martes, 30 de abril de 2019

BITNA BAJO EL CIELO DE SEÚL, CUANDO CONOCÍ A LE CLÉZIO

Seúl, como todos los sitios del mundo es un lugar donde nadie encuentra a nadie, si antes uno no se ha encontrado a sí mismo. Conocí a Le Clézio una tarde de lluvia en Madrid, y a Bitna una tarde de lluvia en Seúl, donde llegué buscando los cuentos de una Sherezade oriental que busca alimentar la vida de una enferma que no puede moverse más que con las palabras de los relatos que le cuenta, a cambio de dinero, una joven que ha llegado desde un pueblo pesquero, como el mío, a la gigantesca Seúl.

"Soy Bitna", me dice, "tengo diecinueve años y estoy sola en esta gran ciudad que es Seúl, bajo el cielo".  "Bitna, yo también te pagaré", le dije, "sé que cada noche le cuentas a Salomé una historia, sé que ella vive de ese aire vocalizado que sale de tu boca. Yo solo soy un buscador de cuentos". Bitna me miró y me dijo: "¿quién le ha dado mi nombre?, Sabe de sobra que no me estoy inventando nada. Nunca he sabido inventar, solo cambiar nombres e imaginar lugares". "Me lo dio Le Clezio", le contesté.

"¿Le Clézio?, ¿dónde lo viste?", me dijo. "En Madrid", le contesté, "pero ya sabes que ese hombre es de todas partes; descendiente de bretones emigrados a Isla Mauricio, él nació en Niza, luego vivió a África donde su padre servía en el ejército británico. Esa vida en Nigeria le trajeron a los labios su primeras novelas, Onitsha y El Africano, con un estilo tan propio como salvaje; allí siempre viví descalzo, me dijo; luego llegó Guayana, México, unos años con con los indios Embera-Wounaan de Panamá, Tailandia, y ahora Seúl; y para abundar más en esa tierra sin fronteras que lleva bajo los pies se casó con una mujer saharaui de la provincia española de Río del Oro. Para ser un creador lo tiene todo".

Vamos, le dije a Bitna, podemos llegar a un acuerdo, no me hacen falta relatos nuevos. Cuéntame la historia de la dura frontera entre las dos Coreas, la que solo salvan las aves, la que solo las palomas del señor Cho atraviesan por el aire con mensajes de amor y recuerdos. Yo siempre viví con un palomar en la azotea de la casa de mi abuela, donde iban de ida o venían de vuelta esas viajeras incansables, que traían mensajes vivos desde lejanos lugares. Recuerdo que el primer mensaje que me me enseñó mi tío Eduardo, venía de Lisboa. "Mira ese buchón", me dijo, "acaba de llegar, ¿quieres saber qué mensaje trae?" "Claro", le contesté. Entramos en el palomar, lo agarró con suavidad con las patas entre sus dedos lo volteó y cogió el mensaje de la anilla: Viajar assim é viagem. Mas faço-o sem ter de meu, mais que o sonho da passagem. O resto é só terra e céu. (Viajar así es viaje. Lo hago sin tener de mí más que el sueño del pasaje. El resto es sólo tierra y cielo). "En unos días el buchón estará de vuelta en Lisboa", me dijo mi tío Eduardo, "¿quieres ponerle tú algo?"

Yo entonces no sabía que el dueño del palomar lisboeta respiraba poemas de Pessoa; con doce años Pessoa no existía para mí, porque de otra forma le hubiera contestado con algún verso de Cernuda o Lorca, pero escribí solo: Donde te lleve el cielo, recuerda el palomar de Sanlúcar. La loca frontera entre las dos Coreas sigue en pie y la casa de mi abuela se la comió el tiempo; y a la pajarera y al palomar.   

"Bitna, sigue contando cuentos para mí, por favor, te pagaré; cuéntame la historia del aprendiz de asesino, la del señor Cho y los dragones,  la de Nabi, la cantante, y la historia del paso del puente del arco iris", le supliqué. 

Llovía, y me dijo que esos eran los cuentos de Salomé, pero que no me preocupara que posiblemente Le Clézio escribiría alguna vez cuentos para mí. Y además, el día menos pensado volveremos a vernos bajo el cielo de Seúl.

Ahora me toca a mí. Camino bajo el cielo de Seúl; las nubes van rodando despacio; en Gangnam está lloviendo; por donde cae incheon, el sol enciende una gloria y, al norte, la montaña Bukhan emerge de la lluvia como un gigante . Estoy sola y libre, voy a empezar a vivir.

sábado, 23 de marzo de 2019

LA INCREÍBLE HISTORIA DEL DOCTOR FLÖID, MÍSTER PLA Y EL CUADERNO GRIS


A Josep Pla no me llevaron ni la avidez por el estudio del periodismo literario que ya no se estila, ni el consejo de ese amigo literato irredento que siempre aparece en los momentos más oportunos, ni siquiera esas casualidades que habitan, como ensalmos mágicos, las librerías de viejo. No, a Josep Pla, me acercó una obra de teatro que llamó mi atención en la cartelera del María Guerrero hace más de veinte años: La Increíble Historia del Doctor Flöid y Mr. Pla.

¿Quién era ese Doctor Flöid? ¿Y quién era ese Mister Pla? Estaba claro, que tratándose de Els Joglars, no iba a ser tarea fácil desgranar el significado de la obra para alguien que acaba de llegar al planeta de la literatura tras muchos años de encierro sostenido, con voluntad o sin ella.

¿Cuál sería el mundo del doctor Föid? ¿Cuál el mundo de Mister Pla? Yo sabía que Míster Pla era aquél que si pudiese imaginar otro mundo, imaginaría este mismo mundo.

Me sentí muy tentado por ver cómo Stevenson podía colarse en un teatro, así que compré mi entrada y me senté a ver a esta compañía catalana que andaba paseando esta misteriosa obra stevensoniana. Si Borges, me dije, escribe que entre los hombres que están salvando el mundo se encuentra aquel que agradece que en la Tierra haya Stevenson, estos actores también deben estar salvando el mundo.


No me equivoqué y desde entonces los persigo;  a ellos, Els Joglars, y a Míster Pla, sin que no hubiera una librería de viejo donde no preguntara por su nombre. ¿Míster Pla?; sí, aquí tiene; te aconsejo que empieces con El Cuaderno Gris, lee despacio donde dice que los libros nos dicen que el mundo, los hombres, las mujeres, están hechos de una manera. La vida nos dice que el mundo, los hombres, las mujeres, están hechos de una manera distinta. Los libros nos dicen que existe el amor, la gloria, la bondad, la grandeza. La vida nos dice que no hay nada. Pocas cosas igualan a un viejo librero que con pasión te recomienda un libro.

En mi butaca, me preparé para ver una ficción dentro de la ficción que es el teatro, y una realidad dentro de la realidad que es también el teatro.

