domingo, 31 de octubre de 2021

EN LA MENTE DE UN NAZI, DEUTSCHES REQUIEM

Podemos condenarlos, podemos fusilarlos, podemos ahorcarlos tras sumarísimos juicios, podemos crear una enredadera de memoria y arte que dibuje sobre sus rostros la cara de la infamia, podemos resumir su evangelio en una obtusa comprensión del bien y del mal; pero de lo que no cabe duda es de que lograron su fin principal: «vencieron».

Vencieron, porque el mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.

Fue necesario sacrificar a Alemania; pero, gracias a ella, Europa alejó, con la connivencia de todos los vencedores, ese judaísmo que la devoraba. Eichmann en aquel remedo de juicio en Jerusalén, después de ser cazado en Argentina, invocó a aquella primera idea de llevar a ese pueblo, mal llamado elegido, a Madagascar. Sin embargo, se impuso la tesis de un tal Norbert Splenger, familiar por línea materna del filósofo Oswald Splenger, en el que recomendaba encerrarlos a todos entre su propia memoria allá en Oriente Medio entre muros que ellos mismos construyesen, dentro de su propia tierra, junto al complejo del Monte del Templo, al santuario de la Cúpula de la Roca y el histórico Muro de los Lamentos y la iglesia del Santo Sepulcro. Encerrados por su propia mano. Sí, nosotros les enseñamos lo que era la violencia y la fe de la espada; y lo aprendieron rápido.

Para todo ello tuvimos que olvidar toda forma de piedad, porque nadie ignora que la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Incluso nos dimos a destrozar almas de poetas, que esos son los peores. Pongo de ejemplo a David Jerusalem.

Lo fácil y hasta lo lógico por parte de los vencedores de la Guerra hubiese sido devolverles a esos judíos supervivientes del Holocausto todas sus haciendas reparando en lo posible todos sus daños en sus propios países; pero lo que hacen es justo lo contrario: al pueblo que vivía en todos los pueblos, diseminados, diluidos, enriquecidos por la diáspora y enriquecedores con su visión externa de sus propios países, la mismísima solución final logró encerrarlo en un Estado aparente, con fronteras, con muros, con alambradas; para convertirlo en uno de nosotros.

Ahora ellos, los elegidos, son como nosotros. Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Llenas de muros y alambradas, ellos dentro y nosotros fuera, o al contrario. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la justicia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

¡Carajo!, lo que es leer a Borges. Por un momento me creí Otto Dietrich zur Linde. Me voy a dormir, son las dos de la mañana y está lloviendo. Y desgraciadamente, el mundo es como lo pensamos; y, a veces, como lo soñamos. No sé qué es peor.





















domingo, 17 de octubre de 2021

EL NIÑO PERDIDO Y TODOS, THOMAS WOLFE EN NUESTRO LABERINTO

Regresad, si queréis; pero no digáis que no os he avisado. Eso sí, antes de continuar, mirad atrás por si el Tiempo sigue ahí.

Todos, alguna vez, hemos soñado, con volver a la casa de nuestra infancia; a aquella primera casa donde sólo te miraban como seguramente te ve Dios, aquella casa donde tocamos el origen del mundo en el suave pelo de un perro dormido, donde olimos a dulces por primera vez, donde fuimos conscientes del abrigo de una manta, del calor de un beso; donde supimos lo indefenso que es un pequeño pájaro con boqueras y apenas sin plumas, como nosotros.

Todos soñamos con volver a ese sitio donde los veranos y los inviernos tenían una lectura propia, adueñándose de nosotros el calor o el frío con cada roce. Y aunque ya se fueron casi todos, yo sigo queriendo regresar a esa casa. Por eso, de vez en cuando agarro una de las mejores novelas que se han escrito sobre esa vuelta y sobre las pérdidas, y regreso a aquella casa de la calle del Teatro donde en la azotea había una pajarera inmensa, dos perros apenas sin nombre y un gato con ojos de media luna; y mil vidas de marinos; y mujeres bravas.

Y seguí caminando hasta que encontré el sitio. Y de nuevo, de nuevo, volví a entrar en aquella calle y hallé el lugar donde las dos esquinas se encontraban, la manzana compacta, la torrecilla y los escalones. Me detuve un instante, mirando hacia atrás, como si la calle fuera el Tiempo.
Por un momento esperé que surgiera una palabra, que una puerta se abriera, que se acercara un niño. Esperé, pero no hubo palabras y nadie apareció.

