sábado, 2 de julio de 2016

EL PENITENTE, ISAAC BASHEVIS SINGER


Creo que la resistencia y la humildad, la fe y la duda, la desesperación y la esperanza pueden alentar de forma simultánea en nuestro espíritu. De hecho una solución absoluta invalidaría el don más inmenso que Dios ha otorgado a la Humanidad… el libre albedrío.

Nunca imaginé no ser libre, nunca imaginé vivir en Un Mundo Feliz incapaz de hacer otra concesión a nuestro espíritu que el disfrute de un goce continuo, cercenado el don de poder elegir.

A Joseph Shapiro me hubiera gustado conocerlo en el Muro de las Lamentaciones, pero lo conocí en una biblioteca. Mejor que nos hayamos conocido en una biblioteca, me dijo, En el Muro el Todopoderoso inspira allí el tráfico de dinero las veinticuatro horas. Sí, le contesté, He conocido muchos sitios así; que si el crucificado volviera al Templo sacaría el látigo, espantando palomas y animales, azotando a mercaderes y arrojando escaleras abajo las mesas donde están depositadas las monedas que son del César.

Ya sé que te has convertido en un baal tshuvah, le dije, has retornado del lugar por donde pasamos casi todos. Yo todavía estoy en él. Sí, me contestó, mi alma ha vivido mucho tiempo en el exilio y ¡qué exilio…., qué amargo exilio!

Sabía, por lo poco que había leído de él, que sufrió el nazismo, que huyó pisándole la muerte los talones a la Unión Soviética, que allí se curó de sus aflicciones comunistas; cualquiera que viva en ese país no puede conservar por mucho tiempo ilusión alguna.

Bueno, le dije, puede que la dirección elegida o impuesta en la Unión soviética no fuera la correcta, pero…; Ciertamente, me cortó, Stalin era absolutamente rechazable, pero si Trosky o Kamenev hubieran seguido en el poder, o se hubieran unido los bolcheviques y los mencheviques, Rusia ahora sería un paraíso. Y si la abuela tuviera ruedas, sería un tranvía. Ya conoces como esos tipos amantes únicamente de la libertad propia se engañan a sí mismos. Muchos de los judíos rojos que nos habían amenazado a mí y a mis semejantes con la horca, habían muerto en cárceles soviéticas o habían sido sometidos a torturas en los campos de concentración de Stalin.

Sé que luego emigraste con tu mujer a América, a Nueva York continué hablando. Sí, me contestó, Y allí me empocé en el capitalismo haciendo dinero a manos llenas, cuando una persona hace mucho dinero pero le falta fe, empieza a preocuparse de una sola cosa: ¿Cómo lograr el máximo placer?; en realidad siempre supe que mi vida era una vergüenza y un deshonor: toda esa codicia de dinero, mis enredos con mujeres, el formar parte de una sociedad que era corrupta desde el principio al fin y cuya justicia residía en alentar el delito.

Después de vivir en todos los paraísos posibles decidí abandonarlo todo, negociar cuanto poseía y marcharme a Israel. No le voy a contar todo, me sonrió, se necesitaría demasiado tiempo para relatar cuánto hube de pasar desde el día en que perdí a mi mujer, a mi amante y mandé a hacer puñetas mi negocio. Mi única salida era el retorno al judaísmo. Yo le respondí que no todos los judíos talmúdicos son santos y para aceptar las leyes de Shulhan Arukh se tenía que creer en la Torah y en la Gemará y en que, todo cuanto los rabinos han escrito fue dado a Moisés en el monte Sinaí. Tú sabes, le dije, que vivimos en un matadero y en un prostíbulo y eso no lo va a cambiar nadie nunca. Entorna los ojos y me dice, desde ayer no como carne aunque acabe condenado a terminar en la Gehenna; y, además,he decidido abrazar al judaísmo.

Y continúa hablando: ustedes sirven a unos ídolos que yo he terminado por rechazar después de haberlos abrazado a todos: han dedicado años a aprender idiomas. Se pasan la vida persiguiendo placeres que no son tales placeres. Se someten a operaciones de nariz. Luchan, en una batalla perdida de antemano, por no hacerse viejos. Mucha gente como usted, y me mira fijamente, ha perdido la vida en nombre del comunismo, del nazismo, del capitalismo o de cualquier otro “ismo”. Todas las cárceles y los hospitales están llenos de gente que se sacrificaron por unos dólares, por una mujer, por un juego de azar, por una carrera de caballos, por venganza, por drogas y sólo el diablo sabe por cuantas cosas más.  

Joseph, le digo, el problema de la sociedad no es la elección entre religión o no; sino entre ética y moralidad o no. Sin religión no existe nada semejante a la moralidad, me contesta, de todas las mentiras del mundo, el humanismo es la más descomunal. En el mundo en el que vivimos nadie se libera de la pasión humana más nefasta: la necesidad de ser importante. Pero, el Señor es bueno con todos, y sus dulces dones se revelan en todas sus obras.

