sábado, 20 de septiembre de 2014

EN LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ




Cuando Artemio Cruz empezó a morirse me llamaron urgentemente.
De entre todas las agonías a las que he asistido, la de Artemio Cruz fue la más extraña. No porque fuera muy original, ya que, según dicen, todos echamos un vistazo a nuestro pasado cuando llega ese tránsito en el que unos parece que ven la luz y otros las sombras. Pero es que, a Artemio Cruz, el recuento de su vida se le llenó de saltos en el tiempo y de voces que regresaban de su pasado para que no olvidara cómo se había apoderado de las vidas, haciendas y almas de sus semejantes:   

Encenderás un cigarrillo, a pesar de las advertencias del médico, y le repetirás a Padilla los pasos que integraron esa riqueza. Préstamos a corto plazo y alto interés a los campesinos del Estado de Puebla al terminar la revolución; adquisición de terrenos cercanos a la ciudad de Puebla, previendo su crecimiento; gracias a una amistosa intervención del Presidente en turno, terrenos para fraccionamientos en la ciudad de México; adquisición del diario metropolitano; compra de acciones mineras y creación de empresas mixtas mexicano-norteamericanas en las que tú figuraste como hombre de paja para cumplir con la ley; hombre de confianza de los inversionistas norteamericanos; intermediario entre Chicago, Nueva York y el gobierno de México; manejo de la bolsa de valores para inflarlos, deprimirlos, vender, comprar a tu gusto y utilidad; jauja y consolidación definitivas con el presidente Alemán: adquisición de terrenos ejidales arrebatados a los campesinos para proyectar nuevos fraccionamientos en ciudades del interior, concesiones de explotación maderera.

Artemio, que yo no sabía si, de verdad, se estaba muriendo o no, me dijo que nada tenía de lo que avergonzarse, pues él también fue hijo de un hacendado (y una mulata) que lo perdió todo asesinado por los lebreles de un nuevo cacique:

¿Vienes a decirme que ya no hay tierras ni grandeza para nosotros, que otros se han aprovechado de nosotros como nosotros nos aprovechamos de los primeros, de los originales dueños de todo? ¿Vienes a contarme lo que sé, en mis adentros, desde la primera noche de mi vida?

No, Artemio, no vengo a pedirte que te arrepientas de haberte aprovechado de la revolución, de haber traicionado a Gonzalo Bernal, hijo de Gamaliel Bernal y hermano de Catalina, que dice que nunca te amó o al menos nunca pudo perdonarte, porque tú sustituiste a su hijo y hermano, fusilado por unas bellas ideas que terminaron asfixiadas en los filos de los caudillos que emergieron de la revolución para acabar devorándose entre ellos: Villa, Zapata, Carranza, Obregón, Huerta...:

Una revolución empieza a hacerse desde los campos de batalla, pero una vez que se corrompe, aunque siga ganando batallas militares, ya está perdida. Todos hemos sido responsables. Nos hemos dejado dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los mediocres. Los que quieren una revolución de verdad, radical, intransigente, son por desgracia hombres ignorantes y sangrientos. Y los letrados sólo quieren una revolución a medias, compatible con lo único que les interesa: medrar, vivir bien, sustituir a la élite de don Porfirio.

¿En eso ha quedado la revolución?

Si eso es la revolución, no más: lealtad a los jefes.
Sí. Hasta el yaqui, que primero salió a pelear por sus tierras, ahora sólo pelea por el general Obregón y contra el general Villa. No, antes era otra cosa. Antes de que esto degenerara en facciones. Pueblo por donde pasaba la revolución era pueblo donde se acababan las deudas del campesino, se expropiaba a los agiotistas, se liberaba a los presos políticos y se destruía a los viejos caciques. Pero ve nada más cómo se han ido quedando atrás los que creían que la revolución no era para inflar jefes sino para liberar al pueblo. 

Tú lo aprendiste antes que los demás, Artemio, tal vez porque la revolución te arrebató pronto a Regina, la mujer que te siguió como Adelita, por tierra y por mar, trás de tus pasos por la cordillera como un perrito obediente: El amor de Regina pagaría la culpa del soldado abandonado.

El médico pincha el estómago de Artemio, pero él no se preocupa por una muerte lenta porque sabe que sólo la muerte súbita es de temerse; por eso los confesores viven en casa de los poderosos.

Parece que va dejando atada su vida anterior: su mujer Catalina ha vivido, si eso es vivir, culpándolo de todo: la muerte de su hijo, la de su hermano, la quita de toda su hacienda que pasó a sus manos como un nuevo usurpador que les trajo la revolución. Su hija sólo lo quiere ver muerto y encontrar un testamento que él se ha dado a esconder, esbozando una media sonrisa de moribundo. Padilla, su hombre de confianza, persigue su voz con una grabadora. Y, sobre todos planea la sombra de la ambición y el poder, que en eso ha quedado nuestra revolución, como les pasa a todas:

El poder vale en sí mismo, eso es lo que sé, y para tenerlo hay que hacer todo ... pero no quisiste decirle cuánto significaba para ti porque quizá hubieras forzado su afecto.

Artemio se va muriendo poco a poco vomitando excrementos, mientras su vida la cuentan tres personas: Yo, tú y él; como una trinidad surrealista que da una forma a las memorias difícil de igualar.

Artemio se va muriendo llamando a Regina, su único amor:

Amé a Regina..., se llamaba Regina y me amó ... me amó sin dinero ... me siguió, me dio la vida ... allá abajo ... Regina, Regina ... cómo te amo ... cómo te amo hoy ... sin necesidad de tenerte cerca ... cómo me llenas el pecho de esta satisfacción ... cálida ... cómo ... me inundas ... de tu viejo perfume ...

