sábado, 9 de noviembre de 2019

MI VIDA CON ANNA AJMÁTOVA, RÉQUIEM Y CASTIGO


Antes de que todo se destruyera pasé muchas horas en El Perro Errante, un local de artistas de todas las clases en San Petersburgo, y allí en una de las mesas laterales vistiendo una falda ajustada, un chal sobre los hombros y un negro collar, acompañada siempre de su belleza fría con la marca de Dios en la frente estaba sentada Anna; no era hermosa, era algo más que hermosa.

Como el verbo nació para el amor..., y para el dolor; su marido Nikolái Gumiliov, poeta y de siempre enamorado de su belleza de tigre, como yo, fue acusado de traición y fusilado. Y ella no se rindió. Su hijo Lev fue enviado a una Siberia de nieve dos veces, la segunda por diez años. Y ella no se rindió. Cuando vivía en casa de los Mandelstan, vinieron a por Ossip, una fría noche, para llevárselo a un campo de concentración del régimen bolchevique. Y ella no se rindió. Y ante mí se abrió el camino, / que tantos habían emprendido ya, / por el que se llevaron a mi hijo, / y era larga esa marcha fúnebre / en medio del solemne y cristalino / silencio / de las tierras siberianas. / Aterrada en el pasmo mortal / de todo lo que se había convertido en polvo / y reconociendo la hora de la venganza, / secos los ojos y bajos, / retorciendo sus manos, Rusia, / delante de mí, marchaba hacia el este. A su gran amor Nikolái Punin, con el que tuvo una intimidad inhumana, consiguió sacarlo, la primera vez, de las garras del patriota Stalin con una carta en la que se arrastraba ante él accediendo al perdón por el camino de la humillación. Pero no se rindió. La segunda vez, Punin fue detenido y como la mitad de los rusos enviado a un campo de concentración; y Anna, declarada representante del pantano literario reaccionario apolítico. Y no se rindió. 

Decidió quedarse con su pueblo para compartir su desgracia, y la compartió desde el primer momento, y escribió una maravilla literaria que se llama Réquiem. Diecisiete meses pasó haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Y ahí nació su poema, en esa cola con un frío atroz con el número 300 y un paquete bajo el brazo, ahí nació su respuesta: Puedo.

Aquello fue cuando las estrellas de la muerte se levantaban, y la inocente Rusia se retorcía de dolores bajo las botas salpicadas de sangre y las ruedas de negros camiones, mientras la llevaban al alba y caminaba yo tras ella como en un entierro. Cuántas veces he leído el Réquiem desde entonces.

No sé si volveré alguna vez a El Perro Errante, allí todos éramos bebedores, todos nos acostábamos / con todos. Juntos, formamos una pandilla / de desesperados. Incluso las flores y los pájaros / pintados en las paredes parecían ansiar las nubes. Eso fue antes de que acabara todo. Maldita juventud en la que pasé tantas noches leyendo, en aquel tejado rodeado de gatos, poemas de sufrimiento y misterio en aquella URSS que en vez de ser de acero, Miguel, era  de terror contra la carne y contra el espíritu, fue cuando dejé de discernir quién era la bestia y quién el hombre; pero lo peor de todo era que yo sabía que Anna y yo éramos como una montaña, y que jamás volveríamos a vernos en este mundo.

Afortunado Brodsky, de quien me declaré seguidor perpetuo y amigo desde mi juventud después de leer Del Dolor y La Razón, que podía tomar Vodka con ella en su pobre dacha de Komarovo. Yo no he vuelto, desde entonces, a El Perro Errante, ni volveré, porque ya no estará allí esa mujer con mirada de tigre y versos eternos.

domingo, 3 de noviembre de 2019

UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR, SEPÚLVEDA A LA LUZ DE FUEGO



Volver a casa en vacaciones en Navidades tenía muchas recompensas. Desde luego, las largas conversaciones a la luz de la chimenea, con Steersman y Charo, sobre esa familia infinita llena de aventuras que nos había precedido; o salir buscando la noche con alguna de mis hermanas a beber poesía; o dormir con esos amigos, que después de andar vagabundos, se quedaron a vivir en casa hasta su muerte y que, sin una noticia mía durante tanto tiempo, recordaban con alegría infinita quién era yo sin ningún tipo de reproche; y, también, la lectura de ese libro que alguna de mis hermanas había guardado tantos meses para mí, para esos pocos días, porque sabían del placer que me daría su lectura.