En la biblioteca nos llaman la atención por hablar tanto y hacer ruido y nos invitan “amablemente” a salir. Sin desaprovechar la ocasión el maligno, estoy seguro, antes de que yo cierre el libro El Penitente, editado por Plaza y Janés en el año 1983, y que había extraído de la estantería BP-IV-58-D dos horas atrás, me agita para que le pregunte a Joseph Saphiro: Sí, pero, ¿dónde estaba tu Dios cuando los nazis jugaban con los cráneos de los niños judíos? Si en realidad él existe y permaneció en silencio, Él es tan asesino como Hitler.


El bibliotecario definitivamente me pide que cierre el libro y lo deje sobre el carro que duerme en el pasillo esperando las devoluciones. Comprenderá, me dijo serio, que a una biblioteca no se viene a hablar. Yo sólo sonreí; y pensé para mí; pues yo no vengo a otra cosa; si Isaac Bashevis Singer, y otros como él, estuvieran en la cafetería de la esquina no pisaría una aburrida biblioteca.





viernes, 17 de junio de 2016

PREMIOS EJÉRCITO 2016, UN PALACIO Y EL TIEMPO

A esa pregunta tan original y mágica que siempre te hacen los adultos cuando eres niño: Y tú, jovencito, ¿qué quieres ser de mayor?, yo siempre contestaba: Señora, yo no quiero ser mayor, me gusta ser niño; pero si tengo que elegir, quiero ser un tigre en las selvas de la India, un delfín persiguiendo bancos de sardinas en el Atlántico, o el mejor amigo de mi perro Coco.

Como el futuro es insondable y prepara sorpresas que nunca esperamos a estas alturas de la vida, ese futuro de hace más de cuarenta años ha decidido que me dedique ahora a realizar vídeos y películas de gente muy especial. Ni lo elegí, ni lo intenté, ni lo pedí. Pero he aquí el último.

Y yo que sólo soñaba con ser el mejor amigo de mi perro Coco. Para quien me conoce comentarle que cuando era niño ya tenía un perro que se llamaba Coco, cuyo alma ha ido pasando durante más de cuarenta años a otros perros de nombre Coco, para formar entre todos un alma inmortal. 

Una tarde me mandaron hacer un vídeo sobre un Palacio. Esa misma tarde me salió un endecasílabo y luego llegó, casi sin llamarlo, el vídeo: "Me levantó la púrpura y el rayo". 

Lo peor de todo fue que un montón de locos me dijeron que me ayudarían a hacerlo:

Me levantó la púrpura y el rayo.
Como una moneda, a la mano de un rey
fui entregado para su descanso.
Mi memoria está llena de espadas,
cañones y vagas fechas de invasiones.
Se adueñó de mí una duquesa
que en los infinitos espejos de mi alma
miró con detalle su cuerpo y sus amores.
Fui museo militar, después de ser sólo tierra.
En pie quedó un aljibe, medio patio, dos salones
después que me llevara el viento de la guerra.

A mí me ha sido entregado el don del tiempo, cientos de hombres y mujeres han desaparecido, y desaparecen, veloces delante de mi colección de 90 valiosos relojes; ellos se van, pero yo me quedo. Todos los miércoles, un preciso relojero revisa cada máquina del tiempo, por las que una arena invisible traída de todos los lugares, donde un soldado español ha servido, corre audaz por sus engranajes sin discernir entre lo que borra el tiempo y teje el arte.






domingo, 5 de junio de 2016

STEFAN ZWEIG, EL MUNDO DE AYER


Antes de 1914, viajé a la India y a América sin pasaporte; es más, nunca había tenido ninguno.
Antes el hombre sólo tenía cuerpo y alma, ahora además necesita un pasaporte, de lo contrario no se le trata como a un hombre.

De todas las profesiones que se pueden tener, elegí o me eligió, que el azar o la severa predestinación juegan a su antojo, aquella que no necesita pasaporte para cruzar fronteras perpetuamente difuminadas por la guerra; y siempre me pareció una ironía perversa que en la guerra el pasaporte fuera papel mojado y en la paz, cuando volviera a visitar esas piedras mágicas que habían sobrevivido a esa cultural y human costumbre de las guerras e invasiones, necesitaría mil sellos y visados.

Fui a Viena un invierno buscando a Stefan Zweig, a Romain Rolland y su novela europea, a Haushofer, Musil, Roth, a la Jesenká, Hille y Verhaeren; buscando a Twain y al hombre del millón de dólares, una ópera, la catedral de San Esteban, un restaurante donde cené tras unas cristaleras con una mujer hermosa mientras nevaba en la calle y el mundo corría a los soportales a refugiarse, y un hotel donde pasé muchas horas con esa misma mujer desnuda mientras la misma nieve firmaba un documento jurando que nosotros dos, pasara lo que pasara, siempre seríamos vieneses.