Y como si nada hubiera cambiado, quise tocar la campana dorada de a bordo que ya no existía, y me detuve en un zaguán que ya no olía igual y en la puerta cancel ya no ponía, a hierro, el año 1917; y no se veían pájaros aletear, llamados por sus hermanos de la pajarera de la azotea; ni divisé aquel águila que echaban mis mayores a volar cada mañana y revolucionaba el aire antes de que se le quitara la caperuza. Nos nombra el tiempo y nos relatan las circunstancias. En la calle del Teatro no queda el tiempo y se han borrado las circunstancias. Y eso que todo parecía tan fuerte, tan sólido, tan duradero; y de ahí a apenas nada en unos suspiros.

Pero ahora, ese hombre que soy, se siente como se siente uno cuando regresa y sabe que no debería haber viajado hasta allí, cuando se da cuenta de que, después de todo, la calle es sólo una calle como cualquier otra, y que esta ciudad —ese nombre encantado— es sólo una ciudad grande y calurosa junto al río, una ciudad tan al sur que se ahoga en medio de un calor húmedo y tedioso, y que no hay nada que pueda hacerla mejor. Antes no era así. Cuando yo era niño, no era así; nada importaba.

Yo me sentaba y escuchaba. Podía oír a la chica de la casa vecina en medio de sus lecciones de piano, podía oír el tranvía que pasaba entre las cercas de los patios, a media manzana de distancia, y podía oler el aroma seco y vulgar de las cercas, el olor agrio del pasto caliente junto a las vías, el olor de la brea, de las traviesas, el olor de las brillantes y gastadas bridas del tranvía. Podía sentir la soledad de los patios en la tarde y la sensación de ausencia cuando el tranvía había pasado.

Por Dios, leed a Thomas Wolfe y veréis cómo duelen las ausencias, cómo es volver a aquella casa donde fuimos niños, cómo es el rostro del regreso y las manos de la memoria cuando las paredes que creíste murallas indomables se han convertido en polvo, o que aquella amistad que iba a durar siempre porque nació de una guerra en la barranca se evaporó en un accidente de coche hace más de cuarenta años.

Volved si queréis, pero no digáis que no os he avisado. Aunque, antes de continuar, mirad atrás y  aseguraos de que el Tiempo sigue ahí.





















domingo, 3 de octubre de 2021

EL SECRETO ES LA PALABRA

Este artículo fue publicado en la revista Ayer & Hoy el 3 de septiembre de 2021. Léanlo y viajarán desde Troya a Afganistán:

Hasta finales del siglo XIX, Troya no era más que una ficción producto de la mente de un aedo ciego; pero en el otoño de 1871 en la colina de Hisarlik y el tercer día de trabajo, al primer golpe de piqueta, el soñador Heinrich Schliemann encontró una moneda con la inscripción “Héctor de Troya”. Troya había dejado de ser una invención literaria de un poeta para convertirse en lo que realmente fue en la mente de Homero: “Historia”.

Durante las excavaciones en las cercanías del soñado Escamandro, Schliemann descubrió que había nueve capas, nueve ciudades. Nueve Troyas que habían sido destruidas; pero una sola, una, ha llegado hasta nosotros de forma inmortal, haciendo suya la sentencia de Hölderlin: “lo eterno lo fundan los poetas”.

Casi cuatro mil años después de los Aquiles, Agamenón, Helena. Héctor, Andrómaca, Paris, Casandra y Odiseo, ahora en nuestro tiempo también estamos viviendo historias que merecen ser escritas; historias de gente con la que podemos cruzarnos por la calle y que han hecho acciones merecedoras de ser recordadas. Yo conocí a esas personas que se la jugaron en lugares donde sólo los acompañó el viento. Ese fue el principal motivo por el que me decidí a escribir esas historias de “Soldados: de Mostar a la Ruta Lithium”.