Empezó a hacerse de noche y a los pies de su cama escuché esta conversación:

-Mire, doctor: se está haciendo ...
-Señor Cruz ...
-¡Hasta en la hora de la muerte debía engañarnos! 







domingo, 7 de septiembre de 2014

LUIS GARCÍA MONTERO, ALGUIEN DICE TU NOMBRE


A Luis García Montero lo conocí en La Otra Banda de la Argónida, solía veranear por allí; aunque ya tuve, sobre el papel, encuentros con él en El Jardín Extranjero, (hubo un tiempo en que el Adonáis llenaba buenas alforjas), y en Habitaciones Separadas, (quién no ha soñado con amores que nunca llegan).

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo,
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio…

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
Como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Leyendo estos versos, cada día estoy más de acuerdo con Wittgestein y su Tractatus, porque, aunque tú no lo sepas, la realidad es la suma de lo que existe y de lo que no, de lo que somos y lo que soñamos; es la única manera de sobrevivir.
Ya sabemos que la totalidad de los hechos existentes conforma el mundo,…y así está el mundo, no hay más que leer Los periódicos; afortunadamente, la totalidad de los hechos existentes junto a la totalidad de los hechos inexistentes conforman la realidad.
Yo me quedo con la realidad porque así he vivido yo, como la luz del sueño que no recuerdas cuando despiertas.

A Luis García Montero he vuelto a verlo hace poco. Andaba con un libro debajo del brazo y me contó al oído las cuatro palabras del último conjuro: Alguien dice tu nombre. Le pregunté que dónde había que ir y me contestó que a Granada. ¿Cuándo?, volví a inquirir. Vete para allá en el año 1963.  Granada, año 1963 y tratándose de Luis, seguro que me meto en un lío. Así que a Granada me fui. El calendario del bar está detenido en el tiempo y en el espacio. Nada cambia, nadie puede escaparse de aquí. Marca el diecinueve de abril. No han pasado por él ni los últimos once días de abril, ni mayo, ni junio.

Tenía que contactar con un tipo oscuro con pinta de funcionario y vida gris de nombre Vicente Fernández en las oficinas de la Editorial Universo, iba a dedicarme a vender enciclopedias por Granada y su comarca. Mi única relación con el negocio de las enciclopedias anteriormente fue el día que un vendedor de Larousse pasó por casa para explicarle a mi padre lo importante que era tenerla en un hogar para la educación de los hijos y su futuro, como un resumen jerarquizado de toda la sabiduría antigua y moderna que contiene muchos datos sobre don Juan de Austria, la capital de Noruega, las enfermedades de la remolacha las técnicas de caza, la cría de jilgueros… Mi padre, por supuesto, compró la Larousse y yo, aunque soñaba con la Enciclopedia Británica que Borges leía de niño y que siempre asocié al Aleph, empecé a leerla cada día. Diez tomos y una addenda que nos fue remitida a casa dos años después de la compra por aquello de que la geografía y las fronteras son muy inestables.


Vicente Fernández no es gordo, ni delgado, ni alto, ni bajo, ni joven, ni viejo. Da pena ver cómo dice adiós al final de la tarde y se marcha hacia su casa, refugiado en sí mismo, con pasos torpes, su cartera negra en la mano y todo el peso del calor de la ciudad encima de los hombros. Es de ese tipo de personas a las que siempre le hacen daño los zapatos, me explica Luis García Montero. ¿Y voy a pasar todo el verano con un tipo así en Granada en el año 1963? También hay un joven, prosigue Luis, de veinte años, se llama León Egea, quiere ser escritor y trabajará allí también este verano. Luis me enseña las fotos y me fijo en Consuelo, la secretaria. Es guapa y todo el que trabaja para la Universal la mira como si ella acabara de llegar de París o de otra galaxia.

No te fíes de todo lo que ves, me dice, los hombres prudentes no se llevan la vida por delante, son carne de oficina, pobres funcionarios de la obediencia. Sabes que siempre he estado alerta, le contesto; cuando anduve dando retazos por la política aprendí, Luis, que las bellas palabras engañan, disfrazan las mentiras, que detrás de las sílabas graves que forman conceptos como cultura, pueblo, ideas, deber, compromiso, honor se esconde una humilde comisión para los vendedores. Sí, una pena que siempre estemos en manos de vendedores, ése es el gran mal de la palabra.

He pasado parte de este verano en Granada, en el año 1963, por culpa de Luis García Montero, pero no me arrepiento.
Hasta otro verano, Luis, que alguien dice tu nombre. 


                                   







jueves, 28 de agosto de 2014

ERNST JÜNGER, UN ENCUENTRO PELIGROSO



En París he seguido muchas pistas literarias. Antes del Fin, Ernesto Sábato me reconvino en que uno de los rastros que debía de seguir era el del surrealismo, al que él llegó de la mano de una beca que anualmente otorgaba la Asociación para el Progreso de las Ciencias, y que lo envió a trabajar en el Laboratorio Curie. Nada más y nada menos que con Marie Curie.

Pero París puede convertirse en una maldición que arrastra cuanto toca, sobre todo si el espíritu es poco piadoso con los sentidos. El período del Laboratorio coincidió con esa mitad de camino de la vida en que, según ciertos oscurantistas, se suele invertir el sentido de la existencia. Durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas, y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dôme y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasábamos horas elaborando “cadáveres exquisitos”.


