domingo, 9 de noviembre de 2014

TAN BUENOS CHICOS, PATRICK MODIANO

Si hay un lugar en el que se cumplen todos los sueños, ese lugar se llama infancia y adolescencia; porque luego, con el tiempo, viaje uno al territorio que viaje, sin remedio, empezará a instalarse en él, una cierta melancolía, cuando no desesperación, por el simple hecho de que en el presente nunca somos lo que deseamos en el pasado.

Ahora, muchos años después, sabemos con seguridad que el pasado sólo promete algo diferente de lo que uno sueña, y lo único que podemos pedirle es que, al menos, nos desee suerte.
Desde que ella nos llevaba a cenar, los alrededores de París han cambiado tanto. He paseado mis huesos por todas partes, incluso he estado tres años en La Legión.

Acabo de retomar a Patrick Modiano y he vuelto al colegio donde estudié de niño, el Valvert, con la suerte de que he logrado ver a través del calidoscopio de la literatura mi infancia y mi futuro, saltándome el presente, que es lo más mágico que pueden deparar los libros.

Creo que el señor Jeanschmidit quería acostumbrarnos a nosotros, que éramos hijos del azar y de ningún sitio, a las ventajas de una disciplina y a la sensación reconfortante de tener una patria.
Modiano, aunque no nos conoce de nada, nos vuelve a acercar, a aquellos profesores que tuvimos, con sus manías, de quienes en aquel tiempo ya sabíamos cuál era su destino porque su madurez ya les había caído encima como una losa,  y que se guardaron el secreto de contarnos que la madurez nuestra no iba a ser cómo la pensamos, y que poco iba a contar nuestro nivel de estudios y nuestro dinero a la hora de llamar eso que suele nombrarse con la palabra genérica de felicidad. Cada uno de los antiguos alumnos del Valvert ha tenido una vida y nada es lo que soñaron, y nada es como lo vivieron en el pasado cuando todos eran iguales.

- Sabe usted, ya no me llamo señora Portier…, la vida es tan complicada…
Y llena de revueltas.

Modiano tiene el talento, con breves encuentros, quince o veinte años después por esos azares que nos depara el destino, de que Patrick, que ahora es actor de poca monta, coincida con los antiguos alumnos del colegio Valvert, y en no más de una página nos descubra el pasado que ha tenido cada uno de ellos estos últimos quince años y, sobre todo, el futuro que tienen ahora entre las manos. Para la mayoría de nosotros el deporte fue un refugio. Desgraciadamente, todos nosotros, los antiguos alumnos de Valvert, teníamos inexplicables ataques de depresión, accesos de tristeza que cada uno trataba de combatir a su manera. Todos teníamos, según la expresión de nuestro profesor de química, el señor Lafaure: un tornillo flojo.

Yotlande sigue pensando que el mundo es una fiesta, y se da cuenta de pronto, de una manera casi imperceptible que había envejecido. En los rallyes que seguía frecuentando, cada vez escaseaban más la gente de su edad: el trabajo, el matrimonio, la vida adulta, los devoraban uno tras otro.

Desoto, ese niño mimado, hijo de millonarios, expulsado de Valvert por su actitud displicente y su carácter poco dado a recibir negativas, y ya se sabe que cuando no se aprende de niño a perder ya no se aprende de adulto a vivir, es la ecuación de primer grado que apenas te enseñan en la escuela.
Hay lugares que atraen como un imán a las almas sin brújula y rocas inquebrantables bajo la tempestad. Teníais que ver ahora a Desoto en manos de una mujer ambiciosa que quiere su dinero y que está a punto de declararlo incapaz de regir su propio destino.

Kurt, no quiso abandonar París cuando llegaron los nazis, a pesar de que su abuela intentó persuadirlo, ahora se arrepiente. Allí en su casa, percibí un leve perfume de naufragio en aquel apartamento, un poco como en el de su abuela.

Christian, cuya madre nos invitaba a los dos a cenar los sábados en aquellos alrededores de París que ahora han cambiado tanto, y que recibía en su casa misteriosas visitas, se llenó del moho del futuro que es mucho peor que el del pasado. Aguas temporales por las que se mueve Modiani, como un depredador.

Charell, junto a su mujer, se deslizan por las pendientes de la droga, que la juventud lo llevó al antiguo alumno de Valvert, por otros caminos y otras compañías. Y Newman, ¿qué decir de Newman? Ellas quieren que lo liquide. ¿Quiénes son ellas? Estaba perplejo. Aquella bruma de hacía quince años seguía adherida a la piel, aquel arte que tenía de no responder nunca a las preguntas concretas.

Después de leer a Patrick Modiano, me han entrado ganas de que el azar me vuelva a deparar algún encuentro con aquellos antiguos alumnos del internado del Instituto Social de la Marina, a los que perdí de vista con catorce años y que en mi imaginación yo les escribí su propio futuro que tal vez se haya cumplido nunca. Tan buenos chicos.




domingo, 2 de noviembre de 2014

EN LA FIESTA DEL CHIVO CON VARGAS LLOSA






Ya no recordaba cómo empezó aquello, las primeras dudas, conjeturas, discrepancias, que lo llevaron a preguntarse si en verdad todo iba tan bien, o si, detrás de esa fachada de un país que bajo la severa pero inspirada conducción de un estadista fuera de lo común progresaba a marchas forzadas, no había un tétrico espectáculo de gentes destruidas, maltratadas y engañadas, la entronización por la propaganda y la violencia de una descomunal mentira.


