naranja de una mano a la otra, pensando que un escritor no debía de ser sólo literatura; sino como Gala, pura forma. "Vamos a tomar unos caracoles a La Calzada", fue lo más poético que me dijo Steersman, que no entendía mi interés por acompañarlo. "Vendrás, pero no voy a presentártelo". "Me conformo con acompañarte y verlo desde lejos, papá". Porque, en este proceso a largo plazo buscaré solamente la sentencia a cadena perpetua de tu abrazo.

Así que mi primer encuentro literario terminó tomando una taza de caracoles. Fue un encuentro mágico. A lo mejor sólo fue un sueño, pero fue mi sueño. Steersman me lo recordó alguna vez. Nunca entendió mi afición por la poesía. Sí por el futbol, los barcos, la montaña y los soldados; pero ¿la poesía, Norberto?

Y todo esto para decir que los que creen que Gala va directo al olvido, puede que se equivoquen. Que prueben a escribir un soneto, a contar 11 sílabas y a mirar dónde colocan cada acento ; si en la tercera, sexta y novena o en cualquier otra. Y mira que yo no escribo más que poesía en prosa.

Lee esto, y me dices:

CONDENA

A trabajos forzados me condena

mi corazón, del que te di la llave.

No quiero yo tormento que se acabe,

y de acero reclamo mi cadena.


Ni concibe mi mente mayor pena

que libertad sin beso que la trabe,

ni castigo concibe menos grave

que una celda de amor contigo llena.


No creo en más infierno que tu ausencia.

Paraíso sin ti, yo lo rechazo.

Que ningún juez declare mi inocencia,


porque, en este proceso a largo plazo

buscaré solamente la sentencia

a cadena perpetua de tu abrazo.


                O escucha si lo prefieres:


                NO CREO EN MÁS INFIERNO QUE TU AUSENCIA






domingo, 24 de enero de 2021

EL CERO Y EL INFINITO, LA PESADILLA DE KOESTLER

"Les trajimos la verdad y en nuestra boca sonó a mentira; les trajimos la libertad, y en nuestras manos pareció un látigo; les trajimos la vida plena, y donde sonó nuestra voz los árboles se secaron, con un susurro de hojas muertas; les trajimos la promesa del porvenir, pero nuestra lengua tartamudeó y salieron ladridos de nuestros labios".

Posiblemente, sea cierta la aseveración de que todas las personas pasadas, presentes y futuras estamos unidas por un nexo común, por leve y discreto que este sea.

Yo estuve ligado, sin saberlo, a Arthur Koestler durante dos años en la Academia Militar de Ávila. Cada mañana, cuando salía de mi camareta, justo enfrente de la puerta, estaba colgada en el pasillo una foto del intendente laureado en la Guerra Civil, Carlos Haya.

Y a Carlos Haya, concretamente a su mujer, Koestler le debe la vida. Koestler era prisionero de Queipo de Llano en Sevilla. El general lo había condenado a muerte, por un quítame allá una entrevista que el periodista consiguió a través de Luis Bolín, corresponsal en Londres, en la que lo tachaba con unos calificativos, "carnicero" entre ellos, que a Queipo le gustaron muy poco.

Afortunadamente, para la historia de la Literatura, tras muchas negociaciones, se produce el canje de Koestler por la mujer del fallecido en combate Carlos Haya, que estaba prisionera en una checa republicana y, según contaron, pagando el duro tributo que pagan las mujeres desde que la guerra es guerra.

Así que llegué a El Cero y el Infinito, sabiendo que Koestler y yo veníamos de una larga relación. Por eso, me fui con él desde el principio a tratar de entender al Camarada Rubashov, a vivir desde dentro ese Partido, que estaba sufriendo una prueba severa; y que todo aquel que se ablandara no podía continuar en sus filas; porque el Partido no puede equivocarse nunca; y por eso, no importa que devore a quienes lo hicieron posible. ¡Todo por la Revolución! Hasta el hambre, hasta el último sacrificio: "Declárate culpable de crímenes que no has cometido para salvar la Revolución". Tú, luego, no te preocupes, ellos se encargan de fusilarte.

Llamaron a la puerta, y el joven oficial que la golpeaba con la culata de su revolver gritó: " Ciudadano Nicolás Salmanovich Rubashov queda arrestado en nombre de la Ley". Rubashov, enseguida, comprendió lo que pasaba: "De manera que te fusilarán". Del Primer presidente de la Internacional, que había sido ejecutado como traidor, solo podía recordar un trozo de su chaleco a cuadros, estirados por un vientre abultado. El segundo Primer Ministro del Estado Revolucionario, también ejecutado, se mordía las uñas en los momentos de peligro. " La Historia te rehabilitará", pensaba Rubashov, sin particular convicción.

