domingo, 15 de octubre de 2017

LA BANDERA DE LA VIDA


Hay lugares donde las banderas se visten con su verdadero significado, con su auténtica forma, con su razón de ser; y es en esos territorios, y no en otros, donde sus colores, cuando asqueados de la bajeza humana, cuando iracundos de la dureza humana, son capaces de representar, por un momento y por una feroz circunstancia, la paz, la calma, la tranquilidad y el sosiego allá donde sólo hay dolor, destrucción y muerte.

Acabábamos de dejar el Neretva, que nos guiaba por toda la ruta de los españoles, y entramos en el bulevar de Mostar, desolado, como siempre, en esto se nos acerca una mujer, que sale de una casa semiderruida por los bombardeos, y nos dice: no sabes la alegría que nos da cuando vemos esa bandera. Le señalo la de la ONU y nos dice: no, la otra, la amarilla y roja. Es la bandera de la vida.

Nadie podría haberla definido mejor; y jamás en España, ni con un concurso de lemas, hubiera salido uno tan bonito y tan cierto.

Con esa bandera, la bandera de la vida, llevando plasma sanguíneo al hospital musulmán de bosnia murió un joven amigo, Jesús Aguilar, recuérdalo tú y recuérdalo a otros, que sin conocer esa tierra, para él lejana y extraña toda, escogió ir a ella, y en ella, si la ocasión llegaba, decidió apostar su vida; y con esa bandera, la bandera de la vida, tratando de salvar a civiles no combatientes, murió otro joven amigo, Arturo Muñoz Castellanos, juzgando que la causa allá puesta al tablero, entonces, digna era de luchar por la fe que su vida llenaba. Y Ángel Tornel y Fernando Casas, a quien apenas tuvimos tiempo de poder despedir en Divulje, que anduvieron interponiendo sus cuerpos y la bandera de la vida, cuando asqueados de la bajeza humana, cuando iracundos de la dureza humana, supieron que la causa por la que morían era noble y digna de luchar por ella.

Y así ha sido desde entonces. En Bosnia, El Salvador, Kosovo, Líbano, Guatemala, Afganistán, Iraq, Mali..., donde muchos soldados españoles, que uno ya es un número inabarcable, dejaron sus vidas.

Esa bandera no tiene raza, que no pocos de los nuestros la defienden hasta morir, que bien los he visto en Bosnia, Líbano, Mali, o el sur de Turquía, y su piel es la que le dio su madre cuando lo trajo al mundo, mientras que vi a pocos puros por esos caminos de Dios; esa bandera no tiene religión, que bien se lee la Biblia, el Corán y la Torah en los cuarteles y en las misiones porque si nunca has rezado, vete con la Agrupación Canarias a Bosnia en el año 1993 y verás lo rápido que aprendes; esa bandera no tiene ideología, quien así lo cree se equivoca, esa bandera es de todos, y si alguna ideología la toca, yo la maldigo. Porque es la bandera que va con la ley, la de todos; la justicia, la de todos; y la paz, la de todos. Incluso la de esas tierras lejanas y extrañas que no conocíamos y donde muchos apostaron en ellas sus vidas.

He dado algunos nombres, pero son cientos, aunque uno sólo es suficiente, uno, uno tan sólo basta como testigo irrefutable de toda la nobleza humana. Sé que Cernuda también escribió para ellos su poema Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, y eso hago yo aquí, recordarlo, haciendo caso a tan gran poeta.

Veo venir a una mujer que nos saluda con la mano y nos dice: No sabes la alegría que nos da cuando vemos esa bandera por la carretera. Le señalo la bandera de la ONU y nos dice: no, la otra, la amarilla y roja. Es la bandera de la vida.























































jueves, 10 de agosto de 2017

LA OCASIÓN DE JUAN JOSÉ SAER

Tampoco a mí me caen bien los positivistas. Reniego de todos ellos, que trataron de borrar la magia del mundo de un plumazo y de asfixiar los espíritus que lo ordenan en su confusa arquitectura con las simples leyes científicas basadas en la observación y en la experimentación; en el cálculo, la física, la química y el álgebra. A Bianco lo obligaron a irse de París tras una velada en un teatro que convirtieron en una fábula de la ignominia porque no salió bien aquello de mover la materia con el pensamiento; y a mí me obligaron a caer en los brazos de la literatura decimonónica durante unos años, el tiempo que tardé en cansarme de maldecirlos, a ellos y a sus fórmulas, con las que pretendían adivinar el significado del mundo, su origen y su devenir.

Bianco huyó a la Argentina y yo me enrolé en el ejército; nada hay más grave en esta vida que huir de los positivistas; están por todos lados, los políticos, los hombres de negocio, la gente de ciencia, los jóvenes investigadores, los periodistas; en resumen, todos esos clanes de gente pragmática, tan práctica que confunde consecuencia con beneficio, y esencia con materia. Gente que nunca entendió la magia de las pequeñas cosas, el alma de las estrellas, incapaces de adivinar la cualidad de las cosas y empeñados en averiguar su cantidad.