Por eso, me sorprendí tanto cuando en esa ciudad, nada más llegar, me pidieron el pasaporte. Ya no recordaba, que a Borges y Zweig nunca se lo pidieron porque se dieron a los viajes por Europa y por el mundo antes de 1914. Yo llegué en 1994. Y les dije: "mire esta mujer y yo somos vieneses, tengo una habitación de hotel, un restaurante a espaldas de la catedral de San Esteban y la nieve por testigos". Le enseñé una entrada del Teatro de la calle Winke Wienzeile, un tique del Schloss Schönbrunn y una foto que nos hizo un cochero con chistera en un coche de caballos.

Europa no cedió y nos pidió el pasaporte. Lo entregamos sumisamente y me fui a la caza de Stefan Zweig, austriaco, judío, escritor y humanista. Fui a buscarlo antes de que llegaran los nazis; a él y a Europa:

He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacional socialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea.

Sé que pasaba largas horas en el Café Central de la Herrengasse y allí me fui. Zweig no estaba, ni siquiera su nombre arañaba ese mármol que recuerda un pasado intelectual como nunca se ha dado en ninguna otra ciudad del mundo. Pregunté por él a un camarero y me contó que salió huyendo de la barbarie nazi, y que Viena también había desaparecido ya que sólo 2.000 vieneses votaron en contra de la anexión nacional-socialista, mientras la conciencia mundial callaba ante un pueblo alemán que las mismas potencias vencedoras de la Primera Gran Guerra habían envenenado.

Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso —la monarquía de los Habsburgo—, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crié en Viena, metrópolis dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la misma tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte: forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que esta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas.

Iré a Berlín me dije. Me llevaré un libro de Zweig y en la misma plaza donde quemaron los suyos, me sentaré a leerlo. Me sentaré en un banco; ese mismo banco en los que las leyes arias prohibían sentarse a los judíos y abriré su libro. Y soñaré que Zweig, junto a mí, ha vuelto a Berlín a recoger las cenizas de sus volúmenes incendiados para proclamar su victoria sobre el pasado; sabiendo que la historia, como explicó un soldado tullido y cautivo en Argel, es émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y advertencia de lo porvenir:


Cuando uno intenta trazar retrospectivamente los errores de la política después de la Primera Guerra Mundial, se da cuenta de que el mayor de todos fue que tanto los políticos europeos como los norteamericanos no llevaron a la práctica el claro y simple plan de Wilson, sino que lo mutilaron. La idea del mismo era conceder libertad e independencia a las pequeñas naciones, pero él había visto con acierto que tal libertad e independencia sólo podían mantenerse dentro de una unidad de todos los estados, pequeños y grandes, en una organización de orden superior. Al no crear esa organización -la auténtica y total Liga de Naciones- y al aplicar sólo la otra parte de su programa, la independencia de los estados pequeños, en vez de paz y tranquilidad se creó una tensión constante. Pues nada es más peligroso que el delirio de grandeza de los pequeños y lo primero que hicieron los estados pequeños, tan pronto como se formaron, fue intrigar los unos contra los otros y disputarse territorios minúsculos. 

He seguido a Zweig hasta Brasil. Se ha suicidado. Veremos si Europa no hace lo mismo.















sábado, 28 de mayo de 2016

EN CUMBRES BORRASCOSAS CON EMILY BRÖNTE


No hay nadie que no haya intentado tocar una mariposa y probar la suavidad de sus alas, aun sabiendo que se quedará entre sus dedos el polvo de hadas que les permite volar; convirtiéndola en un ser torpe de lentos movimientos sin la levedad del vuelo.

Con Emily Brönte he vivido desde que era pequeño. En una estantería de mi cuarto, mi madre me colocó dos libros, más por motivos estéticos que literarios, cuyos cantos veía diariamente: Cumbres Borrascosas de Emily Brönte y, el otro, Robinson Crusoe de Daniel Defoe; ambos impresos en 1968 por la Editorial Círculo de Lectores; que prohibía la venta en su primera página a toda persona que no perteneciera a una secta denominada Círculo.

Cumbres Borrascosas pasó muchos días en mi estantería, durmiendo, sin que los vientos del páramo silbaran fuera de sus páginas hasta que Emily empezó a escribir para mí y sólo para mí. No sé qué día, pero sí sé la página por la que lo abrí por primera vez:

— Sólo iré a aquel sitio una vez más —dijo ella—. Me dejarás allí, y allí me quedaré para siempre. Así, dentro de un año volverás a suspirar por tenerme aquí contigo, recordarás este día y pensarás que ahora eres feliz.

Cuando toco por primera vez un libro lo abro por una página al azar antes de empezar a leerlo; es una de mis supersticiones literarias. Todos los autores escriben una frase, especialmente, para cada uno de sus lectores, las mías aparecen por el puro azar, que como escribió Cortázar, sabe hacer muy bien las cosas. Lo abrí por la página 118 y de pronto Emily empezó a escribir para mí: recordarás este día y pensarás que ahora eres feliz.