Pero, lo que más temía era el horror que le corría por el cuerpo tan sólo con pensar que, como todos los que él hubo mandado ejecutar, él también tuviese que admitir con la bala tocándole la nuca que su condena era justa. Al fin, se ha dado cuenta lo poco que influye para la Revolución que sea realmente culpable o no lo sea.

Al carajo la Revolución, me dice Koestler. "Eso, al carajo la Revolución y el Partido", le contesté, "he estado en dos y siempre terminan los mismos pintando con su sangre la nieve".

"Ni vosotros, ni yo le servimos ya al Partido y al Gran Líder; ahora ya no necesitan héroes, ahora quieren funcionarios de acero. Por el bien de la Revolución, del gran líder y del Partido que ayudamos a crear, debemos declararnos culpables", gritó Rubashov mientras una descarga de máuseres le partía el alma dejando su cuerpo sin vida sobre la nieve. El Partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia; y la Historia no sabe de escrúpulos ni de vacilaciones.

— Vamos al café de París, Koestler, que quiero decirle al hijoputa de Sartre un par de cosas; espero que Camus no se meta en medio como la otra vez.








domingo, 17 de enero de 2021

PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, EL POETA DE INFINITAS ALAS

Yo sabía que todo rostro es un antifaz, incluso el mío; pero nadie me lo había dicho en un poema; aunque eso no fue lo peor. Lo peor fue que ese mismo poeta también me dijo que mi segundo rostro es una careta, y que a la larga, nos enterrarán con las dos; sin saber quienes somos, porque nos conocemos tan mal que nuestro mejor autorretrato siempre lo hace otro.

He vivido miles de horas en los trenes. Para un tren, yo aconsejo la lectura de poesía, ya sea sentado en el vagón número trece del Talgo, rumbo a Jerez, o en la barandilla del puente de La Jara, antes de que pasara el ferrobús. Un tren vive para la poesía y algunos trenes, como el de Pozuelo, tan celoso con los poetas, quiso llevarse el suyo. Y claro, se llevó al mejor. Por eso, un tiempo, me dediqué a merodear por ahí. A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas, por si acaso me hubiera dejado algún verso sin leer de Pedro Casariego Córdoba. 

Su ausencia es inabordable y su poesía también, porque es una poesía que nunca enseña las raíces; pero sí se ven sus infinitas alas y, casi sin querer, ha llegado a lo más grande que se pueda llegar en literatura y es que sus versos se han convertido en lugar común de los escritores, del presente y del futuro, que copian sus versos pensando que son originales sin saber que los escribió Pedro Casariego Córdoba. Un poeta que no se parecía a nadie y que, de pronto, consigue que todos nos parezcamos a él. 

Debes saber que, al leer tus versos, al instante reconocí en el cometa la señal que ya no esperaba. Me he quedado contigo PeCasCor, me he quedado con tu nombre Pedro Casariego Córdoba, sabiendo que Mallick se ha puesto muy rojo porque lo han besado, y que tú, para imitarlo, has hecho enrojecer a todo el planeta: tabaco rojo, rojas caderas, rojo abedul, rojas fresas, hielo rojo, alerta roja, petirrojo rojo, piel roja, celda roja.

Tú inventaste una ciudad y nos diste su nombre, y un enigma y unas alas. Tú eres una estrella con la terrible tragedia que envuelve a todas las estrellas, que iluminan; pero no ven.

Mientras, teñido de pelirrojo manejas los pinceles con brío, como si fueran los remos de una nave fenicia, con la pasión holandesa y la sangre española, y en el cuadro aparecerá todo lo que los pintores siempre desecharon, y todas esas cosas despreciadas por los genios de otros siglos cobrarán junto a tu cara una vida absoluta.

He aprendido con versos que no es fácil dedicar ternura sin decimales, porque lo normal es dedicar la ternura con frías razones contables, con quebrados, divisiones; no sea que la ternura nos llene la realidad de sueños, y todos consumimos en nuestra realidad hueca bocadillos de jamón cuando deberíamos comer bocadillos de amor.

He aprendido con versos que debo seguir cometiendo faltas de ortografía, porque cuando cometo una falta de ortografía sé que nace una flor, incluso cuando las cometen esas secretarias que se afeitan cada mañana antes de ir en helicóptero a las oficinas del centro y de cristal, o las que trabajan en el Windsor.

He aprendido con versos que no solo tengo que leer poesía en los trenes, sino también en las cafeterías. Por eso ahora mismo, me voy con unos libros de poemas a la cafetería 2750 y voy a tomarme algo con Van Horne, con K. que me suena a checo que escribe en alemán, con Vanderbilt, con Zimmerman, con Mallick y con Dra, que sabe mucho de diccionarios; igual recibo esta noche un simple beso en la boca o una mano debajo del pantalón.












domingo, 13 de diciembre de 2020

SIEMPRE CON EMILIO SALGARI, PORQUE SANDOKÁN ERA DE SANLÚCAR

Ramona Fernández se ha sentado en Bajo de Guía, como cada tarde después de trabajar en los navazos que bordean la playa y donde se cultivan todo tipo de vegetales que se riegan por el influjo que las mareas tienen sobre las aguas subterráneas.

