martes, 13 de octubre de 2015

BÉCQUER, CARTAS DESDE MI CELDA

Dos motivos fundamentales me llevaron siendo muy joven a la Escuela de Náutica de San Telmo; el primer motivo fueron las noches de navegación que pasé con Steersman, que fue el responsable de esos iniciales embarques en los que desafié al ballenero de Melville, al vengativo largo de Stevenson, al pirata de Conrad, y a todos los ingleses juntos de Galdós; y el segundo fue la necesidad de buscar a un joven poeta que estudió en esa escuela siendo niño, cuando ya era huérfano: Gustavo Adolfo Bécquer.
Sí, señores, por esas casualidades que trae la vida y el tiempo, Bécquer y el Steersman, mi padre, estudiaron en la misma escuela. La Escuela de Náutica de San Telmo:

En mar sin playas onda sonante, 
en el vacío cometa errante, 
largo lamento 
del ronco viento, 
ansia perpetua de algo mejor,
sí, señores, 
¡eso soy yo!

Un profesor de literatura me comentó que eran dos los poetas que habían levantado la poesía en lengua castellana; uno, Garcilaso, con quien viví ocho años en Toledo, y que se trajo bajo el brazo de sus campañas de Italia todas las formas de Petrarca, y el otro Bécquer que cambió la escritura y sus signos trescientos cincuenta años después, cuando los versos castellanos andaban medio muertos. Aunque ninguno de los dos fue consciente de su legado.

Ya estuve combatiendo con don García Lasso de la Vega contra el rey francés muchos años; ahora con una carta de recomendación de mi padre, como antiguo alumno de San Telmo, voy a perseguir a ese tal Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida Bécquer, descendiente de flamencos que sueña, como yo, con ser un joven poeta de fama universal y que, como yo, soñaba que la ciudad que lo vio nacer se enorgulleciese con su nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando la muerte pusiese un término a su existencia, lo colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en todas magníficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento.  

Nada más verlo, le he pedido que me deje acompañarlo, que yo también quiero la fama y la gloria postrera que sólo puede entregar el Arte, al que desde ese momento y en su presencia, como él, me consagro; aunque este joven poeta desea llegar mucho más lejos, quiere ser inmortal, yo también, yo hubiera querido ser un rayo en la guerra, haber influido poderosamente en los destinos de mi país, haber dejado en sus leyes y costumbres la profunda huella de mi paso; que mi nombre resonase unido; y como personificándola, a alguna de sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y de estrépito, caer en un combate, oyendo como, el último rumor del mundo el agudo clamor de la trompetería de mis valerosas huestes, para ser conducido sobre el pavés, envuelto en los pliegues de mi destrozada bandera, emblema de cien victorias, a encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos donde vive el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su color misterioso e indefinible.

No tienen fin nuestros sueños, será motivado porque sólo tenemos 15 años:

Aún para combatir mi firme empeño 
viene a mi mente su visión tenaz... 
¡Cuánto podré dormir con ese sueño 
en que acaba el soñar!

Hemos estado dos años dando clases de pintura, su hermano Valeriano no se separa de nosotros, en los talleres de Antonio Cabral Bejarano, y luego con su tío Joaquín. En cuanto hemos podido, él, su hermano Valeriano, que sueña con ser pintor, y yo nos hemos ido a Madrid para, juntos, alcanzar la gloria.

Nada fue como soñamos. Vivíamos de pequeñas colaboraciones y de escribir zarzuelas y comedias baratas y satíricas; imaginando una gran obra. Se ha enredado en hacer un libro acerca de los templos de España. ¡Magna ocupación!, pero nos come la pobreza.

Como todos no hubo un momento de su vida en que no estuviese enamorado. Julia, Casta, Isabel, Catalina, Rosa… Como todos, fueron más los desengaños que los besos y como todos, sobrevivió a la bohemia con sus dosis amplias de penurias y tuberculosis. 

Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar; 
podrá romperse el eje de la tierra 
como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte 
cubrirme con su fúnebre crespón; 
pero jamás en mí podrá apagarse 
la llama de tu amor.

Menos mal, que esos periódicos con marcados tintes políticos nos acogieron a los tres, a su hermano Valeriano como ilustrador, a Gustavo Adolfo como escritor y a mí como chico de los recados. Acogí mi puesto con agrado porque no iba a permitir que mi orgullo truncara la más grande enseñanza del poeta que aún estaba por venir.

Gustavo Adolfo, se dio a la prensa política, para comer y publicar. Todo cuanto publicó fue en periódicos. Y alguna vez tuvo los pies en la tierra, como cuando ganaron los liberales, los suyos, y acogió con agrado el sillón y el sueldo de censor de novelas de la mano del presidente del gobierno González Bravo y de Alberto Lista. Tú, Bécquer, ¿censor de novelas?, ¿quién lo hubiera dicho? Pero no debes preocuparte, nadie sabrá los nombres censurados, los libros apagados y los versos tachados por tu mano. Tú, el poeta del amor, no admite más censura que la del aire y los gorriones.

Y menos mal que en esos tiempos en los que gobernaron los suyos le dieron ese espacio en el periódico El Contemporáneo, donde también escribía Juan Valera, porque, primero, hubiera muerto de hambre y además fue el único lugar en el que consiguió publicar parte de su obra, que pudo bien perderse porque la prensa diaria lo admite todo, y en contraprestación se hace banal, caduca, ligera y de fácil olvido.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste 
de los páramos cruza, 
valle de eternas nieves y de eternas 
melancólicas brumas; 
en donde esté una piedra solitaria 
sin inscripción alguna, 
donde habite el olvido, 
allí estará mi tumba.