Desde ese día, he paseado casi todos los años por los páramos de Haworth, al noreste de Yorkshire, que han sido devorados, como la obra de las tres hermanas, las tres grandes escritoras Brönte; por esa leyenda que se ha cernido sobre ellas como una hidra que todo lo consume.

Yo tuve la suerte de leer Cumbres Borrascosas cuando no conocía nada del mito Brönte. que ha terminado santificando la vida y el paisaje que las rodeaba. La confusión entre biografía y obra es perjudicial para el lector y para el autor; pretender que una obra forma parte de una teoría del psicoanálisis del sufrimiento con la continua especulación sobre su vida, que termina siendo inventada en el mito, va alejándose de la verdad y del proceso de creación. 

La leyenda habla de una infancia huérfana y solitaria, un cementerio, una casa parroquial, nieblas y brumas, un hermano bebedor y un padre autoritario; y miente el mito al enredar obra y vida afirmando que sin esas vivencias Emily no hubiera escrito esa genial novela. Emily Brönte escribió una novela de su tiempo, romántica y gótica a la vez, con una venganza inextinguible en el corazón de Heathcliff, una pasión desbordada entre los convencionalismos sociales (la familia Linton) y un amor imposible más allá de la muerte. Emily es una mujer de su tiempo y, tanta biografía, empezando con la de Gaskell sobre Charlotte, no ha hecho sino desmerecer su obra.

Mi opinión es la contraria; no digo que la infancia de las hermanas Brönte fuera fácil; pero en ningún modo se apartaba de las pesadumbres de su tiempo, de la moralidad de la época, ni de las necesidades comunes a los habitantes de Hawthorn. Emily soñaba con escribir, con tener relaciones, con vivir. Fue institutriz, viajó a Bélgica, seguro que se enamoró y, alguna vez no fue correspondida; pero vivió mucho más que cualquier mujer de su época. Enfermó de tuberculosis, mal muy común entonces, murió joven, sí; pero hay que tener en cuenta que la esperanza de vida entonces en Yorkshire era de 28 años. La lucha de las hermanas Brönte contra su propia leyenda es desigual e injusta; aunque al mezclarse en el subconsciente del lector vida y obra, su memoria se ha agigantado saltando la valla de la Granja de los Tordos hasta llegar más allá de Cumbres Borrascosas.

Yo como no conocía nada del romántico mito Brönte, a Emily la tuve tan sólo como confidente de mis cuidados y me enamoré rápido de la manipuladora Catalina;, Caty, a quien un verano anduve besando sin merecerlo. — ¿Usted cree —preguntó la señora Dean— que personas así pueden ser felices en el otro mundo? Daría algo bueno por saberlo.

Odié a Heathcliff, como el odió cuanto lo rodeaba. Un odio que le condujo a ser la persona más infeliz que he conocido.

Sentí pena por Hareton, sobre quien Heathcliff proyectó la mayor de sus venganzas; la condena al analfabetismo. Y sin embargo, fue el único que lo quiso con sinceridad. Le dimos sepultura como había ordenado, no sin que el vecindario se escandalizase. Hareton, yo, el sepulturero y los seis hombres que transportaban el ataúd compusimos todo el cortejo fúnebre. Hareton, con la cara arrasada en lágrimas, cubrió la tumba de verde hierba. Ahora creo que su sepulcro está tan florido como los otros dos que se hallan junto a él, y espero que también su ocupante descanse en paz. 

Entendí que Isabel Linton se enamorara perdidamente de Heathcliff y supe, antes que ella, de su sufrimiento. — No piense más en él, señorita —le aconsejé—. el señor Heathcliff es un pájaro de mal agüero: no le conviene a usted. No puedo negar que es verdad cuanto ha dicho la señora Catalina Linton. Ella lo conoce mejor que yo y que nadie, y nunca le hubiera pintado más malo de lo que es. Las personas honradas no ocultan sus actos. Y él, ¿cómo se ha enriquecido?. Eché de menos que Emily me lo explicara, aunque no necesito saber que todo enriquecimiento suele ser ilícito, de ahí mis reservas hacia los hombres de negocio.

A Eduardo Linton no lo aprecio, él era el centro de todos los errores por ser el portador de todos los convencionalismos sociales, cuando las mujeres que lo rodeaban eran portadoras de todas las rebeldías; sabiendo que la rebeldía sólo conduce al sufrimiento. —¿A qué vienes ahora Eduardo Linton? —dijo con colérica vivacidad—. eres de esos que siempre llegan cuando no hacen falta, y nunca cuando interesa que lleguen. Ya veo que vas a empezar ahora con lamentaciones, pero no por ello conseguirás que deje de irme a mi morada definitiva antes de que concluya la primavera.

Hay quien dice que todavía por los páramos se ven dos almas vagar. Los turistas van a ver si tienen suerte y se los tropiezan. Mejor sentarse, mientras las nubes se acercan al páramo con una brisa fría y ponerse a leer esta historia de amor y venganza. 