Nunca creí en el magnicidio como una forma de resolver los problemas de un país, más bien justo lo contrario, pero como todo el mundo sabe, y enseñan en cualquier escuela de guerrilleros, la violencia define y con una justa dosificación de violencia unos pocos aventureros son capaces de hacer que todos los demás empuñen un arma. Así que aquí estoy en el kilómetro 9 de la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal.

El pueblo celebra
con gran entusiasmo
la fiesta del chivo
el treinta de mayo.

A la República Dominicana llegué con una mujer, no voy a negarlo. Decidí irme allí después de estar casi un año en un lugar donde la violencia definía de verdad, tan de verdad que me contaron que hasta los pianistas, quién podía imaginarlo, andaban combatiendo. Allí, en la ciudad donde habían convivido, sin fisuras, las tres culturas del Libro, hasta los pianistas mataban con sus propias manos, algo increíble. "Vámonos a Santo Domingo", me dijo la mujer que me había esperado casi un año y me recogió en el aeropuerto de Madrid. No pregunté por qué a Santo Domingo, nunca pregunto esas cosas, y menos cuando se tienen ganas de huir de todas partes. Así que aquí estoy en el kilómetro 9 de la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal.
Nada más llegar me enteré que Santo Domingo llegó a llamarse Ciudad Trujillo, hace tal vez treinta y cinco o cuarenta años. Siempre he pensado que no es buena idea cambiar los nombres con que forjó la historia a las ciudades y menos con las señas de un tirano, llámense Estambul, Alejandría, Jerusalén o Sevilla.

Poco más adelante, ve a los dos haitianos descalzos y semidesnudos sentados en unos cajones, al pie de las decenas de pinturas de vivísimos colores, desplegadas sobre un muro. Es verdad, la ciudad se llenó de haitianos. Entonces no ocurría. Del Jefe se dirá lo que se quiera. La historia le reconocerá al menos haber hecho un país moderno y haber puesto en su sitio a los haitianos. El jefe encontró un paisito barbarizado por las guerras de caudillos, sin ley ni orden, empobrecido, que estaba perdiendo su identidad, invadido por los hambrientos y feroces vecinos.

Ya me había dolido mucho que José Vasconcelos se dedicase a prologar esas Meditaciones Morales de la mujer de Trujillo, que se las daba de literata, aunque lo achaqué a esa necesidad del mecenazgo  que siempre tienen los poetas. Y me dolió también que Henríquez Ureña, eminente filólogo, trabajara como secretario de Educación para el tirano; aunque, afortunadamente, el acoso e intento de derribo al que sometía Trujillo a la mujer de Ureña lo hiciera largarse a Méjico donde la lengua española ganó un gran gramático y escritor.

- Ha venido a visitarla el Presidente, señora.
- Dígale que la mujer de Pedro Henríquez Ureña no recibe visitas cuando su marido no está en casa.

Después de esa contestación no cabe más remedio que largarse de la República Dominicana, no sea que les pasase lo que al Barajita y al Valeriano, a quien Trujillo primero condenó y luego los perdonó: Bueno, Johnny Abbes, los locos, sólo son locos, suéltalos. Al jefe del Servicio de Inteligencia se le agestó la cara: "tarde, excelencia. Los echamos a los tiburones ayer mismo".  Así que aquí estoy en el kilómetro 9 de la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal. Me paro junto al teniente amado García, que acaba de salir del coche, me presento y le pregunto tratando de averiguar por qué en esos treinta y un años cristalizó todo lo malo que arrastrábamos desde la conquista. No sabe qué decir. Yo sé que él está ahí porque Trujillo hizo que matara al hermano de su novia, y él apretó el gatillo. Tarde, aquella bala salió hace tiempo.

Yo tengo claro que ando por aquí, porque la violencia define, y nadie se salva de ella.
Has llegado a comprender que tantos millones de personas , machacados por la propaganda, por la falta de información, embrutecidos por el adoctrinamiento, el aislamiento, despojados del libre albedrío, de voluntad y hasta de curiosidad por el miedo y la práctica del servilismo y la obsecuencia, llegaran a divinizar a Trujillo. Y eso puede ocurrirle a cualquier nación, cuando ante situaciones que parecen difíciles surgen los proclamados nuevos salvadores. "¿No estáis vosotros ahora así?", me pregunta a mí el teniente Amado García. No hago mucho caso a esa pregunta porque yo ahora estoy en el kilómetro 9 de la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal y es treinta de mayo de 1961 y son casi las 9:45.

Para la pregunta que me ha hecho el teniente Amado García y que yo no contesto, afortunadamente, nos quedan gigantes como Vargas Llosa, que sólo con la pluma es capaz de contestarla y sacarnos de toda duda. Don Mario Vargas Llosa, seguramente, tiene la respuesta a su pregunta, ya que yo estoy aquí simplemente porque la violencia define.





domingo, 26 de octubre de 2014

EL SUPLICIO DE LAS MOSCAS Y ELÍAS CANETTI



Elías Canetti fue un fugitivo. Yo lo conocí en Viena, cuando lo anduve persiguiendo a la vez que acosaba a Twain, Kafka y Roth; y a toda esa legión de malditos que pretendían escribir con osadía y libertad, sin pagar tributo alguno.