Por fortuna, sus amigos se encargaron de buscar en los antiguos periódicos cuanto pudo haber escrito. Si no es por el pintor Augusto Ferrán, que buceó en todos los números de El Contemporáneo y de La Ilustración de Madrid, su obra se hubiera perdido. Y si no es por esos amigos que encontraron el manuscrito del Libro de los Gorriones y vendiendo los grabados de su hermano Valeriano y también ayudados por una benéfica colecta lo editaron, se hubiera evaporado en polvorientos baúles la mejor poesía española de los siglos XIX y XX; porque después de Bécquer, llegó Bécquer en los labios de todos los poetas que hasta hoy están escribiendo en lengua castellana.

Por cierto, el manuscrito del Libro de los Gorriones está en la Biblioteca Nacional, la viuda de un poeta lo vendió en los años 90 del siglo XIX por 25 pesetas. Hasta el día de hoy la poesía ha dado más hambre que gloria.
Parece que es mal negocio casarse con un poeta; pues Casta Esteban, la que fue mujer de Gustavo Adolfo Bécquer, años después, deambulaba por Madrid, vendiendo unas fotografías de su marido para poder subsistir. Galdós compró una de ellas. Está en el museo que este escritor tiene en Canarias.

Pero lo que yo de verdad quería todavía estaba por venir, mi más preciado aprendizaje aún no lo había escrito Gustavo Adolfo, la tercera carta desde su celda que sería publicada en El Contemporáneo. 

Y llegó mi momento; la tuberculosis lo está matando y ha decidido junto a su hermano Valeriano y a su familia ir al Monasterio de Veruela, cerca de Tarazona, para ver si recupera su frágil salud.

El monasterio de Veruela es un lugar hecho para poetas. Sus piedras, que rezuman pasado colocadas a la medida de los románticos, no van a ayudar a sus pulmones, ni a su hermano al que también ronda la muerte sin él saberlo; pero los senderos, las atalayas semiderruidas, el áspero viento del Moncayo que despeja el páramo con afiladas escobas, y una recaída de su enfermedad van a voltear su pensamiento, la razón de sus desvelos; también la visita a esos cementerios, fríos y oscuros, donde los muertos descansan de verdad, no como los de las ciudades, van a hacer que Gustavo Adolfo reconsidere todos aquellos desvelos que tuvimos siendo jóvenes y que aquella gloria buscada a costa de hambre, miedo y no poco sufrimiento nada valía. Se ha visto morir y ha leído su historia y lo vivido, y ha sacado las conclusiones que sacamos todos cuando los años se nos echan encima; pero ha escrito su carta para todos sus lectores, también para mí:

Todavía queda algo que arde allá en lo más profundo, pero rara vez sale a la superficie. Las palabras amor, gloria, poesía, no me suenan al oído como me sonaban antes. ¡Vivir!... Seguramente que deseo vivir, porque, la vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes sin ambiciones con esa facilidad de la planta que tiene a la mañana su gota de rocío y su rayo de sol; después, un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba que me cubra con su mano de raíces, por ultimo, un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos.
He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad y concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida. 
No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón de azúcar, en uno de los huecos de la estantería de una Sacramental para esperar allí la trompeta del Juicio, como empapelado, detrás de una lápida con una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e indicando precisamente el día y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. 
Esta profunda e instintiva preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, a casi todas las que he ido abandonando en el curso de mi vida: pero, al paso que voy, probablemente mañana no existirá tampoco, y entonces me será tan igual que me coloquen debajo de una pirámide egipcia como que me aten una cuerda a los pies y me echen a un barranco como a un perro. 
Ello es que cada día me voy convenciendo más de que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.

¡Vivir!, eso es lo que debemos ambicionar, ¡vivir!, menos mal que leí a Bécquer cuando tenía quince años y aspiraba a ser un poeta hambriento que como a Víctor Hugo, recogiera la gloria y la posteridad.
¡Vivir!, ese es el secreto de la tercera carta de Bécquer. ¡Vivir! 
Eso fue lo que de verdad aprendí en el monasterio de Veruela, y lo que me salvó de morir ahogado en mi propia sed de gloria, cuando encima quería dedicarme a uno de esos dones que no quiso darme el cielo. Por eso me dije, lo importante es que yo esté donde de verdad quiero estar; esa frase se la robé a una bella holandesa. 

Con la tercera carta de Bécquer en la mano ¿Qué he hecho hasta ahora?

Pues tratar de estar siempre, donde de verdad quiero estar:

Hace muchos años anduve llevando camiones, en sitios donde poca gente quería hacerlo, como hizo Hemingway o Erri de Luca... y me dije: estoy donde quiero estar. 
Después anduve enredado en contabilidades y análisis de balances y costes sin fin, como Pessoa y Rulfo... y me dije: estoy donde quiero estar.
Luego me pasé ocho años dando clases, como Mallarmé, Salinas o Dámaso Alonso, y me dije: estoy donde quiero estar.
Después me pusieron a trabajar con periodistas en lejanas fronteras, como Kapucinski, y me dije: estoy donde quiero estar.
Luego, a alguien le dio por decir que podía hacer videos y llevar un periódico como Cunqueiro, y me dije: estoy donde quiero estar.

Y eso que yo nunca fui lo que quise ser; pero aun así estoy donde quiero estar.










lunes, 5 de octubre de 2015

MARTIN AMIS: ÉXITO O LA ESENCIA DE LA FELICIDAD



Como todos, fui joven; como todos, quise tener éxito. Ese traidor que llega de fuera, creyendo que sabe lo que de verdad necesitas, y que amparado en el placer y en el gozo tanto íntimo como público suele dominar todos nuestros movimientos; pero que siempre converge en una palabra difícil de definir: el vacío.

Nunca quise ser un tipo normal, de esos que pasarían diariamente a tu lado por la calle sin que lo mires, ni notes su presencia, y a quien jamás reconoces. Ha habido en mi vida la cuota normal de muchachas, y me ha tocado la cuota normal de desasosiego, turbación y agradecimiento.