Al final, Bianco terminó pareciéndose mucho a ellos, se ha comprado tres caballos y un revólver y se dedica a recorrer los campos; en seis meses no durmió una sola vez bajo techo; y eso que en la Argentina pensó que él podía tomarse la revancha escribiendo contra los positivistas, que una velada en un teatro no puede no ser aniquilada por el tiempo sin dejar rastros, pero que un escrito, una suma de pensamientos concatenados y puestos uno debajo del otro sobre una hoja blanca y después multiplicados por la imprenta, era algo indestructible. En eso se equivocaba Bianco, y Juan José Saer lo sabía, porque cualquier escrito no es indestructible; sino solamente aquellos que construyen un andamiaje perfecto en su morfología, sintaxis, fonética y semántica; y ese talento está en manos de muy pocos; Juan José Saer entre ellos.

Bianco está dispuesto a hacerse rico, (que es la única manera de tener en todo momento razón) y para eso sabe que tiene que conocer y en cierto sentido dominar la tierra en la que va a instalarse y los hombres que la habitan; conocerlos o la conquista con la fuerza de las armas del bien ajeno; y no estaba en condiciones de apurar esta última opción. Se ha exhibido en los campos desiertos, ha recorrido varias veces el perímetro de su tierra para marcar su territorio, para hacérselo saber a los otros.

Después de marcar sus tierras se ha construido una casa; primero, un chamizo; y luego, una mansión, tiene cabezas de ganado, (el gobernador es un excelente hombre de negocios. Gracias a él ya he conseguido reunir mis primeras mil cabezas de ganado), y piensa en alambrar el desierto cuando nadie alambra la Argentina, poniendo cercas en el cielo. El campo suyo está pegado a los nuestros, ¿no es verdad?

Ha conseguido la amistad del doctor Garay López, (¿los Garay López? Son los dueños de todo), casi por casualidad y por una herida en un dedo que el médico consiguió que no tuvieran que amputárselo. Ya tiene un buen amigo; y ahora busca una mujer y una estirpe, que la riqueza siempre está condicionada por la reproducción, y rápido pone sus ojos en la joven Gina, sin tardar un segundo, nada más verla, en entrar en negociaciones con su padre, y sin saber que ella es la verdadera trampa en la que ha caído y que a su lado la que le tendieron los positivistas en París es una inocente broma de estudiantes.

El triángulo Garay López, Gina y Bianco viaja en imágenes por la novela de Norte a Sur y de Este a Oeste, desde que este último al entrar en su casa vio a su joven esposa sentada en el sillón fumando un puro con un exceso de gozo en presencia del doctor Garay López, y se imagina el mundo entre ellos; mientras espera reconocer con cada gesto la realidad de lo sucedido. Sin pruebas empíricas no hay verdad, reconociendo sin querer su derrota ante los positivistas; así que espera que cuando nazca su hijo se destape la verdad según su color de pelo; si es moreno o si es pelirrojo.
 
Pero esta novela no es un tema, esta novela no es una historia, esta novela es forma literaria, que es lo que de verdad domina Juan José Saer y es La Ocasión para que las palabras exactas con su forma minuciosa y su significado inconstante estén dentro de una novela donde deben estar. La trama es secundaria cuando la forma es precisa, qué me importa si estoy sin duda en mi casa de París, durmiendo junto a una de mis queridas, después de un baile en la embajada, en el que abusé un poco del champagne probablemente, y me he puesto a soñar, con imágenes despedazadas e incoherentes, que tuve una escaramuza con los positivistas, que me fui a Normandía, a Sicilia, que me hice adjudicar unos terrenos en la llanura, en el fin del mundo, que conocí a un médico llamado Garay López, a una mujer que se llama Gina, que me casé con ella, que hay una fuerza adversa que por razones oscuras busca destruirme, que hay una epidemia en una ciudad y que ahora estoy en un espacio vacío, gris y beige, en el que ocurre nada, aparte del silencio propio de los sueños, del sueño de alguien que soy yo y que no sabe que está durmiendo en su cama, en un lugar que se llama París, que se llama mundo.

Ya saben, a mí tampoco me caen bien los positivistas.


 ¡Cómo me van a caer bien los positivistas cuando cada día observo tantos milagros!






domingo, 16 de julio de 2017

SUFRIENDO LOS MELINDRES DE BELISA, CON LOPE DE VEGA



Aunque a los telegramas azules se los haya comido la modernidad de la fibra óptica, y ya nadie guarde junto a amarillas fotografías un papel rugoso azul que lleva pegado un cuadradillo blanco con las notas del telegrafista, con un consumo de signos mucho menor que los ciento cuarenta caracteres que permite el Twitter.