Como director del Periódico Tierra del Ejército, y por estar destinado en su Departamento de Comunicación, tenía conocimiento de hechos de valor que iban más allá de una situación de peligro; Bosnia, Irak, Afganistán, Mali, Líbano o República Centroafricana han sido testigos de acciones heroicas en las que nuestros soldados demostraron que tenían el valor acreditado y que el juramento que un día hicieron nunca lo olvidaron.

Pero, al igual que de las nueve Troyas que descubrió Schliemann sólo una sobrevive y otros mil hechos de valor, de defensa de los inocentes y acciones heroicas realizadas en las otras ocho destrucciones cayeron en el olvido; lo mismo pudiera ocurrir, si no lo escribimos, con todos aquellos hechos que han protagonizado nuestros contemporáneos que viven y sufren con nosotros cada día, pero que la circunstancia y la sustancia de la que habla María Zambrano confluyeron para que sus acciones se salieran de la normalidad.

Porque todos tenemos un puente Tito que cruzar, superando el Neretvay los disparos de las partes enfrentadas, con el humanitario objetivo de llevar plasma sanguíneo al hospital bosniaco de Mostar donde muchos heridos lo necesitaban perentoriamente. Porque todos tenemos un paso de Sabzak que defender con las armas, cuando el sol se pone o cuando la luna se va, para enfrentarnos al señor de la guerra que quiere controlar las almas y los cuerpos de los habitantes de un lugar que sólo quiere vivir en paz. Porque a todos nos ha faltado, alguna vez, diez minutos para que den las cuatro de la tarde en el valle de Zirku, cuando nuestros ojos divisan esa agreste zona antes de pasar reconocimiento médico a los niños, mujeres y hombres de la zona. Porque no hay lugar que no tenga un enemigo a las puertas trayéndonos buena o mala fortuna, sabiendo que hay dos maneras de ser un héroe; o haciendo lo que se debe hacer o no haciendo lo que no se debe hacer; cuando no son las horas las que tardan en llegar, sino el alma quien se demora en acercarse.

Todos tenemos historias que contar, historias que merecen ser recordadas; y por eso, para que no sean como esas ocho Troyas completamente olvidadas, debemos ponerlas en manos del arma más grande jamás creada: la palabra. Y en esa palabra, en esa imagen, en ese Arte deben vivir para siempre, ya sea el joven teniente Jesús Aguilar que tuvo el valor de ir a cruzar el puente Tito para ayudar a los heridos del hospital musulmán de Mostar o el joven Joaquín Echeverría que fue en auxilio de una mujer para enfrentarse a tres terroristas con su monopatín y dejar allí su vida, una vida inmensa justificada por un hecho inmenso.

Nunca los olvidéis, que la desmemoria también es muerte. El libro “Soldados: de Mostar a la Ruta Lithium” intenta no olvidar a muchos de ellos porque aunque el tiempo ata y desata a su antojo los hechos, sin embargo, no puede con la palabra, ya sea impresa o en la nube, porque bien sabemos que lo perdurable lo fundan los poetas.


















sábado, 18 de septiembre de 2021

UN VIAJE A TROYA

Solamente hace falta vivir unos cuantos años para estar de acuerdo con Agamenón cuando Esquilo pone en su boca, susurrando al aire, que Zeus ha abierto el camino del conocimiento a los mortales mediante esta Ley: por el dolor a la sabiduría.

Al igual que Antígona, que es inmortal por la mano de Eurípides, nadie ignora, después de haber vivido unos cuantos años y visitar lugares que pertenecen a la Tierra más que el nuestro, que de cuanto suceda ahora y de cuanto acontecerá en el futuro, lo mismo que para lo que sucedió anteriormente, que nada extraordinario ocurre en la vida de los mortales separado de la desdicha.

Pero en este primer mundo, que hemos construido a imagen y semejanza de nuestra vanidad, no pocas veces a costa del sufrimiento de otros, vamos por ahí provocando a todos los dioses en esa búsqueda de la Felicidad unipersonal y no poco egoísta: «tenemos que ser inmensamente, felices, para eso estamos aquí, para eso vivimos y nos parieron nuestras madres», desatendiendo lo que ya sabíamos.