Aunque yo no lo quiera, lo soy. Soy un tipo normal. Mi aspecto es corriente, parezco un educado empleado de nivel medio proveniente de las clases modestas.

Para cambiar, he decidido irme a Londres. Allí tengo dos amigos, Terry y Gregory que junto a su hermana Úrsula podrán aconsejarme.

Gregory es un hombre admirado, pasea por las zonas más exclusivas del West End, tiene un gran coche, trabaja en una Galería de arte y vive las noches y las fiestas diariamente; aunque parezca extraño, resulta muy aburrido ser acosado a todas horas y continuo objeto de disputas. Es la cara del éxito: Sólo piensa en el sexo.

Terry, es todo lo contrario, se imagina convertido en una rutina, una rutina triste como la de todos los personajes que conoce, y se cree que no hay un lugar en el mundo para él. Es la cara del fracaso: sólo piensa en el sexo.

Úrsula, su hermana, anda entre dos mares, medio desquiciada, dando clases de administración; no está muy centrada y alguna vez ha pensado en recurrir equivocadamente a los barbitúricos. Según Terry, es que la locura se está democratizando, y ya no es cuestión de clases. Sólo piensa en el sexo.

 Llevo una semana con ellos en este apartamento del centro de Londres, moviéndome entre su éxito y su fracaso, y jamás he encontrado en una historia a tres seres más vacíos: simplemente hazlo, ese es el asunto. Embauca, intimida, abusa, soborna, ruega, solloza, incita, ponte pelma, maldice, amenaza, estafa, miente; pero hazlo. Son pocas palabras o, al menos, pocas razones para definir el camino del éxito o del fracaso.

Ellos son las caras de esa misma moneda que se denomina vacío; aunque a veces confundan ese término con las palabras éxito o fracaso. Sin embargo, ellos todavía no lo saben, son jóvenes; y por el momento no se preguntan quién los protegerá cuando sean pobres, estén calvos y se hayan vuelto locos; por eso se mueven de manera tan ágil entre la verdad y la mentira.


Nada más simple que su juego de relaciones. No tienen nada. Parecen tres personas o tres personajes sin alma. Son seres sin ninguna doblez, con una única cara. ¿Y para cuando el amor?, ¿para cuando soñar?, ¿para cuándo vivir con una amplia y franca sonrisa?, ¿para cuándo el gozo del aprendizaje en la alegría y en el dolor?

¿Es la sociedad o son ellos? ¿Eso es el éxito?: Pues, se parece mucho a la ruina.

El temple de la gente se ha desgastado; los malvivientes van ganando; todo el mundo acepta el hecho de que tiene que hacerse más detestable para sobrevivir. El mundo se nos está poniendo cada vez peor.

Definitivamente me voy de Londres. Terry y Gregory nada pueden aportarme. Uno y otro, aunque andan cambiándose el éxito y el fracaso con el paso de las páginas, siguen los dos vacíos: todo es carne, todo es dinero, todo es sexo.

Me hubiera gustado en este libro algún personaje que hubiese amado un poco, aunque sólo fuera un poco. Quiero todo eso y quiero todo eso. No quiero lo que él tiene, pero quiero lo que él quiere.


Con este graduado de Oxford he aprendido que casi nadie quiere ser lo que es. Pero no es eso lo importante; lo importante es qué hacemos con lo que somos. Porque, si no tenemos cuidado, ese vacío, que siempre viene de fuera cuando creemos que viene de dentro, fácilmente se adueñará de nosotros.

Para estudiar ese raro concepto que nos promete la más cruel de las felicidades, Martin Amis es un autor demasiado crudo como para leerlo sin el aliño del desapego y la media distancia.

Con Terry y Gregory y Úrsula he aprendido que es la inteligencia emocional la que mayormente toma parte en el logro de la felicidad, esa inteligencia que guía nuestras relaciones personales y sociales, esa inteligencia que marca nuestro tiempo y el que nos rodea; y a la que tan poco caso hacemos, porque sólo tenemos ojos para cuidar a esa otra inteligencia del conocimiento.

¿Y Terry? ¿Qué es lo que pasa ahora con él? No me digan que ha conquistado el éxito.
 
 
 
 












domingo, 20 de septiembre de 2015

EMILY DICKINSON Y EL MAPA DEL CIELO

- ¡Has venido a Amherst!
- Sí.
- ¿Y cuánto tiempo has tardado en llegar?
- Ciento treinta y cinco años.

Ella me habló desde la planta de arriba. No quiso bajar. Dicen que desde hace muchos años no quiere ver a nadie. Vive con su poesía, sus símbolos y sus sueños, escondida en su cuarto. Una mesa, una cama de barrotes, una silla de aenea, un jarrón de porcelana y una palangana, un toallero junto a la ventana y un armario color caoba lleno de vestidos blancos. En Amherst la conocen como el mito.

Hace tiempo que sólo viste de blanco, como una virgen, como una monja o como una poetisa del purgatorio. Nadie puede confirmar si ha amado alguna vez. Hay quien ha visto en el predicador Charles Wadsworth la pena de sus deseos. Sólo se han encontrado dos veces.
También apuntaron a un pretendiente que trabajaba en el bufete de su padre y que le había regalado, poco antes de morir, un libro de poemas de Emerson y que Emily guardaba como si fuera un tesoro…
Y muchos ojos, acusadores, dicen que ama a su mejor amiga, Susan Gilbert, que ha terminado casándose con su hermano:

¡Oh, Susan!: Con excepción de Shakespeare, tú me has transmitido más conocimiento que cualquier otro ser vivo.