Afortunadamente, esta imparable modernidad técnica no ha terminado con esas cartas mataselladas que un funcionario de correos deja en tu buzón que, ahíto de publicidad y propaganda, respira con hondura y satisfacción cuando recibe, de higos a brevas, una carta con olor y sabor de carta.

Y el martes, recibí una bella carta, "Santo Dios", me dije, "Correos existe", todavía las máquinas no han podido con él, no lo han destruido; y el futuro, siempre en manos de jóvenes talentos, no ha sido capaz de vencer a esos antiguos correos que, desafiando a la fortuna y a los tiempos, atravesando fuertes y fronteras, llegaban donde nadie llega: al corazón de las personas; a veces, de la luz; a veces, de las tinieblas. No me equivoqué cuando supuse que esa carta sólo podría ser obra de un viejo profesor, al notar al tacto que había un pequeño volumen acompañándola dentro del sobre matasellado en Toledo. Al abrirla me alegró ver que el profesor de Literatura de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Castilla-La Mancha, Francisco Crosas, Kiko, se había encargado de la edición, prólogo y notas, en un pequeño volumen, de la comedia de Lope de Vega, Los Melindres de Belisa; y que recordando, nuestras lecturas durante los muchos años que viví en Toledo sirviendo a mi señor Garcilaso, me la había hecho llegar a lomos de un viejo correo con una cartera de cuero llena de telegramas azules y sobres satinados.


Así que, por mor de la carta de un viejo amigo, no he tenido más remedio que acudir, como si fuera una tarde de fiesta, al teatro de corral a divertirme y a aprender, que del Rey abajo, todos, de una comedia de enredo donde el amor, siempre ayudado por una belleza física, exagerada a la atracción, convierte  los deseos en pasión y las pasiones en enredo: Ya mis melindres cesaron, ya mi arrogancia paró, y el Cielo me castigó; eso sí, para que los espectadores no tengan ninguna tendencia a desmandarse, siempre dentro de prohibiciones absolutas de clase: ¡Un esclavo adoro!, prenda que a mi madre trujo un alguacil; ¡Dios se lo demande! Yo quise guardarme diligencias hice, pero poco valen en estas prisiones. Belisa, que a causa de la pasión, pierde todos sus melindres con los hombres; Lisarda, su madre viuda, también cae a los pies del esclavo Pedro.; y, cómo no, Flora, la sirvienta de la casa  también bebe los vientos por él.

Pero ninguna de las tres sabe todo lo que sabe el espectador y que da tanta fuerza a la comedia de enredo: que Felisardo no es un esclavo, sino un caballero y que está casado con la dama Celia, que tiene que hacerse pasar por esclava morisca para ayudar a Felisardo: Tú esclavo y yo esclava; que si de mi honor recelas, ofensa tuya es locura, y para mi honor la ofensa. la desdicha que nos sigue nos confirma por esclavos. ¿Cómo? Que hoy nos ponen los clavos. Pero, ¿qué puede haber que obligue a tal desatino? Y el espectador, dice: los celos, Zara o Celia, los celos.

Para seguir con el enredo, Don Juan, el hijo de Lisarda y noble de la casa, pierde la cabeza por la esclava Zara, Celia disfrazada de morisca y de belleza sin igual: Casarme tengo con ella; que si antes era tan bella, ahora herrada lo es más. No es cristiana, no podrás. Podré dar pena a Lisarda. Y si no, robo la esclava. Tú has sido mozo y sabes que amor puede, en tierna edad, hacer estas locuras.

Todos quieren casarse con los esclavos, de ahí el enredo que Lope maneja con mano maestra, sobre todo en una escena que tiene lugar cuando se van las luces de la casa, durante la noche, y todos los protagonistas hablan entre ellos, sin adivinar que los está oyendo la persona equivocada, pero el espectador lo sabe, con la vergüenza de cada uno al sentir que ha abierto su corazón a su enemigo. Oh, noche, madre de errores, que a la persona equivocada dije amores.

Todos quieren casarse con los esclavos pero ninguno puede, porque las clases sociales en tiempos de Lope eran más estancas que una cámara de descompresión, así la sufría parte de la sociedad; (igual ahora tampoco han cambiado tanto las cosas). Pero adivinen, quién es la única persona, aunque con remordimientos, que puede casarse con un esclavo; efectivamente, ¡la viuda!, que decide ponerse el mundo por montera y casarse con el joven y bello esclavo, ya que tiene medios económicos para ello y una edad que no le da mucho margen, sin saber lo que el espectador sabe: Ya no soy madre mimosa, ya no lloro ni me acabo; aunque fuese de un esclavo será más honesta cosa. Quiero, pues que moza soy, tener quien mire por mí. Hacienda tengo. Es ansí. Es la hacienda la que da la libertad a la mujer, ya se dio cuenta Lope hace más de 400 años.

Menuda boda se prepara. Lean, lean Los Melindres de Belisa.