En París se podía, en el periodo de entreguerras, encontrar pintores capaces de dibujar la cuarta dimensión. En París, se podía ver a Bretón, cabeza, manos y pies del surrealismo, y medio dueño del dictado del pensar con ausencia de todo control ejercido por la razón, acompañado por Óscar Domínguez, Féret, Marcelle Ferri, Matta, Francés, Tristan Tzara, tomando café y salvando al mundo, al margen de toda preocupación estética y moral.

París debe ser vivida, pero sin olvidar que los excesos se pagan. Y bien es verdad que se pagan, no sólo en París, sino en cualquier parte; que se lo pregunten al pintor Óscar Domínguez, amigo de Sábato, aquel alocado, violento Domínguez, uno de los pocos personajes surrealistas que quise. Surrealista en su modo de concebir y resistir la existencia. Pasó la última etapa de su vida entre las drogas, el alcohol y las mujeres. Hasta que se suicidó una noche cortándose las venas, y con su sangre manchó la tela colocada sobre su caballete.

Yo he llegado hoy a París buscando a un alemán que ya conocía porque habíamos vivido juntos Sobre los acantilados de mármol, esquivando a los nazis.

En una biblioteca, que he vuelto frecuentar ocho años después, encontré un pequeño libro titulado Un Encuentro Difícil de este autor al que persigo con ese vínculo de amor-odio propiciado por el pasado siglo XX.  Escritor, ensayista, viajero, entomólogo y soldado, qué más se puede pedir. ¿Con sombras? Con sombras y luces, como todos, como Tempestades de Acero. Aunque, quede claro que si alguien quiere venir al mundo como turista ya puede volverse por donde llegó, al mundo se viene a luchar como un guerrero.

La memoria de Jünger, poco a poco, va siendo rehabilitada, nada debe importarle ya eso. He llegado a París buscándolo porque ahora a sus ¡95 años! anda envuelto en un crimen. Me escribió en alemán, y nada más ver la carta fui a comprar un billete para el expreso. Ha vuelto a París después de la II Guerra Mundial, cuando llegó allí con el uniforme nazi. ¡Tengo que verlo! Va a ser un encuentro difícil.

Cuando hay una mujer hermosa por medio, el crimen y el relato suelen abandonar, sin querer, el espíritu policiaco que los envuelven para tomar retazos de relato galante, porque es una tentación que, con Irene Kagarné almorzando en la mesa de enfrente, no puede evitarse: Un gesto de inquietud turbaba aquella hermosura. Siempre es una desgracia heredar la fuerza sin la facultad de controlarla. Si una gran fortuna sólo causa desgracias cuando va a manos de un derrochador, también la hermosura puede ser un don peligroso tanto para quien lo recibe como para los que le rodean.

Ya conocemos a Irene, sólo falta conocer a su marido para saber cómo de previsible va a avanzar la novela, sobre todo sabiendo que la sola hermosura no basta para sujetar a un hombre como Kagarné, por eso las cosas nunca fueron bien, ya que él se entregaba libremente a sus aficiones, como un filibustero, y hacía lo que le venía en gana.

Para estos lugares tan incómodos la figura geométrica por excelencia es el triángulo y, claro, en una novela policiaca, aun con tintes galantes, hay que dibujar ese triángulo con un tercer vértice: un joven tímido, yo lo encuentro excesivamente infantil para sus casi veinticinco años. Deberías ocuparte un poco más de él. Siempre está fantaseando.

¿Alguien puede no sospechar que el joven Gerhard no acabará en brazos de la mujer madura y bella, agotada en la convivencia con un marido rudo, dado a otras mujeres y a sus aventuras de cazador y marinero? Gerhard es un muchacho muy bien educado, respetuoso y caballero. Yo le quiero mucho y cuando lo comparo con esa sociedad tan fría y superficial me siento reconfortado. La trampa está servida; ¿previsible?, sí, esa sociedad fría se comerá al joven tímido; aunque lo más importante del juego de Jünger es la descripción de sus personajes. Yo también hubiera caído en manos de Irene Kagarné, si llego a estar en París en aquellos momentos en los que andaban construyendo la Torre Eiffel.  

Para entonces, yo ya conocía a los inspectores que iban a encargarse del caso, el inspector Dubrowsky, frío, atento, con una cartera de clientes, amigos de la delincuencia, que le hacía adivinar en cada delito el nombre del delincuente sólo por su forma de actuación; y el capitán Etienne, militar prusiano que ha terminado en la policía, casi sin saber cómo y que sirve de apoyo a Dubrowsky igual que el doctor Watson a Holmes.

Voy a seguir andando con estos policías por París siguiendo las pistas del crimen de la joven bailarina en La Campana de Oro, donde pasé una noche con Irene Kagarné jugando a las sombras: Cruzaron la plaza Voltaire, atentos a los coches que se deslizaban sobre los húmedos adoquines entre la niebla. Etienne volvió a asombrarse de los giros que su amigo sabía imprimir a los temas. Era como el compañero de viaje que desembarca en una isla y al que ves cada vez más lejos . La corriente era la opinión, la tierra firme, el hecho.



Por cierto, Ernst Jünger que yo te vi en Segovia en El Alcázar en el año 1995. Causas del azar, que suele hacer muy bien las cosas.

jueves, 21 de agosto de 2014

AKHENATÓN, EN MANOS DE NAGUIB MAHFUZ


Llegué a El Cairo con Naguib Mahfuz para pasar dos semanas en El Callejón de los Milagros y, sin saber cómo, acabamos descendiendo por el Nilo, primero hasta Tebas, y luego hasta Amarna. “No”, me dijo, “no vamos a Amarna; vamos a Akhetatón”. Menos mal que antes de salir me leí su libro, en el cual relataba la historia del Hereje y de aquella maravillosa ciudad, horizonte de Atón, que éste mando construir para que la pena se comiera a Tebas y a sus dioses. La divisamos desde el barco. Agazapada entre el Nilo a Poniente y la colina a Oriente, desnuda de árboles, sus calles vacías, sus puertas y ventanas cerradas como párpados caídos.