A mí, sinceramente, no me importa si terminó encerrada treinta años, sin salir de su casa, por un desengaño amoroso, por una madre absorbente que padecía enfermedades sin fin, por un padre exageradamente estricto, por una enfermedad mental, porque quisiera dedicar su alma a la poesía en una habitación propia, midiendo la violencia de un corazón de poeta en un cuerpo de mujer; o porque yo no llegué a tiempo. A mí lo único que me importa es que esta mujer, que siempre vistió de blanco, consiguió lo que muy pocos han hecho: dibujar con versos un mapa del Cielo. 

Sí, señores, soy egoísta, (como todos ustedes), no lo niego. Yo estoy aquí, simplemente, para que me dé el mapa del Cielo que esconde en su baúl:

Nunca he hablado con Dios,
Nunca he visto el Cielo,
Y, sin embargo, conozco el lugar
Como si tuviese un mapa de él.

Emily no me ha dejado subir a la planta de arriba. Ella habla desde la balaustrada y yo la escucho desde la antesala. Dice que no va a publicar nunca, que eso sólo lo hacen quienes necesitan dinero: sólo la pobreza justificaría una cosa tan vil. ¿Quién quiere ser alguien? ¡Qué aburrido!

Le digo que Borges pone en boca de Alfonso Reyes, que los autores publican para no pasarse la vida corrigiendo borradores. “No les creas”, me comenta, “vanidad y pobreza, esos son los dos secretos de la publicación”. Y empieza a despotricar de ese tal Higginson que le ha publicado cinco poemas sin ella autorizarlo, descuartizándolos porque ha puesto un título y ha cambiado sus queridísimos guiones de sitio.

Yo aún no he publicado nada, le digo, pero hay una novela que tengo en un cajón que no me deja vivir; no me deja escribir otras cosas. “Deshazte de ella, y vuelve a nacer de nuevo”, me aconseja. ¿Que me deshaga de ella?, ¿después de veinte años? Tengo tantas dudas. La he empezado y terminado doce veces… ¿seguro?

Hallar descanso en lo incierto
Está en el ser de la felicidad.

Sé que alguna noche ha salido a pasear por el jardín de la casa de su padre.

- Puedo esperar a la noche para hablar contigo, Emily.

Ha rechazado mi invitación porque me dice que ella ve el mar en los setos de brezo de la casa y que vive el verano en el deambular de las abejas y las flores:

Yo jamás he visto un páramo
y el mar nunca llegué a ver
pero he visto el alma de los brezos
y sé lo que las olas deben ser.

Rápido, me quito la careta y le explico el motivo de mi viaje:

- Emily, he venido a que me des el mapa del Cielo que escondes en ese baúl lleno de versos. 
- No tengo ningún mapa- me contesta.
- Lo tienes, pero aún no lo sabes. Emily, déjame subir.

Él era débil y yo era fuerte, 
después él dejó que yo le hiciera pasar
y entonces yo era débil y él era fuerte,
y dejé que él me guiara a casa.

No era lejos, la puerta estaba cerca,
tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,
no había ruido, él no dijo nada,
y eso era lo que yo más deseaba saber.

El día irrumpió, tuvimos que separarnos,
ahora ninguno de los dos era más fuerte,
él luchó, yo también luché,
¡pero no lo hicimos a pesar de todo!

He abierto su baúl, lleno de trozos de papel desperdigados. Ella se ha quedado de pie, junto a la puerta, mirándome. Pienso que debería arramplar con el baúl entero, que ahí, como un libro de arena infinita está el mapa del Cielo que vengo buscando.

Me paro a mirarla y veo que un par de lágrimas ruedan por sus mejillas. Le digo que coja el baúl, sus poemas, un par de vestidos blancos y venga conmigo a ver el mar porque los ojos de los brezos solo pueden mostrarte un mar de sueños, y los ojos del jardín un verano prescindible.

Siguen rodando lágrimas por sus mejillas y me contesta que no, que va a seguir treinta años encerrada en su cuarto en la casa de su padre, cuya puerta nunca volverá a atravesar para salir.
Y eso que ella sabe que:


La dicha se vende una sola vez.
Perdida la patente
nadie podrá comprarla nunca más-
Díganme, pies, decidan la cuestión
¿debe cruzar la señorita, o no?

De entre sus papeles, cogí el mapa del Cielo que estaba buscando y salí de aquella casa de la ciudad de Amherst, sabiendo que ella, como dice Borges, prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo.

Como si ella fuera de una raza solitaria y extraña…


sábado, 12 de septiembre de 2015

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, VENDRÁN MÁS AÑOS MALOS Y NOS HARÁN MÁS CIEGOS

                                    
                                    

Con Rafael Sánchez Ferlosio y su Jarama hice un viaje a La Coruña, cuando llegar al fin de la Tierra, que era mi destino, costaba un día entero en tren. La Sierra de Madrid y los ríos Jarama y Guadarrama los había visitado con mucha asiduidad buscando un poco de historia de la Guerra Civil; no faltan trincheras, búnkeres, vainas de munición, y otros desperdigados retazos de aquellos tiempos que trajeron aquellas guerras. Describiré brevemente y por orden estos ríos, empezando por Jarama: sus primeras fuentes se encuentran en el gneis de la vertiente sur de Somosierra, entre el Cerro de la Cebollera y el de Excomunión. Corre tocando la provincia de Madrid, por La Hiruela y por los Molinos de Montejo de la Sierra y de Prádena del Rincón.
¿Me dejas que descorra la cortina? Me gusta ver quién no pasa.

Rafael Sánchez Ferlosio parece que no cae bien a nadie, porque es de ese tipo de personas que descubre con una facilidad abrumadora las fallas, los defectos, las inmoralidades y las traiciones que viven en nuestra alma y que nunca nos gustan que aireen. ¿Qué se creerá ese?