El empresario Ramón Marull Ticó, el doctor Flöid, sólo piensa en el dinero, y se ufana de que hasta el jabón y el papel higiénico que utiliza todo el mundo son fabricados por sus empresas; condecorado con la Cruz de Sant Jordi, analiza con la fe de su egoísmo todas las deudas que el país tiene con los empresarios fieles; aunque, sin embargo, se duele de esa veneración que tiene el pueblo hacia los escritores, los actores y los artistas como si fueran ellos los que dan de comer a la gente. Pero Míster Pla le da donde más duele, escribiendo a lápiz sobre unas hojas de un cuaderno gris: Uno puede divagar sobre los orígenes de la moral, quedándose fuera de los negocios. Hacerlo desde dentro es peligroso y arriesgado; y eso no se lo perdonará nunca, ni el señor Marull ni aquellos a quienes el empresario da de comer, que son muchos.

Sí, señor Marull, usted no podrá evitar beber la poción que le convertirá, sin remedio, en Míster Pla, quien le dirá, con acento payés, todas las cosas que nunca quiso oír, Sí Míster Flöid, ya sabe que la vida tiene tan pocas cosas agradables que menospreciar una sola es de un salvajismo absoluto. Y en ello andamos veinte años años después, recordando que al más grande creador en lengua catalana en el siglo XX, nunca le dieron el Premio de Honor de la Letras Catalanas. Bueno, tampoco a Borges le dieron el Premio Nobel y lo seguimos leyendo.

Pasará el jabón y el papel higiénico, señor Marull, pero quedarán para siempre Josep Pla y Jorge Luis Borges. Por eso, todavía esperamos con fe, que vuelva a reeditarse la fórmula de la poción mágica y todos los Míster Flöid se conviertan, aunque sea por un momento, en Míster Pla.




sábado, 2 de marzo de 2019

UN MUNDO DE GATOS

Yo me he criado con muchos gatos. No digo uno ni dos, sino muchos; incluso los perros que teníamos, que eran siete, terminaban comportándose como gatos, aprendiendo a saltar muros imposibles, a dormir en los árboles o a entrar en la casa por las ventanas; sabiendo que las puertas, siempre cerradas y necesitadas de llave, no viven al albur de las corrientes como las ventanas.

No había nada ni nadie en casa que no estuviera influenciado por esos gatos que, sin necesidad de viaje alguno, traían consigo toda la sabiduría de Egipto y de Roma. Dormir con las ventanas abiertas significaba dormir con gatos, que como efigies se colocaban sobre la cama y la almohada, velando tu sueño en la casa de La Jara; los gatos que, dice otro Lima, utilizaban la palabra que según los egipcios unía todas las cosas como una metáfora inmutable, que te hablaban al oído; esos gatos que dormían después de ti y se despertaban mucho antes para disfrutar de la noche y de los amaneceres.

Los gatos han nacido para la poesía y la filosofía, porque nadie ignora, como Borges, que no son más silenciosos los espejos ni más furtiva el alba aventurera. Los gatos odian a los piratas, que se hacen acompañar de loros para aumentar su autoestima con palabras repetidas, baldada por las tormentas; también odian los gatos a los nobles guerreros, que sólo buscan la fidelidad extrema o la belleza insufrible, y que por ese motivo sólo se hacen acompañar de grandes perros sueltos o hermosas fieras encadenadas.

A quienes aman de verdad los gatos, fantasmas elásticos de Baudelaire, es a los filósofos y a los poetas, esos gatos en los tejados que van remendando los desconchados. No voy a negar que he pasado algunas horas de la noche, de vuelta de una salida nocturna con algún beso y alguna copa de más, en el tejado de mi casa rodeado de gatos mirando todos a la luna y esperando que llovieran ratones. Nunca sucedió. A los ratones siempre los cazamos en la tierra y en el monte; pero aprendimos a amar la tranquilidad de la noche, a escuchar la voz del viento y a leer a María Zambrano, la mujer que amaba a los gatos; porque yo, a través de los gatos, llegué al Hombre y lo Divino atravesando los Claros del Bosque.

Han pasado muchos años, pero hoy en día en aquella casa de La Jara deben de vivir, al menos, veinte gatos con toda su sabiduría del Egipto.






sábado, 16 de febrero de 2019

SOBRE LA LIBERTAD, CUANDO LEÍ DE SOSLAYO A JOHN STUART MILL


Una de las asignaturas obligatorias del sistema de enseñanza general por la que todo el mundo debiera pasar en su niñez es la de vivir, al menos durante tres años; pues el primero sería insufrible, el segundo de endurecimiento y el tercero de algo de disfrute; siendo el único niño o niña diferente.

Unos años donde seas el único niño de una raza en un colegio de niños de otra distinta, unos años donde seas el único niño no huérfano en un orfanato, el único niño con una tendencia sexual distinta a la de los demás, un colegio donde seas al único que le gustan las letras cuando todos adoran las matemáticas y el obtuso dibujo lineal. Un colegio, al fin y al cabo, que te forme en la individualidad, el único bien que es exclusivamente nuestro porque ya sabemos que constantemente la historia nos muestra la verdad reducida a silencio por la persecución; y si a veces no se la ha suprimido de modo absoluto, al menos ha sido retardada en muchos siglos. 

Seguramente, en ese colegio, sufrirás con dolor esa tiranía que impone la mayoría absoluta que es diferente a nosotros, o piensa diferente. Y si bien esa tiranía no tiene rígidas sanciones dictatoriales, deja en cambio menos medios de evasión; pues llega a penetrar mucho en los detalles de la vida e incluso encadenar el alma; y acarrea unos sutiles pesares que sólo son sostenibles con un fortalecimiento audaz del corazón. 

En esos tres años aprenderás, con todo el dolor de tu alma, que la disposición de los hombres, ya sea como gobernantes, sea como ciudadanos, a imponer sus opiniones y gustos como regla de conducta a los demás, está tan enérgicamente sostenida por algunos de los mejores y peores sentimientos inherentes a la naturaleza humana, que ésta no deja de imponerse más que en el caso de que le falte poder para ello; y si eres el único diferente, esa naturaleza humana se impondrá a ti sin condiciones y sin mesura.

En esos tres años aprenderás que la única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros, o frenar sus esfuerzos para obtenerlos.

Aprenderás en esos tres duros años que el más importante servicio que un ser humano puede prestar a sus semejantes es revelar al mundo algo que le interese profundamente y que ignoraba, demostrarle que está equivocado con respecto a cualquier punto vital de su interés espiritual o temporal. 

Y aprenderás a usar los puños, porque hay lugares donde nunca viene del todo mal tener armas para luchar por la libertad, porque si algo se aprende siendo el único diferente en un mundo de iguales es que no hay libertad de renunciar a la libertad. ¡Ah!, por cierto, durante esos tres años te deseo mucha suerte porque te va a hacer mucha falta.







domingo, 3 de febrero de 2019

BUSCANDO EL TIEMPO PERDIDO


Yo nací calado por el río, porque la casa de mi bisabuelo estaba por debajo del nivel del mar, ese mar inconmensurable, y los días de lluvia no se podía salir por la puerta de la calle del Teatro más que pertrechado para la guerra contra el agua y el barro; aunque esto no tiene nada de particular porque todo aquel que nace en la Otra Banda de la Argónida lo hace viviendo con los latidos de las mareas y en los reflujos del río, olvidándose rápido de la tierra y aprendiendo a sumergirse en sabores salados.

