Durante
mi estancia en Cambridge, por invitación de unos buenos amigos, visitamos una
de esas típicas casas antiguas señoriales en el campo; concretamente una
perteneciente a la familia de Rudyard Kipling, ese escritor que ahora arrastra
un nocivo halo de narrador colonialista y del que Borges dijo que el futuro le
perdonará aquello sobre lo que escribió por cómo lo escribió.
Yo
no sé quién tendrá razón, pero cuando me hablaron de ir a Afganistán volví a
leer cada día esa pequeña novelita maravillosa que habla de manera genial de
ese gran pecado capital que es la ambición. Desde entonces sé que hay
montones de cabras en Kafiristán.
Yo
sigo leyéndo a Kipling como leo al desaforado y denigrado Céline, en su Viaje
al fin de la noche, en una traducción de Carmen Kurtz, que con ese apellido
yo pensé que no tenía más remedio que viajar al corazón de las tinieblas.
Son
grandes novelas, les guste o no a los ortodoxos que afinan con filo de hierro
las fronteras entre la literatura y la vida. Por cierto, también leo a Ezra
Pound, y a Moisés de León, y a Ibn Hazm, y a…; bueno, pueden verlo en cuanto
escribo que, como bien saben, plagia de forma inmisericorde mucho de lo que he
leído.
Desde
que me dio por leer libros, decidí tomarlos como sujetos con vida propia alejados
de sus autores, alejados de los lectores, del mundo que los rodeaba y del mundo
que ahora me rodea.
Poco
me importa que la Historia haga luego bien su trabajo y lleve en brazos del
futuro a la verdad. Aunque he de decir que soy un poco pesimista en esto último,
porque ya se encargará el poder de pintar la Historia conforme a su
conveniencia, modificándola a su antojo.
Afortunadamente,
Historia y Literatura viven en sombras separadas porque son distintos reflejos
de la realidad; la primera suele ser reflejo de la realidad del poder y la
segunda suele ser reflejo de la realidad del Arte.
Dije,
al principio, que cuando anduve por Cambridge visité una de esas típicas casas
antiguas señoriales en el campo. Viendo los verdes prados de alrededor, pensé
que estaría bien ir a saludar a Óscar Wilde de la mano de Cyril y Vivien a esa
casa de campo en Nottingham, dónde sólo se hablaba de Arte y Naturaleza.
A mi juicio, cuanto más estudiamos el Arte, menos nos preocupa la
Naturaleza. La Naturaleza posee, indudablemente, buenas intenciones; pero, como
dijo Aristóteles, hace ya tiempo que no puede llevarlas a cabo. Cuando miro un
paisaje, me es imposible dejar de ver todos sus defectos. A pesar de lo cual,
es una suerte para nosotros que la Naturaleza sea tan imperfecta, ya que de no
ser así no existiría el Arte.
Yo
también creo que el Arte da forma a la Naturaleza porque tengo que reconocer
que la nieve tiene otro color después de leer a los novelistas decimonónicos
rusos; y que, aunque navegué mucho durante la niñez y la vi con sus mil caras, la
mar tiene formas más voraces desde que embarqué en la Pequod, en la Nellie, en
el San Juan de Nepomuceno o en La Milagrosa.
La variedad no se puede encontrar en la Naturaleza misma, sino en la
imaginación, en la fantasía o en la ceguera cultivada de su observador.
Es
la realidad la que ciega al Arte, es la realidad, que siempre lleva la boca
llena de la palabra verdad, quien asaltando a la ficción y, por esa decadencia que ahora arrastra la mentira, mancha cuanto movimiento artístico toca.
Los únicos personajes reales son los que no han existido jamás en este
mundo; y si un novelista es lo bastante mediocre para tomar a sus héroes
directamente de la vida, debe, al menos, decir que son creaciones suyas y no
alabarlos como copias. La justificación de un personaje de novela está, no en
que las otras personas son lo que son, sino en que el autor es lo que es. Si no
la novela no es ya una obra de arte.
Cyril
no deja títere con cabeza. Vivien ama a la naturaleza y Wilde me aconseja que
visitemos una granja de cerdos cerca de Nottingham para que
cuando lea La Decadencia de la Mentira, tenga más elementos de juicio para
entenderla. El gran Óscar Wilde, ¡ay!, tanto talento desaprovechado.
Acabo de leer en un libro de Saúl Yurkievich una cita de Pierre Francastel que puede aclarar un poco este nebuloso artículo:
ResponderEliminar"La historia humana es la historia de los acontecimientos y no de las intenciones. De igual modo, la historia de las artes es la de las obras y no la de los hombres"