Yo siempre intenté caerle bien y pronto le expresé todo aquello que yo pensaba que él había hecho por la cultura; y sin avisar se saca de la manga un papel firmado por un tal Walter Benjamín que pone escrito: No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.

Este tipo de gente se busca enemigos en todos los frentes, trata por igual a todos los impostores, él incluido, sin importarle el color, ideología, raza, culto o devoción: Es que la voz más pobre se hace siempre la más autoritaria: no consiguiendo ya ser entendida, tiene que resignarse a ser obedecida.

Mientras abre la cortina de la ventana, me explica con voz agria: no es cuestión de lo que se vea o se deje de ver. Yo no sé ni siquiera si lo veo; pero me gusta que esté abierto, capricho o lo que sea. De la otra forma es un agobio, que no sabes qué hacer con los ojos, ni dónde colocarlos. Y además, me gusta ver quién pasa.

Con ojos social-realistas, que el rechaza, ha estado viendo la sociedad durante un siglo, y con ojos de realismo mágico (o eso cuentan) la miró veinte años antes que esa novelística sudamericana que deslumbró: una noche de lluvia descendió sobre el jardín un viento remoto. Alfanhuí tenía la ventana abierta y el viento se puso a agitar la llama de su lámpara. Se estremecieron, en las paredes, las sombras de los pájaros…
Él, como no podía ser de otra manera, abomina de las dos y espera que sus ensayos sean, si quedase algo, su palabra postrera.

- Permítame, señor Ferlosio, que no esté de acuerdo con usted- y empiezo a contarle en detalle mis experiencias personales con la novelística hispanoamericana.

- Las llamadas experiencias personales, quizás sean necesarias, y hasta pueden reportar en ocasiones alguna utilidad, pero es de todo punto imprudente e inadecuada la garantía que suele atribuírseles- dice mientras sigue observando por la ventana.

Hay algunos que le recuerdan de dónde viene, otros le observan dónde está y otros le auguran dónde va; pero él sabe que no puede caer bien a nadie y les explica la razón de tener ideas: Tener ideologías no es tener ideas. Estas no son como las cerezas, hasta el punto de que una misma persona puede juntar varias ideas que se hallan en conflicto unas con otras. Las ideologías, en cambio, son como paquetes de ideas preestablecidas, conjunto de tics fisionómicamente coherentes, como rasgos clasificatorios que se copertenecen en una taxonomía o tipología personal socialmente congelada. Sólo hay unos cuantos tipos de persona, y cada cual desea ser reconocido por aquellos a quienes pertenece.

Ahora sí que los ha cabreado a todos; los pasajeros de delante apelan a la libertad de ideología individual (-Eso no existe-, repite), los de la parte de atrás llaman a la revolución, los de los asientos de la izquierda al orden y los pasajeros de la derecha invocan a la tolerancia.

- ¿Ves, Norberto? Nadie ha hablado de la palabra indulgencia: Tolerancia no, como si cualquier credo fuese bueno dentro de sí mismo, sino todo lo más indulgencia, porque lo que sí es seguro cuando menos, es que todos son malos fuera de sí mismos.

-Ahí queda eso-, le digo al maestro, y le comento que me alegré mucho cuando vi a nuestro Rey entregándole el Premio Cervantes, que durante largo tiempo mereció; porque la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero.










martes, 1 de septiembre de 2015

ALFONSINA STORNI, MUJER Y LIBRE


A Mar del Plata arribé embarcado en la goleta La Milagrosa, bogando desde el Brasil y persiguiendo piratas para dejar a secar sus cabezas en los finos salones de esa noble ciudad.

Embarcar en La Máquina del Mundo me llevó veinte años, hasta que decidí volver a tierra y dedicarme a otro tipo de oficios, porque me di cuenta, un poco tarde, que cada nueva letra que escribía no hacía sino separarme de aquello que buscaba. Al igual que Alfonso Reyes, resolví que no era tiempo de pasarme la vida corrigiendo borradores, ni en Mar del Plata, ni en Ubatuba, ni en Sanlúcar, ni en Ginebra, después de haber andado más de veinte años cortando cabezas bucaneras:

“El verbo es el hecho. El verbo es pasado, presente y futuro. Es la única forma gramatical que lo contiene todo”. De esta manera bautizaban a las cosas y los hechos, usando sólo verbos. El capitán Pascual Pareja, cuando agarró la cabeza del holandés para aserrarla, fue nombrado por éste como: “el que mata”. Y así como “el que mata”, anduvo un tiempo bogando desde el Mar del Plata hasta el Brasil buscando bucaneros y siendo fiel a su calificativo.


“Antes de irte no olvides pasarte por la Playa de La Perla”, me dijo una maestra argentina, que a mí me pareció muy bella aunque tuviera el pelo cano, la mirada triste y un pecho enfermo, con las venillas del pezón convertidas en espinas; y a ver si puedes perder la mirada distraídamente, perderla y que nunca la vuelvas a encontrar y, figura erguida entre cielo y playa sentir el olvido perenne del mar.

Sentarme a ver la mar es mi especialidad, pues embarcado o en tierras de la Argónida he pasado muchas horas sin más vocación ni oficio. Además hubo un tiempo que al igual que Alfonsina, saqué un abono para la soledad, dedicándome a dar largos paseos, pernoctar solo en hoteles que siempre me parecieron oscuros, leer libros de versos, pues terminé prohibiéndome la novela, y hablando en demasía y a destiempo conmigo mismo; sin quererlo, por supuesto; pues no creo en beneficio alguno de esa impostora. ¡Los días que fueron, los días perdidos, los días inertes ya no volverán! ¡Qué tristes las horas que se desgranaron bajo el aletazo de la soledad!

Alfonsina Storni tenía la cara redonda, unos ojos que brillaban sin necesidad de que se le reflejara la luz, una sonrisa partida en dos y un alma brava.