Los sabores y los olores son quienes conducen con menos dudas a la nostalgia, no pueden engañarnos como ellos el resto de los sentidos. Llegan rápido, como la mar, al corazón.

Para mí, el olor a muelle y el sabor a sal son los ropajes con los que me ataca más la nostalgia, ni la evocación del tacto de una piel desnuda, ni la memoria de la visión de infinitos desiertos de arena o mar, ni el recuerdo de una voz  hacen que se me deshaga el espíritu como cuando me atacan sabores y olores que nos cercan tanto como para que confundamos realidad y deseo.   

El 2 de septiembre  de 1966, salí de la calle del Teatro de la mano de mi madre y mi abuela con dirección a la cuesta de San Diego. Por primera vez, iba a ir a un colegio. Uno no es consciente de la importancia de ese día; sobre todo porque nadie te cuenta que te van a entregar  nada más y nada menos que el arma más grande jamás creada, la palabra viva en la escritura y en la lectura, y ese día y con esa mano no somos conscientes de que con ese primer paso, como escribe Juan Ramón Jiménez, partimos de Dios en busca de Dios sin saber qué buscamos. Así fue mi primer encuentro con la palabra escrita en el colegio Divina Pastora y en brazos de la madre Ramona. Pero eso duró muy poco, pronto mis días de parvulario llegaron a su fin.

Nadie me preguntó si quería irme de allí, pero por lo visto me había hecho mayor, ya tenía cinco años, y había que tomar otras decisiones. Ese primer tiempo de parvulario que ahora es eterno, duró sólo tres años, y yo, ¡cómo callar!: ojalá aquel que inventó los puentes del tiempo se hubiera dedicado a otras ciencias más provechosas; y me hubiese abandonado a mí con mi tambor de hojalata y mi uniforme en el colegio Divina Pastora, cuyos columpios recuerdo como si ahora yo estuviera todavía allí, y la sonrisa clara de la madre Ramona, como si el mundo estuviera tan limpio como el primer día.

Así era en un principio, cuando el tiempo no existía y estaba en manos del sol y de la luna que dividían las noches y los días sin ningún rencor, no como ahora, que nos persiguen las agujas de estos apócrifos relojes que hemos inventado. Dolido el sol por su desamparo moderno. Pero no, cuando yo sólo manejaba las cinco vocales, el sistema decimal que no abarcaba más que los diez dedos de mis manos, y lo único que había conseguido recitar de memoria era el Ave María, me enviaron al colegio del Laboral.

El Laboral estaba junto a la iglesia del Carmen, tenía un gran patio rodeado por altos muros y, en su centro, una enorme y serena araucaria, turbia para los niños por su grandeza, protegida de cualquier viento y casi de la lluvia, reinaba sobre todas nuestras carreras y angustias.

Menos mal que ese día, con más conciencia de dónde iba que el día que me dirigía al colegio Divina Pastora, salí de la casa de la calle del Teatro de la mano de mi madre y de mi abuela.

Yo, silencioso. Ellas hablándome del futuro y de la importancia de seguir formándome para poder enfrentarme a la vida. Cuando mi última intención, yo que había nacido con 700 gramos de peso, como un astro marchitado, era enfrentarme a nada o a nadie. No me importaba que la fuerza de los atreidas y de los más maravillosos hexámetros escritos nunca, siguieran deformando la risa de los niños para convertirlos en hombres serios vestidos con cascos de guerra. Yo, que al final, he vestido casco de guerra.

Quedarse sólo a la puerta de un nuevo colegio, sin que la madre Ramona me estuviera esperando y con el único bagaje de saber las cinco vocales, contar diez con los dedos y recitar el Ave María, es algo así como estar colgado en el vacío, como ser un desterrado en la isla de Lemnos sin poder oír el griego,  o un navegante solitario que espera un temporal que aún no se ve. 

Ese día empecé primero de la enseñanza general básica en el Laboral, y mi primer profesor, don Ernesto, vestido con traje oscuro, enjuto, viejo como la prehistoria y con algún diente perdido, esperaba nuestra entrada desde la tarima.

Cuando empezó a dar la primera clase de Lengua Española, caí en la cuenta de que tenía que hacer lo posible para que nadie se percatara de mis carencias lingüísticas y matemáticas: las cinco vocales y contar hasta diez con los dedos.

Sin haberlo conocido todavía, durante mi primer día en el Laboral, con cinco años, tejí en mi mente, como un soberbio caído, los versos de Robert Frost:

Es muy poco probable
que siga mucho tiempo sin notarse
que no voy a la altura
de la carrera de los hombres

En ello estoy todavía cuando la vida ha corrido de sobra por mis manos. He aprendido que mucho de lo que sabemos son cuentos tristes que nos cuentan.

Más adelante hablaré de otro de mis días, como si estuviera buscando el tiempo perdido,

sábado, 26 de enero de 2019

UNA NOCHE EN EL CAFÉ VOLTAIRE CON HUGO BALL


Decir que llegué a Hugo Bäll por soledad, no es equivocarme. En aquel tiempo ni había oído hablar de él, ni sabía dónde estaba el Cabaret Voltaire. Simplemente acababa de llegar a Madrid, con dieciocho años, para preparar unas oposiciones. Durante dos meses, antes de irme a una residencia universitaria, me alojé en una pensión donde compartía habitación con un albañil italiano y un conductor de camiones que andaban con sendos trabajos temporales en la ciudad de más de un millón de muertos. Apenas los veía, pues cuando ellos llegaban yo ya estaba durmiendo; lo cual me permitía tener la habitación para mis estudios todo el día.

Los fines de semana se me hacían muy largos, pues no conocía a nadie que no fueran los alumnos de la preparatoria; así que los sábados cogía el metro y me iba al centro a deambular sin más rumbo que despejarme y entretenerme con los escaparates de la calle libreros. El tercer fin de semana de paseo sin rumbo vi un cartel en Gran Vía donde presentaban una de esas enciclopedias de infinitos volúmenes que siempre llamaron mi atención.

Cuando subí a la primera planta, que me señalaba una flecha xerografiada sobre cartón, vi que aquello no era una presentación al uso; sino que colocados en varias mesas esperaban sentados los vendedores de enciclopedias que a mí me parecieron cientos. Sin escapatoria posible tuve que sentarme en una de las mesas. Rápido, le dije al vendedor que me había confundido, que pensaba que era una presentación y no una venta one to one; y que no quería hacerle perder el tiempo. "En cuanto te vi tan joven ya sabía yo que este no era tu sitio", me dijo. "Ya", le contesté, "cuando vi el cartel me pareció que acudir a una presentación de enciclopedias era una buena forma de pasar la tarde". "¿Qué edad tienes?", me preguntó. "Dieciocho años", le contesté. "No creo que sea una buena forma de pasar la tarde, con dieciocho años, acudir a la presentación de una enciclopedia. Como no quiero que te vayas de vacío", continuó hablando, "toma, llévate este libro, no tengo otro". Y me dio un libro con una portada ajedrezada roja y amarilla con un título que evidenciaba muy poco tacto mercantil: Crítica a la Inteligencia Alemana de Hugo Bäll.