Hay quien asegura haberlo visto junto a la iglesia y en los pantanos, y hasta dentro de esta casa. "Eso son habladurías", diría usted, y yo opino lo mismo. Y no obstante, ese viejo que está junto al fuego, en la cocina, jura que, desde que murió Heathcliff, lo ve a él y a Catalina Earnshaw, todas las noches de lluvia, siempre que mira por las ventanas de su cuarto. Y a mí me sucedió una cosa muy rara hace alrededor de un mes. Había ido yo a la Granja una oscura noche que amenazaba tempestad, y al volver a las cumbres encontré a un muchaco que conducía una oveja y dos corderos. Lloraba desconsoladamente.

— ¿Qué te pasa, muchacho? —le pregunté
— Ahí abajo están Heathcliff y una mujer —balbució —, y no me atrevo a pasar porque quieren cogerme.

No intentes tocar a la mariposa,
ni escalar los muros del deseo.
Hallar el descanso en la duda
está en el mismo ser de la alegría



sábado, 21 de mayo de 2016

AMAR O ABORRECER, EL CORAZÓN DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

A Sor Juana Inés de la Cruz llegué por motivos del corazón. 

Hay unas mujeres a las que me hubiera gustado conocer, incluso amar, pero los azares mezquinos de la linealidad del tiempo me lo impidieron: a las hermanas Brönte, a las tres, y a cualquier hora en el páramo; a Emiliy Dickinson, en su encierro en casa de su padre; a Virginia Wolf, a la orilla de un río con los bolsillos llenos de piedra; a María Zambrano, cuando cruzaba las piernas en las tertulias y a todos los sesudos académicos les daba por soñar; a Maruja Mallo, en un lluvioso día compartiendo horas en un hotel de Madrid, a Alejandra Pizarnik, de su mano por París o Buenos Aires; a Gabriela Mistral, entre su amante y ella, las dos tan bellas; a George Sand, escuchando los sones de un piano, medio desnudos por las playas de Mallorca; a Safo y a sus discípulas en Lesbos; a Mary Shelley, en el Polo Norte, buscando un hombre desfigurado y enorme que acaba de nacer con ese tamaño y esas formas; a Anna Ajmatova, en San Petersburgo; a Dorothy Parker, con sombrero o sin él; a Marina Tsvetaiva, llevándole su maleta mientras es deportada a Siberia por los stalinistas; a Sor Juana Inés de la Cruz en la corte del virrey o en su encierro voluntario...; a tantas.

Como he contado antes, a Sor Juana Inés de la Cruz llegué por motivos del corazón. Es un lugar común en la poesía, y en la vida, que un enamorado o enamorada sean respondidos a su pasión con el desdén por parte de la persona amada: el eterno dilema de amar a quien no nos ama y ser amados locamente por quien aborrecemos. La poesía del Siglo de Oro está llena de retazos de vengativos poetas quejándose de almas desdeñosas.

La pregunta que surge en estas situaciones es la siguiente: ¿Qué es mejor: amar o ser amado? ¿Merece la pena vivir el daño de amar furiosamente sin ser correspondido? ¿Sufrimos, también, cuando nos aman con locura sin corresponder? Si hay que elegir entre una de estas dos situaciones; ¿con cuál de ellas nos quedaríamos?
Estas disquisiciones surgieron durante uno de esos cientos de viajes que anduve haciendo, llevando y trayendo camiones por Croacia y Bosnia. Uno de esos días en que hablar sienta bien, Adriana, la intérprete, me preguntó sobre mi vida y le dije que en ese momento me encontraba muy bien, que por fin me sentía de verdad, de verdad, querido por una mujer.
Adriana me miró y dijo, sorprendiéndose: "No, no. Es más importante el sentimiento de querer que el de ser querido; Amar es más intenso que ser amado, El que te quieran perturba menos el corazón, el amar es una sacudida dificilmente comparable".
"Llegó un momento, Adriana", le respondí, "que me cansé y decidí que me movería más a actuar la oportunidad de ser amado que la de amar". Ella siguió en sus trece y yo decidí recurrir a Sor Juana Inés de la Cruz

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante

Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato a quien me quiere ver triunfante.

Si a este pago, padece mi deseo;
si ruego a aquel, mi pundonor enojo;
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo por mejor partido escojo,
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere vil despojo.

Con 29 años, prefieres, sin duda, ser violento empleo de quien te ama y aborreces, que vil despojo de quien amas y te aborrece. Sor Juana Inés me dio una respuesta que yo no tenía, Adriana no se convenció y seguía pensando que era más intenso amar que ser amado.

Yo, entonces, no sé si era más intenso y bonito amar que ser amado, pero era mejor para mi salud emocional de entonces lo contrario. Han pasado muchos años; y ahora que las pasiones se han apagado un poco, pienso que padecer por activa y por pasiva, pues se padece en querer y en ser querida, no es lo más conveniente para las almas sensibles. Y creo que las dos tenían razón Juana y Adriana, y las dos no la tenían.
Sobre todo porque aprendí en un paseo por París, con los cuellos del abrigo levantados y fumando más que un carretero, que el amor es del todo ingobernable, Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque la aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.