Ella todavía no lo sabe; pero tendrá un hijo con una vida de novela a quien Emilio Salgari encontrará en unos viejos legajos mientras busca temas para sus historias de aventuras en el museo de Propaganda Fide de Roma. Salgari anotó en su cuaderno su nombre, Carlos Cuarteroni Fernández, y el relato de sus viajes por las Filipinas y de su lucha por la libertad en Borneo y todos los mares orientales.

Anotará también las disputas de Cuarteroni con el rajá blanco de Sawarak, James Brooks, y el sultán de Brunei y no olvidó escribir a la luz de una vela sus combates intentando liberar esclavos contra los británicos o durante aquella guerra de tráfico del opio con la que los ingleses asfixiaban Oriente. La última frase la escribe en su cuaderno de notas como si la oyera de boca de su protagonista: «Viajábamos guiados por la brújula divina que nos llevaba a lugares desconocidos; pero donde más se nos necesitaba».

En ese momento, Salgari salió corriendo hacia su casa y comenzó a escribir desaforadamente. Había nacido Sandokán, un príncipe de la Malasia, que ha sido destronado por los ingleses que han asesinado a toda su familia, convirtiéndolo en un pirata. Sandokán, un hombre que sabía sobreponerse ante cualquier adversidad, demostrando que se puede tener una ética y una humanidad, incluso sufriendo las situaciones más terribles.

Carlos Cuarteroni Fernández nunca supo de Sandokán; ni su madre, Ramona Fernández cuando se sentaba viendo jugar a sus nueve hijos en la playa; pero toda vida necesita un escritor y la de Cuarteroni no sólo lo necesitaba, sino que lo merecía.

Como había nacido mirando al mar y llenando de comanda, desde el negocio de su padre, los barcos que salían al Atlántico, ingresó en la escuela de pilotaje y náutica de Cádiz; y, pronto, con trece años partió como agregado en la nave Indiana a cubrir la Carrera de las Filipinas, siguiendo la misma ruta que Magallanes, un viaje siempre peligroso.

Con 19 años toma el mando de un bergantín y realizará navegaciones a Filipinas desde Cantón, Singapur o Hong-Kong; y, posteriormente, comandará la fragata El Buen Suceso, por Malasia e Indonesia, cartografiando toda la mar y las costas para el gobierno de España. 

En 1841 obtiene el título de capitán de la marina mercante y un año más tarde decide comprar una goleta a la que llama Mártires de Tun-King y se dedica a la búsqueda de perlas y carey. En uno de sus viajes tiene conocimiento del hundimiento de un bergantín inglés, el Christian, que se dedicaba al terrible comercio del opio y de esclavos por los mares de Oriente y que podría albergar en sus bodegas una fortuna en monedas de plata. Así que no paró, cuadriculando cartas, pintando días de mar, lanzado sondas y buceando, hasta que dio con él y con sus monedas de plata. Con veintiséis años era inmensamente rico.

Sin embargo, como Cuarteroni puede que supiera que algún día sería Sandokán, decidió dedicar su fortuna a luchar contra la esclavitud a bordo del Mártires de Tun-King y de la goleta Lince; y, claro, terminó enfrentándose con el rajá blanco, James Brooks, y con el sultán de Brunei, al igual que haría Sandokán; peleando con todo aquel que fuera en contra de sus ideas abolicionistas; entre ellos, los piratas malayos.

 Pronto, se le conoció como el apóstol de Borneo. Y luchó tanto por sus ideas antiesclavistas que se presentó ante el Papa Pío IX  para que le diera permiso para construir dos misiones en la isla con el objetivo de liberar esclavos, y se hizo monje Trinitario, la misma orden que liberó a Miguel de Cervantes de la esclavitud. En 1857, fue nombrado obispo de Labuan y de Borneo y consiguió pese a James Brooks, el rajá blanco, y al sultán de Brunei fundar dos misiones: —¿Acaso no seguimos siendo los tigres de Mompracem?; donde ponemos las garras arrancamos cuanto queremos, ¿quieres una prueba?, parece que le dijo mirándolo a los ojos al rajá blanco de Sawarak, y el rajá tembló. 

Cuando se sintió morir no pudo evitar regresar a Cádiz, y ver su océano Atlántico como siempre lo vio de niño. Murió a los tres días de llegar a Cádiz y está enterrado, por ser obispo, en la cripta de obispos de la catedral de Cádiz. También tiene una placa en la avenida Ramón de Carranza, en su calidad de Prefecto apostólico de las islas de Labuán y Borneo, pero poco se sabe de esas aventuras, como marino mercante, que comenzaron con trece años cuando embarcó en la goleta Indiana rumbo a Filipinas.

