domingo, 16 de diciembre de 2018

LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE WELLS, UNA HISTORIA DISTINTA QUE SOÑÉ


De mi triste bachiller de Ciencias, de mis oscuras oposiciones basadas en las Matemáticas, la Física y la Química; y  de la carrera que cursé, con más pena que gloria, con las asignaturas esenciales de Cálculo, Álgebra, Física y Electrónica; saqué en claro que había dos conceptos más literarios que ninguno en el mundo de la Ciencia: la velocidad de la luz con su valor constante universal en el vacío, capaz de remover el tiempo, y la entropía que mide el desorden de todo sistema y al que va abocado todo equilibrio.

La luz, la imponderable luz, ese bien que a la hora de morir invocan los poetas: ¡luz, quiero morir con más luz!, tiene el secreto del tiempo. Del movimiento hacia el futuro, en mi opinión, nunca hacia el pasado, ya que la luz, llave del origen del universo y del fuego prometeico, ese bien imponderable, que fue lo primero que creó Dios con su inconmensurable sabiduría, como el arte no tiene más sentido posible que la vanguardia y no es una de sus características cambiar su sentido en el tiempo.

Y si de ser un viajero en el tiempo se trata, lo primero que tiene que hacer un joven es ir a la biblioteca que le cae más a mano, buscar en el fichero de la W, y sacar la tarjeta que le indicará en qué estantería se encuentra el libro de Wells, H. G. , La Máquina del Tiempo.

Sin duda, ya ha habido viajeros en el tiempo; y sus huellas, como flores esparcidas en el campo y traídas en bolsillos de chaquetas antiguas, están por todos lados. Si fuera posible, cosa que dudo, que la luz nos lleve al pasado, yo escogería los tiempos del Griego y el Latín clásicos; podría uno aprender el Griego de los propios labios de Homero y de Platón. Aunque igualmente me suspenderían con seguridad el primer curso, como cuando me adentré en los estudios de Filología abominando de las ciencias, ya que los sabios alemanes han mejorado tanto el Griego.

Pero como no hay más viaje en el tiempo que hacia el futuro, me adentraré en el ocaso de la humanidad, en sus últimos días; donde la fuerza, resultado de la necesidad, no ha dejado de construir muros y alambradas, y  haya desaparecido en su superficie; y bajo las nuevas condiciones de bienestar y seguridad perfectos, esa bulliciosa energía, que es nuestra fuerza llegaría a ser debilidad. Por contra, una nueva especie de hombres, desarrollada con los siglos, la industrialización y el progreso, los necesitados, los que siempre han vivido en la oscuridad, la pobreza y las sombras, se esconderán en las cuevas y bajo la tierra, donde nadie pueda ver su inexistencia, esperando la caída de la noche. El hombre del mundo superior había derivado hacia su blanda belleza y el del mundo subterráneo hacia la simple industria mecánica.

Pensé en el gran miedo que separaba a las dos especies. En el ocaso de la Humanidad al hombre superior no le quedaba más que la trágica extinción, pues sólo le habían garantizado la riqueza y el bienestar; y al hombre de las tinieblas le quedaba la noche, la vida y el trabajo. Eso se llama Revolución.

Me quedé dormido con el libro de H. G. Wells entre las manos. Al despertar, vi que había sudado y que lo que yo imaginé fue una historia distinta del Viajero en el Tiempo. La luz y la entropía, el tiempo y el desorden, me siguen persiguiendo, igual que cuando caí en la pesadilla del estudio de las Ciencias.







Sin duda, somos viajeros en el tiempo.
No hay más que ver cómo hemos cambiado desde que cabían en las palmas de las manos



  



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