Desde luego, todo el mundo que pasaba por la playa de La Perla la conocía. Los jóvenes, nada más verla, empezaban a recitar algún pequeño poema de memoria; y las adolescentes forraban sus libros con sus versos de libertad femenina, de valor reconocido, de insumisión a la palabra, de insumisión a los hombres y de insumisión al corazón. De mujer y libre.

Esas jóvenes de aquellos años estaban hechas de otra pasta porque leían a Alfonsina con devoción, llevaban bajo el brazo un libro de Cortázar sin necesidad de explicación alguna y ya habían descubierto a Borges. Las adolescentes de ahora han cambiado esos libros por otros que vienen de la mano del marketing, la publicidad, el puro entretenimiento y de aquello que mueve el dinero que todo lo pudre.

Ella, la maestra que, siendo niña, para ganarse la vida tuvo que afanarse de madrugada cosiendo para la calle cuando le enrojeció los ojos la costura, corva la espalda, firme la paciencia, el pan escaso en mala pieza oscura, me explica con versos cómo es su alma de poeta, porque quien viene a la playa de La Perla viene a hablar con ella de almas y de versos:

Alma que nada sabe y todo niega
Y negando lo bueno el bien propicia
Porque es negando como más se entrega.

Alma que siempre disconforme de ella,
Como los vientos vaga, corre y gira;
Alma que sangra y sin cesar delira
Por ser el buque en marcha de la estrella.

En la playa de La Perla, después de esperar lo que nunca tuvo, Alfonsina, cada madrugada, se dirige al mar, para seguir siendo libre, mujer y poeta.
Por eso la noche antes de salir de Mar del Plata, descorazonado porque mis bucaneros, mis capitanes intrépidos y mis mujeres amadas andaban deshaciéndose en otros lugares y tiempos, me senté en el banco en el que Alfonsina siempre me había esperado:

Te esperaré en nuestro banco
y por gustarte vestiré de blanco.
No esperes, al llegar, que yo me mueva
de la glorieta que nos finge cueva.

Me lo suele impedir el corazón
que a tus pasos se pone en desazón.
Mi corazón está tan castigado
que como un vaso morirá trizado.

Ella sólo se mueve cada madrugada para hundirse en las ondas del mar, que ya la han cercado en la tierra, porque quería ser mujer y libre; o libre y mujer que son sinónimos, como todo el mundo sabe.
Pero en la playa de La Perla ella habla con todos, incluso conmigo; y eso que yo, equivocado, la quise blanca, la quise pura.
Por cierto, no te preocupes si llegas allí y te dicen que ha salido.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides...

Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Seguro que cuando pase esta fiebre de productos audiovisuales de consumo ligero, las adolescentes volverán a llevar en las portadas de su cartera los versos de Alfonsina Storni (1892- 1938), mujer y libre, que como todo el mundo sabe son sinónimos.

Cogeré el vuelo en cinco horas, he mandado por correo mis historias de bucaneros, navíos, antepasados indómitos y mujeres gloriosas porque tenerlas cerca ya me hacen mal. Nunca pensé en publicar, pero esta maldita Máquina del Mundo no merece otra cosa. 
Antes de irme beso los pies de Alfonsina y la dejo mirando la mar tal como ella es:

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
Como una romana, para concordar

Con las grandes olas, y las rocas muertas
Y las anchas playas que ciñen el mar.

jueves, 13 de agosto de 2015

KLABUND, MAHOMA, LA NOVELA DE UN PROFETA


Que todo hombre haga lo que quiera hacer, piense lo que quiera pensar, ejercite sus habilidades y sueñe su sueño en libertad.
Libertad, coraix, libertad a todo el que es hijo de una madre. A toda mujer, hija de un padre.

Así habló el Profeta y los cubrió con su voz como un escudo.

Ya no hay duda de que este hombre ha de traer la paz y la concordia a las tribus del desierto, que hasta ahora viven en continua beligerancia, zozobra y preocupación, pues sólo la muerte y la esclavitud rodean sus continuas disputas. Ahora que escucho a este hombre; más humano que cualquiera de los hombres, he de descreer de los dioses Lat y Uzza que rodean la piedra sagrada. Escalaré el monte Hira, me uniré a coptas, beduinas, cristianas y judías. Me uniré a todas las tribus.

Se acabó. Con oro comprabais esclavos. Pero un esclavo es una persona como vosotros, con sangre en las venas y un alma en el corazón. ¡Que sean libres todos los hombres! Porque todos los hombres son hermanos creados según la única imagen del único Dios.

Él mismo cuenta cómo se le apareció el Arcángel Gabriel para traer un nuevo mensaje de esperanza y serenidad; recitando palabras de tolerancia y paz.

Este hombre pide milagros para los leprosos. Su pierna izquierda era poco más que un muñón verdoso carcomido por gusanos blancos, a todos los convirtió en animales y fueron felices.

Ha creado un Estado en Medina, con el simple significado de ciudad, Mahoma llegó a Medina cuando el astro se dirigía hacia el oeste y hubieron pasado doce noches del mes de rabia-l-awwal. Ha introducido el impuesto de pobreza y ha dado la libertad a todos los esclavos y esclavas. Ha desdeñado el oro y habla de un solo Dios, el del amor. No ¡oro!, sino ¡espíritu! Después de pronunciar esas palabras alguien lanzó una piedra sobre él y luego muchos otros lo hirieron gravemente. Pero él no se arredra, sus ojos hablan por él y de su boca siguen saliendo palabras que alterarán para siempre el futuro del desierto y de su mundo: Pero, vosotros, nobles señores y ricos mercaderes, ¿qué sois vosotros? ¡Rígidas estatuas de heces cubiertas de vestidos de seda!