Me fui de allí, dándole las gracias a ese vendedor de enciclopedias tan benevolente con los jóvenes desnortados, sabiendo que Hugo Bäll tardaría muchos años en escribir la Crítica a la Inteligencia Alemana para mí. Ese libro lo tuve dos años en mi mesita de noche sin poder leer más de una página seguida. Al cabo, lo dejé en mi estantería para que durmiera con mi colección de libros que nunca leeré, que es amplia; pero tan necesaria como la de los libros leídos.

Veinte años después, vi que el vendedor no se equivocó. Vi que llegaba el momento del antiarte, de la rebelión contra esa Gran Guerra que encandiló a la intelectualidad europea después de vendarse los ojos para caer voluntariamente al abismo. Vi, veinte años después, que ya era hora de la provocación, descubrí que la burguesía a la que pertenezco desde que tengo uso de razón no merece más arte que el del cinismo y el que trae el puro azar. entendí que había perdido muchos días paseando sin rumbo en vez de entrar con descaro en el Cabaret Voltaire, presentarme y ponerme a hablar con Hugo Bäll, Emmy Hennings, Hans Arp, Tristan Tzara, Marcel Janco, Walter Serner, Richard Huelsenbeck o Sophie Taeuber. Y aprender a bailar en libertad sin pasos o convertirme en enemigo a muerte de Lutero, que sin duda colocó a Hitler en el Reichstag con paso largo y mano enhiesta, para volver al cristianismo primitivo, el de los eremitas aristotélicos, donde se hallaba la solución de la Alemania de entreguerras: quizás los católicos y los judíos lleguen a unirse un día para salvar a Alemania de la ciénaga en la que se halla inmersa, porque de otra manera Europa va dirigida a la perdición. Es 1919 y ha visto demasiado. No verá lo que está por venir.

Durante muchos sábados seguí deambulando por Madrid con ese libro en el bolsillo, no tenía otro que no hablara de Álgebra, de Cálculo, de Física o de Química; y para mí sigue teniendo un gran significado porque con ese regalo, que yo sentí como el interminable e infinito Libro de Arena que me regaló un anciano viajero que venía de Las Horcadas, un vendedor de enciclopedias me explicó que hay lugares y libros que no son para jóvenes, que cada texto tiene su tiempo y que los escritores, si te empeñas, terminan siempre escribiendo para ti.

Es por ese motivo que todos los años, durante unos días, agarro la Crítica a la Inteligencia Alemana de Hugo Bäll y vuelvo a subrayar alguna frase que pasó sin que me diera cuenta: Los grandes valores morales de la humanidad (alma, paz, confianza; respeto libertad y fe) son calculados según el éxito que se obtiene de ellos, siendo utilizados como medio para conseguir propósitos que se oponen al significado tradicional de estos mismos conceptos. Sigo sin comprender del todo ese volumen, pero eso es lo de menos, lo importante es que me hizo salir a la calle, buscar el cabaret Voltaire de la Spiegelgasse, nº1, y conocer a una mujer que me obligó a saltarme todas las leyes de la literatura.




domingo, 6 de enero de 2019

CUANDO ENCONTRÉ EL REINO DE UQBAR EN LA GRAN ENCICLOPEDIA LAROUSSE


Volver en vacaciones a La Milagrosa trae nuevamente, a esos pocos días, rutinas que duermen en la memoria durante la época laboral: una carrera por la playa al amanecer, batallar con gatos y perros y sus dioses, hablar de lejanas historias con Steersman y Charo durante el desayuno, y abrir un rato algún tomo de la Gran Enciclopedia Larousse, edición en español de Planeta, año 1967 de la Librerie de París, con reimpresión en 1976.

Esta Navidad elegí al azar el tomo 10, el que lleva la indicación alfabética TAM-ZYW  y esa memoria que no se está quieta y es la misma en cada persona, pues al fin y al cabo todos pasamos por las mismas experiencias y solo cambian los enemigos, me hizo volver al año 1978; cuando mi padre decidió comprar en cómodos e infinitos plazos la Gran Enciclopedia Larousse, editada por Planeta.Yo cumplía 14 años,  

Yo, ese día, vi el cielo abierto porque ya entonces quería ser Borges; y sabía que él era un lector compulsivo de enciclopedias, en especial de la Enciclopedia Británica, cuyos ejemplares de la edición de 1902 habitaban la biblioteca de su padre. Ya tengo mi enciclopedia, me dije, ya me queda menos para ser Jorge Luis Borges. 

Como nunca fío al azar mis pasos, sino al inmutable y predeterminado destino que para cada uno de nosotros fijan las estrellas o el propio afán diario, para verificar que mi Enciclopedia Larousse, edición del año 1967, impresa por Planeta en 1976, era tan única como la Anglo-American Cyclopaedia, impresa en Nueva York, edición de 1917,  que llevó a Borges y a Bioy (únicos conocedores de su existencia) en su tomo XXVI al conocimiento del país de Uqbar. Hice la misma prueba. Yo sabía que las fronteras de Uqbar y sus nebulosos puntos de referencias eran ríos y cráteres y cadenas montañosas; y que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso no lo había leído en la única Anglo-American Cyclopaedia, 1917, adquirida por Bioy en uno de tantos remates, sino en la página 16 de un ejemplar de Ficciones de Jorge Luis Borges de Alianza Editorial, impreso en Madrid el año 1976; y que compré en Sanlúcar en una librería de la calle Santo Domingo.

Enseguida quise corrobar que los doce tomos de la Gran Enciclopedia habían llegado hasta mí para que pudiera cumplirse mi destino literario; y rápido me dispuse a buscar la entrada del país de Uqbar en la indicación alfabética de la letra U: Tomo 10, el que lleva la indicación alfabética TAM-ZYW. Con no poco nerviosismo abrí las páginas del volumen y allí estaba Uqbar, cuya literatura era de carácter fantástico y sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön.

Allí estaba la entrada enciclopédica de Uqbar, justo detrás de Uqba Ibn Nafi, general musulmán que después de haber participado en la conquista del norte de África fue nombrado gobernador de Ifriqiyya, que se alió con los bereberes para aniquilar el poder bizantino e hizo construir en el 670 la ciudadela de Quayrawan; y que en el 681 se internó hasta Tánger y parece ser que llegó hasta la ciudad romana de Volubilis, los confines del Gran atlas y el Atlántico, donde mantuvo relaciones con el conde visigodo don Julián de Ceuta. (Siempre leí las mejores novelas en la Larousse)

Y allí estaba la entrada enciclopédica de Uqbar, justo delante de Ur, ciudad de Mesopotamia, junto a la antigua desembocadura del Eufrates, a 15 kilómetros de su actual curso, en Al-muqayyar y de origen presumerio, que formó parte del estado sumerio de Lugalzaggizi. Parece ser que inmediatamente después cayó en poder de los guti, y luego, tras un periodo de independencia, en el que destaca la época de la 3ª dinastía en que se convirtió en la capital del imperio persa. (Nunca hice viajes más aventureros que con la Larousse).