Uno de esos libros, sería el de las Navidades del año 1993, me llevó a la tierra de los indios shuar, en el alto Nangaritza, a un mundo totalmente verde, lleno de vida y dolor, para perseguir a una tigrilla que andaba rasgando piel humana, porque no hay machetes de cuatro hojas que hagan que un cadáver apeste a meados de gato. La Amazonia, me dije, es el mejor lugar para pasar mi Navidad. No conocía a Luis Sepúlveda, pero el ser sudamericano ya es para mí un signo de prestidigitación con la palabra, y tratándose de la selva, no iba a dejarlo pasar. Leí la primera frase: El cielo era una inflada panza de burro colgando amenazante a escasos palmos de las cabezas. Los pocos habitantes de El Idilio más un puñado de aventureros llegados de las cercanías se congregaban en el muelle, esperando turno para sentarse en el sillón portátil del doctor Rubicundo Loachamín, el dentista.

Me quedo, decidí. Esta noche me quedo en La Milagrosa, no salgo. Así que me proveí de buena leña, encendí la chimenea y en una de esas alfombras, que llegó de Persia en un barco sueco muchos años antes, me tumbé para leer la historia de ese tal Antonio José Bolivar que rastreaba huellas, calores y humedades como un shuar; que era capaz de vivir en la selva haciéndose pasar por uno de sus habitantes, que tenía la sana costumbre de pasar sus horas leyendo novelas de amor; y que era el único capaz de desentrañar la muerte de un gringo río arriba y perseguir a su asesina hasta la última página si fuera necesario: el gringo hijo de puta mató a los cinco cachorros y con toda seguridad hirió al macho. Ahora la hembra anda enloquecida de dolor. Ahora anda a la caza del hombre.

Y yo andaba a la caza de una forma de escribir que me resultaba muy familiar, una manera de contar en español que me deslumbró desde la primera línea y que en ese momento me llevaba a leer cuanto se había escrito en el centro y sur de ese nuevo continente, con larga variedad de oraciones subordinadas, metáforas encadenadas, epítetos  sonoros y un vocabulario común: Los envolvieron en la hamaca de Miranda, frente a frente, para evitarles entrar a la eternidad como extraños, luego cosieron la mortaja y le ataron cuatro grandes piedras a las puntas. El bulto se hundió entre gorgoteos, arrastrando vegetales y sorprendidos sapos en su descenso.

Fue una buena noche de caza, en la que leí tres veces seguidas, alimentando con paciencia la chimenea de La Milagrosa, la historia de ese viejo que vivía en las selvas de Ecuador; y decidí que también yo leería novelas de amor, como ese cazador de la jungla amazónica que esperaba una vez al mes que atracara el Sucre con el dentista a bordo para que lo proveyera de esas novelas donde los protagonistas se besaban de esa manera tan impetuosa y que él desconocía; que no todo iba a ser pasar mis días en La Jara, rodeado de camaleones, topos, lagartos, mirlos, gorriones, verdones, jamases, serpientes, perros y gatos: Paul la besó ardorosamente en tanto el gondolero, cómplice de las aventuras de su amigo, simulaba mirar en otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos.


domingo, 27 de octubre de 2019

EL GATOPARDO, HISTORIA DE UNA SUPERVIVENCIA, CON LAMPEDUSA


Posiblemente, no ha habido revolución, ni la habrá, capaz de remover de verdad los cimientos de una sociedad y el básico fundamento económico que la sostiene. Podrá haber pérdidas puntuales que toda violencia conlleva, pero ni los nuevos tiempos ni los viejos conseguirán la tan deseada igualdad. El príncipe Fabrizio de Salina lo entendió rápido nada más ver a Garibaldi desembarcar en las playas de Sicilia. "He comprendido perfectamente. Queréis solo ocupar nuestro puesto. ¿Verdad que es esto? tu nieto querido Russo, creerá sinceramente que es barón. Y tú te convertirás, ¡yo qué sé!, en descendiente de un gran duque moscovita, gracias a tu nombre en lugar de ser el hijo de un paleto rojo, justamente como tu apellido indica. Y tu hija previamente se habrá casado con uno de nosotros una vez que haya aprendido a lavarse. Para que todo quede tal cual. "Tal cual en el fondo: tan solo una imperceptible sustitución de castas."