Ya sus antepasados, los Cañete, de Cuenca, tuvieron que huir de la España sefardí oprimidos por la intolerancia, para dejarlo, al albur de los tiempos, viviendo en los lugares más inimaginables de Europa; tal vez por eso él soñó con levantarse en un país de fanáticos, en el que de pronto se permita y se respete cualquier opinión.

Pero a mí, Canetti o Cañete no se me escapó. Tampoco los otros, porque cuando Dios quiere que las hormigas mueran le pone alas, y por muchas alas que le diera a Canetti terminaríamos por encontrarlo. A ese pesimista con sangre sefardí lo encontré en Viena. También llegué a las puertas de Tombuctú en Malí persiguiendo a los Qâti, que salvaron de la quema más de quince mil volúmenes de la gran Biblioteca omeya de Córdoba. Todavía, hoy, luchamos en el norte, aliados de los tuaregs, pero esos descendientes de godos conversos han sabido apañárselas muy bien en estos últimos cinco siglos para que esa antigua biblioteca siga respirando y llevando palabras de libertad por las arenas del desierto: La mayor pérdida de Usama, un caballero árabe de la época de las cruzadas: su biblioteca de 4000 volúmenes. Mientras viva su pérdida será una herida en mi corazón.

Ese tal Canetti fue uno de los que me empujó a salir de las cuatro paredes de mi casa buscando libros y como no sabía si agradecérselo o culpárselo; decidí perseguirlo desde Cuenca a Rusia, Viena o Inglaterra, lo perseguí con saña: Has huido del aliento del mundo retirándote a una mazmorra suntuosa donde no sopla brisa alguna y mucho menos un hálito. ¡Oh!, aléjate de todo lo que te es familiar, personal y seguro, desecha toda intimidad, sé valiente. Toma los caminos trillados y rómpelos sobre tu rodilla: si hablas con algún humano que sea de aquellos de los que no volverás a ver. Busca el ombligo del mundo. Desprecia el tiempo, deja escapar el futuro, ese miserable espejismo.

Cuando lo hallé en Viena ya le habían dado el Premio Nobel, eran tiempos en que a los editores, escritores y lectores les gustaba la literatura; sinceramente creo que entre los libros se están metiendo camuflados demasiados hombres de negocios; tanto entre los que escriben como entre los que publican, aunque no hay que quejarse porque desde Homero siempre han sido malos tiempos para la lírica: Como W.H. Auden yo también tengo amplios prejuicios contra los hombres de negocios, será que estoy acostumbrado a mi soldada y ganar más que eso me parece una indecencia, sin distinguir a los que comercian por su espíritu conciliador y a los que comercian por su carácter pendenciero. ¿Dónde está el límite? Es capaz de dejar morir a todos de hambre, pero no puede matar a nadie. A eso se le llama cobardía moral. Y está perfectamente protegida y convenida en nuestros días.

Sí, Canetti, he andado por todos los museos y exposiciones egiptológicas del mundo buscando a la momia del hombre más divertido del Antiguo Egipto tal como me pediste, y también te hice caso cuando era más joven: eres demasiado listo, tienes que perder más. Aunque, a la larga, tengo que reconocer que esos dos consejos me han ayudado mucho, y lo sugiero a todos los jóvenes: Viajad buscando a la momia más divertida del Antiguo Egipto, nada hay más sano que la risa, y perded un poco más, para fortalecer vuestro espíritu, porque así no olvidaréis que el futuro siempre es falso: influimos demasiado en él, y que por muy inteligentes que seamos sólo lo seremos como un periódico, que lo sabe todo, y lo que sabe cambia cada día.








domingo, 12 de octubre de 2014

LOS BIENAVENTURADOS



Pedro Lloros tenia la tripa triste, y la tripa es lo peor que una persona puede tener afligido, porque arrastra a cualquier otro órgano del cuerpo; empezando por la mente, llenándola de la miasma de la necesidad y acaba en el corazón, supurando no poco vicio.

A Pedro Lloros y sus amigos los conocí en una reseña de El Correo Literario del 1 de julio de 1951, que firmaba un escritor vasco de nombre Ignacio Aldecoa, al que terminé persiguiendo con no poca envidia, y al que acabé plagiando (no tenía más remedio) en un cuento titulado Gente de invierno, que publiqué con seudónimo hará unos treinta años en una  revista local de mínima tirada que espero haya desaparecido por completo.
Pedro Lloros se alimentaba de sueños que es el mejor manjar de un pobretón. Pescador era bueno; ladrón algo torpe; vago, muy vago. Odiaba a los gimnastas.

Con Pedro Lloros descubrí unas bienaventuranzas que junto con los fragmentos del evangelio apócrifo de Borges completaron las que yo llevaba a fuego de la mano del evangelista San Mateo.

