sábado, 4 de junio de 2022

HAY LUGARES COMO LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

Hay lugares llamados al combate, hay lugares donde se cruzan las historias, sentimientos y emociones de todas las vidas posibles en parques escondidos. Hay lugares por donde la batalla nunca pasa de largo. Hay lugares donde viven la totalidad de los hechos existentes y de los hechos inexistentes necesarios para conformar la realidad. Hay lugares, paso obligado de almas de viajeros que solo serán dominados por una atenta lectura. Hay lugares que parece que giran a la vez que el planeta, y que no duran para siempre. Hay lugares como la Feria del Libro de Madrid.

Y allá que me fui, inicialmente a firmar dos de mis libros, sabiendo que cualquier dato es importante, hasta los más nimios, hasta los datos inútiles pueden ofrecer pistas; porque sumar es lo importante cuando todas las vidas posibles se encuentran escondidas entre las páginas de un libro o de un millón de libros.

Lo que he descubierto hoy, sentado entre libros y esperando que algún lector medio extraviado viniera a la caseta de la Librería Gaztambide, es que el universo se compone de un número indefinido y, tal vez, infinito de libros; y que los escritores pueden ser obra del azar, pero el universo de los libros solo puede ser obra de Dios.

 «Esto no ha hecho más que empezar», me dije en cuanto llegué a la Feria del Libro, hoy yo voy también a conformar la realidad y estas miles de personas que andan por aquí no lo saben; ni tampoco saben que las cartas están marcadas, ni que el presente que quedará en el futuro es el que se esconde en este millón de libros que se encuentran en los anaqueles de las más de 480 casetas que están en la Feria.

Y eso que mi idea inicial, cuando me dirigía a la caseta 205 de la Feria y que me indicó Ediciones Ruser como la mía, era buscar la huella de la serpiente que escribe con letras aljamiadas, o la del jabalí que pezuña en ristre ondula la tierra con su peso e incluso la del lince que escribe oscuro sobre fondo negro.

Hoy he visto firmando libros a muchos escritores capaces de unir los hechos existentes e inexistentes para conformar la realidad; y hoy, yo que estaba firmando libros pensé que tal vez por unas horas era uno de esos hombres que conforman el mundo. Y eso, que mi más lejana ambición siempre fue la de ser el hombre que cultiva un jardín como soñó Voltaire para ser uno de esas personas que están salvando el mundo.
















lunes, 16 de mayo de 2022

VOLVER AL JARDÍN DE EPICURO, DONDE APRENDÍ A SER RICO

Un perro, que viene de una protectora y de vivir enjaulado me ha recordado este último mes que soy rico, que soy inmensamente rico, ¡riquísimo!; y mira que muchas veces he sido consciente de ello, pero frecuentemente se me olvida. Esta vez lo he recordado en La Milagrosa cuando he vuelto esta Semana Santa.

Volver a casa, a La Milagrosa, es volver al jardín y al huerto de Epicuro; al huerto de Steersman. Buenas tertulias hemos pasado allí durante muchas tardes buscando la felicidad, la felicidad individual, lejos de toda trascendencia; porque quienes nos reuníamos allí andábamos muy lejos de cualquier tipo de vana pretensión social, económica o cultural. Éramos nada y nada perseguíamos, más que tomar un café a la sombra de un naranjo que daba limones o de un membrillo que daba albaricoques en el mágico huerto de Seteersman.

En el jardín de Epicuro de La Milagrosa aprendimos que el placer es el comienzo, el fundamento y el final del vivir feliz. Pero no entiendan esa búsqueda de placer de una manera simple; porque si quieren tener placer con la comida, mejor hacer un almuerzo frugal; si quieren placer con un trozo de piel, mejor vivirlo buscando el bien de las dos almas o si quieren placer de espíritu, mejor vivirlo en la amistad que muy a menudo es rondada por la felicidad. La palabra placer, mal entendido, es lo que convirtió a Epicuro en un perseguido. Tal vez, por eso se han perdido todas sus obras.

En el jardín de Steersman no se hacían distinciones y era permitida su entrada a cualquiera; si Epicuro en sus clases de filosofía en Atenas era el único que admitía esclavos y mujeres; ¡qué íbamos a decir nosotros, que somos nadie, en un jardín en Sanlúcar!

Así que allí nos sentábamos todos, a la sombra de los árboles, ignorantes y sabios, tristes y alegres, antiguos y modernos, jóvenes y viejos. Allí era libre de entrar todo aquel que hiciera sonar la campana de bronce que un lejano día andaba colgada en el puente de la goleta La Milagrosa, porque bien sabíamos que vana es la palabra que no remedia ningún sufrimiento del hombre y que la dicha no la proporcionan ni las riquezas múltiples ni la importancia de las ocupaciones ni los cargos ni poderes sino la ausencia del sufrimiento, la mansedumbre de las pasiones y la disposición del alma que sabe delimitar lo que es por naturaleza.

En tiempos de nísperos comíamos nísperos, en tiempos de naranjas pues naranjas y en tiempos de ciruelas, ciruelas; con la única condición de tirar los huesos a la tierra que harían brotar nuevos árboles; pues, pronto se aprende en ese jardín, había que dar las gracias a la naturaleza porque hizo fácilmente accesible lo necesario y muy difícil de obtener lo innecesario. Eso sí, te tenían que gustar los perros y los gatos porque también para Charo el jardín era un lugar de acogida de estos mágicos seres que, cuando eran multitud, no hacían la vida, en su sentido estricto, tranquila.