Le hacía falta un escritor y desde luego encontró al mejor, Emilio Salgari, que como El Corsario Negro sabía que su barco podía desafiar tanto a los rayos del cielo como a las iras del mar y él era el hombre adecuado para guiarlo a través de las olas y los vientos.

Por eso, los sanluqueños solemos sentarnos, como Ramona Fernández en Bajo de Guía, con un libro de Salgari a la vera de la desembocadura, jalando millas rumbo a Labuán. «¡Carajo, Norberto, asegúrate a estribor y no bandees salvo que yo te lo diga!» «¡A la orden, Steersman!»


En la Escuela de Pilotos y Náutica de Cádiz estudió Carlos Cuarteroni Fernández, el apóstol de Borneo, libertador de esclavos, marino mercante, buscador de perlas y de pecios británicos hundidos y Tigre de la Malasia contra los poderosos.

También ahí estudió Steersman, Norberto Ruiz (en el centro, chaqueta blanca), que también sufrió en el mar de Borneo un abordaje pirata allá por 1962. Y el Lima, José Antonio Lima, a la izquierda de Steersman, que contó no pocas historias de piratas desde el Golfo de Guinea al Mar de Adén.

Y también estudiaron allí, todos los Pareja, bisabuelo, tíos,...; los de La Máquina del Mundo, cuando la mayor fábrica de prácticos de puerto de España estaba situada en la calle Castelar, número 14, de Sanlúcar de Barrameda.

Todos marinos mercantes.



domingo, 22 de noviembre de 2020

SOÑANDO CON LOS AMORES DE GARCILASO

La primera vez que me crucé con Garcilaso de la Vega, en absoluto de forma casual, fue allá por el año 1979 en una edición de Poesías Castellanas Completas de Clásicos Castalia, anotada y comentada por Elías L. Rivers.

Nadie ignora que a partir de entonces me fui a vivir junto al castillo de Batres donde creció mi señor Garcilaso; y no había fin de semana que no paseara junto al río Guadarrama ni me sentase junto a la fuente del castillo situada en un pequeño valle. Y a partir de ahí, decidí seguirlo siempre para ganar riqueza, porque estaba seguro de que no habría nadie que en futuro alguno escribiera mejor que él; y, además, era soldado. Por aquesta razón de ti escuchado, aunque me falten otras, ser merezco; lo que puedo te doy, y lo que he dado con recebillo tú, yo m´enriquezco.

Con él fui a la guerra contra los Comuneros y le cuidé de sus heridas en la batalla de Olías. También embarqué con él a pelear en la defensa de Rodas; y, por supuesto, no me iba a perder la guerra contra Francia que se organizaba en Pamplona. Luego, pasé con él un año de noviciado en el monasterio de Uclés. Y en Illescas, junto a mi casa, estuve con mi señor Garcilaso en las bodas de Leonor de Austria, hermana de nuestro emperador Carlos, con el rey Francisco I de Francia, a quien en San Quintín no nos quedó más remedio que tomarlo prisionero después de la victoria.

Como comprenderán no me iba a perder tampoco viajar hasta el exilio, que los emperadores olvidan rápido las acciones pasadas, a orillas del Danubio; ni preparar la defensa de Viena. Por él, de Batres me fui a Toledo; y por él, estuve ocho años profesando en la toledana Academia de Infantería, mientras viví por todas las calles que eran suyas; y, como no podía ser de otra manera, me hice parroquiano de Santa Leocadia.

Mi señor no pasaba de los veintipocos años; y yo entonces no tenía más de quince. Aprendí a leer con sus versos; y corrí detrás de sus amores y sus dolores como si fuesen míos. Por eso, desde el principio anoté a fuego el nombre de Isabel de Freire, con quien yo me enconé por causarle tanto dolor de corazón desde la primera Égloga. Porque a mí no me cabía duda de que era ella quien lo había llevado casi a la muerte en una alta traición de amor: ¿por quién tan sin respeto me trocaste?, ¿tu quebrantada fe do la pusiste? No hay corazón que baste aunque fuese de piedra viendo mi amada yedra de mí arrancada, en otro muro asida; y mi parra en otro olmo entretejida, que no se esté con llanto deshaciendo hasta acabar la vida. Salid sin duelo, lágrimas corriendo.

A esta idea me llevaron todos los escritores que leí: desde El Brocense; pasando por Fernando de Herrera, el divino; el mismísimo Manuel de Faria y Sousa, o el libro que tengo entre mis manos de Elías L. Rivers. Desde hace 500 años, el nombre de Isabel de Freire ha volado como ese amor que traicionó a Garcilaso; y su nombre, asociado a su marido don Antonio de Fonseca, señor de Toro, a quien llamaban el Gordo, ha viajado en el tiempo de la mano de Garcilaso cada vez que se citaba un sólo verso de sus Églogas: Isabel de Freire. Isabel de Freire, nombre de tantos odios, engaños y sin sabores.