Anda recitando, dicen que no sabe leer ni escribir, un Libro que suena como si fuera música. Otros, más tarde lo escribirán sobre piel de cordero, pergamino, papiro o papel. Otros, más tarde, lo interpretarán y el mensaje de aquellos que se rindieron a la voluntad de Dios correrá por caminos nunca sondados por el Profeta.

Una noche volvió a aparecérsele el arcángel Gabriel con un caballo blanco y subiéndolo a su montura en un nocturno vuelo de estrella lo llevó a Jerusalén: En el cielo de Jerusalén se le acercaron Abraham, Moisés y Jesús para abrazarlo y llamarlo hermano. Juntos oraron y Mahoma les leyó de su libro que todavía no estaba escrito: El Corán. Cuando hubo terminado todos lloraron y Cristo lo besó. El Cristo, nuestro Cristo.

Este hombre ha prohibido la práctica del infanticidio femenino, muy común en la Arabia de aquella época, concedió el derecho a la mujer a la educación, y a poder tener propiedades y a heredar, y por ende a realizar actividades mercantiles. Nada dice el Corán de que las mujeres deban llevar velo o que deban recluirse en habitaciones distintas de la casa. Eso ocurrirá cuatro o cinco generaciones después de la muerte del Profeta. Y yo me extraño.

Y ha mandado a su mujer cristiana, María, la copta, a recorrer la ciudad de La Meca cantando la segunda sura del Corán: somos Dios, venimos de él y a Él nos conduce nuestro camino. Combatid para dios a los que son contrarios a Él y a vosotros. Sed fuertes y valientes: que el espíritu os anime. Pero no seáis los agresores. Dios no ama a los agresores. Ese hombre habla del derecho a defenderse, nunca a agredir, nunca a hacer daño. Sin perdón no hay vida. Sin perdón no hay paz. Si alguien mata a un ser humano es como si hubiera matado a toda la Humanidad.

No negaré que he rezado en las Mezquitas de Beirut y Marjayoun.
No negaré que he rezado durante la Pascua ortodoxa, camino de Trevinje.
No negaré que he rezado por el rito maronita junto al río Hasbani, afluente del Jordán.
No negaré que oí rezar en hindi, a un Dios desconocido, uniéndome como mejor supe a mi compañero.
No negaré que me he arrodillado ante una estatua de Buda en Chengdú.
Y no negaré que sentí alegría cuando, en Cambridge, unos buenos amigos mormones rezaron por mi recuperación cuando me lesioné luchando por un balón en el reino de los Icenos.

Porque nunca he conocido una religión que no tratara de que la bondad y la libertad del hombre se impusiera sobre la perversidad, la crueldad y la podredumbre del alma humana; motivo por el que creo que la religión es ese bien impagable que posee nuestra alma gracias a Dios; por mucho que los extremistas, los asesinos y los violentos quieran adueñarse de ella porque Dios, no hay Dios más que Él y para Él tiene el nombre de BONDAD.

Dando vueltas por esas ferias ambulantes de libros descatalogados y vendidos al peso, me encontré con un raro y delgado volumen escrito en alemán acerca de Mahoma y firmado por un tal Klabund, que rubricaba otros papeles más mundanos como Alfred Henschke; y que, adscrito a la corriente expresionista, llena de sueños y de mitos la biografía del Profeta, mezclándolos con su mundo interior. Merece la pena leerlo.

Muchas veces he escuchado la llamada al rezo desde el minarete de una mezquita, en Sarajevo, Mostar, Marjayoun, Beirut, Sidón, Bamako, Koulikoro..., y siempre la oí como si fuera la palabra de Dios, porque siempre he pensado que sólo los hombres buenos son capaces de hablar con Dios:

Admito que no existe más Dios que Alá
Admito que Mahoma es el apóstol de Dios
Venid a rezar
Venid a rezar 

domingo, 19 de julio de 2015

DIECIOCHO POEMAS, DIECIOCHO WHISKYS CON DYLAN THOMAS

Nunca jamás, por sobre todo,
temas al lobo con su capucha baladora
ni al príncipe con colmillos en la granja solaz, ante la cáscara
y el barro del amor,
teme, sobre todo y siempre, al ladrón manso como el rocío.

Cuando me resolví a ser poeta, como la White Horse Tavern me quedaba muy a desmano, decidí irme a altas horas de la madrugada a la taberna del Amanecer, justo en la orilla del mar, y allí escribir mi primer libro de versos que titularía Dieciocho Poemas. Ya me imaginaba su traducción al inglés, Eighteen Poems.

No era el día de mi cumpleaños, porque yo nací un invierno, pero sí que era el día del cumpleaños de un poeta a quien yo empecé a perseguir, sin entenderlo, porque me deslumbró su manera de pintar, sólo con palabras, imágenes hasta ahora no reconocidas en la poesía. Al menos, para mí.

Un profesor, de esos que no abundan, me dijo: no trates de comprender toda la poesía de Dylan Thomas, lo único importante es que serás otra persona después de haberlo oído. Con él importa el sonido, (motivo por el que me apuré con mi inglés), importan las imágenes y los símbolos y el nuevo uso que el galés le dio a la metáfora; ten en cuenta que a él le gustaba redimir los contrarios con imágenes secretas.

Esa madrugada de entre las dos tareas que Dylan Thomas da a los hombres en su poema Sin trabajar con las palabras decidí coger la más maldita, qué otra cosa se podía hacer con veinticinco años:

Si me pongo a quemar o a resarcir el mundo
lo cual es la tarea de cada uno de los hombres.

Con veinticinco años me decidí a quemar el mundo y no a resarcirlo, que ya tendría tiempo para otro tipo de oraciones cuando mi dolorido cuerpo fuera el que decidiera por mi espíritu.