Y allí estaba Uqbar en mi enciclopedia, detrás del general Uqba Ibn Nafi y delante de la ciudad de Ur. Allí estaba Uqbar, donde el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Y donde los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan.

Yo creí que si la Larousse contenía a Uqbar, a Tlön y a Orbis Tertius, sin duda el futuro me depararía un destino literario. Tengo cincuenta y cuatro años, todavía no me he quedado ciego, me he leído en todos estos años unas miles de páginas de la Gran Enciclopedia Larousse y también toda la literatura que leyó o escribió, que es lo mismo, Jorge Luis Borges; y aún no he sido capaz de acercarme ni un poquito a él, ni a ese destino literario que con catorce años vi escrito en las páginas de la historia del reino de Uqbar.

Ahora tan sólo aspiro a parecerme, al menos, a Pierre Menard. Voy a empezar mi próximo cuento, con unas palabras que ya tengo elegidas y que me han salido casi sin pensar: Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. No sé si es un buen comienzo para un relato, pero ahora debo irme. Estoy de vacaciones y ha llegado la hora de salir a correr en bicicleta con Jorge (un nombre bonito Jorge), hoy nos toca un carguero de dos grúas que desemboca el río, para coger la Canal y salir por la Barra. Todavía, en todos estos años, no nos ha ganado ninguno.


domingo, 16 de diciembre de 2018

LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE WELLS, UNA HISTORIA DISTINTA QUE SOÑÉ


De mi triste bachiller de Ciencias, de mis oscuras oposiciones basadas en las Matemáticas, la Física y la Química; y  de la carrera que cursé, con más pena que gloria, con las asignaturas esenciales de Cálculo, Álgebra, Física y Electrónica; saqué en claro que había dos conceptos más literarios que ninguno en el mundo de la Ciencia: la velocidad de la luz con su valor constante universal en el vacío, capaz de remover el tiempo, y la entropía que mide el desorden de todo sistema y al que va abocado todo equilibrio.

La luz, la imponderable luz, ese bien que a la hora de morir invocan los poetas: ¡luz, quiero morir con más luz!, tiene el secreto del tiempo. Del movimiento hacia el futuro, en mi opinión, nunca hacia el pasado, ya que la luz, llave del origen del universo y del fuego prometeico, ese bien imponderable, que fue lo primero que creó Dios con su inconmensurable sabiduría, como el arte no tiene más sentido posible que la vanguardia y no es una de sus características cambiar su sentido en el tiempo.

Y si de ser un viajero en el tiempo se trata, lo primero que tiene que hacer un joven es ir a la biblioteca que le cae más a mano, buscar en el fichero de la W, y sacar la tarjeta que le indicará en qué estantería se encuentra el libro de Wells, H. G. , La Máquina del Tiempo.

Sin duda, ya ha habido viajeros en el tiempo; y sus huellas, como flores esparcidas en el campo y traídas en bolsillos de chaquetas antiguas, están por todos lados. Si fuera posible, cosa que dudo, que la luz nos lleve al pasado, yo escogería los tiempos del Griego y el Latín clásicos; podría uno aprender el Griego de los propios labios de Homero y de Platón. Aunque igualmente me suspenderían con seguridad el primer curso, como cuando me adentré en los estudios de Filología abominando de las ciencias, ya que los sabios alemanes han mejorado tanto el Griego.

Pero como no hay más viaje en el tiempo que hacia el futuro, me adentraré en el ocaso de la humanidad, en sus últimos días; donde la fuerza, resultado de la necesidad, no ha dejado de construir muros y alambradas, y  haya desaparecido en su superficie; y bajo las nuevas condiciones de bienestar y seguridad perfectos, esa bulliciosa energía, que es nuestra fuerza llegaría a ser debilidad. Por contra, una nueva especie de hombres, desarrollada con los siglos, la industrialización y el progreso, los necesitados, los que siempre han vivido en la oscuridad, la pobreza y las sombras, se esconderán en las cuevas y bajo la tierra, donde nadie pueda ver su inexistencia, esperando la caída de la noche. El hombre del mundo superior había derivado hacia su blanda belleza y el del mundo subterráneo hacia la simple industria mecánica.

Pensé en el gran miedo que separaba a las dos especies. En el ocaso de la Humanidad al hombre superior no le quedaba más que la trágica extinción, pues sólo le habían garantizado la riqueza y el bienestar; y al hombre de las tinieblas le quedaba la noche, la vida y el trabajo. Eso se llama Revolución.

Me quedé dormido con el libro de H. G. Wells entre las manos. Al despertar, vi que había sudado y que lo que yo imaginé fue una historia distinta del Viajero en el Tiempo. La luz y la entropía, el tiempo y el desorden, me siguen persiguiendo, igual que cuando caí en la pesadilla del estudio de las Ciencias.







Sin duda, somos viajeros en el tiempo.
No hay más que ver cómo hemos cambiado desde que cabían en las palmas de las manos



  



domingo, 2 de diciembre de 2018

LA SENTENCIA DE MUERTE DE OSIP MANDELSTAM

Мы живем, под собою не чуя страны
Vivimos sin sentir nuestra tierra bajo los pies.

La primera vez que vi el alfabeto cirílico tenía mucha prisa; y lo hice cruzando una de esas fronteras imaginarias que pintaron cuatro locos estafadores sociales que se abrazaron a los más feroces nacionalismos en el corazón de Europa. Yo maldigo a los cuatro y a la chusma de caciques de cuello muy fino que los aconsejaban y los acompañaban y que sólo buscaban favores para su propio beneficio. Yo los maldigo a los cuatro que nos hicieron vivir sin sentir la tierra bajo nuestros pies. Sabiendo que a todos; con la misma piel, la misma sangre y el mismo origen y linaje; sólo nos diferenciaba el lugar de la línea donde cada uno se había situado, con voluntad o sin ella, para recibir la muerte.

Con estos increíbles signos cirílicos, me dije mientras miraba extasiado el cartel azul agujereado a balazos que indicaban que estábamos entrando en una nueva República, escribió Mandelstam, sobre una pared poco antes de morir camino del Gulag, los mejores versos que puede escribir un poeta mientras se le acerca la muerte: ¿será posible que yo exista realmente, que esto que llega es la muerte? Esa pared debiera de haberse convertido en Patrimonio de la Humanidad.

Osip tiene mucho frío y la ve venir, desnuda, como él se siente y la siente; que desnudos siempre nos ha llegado la mayor dicha y la mayor pena. Ya no aguanta más persecución ni más condena. La noche arada y negra, de los cercos de las estepas, se heló en los pequeños matices que mandan las estrellas. Tras el muro, el dueño, ofendido, va y viene con sus botas rusas.