Pues he vuelto al huerto de Epicuro esta Semana Santa, pero ahora hago allí poco más que leer y recordar, porque hace unos años que toda esa gente, grande y pequeña, ignorante y sabia, que se reunía en ese jardín ha ido desapareciendo para siempre en manos del tiempo. Y he viajado con Newton por primera vez y cuando el podenco ha visto el esplendor en la hierba ha empezado a correr sin motivo, y me dio la sensación de que gritaba: «¡Soy rico!, ¡soy rico!, ¡y yo sin saberlo!»

Inmediatamente, como la vida nos convierte en seres eminentemente prácticos, le he corregido: «No Newton, no somos ricos». Y él me ha contestado: «¡Qué va, quillo, (ya se ha hecho sanluqueño el podenco)!, ¡Qué va, mira! Tenemos el sol que ha salido hoy, hemos vuelto de la playa y del inmenso océano, podemos comer unos nísperos, tenemos un techo, no estamos encerrados, ni estamos solos. ¡Somos ricos!»

He recordado de donde venía Newton y le he entendido rápido. Y también he recordado la definición de riqueza que, cuando cobré mi primer sueldo, me dio Steersman: «Norbe, si no te gastas todo lo que ganas, siempre serás rico».

He intentado hacerle caso en todo momento cuando las circunstancias me lo han permitido; por eso, cuando era un joven alocado alquilé una casa que no me gustaba tanto, pero que me permitía que me sobrara dinero para ser rico, como me aconsejó Steersman. Era un apartamento en un barrio difícil, muy pequeño y sin calefacción, pero como estaba con una joven guapa siempre dormimos desnudos y nunca tuvimos frío, porque como dice la canción: «a cinco bajo cero nos seguía sobrando la ropa». Y encima seguía siendo rico; porque sabía, alguien lo dijo una vez en el jardín de Steersman, que si vives según la naturaleza nunca serás pobre y si vives, según las opiniones vanas, nunca serás rico.

También recuerdo que fui muy rico en la playa de La Jara. Como era otoño estaba deshabitada, al igual que las almas solitarias, y también me invitaron a bañarme con poca ropa en la más grande y mejor piscina del mundo: el océano Atlántico. Tampoco tuvimos frío esa tarde porque éramos ricos.

Y esta mañana he sido rico cuando he ido a la charca a buscar renacuajos con Newton y Jorge. Nada más atravesar la frontera del campo, Newton ha empezado a correr y me ha vuelto a dar la sensación de que gritaba: «¡Soy rico!, ¡soy rico!».

Siempre es bueno que, de vez en cuando, alguien nos recuerde que somos ricos y que es más fácil de lo que parece ser un poco feliz.


Pues sí Newton, has tenido que venir a recordármelo: «Somos ricos, ¡Somos ricos!, que digo ricos, ¡somos muy, muy ricos!» Seguiremos buscando la felicidad y el placer en manos de Epicuro y rememorando aquel jardín de Epicuro, el jardín de Charo y Steersman, en el que viví.





domingo, 3 de abril de 2022

WILLIAM WOODSWORTH Y EL PASADO DEL ESPLENDOR EN LA HIERBA



Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba, 
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

A lo largo de la vida, vamos teniendo encuentros que nos devuelven a esos momentos que vivimos en nuestra infancia y adolescencia de esplendor en la hierba, de la gloria en las flores. Esta mañana he tenido uno de esos encuentros. Un escritor me lo ha traído y yo he pensado que, una tarde de primavera, ya que el tiempo juega a su antojo entre pasado y presente en el ajedrezado tablero de la memoria, sería buen momento para recuperar a aquel William Woodsworth que leí siendo un joven bachiller por culpa de una joven, creo que era de Kansas, y de nombre Deanie.

En la memoria, aunque normalmente permanece oculto a mis miradas; sin embargo, el resplandor de aquel otro tiempo fue tan brillante que me alegra que vuelva sin yo pedirlo con encuentros fortuitos, porque esa belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Después de leer a Woodsworth y de ver a Elia Kazan supe que nada de cuanto estaba viviendo en aquel momento de infancia, adolescencia y juventud duraría para siempre, y además, por bueno que fuese el desenlace, no se parecería casi en nada a lo que sucedería en el futuro. Nunca sería para siempre toda esa juventud que nos deslumbraba; ya fuera en infinitos baños en la playa en verano; o en la espera nerviosa a la puerta del Cinema, o en el primer beso, que jurábamos que duraría siempre, en La Plaza de los Cisnes, teniendo como único testigo la estatua de la Infanta María Luisa; o el primer café en Malandar tocándonos los dedos. 

Yo sabía, después de leer a Woodsworth, que, pronto, todo desaparecería para siempre, sin importar las mil promesas de amistad y amor eterno. Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba. Aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Y es cierto que con dieciocho años a los dos, a todos, nos llegaron los viajes y las fugas, las distancias infinitas, los mil errores y algún acierto que nos condujeron a lo más humano del sufrimiento adolescente; y que con el tiempo inspirarían ideas que a menudo se mostraban demasiado profundas para las lágrimas. 