El camarero se sorprendió cuando le pedí dieciocho whiskys. La verdad es que no le conté que era para escribir dieciocho poemas; porque así, seguramente, lo hubiera entendido. También es verdad que el poeta galés que me acompañaba se dejaba ver poco. Porque ese poeta de rizos, con pinta de guiri que me acompañaba, fue el que me lanzó el órdago: He bebido dieciocho whiskys seguidos sin parar, creo que es un buen record.

Era de madrugada, apenas había nadie en el bar, y el mar se oía latir suave. Abrí mi libro en cuya portada aparecía la foto de Dylan Thomas y con poca luz empecé a leer y a beber:

Quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenía una importancia muy secundaria; lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo.

El Amanecer permanecía abierto las 24 horas y el mar, con seguridad, seguiría allí durante varios veranos seguidos, así que decidí tomarme con calma los dieciocho whiskys y los dieciocho poemas:

Hay manos que golpean en la puerta ¿Debo abrir o quedarme solo hasta el día que muera sin ser visto por extraños ojos en esta casa blanca?¿Les abro o no les abro mi corazón?
¿Qué guardáis el veneno o las uvas?

Vi un barco salir por la desembocadura: ¿He de correr hacia los barcos?, ¿o he de quedar hasta el día que muera sin dar la bienvenida a marinero o a extranjero alguno?













El poeta galés y yo nos quedamos solos en el Amanecer, el sol todavía no había salido, y yo llevaba bebidos 11 whiskys, y escritos veintidós versos mal alineados. Ya había decidido que no moriría sin ser visto por extraños ojos en mi casa blanca. Que mi destino estaba lejos. Así que me decidí, si sobrevivía a los dieciocho whiskys, a buscarme una profesión en la que yo fuera el forastero.

Y también había decidido, de la mano del bebedor poeta de rizos, cómo me gustaría conocer a la muerte. El galés me dijo: todavía eres joven,  sonrió y recitó con su voz distinguida:

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.


                              

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.


Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Esta historia ocurrió cuando era yo un muchacho presuntuoso y una pizca de hombre  y el negro escupitajo de los feligreses; pero desde entonces llevo conmigo un libro de versos de Dylan Thomas, porque los grandes poetas tienen la rara facultad de escribir poemas para que siempre sean leídos por primera vez.




                               



El libro que tengo en mis manos es de la Editorial Corregidor  traducido por Elizabeth Azcona Cranwell,  No se que tiene la Argentina conmigo que siempre acabo en sus brazos.



sábado, 4 de julio de 2015

ASESINANDO A SÓCRATES




Me han contado que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los Cielos y en las entrañas de la Tierra y sabe convertir en buena una mala causa, que anda corrompiendo a los jóvenes y que a los hombres de negocio y a los políticos les va echando en cara sin ninguna vergüenza su afán por el dinero, la fama y la riqueza; y que ha proclamado, mirando a los ojos a jueces y a oradores, que la mayor virtud que pueden tener consiste en decir la verdad. ¿Quién se ha creído que es ese Sócrates?

Y encima con chulería, ese Sócrates impío, que no hace otra cosa que pasear por los aires su filosofía y otras extravagancias similares, mirándonos a los ojos da por bienvenido su futuro: venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

Desde hoy Sócrates vas a ser condenado a muerte. Desde hoy, Sócrates, cada día el poder corrompido, va a hacerte beber la cicuta pues es preciso obedecer a la ley y defenderse. No importa que tu amigo Querefon haya ido al oráculo de Delfos y, preguntando al dios por el hombre más sabio del mundo, la Pythia, en trance, le haya respondido que eres tú Sócrates. Tú que te atreves a proclamar que el sol es una piedra y la luna una tierra, cuando todo el mundo sabe que son dioses.

Sócrates, si esta sociedad está basada en el éxito, la búsqueda de la riqueza, la fama, el ser en todo el primero, en la injusticia y en la insolidaridad cómo te atreves a criticarla cada día, esta sociedad que te da de comer. Bien es verdad que participaste en tres guerras, en Potidea, en Anfípolis y en Delio, y te portaste con valor obedeciendo a tus generales, arriesgando tu vida por la libertad de esta sociedad que ahora te condena, porque eres incapaz de no cumplir las leyes, hombre recto o eso crees; y para confirmarlo pones de testigo a tu inexcusable pobreza.

Que la confirmación de la rectitud de un hombre, integridad, honradez, dignidad venga avalada por su pobreza es claro síntoma de que debes recibir un justo castigo a tu desfachatez y seas condenado cada día a beber un vaso de cicuta; aunque vuelvas a decirnos mirándonos a los ojos cada día que la muerte no es nada, lo que no hay que cometer nunca son iniquidades e injusticias. No es difícil evitar la muerte, lo es mucho más evitar la deshonra y la maldad que marcha más ligera que la muerte.

Y encima sigues creyendo que eres inocente, ¿cómo va esta sociedad a perdonarte? ¿Inocente?, cuando proclamas que a qué penas van a condenarte por no haber callado las cosas buenas que aprendiste toda tu vida, por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades. ¡Sócrates, vamos a asesinarte cada día! ¡No tienes remedio!

¡No piensas parar nunca! Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los hostiguéis, los atormentéis, como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren las riquezas a la virtud, y que se creen algo cuando no son nada; no dejéis de sacarlos a la vergüenza, si no se aplican a lo que deben aplicarse, y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros.

Bebe la cicuta, Sócrates y vete ya a tu infierno de moralidad, no has entendido nada de nuestra sociedad.

Sí, es tiempo de que me retire, yo para morir, vosotros a vivir, ¿entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

¿Vuelves a amenazarnos con tus veladas palabras, Sócrates? No importa, mañana volveremos a asesinarte; y así nos pasaremos nuestra vida asesinando a Sócrates.