Encontramos al Hereje solo, declarando que su dios, su único dios, no lo abandonaría. Lo sabíamos condenado, pero él insistía que nunca traicionaría a su dios, que sólo el amor lo puede todo y que sólo con amor se puede cambiar el mundo. En ese momento supe que el sacerdote de Amón, que siempre echaba espuma por la boca cuando hablaba de él, no nos había contado la verdad:
El Hereje es de padre desconocido. Su hombría es dudosa, afeminado… Como su padre se casó con una mujer del pueblo que reunía en su persona como madre, una ambición desmesurada y cierto libertinaje. Era débil hasta el límite de odiar a los fuertes, fueran hombres sacerdotes o dioses. Se inventó un dios a su imagen y semejanza, débil y afeminado, padre y madre a la vez, y le atribuyó una sola función: el amor.

Que el hijo del Faraón Amenhotep III, que debía reinar con el nombre de Amenhotep IV, fuese quien iniciara la revolución en el Egipto del Imperio Nuevo era impensable. ¿Una nueva religión basada en el amor? Todos los resortes de poder en el país del Nilo, en la nación que gobernaba el mundo desde el Mar Muerto a las montañas de la Luna, temblaron al verse reconocidos en los ojos de aquel nuevo Faraón.

Como escuché decir al sacerdote de Amón: aquel cuerpo enfermizo tenía poderosas inclinaciones secretas y ardientes obsesiones que hacían presagiar las peores consecuencias. Corren rumores sobre un nuevo dios, hasta ahora desconocido, que se ha aparecido al espíritu del heredero y le ha exigido que lo adorara como al único dios verdadero de la creación, a él y sólo a él; y cualquier otro dios es falso.

Desde ese momento el sacerdote de Amón no vivió más que para acabar con el Faraón y con esa loca idea acerca de cambiar el mundo sólo con amor: “No había visto nunca un sabio que despreciara la sabiduría como tú, sacerdote de Amón”. El adorador de Amón contestó: “No desprecio la sabiduría pero la considero inútil si no se apoya en la fuerza”. En ese momento supe que el Faraón, el hereje, estaba perdido.

Pero Amenhotep IV no cejó en su empeño de renovar el alma de Egipto. ¿Una religión basada sólo en el amor? Cambió su nombre por el de Akhenatón, abandonando Tebas acompañado de un grupo de jóvenes pertenecientes a la flor y nata de la sociedad. Era un grupo sorprendente llenos de deseos revolucionarios. Se dirigían a sus propios esclavos, en las plazas o en los campos, con palabras afables y amistosas que los dejaban perplejos. Sin duda esperaban tener que rendir cuentas ante un dios poderoso que los miraría de arriba abajo, o quizá no los miraría en absoluto. Por donde pasaban acusaban a los hombres de religión, se burlaban de sus prácticas y despreciaban sus rituales, que incluían sacrificios humanos, y ellos anunciaban al dios único, la energía existente en lo más íntimo de la creación, la energía creadora de todo por igual, que no distinguía entre siervos y señores en Egipto. Y todo eso de la mano de un Faraón. Al que amenazaron porque estaba arrancando el imperio de cuajo para esparcir sus restos al viento. Desde entonces le prometí fidelidad a Akhenaton y pensé como él que sólo con bondad se puede arreglar el mundo. Por eso ahora estamos los tres solos (el Faraón, Naguib Mahfuz que fue quien me ha traído y yo) en este palacio de la ciudad, ahora abandonada por todos, que mandó construir para ofrecérsela al nuevo dios. Todos lo han desamparado, hasta su esposa, la reina Nefertiti, que siempre estuvo a su lado y sobre la que se han vertido mil infamias para horadar el espíritu del Faraón. No lo han conseguido, el espíritu de Akhenaton permanece inalterable: ¿Por qué la gente inteligente cree tan firmemente en el mal?

Pronto corrieron las noticias sobre la corrupción de los funcionarios y, en los mercados, los lamentos de los pobres llegaron a nuestros oídos. Sin castigos ante los delitos, porque el Faraón no creía en esa forma de arreglar la sociedad; las leyes y el orden se convirtieron en papiro mojado sin valor alguno. Luego, se supo que los pueblos sometidos se estaban rebelando, y que los enemigos acechaban en las fronteras del imperio. Su consejero Ay insistía: Debes limpiar el interior y enviar el ejército a las fronteras a defender el imperio. A lo que él contestó: Mi arma es el amor, Ay, ten paciencia y espera.

“Señor, este mundo es un valle por donde no sólo transitan almas buenas, todos lo sabemos”, le dijo el general Horemheb, que veía cómo se deshacían, igual que la arena en el Nilo, todas las fronteras de Egipto. “Estás llenando de viento el Imperio y lo estás dejando desarmado”. A lo que él contestó: “el amor lo puede todo y dios no nos desamparará”.

Espera sentado en tu trono y no hagas nada; Verás lo que ocurre. ¿Sabes qué quieren hacer contigo? Yo te lo diré, lo escuché de labios del consejero Tutu, que hervían de odio: estoy convencido que un crimen que escapa a su merecido castigo no hace más que cimentar el pecado, debilitar la fe en la justicia divina y sentar la base de otros crímenes. Hace falta sangre para contentar a Amón. Ese crimen era el tuyo.