Pues sí, debido a esos encuentros que rascan en los recuerdos, esta noche he vuelto a coger mi manual de Literatura Inglesa y mi Antología de poetas románticos ingleses y he vuelto a recordar cuando subrayé y anote a lápiz varias veces las palabras «esplendor en la hierba»; y he visto de nuevo que tenía subrayado del poema Atisbos de la Inmortalidad en los Recuerdos de la Primera Infancia una estrofa que para mí, y seguro que para ti, fue profética:

El Cielo nos circunda en nuestra infancia;
las sombras de la cárcel se le acercan.
en cuanto crece el niño,
pero la luz ve aún y su nacer,
pues brilla en su alborozo.
El joven, más lejano de Oriente cada día,
es sacerdote aún de la Naturaleza,
y la visión magnífica
sus sendas acompaña;
el hombre al fin advierte que se apaga
y el día cotidiano lo absorbe entre su luz.  

Esos tres estados he advertido hoy, casi sin darme cuenta, por esos cruces de caminos del pasado que siempre nos dan el encuentro en el futuro.










sábado, 5 de marzo de 2022

ASÍ HE TERMINADO SIEMPRE EN RUSIA


Igual que una vez al año suelo ser por un día el alférez Christoph Rilke buscando su muerte; durante algún tiempo más me convierto en el teniente Schmidt para recordar, al leer su testamento, que es vano, en años caóticos, buscar un fin feliz. Para unos el castigo y el arrepentimiento, para otros terminar en el Gólgota… Para mí sería más pesado, y del camino recorrido ahora no me lamentaré.

Por eso, por amor a la Literatura, no hay más remedio que, de vez en cuando, viajar a Rusia. Yo lo hago todos los años, al menos una vez. ¿Dónde si no puede uno tropezarse con esas historias en manos de gigantes que portan siempre esa condición extraña de no saber qué lugar de la geografía ocupan?

 Además, yo también me enamoré de Lara, una mujer rusa de novela francesa: ¿Por qué ha de ser éste mi destino —pensó—, verlo todo y sufrir por todo? El tiempo luchaba por no empeorar. Las gotas de lluvia dejaban oír su tictac sobre el hierro de los canalones y de las cornisas, y cada tejado transmitía sus rumores al tejado vecino. Era la época del deshielo. En un estado de inconsciencia Lara recorrió toda la calle, y sólo al llegar a casa se dio cuenta de lo que había ocurrido.

Rusia, sin necesidad de leer a Dostoievski, está llena de fantasmas y demonios; algunos llegaron de Oriente; otros, la propia Rusia los crio y los hizo crecer; pero, otros llegaron tan directamente de Occidente; que hicieron que el pueblo ruso creyera llegar siempre tarde a su destino. Veo, como Pasternak, el futuro con tanta claridad como si tú lo hubieras detenido. Y ahora, igual que hacen las sibilas con su profético poder, capaz soy de predecir. En el templo caerá el dosel mañana, en apartados grupos estaremos y bajo nuestros pies la tierra temblará movida, quizás, de compasión hacia mí.

Donde siempre estamos nos han llevado una y mil veces, ¿verdad, Pasternak?, los políticos mediocres que nada tienen que decir a la vida ni al universo, fuerzas históricas de segundo plano, cuyo interés es que todo sea mezquino, que se hable siempre de algún pueblo, a ser posible pequeño y desdichado, que se les permita hacer la ley y explotar la piedad. La víctima señalada es todo el pueblo.

Todo el pueblo..., que es una única persona que llora lágrimas de sangre abiertas en diferentes lugares, pero con los mismos infinitos dolores, ya sea, en un lugar de Bosnia, de Kosovo, de Líbano, de Mali, de Afganistán, de Irak o de Ucrania. En Zagreb, donde fui unos días de comisión al Cuartel General de la ONU y desde donde se llevaba toda la logística de la Guerra de Bosnia, conocí a un comandante ucraniano, y pensé que era una buena señal que estuviéramos juntos trabajando en la misma mesa.

Viví la caída del telón de acero, único motivo por el que viajé a Berlín, soñando que todos los países del Este entrarían en la Unión Europea, e incluso en la OTAN; también Rusia, ¿por qué no? ¿Quién puede negarse a ello? Se acabó, me dije, por fin. Pero, algo debió de salir mal en aquella reunión entre Bush y Gorbachov, por donde andaba James Baker anotando conciertos. O, tal vez, algo salió mal por uno de esos fantasmas o demonios que siempre nos devuelven a la casilla de salida de la guerra para vivir de nuevo un tiempo irreparable donde siempre sufren los mismos. Como decía mi padre: «Siempre vivimos en tiempos irreparables, aunque como los vivimos nosotros creemos que son únicos».

Desde entonces, sé que estas historias, siempre acaban igual. Lo he visto mil veces en cuerpos distintos y en geografías muy dispersas, pero con la misma alma: 

Por las mejillas de Lara corrían lágrimas silenciosas de las que ella no se daba cuenta, como la lluvia que en aquel instante caía sobre las caras de las figuras de piedra de la «Casa de las estatuas», allí delante. Dijo simplemente, sin generosidad, sumisamente: «Haz lo que te parezca. No te preocupes por mí». Y como no sabía que estaba llorando no se secó las lágrimas. 

Así siempre he terminado en Rusia, entre lágrimas, sin saber que estaba llorando.

                        




sábado, 12 de febrero de 2022

ERRORES DEL PASADO. ¿HISTORIA DE UN SUICIDIO?

Antes de 1914, viajé a la India y a América sin pasaporte; es más, nunca había tenido ninguno.

Antes el hombre sólo tenía cuerpo y alma, ahora además necesita un pasaporte, de lo contrario no se le trata como a un hombre.