Esas últimas generaciones de familias aristocráticas, como los Salina, cuya decadencia parece que se lleva las revoluciones y el advenimiento de un nuevo estado, consiguen la mimetización con el nuevo orden mediante esos matrimonios que quienes vienen de abajo también desean. "Vivimos en una realidad móvil a la que tratamos de adaptarnos como las algas se doblegan bajo el impulso del mar. Para nosotros un paliativo que promete durar cien años equivale a la eternidad". En eso se equivocaba el duque de Salina, ese paliativo no era más que la fase de necesario mimetismo donde todo cambia para que todo pueda seguir igual.

Tancredi, su sobrino, lo vio claro. Él tiene el apellido Salina, es uno de los Falconeri; pero entiende que debe unirse a la revolución; nada más romántico que un joven, guapo, noble y elegante, del siglo XIX que lucha junto a las huestes revolucionarias de Garibaldi, defendiendo el advenimiento de un nuevo orden y un nuevo rey. ¡Cómo vamos a tratar a Tancredi cuando lo veamos que ha ido a unirse con los forajidos y tiene soliviantada a toda Sicilia!

El príncipe sabe lo que hace, porque es consciente que pertenece a una generación desgraciada a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos, sintiéndose el último de los Salina; pero sabiendo que si tuviera que desaparecer la clase noble a la que pertenece, se constituiría en seguida otra equivalente, con los mismos méritos y los mismos defectos. acaso no se basara ya en la sangre, sino, ¡qué sé yo!, en la antigüedad en cuanto a la presencia en un lugar, o su pretendido mejor conocimiento de cualquier texto sagrado.

Por eso no debe preocuparse el Príncipe, porque su sobrino Tancredi ha enamorado a la bellísima Angélica, la hija de un porquero a quien el comercio y los nuevos tiempos y vientos económicos y revoluciones han convertido en el hombre más rico de toda Sicilia y la tierra hermosa e infiel que los Falconeri, los Salina, habían poseído durante siglos, ahora después de una inútil revuelta volvía a él, como siempre, a los suyos.

He ahí el resumen de cualquier revolución: Vamos a cambiarlo todo para que todo siga igual, pero con nosotros.


domingo, 22 de septiembre de 2019

CON MARCO POLO, BUSCANDO EL MILLÓN DE MARAVILLAS


A Constantinopla he viajado muchas veces con las historias de Steersman, pues era lugar común de atraque del Gothia antes de abocar el canal de Suez rumbo a la tierra de las especias.

A Constantinopla he viajado camino de Adana, ciudad al sur de Turquía y tierra de frontera con una Irak en llamas.

Pero a Constantinopla yo hubiera querido ir con Nicolás y Mateo de Pol que la tuvieron como su hogar, pues decidieron,  como buenos mercaderes venecianos, ampliar sus relaciones comerciales más allá de la tierra de los cruzados, hasta el mismo confín oriental de Asia.

Ese era mi viaje, el viaje de los caravaneros para buscar el hilo de la seda durante tres años, y atravesar andando o a caballo toda la ruta que Marco Polo holló con su pie veneciano. Pero yo hijo de la modernidad encontré la ruta de la seda embarcando en un avión de AirFrance en Amsterdam rumbo a Pekín y Chengdu  buscando el hilo rojo que me prometieron los dioses cuando era un joven incrédulo ante esas historias mágicas.

Con Marco Polo y su caravana de mercaderes, yo hubiera llegado a conocer a la reina Bolgana, mujer de Argón, rey de Levante, quien tras su muerte puso en su testamento que ninguna dama pudiera ser de Argón ni sentarse en el trono, que no fuera de su linaje. Con Marco Polo, enviado por el gran Khan, hubiera conocido a la joven Cogacín, la mujer más agraciada y bella del mundo y del linaje de la reina Bolgana. 