Bienaventurados los vagos porque sólo son egoístas de sombra o de sol según el tiempo.
Bienaventurados porque son despreciados y les importa un comino.
Bienaventurados porque son como niños y les gusta jugar a cazadores para alimentarse y no para divertirse.
Bienaventurados porque tienen el alma sensible y se duelen de las desgracias del prójimo: de que el prójimo trabaje demasiado, de que el prójimo luche por una posición en la vida, de que el prójimo sea tonto.
Bienaventurados los vagos porque son temerosos de la ley aunque nada tienen que perder.
Bienaventurados porque son como minerales con alma y porque les gusta divertirse honestamente y porque lloran cuando se les hace daño y porque hablan de tú a las estrellas y porque dicen “el padre sol” y “la madre luna” y “la noche serena” o “el día está amurriado”, “o la trucha se pesca en los pocillos frescos y el cangrejo mejor es el de agosto” y saben refranes antiguos y a los vientos les cambian los nombres.
Bienaventurados los vagos.

Después de leer esa proclamación de la felicidad y de la dicha, que hasta ese día no me había planteado, decidí seguir a Pedro Lloros en su deambular por la vida. El primer día me presentó a don Anselmo que ya se preparaba para pasar el invierno en la cárcel porque decía que era un buen sitio hivernar con techo y comida caliente; y posteriormente me introdujo en las vidas de Lino y Andrajos con quienes se hablaba de usted  y junto a los que decidió que había que dar algún golpe para poder cambiar de vida.

Pedro Lloros aprendió sin necesidad de leer los evangelios apócrifos de Borges que no basta ser el último para ser alguna vez el primero, cosa que ya sabemos los que nos llevamos todos los palos; y que no hay por qué amargarse por ello, ya que es feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia y, como Lino y Andrajos, que andan con él persiguiendo una nutria para poner el primer peldaño de una nueva clase de felicidad, sabe que para ser algo más feliz debemos pensar que los otros son justos o lo serán, y si no es así, no es tuyo el error. Por eso él se mira los zapatos gastados, el pantalón raído y el jersey con los codos deshilachados porque ha aprendido con el sol y con las nubes que nadie es la sal de la tierra, y que nadie, en algún momento de su vida, no lo es.

Yo les explico a ellos, pobres vagabundos, que lo que les está pasando es que alguien está jugando con ellos para terminar de explicar los vocablos makários (griego), beatus (latino) y baruck (hebreo): bienaventurado, dichoso, con buena suerte, que en absoluto debemos identificar, como hace este desnortado siglo, con el éxito. El éxito es otra cosa y no siempre buena.

Lean despacio las bienaventuranzas de Pedro Lloros, del Evangelio Apócrifo de Borges y de El Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret contado por San Mateo. Yo les escribo, desde la cárcel del cuartelillo, donde nos espera para este invierno comida caliente y un techo, unos simples ejemplos para que vean que no es la moral la que forja al bienaventurado, si no las circunstancias y, a veces, la baraka.

Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados. (Versículo 5, San Mateo)
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados (Versículo 6, San Mateo)

Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto. (Versículo 4, Evangelio Apócrifo de Borges)
Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria. (Versículo 5, Evangelio Apócrifo de Borges)

Bienaventurados los vagos porque sólo son egoístas de sombra o de sol según el tiempo. (Versículo 2, Bienaventuranzas de Pedro Lloros, Ignacio Aldecoa)
Bienaventurados porque son despreciados y les importa un comino. (Versículo 3, Bienaventuranzas de Pedro Lloros, Ignacio Aldecoa)

Desde luego, aun pasando por la cárcel, estoy aprendiendo no pocas cosas con el Lloros, el Andrajos y el Lino, este último acaba de soltar una sentencia que conviene pensar:

- Sí, Andrajos. Tú que tienes más cultura, lo puedes entender mejor. La vida hay que gozarla, porque luego se te para el reloj y te entierran, con buena suerte, porque si caes por el hospital se dedican a hacerte pizcas y estudiarte.






sábado, 4 de octubre de 2014

FRANCISCO AYALA, EL HECHIZADO



Al indio González Lobo habría que hacerle muchas preguntas, pero todas pueden resumirse en una: ¿Por qué tanto empeño en ser recibido por su Majestad, el rey Carlos II de Habsburgo, al que apodaban el Hechizado?

¿A qué tantos esfuerzos, a qué tantos años malgastados en llegar a su presencia? Pero, ¿cómo explicar que, al cabo de tantas vueltas, no se diga en él en qué consistía a punto fijo la pretensión de gracia que su autor llevó a la Corte, ni cuál era su fundamento? Más aun: supuesto que este fundamento no podía venirle sino en méritos de su padre, resulta asombroso el hecho de que no lo mencione siquiera una vez en el curso de su relación. Cabe la conjetura de que González Lobo fuera huérfano desde muy temprana edad y, siendo así, no tuviera gran cosa que recordar de él; pero es lo cierto que hasta su nombre omite —mientras, en cambio, nos abruma con obsesiones sobre el clima y la flora, nos cansa inventariando las riquezas reunidas en la iglesia catedral de Sigüenza...

Yo, como Francisco Ayala, también he leído con minuciosidad y  hasta el mínimo detalle esa larga relación de hechos de su vida que él mismo se dio a relatar en los años de su vejez en la ciudad de Mérida donde tenía una casa su tía doña Luisa Álvarez. Todos esos papeles originales aderezados con mil prolijidades se encuentran en los archivos de la Biblioteca Nacional a la espera de que algún día la Administración o un editor, de esos que viven alejados de las contradictorias leyes del mercado, los remuevan de las estanterías de la Biblioteca Nacional y los saquen a la luz.