De todas las profesiones que se pueden tener, elegí o me eligió, que el azar o la severa predestinación juegan a su antojo, aquella que no necesita pasaporte para cruzar fronteras perpetuamente difuminadas por la guerra; y siempre me pareció una ironía perversa que en la guerra el pasaporte fuera papel mojado y en la paz, cuando volviera a visitar esas piedras mágicas que habían sobrevivido a esa cultural y humana costumbre de las guerras e invasiones, necesitaría mil sellos y visados.

Fui a Viena un invierno buscando a Stefan Zweig, a Romain Rolland y su novela europea, a Haushofer, Musil, Roth, a la Jesenká, Hille y Verhaeren; buscando a Twain y al hombre del millón de dólares, una ópera, la catedral de San Esteban, un restaurante donde cené tras unas cristaleras con una mujer hermosa mientras nevaba en la calle y el mundo corría a los soportales a refugiarse, y un hotel donde pasé muchas horas con esa misma mujer desnuda mientras la misma nieve firmaba un documento jurando que nosotros dos, pasara lo que pasara, siempre seríamos vieneses.

Por eso, me sorprendí tanto cuando en esa ciudad, nada más llegar, me pidieron el pasaporte. Ya no recordaba, que a Borges y Zweig nunca se lo pidieron porque se dieron a los viajes por Europa y por el mundo antes de 1914. Yo llegué en 1994. Y les dije: «mire esta mujer y yo somos vieneses, tengo una habitación de hotel, un restaurante a espaldas de la catedral de San Esteban y la nieve por testigos». Le enseñé una entrada del Teatro de la calle Winke Wienzeile, un tique del Schloss Schönbrunn y una foto que nos hizo un cochero con chistera en un coche de caballos.

Europa no cedió y nos pidió el pasaporte. Lo entregamos sumisamente y me fui a la caza de Stefan Zweig, austriaco, judío, escritor y humanista. Fui a buscarlo antes de que llegaran los nazis; a él y a Europa:

He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacional socialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea.

Sé que pasaba largas horas en el Café Central de la Herrengasse y allí me fui. Zweig no estaba, ni siquiera su nombre arañaba ese mármol que recuerda un pasado intelectual como nunca se ha dado en ninguna otra ciudad del mundo. Pregunté por él a un camarero y me contó que salió huyendo de la barbarie nazi, y que Viena también había desaparecido ya que sólo 2.000 vieneses votaron en contra de la anexión nacional-socialista, mientras la conciencia mundial callaba ante un pueblo alemán que las mismas potencias vencedoras de la Primera Gran Guerra habían envenenado.

Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso —la monarquía de los Habsburgo—, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crie en Viena, metrópolis dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la misma tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte: forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que esta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas.

Iré a Berlín me dije. Me llevaré un libro de Zweig y en la misma plaza donde quemaron los suyos, me sentaré a leerlo. Me sentaré en un banco; ese mismo banco en los que las leyes arias prohibían sentarse a los judíos y abriré su libro. Y soñaré que Zweig, junto a mí, ha vuelto a Berlín a recoger las cenizas de sus volúmenes incendiados para proclamar su victoria sobre el pasado; sabiendo que la Historia, como explicó un soldado tullido y cautivo en Argel, es émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y advertencia de lo porvenir:

Cuando uno intenta trazar retrospectivamente los errores de la política después de la Primera Guerra Mundial, se da cuenta de que el mayor de todos fue que tanto los políticos europeos como los norteamericanos no llevaron a la práctica el claro y simple plan de Wilson, sino que lo mutilaron. La idea del mismo era conceder libertad e independencia a las pequeñas naciones, pero él había visto con acierto que tal libertad e independencia sólo podían mantenerse dentro de una unidad de todos los estados, pequeños y grandes, en una organización de orden superior. Al no crear esa organización -la auténtica y total Liga de Naciones- y al aplicar sólo la otra parte de su programa, la independencia de los estados pequeños, en vez de paz y tranquilidad se creó una tensión constante. Pues nada es más peligroso que el delirio de grandeza de los pequeños y lo primero que hicieron los estados pequeños, tan pronto como se formaron, fue intrigar los unos contra los otros y disputarse territorios minúsculos. 

He seguido a Zweig hasta Brasil. Se ha suicidado. Veremos si Europa no hace lo mismo.








sábado, 22 de enero de 2022

LUIS ROSALES, A QUIEN YO DEBO TANTO

Y el lento saber que nadie vuelve la espalda al sufrimiento si ha elegido vivir…


Diario, 18 de abril de 1994

No hay ninguna luna y no se oye ni el ruido de la noche por la calle.
No hay un alma, y hay mucho silencio: Eso no es buena señal.
Hemos quedado en la puerta del hotel Ero.
Traemos un camión frigorífico que no enfría: «Todo va a echarse a perder, tenéis que llevar los alimentos rápido a Mostar», nos han dicho.
Y aquí estamos. En la puerta del hotel Ero, en cuyos sótanos tiene las cámaras frigoríficas el batallón español.
En la puerta del hotel Ero, destrozado por la guerra, espero a que me abran dos soldados del HAVEO que vigilan desde dentro.
Con una linterna de pobre luz amarilla se acercan. Me dicen que me dé la vuelta y que me vaya.
No tienen ninguna intención de abrir. Creo que no me han entendido.
Hay veces en que no debería de haber tanta noche, y tanta oscuridad. Sin duda es una noche oscura.