Están buscando tu muerte y tu desaparición; y tú, mientras tanto, anuncias, primero, que no crees en los falsos dioses, más tarde, haces suprimir el culto y distribuyes sus riquezas entre los pobres; sin preocuparte de las tretas de la política, mientras te tachaban de loco y de embaucador: “yo voy a ofrecer las fuerzas del mal como sacrificio a los dioses, rompiendo las cadenas que atenazan a los que no tienen poder”. Cómo podía hablar así un Faraón del nuevo Imperio de Egipto. ¡Es un loco!, gritaban. ¡Es un loco! Acabará con los bienes que nos legaron los tiempos y marchitará la sociedad egipcia hasta su extinción. ¡Es un loco!

Quiero quedarme con él hasta el final, se ha quedado solo, todos le han abandonado, hasta Nefertiti, por miedo, y como una bandada de hipócritas, igual que antes lo adulaban ahora lo repudian. ¡Es el faraón de Egipto! No lo olviden, que bien lo seguían babeando cuando recorría las calles de Akhetatón en compañía de la reina, sin la guardia, hablando con la gente, rompiendo las tradicionales barreras entre el trono y el pueblo, llamando siempre a la devoción y al amor, todos desde los ministros hasta los empleados de la limpieza cantaban los himnos en honor del dios único.

Quiero quedarme con él hasta el final, pero me han obligado a marcharme de Akhetatón, la maravillosa ciudad, horizonte de Atón. Van a matarlo pronto, porque lo han dejado solo, solo, solo. Y sin testigos es más fácil el crimen.

Posteriormente nos dirán que la enfermedad terminó con él. La verdad es que lo dudo mucho, más bien creo que manos pecadoras se cernieron sobre él en su soledad y separaron su cuerpo de su espíritu puro y eterno. Murió sin saber que me obligaron a abandonarlo, y estoy seguro de que ése fue el caso de Nefertiti.
















miércoles, 6 de agosto de 2014

CROMWELL, ¿TE ATREVES A SER REY?




Llegué a Cromwell buscando la igualdad y la justicia y resulta que tropecé con la llama de la ambición. Fui pregonando las bondades que se avecinaban tras la caída de la monarquía absoluta del rey Carlos para que llegaran los tiempos de una nueva República a Inglaterra y me encontré con que esa nueva República en nada tenía que envidiar al absolutismo. Todos tus crímenes, que cubría la diadema, pesarán en la balanza de la justicia de un modo terrible en tu última hora. Poderoso te aborrecía y abatido te compadezco.  

Salí buscando al Cromwell que acabó con la monarquía inglesa en nombre de la libertad y terminé en la taberna de Las Tres Grullas:
Merecí la cólera del Parlamento largo, y hace siete años que me tienen encerrado en la Torre, llorando por nuestras libertades, que Cromwell hizo desaparecer. Esta madrugada entró el carcelero en mi calabozo y me dijo: «Os esperan en la taberna de las Tres Grullas. Israel convoca allí sus tribus para destruir a Cromwell; acude allí.» Salí de la prisión y vine aquí, como en los tiempos antiguos Jacob llegó a Mesopotamia. Mi alma espera vuestras palabras de miel, como la tierra seca espera el rocío del cielo; la maldición me mancha y me envuelve; purificadme, pues, hermanos, con el hisopo.

No era pequeño pecado querer ceñir sobre sus sienes la corona que él mismo había derribado cortando la cabeza que la sostenía, y ahora él, sin ningún derecho dinástico, pretende convertirse en rey; pues entonces yo, ahora, abogo por la Restauración  monárquica  y tengo toda la intención de acabar con Cromwell y sus falsos puritanos. Al principio no creí cuanto contaban de él, hasta que lo oí de su propia voz. ¡Pero si ya lo tienes todo, Cromwell! Acabaste con la monarquía absoluta, vuelve a tu casa, a tu trabajo, a tu vida humilde:
No, no; poseo la autoridad, pero me falta el nombre. ¡Te sonríes, Thurloe! No sabes qué vacío abre en el corazón la avidez de la ambición; no sabes cómo ella desafía al dolor, al trabajo, al peligro, a todo, por conseguir un objeto que parece pueril. Es triste poseer la fortuna incompleta; además, no sé qué brillo, en el que el cielo se refleja, rodea a los reyes desde los tiempos antiguos. Son palabras mágicas las palabras rey y majestad. Ser árbitro del mundo sin ser rey, poseer el poder sin el título, es faltar algo; el imperio y el rango deben ser una misma cosa. No sabes qué sentimiento da cuando se ha salido de la muchedumbre y se palpa el acontecimiento, no sentir algo encima de la cabeza; no será más que una palabra, pero entonces esa palabra lo es todo.

¡Rey, Majestad!; pues yo, Cromwell abogo por la Restauración y por los derechos dinásticos de la Monarquía inglesa, porque he visto que a cualquier otro régimen termina comiéndoselo la corrupción y el desorden en mayor medida por culpa, sobre todo, de las codicias personales, que terminan vistiéndose de los más raros ropajes, algunos humildes. Extraño oximorón. Y eso que Fletwood a punto estuvo de convencerme:
Milord, voto por la República, ya que nos impulsáis a que hablemos con franqueza. La República levantó el cadalso de Stuardo, y por ella nos hemos batido; ella debe ser nuestra bandera. Dejemos a Dios que lleve únicamente corona. No quiero que haya Oliverio I ni Carlos II; no quiero ningún rey. Pero rápido me espabiló Cromwell con su respuesta: ¡Sois un niño! Hablad, Carlisle. Y las palabras de Carlisle: Milord, vuestra frente triunfante está pidiendo la corona.
Nada, que no tenemos remedio, que la especie humana no tiene remedio, por eso yo y algunos como yo, entre ellos su propio hijo, impedimos que la corona de Inglaterra adornara las sienes de Cromwell.