Por eso, cuando olvido lo que somos, que a veces me pasa, vuelvo a Grecia; y recuerdo mi primer viaje a Troya que empezó en una habitación del Hotel California cuando yo tenía 25 años y terminó en una Tragedia en una azotea del 12 de Octubre, viendo lo poco que éramos y cómo los dioses la colocaron a ella a los pies de la puertas Esceas donde el indomable Aquiles le atravesó los dos pechos a lanzadas. Desde entonces, odio eterno a Aquiles.

Sí, fueron los griegos quienes me abrieron, como escribe Javier Reverte al que llevo siempre de viaje como a Kapuściński, los ojos al lado oscuro de la existencia, a la fuerza de lo irracional y de la lucha contra lo que no es comprensible, y por ello, al campo de la libertad del hombre.

No os imagináis la escena, yo en la azotea del 12 de octubre, que eran las murallas de Troya; y ella aguantando abajo la cólera de Aquiles, hijo de los Peleidas, inmortal por las aguas de la laguna Estigia, hijo de una Nereida, tirano de los mirmidones, esas hormigas que se convirtieron en guerreros implacables para gloria de Homero. El desenlace estaba escrito en la piedra antes de que existiera el pergamino o el junco: Norberto, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como una cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí misma. Hay momentos en la vida en que nos toca ser Héctor y otros en que nos toca ser Andrómaca. Aquella tarde en la azotea del 12 de octubre yo era Andrómaca y ella fue Héctor. Y me sigue contando con voz débil: «Que sepas que ni la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la tristeza que padecerás tú con mi marcha».

Aquella noche para seguir mi duelo me fui a la habitación 314 del Hotel California de Gran Vía donde dio comienzo unos meses antes nuestro viaje a Troya. Y así fue cómo empecé a escribir un libro hace más de treinta años que todavía no he podido terminar.







viernes, 3 de septiembre de 2021

LAS MAREAS NO SUELEN EQUIVOCARSE, UNA LECTURA ESPECIAL DE RAMÓN ASQUERINO

 

A propósito de Las mareas no suelen equivocarse: 2019, de Norberto Ruiz Lima. Revista Cultural "Las Piletas"

«Con esos ideales y aspiraciones, su primo hermano lo había convertido en ese tipo que irá por ahí enarbolando un tenedor en un mundo donde solo se sirve sopa»: Miqui Otero, Simón.

A Domingo Ramírez Moreno, como símbolo de los eternamente perseguidos y demediados en vidas, y con quien coincidí mucho después en alta mar.

El doctor Ángel Prim y Vaussell, uno de los tres protagonistas de esta novela, pasea por La Algaida recogiendo hierbas medicinales y lass nombra con palabras latinas «en voz tan baja que parece, más que una lengua muerta, una lengua prohibida» (2019:129)1. Y como un sentido homenaje al médico, este personaje que sale del papel para convertirse en un ser humano entre una duda y una deuda constantes, me viene el título Æstūs fallī non solent, (Las Mareas no Suelen Equivocarse), porque el latín es perenne como la condición humana. La mayoría de las veces este doctor, como muchos de nosotros, irá por ahí enarbolando un tenedor en un mundo donde solo se sirve sopa, para el mismo Ángel Prim, para José Ruiz el tonelero y Micaela su mujer, para Juana López y «los cuerpos demediados2», antes criminalmente fusilados.

Norberto construye su novela, quizá habría que llamarla más propiamente «historia» (2019:159; 31 y 104) al modo cervantino, sobre una estructura tripartita: tres formas narrativas, tres lugares principales y tres personajes importantes a lo largo de los 23 capítulos que la componen. Empiezo por el hallazgo de las técnicas con este ejemplo ilustrativo3:

A) «El carabinero es poco hablador, tal vez no tenga el atrevimiento de hablarle al doctor. a) Le han contado que el doctor es un sabio que no la ha espichado precisamente por eso. B) Además, qué voy yo a contarle a un doctor, si él no me pregunta. Y C) Vete a su casa y le dices que se vaya a la fábrica de hielo […]». Así: A): El narrador omnisciente conoce al carabinero, y, precisamente porque es parco en palabras y a la vez considera al médico una persona muy instruida, «sabio», no se atreve a dirigirle la palabra. Dentro, aparecería como otra subvoz: a), pues «Le han contado» —una fuente popular, una leyenda como antecedentes— parte de su pasado, pero más bien oscuro. Después, un vulgarismo más propio del carabinero que del narrador: «no la ha espichado», o bien un término donde ambos convergerían.