Nos encontramos en la frontera de Metkovic, y me alegro de que por primera vez me sienta amado de verdad, cuando yo no elegí nada.

De nada puedo serviros,
señora, porque soy nadie,
mas quizá por aplaudiros,
podré aspirar a ser alguien.
Hacedme tan señalado
favor, que de aquí en adelante
pueda de vuestros criados
en el número contarme.

Cuando yo pueda volveré a ir a México, espero que no falte mucho.










domingo, 8 de mayo de 2016

EL CAUDILLO, INFINITO BORGES


En los salones del Palacio de Linares, concretamente en la biblioteca Onetti, me crucé con su padre. Llevaba en la mano un libro, que yo había perseguido durante muchos años desde que descubrí su existencia: El Caudillo, impreso en la Mallorquina en los años de la Primera Gran Guerra, cuando esa familia buscaba por Europa, desesperadamente, una cura para la ceguera del patriarca que, aparte del amor a los libros, le entregó a su hijo la ceguera.


El ejemplar de El Caudillo, firmado por Jorge Guillermo Borges, que yo había visto antes no era ninguno de los pertenecientes a aquella primera, limitada y mítica edición impresa en Palma de Mallorca. Ésta era una edición de la Academia Argentina de Letras, hecha en Buenos Aires en el año 1989 y con prólogo de Alicia Jurado, posiblemente visado y corregido por su hijo, ciegos los dos.

Siempre pensé que, buceando como un paciente relojero en la biblioteca de su padre, yo llegaría a ser el Pierre Menard de Borges y que terminaría escribiendo los mismos textos, con iguales palabras, la misma minuciosa puntuación y la misma exacta materia.

Leí todos los libros de la biblioteca de su padre: Kipling, Wells, Conrad; las maneras de amar, morir, envejecer y tratar a las mujeres escritas por Shopenhauer; los tomos de Macedonio Fernández, la poesía de Carriego, una Eneida de Virgilio, las treinta primeras páginas de Los Hermanos Karamazov, a Víctor Hugo, Zola, Flaubert, Guy de Maupassant, Daude.
En mis estanterías no falta un mate de plata con un pie de serpiente, que le arramplé a un argentino, que cumplía con su deber en Zagreb. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón, y que perteneció a mi abuela Magdalena y, posiblemente, al capitán Pascual Pareja, que escribió conmigo La Máquina del Mundo.

En el armario de mi cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos, en serbocroata y que compré en un tiempo, no muy lejano y duro, cuando comprobé en mi piel cómo soplaban de fuerte el buro y el yugo.

Así que cuando vi, que una de las codiciadas piezas que me faltaban la tenía al alcance de mi mano me hice el desentendido, restándole importancia al manuscrito, y me sentí como aquel viejo soldado que en el alcaná de Toledo se encontró con la obra de un árabe de nombre Cide Hamete Benengeli  y que los orientalistas ignoraban, salvo en la versión castellana. Ese libro era mágico y registraba de forma profética los hechos y palabras de un hombre desde la edad de cincuenta años hasta el día de su muerte, que ocurriría en 1614. Nadie dará con aquel libro, que pereció en la famosa conflagración que ordenaron un cura y un barbero, amigo personal del soldado, como se lee en el sexto capítulo.

Y en la puerta de la biblioteca Onetti, me crucé con él. Era su padre, Jorge Guillermo Borges, autor de El Caudillo; estaba seguro, pues su ceguera y su acento criollo lo delataban.
Me dije, mirando sus manos: ¡ahí está El Caudillo, la edición Mallorquina! Me entretuve, para hacer tiempo, hablando con Rafael Flores, Blas Matamoro y Javier de Navascués. El director del Museo del Escritor, Claudio Pérez Míguez, andaba entretenido disertando sobre las piezas únicas que custodiaba y su exposición.
No me fue difícil, a un hombre ciego y con la pesadez de los años, arrebatarle ese ejemplar único de El Caudillo. Aproveché unas risas, un poco de sed por su parte y un descuido común a la noche para quitárselo.

Aquí lo tengo en casa, escondido, detrás de dos filas de libros y encuadernado en papel de periódico, junto a un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos, y otros volúmenes que guardo sólo para mis ojos. La nibelunga que duerme conmigo no sabe que existen. No es bueno que lo sepa todo. Mientras tanto, pienso que cada vez estoy más cerca de ser Norberto Ruiz Lima, autor de El Aleph: La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo...  No he empezado mal, no señor. 



domingo, 24 de abril de 2016

QUIERO TODO ESTO, JOSE AGUSTÍN GOYTISOLO

En unas elecciones voté a un poeta que conocí hace tiempo en La Otra Banda de la Argónida; y a quien ya seguía en sus trifulcas lorquianas, sus vivencias en jardines extranjeros o su estadía honrosa en habitaciones separadas; y lo hice incluso sabiendo que nos equivocábamos los dos.