Menos mal que Milton, el poeta ciego, pero no mudo consigue alzar su voz y con sus ojos apagados consigue que brillen los nuestros con sus palabras, estás perdido Cromwell:
Mírame, Cromwell. Veo que tus ojos se inflaman y que vas a decirme por qué me atrevo a hablarte sin obtener tu venia. Pero mi sitio es extraño en tu Consejo de sabios. Si alguno me buscara entre ellos, diría: «Ese mudo es Milton.» Ese es el papel que aquí desempeño. De este modo, yo, que haré aprender al mundo mis versos, en el Consejo de Cromwell soy el único que no tengo voz.
Pero ser ciego y mudo es para mi demasiado. Te va a perder el sueño de la fatal diadema, hermano, y me quedo a pleitear por ti contra ti mismo. Quieres ser rey, Cromwell, y te dices: «Sólo por mí ha vencido el pueblo; yo he sido el que le ha llevado a los combates, por mí dirige sus súplicas, por mí vierte su sangre, por mí encuentra alivios: debo reinar, así será dichoso, porque después de tanto sufrir, ha cambiado de rey y ha renovado sus cadenas.»
Este pensamiento me hace ruborizar. Desde hace quince años, revuelto el pueblo, goza en provecho tuyo de la libertad; sus grandes intereses sólo han sido para ti un negocio y la muerte del rey una herencia. Aunque te digo esto, no creas que trato de rebajarte, no; nadie puede eclipsarte: poderoso por el pensamiento y poderoso por la espada, fuiste tan grande, que en ti yo creí encontrar el ideal del héroe que soñé; y en todo Israel nadie te ha querido tanto y nadie te ha colocado a tanta altura. ¡Y por un vano título, por una palabra tan vacía como sonora, el apóstol, el héroe, el santo quiere deshonrarse!

Cromwell ha visto demasiadas espadas contra él, entre ellas la mía, seguro que cambiará de opinión si quiere seguir teniendo la cabeza sobre los hombros.
Acuérdate de Carlos I y no te atrevas a recoger en su sangre la corona ni a edificarte con su cadalso un trono. ¿Te atreves a ser rey? ¿No piensas, no temes que llegue un día en que, enlutado con el crespón, este mismo White-Hall, donde brilla tu grandeza, abra otra vez su ventana fatal? ¿Te sonríes? Mucha fe tienes en tu estrella. Acuérdate de Carlos Stuardo. Cuando iba a morir, cuando el hacha estaba preparada, un verdugo encubierto hizo caer su cabeza; y a pesar de ser rey, delante de su pueblo murió sin que nadie lo socorriera, sin saber siquiera quién puso fin a sus días.

A mi lado está el hombre que me llevó a Inglaterra, un francés que se cree inmortal, el tiempo puede que lo ponga en su lugar. Se llama Víctor Hugo. Es extraño que me haya traído a Londres un gabacho, pero es buena compañía. Se ha empeñado en prologar la obra con un prefacio que es una auténtica teoría literaria, una joya; así tenemos dos obras maestras en una. Yo le aconsejé que cada una fuera por separado, pero el espíritu romántico es así, y al menor descuido termina llenándose de justificaciones, coartadas, alegatos y descargos en nombre de la libertad. También he de decir que yo he acatado sus palabras a rajatabla porque el aire nuevo siempre es bienvenido, sabiendo que desde el principio de los tiempos todos los libros están ya escritos porque, todos, están llenos de pasado.
El drama que damos a luz no lleva en sí nada que lo recomiende a la atención y a la benevolencia del público; no tiene, para atraer sobre él el interés de los hombres, políticos, la ventaja del veto de la censura administrativa, ni para inspirar simpatía literaria a los hombres de buen gusto, el honor de que lo haya rechazado oficialmente el infalible comité de la lectura. Se presenta ante el público solo, pobre y desnudo, como el enfermo del Evangelio, solus pauper nudus.
Lo dicho, solo un gigante puede escribir algo como esto, aunque él lo que de verdad se cree es inmortal.



martes, 8 de julio de 2014

EL OFICIO DE ESCRITOR





Desde siempre soñé con la Literatura, preguntándome qué debe hacer un escritor para dejar, no ya, un par de páginas memorables, sino simplemente un par de versos de cierta corrección poética. Posiblemente, la culpa la tenga ese profesor que anduvo mareándome con libros cuando rondaba los diez años. Ese gran don Ramón, el de las barbas de chivo, don Ramón Asquerino.

De niño yo quería ser Rimbaud, ese infante terrible que compuso versos en latín con doce años, que combatió (o eso se arrogaba) en las barricadas de la Comuna de París durante la revolución y que anduvo viviendo todo tipo de aventuras con Verlaine; para terminar convirtiéndose en un nómada, traficante de armas (y de esclavos), en Etiopía. Me aprendí pronto los versos de Cernuda acerca de ellos:

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
Mas podemos pensar que acaso un buen instante
Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno
Que dejaron atrás a la madre inaguantable y la aburrida esposa.

Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.
Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice tras el muro,
Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura
De la separación, el escándalo luego; y para éste
El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres 
Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas
Errar desde un rincón a otro de la Tierra,
huyendo de nuestro mundo y su progreso renombrado.