Pero, bueno, Lope, en el corral no se atreve a que su aprender deleitando, lleve a la revolución; por eso los esclavos serán un principal caballero y una distinguida dama disfrazados, y no esclavos de verdad, por si acaso alguna boda sale bien, no crea la plebe que puede casarse con un noble, así como así. Que el enredo está bien siempre que agrade del Rey abajo a todos.

Gracias, Kiko, por llevarme otra vez con Lope en esta edición de RIALP. Echo de menos nuestras conversaciones por Toledo. Las anotaciones del libro, como siempre, esclarecedoras.






domingo, 2 de julio de 2017

VOLTAIRE, EL CÁNDIDO, Y EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES

Andar por París con François-Marie Aròuet significa meterse en líos. Pero, ¡cómo renunciar a ellos si la recompensa es llegar a conocer a un filósofo de la talla de Pangloss y a un literato llamado Martín, que había estado escribiendo a destajo por encargo de los libreros de Ámsterdam, tarea que le pareció la más a propósito para aburrir a un cristiano y hacerle apetecer la muerte!

François-Marie me llevó por el barrio latino, donde me pagó un menú de pobre; sinceramente yo esperaba algo más, pero como todo el mundo sabe, los nobles no se prodigan mucho en la opulencia ajena; y aunque algunos lleven sangre revolucionaria en las venas nunca pierden sus instintos ni ante la avaricia ni ante la lujuria.

Primero apareció Pangloss con la cara y el cuerpo arrebatados por esa enfermedad innombrable que recorre todos los caminos, desde las míseras pensiones de París hasta los más fabulosos castillos de Alemania, como el de Thunder-tentrounckh.

Tras una rápida presentación inicial, Pangloss comenzó a hablar como si debiera las palabras: no hay efecto sin causa, y este mundo es el mejor de los mundos posibles. Las cosas no pueden ser de otro modo que son, porque habiendo sido todo formado para un fin todo es y existe necesariamente para un fin mejor.

En ese momento una vichisuá caliente que desprendía su benefactor aroma por todo el restaurante le hizo esbozar una sonrisa y afirmar con fuerza: ¿Ves?, éste es el mejor de los mundos posibles.

"Pero, señor Pangloss", le interrumpí; "acaso no ha tenido bastante con cuanto les ha ocurrido a usted, a su señor Cándido, a la señorita Cunegunda y a toda la familia del castillo de Thunder-tentrounckh. La señorita Cunegunda fue mil veces violada en el ataque, luego lacerada con un cuchillo, después sometida a esclavitud en manos de dos viejos lascivos; y ahora vaya usted a saber cómo andará sufriendo su carne. El señor Cándido fue expulsado del castillo, sometido a violencia por los búlgaros con latigazos infinitos, al robo y al escarnio por todo aquél, juez, comerciante o soldado, con el que se cruzaba en su camino, y a la desolación más lastimera; y usted mismo, primero fue atacado por esa enfermedad que a oscuras le transmitió la joven esclava Paulita, perdió un ojo, luego fue malamente ahorcado en Lisboa, para más tarde ser atado a un remo en galeras y sometido a la más cruel de las esclavitudes. ¿Tanto dolor en el mejor de los mundos posibles?" 

¡Cómo no ha de ser!, respondió Pangloss, sin admitir objeciones a su sabiduría, y bien que pueden coexistir libertad y determinación en este mundo. 

En ese momento entró el literato Martín que esbozó una sonrisa al ver a Pangloss, a quien imaginaba viviendo el mejor de los mundos posibles mientras era cosido a latigazos, metido en un caldero a fuego lento de los indios orejones, a punto de ahogarse en un naufragio o de morir en el terremoto de Lisboa.

"Vaya, señor Pangloss", dijo, "lo imaginaba disfrutando del mejor de los mundos posibles en el que cualquier daño es causa para un fin mejor. Del refranero popular convendría borrar con un tizón ardiendo, sobre la boca de quien los pronuncia, esos dos refranes que sólo buscan apaciguar al dañado y serenar las respuestas: No hay mal que por bien no venga o cuando una puerta se cierra una ventana se abre. Ningún mal trae un bien, ni ninguna puerta trae ninguna ventana; un mal es un mal y una puerta es una puerta, señor Pangloss. Yo no he visto ciudad ninguna que no desee la ruina de otra ciudad inmediata, ni familia que no quiera ver el exterminio de otra familia. En todas partes los débiles maldicen a los poderosos y gimen a sus pies, en todas partes los poderosos tratan a los débiles como rebaños de carneros, de quienes venden la lana y la carne. En una palabra, señor mío, tanto he visto, tantos trabajos han pasado por mí, que con su buena licencia de usted yo soy maniqueo."

Con Pangloss y Martín en la misma mesa la noche se prometía larga, con idas y venidas entre mundos perfectos y mundos horribles.