No voy a negar que, como explica Francisco Ayala, no es de fácil lectura estas vivencias del indio González Lobo, pero, aunque fuese únicamente dirigido a los sesudos estudiosos o a doctorandos no faltos de tesón, alguna vez habrá de publicarse el notable manuscrito; yo daría aquí íntegro su texto si no fuera tan extenso como es, y tan desigual en sus partes: está sobrecargado de datos enojosos sobre el comercio de Indias, con apreciaciones críticas que quizá puedan interesar hoy a historiadores y economistas; otorga unas proporciones desmesuradas a un parangón —por otra parte, fuera de propósito— entre los cultivos del Perú y el estado de la agricultura en Andalucía y Extremadura; abunda en detalles triviales; se detiene en increíbles minucias y se complace en considerar lo más nimio, mientras deja a veces pasar por alto, en una descuidada alusión, la atrocidad de que le ha llegado noticia o la grandeza admirable. En todo caso, no parecía discreto dar a la imprenta un escrito tan disforme sin retocarlo algo, y aliviarlo de tantas impertinentes excrecencias como en él viene a hacer penosa e ingrata la lectura. Es digno de advertir que, concluida ésta a costa de no poco esfuerzo, queda en el lector la sensación de que algo le hubiera sido escamoteado.

Después de haber dedicado no poco tiempo a su lectura me atreveré, con tantas probabilidades de error como de acierto, a contestar esas preguntas que el indio González Lobo deja en el aire:
¿A qué intención obedece?, ¿para qué fue escrito? Puede aceptarse que no tuviera otro fin sino divertir la soledad de un anciano reducido al solo pasto de los recuerdos. Pero, ¿cómo explicar que, al cabo de tantas vueltas, no se diga en él en qué consistía a punto fijo la pretensión de gracia que su autor llevó a la Corte, ni cuál era su fundamento?

No parece fácil responder esta última cuestión, sobre todo porque nunca no escribe sobre ello, pero deja constancia del duro trayecto, lo trabajoso y dilatado del viaje, la demora creciente de sus etapas conforme iba acercándose a la Corte (sólo en Sevilla permaneció el Indio González más de tres años), desde su patria americana hasta la Corte en España, hasta Palacio, hasta los mismos pies del rey, uno puede aventurarse a cifrar lo que se quemó en el alma del indio González Lobo cuando llegó hasta los aposentos de don Carlos II de Austria, el Hechizado.  
«Su Majestad —nos dice— estaba sentado en un grandísimo sillón, sobre un estrado, y apoyaba los pies en un cojín de seda color tabaco, puesto encima de un escabel. A su lado, reposaba un perrillo blanco. El rico hábito de que Su Majestad estaba vestido —escribe González— despedía un fuerte hedor a orines; luego he sabido la incontinencia que le aquejaba.»

Ya ha llegado el indio González Lobo al centro del poder, desde América, después de mil vicisitudes. Porque él ha decidido que el poder debe tomar conciencia de las condiciones en la que viven los súbditos en su patria; que el rey, debe estar al tanto de cuanto sucede en las mismas fronteras de su reino, y piensa que el poder, cualquier poder,  si se entera de cuanto él va a contarle dará alguna solución a todos los problemas con los que ha cargado durante tan largo viaje. Y que atravesar mil fuertes y fronteras, (el Consejo de Indias en Sevilla, el Tribunal de la Inquisición, esa nobleza que vale según el número de manos que tocan a tu puerta) habrá merecido la pena. Eso piensa él.

Pero todo se derrumba cuando llega hasta el rey que «viendo en la puerta a un desconocido, se sobresaltó el canecillo, y Su Majestad pareció inquietarse. Pero al divisar luego la cabeza de su Enana, que se me adelantaba y me precedía, recuperó su actitud de sosiego. Doña Antoñita se le acercó al oído, y le habló algunas palabras. Su Majestad quiso mostrarme benevolencia, y me dio a besar la mano; pero antes de que alcanzara a tomársela saltó a ella un curioso monito que alrededor andaba jugando, y distrajo su Real atención en demanda de caricias. Entonces entendí yo la oportunidad, y me retiré en respetuoso silencio.»

El indio González Lobo se da cuenta, entonces, de que el centro del poder (y generaliza a cualquier poder), está siempre vacío, por eso se retira en respetuoso silencio, y piensa que no habrá ideologías, ni tiempos ni sueños que puedan evitar esta quimera. De ahí su retiro a Mérida para pasar sus días escribiendo tan engorroso volumen.

Y para reafirmar mi opinión, andando por las entrevistas que concedió Francisco Ayala, encuentro esto:
"...uno puede estar sosteniendo lo que cree que es lo justo, lo que conviene históricamente, lo razonable, y sin embargo, estar viendo el sufrimiento de todos. En cuanto al poder, existe, simplemente existe. Hoy día las condiciones del mundo son otras, la gente no se quiere dar cuenta de que estamos viviendo en un contexto histórico distinto donde ocurren las peores barbaridades, pero tienen otro sentido".
De esa época es El Hechizado que para Borges era uno de los mejores cuentos en español.