Pero hete aquí, que una profesora toledana María del Carmen Vaquero en una de esas conferencias a las que suelo asistir, martes y jueves, desde hace tiempo en la Juan March; me hizo ver lo equivocado que estaba; no sólo yo, sino esa Historia con mayúsculas que llevaba escrito el nombre de Isabel de Freire en una amistad o trato con Garcilaso que nunca existió. «¡Dios mío», pensé «si las malas lenguas de visillo llegan lejos, no veas como llegan de lejos las que llevan las artes».

Todo empieza en el testamento de Garcilaso de la Vega, redactado en Barcelona antes de embarcar con el emperador hacia Bolonia, en el que cita a ese hijo ilegítimo que ha tenido con la señora Guiomar Carrillo, de la noble familia toledana Rivadeneyra, al que llama Lorenzo, y que su madre nombra como Lorenzo Suárez de Figueroa; y al que Garcilaso entrega una dote para que pueda ser sustentado en una buena universidad hasta que tenga su propia disposición. Ya tenemos otro nombre: Guiomar Carrillo, una mujer noble, libre, ¡que nunca quiso casarse!, que tuvo hijos con hombres diferentes; y que, desde luego, debía de ser de fortísimo carácter«Es ella», dice la profesora Vaquero, «es ella, quien abandona a Garcilaso por otro hombre, don Fernando Álvarez Ponce de León»; ése que sé que de Garcilaso se está riendo: no soy pues mal mirado tan deforme, ni feo, que ahora me veo en esta agua que corre clara y pura; y cierto, que no trocara mi figura con ése que de mí se está riendo y trocara mi ventura. Salid sin duelo, lágrimas corriendo.

¡Así que Isabel de Freire no es Galatea!; ¡desde siempre han dicho que fue ella y yo lo creí!
¡No!, ¡Galatea era Guiomar Carrillo! Mujer de condición terrible, corazón malvado, infiel, falsa perjura; pero de quien estuvo completamente enamorado toda su vida. !Es ella!

He borrado el nombre de Isabel de Freire de la vida de mi señor Garcilaso; aunque dudo que pueda ser borrado de todos los libros de poesía que han corrido por mis manos. Pero yo, ahora en el mío, a tinta, tacho el nombre de Isabel de Freire y lo sustituyo por Guiomar Carrillo. ¿Cómo te vine en tanto menosprecio? ¿Cómo te fui tan presto aborrecible? ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento? Si no tuvieras condición terrible, siempre fuera tenido de ti en precio y no viera este triste apartamiento.

Menos mal, que todos los Salicios, Nemorosos y Albanios que aparecen en las Églogas son el reflejo en cristalinas aguas de Garcilaso de la Vega; y eso me llena de consuelo.

Ya tengo ganas de poder volver a correr por los campos y caminos que rodean el castillo de Batres; y soñar también con Beatriz de Sá, la portuguesa, de la que cuentan todos los romances que fue la mujer más bella que vieron sus tiempos; y soñar también que paseo por sus valles con la jovencísima Magdalena de Guzmán, la hermosa Camila.

Pero si les cuento la verdad, todos en Toledo terminamos enamorados de Beatriz Carrillo, esa mujer de condición terrible.





 

sábado, 7 de noviembre de 2020

UN DÍA DE DIFUNTOS, CON LARRA

Como no me estoy quieto, y viendo que el Día de Difuntos todo el mundo acude a los cementerios a ver a los vivos; este año he pensado que debía de hacer caso a Mariano José de Larra quien tenía claro, adelantándose a Dámaso Alonso, que Madrid era una ciudad de un millón de muertos. 

— Si quieres ver muertos, no vayas a los osarios, Norberto, salgamos a las calles, ahora desoladas por las visitas a los cementerios, y acudamos con tranquilidad al lugar donde trabajan y habitan los muertos de verdad— dijo Larra.

Y sin dudarlo me lancé con él por las calles de Madrid, mientras él gritaba: ¡Necios! ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Dónde vais cuando vosotros sois los muertos?

Esa mañana del Día de Todos los Santos nos citamos en la Plaza de Neptuno; él, de oscuro, con larga capa y cuello romántico y yo con una cazadora y unos pantalones vaqueros. Se adivinaba a la legua cuál de los dos era el poeta. No sabéis cuánto envidié su indumentaria.

—Subamos por aquí — y me señaló Larra con el dedo la carrera de San Jerónimo— vamos a saludar a los vigilantes leones traídos de África.

Asentí con agrado porque nunca había visto Madrid así. Solitaria. Todos habían salido en este largo puente vacacional a visitar a sus difuntos o... se había declarado una pandemia. Nos paramos frente a Daoiz, el león de la derecha, forjado con cañones africanos; pero, puro lamento.

—Ahí lo tienes—dijo Larra— un gran lugar lleno de muertos que creen que están vivos porque van escupiéndose vanas palabras de charlatanes.