Cuando cayó entera la noche, Jorge, después de echarme en cara que estaba hablando solo, se durmió entre dos sillas. Yo, que llevaba en un bolsillo una traducción del Cándido de Voltaire hecha por Leandro Fernández de Moratín, la saqué y comencé a leer; y viendo a Jorge, que parecía tan dichoso, dormir en París sobre dos sillas en un bar del barrio latino, me dio por pensar que, seguramente, no vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero sí en un mundo en el que son capaces de producirse las mejores y las peores formas de existencia, la mayor felicidad y la peor desventura, el mayor gozo y el peor dolor; probé un sorbo de ron, miré a Jorge y pensé que, al fin y al cabo, Leibtniz y Voltaire pudieran los dos tener razón.












domingo, 18 de junio de 2017

EN MEDIO DE NINGUNA PARTE, EL INFIERNO SEGÚN COETZEE


Una madrugada, sobre las cuatro de la mañana, recibí la llamada de un poeta irredento, de esos que no duermen y suelen acompañar los endecasílabos con un gin-tonic y hermosa compañía, en este caso masculina. Nada más coger el teléfono, y adivinar su voz, supe que quería llevarme a algún lugar donde yo no había estado:

- Norberto, ¿quieres conocer el infierno?
- ¡Claro!; pero te advierto que ya estuve en todos los anillos de Dante y no me sorprendió nada, salvo la maravillosa manera de componer versos.
- No, este es el infierno de verdad. Donde uno hasta llora por sí mismo lágrimas por la vida que no ha vivido.
- Pues dime dónde está que quiero ir enseguida.
- Lo tengo en casa, pásate por él cuando quieras. pero date prisa porque tantas penurias, tanta soledad hacen de uno a la postre un animal.
- ¿Después de despertarme de madrugada preguntándome si quiero conocer el infierno, crees que no voy a levantarme y a ir volando a tu casa? Me imagino que puedo ir ahora.
- Por supuesto. Te esperamos. a ver si tú adivinas qué se debe hacer para salvarse del tedio de la existencia.

Cuando dijo te esperamos, no sabía si estaba acompañado de su pareja del momento o de algún habitante del infierno que le trajo el libro que quería enseñarme.

La madrugada vestía limpia y oscura, llegué rápido a su casa y allí estaban esperándome con el libro en la mano.

- Aquí lo tienes. Aquí está el infierno, te dolerá como nada que hayas leído antes. ¿Quieres tomarte algo?
- Teniendo en cuenta la hora que es y que no estoy dispuesto a volver a mi cuarto a dormir, te agradecería un ron con coca-cola; sabes que nunca abandono una conversación de madrugada sobre libros.
- ¿Quién es el autor?
- Es sudafricano.
- Lógicamente será blanco, afirmé. Allí todavía las letras no han alcanzado la negritud y la libertad. 
- Ya les están llegando esperanzas.
- Demasiado lentas, y con Mandela, llegará sin guillotina- le dije- y una revolución sin guillotina siempre deja las cosas como están. Mira tú España, eso fue lo que le faltó a nuestro siglo XIX, la guillotina.
- Y eso que todavía no te has tomado tu copa de ron.
- A ver, veamos ese infierno.
- Aquí lo tienes J.M. Coetzee, En medio de ninguna parte, In The Heart of the Country. En ese país, en esa tierra no estaba previsto que vivieran seres humanos.
- El infierno, que hasta ahora han pintado los escritores suele estar siempre alimentado por la soledad mal acompañada- le digo.
- Pero aquí es peor, mucho peor. Cuatro personas, dos amos y dos esclavos, apenas se adivina el color. El amo vive sin valores, dueño de cuerpos y haciendas, de los suyos, de su hija y de los esclavos. Su hija es la verdadera habitante del infierno, un solitario infierno que quema almas y cuerpos. En un lugar inhóspito, donde duele la soledad de Magda, la protagonista, ¿qué debo hacer para salvarme del tedio de la existencia? Además están los días, días de algo que hay que llenar para que vayan pasando, días carentes de todo propósito. Ninguno de los tres (Hendrik y Anne, esclavos, y ella misma, esclava de su soledad y de su padre) son capaces de encontrar su propio camino.

 Me terminé la copa, agarré el libro y me despedí de mi amigo poeta y su pareja. 

Al abrir el libro por una página al azar como siempre hago cuando cojo por primera vez uno entre las manos, pensando que esas primeras palabras son solo para mí, leí: ¿Sentiría alguien la tentación, me pregunté, de visitar un lugar de la tierra cuya invitación resultaba tan clamorosamente mísera, obra de una criatura tan palmariamente solitaria?

Me llegó la frase como una premonición. Este sí que va a ser el infierno de verdad, me dije, aunque hasta ahora he podido luchar contra él con las armas del amor y la compañía sincera. Aunque la pobre Magda no tiene a nadie, está perdida. 

Este libro no lo puede leer quien no quiera sufrir al ir a visitar el infierno.