Cierto, el poder, todo poder, no sabemos por qué, está vacío y el indio González Lobo por su propia experiencia lo descubrió.










domingo, 28 de septiembre de 2014

JOB Y JOSEPH ROTH, Y ANTE ELLOS EL GRAN OCÉANO


                                     


Conocí a Joseph Roth persiguiendo a un antiguo soldado que entonces ejercía como inspector de pesas y medidas en un remoto lugar del glorioso Imperio Austrohúngaro que, por aquellos tiempos, andaba desmoronándose igual que el alma del protagonista.

Como viajar por Centroeuropa es andar por tierra judía, allí siempre me he dejado acompañar por aquellos que después de los rezos abren las ventanas y las puertas para que pueda entrar el profeta Elías, de apellidos tales como Roth, Kafka, Walser, Kisch, Pap o Morgenstern.

Joseph Roth me encargó, mientras él se quedaba en París esperando a los nazis, y dudando si seguir bebiendo o suicidarse, que fuera a Zuchnow, una perdida aldea de la antigua Rusia, a tomar alguna que otra nota acerca de Mendel Singer, un judío sobre el que quería escribir un libro. Como cuando un escritor me pide algo soy incapaz de no hacerlo allá que recorrí una centroeuropa en guerra para dar con ese tal Singer. Mendel, un hombre piadoso, temeroso de Dios y muy sencillo: un judío común y corriente, que ejercía la modesta profesión de maestro. Insignificante como su persona era también su cara pálida.
El señor Singer tiene una mujer, Deborah, y cuatro hijos, el último ha nacido muy enfermo, tullido con problemas de movilidad y, tal vez, cerebrales. Él todavía no sabe lo que le espera, no ha leído a César Vallejo: Hay golpes en la vida tan fuertes..., ¡Yo no sé!, golpes como del odio de Dios, como si ante ellos la resaca de todo lo sufrido, se empozara en el alma.

Su mujer, Deborah, que había tenido tantas ilusiones cuando aún era una joven muchacha, ha ido a ver al rabino por si él puede hacer algo por su pequeño inválido. El rabino ante su mirada de asombro, le dice: mantente con él hasta el último momento, cuídalo, Menuchim sanará. En todo Israel no habrá muchos como él. El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte.

El señor Mendel Singer todavía no sabe que sus hijos mayores van a apartarse de él y que su hija anda por el campo con cosacos, hombres lejos de toda ley. Todavía no sabe que un día tendrá que abandonar a su pequeño inválido Menuchim, a quien canta canciones y al que le brillan los ojos con la música. Deborah no para de pedir consejo a los muertos sobre la nieve de las tumbas, ve que la pobreza y esa fuerza centrífuga que siempre trae añadida se los está comiendo. ¿Qué quieres que haga? -decíale Mendel. Los pobres son impotentes: Dios no les arroja piezas de oro desde el cielo, nunca aciertan la lotería y deben aceptar su suerte con resignación. Y Deborah le contesta: el hombre ha de ayudarse y Dios lo ayudará. así está escrito, Mendel, que siempre sabes de memoria la frase equivocada.

El señor Mendel Singer, como Job, va llenando su vida con sus dolores, recogiéndolos en el zurrón de rezos diarios: Miriam sale con cosacos, mi hijo Schemarjah ha sido declarado apto para el ejército y ha huido a América, mi hijo Jonás anda más cerca de la compañía de los caballos y las prostitutas que de nosotros, Deborah está siendo consumida por los años y las privaciones y el pequeño Menuchim solo ha dicho una palabra en su vida:  mamá, y creo que nunca podrá hablar algo más que eso, ni andará nunca. Hay gente con suerte -pensó Deborah-, incluso para los milagros hay que tener suerte. Pero los hijos de Mendel Singer no la tienen. Son hijos de un maestro.

Y ahora cómo le digo yo a Mendel Singer que hay un escritor, que nació en un perdido pueblo del imperio austrohúngaro, que lo va a llenar de pesadillas y de penas y que todavía no sé cuál va a ser el final del libro de su vida. Al menos le diré que el escritor que me ha enviado lo va a mandar a América, ¿a qué vais vosotros a todas las partes del mundo?, el diablo os envía de un sitio a otro. Pero él sabe que va a echar de menos la nieve, su cabaña,  su pueblo de Zuchnow, sus vecinos, y sobre todo al pequeño Menuchim; pero le cuentan que Rusia es un país triste. América es un país libre y alegre. Ya no serás un maestro, serás el padre de un hijo rico; y aunque él no lo cree, viajará en su pobreza moral y material para salvar a su hija Miriam: el Señor creó todo en siete días y cuando un judío quiere ir a América tarda años. Le diré que, aunque es un infortunio que él ande en manos de un escritor judío alcoholizado y huido, no debe perder las esperanzas, porque la gran mayoría de los finales de los libros son felices, ya que los autores cometen muchas veces la imprudencia de pensar demasiado en los lectores; y que al final todo aparece como está escrito en el Libro de Job.

Con tristeza, conociendo lo arduo de su camino, lo dejé cantando los salmos y no pude menos que despedirme con el deseo tradicional: ¡El próximo año en Jerusalén!