El montañés del Kremlin parece que ha podido con él, con un maestro de las letras rusas que, como todos los poetas de la Unión Soviética, anda padeciendo el mayor drama que puede padecerse: su poesía no puede publicarse; no puede trabajar, salvo para contar las excelencias del realismo socialista ruso; ni siquiera con sus amigos puede declamar sus versos pues teme la delación.

El Epigrama contra Stalin sólo lo han oído doce amigos, no hay documento escrito, doce apóstoles de la poesía entre los que hay un traidor; pues ya lo tiene el carnicero oseta entre sus dedos gordos como gusanos, grasientos, y deja caer despacio sus palabras como pesados martillos, certeras, ¿este Mandelstam es verdaderamente un maestro de la poesía? Bujarin habla a su favor, y Pasternak; pronto, ellos serán también represaliados, que la libertad no vive en el hielo, ni encima ni debajo, ni llega de las montañas. Sus bigotes de cucaracha parecen reír y relumbran las cañas de sus botas.

Osip ha intentado suicidarse sin éxito. Marina lo hace. Y Maiakoski. Pasternak tiene a su amada Lara condenada a cinco años en el Gulag. Y Nikolái Gumiliov, poeta y marido de Anna Ajmatova, ha sido acusado de conspiración y fusilado; y su hijo arrastra una pena de veinte años de trabajos forzados. Qué mal lleva la tiranía la poesía, sobre todo en Rusia. El de los bigotes de cucaracha ríe y como herraduras forja un decreto tras otro: A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja, al cuarto en el ojo. Toda ejecución es para él una fiesta que alegra su amplio pecho de oseta.

Mandelstam sabe que su futuro está tachado por los dedos, como gusanos grasientos, del montañés del Kremlin porque sabe, inevitable, que el principal trabajo del poeta es no sucumbir ante la mentira. Deja de mantenerse firme porque ya conoce su futuro y se deja llevar a Kolymá como un cordero inocente muerto por los versos.  

Mientras Mandelstam desaparece camino del Gulag, ¡quién sabe cómo le llega la muerte!, Moscú son cerezos en flor y días marcados por las ejecuciones.

En eso pienso cuando veo un cartel en cirílico mientras atravieso una nueva frontera, que han pintado cuatro dementes estafadores sociales que se abrazaron a los más feroces nacionalismos en el corazón de Europa. Мы живем, под собою не чуя страны, Наши речи за десять шагов не слышны; Vivimos sin sentir la tierra bajo nuestros pies, nuestras palabras no hay quien las escuche a diez pasos.

Nada sé de Mandelstam desde ese día. Creo que es hora de empezar a perseguirlo, ¡yo también voy a perseguirlo!, pues el jardinero soy y soy la flor. En esta cárcel del mundo no estoy solo. No hay nadie que no haya vivido como una hoja en blanco. Sobre todo ahora que he visto por primera vez palabras en cirílico.

Tras arrancarme los mares, la fuerza, el vuelo, y atar mis pies al peso de vuestros desfiles de acero. ¿Qué habéis logrado?. Una perfecta nada. Mis labios temblorosos no me los podréis arrancar.




viernes, 9 de noviembre de 2018

JUDAS, ENTRE BORGES, AMOS OZ Y LA BELLA JERUSALEM



Ser lector confeso de Niels Runeberg no podía depararme más que desasosiegos y algún que otro encontronazo con los discípulos de Irineo de Lyon, valedor de la uniformidad del cristianismo, o con los partidarios de Basílides de Alejandría y de Carpócrates que creyeron en la transmigración del alma desde el hombre al animal a través del pecado.

Ser Cristo o ser Judas, no hay más alternativa para un Dios; no hay más supremo sacrificio. Runenberg lo vio claro, a la tercera tentativa, antes de que se lo llevara un aneurisma mal cerrado: Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.

No hay personaje con más aristas en la historia del ser humano, de tan vasta complejidad e infinitos matices. Un personaje soñado por el escritor más omnisciente posible: Dios; que probablemente no necesitara para redimirnos de la delación, ni de ser señalado con un beso, ni del empujón definitivo hacia el Gólgota de su apóstol más querido, el Judas, el hombre maldito.

Sigo al Cristo, y a Judas, desde siempre. Incluso cuando alguna vez los he abandonado, los he seguido. ¿Pero cómo que abandonas? ¡Jesús en una perspectiva judía! ¡Seguro que se abrirá ante nuestros ojos un terreno fértil nunca visto! ¡En el Talmud! ¡En la Josefta!¡En el Midrash! ¡En la tradición popular! ¡En la Edad Media! Lo perseguí sin saberlo por el río Hasbani hasta el valle de Jule, soñando con ver una Jerusalén liberada de odios. Por eso, no podía dejar pasar la oportunidad de descubrir la casa de Joaquín Abravanel, en el callejón Rabbi Elbaz, Dios le dé fuerzas para decir que el Señor es justo.

Abravanel fue el hombre que se opuso a Ben Gurión, tal vez no sabía o se inclinó hacia la segura derrota, que ante cualquier situación de violencia o crisis siempre, desde el inicio de los tiempos, es provocada una fuerza centrífuga que empuja a todas las sociedades, individuo a individuo, a los más feroces de los extremos que siempre se simplifican en dos, a cual más violento.

Shaltiel Abravaniel no dudó en decir entonces que el camino que habían elegido el camarada Ben Gurión y otros tantos conducía sin remedio a una guerra sangrienta entre los dos pueblos, aunque siempre creyó que todavía existía un resquicio para lograr un compromiso histórico. Debido a eso, fue apartado del Consejo y del poder por los halcones; si en esas crisis no te deslizas a uno de los extremos, a una de las alternativas enfrentadas, estás muerto civil y políticamente; por eso, es raro que suenen voces disidentes buscando la paz. Shatiel creía que él era un sionista, de los pocos que no estaban ebrios de nacionalismo, él apostaba por un camino distinto, sabía árabe desde pequeño y le gustaba mucho rodearse de árabes en la vieja ciudad.

Voz que se oye disidente con la guerra, voz que rápidamente es ahogada con el asesinato, la cárcel o el exilio; Isaac lo sabe; así que no hay más remedio que ir al combate, a la lucha por la pureza del estado, por la separación, por la división provocada por un nacionalismo totalmente excluyente; con estados prisioneros de sus propias alambradas y muros, entre dos sociedades incendiadas ya sea en esa frontera de fuego entre Palestina e Israel, en el muro del desierto que presagia las pesadillas del oeste o en la gran laguna estigia en que se ha convertido el mar nuestro. Así nos tratan los nacionalismos. Queríais un estado. Queríais independencia. Banderas, uniformes, papel moneda, tambores y trompetas. Vertisteis ríos de sangre inocente. sacrificasteis a una generación entera. Expulsasteis a cientos de miles de árabes de sus casas. enviasteis barcos llenos de inmigrantes supervivientes de Hitler directamente desde el muelle a los campos de batalla. todo para que hubiese un estado judío. Y mirad lo que recibisteis a cambio.