En la calle, dentro de un viejo coche, en cuyo cristal, a rotulador, pone en inglés la palabra prensa, PRESS, pasa la noche un hombre a la puerta del hotel. Con su primer instinto, con nuestra presencia, se agazapa, no se mueve. Mira de reojo y se le nota el miedo; veo su miedo; pero es que llegar hasta aquí tan sólo con una cámara de fotos no ha sido una buena idea.

Hay demasiada noche y silencio derramados.

Seguimos en la calle, esperando.

—No llegan le digo a Paco. — Pero si hemos quedado en la puerta del hotel Ero.

Los soldados del HAVEO repiten con gestos destemplados que no nos abren y que nos larguemos. Enfrente hay un edificio destruido, tan destruido que al primer vistazo he pensado que dentro no hay vida. Se oyen ruidos, parece que dentro se mueve gente. Demasiada noche, tal vez.

Una vela se enciende y luego otra, me pongo detrás del árbol que está justo delante de la puerta principal del hotel Ero mirando las sombras que provocan las llamas de la velas que acaban de encenderse. Pero al ver la luz me quedo más tranquilo, porque he aprendido que el miedo suele vivir en la oscuridad y no entre luces; y ya se distinguen dos velas encendidas. La Casa está Encendida.

Los vehículos los hemos apostado una calle más abajo.

Paco y yo estamos todavía en la puerta del hotel Ero; esperando. Por si acaso, nos colocamos tras los árboles. Pero La Casa Está Encendida y pienso que no hay nada que temer.

De pronto, a mi memoria viene Luis Rosales a quien yo le debía tanto aquellos días:

Miré hacia arriba,

Vi una ventana encendida,

Luego otra y otra,

Vi todas y dije:

Gracias, Dios mío, la casa está encendida.

Tenues luces amarillas pintan el paisaje a nuestra espalda. Seguimos esperando a la puerta del hotel Ero y nada sucede, porque la casa está encendida; y yo estaba equivocado. En ese momento hago las paces con Luis Rosales, que debe andar ahora con Federico escribiendo versos en el aire y en las nubes.

Mañana voy a pedir que me envíen por estafeta dos libros: La Casa Encendida y El Contenido del Corazón.

Fin de las anotaciones del Diario el día 18 de abril de 1994

Cuando uno vive en un lugar donde el dolor es compañero cotidiano e inseparable de la gente, posiblemente no necesite teórica alguna sobre el dolor; al igual que el que se está ahogando no necesita revelación alguna acerca del agua; sino que lo saquen de ella; pero los poetas siempre llegan más allá de lo posible y lo imposible, abren puertas que sin ellos siempre estarían cerradas y nos enseñan que la realidad está llena de contradicciones, de sueños y de pesadillas. 

Y allí, había no pocas pesadillas: el Trosky había estado en algún que otro intercambio de muertos entre las partes combatientes, como si fueran simples cromos: estaba fuera de toda razón que hasta los muertos siguieran sufriendo tras la muerte, pero no eran por aquellos lares normas de conducta la razón y la misericordia; se utilizaba la violación como arma de guerra; la religión y el alfabeto se convirtieron en banderas con colores irreconciliables y todos creyeron que la limpieza étnica era una forma de victoria en vez de una tendencia suicida.

Todos, todos, todos, se embarcaron en el viaje al dolor sin haber leído una sola línea de Luis Rosales; y nos embarcaron también a los que por allí andábamos; y ésa era una carencia insoportable en aquel lugar y en aquel tiempo:  

El dolor es un largo viaje,

es un largo viaje que nos acerca siempre,

que nos conduce siempre hacia el país donde todos los hombres son iguales,

lo mismo que la palabra de Dios, su acontecer no tiene nacimiento, sino revelación,

lo mismo que la palabra de Dios, nos hace de madera para quemarnos,

lo mismo que la palabra de Dios, corta los pies del rico para igualarnos en su presencia,

y yo quiero deciros que el dolor es un don,

porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre.

Todo llega en la vida por sus pasos contados,

la primavera y el verano, la ignorancia y la lluvia,

porque no hay nada gratuito,

no hay alegría, por pequeña que sea,

que no tenga que conseguirse

como la hormiga testaruda lleva su carga tronco arriba;

no hay alegría, por importante que nos parezca,

que no termine convirtiéndose en ceniza o en llaga,

pero el dolor es como un don,

nadie puede evitarlo,

las esperanzas, el amor, el dinero,

todos los bienes terrenales,

siempre están contenidos por él y son igual que pájaros que vuelan sobre el mar,

y son igual que pájaros,

por más y más que vuelen nunca se apartan de su fin.

Dejamos nuestra carga, en los sótanos del hotel Ero, que guardaba, como un tesoro, los únicos frigoríficos que funcionaban de todo Mostar, y nos fuimos a dormir al destacamento de Mostar Oeste.

Antes de dormir quise escribir un poco y leer; no mucho porque el exceso de linterna en la lectura termina quemando la vista, aparte de molestar a quienes ya quieren empezar a descansar: En la carretera y en el bulevard hemos tenido que parar tres veces para salvar dos alambradas y una pequeña barricada. Dos zapadores, se han adelantado y nos han pedido que nos quedásemos atrás, detrás de dos blindados que nos han escoltado, porque ellos iban a inspeccionarlas. Los veo agachados, con sus linternas y oímos sus voces. Los contendientes se han aficionado, nos dicen, a anclar con explosivos las barricadas. Una alegría más, que este sitio está lleno de ellas… Escribo un poco más y al rato me quedo dormido.