B) Monólogo interior del carabinero: «Además, qué voy yo a contarle a un doctor, si él no me pregunta»; primero dirigiéndose al médico, a quien considera de nuevo una persona mucho más instruida que él, por lo que se avergüenza y por lo mismo se distancia; y luego su propia implicación en el pensamiento: «yo/ me», típica del monólogo interior.

C) La orden del teniente, curiosamente anónimo aun su protagonismo, en claro diálogo con el carabinero.

Así, pues: Narración en tercera persona en A), donde entra un pasado más o menos inmediato a); monólogo interior elaborado, con todos sus signos de puntuación en B) y, por último, el diálogo C). El éxito de la novedad es que las tres formas narrativas van sin solución de continuidad, pegadas, como sucede en la vida real. Y, además, para mayor originalidad, el autor suele introducir los diálogos con (;) y(,) —pp. 22, 33, y 95, respectivamente—, en lugar de los consabidos dos puntos (:) o rayas (—).

La ciudad es Sanlúcar de Barrameda en lugares reales y muy concretos, principalmente: El Coto Doñana, la fábrica de hielo y la playa, en torno a los cuales se teje la narración. Igualmente, nos sitúa con exactitud en lugares emblemáticos de Sanlúcar: «Estamos en la Plaza del Cabildo», p.37. Con la poderosa presencia de ese «ríomar» de la p.64: «agua salada y agua dulce», donde el agua se mezcla con dos sabores, así los tres emplazamientos se entrecruzan también en la encrucijada de la muerte: por la playa aparecen los cuerpos demediados, en el Coto, capítulo 9, están semienterrados los cadáveres de los fusilados —totalmente ficción, puesto que allí no se asesinó a nadie—, y en la fábrica de hielo se monta una especie de morgue para las oportunas averiguaciones forenses de esos cuerpos partidos por la mitad.

 Allí, con el frío de las barras de hielo, con el miedo, con los cuerpos destrozados, se darán cita los tres protagonistas: el teniente de carabineros anónimo como perseguidor, el sospechoso médico Ángel Prim —apellido en honor al general, según me confesó su autor4— y José Ruiz el tonelero, el perseguido, quienes, a su vez representan tres clases sociales e ideológicas opuestas. Paralelamente, los monólogos y los diálogos se entrecruzan perfectamente en la p.190. Este otro narrador, José Ruiz, nos relata detalladamente en el capítulo 20, Ya están aquí, toda su angustia del mundo a través del oído hasta asfixiar al lector, como si estuviéramos con el personaje dentro del mismo tonel. El fatídico tiempo del desarrollo de la trama es el de los comienzos de la primavera de 1939, plena posguerra, tiempos de venganza cruenta.

Hay otros personajes secundarios perfectamente perfilados: la espléndida y bella Micaela, contrapunto de la inmensa pastora Marcela quijotesca; la Merche y su cesta de camarones que conforma dos jalones perfectos —en el capítulo 13, y al final, p.220, en el capítulo 23— como metáfora del enclaustramiento de la población de Sanlúcar y de España, de la que no pueden escapar ni los camarones ni los españoles. De parecida manera actúa el título en tres hitos: aparece casi al comienzo, p.61, parte se reproduce más allá de la mitad en la p.161, y ya al final, como colofón, p.220.

El terrible Patricio Leal, el «Centauro» de Copa de sombra; Agustín García Romero, al que han cortado en dos, pero vivo, de la alta y ‘respetable’ sociedad sanluqueña y personaje clave en el desenlace de la narración; la casa de prostitución de Sinclair, muy en la línea de la fuerte sensualidad de la novela, sobre todo con el elogio del tacto, sexualidad muy presente, en ese prostíbulo o entre los recuerdos del doctor; el maltratador Sebastián González, p.163, desgraciadamente muy de actualidad, y la defensa propia de su integridad física por parte de Ángela Gutiérrez.