Pero, claro, cómo no caer en la suprema tentación de negar a Platón y su teoría de rechazar para su República a los poetas, a los que envió al exilio por sus siempre desmedidas corrupciones y vicios, sin conocer vergüenza ni reposo, emperrados en sus críticas y en su oficio; gente que difícilmente llegan a reunir dinero, que la previsión no es su característica y que se van marchitando poco a poco de un modo algo ridículo
 si antes no les dan muerte por quién sabe qué cosas. Los poetas, las viejas prostitutas de la Historia; que, como hay que decirlo todo, suelen ser, en una convivencia diaria, difícilmente soportables. No salgan nunca con un poeta, normalmente nada tienen que ver con sus versos y su oficio es destrozar almas y corazones. Lo sé de buena tinta.

Pues sí, decidí, como Chantal Maillard, Matar a Platón; sabiendo que me equivocaba, que nos equivocábamos los dos.

Unos días antes, porque no se me hacía fácil elegir entre Platón y el poeta del sur, decidí escribir qué es lo que yo querría que hicieran los poetas en el caso de que todos nos hubiéramos vuelto locos y hubiésemos aupado al poder, entregándoles la banda y el bastón de mando del gobierno a las viejas prostitutas de la Historia.

Ya tengo el papel en blanco; ahora voy a pedirle a José Agustín Goytisolo, el poeta, que me eche una mano:



Quiero ser informado sobre lo que ocurre al más alto nivel
Quiero que todos los políticos, que antes fueron poetas, no se conviertan nunca en hombres de negocio
Quiero ver a la gente uno por uno
Quiero que la única revolución sea la de los besos
Quiero que me amnistíen por todo lo que pienso hacer de ahora en adelante
Quiero que en las cárceles sólo esté quien lo merezca, pero que esté si lo merece
Quiero entrar en los cines sin pagar
Quiero que los cines sean más baratos y que no haya actores multimillonarios,... ni futbolistas
Quiero un informe sobre el comportamiento sexual de los sexólogos
Quiero que me den más besos, sin que varíe mi comportamiento
Quiero que una persona de fiar escoja mis camisas y nunca se equivoque
Quiero acertar por una vez con la camisa adecuada y que esa persona que escoge mis camisas no me pida que me la cambie. Ya tengo esa persona de fiar. Retiro mi anterior petición
Quiero aprender inglés en 15 días
Quiero aprender inglés, pero no en quince días, porque ya no sabría vivir sin acudir a clases de inglés todos los años. Retiro la anterior petición
Quiero saber con precisión exacta la verdadera forma del universo
Quiero seguir creyendo en el relojero que da forma y mueve el universo; y doy gracias a mis padres que me lo presentaron
Quiero que los croissants siempre estén calentitos y sabrosos
Quiero que entre todos nos organicemos mejor, porque esto parece una orgía mal ordenada; y quiero que el pan llegue a todas partes, sobre todo conociendo los lugares donde sobra
Quiero lanzarme en plancha y rematar marcando el sexto gol al Real Madrid
Quiero volver a vivir aquel día que le metí un gol a Recio, en el partido contra el Xerez Deportivo.
Quiero ascender por méritos de guerra
Quiero que si hay que ir a una guerra a salvar princesas convertidas en esclavas, niñas secuestradas o gente perseguida por su color, su pensamiento o religión vayamos cantando
Quiero que Cataluña llegue hasta el Tirol
Quiero volver desde Afganistán andando y que, en ninguna parte, nadie me pida el pasaporte ni me pregunte de dónde soy
Quiero controlar el gasto Público partida por partida
Quiero que nadie pueda hacerse rico a costa del Estado, incluyo aquí a los notarios
Quiero ser bueno
Quiero alguna vez ser malo, sin hacerle daño a nadie
Quiero que se me paguen daños y perjuicios
Quiero que cada pueblo tenga el gobierno que no se merezca
Quiero que no me avergüencen más en las autopistas
Quiero que no haya clase obrera
Quiero que no haya clases..., pero sí escuelas
Quiero que trasladen las Fallas de Valencia
Quiero ir a Valencia en Fallas
Quiero que no vuelvan los buenos tiempos
Quiero que los lugares donde he sido feliz no le den la razón a Félix Grande 
Quiero revolcarme en la alfombra del Hotel des Templaires
Quiero revolcarme en una cama del Hotel des Templaires, a poder ser acompañado de quien ustedes y yo sabemos
Quiero ser hábilmente interrogado para cantarlo todo a la primera friega
Quiero volver a andar rodeado de espías con todos los teléfonos pinchados
Quiero sardinas en escabeche y pan tostado con aceite y sal
Quiero una Rakkia en el corredor de Stolac
Quiero que se me incapacite legalmente para no ser ya nunca responsable de nada
Quiero que no me maten la ilusión
Quiero que en las universidades se enseñe cultura y libertad; y no doctrina con nombres parecidos a los anteriores
Quiero que no vuelvan a salir goteras en el techo
Quiero que mi seguro me eche cuando pago y que me acoja cuando doy tres partes seguidos por humedades
Quiero que todo el mundo cobre más
Quiero que todo el mundo cobre más; pero que alguno que otro cobre menos
Quiero que no se me hinche la barriga
Quiero que nadie sea valiente sólo porque le acompañe la fuerza
Quiero que me convenzan
Quiero alguna vez no dar la razón tan rápido a quien intenta convencerme
Quiero un poco de caridad cristiana
Quiero que todos pasen por el tubo
Quiero un nuevo cepillo de dientes