Porque todo es igual y tú lo sabes

has llegado a tu casa y has cerrado la puerta

con ese mismo gesto con que se tira un día,

con que se quita la hoja atrasada del calendario

cuando todo es igual y tú lo sabes.

has llegado a tu casa,

y, al entrar,

has sentido la extrañeza de tus pasos

que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,

y encendiste la luz para volver a comprobar

que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año,

y después,

te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,

y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,

y te has sentido solo,

humanamente solo,

definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

Definitivamente, he hecho las paces con Luis Rosales y estoy de acuerdo con él en que la felicidad no nos enseña nada; sin embargo, con cada  dolor hay un nuevo alumbramiento, un acercamiento a la verdad. Esa misma raíz la hallé un poco después en Muñoz Molina cuando escribe que los efectos del amor o de la ternura son fugaces, pero los del error, no se acaban nunca, como una cavernícola enfermedad sin remedio. Sí, señor, sólo el dolor enseña, sólo la felicidad es fugaz, sólo los errores nos persiguen, sólo con las derrotas parece que juegan la memoria y el pasado. Pero tampoco hay que desanimarse porque con el azar y la ventura también juegan los dioses y nosotros jugamos con nuestra voluntad; aunque siempre conviene estar preparados.

Sí, definitivamente hice las paces con Luis Rosales:

AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas

que le bastan para morir,

y las contase, y las volviese a contar, para evitar

errores, hasta la última,

hasta aquella que tiene la estatura de un niño

y le besa y le cubre la frente,

así he vivido yo con una vaga prudencia de

caballo de cartón en el baño,

sabiendo que jamás me he equivocado en nada

sino en las cosas que yo más quería.

A mí me ha pasado igual, como todos, jamás me he equivocado en nada sino en las cosas que yo más quería.

Si quieren leer poesía de la buena, agarren, no lo duden, la poesía de Luis Rosales. Yo tengo devoción, por motivos personales, ya lo saben, a La Casa Encendida y a El Contenido del Corazón, alguno de cuyos versos están esparcidos por este artículo.

Las fotos son de Mostar. Las dos primeras corresponden al hotel Ero en aquellos días, la puerta principal y la parte de atrás. En esos años el pensamiento, la razón, el sentido común y la libertad habían huido de aquellas calles. Volví a verlos por allí ocho años después, pensando que todo dolor es individual, que no hay dolores colectivos; sino que hay culpas colectivas y ése es el motivo de que la Historia se repita tanto. Pero que no se nos olvide que nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre.









sábado, 8 de enero de 2022

SOÑANDO A LOS CLÁSICOS EN MALI

Siempre que viajo a cualquier parte del mundo procuro buscar los rastros que la Antigüedad ha dejado en este futuro que estamos viviendo hoy. Porque siempre he creído a pies juntillas las teorías de los humanistas que entienden que en la Antigüedad Clásica viven todas las posibles respuestas a cualquier pregunta que puede hacerse un ser humano. De ahí, la necesidad de la infinita memoria, de las palabras de los padres de nuestros padres; del alfabeto, ese arma que consiguió igualar a escribas y gente llana por la simplicidad de su utilización; y por eso, la necesidad de guardar en la memoria de aedos, juglares y bardos todas las historias pasadas donde los clásicos escribieron su pasado, su presente y nuestro futuro.

Los inescrutables caminos de la vida me llevaron a Mali. Lo primero que pensé al pisar Bamako fue que tenía que llegar a Tombuctú en busca de la biblioteca de Kati, aquella biblioteca mágica que, en el año 1468, huyendo de la intolerancia, fue obligada a abandonar mi amada ciudad de Toledo. Sin embargo, cuando supe que uno de mis compañeros de misión era nada menos que griego nacido en Atenas, me dije: «aquí también están los clásicos, aquellos que tienen todas las respuestas del ser humano». Como todo empieza en Homero y no hay nadie, andando por las sendas de Occidente, que no sea hijo de Homero, lo primero que quise preguntarle era qué había aprendido él de Homero en su casa y en su escuela en Grecia.

— Ah, tú me preguntas por Ὅμηρος — me dice Lykos.

— Eso, Homero — le respondo yo.

— No es esa palabra tan rara que pronuncias tú — me dice Lykos —, sino Ὅμηρος.

Está claro, que no voy a discutir con un ateniense, proveniente de setenta generaciones atrás viviendo en la Hélade, cómo se pronuncia Homero en griego, aunque yo también sea hijo de ese mismo aedo ciego.

—Mira, Norberto – hay diferentes teorías alrededor de su nombre. La primera teoría viene del hecho de que fue hecho prisionero por los Κολοφωνίων (Kolophonion) en su juventud durante la guerra contra Izmir (actual Σμύρνη, Esmirna), porque el significado literal de la palabra όμηρος es rehén.

No me atrevo a interrumpirle no sea que Homero y yo, perdón Ὅμηρος y yo, lo agobiemos.

— Hay otra teoría que toma la raíz literal del nombre, porque en el dialecto eólico la palabra όμηρος es sinónimo de ciego; pues a menudo, cuando se violaban los tratados de intercambio de rehenes entre ciudades, cegaban a sus prisioneros. De acuerdo a otra tercera versión la palabra puede haber sido usada en el sentido de ὁμοῦ ἀραρίσκω (compañero, compañía) proveniente de las palabras «Ομού» y «Αραρείν» o «Αραρίρσκω» que significa "unirse", ya que el prisionero solía recibir una garantía para ejecutar un acuerdo o tratado.