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro
Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía
Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.
Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro
lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos
En entredicho siempre de las autoridades, de la gente
Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

Como la libertad no era de este mundo y otro profesor de Literatura me enseñó en las carnes de Alejandro Sawa que la bohemia sólo está bien para los ricos, porque la bohemia romántica siempre termina convirtiéndose en bohemia trágica, decidí que lo mejor para mí sería seguir los pasos de un poeta sedentario, todo lo contrario a Rimbaud: Mallarmé, el profesor que andaba en sus clases corrigiendo sus poemas y que nunca se movió de su casa de París, una hormiguita de los versos:

Tal como el tiempo transforma al poeta 
en sí mismo, despierta con su desnuda espada,
a su edad, que no supo descubrir espantada,
que la muerte inundaba su extraña voz de abismo.
   
Puede, me dije, que un atajo más seguro para escribir un par de versos decentes sea, como Mallarmé, dedicarme a la enseñanza (ser Rimbaud es demasiado arriesgado para los que no somos tan valientes como él); así que decidí ponerme a estudiar una carrera de Letras como hicieron la mayoría de los poetas de la Generación del 27, que también se llamó la Generación de los profesores: Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda... A ello me apliqué, estudié Filología Hispánica y anduve de profesor durante ocho años..., pero nada, no conseguí ese par de versos ni esa media página que estaba buscando.

Ante este primer fracaso, y plenamente decidido como estaba a escribir un par de versos o media página decente, decidí hacer un estudio de mis tres escritores de referencia: Juan Rulfo, Fernando Pessoa y Vicente Aleixandre, y como un Pierre Menard de mucho menos valor descubrí, ¡oh sorpresa!:

Que Vicente Aleixandre fue intendente mercantil y dio clases de Economía y Comercio: Ya ningún pájaro queda, tampoco ninguna hoja.
Que Juan Rulfo hizo estudios de contabilidad: porque los contables como los zopilotes siempre sobreviven.
Y que Fernando Pessoa fue contable en la casa Vasques y Cía.: Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. 

Así que, sin más, decidí hacerme intendente y especializarme en contabilidad, actividad a la que he dedicado más de veinte años, sin ningún éxito, ni media página ni dos versos escritos con corrección. 

Al final, estación en la que me encuentro, y después de leer que Vila-Matas, cuando era un joven aspirante a escritor, decía que quería parecerse a Hemingway, he optado por seguir sus pasos:    

Pues de cuando tenía quince años y leí de un tirón su libro de recuerdos de París y decidí que sería cazador, pescador, reportero de guerra, bebedor, gran amante y boxeador, es decir, que sería como Hemingway.

Por falta de aptitudes he descartado lo de bebedor y gran amante; y como también estoy con los tiempos también he suprimido la necesidad de cazar. Así que voy a ver si siendo pescador, reportero de guerra y boxeador llego a escribir media página o un par de versos dignos de ser mostrados.

Ya he andado con periodistas y reporteros aprendiendo algo de comunicación en Sarajevo, Mostar, Beirut, Marjayoun, Haifa, Bamako, Kuolikoro...; también tres senseis (Adolfo, Jose, y Emilio) me han andado enseñando en Toledo, sin mucho éxito, el arte del combate, (no terminan de hacerse a la idea que soy de Letras y que sólo he nacido para escribir un par de versos o una media página decentes).

Sigo sin desistir en mi empeño, y por eso ahora estoy trabajando en un periódico y de vez en cuando hago algún documental.

Ya estoy dudando que acaso poco importa lo que uno haga para que la poesía fluya por sus dedos, eso sí, he aprendido, como apunta Vila-Matas, que para ser escritor no hace falta estar desesperado.




domingo, 29 de junio de 2014

MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES, EN CORFÚ ENTRE LOS DURRELL



 Desde siempre he jugado a adivinar cómo serían esos lugares reales que inspiraron a los grandes escritores, hasta llegar a convertirlos en territorios de leyenda: Macondo, Comala, Celama, Región, Magina,..., pero también he jugado a buscar lo inexistente, salvo en la mente del autor, en esas ciudades, que aun figurando su nombre en los mapas, también son leyenda: el París de Víctor Hugo o de Goytisolo, La Mancha de Cervantes, la Nueva York de Paul Auster, la Barcelona de Montalbán, la Venecia de Mann, el Madrid de Cela, o El Cairo de Naguib Mahuf.

Sin embargo, hay lugares que no se dejan intimidar, y que no permiten ni la más mínima alteración de la semántica en su descripción. Uno de ellos es Corfú.
Yo llegué a Corfú en barco, pasada Albania, pero ya antes había estado allí, cuando arribé a aquella isla con los Durrell:

En ese momento llegó mamá algo despeinada, y tuvimos que dedicar nuestra atención a la tarea de introducir a Roger (el perro) en el coche. Nunca había estado en vehículo semejante y lo consideraba algo sospechoso.
Al fin tuvimos que levantarlo a pulso y arrojarlo dentro, aullando frenético, e inmediatamente abalanzarnos sin aliento sobre él para sujetarlo. El caballo, sobresaltado por esta actividad, salió trotando con paso vacilante y acabamos todos amontonados unos sobre otros en el piso del coche, con Roger debajo dando alaridos.
- Vaya entrada -dijo Larry amargamente-. Yo que esperaba dar una impresión de graciosa majestad, y he aquí lo que sucede.. Llegamos al pueblo como una troupe de saltimbanquis.
- Cálmate, hijo -lo tranquilizó mamá, enderezándose el sombrero-; pronto estaremos en el hotel.
Pasamos entonces por una callejuela en la que cuatro chuchos mugrientos tomaban el sol. Roger se puso rígido y con mirada asesina prorrumpió en un torrente de roncos ladridos. De modo que al enfilar la calle principal del pueblo unos veinticuatro perros se arremolinaban entre nuestras ruedas casi histéricos de ira.