¿Será señal de mi inocencia el hecho de que sienta mi confinamiento solamente en cuanto sufrimiento y de ninguna manera en tanto crimen contra mi cometido?






domingo, 11 de junio de 2017

Y CERVANTES ME ESCRIBIÓ TELEGRAMAS AZULES

Uno ya no está acostumbrado, (maldita wifi), a recibir ni cartas ni telegramas azules, esos que iban de Sur a Norte, y que mandaba el viejo marino cuando tocaba tierra en esos lugares mágicos que en el pasado anduvieron llenos de cautivos cristianos, algunos de ellos mancos. Vacaciones día veintitrés. Se recupera Norbe? Besos. Bassora. Espero estéis bien. Anda ya Lola? Besos. Estambul. Ya tiene dientes Tai? Besos. Bizerta.  Ganas de veros. Estefi está mejor? Besos Casablanca... Aquello fue cuando nuestra casa, como recitaba Scherezade, era el mundo.

Pero esta semana recibí una carta que me evocó a uno de esos telegramas azules, que iban de Sur a Norte; la firmaba el Director de la Real Academia de la Lengua, el señor Darío Villanueva, y en ella daba las gracias al periódico en el que trabajo por el opúsculo publicado recientemente y en el que se recogían todos los artículos y colaboraciones solicitadas a escritores y personalidades de la cultura, y que durante todo el año del Centenario del soldado, del escritor y del manco más universal, se fueron publicando mensualmente en el Periódico Tierra. Así que esta semana, por gracia de Cervantes, he vuelto a recibir telegramas azules.

El periódico decidió pasar un año, que cuatrocientos años no es nada, con el más humano de los caballeros, y siguió sus pasos desde el Tercio Lope de Figueroa, donde combatió en Lepanto como soldado aventajado, hasta el descubrimiento de sus restos en el convento de las trinitarias cuatro siglos después. Esa orden Trinitaria a quien Cervantes debía su bien más preciado: la Libertad; La libertad, Sancho. Es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualárselos tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida…

En el acto oficial que tuvo lugar en las Trinitarias estaban formados aquellos soldados descendientes de los viejos Tercios de infantería que bien sabían que ningún rencor les guarda ya don Miguel, a quien ahora cubren de honores; a sabiendas de que varias veces solicitó puesto tanto en Tercio como en las Indias y siempre le fueron denegados. En 1582 solicita plaza vacante en las Indias, pero le es denegada de mala manera y en 1590 vuelve a solicitar vacante en las Indias y le es denegada con un: Busque por acá en que le se haga merced.

El viejo soldado, victorioso en Lepanto, cinco años cautivo en Argel, buscó su merced en la imaginación y encontró el mayor de los tesoros posibles: el descubrimiento del alma humana. Tal vez porque vivió grandes victorias como aquella más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros, y al que acompañó, en palabras de Darío Villanueva, tenazmente también el fracaso y que al fin de sus días, después de haberse desgastado en afanes indignos de su talento, dio a luz una obra genial.

El Tierra, que tiene el mismo nombre, aunque viajando por caminos diferentes, que el periódico que editaba a principios del siglo pasado Ramón J. Sénder, se llenó durante un año de Cervantes y Quijotes y, sobre todo, de caballeros. 

Darío Villanueva, un caballero, escribió sobre los documentos autógrafos que presentó la Real Academia de la Lengua en el centenario; en diez de ellos, escribe, se hablan de las fatigas, de los sinsabores e, incluso, de las miserias que, entre 1588 y 1591, Miguel de Cervantes hubo de sufrir por tierras andaluzas como comisario real para el aprovisionamiento de las galeras de Su Majestad. Son cuentas de gastos menudos, de arrobas de aceite, de partidas de trigo y cebada, cuando no peticiones judiciales referentes a pleitos surgidos a raíz de sus gestiones, o alegaciones, alguna de las cuales hace ya desde la prisión de la que espera, “si Dios fuere servido”, salir “presto”.

Ana Santos Aramburo, Directora de la Biblioteca Nacional, no dudó en coger la adarga antigua y la armadura que la convertía en caballero, pues ahora son nuevos tiempos y no hay lugar donde no pueda llegar una mujer; aunque aún quede mucho trabajo por delante. Ana Santos nos enseñó en su artículo cómo recordar a Cervantes con otros ojos: Recordar la figura de Miguel de Cervantes hoy, cuatrocientos años después de la muerte de un hombre a cuyo entierro no acudió prácticamente nadie, porque ese mismo día el pueblo de Madrid acudía masivamente a la rogativa a la Virgen de Atocha para que acabase la sequía, obliga a reflexionar sobre una serie de cuestiones que abarcan algo más que su excepcional obra literaria.