Lykos continúa hablando: 

— Hay otra teoría básica que dice que su nombre provenía de la frase μη οράν (el que no ve) porque en algún momento Homero fue cegado, perdiendo por este motivo su nombre de nacimiento Μελησιγένης ya que él nació cerca del río Μέλητα (Melita) en Izmir, Σμύρνη (Esmirna) debido a una mala evolución de la palabra μηοράν que evolucionó a Ὅμηρος.

Lykos, me dice que puedo preguntarle cualquier cosa, pero que él apenas sabe de Homero. Yo le contesto diciendo que no es lo importante lo que él sabe, sino lo que sabían sus ascendientes. Uno no encuentra todos los días a Homero andando por Bamako.

Si alguien me llega a contar que en Bamako iba a hablar con un ateniense sobre Homero, allá en la paillotte durante los minutos de descanso, no lo hubiera creído. Pero he ahí el poder de los clásicos que no hay lugar de la Tierra que no hayan hollado.

Ya en mis días en Líbano perseguí al gran Gilgamesh, rey de Uruk, en su viaje al país de los cedros, ese maravilloso Líbano, que tantas veces recorrí desde el valle de la Bekaa hasta las mismas granjas de Shibaa o desde Marjayoun a Sidón y Tiro donde nació la primera luz de occidente. En ese primer viaje, en el libro más antiguo del mundo, Gilgamesh y su amado Enkido inician una gran aventura hacia los remotos bosques de los cedros donde vive Huwawa (en asirio Humbaba). Un ser que simboliza el pasado, pero que es el guardián de la naturaleza.

Con la ayuda del dios del viento, hace cinco mil años, Gilgamesh mata al gigante Humbaba y el bosque de los cedros se queda sin guardián, se queda sin futuro, porque dos hombres civilizados que vienen de la ciudad más grande y adelantada del mundo han hundido sus hachas en su garganta y han cortado su cabeza. El mito del progreso contra la naturaleza, me imaginé. En todos esos meses terminé adorando esa tierra libanesa; país que recorrí de arriba a abajo, con un cedro como bandera, atravesando fuertes y fronteras, y me entristecí por la muerte de Humbaba y porque apenas vi cedros, sólo guerra y una naturaleza quemada cuyo fuego se inició en el libro más antiguo del mundo.

Con la música del río Hasbani, como fondo, leí varias veces otro clásico, el Poema de Gilgamesh, y cómo éste venció junto a Enkido al gigante que guardaba el bosque de los cedros, el guardián de la Naturaleza:

«Al escuchar a su amigo que lo animaba, volvió en sí Gilgamesh; entonces lanzó un alarido, alzó su enorme hacha, la blandió y la hundió en el cuello de Humbaba. Manó la sangre de nuevo, otra vez el hacha golpeó la carne y el hueso, el monstruo se tambaleó quedaron sus ojos en blanco; y al tercer golpe del hacha se desmoronó como un cedro y se derrumbó en el suelo. Su último estertor conmovió las montañas del Líbano, inundó los valles con su sangre, retumbó el bosque hasta el límite de sus árboles. Entonces los dos amigos lo abrieron, extrajeron sus intestinos, cortaron su cabeza de dientes afilados como dagas y de horribles ojos rojos de fija mirada; y entonces cayó una suave lluvia sobre las montañas, cayó una suave lluvia sobre las montañas».

Las montañas del Líbano empezaron a llorar porque el bosque de los cedros se había quedado sin su guardián, sin su monstruo. Yo hubiese deseado que Humbaba hubiera vencido, y que los dos héroes civilizados no hubieran podido contra el guardián del bosque; pero está claro que los Clásicos se equivocan en poco; sobre todo, cuando miran al futuro.

De Bosnia, a Líbano, Turquía, Siria, Iraq, Afganistán o Mali no hay un lugar del mundo en el que un Clásico no haya estado antes que cualquiera de nosotros; porque, como bien saben los humanistas, en la antigüedad clásica están todas las preguntas y todas las respuestas del ser humano, por eso siempre tenemos que volver a ellos.

He trabajado en Mali con uno de los hijos de Homero, y sé que en Tombuctú hace 500 años se usaban los libros como moneda de cambio en un tiempo en el que un monasterio europeo podría tener como mucho dos mil volúmenes, y fueron los Qûti (Kati en la actualidad), descendientes directos del rey godo Witiza, y godos hasta la médula, más godos que yo, quienes, huyendo de Córdoba, consiguieron que toda África hablara de sus libros y de sus sabios. Escribe el poeta Abu al-Abbas Ahmad (1556) un poema que se ha convertido en popular y mítico: “La sal viene del Norte, el oro viene del Sur, la plata de los blancos, pero la palabra de Dios, los cuentos hermosos y las actitudes santas sólo las hallarás en Tombuctú”.

Me quedo en Mali con sus cuentos hermosos y sus manuscritos.





lunes, 6 de diciembre de 2021

MÁRCATE UN LEÓN BLOY, SI TIENES VALOR

Todas las épocas tienen su estiércol, todas las épocas tienen su profeta. Kafka lo reconoció al instante: “Es el profeta de los tiempos modernos, ante los cuales todos los demás parecen mudos. Vitupera mejor que los profetas"; y vitupera, sin complejos, sin miedo a lo políticamente correcto, no sólo de su época, sino de todas las épocas. Sentar en su mesa a un ladrón, a un asesino o a un farsante, es cosa plausible y recomendada —si sus industrias prosperan. Las mucosas de la consideración más delicada no sufrirían con ello. Hasta está demostrado que cierta virginidad se recupera al contacto de los envenenadores de niños —siempre que estén saciados de oro. 