Con Marco Polo, en verdad, hubiera puesto mis pies en mi querida y destrozada tierra de Armenia, que había dos Armenias, la Menor y la Mayor, bella y rica donde se encuentra el arca de Noé en una alta montaña que se llama Ararat. Y sabría que en Georgia hay un rey que se llama David Melie también sometido al tártaro. Y conocería el reino de Mosul y a los Kurdos que habitan en sus montañas. Y habría visto con mis propios ojos que las mejores palmeras del mundo se crían de Basora. Y habría aprendido que Tanvis es una gran ciudad en una provincia llamada Irac y su población es una mezcla de mil razas; hay armenios, nestorianos, jacobitas, georgios y persas, y hombres que adoran a Mahoma que llaman taorizines.

Con Marco Polo habría visto con mis propios ojos cómo los tártaros destruyeron y diezmaron la noble e inmensa Persia, y sabría que en Persia se halla la ciudad de Sava, de donde partieron los tres Reyes Magos; un Rey Mago era de Sava, otro era de Ava y el tercero de Cashan.

Y con Marco Polo visitaría la provincia de Tonocain, lugar donde se celebró el encuentro entre Alejandro Magno y el rey Darío. Y conocería de primera mano al viejo de la montaña que prepara a sus asesinos haciéndoles creer que su fortaleza es el paraíso, a base de drogarlos con hachís, conviertiéndolos en hachisínos.

Y viajaría con Marco Polo a la ciudad de Balc, donde Alejandro tomó por esposa a la hija de Darío; y la montaña de sal y el país Dogana. Y atravesaría Cachemira en la provincia de Kesimur donde todavía vivían idólatras y se entregaban a todo especie de encantamientos; y desde este país podría llegar al mar de Indias, hasta llegar donde nace el sol al palacio del gran Khan para servirle hasta la muerte; porque sé, Marco Polo me lo ha contado, que cuando un Khan muere es sepultado en la montaña Altai; y cuando el cuerpo del gran Khan es llevado a la montaña, todos los hombres que encuentra el cortejo fúnebre son pasados por las armas y atravesados por una espada por los que conducen el cadáver, que les dicen: "Id a servir a vuestro señor al otro mundo".

Yo me quedaría allí para siempre sirviendo en la muerte al Khan, y él volvería en barco a Génova, donde sería encarcelado, ¡qué tendrán las cárceles para las grandes obras!, en el año 1298 para escribir el Libro de Viajes, el Libro de la División del Mundo, el Libro de las Maravillas o El Millón que cualquiera de ellos puede ser su título, y leyéndolo sabríamos que nunca es tan hermoso el sol como el día en que uno se pone en camino.







sábado, 21 de septiembre de 2019

TE ESCOGIÓ UN POEMA DE CERNUDA, STEERSMAN



Uno no escoge los poemas que llevará siempre con él. Ni escoge los amores que le atacan como rayos. Ni escoge padre y madre. Creemos que elegimos nuestra vida, pero no es así.

Estaba junto a él, serían las 5 de la tarde del 11 de septiembre. Decidí escuchar un podcast del programa Versos Encendidos de mi poeta de referencia Luis Cernuda. Ese podcast dura 29 minutos y 14 segundos. Llevaba 22 minutos y 42 segundos escuchando los versos de Cernuda cuando sucedió todo, el corazón se le paró, y ese poema me eligió para siempre:

"Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo 
como una nube en la luz; 
si como muros que se derrumban, 
para saludar la verdad erguida en medio, 
pudiera derrumbar su cuerpo, 
dejando sólo la verdad de su amor, 
la verdad de sí mismo, 
que no se llama gloria, fortuna o ambición, 
sino amor o deseo, 
yo sería aquel que imaginaba; 
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos 
proclama ante los hombres la verdad ignorada, 
la verdad de su amor verdadero. 