José Calvo Poyato, escritor y caballero, nos contó que como soldado, Cervantes fue honrado y valiente, virtudes que exalta en más de una ocasión en el Quijote. Una valentía y honradez que puso de manifiesto en un hecho menos conocido que las heridas de arcabuz que recibió en pecho y brazo en Lepanto. Nos referimos al hecho de que en vísperas de aquella batalla, Cervantes se encontraba enfermo, estaba aquejado de fiebres. Su capitán y compañeros le instaron a permanecer a cubierto durante el combate. Se negó replicándoles que prefería morir luchando por su Dios y por su rey que estar a resguardo mientras sus compañeros de armas arriesgaban su vida. Pidió a su capitán combatir en el sitio de más riesgo y peleó en el esquife.

Juan Granados, escritor y caballero, nos explicó cómo trata Cervantes en su Quijote las vidas de caballeros de fábula como Don Cirongilio de Tracia o  Félix Marte de Ircania en contraposición a las historias reales de grandes soldados como el Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, y la vida de Diego García de Paredes, el Sansón de Extremadura: quemar? …/… mas si alguno quiere que-mar, que sea ese del Gran Capitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno de esotros. 

Fernando Martínez Laínez, escritor y caballero, nos acercó a la misión secreta de Cervantes en Argelia: Existen pocos datos sobre el verdadero contenido de la acción secreta que llevó a cabo el escritor en Berbería, que tenía que ver con la tregua que España y Turquía negociaban bajo cuerda en el Mediterráneo. Todo apunta a que Cervantes, vuelto a España, pidió a Mateo Vázquez que siguiera contando con sus servicios en misiones de inteligencia, algo que, por razones que ignoramos, no se concretó. Lo cierto es que, una vez fracasadas esas aspiraciones, Cervantes cambia las armas por las letras y reafirma su voluntad de emprender carrera literaria. Una decisión que don Quijote de la Mancha y la posteridad le agradecerían.

Francisco Crosas, profesor y caballero, escribió sobre la justicia en El Quijote, esos grandes valores que viven siempre tanto en la realidad como en la imaginación, esos grandes valores y esa ética que componen siempre la base de la totalidad de las cosas reales o irreales:  también hay una “justicia” poética... Los personajes, sean elfos o soldados de los tercios de Flandes, deben ser cabales, creíbles; su conducta —buena o mala— debe estar regida por una coherencia moral, sin la cual la obra literaria queda coja. Esta se cumple maravillosamente en el Quijote; a pesar de la parodia, don Quijote se sale con la suya: con golpes o con caídas, el caballero acaba siendo un campeón de la Justicia en un mundo mediocre. Y esa grandeza se aprecia mejor en la Segunda Parte (el Quijote de 1615).

Ulises Bértolo, escritor y caballero, nos llevó por el barrio de las Letras, dando mandobles con la mano izquierda de Cervantes: imagino que Cervantes observa su mano izquierda, inerte por culpa de un arcabuzazo, esa misma que muchos decían cercenada de cuajo y por la que lo llamaban manco, pergeñando un punto de vista sobre otro hasta convertir la realidad en algo verdaderamente complejo. Luego imagino que cierra la diestra alrededor de una pluma y respira aliviado antes de comenzar a manchar el papel con las primeras letras de tinta, pues a pesar de que fue sentenciado a perderla por haber acuchillado a un forastero en Madrid, consiguió eludir el corte huyendo a Sevilla para embarcarse hacia Italia.

Carlos Belloso, profesor y caballero, nos explicó cómo era Cervantes, pues parece que sólo Cervantes sabía quién era Cervantes: Yo sé quién soy.  Pero el profesor Carlos Belloso, por boca de Francisco Márquez, amigo de Cervantes y comisionado por Gutierre de Cetina para la censura del libro, nos  clara un poco más quién era Cervantes: Preguntáronme, unos franceses por el autor del libro El Quijote, muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Hálleme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a lo que le respondieron: Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público? (…) Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo.

¡Pero hombre, esto es España!, ¿cómo va a tener España muy rico y sustentado a un hombre como Miguel de Cervantes?, ¡Por Dios, en qué cabeza cabe! Morirá pobre, lleno de frustraciones, nada reconocido, tullido por su país, abandonado por sus compatriotas y denostado por sus compañeros de letras.

Ya ven, en estos tiempos de wifi, de vez en cuando, uno recibe telegramas azules, que van de Sur a Norte, muchas gracias caballeros Darío Villanueva, Ana Santos Aramburo, José Calvo Poyato, Juan Granados, Fernando Martínez Laínez, Francisco Crosas, Ulises Bértolo, Carlos Belloso por haber metido el alma de Cervantes en el periódico Tierra y que haya llegado a todos los viejos Tercios de España, herederos de aquellos soldados de los tiempos de don Miguel de Cervantes. En los centenarios de escritores o en los años de los poetas o siempre, no debemos de olvidar el seguir escribiendo telegramas azules que vayan de Sur a Norte.