Menuda entrada tuvimos en Corfú. Pero no crean que la señora Durrell perdía la compostura, ni perseguidos por una jauría de perros. Larry, cariño, ten más cuidado con ese látigo que puedes herir a alguien. Mientras que Larry (el futuro autor de El Cuarteto de Alejandría) erraba cada latigazo tratando de espantar a los perros.
Recuerdo bien cuando sus hijos le achacaron a ella, la culpa de la forma de ser que estaban llegando a tener. Es muy normal culpar a los padres de nuestros defectos y alabarnos a nosotros mismos por nuestras virtudes. Es tarea común de todos los hijos. Yo no me he librado. Vosotros tampoco. Sin pensar acaso que fuimos lo suficientemente libres para ser como queríamos ser; el problema es que no fuimos lo suficientemente fuertes.

- Eso es lo malo de esta casa  -dijo Larry amargamente-. Nadie echa una mano, nadie tiene consideración para con los otros.
-Tú sí que no tienes consideración con nadie -dijo Margo.
- Y todo por tu culpa, mamá -continuó Larry con austeridad- No nos deberías haber criado tan egoístas.
-¡Lo que hay que oír!, exclamó mamá-. Jamás hice tal cosa.
-Pues no pudimos hacernos así de egoístas sin una mínima instrucción-, dijo Larry.


Yo que he visto esas vidas desde fuera, creo que su madre siempre tenía razón, tan llena de humor e ironía; porque ellos, los jóvenes sólo pensaban en su futuro y en sus pasiones. Larry quería ser escritor a toda costa y todo lo que no fuera él mismo le molestaba, Leslie, tan aficionado a las armas y a la pesca sólo vivió en Corfú para eso, Margo siempre estaba pensando en cómo ser más bella y quitarse ese acné que la martirizaba, y en los jóvenes; y Gerald; ese Gerry, amante de los bichos, que tenía la casa hecha un zoológico, con su mochuelo Ulises, la gaviota Alecko, la salamanquesa Gerónimo, las Gurracas, los perros, las tortugas y un sinfín de criaturas que van dando vida a la novela autobiográfica donde rezuma el humor por todos lados. Si quieren reír leyendo un libro acudan a vivir con los Durrell en Corfú, yo lo hice y no me arrepiento.

He de decir que envidié a Gerry por la educación que tuvo esos años, una educación de verdad:

Apenas instalados en Villa Fresa, mamá dictaminó que yo estaba en estado salvaje y que era necesario procurarme alguna instrucción. Pero cómo encontrar semejante cosa en una remota isla griega? Como era habitual cada vez que surgía un problema la familia en pleno se lanzó con entusiasmo a la tarea de resolverlo.
-Tiempo tendrá de estudiar -dijo Leslie-. al fin y al cabo sabe leer, ¿no? Yo le enseño a disparar y si comprásemos un bote le enseño también navegación.
-Pero, querido, eso no le sería lo que se dice muy útil el día de mañana -señaló mamá, añadiendo vagamente-, a menos que ingresara en la marina mercante o algo así.
-Yo creo que es esencial que aprenda a bailar -dijo Margo-, si no quiere ser uno de esos horribles zangolotinos pavisosos.
-Sí querida, pero ese tipo de cosas más adelante. De momento lo que le hace falta es una mínima instrucción  en matemáticas y francés....sin olvidar que su ortografía es aterradora.
-¡Literatura! -dijo Larry con convicción-: eso es lo que necesita, una sólida base literaria. Lo demás lo irá adquiriendo de paso...

Esta conversación en Corfú en casa de los Durrell siempre me ha recordado lo que contaba Borges cuando empezó a ir al colegio a los ocho años: "Llegó un momento en el que tuve que dejar mi educación para ir a la escuela."

Los Durrell hablaban de todo: Margo era capaz de sentar las bases sobre cualquier tipo de régimen para mantener la figura (yo que tú probaría el de ensalada y zumo de naranja, es estupendo. -No- dijo Larry-, No estoy dispuesto a engullir arrobas de frutas y verduras crudas como si fuera un ungulado cualquiera. Podéis ir resignándoos a la idea de que os seré arrebatado a temprana edad, víctima de una congestión). O hablaban sobre los intelectuales, término tan difícil de definir (He invitado a un par de personas a pasar aquí unos días. Se me ocurrió que nos vendría bien un poco de compañía inteligente y estimulante por estas tierras. No es cosa de atocinarse. -Espero que no sean demasiado intelectuales, querido. -Por Dios, mamá, por supuesto que no. Es gente normal. no sé de donde has sacado la fobia de que todo el mundo sea intelectual). 

Pero lo mejor, era seguir a Gerry, un niño de diez años, en su estudio de la fauna de la isla de Corfú y la envidia que me dio el que él aprendiera griego tan fácilmente y yo no. Si alguna vez me hago con un mochuelo lo llamaré Ulises, si es gaviota Alecko y si es una salamanquesa Gerónimo... me traen esos nombres tan buenos recuerdos.

Si quieren reír de verdad, viajen hasta Corfú de la mano de Gerald Durrell y su familia. Menuda panda los Durrell, y encima todos artistas. Yo creo que, antes, la educación era mejor y cada vez estoy más de acuerdo con Luis Landero cuando habla de los gramáticos analfabetos, que estamos creando con un sistema de enseñanza en el que prima, antes que la propia obra, la crítica y el estudio de esa obra. Lean a Landero cuando habla acerca de la enseñanza de la Literatura y la Lengua que le estamos dando ahora a los niños y comprobarán que tiene razón.

Yo, mientras tanto, me vuelvo a Corfú a ver si aprendo algo.