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien 
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; 
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina 
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, 
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu 
como leños perdidos que el mar anega o levanta 
libremente, con la libertad del amor, 
la única libertad que me exalta, 
la única libertad por que muero. 

Tú justificas mi existencia: 
si no te conozco, no he vivido; 
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido."


Ese poema me eligió para siempre. Y Steersman, Norberto Ruiz Rodríguez, no sabía entonces que un poema de Cernuda se oía en aquella habitación blanca. Eran un poco más de las cinco de la tarde, pero igualmente tardará mucho tiempo en nacer si es que nace...


viernes, 13 de septiembre de 2019

STEERSMAN, MI PADRE, NORBERTO RUIZ RODRÍGUEZ



Ayer, por el hospital, se pasó el descanso eterno a recogerlo.

Mi padre me dijo: "Escucha cómo suena a crujir de aparejos porque la tormenta tensa los paños que jalan de los mástiles". Rápidamente recordé: ese es el sonido del Cielo. Me lo enseñó él, Steersman, Norberto Ruiz Rodríguez,  mi padre.

Por eso, ahora, tengo que lanzar los cabos a las estachas de la memoria, y evocar tu vida.

Qué  no daríamos en casa por volver a oírte hablar de aquel Atleti en el que jugaste con quince años cuando te quiso fichar el Sevilla.

Qué no daríamos en casa por volver a oírte hablar de tus años de estudio en la Escuela de Naútica de San Telmo.

Qué  no daríamos por escuchar de tu boca esa historia de tu Servicio Militar como piloto en el minador Marte cuando le cambiaste el puesto al piloto titular con el deseo de viajar por Europa para terminar haciendo un desembarco en la guerra de Ifni.

Qué no daríamos por oír de tu boca otra vez la llegada a Haifa durante la guerra israelí de los seis días en un petrolero, donde empezaron a llamarte Steersman.

Qué no daríamos por atravesar contigo en aquel mercante sueco el canal de Suez en llamas rumbo al mar de China para sufrir un abordaje pirata en las costas de Camboya o atracar en Hanoi con material para el gobierno vietnamita...

Después de navegar por mil mares, volviste con nosotros a tierra; y aquí te esperaba la Caja de Ahorros de Jerez y el colegio El Picacho del Instituto Social de la Marina.

Y para que no te faltara de nada, tu sucursal bancaria sufrió un atraco. Y con una pistola en la sien te negaste a darle a los atracadores la llave de la caja fuerte , aunque la tenías en el bolsillo.

Qué no daríamos Charo, Lola, Tai, Estefa y yo por tu alegría, por volver a pasear los seis por La Calzada cuando nuestras manos no conseguían abarcar más que uno de tus dedos, y por todos los buenos momentos que vivimos juntos.

Dese luego, "si la muerte vino a buscar una verdad entre tus manos", no las encontró vacías, sino completamente llenas de vida.

Gracias, mi capitán, por tanta vida. Charo, Lola, Estefa, Tai y todos los que te conocíamos te damos las gracias por tanta, tanta, tanta vida.





















domingo, 28 de julio de 2019

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?, LA DISTOPÍA DE PHILIP K. DIRK QUE QUISE ESCRIBIR PARA RUTGER HAUER



— Aparta tu grosera mano de policía.
— No soy un policía.
— Eres peor. Eres un asesino contratado por la policía.
— En la vida he matado a un ser humano. 
— Sólo a esos pobres androides.

Leyendo esa inicial conversación de Rick Deckar con su deprimida mujer, Irán, descubrí que yo, en esa novela, terminaría enamorado de una androide capaz de dar la señal sin "ausencia de respuesta afectiva adecuada". ¿Qué es un simple test de empatía de Voigt-Kampff para dibujar la leve línea que separa un ser humano de lo que no lo es? ¿Y quién dice qué es un ser humano y qué no lo es?

— Ha quedado usted embarazada de un hombre que le ha prometido casamiento —dijo Rick —. Pero él se marcha con su mejor amiga. Usted aborta y...
— Jamás lo haría,—respondió Rachael.
Las dos agujas del medidor se dispararon con violencia.