—Bueno, ahí sigue el gobierno— un mal que bien necesario.

—¡Qué me vas a contar a mí! —grita — que apoyé esa revolución de Mendizábal, que yo creía que podía sacar del atraso nuestro país, para acabar decepcionado por la desamortización. No veas lo que sentí cuando vi que el propio Mendizábal había aprovechado su propia ley para comprar un convento y sus tierras en el proceso desamortizador. En fin... como para no pegarse un tiro.

Lo miré. Pensé que el oro, ya sea del rey o del pueblo todo lo pudre, y le pregunté entonces que «quiénes estaban dentro», pues dudé si estábamos viviendo su tiempo o el mío.

—¿Quién vive ahí dentro del Congreso, me preguntas? Aquí no viven, aquí yacen: «Aquí yace media España, que murió de la otra media» Es difícil saber qué defienden estos cadáveres— me dice Larra.

Larra tiene veintiséis años y le quedan unos meses para que se pegue un tiro. Pertenece a ese siglo de jóvenes con un talento sin igual y que antes de los treinta años habían dominado con pañuelo suave la literatura. Y recuerdo a esos jóvenes cadáveres, hoy Día de difuntos, Larra, Espronceda, Bécquer... Pero no pasó sólo en España, ahí está la joven Inglaterra con Keats, Shelley o Byron. Un siglo y una Literatura llena de cadáveres que murió de la otra media.

—El cuerpo del Santo— y saca del bolsillo un ejemplar de la Constitución de 1812— lo tiraron al mar en Cádiz en el año 23 que fue donde nació. No duró nada, esta Constitución murió niña, el tiempo de regresar a las cavernas.

Yo pensé en la mía, la de 1978, una Constitución que ha durado cuarenta años y tiene que seguir defendiéndose de tigres y rasgaduras; y eso que mucha gente creyó que sería como el Estatuto Real de 1836, cuyo epitafio es: «Aquí yace el Estatuto, nació y murió en un minuto»

— Bueno, Larra, en eso tengo que confesarte que nuestra Constitución, sigue viva. Atacada cada día desde que nació durante la Transición; pero, al menos, no debemos visitarla este Día de Difuntos.

—Pues, vámonos corriendo del Congreso, que todo lo malo se pega.

Larra y yo seguimos paseando por un Madrid desierto, mientras él continuaba perorando un Día de Difuntos sobre su millón de cadáveres: «La calle de Postas», «la calle de la Montera». Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio. Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat! Correos. «¡Aquí yace la subordinación militar!».

«Joder», pensé, «también en mis días yace el comercio, la industria, la buena fe y el negocio. Estos escritores son inmortales y adivinos. O es que no hay manera de cambiar al ser humano y siempre estamos con lo mismo».

—Larra, no te preocupes— le dije — también en mis días, de ese comercio y esa industria no quedan más que huesos. Será mejor que vayamos a tomar un vermut a cualquiera de esos sepulcros que conocemos. 

Y al unísono en una calle de la Montera desierta comenzamos a gritar:
«¡Fuera la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!»

Todas esas palabras parecían repetírsenos a un tiempo con los últimos ecos del clamor general de las campanas del Día de Difuntos de 1836 ó de 2020. Larra pensó en su año y yo en el mío.


domingo, 18 de octubre de 2020

MUERTE A ESPRONCEDA, UN CANTO A TERESA MANCHA

Cuando me preguntaban de adolescente que qué quería ser de mayor yo siempre pensaba que en su corazón nadie puede desear otra cosa que "ser José de Espronceda":

El romántico por excelencia, el creador de su propia leyenda, el Byron español, el joven que con 15 años fundó la sociedad secreta Los Numantinos para luchar por la causa liberal en compañía de los adalides libertarios de la época, el admirador de Riego, el versificador del general Torrijos fusilado por la libertad en las playas de Málaga.

Espronceda, el cadete de la Academia de Artillería de Segovia que, rápido, abandonó para ser el joven lector de versos de la Academia del Mirto bajo la mirada atenta de Alberto Lista; el exiliado en Lisboa, vía Gibraltar, llevado de sus instintos de ver mundo, el exiliado en Londres, donde volvió loca al amor de su vida, la bellísima Teresa Mancha, casada con un hombre de negocios de origen vasco que hacía dinero en las islas de la pérfida Albión; el poeta que secuestró a su amada Teresa en París, como si fuera una moderna Helena, consiguiendo con versos, carne y besos que abandonara a su marido e hijos para fugarse con él; el joven que luchó en las barricadas en la ciudad del Sena en 1830 por la Libertad; su vuelta a España, terminando como diputado en Cortes y muriendo, como buen romántico, a la increíble edad de 34 años.