Las referencias literarias se multiplican en la novela, más aún tratándose de Norberto, un filólogo preocupado por la Literatura. Así, los preliminares se abren con dos citas de Esquilo y Sábato sobre la justicia, y la narración  se cierra, en estructura trágicamente circular, con este oxímoron quizá de Borges «la venganza justiciera o la justicia vengadora», p.214. En medio, muchos otros guiños literarios: Ricardo Reis, pp.93, 119, y Alberto Caeiro p.36, ambos heterónimos de Fernando Pessoa5. Por todos lados corretean Rulfo y sus El llano en llamas o Pedro Páramo, como en los diálogos de los muertos en Una conversación mirando al techo, capítulo 22; Cansinos (p.214); Emma Bovary, pp.115 y 116; «La muy leal ciudad de Sanlúcar», pp. 152 y 207, claro eco del comienzo de La Regenta, no lejana a Madame Bovary. «Que Sanlúcar es una ciudad llena de cadáveres», p. 192, es una reminiscencia de Dámaso Alonso. Los versos de Rimbaud en la p.152 se respiran tanto que la pareja de enamorados, que ni conoce al poeta ni lo ha leído, en otro quiebro exquisito de Norberto, los sienten igualmente dentro. Y el eco de El nombre de la rosa: «La palabra es solo palabra y con ella jugamos a las interpretaciones, y los engaños, y así nos va; pero las cosas son como son y no las cambia fácilmente la palabra, ni las luces ni las sombras», p.157, y la teoría nominalista. La extraordinaria partida de ajedrez en la mente del doctor, p.118, recuerda en parte a El peón, 2020, de Paco Cerdán. Por otro lado, los frecuentes hallazgos macabros suenan al colombiano Eduardo Caballero Calderón y su Manuel Pacho, 1961 con el trozo de cadáver en descomposición largamente descrito y paseado. La terrible figura del matarife, pp.166-167, en una crudísima escena, nos acerca tanto al Zola de El vientre de París, 1876, como a la espléndida Sur, 2018 de Antonio Soler y esta a su fuente de inspiración, la grandiosa Berlín Alexanderplatz, 1929, de Alfred Döblin. No me canso de alabar estas tres novelas y, especialmente, la del malagueño.


Y dentro de esa misma línea netamente literaria, se encuentran las señales poéticas, que ya anticipé en la nota 3, y que transmite Las mareas no suelen equivocarse: «El aire silba oscuro presagiando mucha noche», p.12: dos cláusulas de 7+8 sílabas; «Hasta eso me robaron, hasta el silencio», p.21: 7+5= dodecasílabo completo; el propio título también posee 12; «cosiendo las heridas con trozos de miedo», p.77: 7+6=13 sílabas. Y no menores son estos logros poéticos: «Los ganadores se lo quedaron todo menos nuestra hambre», p.52; «Con una sonrisa triste, colgada a la fuerza con un imperdible», p.117; ensalzamiento de la poesía en labores animalísticas: p.127 «la serpiente que escribe letras aljamiadas» y «el lince que escribe oscuro sobre fondo negro», p.139. «Sanlúcar es un pueblo, aquí lo que sobra es el eco», p.212. Elige el autor la fecha de 1927 para la llegada del médico, p.165, como homenaje a la Generación. Y sobre todo, este gran hallazgo sobre la herida de la guerra: «hasta que los poetas no la cierren con versos no será posible ningún tipo de reconciliación», p.183.

Son tan frecuentes los saltos atrás hacia la guerra6 y hacia delante, prolepsis del narrador omnisciente, como en el caso de la consulta a La historia de la ciudad, 1942, de Pedro Barbadillo, con su referencia bibliográfica y que incluye al médico protagonista, p. 31. Ese autor omnisciente juega con el lector cuando está hablando el práctico: «Repite para que nos dé tiempo a comentar el momento», p.131, ralentizando para copiar bien las frases. Del mismo modo, el autor se mete dentro, otra miradilla a Cervantes, como con las confusiones del libro, p.151: «no le importa [al autor] el rigor científico sino el rigor lingüístico», frase introducida en medio del diálogo, con un alarde técnico, de Melquíades con Tomás Delgado. Otro gran acierto es el cambio de rumbo de La Huida [sic], sexto capítulo, cuya permuta de lugar fortalece la narración, sumergida hasta ahora en el Coto. Me parece este un gran episodio bajo el protagonismo de la noche que recuerda, según el autor, a Virgilio: «Se vistió de oscuro como la noche», p.69, y a mí me retrotrae a la Noche oscura sanjuanesca7.