Yo no sé si Rachael Rosen es una androide o un ser humano, pues ha demostrado que puede engañar el test de Voigt-Kampff con facilidad; pero para mí fue la más humana de todos aquellos seres que habitaban la Tierra después de la Guerra Mundial Terminal.

¿Qué es un ser humano y qué no lo es? A lo largo de la historia no todos los homínidos, incluyendo aquellos que tenían el don del habla y la escritura, fueron considerados humanos por la Ley. Incluso sabiendo que tenían sensibilidad y sentimientos, y que hubieran superado sin duda el test de Voigt-Kampff.

— ¿Cuáles son sus instrucciones en el caso de que un test clasifique como androide a un ser humano?
— Eso es asunto oficial —Rick empezó a guardar su equipo en la cartera, mientras ambos Rosen lo miraban en silencio —Pero naturalmente debo cancelar toda prueba subsiguiente. Si hay un fracaso de nada sirve continuar.

Rachael no sabe todavía que es un androide, no sabe que no tiene consideración humana. Gente que ahora mismo atraviesa un desierto para tropezar con un muro, tampoco lo sabe; ni unos jóvenes que están embarcando en una vieja y carcomida lancha negrera para atravesar un peligroso mar. Deckar puede matarlos sin que le remuerda la conciencia, porque cumple con la Ley. Él nunca ha matado a un ser humano. Solamente a esos pobres androides que no tienen la consideración de humano.

¿Qué es un ser humano y qué no lo es? Yo, que he visto cosas que vosotros no creeríais, pienso que sólo el dolor humaniza cuanto toca, y que el poder y el placer deshumaniza a cuanto tantea; ya sea animal o vegetal.

Por eso, para poder sobrellevar nuestra iniquidad, a veces, debamos atenuar nuestra mala conciencia mediante los impulsos del inhibidor talámico que se conecta al órgano de ánimos; y en todo caso siempre podemos conectarlo al estado C para apagar nuestra conciencia y dormir sin complejos ni prejuicios, como hace Irán que apenas se levanta de la cama.

Rachael era más humana que todos los que fueron paridos de una madre; y Roy Batty, se hizo humano, lleno de perdón y misericordia, en una escena memorable, poco antes de que le llegara el tiempo de morir, porque él, como yo: "Ha visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. Ha visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de las puertas de Tannhäuser. Y todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia".

Ahora mismo estoy pasando el test de Voigt-Kampff, igual yo tampoco soy humano, como esos desesperados que están en estos momentos atravesando un desierto para encontrarse con un muro  o están embarcando en una vieja y carcomida lancha negrera  para atravesar un peligroso mar.

— Se encuentra usted un libro de versos, medio quemado dentro de una casa abandonada y llena de mugre y enseres rotos y desparramados por el suelo. ¿Qué haría? ¿Lo dejaría en en el suelo junto con toda la basura?
— No. Lo recogería y lo abriría por la primera página y me sentaría en el suelo y, ayudado por un pequeño haz de luz azul que entra por la ventana, leería los primeros versos: "Y aún sueño que pisa la hierba caminando espectral entre el rocío atravesado por mi canto alegre".

Cuando he contestado eso, Rick Deckard se ha echado mano a su pistola láser. Eso solamente puede contestarlo un androide, me espeta con gesto serio.



domingo, 7 de julio de 2019

AQUÍ HAY MUCHA PUTA Y MUCHO HIJO DE PUTA


Y Miguel cogió una tiza y escribió, sobre la pizarra del iluminado salón del Palacio de los marqueses de Heredia Spínola, una frase que definía, con trazo exacto, todas las retaguardias guerreras que alejadas del frente, de la lucha y de la sangre valiente van vestidas con brillantes uniformes o monos bien planchados y llevan al cinto relucientes y bruñidas pistolas que desconocen la existencia del calor, del polvo, de la arena, de la trinchera y del miedo que no sea ajeno.