Así que yo, miraba al señor que me preguntaba que qué quería ser de mayor y pensaba: "Ahí lo tienes, José de Espronceda, no digo que lo superes, iguálamelo". A ver si eres capaz de llegar donde yo estoy: ¿Dónde estoy? Tal vez bajé a la mansión del espanto, tal vez yo mismo creé tanta visión, sueño tanto, que donde estoy ya no sé.

Por eso lo perseguí como un lobo, sobre todo por las noches, por la sacramental de San Justo; por la calle de la Cruz, tomando copas los jueves, donde vivió Espronceda, siempre exiliado en esa Europa del Norte que los escritores españoles convirtieron en liberal mientras pintaban de un falso negro el cielo en España, siempre pagados por la mano extranjera, que todavía nos dura. 

Y lo perseguí por la calle Santa Isabel, donde agarrado a la verja del número 13 ó el 18, que poco importan los números, lloraba intensamente por su amada Teresa Mancha que estaba muriendo en esa noche, sola, pobre y abandonada después de haber dado su juventud y su vida a un poeta, culmen del Romanticismo, y que yo he bajado de su pedestal para ponerla a ella; porque Espronceda con la mujer más bella de sus días demostró su cobardía y demostró que si hubo una persona en ese siglo que se llenó de Romanticismo esa fue Teresa Mancha; santa diosa, mi espíritu encendía, imaginando mi fe pura sueños de gloria al mundo y de ventura.

¡Espronceda! Tú, tu pirata con cien cañones por banda, tu estudiante perverso, el mismo diablo mundo y todos los mármoles antiguos, ya podéis bajaros de ese pedestal; que voy a poner a Teresa Mancha mientras tú te quedas eternamente mirando a través de la verja de una vieja casa de la calle Santa Isabel, en una noche alumbrada con solo dos faroles amarillos como la muerte, cómo expira esa mujer símbolo del Romanticismo, joven cautiva, al rayo de la luna, lamentando su ausencia y su fortuna.

Bájate del pedestal, Espronceda, que yo voy a poner a Teresa Mancha. Ya sabemos lo que tú has hecho; tú y tus amigos poetas que al final el Arte fija la Historia; y sobre todo la Mitología y la Leyenda. Incluso, con ese desesperado Canto a Teresa llevaste tu Yo romántico únicamente a ensalzarte a ti y a tu capacidad de amar a una mujer y a la voz de su dulzura que inspira al alma celestial cordura; pero en esa balanza amorosa la única verdad era que tú nada significabas al amor comparado con Teresa.

No lo contaste todo; incluso, para justificar tus traiciones al corazón la dibujas en ese Canto inmortal como una mujer perdida, una mujer arrastrada a lo más bajo de la calle, mísera, a perderte y era llorar tu único destino; roída de recuerdos de amargura, árido el corazón, sin ilusiones, la delicada flor de tu hermosura ajaron del dolor los aquilones; sola, y envilecida, y sin ventura, tu corazón secaron las pasiones; tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran, y hasta el nombre de madre te negaran.

¿Porqué escribes así de Teresa que lo abandonó todo por ti, que abandonó a esos hijos y a su marido en un hotel de París cuando te cruzaste en su camino? ¿Por qué al llegar a España con ella no rompiste con los convencionalismos sociales y la hipocresía, tú que eras tan romántico y rebelde, y te la llevaste a una mancebía cercana a la de tu madre, donde tú te quedaste a vivir, para tener a esa bella mujer a mano, pero sin enfrentarte a las tradiciones puritanas que tanto aborrecías?

El Canto a Teresa es una obra de Arte y fijará tu leyenda y la de Teresa, pero a partir de ahora en el pedestal del arte romántico español está la bellísima figura de Teresa Mancha; mientras que tocando sus pies, mientras gritan por su abandono, estaréis tú, José de Espronceda, tu pirata con cien cañones por banda, tu estudiante perverso, el mismo diablo mundo y todos los mármoles antiguos.

Por eso, cuando paso de madrugada por delante de la verja de la calle Santa Isabel y te veo agarrado a los barrotes de hierro, sin permiso para entrar, mientras miras cómo a la luz de dos faroles amarillos en su patio expira la voz, el cuerpo hermoso y el alma inmortal de Teresa Mancha, me alegro de tu dolor. Tú fuiste el culpable de su abandono. No mereces otra cosa.

¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
¡ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días,
no consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh! los que no sabéis las agonías
de un corazón que penas a millares
¡ah! desgarraron y que ya no llora,
¡piedad tened de mi tormento ahora!

Cuando ahora me preguntan quién hubiera querido ser, ya no digo José de Espronceda; ahora quiero ser el mayor exponente del Romanticismo español: Teresa Mancha.















lunes, 5 de octubre de 2020

A MARGARITA MANSO, MUERTO DE AMOR

La primera vez que vi el nombre de Margarita Manso, mientras preparaba un viaje a Sevilla para celebrar a mi manera, y póstumamente, el centenario de Góngora, fue en un ejemplar usado del Romancero Gitano que compré en el Rastro hace muchos años: Muerto de Amor, a Margarita Manso.