Pero el escritor no domina absolutamente a sus personajes, como ya dije, sino que los deja libres en sus monólogos: «Continúa pensando», p.44. Y como prolepsis, ¿hay en la p.104 una anticipación a la historia que escrribirá el doctor Vaussell pero que no la lleva a cabo? O en la hipérbole, luego desgraciadamente cierta, de que «Esto no va a durar cuarenta años», p.145, sin embargo continúan aún muchas huellas manchadas en la actualidad. «Que pronto aparecerá otro medio cuerpo frente a La Calzada», p.152; «unos años más tarde», p.172. Damiano «treinta años después huirá a Alemania» p.185. Y en otra prolepsis no cumplida, la apertura de las fosas cien años después, p.183. El doctor Ángel Prim y Vaussell (quien «piensa en voz alta», p.32), y José Ruiz, el tonelero de La Gitana8, a mi modo de ver, son los dos grandes personajes, quienes coinciden también en que ambos se suelen expresar más mediante monólogos interiores elaborados.

Véase este gran hallazgo metaliterario, p.80: «porque el monólogo interior siempre pierde la educación que suele acorralar a la conversación externa». Y también se entrecruzan (p.25) y no casualmente. Creo que Norberto atiende  a un eco cervantino en esta afirmación: «pensaría el doctor Vaussell si supiera que algún día su historia la tomara la imprenta a otra medida», p. 159. Es la primera vez que el autor le da nombre, historia, a su narración.

Considero como historias intercaladas —nuevo guiño cervantino— el capítulo 14, El doctor saca la lupa, que funciona como una ruptura de toda la narración principal al retrotraerse a la guerra de Cuba, y el 16, Un muerto muy diferente, que también cumple esa misma finalidad, la de ‘descoser’ el texto para luego volverlo a tejer, al modo de las novelas por entregas decimonónicas y de las series televisivas actuales.

 Y frente a ese olor nauseabundo de los cuerpos demediados como símbolo del blanco grisáceo y negro de aquella derruida España el que preside Las mareas no suelen equivocarse, Æstūs fallī non solent o La fuente muda, siempre el rumbo en la novela lo lleva ese piloto, steersman, o timonel, a quien, en la figura de su padre, dedica el hijo su novela como un homenaje más allá del tiempo y del horror.

Echo de menos, eso sí, algún que otro elogio a la II República, que sale muy mal parada. «Si la República hubiese sido un régimen para 

todos», p.36, dice el maestro. Preso del miedo, lo afirma precisamente un maestro, cuerpo al que purgaron y asesinaron a mansalva. En El Lápiz del Carpintero, 2014, de Manuel Rivas, su protagonista defiende los ideales por encima de su vida; aquí, sin embargo, no. Y sí, la República intentó serlo para todos, sobre todo para los más desfavorecidos. Otra crítica es la que se refiere a «El poco orden que había» p. 181, o «galleando por los corrales de la República»: p.184, metáfora animalística con la que tampoco estoy de acuerdo en absoluto. Todo estalló por un golpe de estado contra el gobierno legítimo de la República, y no el más que repetido 18 de julio, p. 191, si no que se lo pregunten a Virgilio Leret9 aquella tarde del 17 de julio en el Llano Amarillo, Melilla, donde murió con los suyos defendiendo la bandera tricolor a la que juró lealtad. Tampoco es cierta la afirmación de don Melquíades El Longinos: «y además lo empezaron ellos», p.151. Pues no, don Melquíades, tampoco, como tampoco lo saben muchos de los políticos de la actualidad.

La novela acaba con un lacónico consejo del teniente de carabineros que parece, solo parece, una buena persona que no es realmente, pero que al final pretende ser “equidistante” al aconsejar: «Váyase a casa, doctor», p.220. Todos los que podían en aquellos momentos se acurrucaban en casa, lejos del fatídico castillo de Santiago, el tristemente célebre lugar como la antesala de tantos fusilamientos, pp.43, 45, 153. Con el día y medio escaso que duró la defensa por el legítimo gobierno, un precio demasiado alto, terrible, fue el que pagaron los leales al legítimo gobierno en forma de muertos en las cunetas, represaliados, eternamente perseguidos y demediados en vidas, desaparecidos, entre campos de concentración, exiliados y cuyos espíritus tan rotos muchísimos no los pudieron recomponer jamás: «[…] convertidos en tipos que irán por ahí enarbolando un tenedor inútil en un mundo donde solo se servirá sopa aguada». 