Una retaguardia, que llena de fiestas y sensible a los buenos almohadones y que cuando oían que se acercaba el enemigo siempre tenía en su mano la lista de asientos en un avión o en un coche para alejarla del frente, ponía enfermo a Miguel: "Aquí lo que hay es mucha puta y mucho hijo de puta", volvió a escribir. Neruda, desplegó toda su cobardía en la guerra con fama de luchador; León Felipe no se quitaba, ni para dormir, el abrigo de pieles del Duque de T´Seclai, a quien previamente habían fusilado, ese León Felipe tan alejado de las trincheras y al que sólo se le veía en los observatorios rodeado de generales, pero dibujando ya su fama de poeta del exilio; Alberti, un soldado de salón, mal pintado en su Arboleda Perdida; o ese Malraux tan acostumbrado al posado fotográfico; o Bergamín con un comportamiento, "a paseo", no todo lo éticamente deseable. María Teresa León, sintiéndose señalada por las palabras a tiza del salón, dicen que abofeteó a Miguel. En esa retaguardia de fiestas también estaban todos los poetas menores, y cobardes mayores, disfrutando de la guerra; "Pues nunca vivimos mejor, ni fuimos más felices que contra Franco".

A Neruda lo leí del derecho y del revés; y, con quince años, dos veces, su Confieso que he vivido, quería ser como él. A León Felipe en Zaragoza, lo perseguí como poeta del exilio y me compré dos Antologías y Los Versos del Merólico, no sin antes poner el librero cara de asombro a causa de que un tipo con uniforme y gorra de plato pidiera en esos años a León Felipe. "No es para mí, es un encargo"; lo tranquilicé. Las fotografías de Alberti, la comunicación poética hecha guerra e imagen, me pareció en un tiempo sublime. Desde que leí su Arboleda Perdida, siempre soñé los libros de memorias como el suyo. Pero entonces llegó Miguel y en una pizarra escribió: "Aquí lo que hay es mucha puta y mucho hijo de puta".

Miguel venía de las trincheras, venía de sentir cómo los soldados pasaban hambre y miedo, de sentir el frío; mientras allí se abrigaban y comían en una celebración digna de los palacios zaristas con cojines de terciopelo y abrigos de visón. "Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta".

Desde ese día, hace 25 años que me crucé con Las Armas y Las Letras de Trapiello, cuentan que Miguel ya no tuvo un asiento en las listas de aviones y coches preparados por los valientes soldados de la retaguardia, con pistolas siempre limpias al cinto, sus uniformes planchados y con los abrigos de los marqueses de Spínola y el Duque de T´Seclai. Desde ese día, Miguel estaba condenado. Con ellos no saldría Miguel de España, que no apartó de sí ese amargo cáliz. A Miguel, como a todos los demás los dejaron atrás, solos y perdidos, con un carnívoro cuchillo de ala dulce y homicida que sostenía un vuelo y un brillo alrededor de sus vidas.

Pero lo que nadie olvida es de que hubo un lugar en la retaguardia de una guerra donde había muchas putas y mucho hijo de puta. Desde entonces los libros de memorias desde La Guerra de las Galias hasta La Arboleda Perdida me han parecido bastante menos reales que las aventuras de Ulises en La Odisea, con sus sirenas, sus Polifemos, su Circe o el país de los Lestrigones. 

Unos días más tarde vi salir del decomisado Palacio de los marqueses de Heredia Spínola al periodista comunista cubano Pablo de la Torriente mientras gritaba: ¡Qué vergüenza, yo me vuelvo para el frente! A los dos días lo mataron. Ya nadie se acuerda de él, ni de mí.



domingo, 16 de junio de 2019

MOBY DICK, EL LARGO LIBRO DE LAS DIGRESIONES O LA LOCURA DE MELVILLE

¡Este es el Pequod, que va a dar la vuelta al mundo! Digan que en adelante, nos dirijan las correspondencias al Océano Pacífico y, de hoy en tres años, si no estoy de vuelta que la dirijan a...