 

domingo, 4 de junio de 2017

LA NOCHE QUE LLEGUÉ AL CAFÉ GIJÓN, FRANCISCO UMBRAL


Cuando llegué a Madrid, por primera vez, no era una ciudad tomada por la literatura, minada de cuevas literarias y vocaciones obstinadas; ¡que va! Me fui a vivir inicialmente a una pensión que estaba situada en una pequeña calle perpendicular a la Avenida Cardenal Herrera Oria, y en una habitación triple dormíamos dos señores muy educados; de unos cincuenta años, que trabajaban temporalmente en Madrid, uno camionero, otro albañil; y yo. Solíamos cenar juntos de medios menús en un restaurante, por llamarlo de alguna manera, cercano a la pensión. No había para más.

Para mí, un joven de dieciocho años, que salía por primera vez de la Argónida a preparar unas oposiciones con un exceso de asignaturas de ciencias, Madrid fue un pequeño purgatorio, saneado con leves escapadas al Gijón. Yo conocí el café Gijón gracias a Francisco Umbral y entré por primera vez en él un domingo de noviembre de 1982, fundamentalmente por ver si me encontraba con Catherine Bassetti.

"Vete mejor a Malasaña", me decían mis compañeros de preparatoria, "ahí es donde está la movida". Nunca fui a Malasaña. Eso me perdí. Uno no había descubierto todavía que vale más el amor de una chica de droguería, con su riqueza de perfumes, que la posteridad de Cervantes incluso. Son esas cosas que uno aprende con el tiempo y que el tiempo no lo ayudará nunca a recuperar, porque ¿qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría de vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena, ¿verdad, Sábato? Yo, desde luego, no encontré un café Gijón, tal como lo esperaba, con su lodo de resaca humana que lo convertía en el barracón de los vencidos, como un pabellón de reposo para los convalecientes de la derrota; al contrario, allí apenas se hablaba de literatura, (tal vez me equivocaría en las horas de llegada o de salida); y todos esos escritores, que terminarían sus días sin nombre, yo nos lo adivinaba entre las mesas.

No adiviné donde estaba Prado Nogueira, ese coronel de Intendencia con pinta oscura, sin necesidad de la noche, y que fue Premio Nacional de Poesía porque decidió abandonar los halagos de la forma para hacer una poesía más humana; ni vislumbré a Dolores Medio, Premio Nadal, vestida en esos momentos de fama y gafas negras que tuvo que volver a su pueblo y a su trabajo como maestra; ni a María Alfaro; ni a Enrique Azcoaga; ni a ese Eladio Cabañero, el del Recordatorio del que nadie se acuerda; ni me pareció ver a García Pavón; ni a Carlos Oroza que contaba historias familiares confusas, como yo; ni el dandismo cómico de Guillermo Marín; ni a Luis Trabazo, escritor y pintor, de poca estatura y calva grande, que dicen que un día en el silencio del café soltó: Un día voy a escribir yo un artículo que se va a acabar esa coña de Ortega. Ni al hijo de Torrente Ballester, Gonzalo Torrente Malvido, siempre acompañado de mujeres guapas y con fama de bohemio, mujeriego y de vida disoluta, que dejó escrita alguna página que no merece el olvido.

Tampoco vi a Juan Antonio de Zunzunegui, ese novelista sano y galdosiano para lo real, que fue el único de los intelectuales oficiales que junto a Menéndez Pidal le echó coraje y le plantó cara a Franco, públicamente en el referéndum del sesenta y seis; y no me extrañaría que fuese familia, por lo del coraje, de ese coronel amigo mío, víctima de mis cafés literarios matutinos durante tantos años, también apellidado De Zunzunegui que ahora anda mandando Regimiento. 

Tampoco vi a las actrices del Gijón que se habrían mudado a Malasaña con Almodóvar y su movida; ni a las modelos que se mudaron a los pubs cercanos al Bernabéu; ni vislumbré siquiera a esos mil y un autores que pasaban sus días en el Gijón, quemando sus vidas como suicidas en el arte de la escritura, engullidos por una literatura que se los comía en su sufrimiento a cambio de la nada más absoluta. A esos mil y un autores que son infinitos y que con el tiempo serán todos, sólo les queda una breve reseña de un amigo en internet o algunos ejemplares en las casposas estanterías de sus familiares. 

Sin embargo, aun conociendo de cerca la ingratitud de la literatura con los creadores, que expolia de la vida a casi todos de forma inmisericorde, de vez en cuando no tengo más remedio que volver al café Gijón, Lejos de buscar literatos me conformo con el sol, con una vista de perfil al Paseo de Recoletos y con evocar los recuerdos de la primera noche que llegué al Café Gijón. Eso sí, Umbral, llevo atravesada por tu culpa a media generación del 98; y además, Umbral, he comprendido lo que muchos no comprenden jamás, que no se queda por una ideas, por unos argumentos, por unas obras ni por unos personajes. Se queda en la Literatura, más modestamente, por una voz.