Así que «Váyase a casa, doctor», usted que aún puede.

Ruiz Lima, Norberto: Las mareas no suelen equivocarse, Ediciones Ruser, 2019. Todas las citas de la novela proceden de esta edición. De ahora en adelante, solo indico la página.

2 Es un atrevido y conseguido neologismo, pues el DEL no recoge «demediador», aunque sí llevan entradas «demediar» y «demediados».

3 El fragmento se encuentra en la p.62 En la fábrica de hielo, capítulo 8, pp.77-84, lugar clave a lo largo de la novela hasta llegar al espléndido capítulo 22, uno de los mejores para mí; ese mismo espacio reaparece en la p.158, lo que confirma que la fábrica de hielo es una constante bajo este contrapunto trágico: «La lluvia sigue cayendo en el techo de la fábrica», lluvia como testigo del monótono dolor que atraviesa la novela. En esta fábrica de hielo se aúnan el frío, la soledad, el miedolos odios y las conversaciones de José y Micaela ya muertos. Los epígrafes A) a) B) C), son míos a fin de aclarar algo esa gran construcción continuada. Las cursivas también lo son.

4 Mantuvimos una larga entrevista Norberto Ruiz Lima y yo el pasado jueves 1 de julio, que me esclareció bastante algunas cuestiones de la novela. Entre ellas, esta del apellido o el inicial título machadiano de su obra que fue La fuente muda, de «Hoy buscarás en vano»: LXIX Galerías: Machado, Antonio: Poesías completas I. Edición crítica de Oreste Macrí. Madrid, Espasa-Calpe, 1988, pp.478 y 870. Esta composición se publicó en 1903, en la revista Helios. 

5 Coincidimos los dos en la aludida entrevista en la grandeza del Pessoa poeta, incluso más que en la de su faceta novelística. Pessoa, Fernando: Antología poética, Madrid: Espasa Calpe, 1982 en la espléndida edición y traducción de Ángel Crespo

6 La deuda con Copa de sombra, me confirmó Norberto, está clara: desde el Santero,p.15, al lugar ficticio y simbólico de Santa María de Humeros frente al real de Sanlúcar de Barrameda en manos de Ruiz Lima. Hablamos muy largo y extendido de la novela de Acquaroni y su gran valor. Aparte, el autor ha consultado la citada La historia de la ciudad, 1942, de Pedro Barbadillo y Domínguez Lobato, Eduardo Cien Capítulos de Retaguardia, Madrid: G. del Toro, 1973.

7 De esta poligénesis tratamos en la citada entrevista. El autor homenajeaba la maravillosa hipálage del verso virgiliano: Eneida, Virgilio, 9ª edc. Madrid, Cátedra: Letras Universales, 2004, traducción de Aurelio Espinosa Pólit. Los conocidos versos «Ibant oscuri sola sub nocte per umbram»: cuyos sujetos eran Sibila y Eneas, p.333,vv.386-387: «Oscuros en la noche solitaria/ cruzaban entre sombras», traduce Espinosa, mientras que «Iban oscuros bajo la solitaria noche», traduce Borges. Juan de la Cruz, Santo: Poesía, edición de Domingo Ynduráin. Madrid, Cátedra, 1983, Otros poemas: [«En una noche escura»], pp.259-260.

8 García Rodríguez, Juan José: Marejada (Cincuenta y tres episodios emocionales) Sevilla: Darío Libros, 2016: capítulo 45: La Gitana pp.281-294. Con muy detallado y documentado material el autor cuenta la amorosa historia de Gitana, poco que ver con su homónima cervantina. Y del mismo autor, la semblanza que lleva a cabo de su tío Domingo Ramírez Moreno en íd.: El niño que miraba los barcos, capítulo 5, pp.44-45.

9 O’Neill, Carlota: Una mujer en la guerra de España. Madrid, Oberón, 2006, pp.27-44, aunque conviene leer todo el libro