Por eso, para la salud mental, siempre es bueno que un escritor se marque, de vez en cuando, un León Bloy, publicando aquello en lo que de verdad cree, sin tener en cuenta a ese público, que puede colocarlo en un lugar olimpiaco entre los más vendidos; ni a los editores, que le recomendarán no restañar viejas heridas ni antiguos temas que no van con los tiempos; ni levantar ampollas entre los amigos de la hipocresía; y lo correcto a la luz, y lo incorrecto a las sombras; ni tener en cuenta a los otros escritores que no paran de sobarse las espaldas unos a otros comentando entre ellos esos libros que ni siquiera han leído.

En resumen, si te marcas un León Bloy muy a menudo, no tendrás nunca dinero para comer ni calentarte, perderás todos los amigos, nadie llamará a tu puerta; salvo locos como tú, que multiplicarán tu pobreza; eso sí, alejada de toda hipocresía. Tal vez sea un buen deporte para el alma, pero será un mal destino para el cuerpo. Anoche, un millonario cretino, que nunca socorrió a nadie, ha perdido mil luises en el círculo, en el mismo momento en que cuarenta pobres chicas, a las que este dinero hubiese salvado, caían hambrientas en el torbellino de la prostitución; y la deliciosa vizcondesa, a la que todo París conoce muy bien, ha exhibido sus pechos más auténticos, con un vestido color de la cuarta luna de Júpiter, cuyo precio habría alimentado durante un mes a ochenta ancianos y ciento veinte niños.

Por eso, si quieres escribir siempre lo que piensas, debes saber que tienes que buscarte otro trabajo del que vivir, el cual perderás a menudo; porque si andas continuamente marcándote un León Bloy también debes saber que pasarás mucha hambre, que no habrá un mes en el que podrás pagar con holgura el alquiler del techo que te cobija; además perderás a todos tus amigos, que no soportarán cualquier vituperio tuyo porque ellos son seres tan sociales que tienen que alimentarse de otros valores más políticamente correctos; "Es que hay que vivir, León"

Si te marcas un León Bloy debes creer en la pobreza, pero para creer hay que ser uno de ellos, para creer hay que vivir en el antiguo Cristo. Debes creer en la defensa del ultra-catolicismo, aquel que vivía la Edad Media, que no era tan obscura como nos quieren pintar. Debes dejar de lado la hipocresía, no puedes llenarte la boca de sentencias sublimes igualitarias y comunistas y andar con posesiones inmobiliarias y con grasientos sueldos; como aquellos a los que quieres combatir a pesar de todas las charlatanerías machaconas y de todas las exhortaciones sucias— una bofetada absoluta sobre la faz de la Justicia, y en las almas desposeídas de la esperanza de una vida futura, una necesidad creciente de triturar al género humano. Solamente, ¡desconfiad!... Guardamos el fuego, suplicándoos que no os sorprendáis demasiado con un guisado cercano. 

Pero, es tan sano para la salud mental marcarse un León Bloy que creo que esta madrugada voy a hacerlo, Posiblemente, no lo publique; ya saben, tengo familia, amigos, deseos de una vida mejor, ver publicados mis libros; yo también guardo en todos los campos de mi existencia mi parte de hipocresía; como tú, y no quiero, ni teniendo razón, que por decir lo que pienso se deshagan mis sueños. Pero esto no es nada, comparado con que hay una multitud infinita de los que no nacerán, y de los que no han sufrido aún bastante para morir. Hay aquellos a quienes desuellan vivos, a los que cortan en trozos, a los que queman a fuego lento, a los que crucifican, a los que flagelan, a los que descuartizan, atenazan, empalan, aporrean o estrangulan; en Asia, en África, en América, en Oceanía, sin hablar de nuestra Europa deleitosa; en los bosques y en las cavernas, en las mazmorras o en los hospitales del mundo entero.

Son las cuatro de la madrugada cuando escribo estas letras, será mejor que me ponga un whisky y baje un poco la calefacción, ya hace calor aquí dentro. La verdad es que he pasado una bonita noche con los amigos, un par de horas en la biblioteca y, antes, tarde de cine. Mi amigos escritores me han recomendado que no escriba con tanto realismo del dolor en mi próxima novela; les haré caso. Mi familia duerme tranquila. Hemos pagado el alquiler sin problemas; no quiero tener problemas; aún sabiendo que un ejército de esclavos trabaja para mí, para que yo esté así, en las tinieblas, a la manera de esos condenados que escarban el suelo en el fondo de los pozos negros de Bélgica o de Inglaterra.

Aunque, algún día me marcaré un León Bloy y todo el mundo sabrá, de verdad, lo que pienso y desdichadamente para mi suerte y venturosamente, para el arte de la retórica, me haré, Borges, un especialista de la injuria, porque algún día, roído por la necesidad de la Justicia, como por un dragón hambriento después del Diluvio, mi cólera será la efervescencia de mi piedad.

Pero, esta noche me acurrucaré entre las mantas que afuera debe de hacer mucho frío. Voy a dejar el marcarme un León Bloy para otro día.