En cuanto llegue a París y vea a Joseph Roth, le pediré que a la vida del señor Mendel Singer le de un final feliz, aunque sólo sea en sus últimos días.















sábado, 20 de septiembre de 2014

EN LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ




Cuando Artemio Cruz empezó a morirse me llamaron urgentemente.
De entre todas las agonías a las que he asistido, la de Artemio Cruz fue la más extraña. No porque fuera muy original, ya que, según dicen, todos echamos un vistazo a nuestro pasado cuando llega ese tránsito en el que unos parece que ven la luz y otros las sombras. Pero es que, a Artemio Cruz, el recuento de su vida se le llenó de saltos en el tiempo y de voces que regresaban de su pasado para que no olvidara cómo se había apoderado de las vidas, haciendas y almas de sus semejantes:   

Encenderás un cigarrillo, a pesar de las advertencias del médico, y le repetirás a Padilla los pasos que integraron esa riqueza. Préstamos a corto plazo y alto interés a los campesinos del Estado de Puebla al terminar la revolución; adquisición de terrenos cercanos a la ciudad de Puebla, previendo su crecimiento; gracias a una amistosa intervención del Presidente en turno, terrenos para fraccionamientos en la ciudad de México; adquisición del diario metropolitano; compra de acciones mineras y creación de empresas mixtas mexicano-norteamericanas en las que tú figuraste como hombre de paja para cumplir con la ley; hombre de confianza de los inversionistas norteamericanos; intermediario entre Chicago, Nueva York y el gobierno de México; manejo de la bolsa de valores para inflarlos, deprimirlos, vender, comprar a tu gusto y utilidad; jauja y consolidación definitivas con el presidente Alemán: adquisición de terrenos ejidales arrebatados a los campesinos para proyectar nuevos fraccionamientos en ciudades del interior, concesiones de explotación maderera.

Artemio, que yo no sabía si, de verdad, se estaba muriendo o no, me dijo que nada tenía de lo que avergonzarse, pues él también fue hijo de un hacendado (y una mulata) que lo perdió todo asesinado por los lebreles de un nuevo cacique:

¿Vienes a decirme que ya no hay tierras ni grandeza para nosotros, que otros se han aprovechado de nosotros como nosotros nos aprovechamos de los primeros, de los originales dueños de todo? ¿Vienes a contarme lo que sé, en mis adentros, desde la primera noche de mi vida?

No, Artemio, no vengo a pedirte que te arrepientas de haberte aprovechado de la revolución, de haber traicionado a Gonzalo Bernal, hijo de Gamaliel Bernal y hermano de Catalina, que dice que nunca te amó o al menos nunca pudo perdonarte, porque tú sustituiste a su hijo y hermano, fusilado por unas bellas ideas que terminaron asfixiadas en los filos de los caudillos que emergieron de la revolución para acabar devorándose entre ellos: Villa, Zapata, Carranza, Obregón, Huerta...:

Una revolución empieza a hacerse desde los campos de batalla, pero una vez que se corrompe, aunque siga ganando batallas militares, ya está perdida. Todos hemos sido responsables. Nos hemos dejado dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los mediocres. Los que quieren una revolución de verdad, radical, intransigente, son por desgracia hombres ignorantes y sangrientos. Y los letrados sólo quieren una revolución a medias, compatible con lo único que les interesa: medrar, vivir bien, sustituir a la élite de don Porfirio.

¿En eso ha quedado la revolución?

Si eso es la revolución, no más: lealtad a los jefes.
Sí. Hasta el yaqui, que primero salió a pelear por sus tierras, ahora sólo pelea por el general Obregón y contra el general Villa. No, antes era otra cosa. Antes de que esto degenerara en facciones. Pueblo por donde pasaba la revolución era pueblo donde se acababan las deudas del campesino, se expropiaba a los agiotistas, se liberaba a los presos políticos y se destruía a los viejos caciques. Pero ve nada más cómo se han ido quedando atrás los que creían que la revolución no era para inflar jefes sino para liberar al pueblo. 

Tú lo aprendiste antes que los demás, Artemio, tal vez porque la revolución te arrebató pronto a Regina, la mujer que te siguió como Adelita, por tierra y por mar, trás de tus pasos por la cordillera como un perrito obediente: El amor de Regina pagaría la culpa del soldado abandonado.

El médico pincha el estómago de Artemio, pero él no se preocupa por una muerte lenta porque sabe que sólo la muerte súbita es de temerse; por eso los confesores viven en casa de los poderosos.

Parece que va dejando atada su vida anterior: su mujer Catalina ha vivido, si eso es vivir, culpándolo de todo: la muerte de su hijo, la de su hermano, la quita de toda su hacienda que pasó a sus manos como un nuevo usurpador que les trajo la revolución. Su hija sólo lo quiere ver muerto y encontrar un testamento que él se ha dado a esconder, esbozando una media sonrisa de moribundo. Padilla, su hombre de confianza, persigue su voz con una grabadora. Y, sobre todos planea la sombra de la ambición y el poder, que en eso ha quedado nuestra revolución, como les pasa a todas:

El poder vale en sí mismo, eso es lo que sé, y para tenerlo hay que hacer todo ... pero no quisiste decirle cuánto significaba para ti porque quizá hubieras forzado su afecto.