Todas las dedicatorias me intrigan porque siempre juego a adivinar las ocultas razones que impulsan a un escritor a dedicar una obra; por ejemplo, Borges dedica El Aleph a Estela Canto sumido en su abandono y dándola por muerta, como a Beatriz Viterbo, en una metáfora infinita.

Así que me dije: "Federico sabe mejor que nadie quién es Margarita Manso", porque vio cómo en sus ojos sin querer relumbraban cuatro faroles. Y posiblemente, sea ese amor muerto o frustrado o de trágico destino que todos llevamos dentro el que le hizo anotar su nombre de esa manera.

Para empezar a buscarla me hice con la biografía lorquiana de Ian Gibson, un imprescindible en el universo español del siglo pasado; y luego, con las cartas de Dalí y las entrevistas del maestro de Cadaqués; y en todos aquellos escritos en los que las sinsombrero, encabezadas por Maruja Mallo podían informarme. Con Maruja Mallo, una artista más grande que su nombre, todavía hay muchas cuentas pendientes, más allá de que Alberti, Neruda, Miguel Hernández o el hombre más guapo que había conocido y que se lo birló Federico, Emilio Aladrén, hubieran terminado en sus brazos.

Así que no tuve más remedio que perseguir a Margarita Manso, muerto de amor, en sus años de estudiante de pintura en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid haciendo de la vida locura y del arte vida con Dalí, Maruja Mallo, Federico y con su amor, Alfonso Ponce de León... quitándose los sombreros en la Puerta del Sol en un acto de rebeldía mientras les lanzaban piedras, por ligeras, como si se hubieran desnudado con la mente y con las manos; o vistiéndose de hombres para entrar en lugares sagrados, prohibidos entonces a las mujeres, cerca de enhiestos surtidores de sombra y sueño.

Como Dalí, Margarita se avino al amor de gacelas prohibidas en una habitación de la Residencia de Estudiantes con Lorca, que soñaba mientras ella lo llenaba de suspiros, cuando la noche llamaba temblando al cristal de los balcones, en un encuentro que lo grabaría a fuego el poeta de Granada y Margarita en su memoria, finalmente de oscura y sombra vestida, arrebatada por la serpiente venenosa de la guerra. Aquella noche, con Dalí mirando, Federico y ella forjaron el sueño de toda una nación. Allí quedaron sus almas para siempre, perseguidas por los mil perros que todavía no las conocen.

¿Qué pasó con Margarita Manso?, me pregunté. ¿Qué pasó con la luz cultural, la libertad, la alegría y la vida de la más hermosa pintora, artista y musa de la generación del 27? Margarita Manso se convirtió en su metáfora, cuando Federico escribió en su Romancero: a Margarita Manso, Muerto de Amor.

Margarita se enamoró como una loca de un compañero que estudiaba con ella en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el hombre más guapo que vieron sus ojos, Alfonso Ponce de León, un galán de cine y pintor, que la convirtió en su musa. Alfonso era muy amigo de Federico y trabajó con él, pintando los decorados de la compañía de teatro La Barraca para llevar los clásicos al mundo rural.

Alfonso Ponce de León pertenecía a Falange. En agosto de 1936 mataron a Federico en Granada. Parte de la piel de Margarita se erizó, como aquella tarde en la desnudez de la Residencia, por los disparos.

Ella y Alfonso permanecieron en Madrid, se casaron, eran jóvenes, pintores de la luna, y se amaban con locura. Pero una tarde de septiembre de 1936 cuando venían del trabajo e iban a entrar en su casa, un grupo de anarquistas los estaban esperando y se llevaron a Alfonso, su amor, a una de las checas republicanas. Era 29 de septiembre, de madrugada, cuando fue asesinado en la carretera de Vicálvaro. Tristes mujeres del valle bajaban su sangre de hombre, tranquila de flor cortada y amarga de muslo joven. A los dos días también fueron asesinados los dos hermanos de Alfonso y su padre.

Con el asesinato de Alfonso, Margarita Manso dejó de ser libre; y a partir de aquella tarde ni tan siquiera soñó que fue capaz de quitarse ante todos el sombrero y de desnudarse delante de Federico.

A partir de ahí, hay otra vida, hay otra historia que ni tan siquiera ella, la mujer libre, la sinsombrero de la Puerta del Sol, se atrevió a contar, cuando el mar de los juramentos resonaba no sé dónde.

Margarita Manso, musa de Alfonso Ponce de León
Si van por el museo Reina Sofía podrán ver el cuadro de Alfonso Ponce de León titulado El Accidente


Cuadro Antro de Fósiles - Maruja Mallo y Margarita Manso
A veces pienso que Margarita Manso no existió; y me llena de tristeza.

¡Vaya foto bonita de la Generación del 27!


En la Residencia de Estudiantes, nada será como hace cien años