Abravanel pensaba que era mejor vivir como una comunidad mixta, pensando que había suficiente espacio para las dos. O como una combinación de dos comunidades donde una no amenazaba el futuro de la otra. Quizá tuvierais razón y no era más que un ingenuo. Al parecer así les va mucho mejor a todos los reconcomidos por el odio y el veneno; ya sea en Israel, o en aquellos otros lugares donde una simple mano mortal traza una frontera.

Y yo que simplemente iba buscando a Judas, que siempre pensó que él era ese hombre indispensable para la salvación del género humano; que fortaleció el espíritu del Cristo después de verlo caminar sobre las aguas, convertir el agua en vino, curar leprosos, expulsar demonios resucitar muertos; que pronto supo que era necesaria su pasión para salvar a los hombres y a las mujeres del pecado. Es Por eso que se encargó de organizar la crucifixión, sin que le resultara en absoluto sencillo. Los romanos no tenían ningún interés en Jesús, aquella tierra estaba llena de lunáticos y profetas. Tuvo que convencer a la curia sacerdotal. tuvo que mover muchos hilos. Tuvo que aceptar él, un rico hacendado de Cariot, que le dieran treinta monedas. ¿Qué eran treinta monedas para él? Desde siempre sigo los pasos del Cristo y de Judas, viendo que en los dos está la mano de Dios.
Y yo que simplemente iba buscando a Judas, terminé por las calles de Jerusalén en casa de un descendiente de León Hebreo, conocido, en ese medievo que no termina nunca, como Judah Abravanel, hablando de la violencia, de la guerra, de la insolidaridad, de los nacionalismos. 


domingo, 28 de octubre de 2018

LA BANDERA DE VALENCIA, BUSCÁNDOLA CON AUSÍAS MARCH

Nadie ignora que nunca voy a hacer un trabajo sin que me acompañe esa gente que tanto me soporta y sin un libro. Esta última misión, mi voluntad es ésta y sin sossiego, me llevó a Valencia; al convento de Santo Domingo, que no hay claustro sin magia ni libro sin arte, y a un paraje cerca de Lliria que llenamos de soldados, mariscales, cañones, caballos, corazas y corazones buscando una bandera: la bandera de Valencia.

Yo ya sabía que esa bandera estaba prisionera en París como botín de guerra, puesto que viví, muchos años antes cuando era un joven cadete, los combates de Zaragoza, defendiendo la plaza de Santa Engracia, y cuya historia escribí en un relato, que nunca vio la luz y que todavía conservo escondido en una carpeta de cartón azul custodiada por dos viejas gomas.

Si hay que ir a Valencia, me dije, no puedo dejar de ir a visitar a Ausías March, ese hombre con mano de hierro en el poder feudal y la vida; y con dedos suaves y alma serena para los versos; pues firme está su entendimiento, en cosa en que ninguno lo ha affirmado. No ignorábamos que los días de Valencia iban a ser duros y las batallas sangrientas, así que antes de comenzar el rodaje, vi de obligado cumplimiento visitar la catedral de Valencia y a Ausías March, en traducción de Jorge de Montemayor de la lengua lemosina, porque yo sabía que, con él, lo porvenir no miro, ni el passado.

Después de visitar la tumba del poeta, llegaba la verdadera misión que nos había llevado hasta allí: "Busquen la bandera de Valencia y tráiganla aquí, al Palacio de Buenavista, cueste lo que cueste".

Lo primero que hubo que indagar era dónde estaba la bandera; esa primera bandera roja, amarilla y roja que, en tierra, entró por primera vez en combate, guiando a las tropas españolas contra Napoleón. No fue difícil encontrar la réplica en el museo militar de Valencia, de manos un tal Planells, que comandaba un grupo de veteranos curtidos en más de cien batallas y tiempos. Pintada con trazos gruesos, me la enseñó: "Aquí está, ¿ves?, la cabeza del león parece la de un perro; debajo pintados los escudos del reino y de la ciudad de Valencia y más abajo el nombre del Regimiento que la portó como enseña durante la guerra de la independencia".

Yo busco la original, le dije, la que arramblada por las prisas de una nave del puerto y elegida por un pueblo levantado en armas, acudió en auxilio de Zaragoza, a combatir en Calparroso a los refuerzos que envió Napoleón, donde el Regimiento de Cazadores de Fernando VII fue casi aniquilado, refugiándose los pocos supervivientes de aquella batalla en Zaragoza para fajarse en su segundo sitio. Donde cayeron todos y también la enseña, esa bandera roja, amarilla y roja que el pueblo de Valencia hizo suya para luchar por su libertad frente al invasor, cayó en manos enemigas. Esa es la que busco.


Para la batalla, un viernes de madrugada comenzó el reclutamiento. Los combates tuvieron lugar el sábado y el domingo, sin descanso, arrastrando cañones, con lances a bayoneta y con cargas de caballería sin fin; pues tuve la suerte de encontrar a un tal José Antonio Esteban y ese escuadrón de centauros capaces de enfrentarse a una sólida formación de infantería en cuadro en la que los soldados de la primera fila aguzan sus bayonetas mientras que los soldados del resto de las filas disparan sobre las tropas que les atacan. Ninguno de ellos cedió en su empeño; ni atacantes ni defensores.

La lluvia no cejó tampoco; ni las tropas frenaron su empuje, hombres y mujeres que venciendo al tiempo volvieron a 1808, cuando los idiomas español y francés se hablaban con otros tonos y vocablos, y la tierra estaba pendiente de otra forma y otros sentidos.

El Regimiento de Cazadores, a veces llevaban las mismas caras que los franceses del mariscal Lannes, y los mismos corazones; empeñados en volver doscientos años atrás para buscar sin descanso esa bandera, lo de menos era si por la mañana llevábamos un uniforme de húsar francés o un cachirulo español y alpargatas con duende para manejar la pólvora y la bayoneta.

El libro de Ausías March, colección de autores hispánicos, que llevaba escondido en la parte trasera del pantalón me guardó de algún plomo que se escapó de veras. Agujereado lo llevo. Cuando había mucho cansancio acudía a él y no pude menos que garabatearle el guion a Luis Pelayo con unos versos del señor feudal de Valencia: "Lee el canto XIV y verás por qué no podemos cansarnos". Cansarse no podrá mi buen deseo pues nasce donde no hay jamás cansarse. No cesará lo meu egual talent puix móu de part que no 's cansa, n' esfarta. Pero no entiendo esta frase, esto no es Valenciano, me dicen los combatientes de Valencia. Claro que es Valenciano, les contesto, es Ausias March, en un lemosino puro, limado de artificios, es vuestro Valenciano de hace mucho tiempo. ¡Qué dificil era para ellos aprenderse de memoria estos versos! Para el coronel Cerveró fue imposible. ¡Venga mi coronel, que no conozco un oficial que no ande con un libro de de Manrique, Ausias o la  misma Iliada en la mesa de su despacho!