Artemio se va muriendo poco a poco vomitando excrementos, mientras su vida la cuentan tres personas: Yo, tú y él; como una trinidad surrealista que da una forma a las memorias difícil de igualar.

Artemio se va muriendo llamando a Regina, su único amor:

Amé a Regina..., se llamaba Regina y me amó ... me amó sin dinero ... me siguió, me dio la vida ... allá abajo ... Regina, Regina ... cómo te amo ... cómo te amo hoy ... sin necesidad de tenerte cerca ... cómo me llenas el pecho de esta satisfacción ... cálida ... cómo ... me inundas ... de tu viejo perfume ...

Empezó a hacerse de noche y a los pies de su cama escuché esta conversación:

-Mire, doctor: se está haciendo ...
-Señor Cruz ...
-¡Hasta en la hora de la muerte debía engañarnos! 







domingo, 7 de septiembre de 2014

LUIS GARCÍA MONTERO, ALGUIEN DICE TU NOMBRE


A Luis García Montero lo conocí en La Otra Banda de la Argónida, solía veranear por allí; aunque ya tuve, sobre el papel, encuentros con él en El Jardín Extranjero, (hubo un tiempo en que el Adonáis llenaba buenas alforjas), y en Habitaciones Separadas, (quién no ha soñado con amores que nunca llegan).

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo,
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio…

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
Como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Leyendo estos versos, cada día estoy más de acuerdo con Wittgestein y su Tractatus, porque, aunque tú no lo sepas, la realidad es la suma de lo que existe y de lo que no, de lo que somos y lo que soñamos; es la única manera de sobrevivir.
Ya sabemos que la totalidad de los hechos existentes conforma el mundo,…y así está el mundo, no hay más que leer Los periódicos; afortunadamente, la totalidad de los hechos existentes junto a la totalidad de los hechos inexistentes conforman la realidad.
Yo me quedo con la realidad porque así he vivido yo, como la luz del sueño que no recuerdas cuando despiertas.

A Luis García Montero he vuelto a verlo hace poco. Andaba con un libro debajo del brazo y me contó al oído las cuatro palabras del último conjuro: Alguien dice tu nombre. Le pregunté que dónde había que ir y me contestó que a Granada. ¿Cuándo?, volví a inquirir. Vete para allá en el año 1963.  Granada, año 1963 y tratándose de Luis, seguro que me meto en un lío. Así que a Granada me fui. El calendario del bar está detenido en el tiempo y en el espacio. Nada cambia, nadie puede escaparse de aquí. Marca el diecinueve de abril. No han pasado por él ni los últimos once días de abril, ni mayo, ni junio.

Tenía que contactar con un tipo oscuro con pinta de funcionario y vida gris de nombre Vicente Fernández en las oficinas de la Editorial Universo, iba a dedicarme a vender enciclopedias por Granada y su comarca. Mi única relación con el negocio de las enciclopedias anteriormente fue el día que un vendedor de Larousse pasó por casa para explicarle a mi padre lo importante que era tenerla en un hogar para la educación de los hijos y su futuro, como un resumen jerarquizado de toda la sabiduría antigua y moderna que contiene muchos datos sobre don Juan de Austria, la capital de Noruega, las enfermedades de la remolacha las técnicas de caza, la cría de jilgueros… Mi padre, por supuesto, compró la Larousse y yo, aunque soñaba con la Enciclopedia Británica que Borges leía de niño y que siempre asocié al Aleph, empecé a leerla cada día. Diez tomos y una addenda que nos fue remitida a casa dos años después de la compra por aquello de que la geografía y las fronteras son muy inestables.


Vicente Fernández no es gordo, ni delgado, ni alto, ni bajo, ni joven, ni viejo. Da pena ver cómo dice adiós al final de la tarde y se marcha hacia su casa, refugiado en sí mismo, con pasos torpes, su cartera negra en la mano y todo el peso del calor de la ciudad encima de los hombros. Es de ese tipo de personas a las que siempre le hacen daño los zapatos, me explica Luis García Montero. ¿Y voy a pasar todo el verano con un tipo así en Granada en el año 1963? También hay un joven, prosigue Luis, de veinte años, se llama León Egea, quiere ser escritor y trabajará allí también este verano. Luis me enseña las fotos y me fijo en Consuelo, la secretaria. Es guapa y todo el que trabaja para la Universal la mira como si ella acabara de llegar de París o de otra galaxia.

No te fíes de todo lo que ves, me dice, los hombres prudentes no se llevan la vida por delante, son carne de oficina, pobres funcionarios de la obediencia. Sabes que siempre he estado alerta, le contesto; cuando anduve dando retazos por la política aprendí, Luis, que las bellas palabras engañan, disfrazan las mentiras, que detrás de las sílabas graves que forman conceptos como cultura, pueblo, ideas, deber, compromiso, honor se esconde una humilde comisión para los vendedores. Sí, una pena que siempre estemos en manos de vendedores, ése es el gran mal de la palabra.

He pasado parte de este verano en Granada, en el año 1963, por culpa de Luis García Montero, pero no me arrepiento.
Hasta otro verano, Luis, que alguien dice tu nombre.