Mi padre era marino mercante como Conrad y Twain, y todas las cartas que recibíamos en casa eran telegramas azules: "Feliz cumpleaños. Besos. ¿Ya anda Lola?. Estambul". "Llego a puerto Algeciras próximo 6 junio. Besos. El Cairo". Algunos todavía están guardados en los viejos álbumes de amarillas fotografías. Pero lo que yo de verdad quería era mandarle una larga carta con el primer carguero que desembocara la barra, simplemente diciéndole al marinero que estaba de guardia en la escala: "Esta larga carta va dirigida al tercer oficial del Gothia, los próximos seis meses estará por el Mar de China, si son más de seis meses rolará por el Índico". Y con seguridad, de barco en barco, de ola en ola, esa carta, sobrada de letras, no como esos tacaños telegramas azules, llegaría hasta el Gothia que en ese momento andaría fondeado cerca de la Bahía de Hangzhou.

No por otro motivo embarqué en el Pequod, de manos de S.M., año 1986. Yo creí, equivocadamente,  que esa era la novela original escrita por Melville, mientras laboreaba cabos por las roldanas de los motones; pero esa no era más que una edición juvenil ilustrada con solo 263 páginas, amena y de fácil lectura. Nada que ver con ese cachalote blanco lleno de percebes en su lomo que rebufa espuma en el horizonte, refrescando el viento y moviendo a su antojo el reloj de bitácora de la nave, totalmente desnortado por la fuerza magnética de esa moneda clavada al mástil. Lo que los arponeros no saben, Queequeg tampoco, es que quien clave el último arpón se irá al fondo con la ballena.

De mi error me sacó el gran José María Valverde, cuya Historia de la Literatura robé de las estanterías de casa de mis padres y viaja conmigo desde que salí de allí con una maleta atada con correas de cuero y sumamente incómoda para el transporte. De pronto me tropecé con la edición inabarcable de Valverde casi 900 páginas llenas de citas que abruman; regresiones, que hacen perder la línea temporal y digresiones que desvarían el espacio y la mar. Aprendí a nombrar a la ballena en diez idiomas diferentes, a identificar todos los libros en los que por acción, por error o por omisión aparecía la palabra ballena; y a darme cuenta de que si Dios creó a la ballena para que se comiera a Jonás, Melville escribió Moby Dick para que yo me perdiera en ella soportando cabezadas, balances y golpes de mar para acabar engullido en el fondo marino de la gran literatura.


Escuché en las islas Henderson la historia del Essex y su capitán George Pollard y, en la isla Mocha, la historia chilena de un cachalote que había hundido varios barcos y también se le hizo responsable del hundimiento del Essex. Tardaron mucho en darle caza y hundió al menos seis balleneros. Para mí un héroe. ¡Botad los botes! ¡Botad los barcos! ¿Me habéis oído?

Yo, si había que bajar en bote a luchar contra los cachalotes de sangre inmortal, prefería viajar en el equipo de Starbuck. El primer oficial del Pequod se llamaba Starbuck y era la persona de más sentido común y más razonable de todo el océano, con él a cualquier lado; con Ajab, solo al infierno. "Señor Starbuck, vaya a convocar la tripulación de los botes". "Permítame que le ayude hasta la amurada primero, capitán -dijo Starbuck". "¡Oh! ¡Cómo me molesta esta astilla ahora! ¡Maldita suerte! ¡Que el capitán de alma invencible tenga tan cobarde compañero...!" "¿Cómo?" "Hablo de mi cuerpo, no de usted -dijo Ajab- Deme algo que me sirva de bastón. Esa lanza me servirá."  

Señor Starbuck, es por ese motivo que decidí llevar siempre conmigo en la mochila el enorme volumen, traducido por José María Valverde a esas cafeterías del señor Starbuck. A uno, que vive de señales, signos e indicios, le pareció bien viajar en el Pequod junto al primer oficial Starbuck. Oliendo aromático café. Eché de menos que en la taza apareciera la figura del mascarón de proa del Pequod, que es la cabeza y los hombros de indio nativo norteamericano que para eso, siempre atraca de vuelta en Nantucket; y no esa especie de sirena coronada que al señor Starbuck nada le dice.

Luego, todo se hundió, y el enorme sudario del mar siguió fluyendo como había fluido cinco mil años. Y eso ocurrirá hasta que yo vuelva a llevar siempre conmigo en la mochila el enorme volumen de Moby Dick a esas cafeterías del señor Starbuck.