Aunque he de decir que Cerveró combatió como nadie y habló a las tropas con soltura cuando ya se oían los cañones franceses por la amura. Luis Pelayo fue el alma del rodaje; Ángel Manrique nuestro apoyo continuo; Manolo Lorenzo, un asesor infatigable; Dani, nuestros ojos en el cielo y Lidia en la tierra, junto con Ángel, María y la gente de Inteligencia. Y, ¡qué decir!, de esa asociación de recreación histórica del museo militar de Valencia que lucharon como nadie, a la bayoneta, en cuadro, en guerrilla; a muerte, por la bandera de Valencia; y la cuadra de los hermanos Esteban, ese tal José Antonio, que me volvió a recordar el viento que acerca un galope y las manos levantadas al aire de corceles que aprietan el trote a tu señal y el bufido en la última cabezada antes de sentir el acero en los ijares. Él sabe que todavía me debe un galope en Valencia, y sin duda iré a cobrármelo.

Lucharon como valientes y como valientes murieron; pero esa bandera cayó en manos enemigas y sabemos porque lo vivimos en los parajes de Lliria que las marchas fueron duras y los combates sangrientos. Bien sabemos ahora que la bandera está en París y puede que el próximo año sea esa nuestra misión porque jo sóc aquest que en la mort delit prenc, Puix que no tolc la causa per què em ve. Cierto, yo soy este que en la muerte encuentra placer, porque no rehuyo la causa por la que me viene.






domingo, 7 de octubre de 2018

LA FUENTE MUDA, LA HISTORIA QUE ME PERSEGUÍA


Hay historias que nos persiguen con la paciencia de una estrella y con la tenacidad de una gota de agua, capaz de persistir en su lucha contra una montaña hasta horadarla formando valles y cañones. Yo vivía cerca de la fábrica de hielo, justo en la boca del río, frente al cuartel de la Guardia Civil del Coto. Espere a la barcaza en el muelle. En una hora está aquí. El cuartelillo es aquella casa que se ve justo enfrente, entre las dunas y los pinos. ¿No hay nada alrededor? Sí, señor, está el Coto. Dunas, pinares, la vera, la anegada, las marismas, la laguna…

Desde que nací en una casa de marinos llena de mujeres, que contaban historias a todas horas, sin haber leído una novela; mi mundo imaginario ha sido cuanto las rodeaba a ellas; y esas vidas que mi abuela y tías abuelas contaban o se inventaban conformaban un universo lleno de personajes que tenían forma y palabra en la realidad, pero que la imaginación los dibujaba con pinceles de gloria para el futuro. Y hete aquí que nací en Sanlúcar en la casa que mi bisabuelo, el práctico de la Barra del río don Pascual Pareja, construyó en la calle del Teatro en 1917, aunque lenguas ladinas dijeron siempre que fue un regalo, a un fiel, del rey don Alfonso XIII.

Un destructor republicano y un mercante andan maniobrando en la barra del río. Han hecho fuego sobre los fortines y por ahí rolan todavía. El práctico fija sus ojos en el mercante. Ya ha vivido tres guerras civiles, ha cazado piratas y cree haber muerto, mereciéndolo, un par de veces. Se imagina que los barcos republicanos van cerrar la barra del río, hundiendo en ella un navío. Lleva dos días nombrado práctico de la barra, desde el 19 de julio de 1936. ¿De qué parte están los que siempre mandaron, Sebastián? Con el Alzamiento, capitán, le responde el contramaestre Sebastián Pantoja. El destructor dispara contra el mercante que previamente han llenado con hormigón y lo hunde. El mercante se llama Landford.  Cuando acaba el ataque, el práctico llega en su lancha con su segundo hasta la zona del hundimiento, se pasa todo el día lanzando sondas y cabos, y al poco dice para sí: “Son una auténtica calamidad. Han hundido el barco a un lado del canal, la barra sigue libre. No hay problema para que los navíos suban río arriba hasta Sevilla y abastezcan al ejército del sur". Y hete aquí que, desde niño, me persigue una historia de un bisabuelo, cazador de piratas y práctico mayor de la Barra del río. En estos parajes nunca se pide rescate; se solicita venganza o clemencia, esta última nunca concedida por la naturaleza, la ley ni por sus interpretaciones. 

Si yo te contara la historia de tu abuelo y de tu otro bisabuelo, me cuenta mi abuela Magdalena, la de Magdala. Informo a V.E. que Antonio Lima Bustamante, jefe de la estación de ferrocarriles de Sanlúcar-playa, es persona adscrita a los partidos del frente popular, figurando en el llamado Acción Republicana, fundido después en Izquierda Republicana, en las actas de cuyo partido aparece un vicepresidente con el nombre de Antonio Lima, sin segundo apellido, no pudiendo determinar si se trata de él o de su hijo llamado igual. No consta aunque se sospecha que pertenece a la masonería, y desde luego se dedicaba a la propaganda  de su política ensalzando la figura del Presidente Azaña, de quien era entusiasta. Y luego llegó la guerra, dice Magdala, y tu tío abuelo Diego de carabinero en Sanlúcar; y en medio un alzamiento en Marruecos. Y lo que pasó en el castillo de Santiago; y el río, el inconmesurable río del inagotable Sur. Y unos por un lado y otros por otro, y la guerra. Y hete aquí que me persigue otra historia.

Y luego, llega la tata Maruja con aquella historia del tonelero, que anduvo escondido después de la guerra no sé cuánto tiempo, que agarraron en Doñana bajo la tierra dentro de un tonel, y la de aquel médico que llegó de no se sabe dónde y acabó trinchando cuanto cadáver aparecía flotando por la desembocadura; incluso aquellos trozos informes de carne humana que aparecieron al albur de las olas en el coto, en la varenada y en el segundo meandro, y con urgencia los llevaron a la fábrica de hielo. El doctor Vaussell pasa toda la noche en la fábrica de hielo. Ha cogido mucho frío y lo lleva dentro del cuerpo, pegado al abrigo. El abrigo tiene un remiendo que hace mucho ruido porque le cruza la espalda, y que le ha cosido doña Pura. Si cobrara a todo el mundo, no estaría así, dice con gesto de enojo doña Pura; Andaría como un señor. El doctor no para de toser. El frío se le ha calado por la ropa hasta los pulmones. Doña Pura le pone una taza de caldo caliente con poca chicha.

Terminaré el informe en casa. Venga a verme personalmente antes de hablar con nadie, le dice el teniente. El doctor asiente con esa disciplina que les sale del cuerpo a los indefensos ante los poderosos y sale pensando que este mundo no está hecho para gente como él, que anda poco capacitado para eso que llaman la lucha por la vida. Don Melquíades lo aborda fuera de la fábrica y le dice lo mismo; No hable con nadie de sus conclusiones sin haber hablado antes conmigo. Y voy yo y lo cuento todo; ¡si es que no sé estar callado!

Y qué puedo hacer yo si todas esas historias, por culpa de cuantas mujeres vivían en la casa de mi bisabuelo, el práctico de la Barra del río, don Pascual Pareja, me persiguen con la paciencia de las estrellas y la tenacidad de una gota inacabable de agua.