Quiero todo esto
yo no puedo seguir viviendo así:
es una decisión irrevocable

Después de volver a leer mi lista de deseos, decidí negar a Platón, que echó a los poetas de la República por sus siempre desmedidas corrupciones y vicios, sin conocer vergüenza ni reposo, emperrados en sus críticas y en su oficio, sabiendo que me equivocaba; y voté a ese poeta que se presentaba a las elecciones, porque lo conocía, y porque quería averiguar si el poder es capaz de corromperlos y no sólo los corrompe el placer, la belleza o la palabra.

Hoy, después del fútbol, he quedado con Chantal para matar a Platón.



sábado, 16 de abril de 2016

LAS PERSONAS QUE ESTÁN SALVANDO AL MUNDO



Dicen que para ser feliz lo mejor es conformarse con poco; y yo siempre he pensado que esa máxima fue una artimaña de los poderosos, hábilmente difundida en los corazones de los desheredados, para atemperar las jóvenes revoluciones nacientes.

Cierto, que los años te hacen ver, después recorrer un largo trecho, que en la vida no hay más que tres o cuatro cosas verdaderamente importantes: lo que hemos amado, lo que nos han amado, el sosiego que arrastra una bienhechora conciencia y aquello que nos ha legado el provechoso azar basado en la caridad con almas ajenas y en la justicia con la propia alma.

Pero, no sé por qué, siempre he pensado que los ricos, esos que no saben utilizar su riqueza más que para amontonarla, han nacido ciegos a esas tres o cuatro cosas desde que cinco mil años atrás alguien encontrara entre en las arenas sombrías de un viejo río de Babilonia, la primera pepita de oro. Y también he pensado siempre que los ricos, los malos ricos, son los únicos que piensan que nunca tienen suficiente dinero.
Y eso que el mismísimo Hijo de Dios bajó a la Tierra para contarles una historia de un camello y una aguja.

Una vez le pregunté a mi padre, un viejo marino que recorrió todos los océanos posibles y arribó en ilimitados muelles, sufrió soledad, vivió alguna que otra guerra como actor o espectador, amó y fue amado, odió y fue odiado, ganó en los mares una fortuna y la gastó y tuvo en una sola vida mil; una vez le pregunté a mi padre quién podría ser para él la persona más feliz y dichosa del mundo.

No me habló de bellos actores o actrices, ni de jóvenes futbolistas, ni de hombres de negocio de éxito, ni de conquistadores, ni de ningún sabio y sesudo profesor de universidad, no había ningún político; nada de eso. El viejo marino me contestó, simplemente: de todos los hombres que he conocido, creo que elegiría a un jardinero de un parque de Rótterdam que cuidaba las flores, los árboles; recogía las hojas de otoño; estercolaba el césped antes de la llegada de la primavera; y lo protegía del invierno. Yo creo que ese es el hombre más afortunado que he conocido: un hombre que cultivaba un jardín.

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

Y recordé, de pronto, los hombres que ahora mismo están salvando al mundo

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Para el viejo marino y para Borges, estos hombres son los que están salvando al mundo, aunque ellos no lo sepan, y ¡encima! son los más felices:
Un jardinero que cultiva su jardín en un parque de Pekín, un ceramista que del barro crea de nuevo al hombre, una persona que vive de la palabra y su etimología, dos amantes que se tocan con más pasión que Paolo y Francesca en el canto V de la Divina Comedia, alguien que ama la música, dos empleados que en un café de Mostar charlan, sonríen, juegan al ajedrez y cultivan la dicha de la amistad, un hombre que lee a Borges mientras acaricia a su perro Coco que duerme tranquilo, el que no odia a los que un mal le han hecho, aquel que ha sido capaz de embarcar en La Española un día de lluvia; para el viejo marino todos esos están ahora mismo salvando el mundo.

Yo, para no olvidarme de esa conversación con el viejo marino, cuando estuve en Ámsterdam compré unas semillas de tulipanes que cada primavera me recuerdan, al brotar de la escondida tierra, los nombres de las personas que ahora mismo están salvando el mundo.

Por eso, cuando escucho las noticias o leo los periódicos me pregunto: ¿cuándo nos daremos cuenta de que están intentando salvar el mundo las personas equivocadas? Incluyo ahí también a aquellos que siempre aparecen aprovechándose de las crisis o del dolor para tener un amplio despacho con vistas. Creo que el viejo marino tampoco me habló de ellos. Ninguno de ellos salió del arado, ni volverá al arado como Lucius Quinctius Cincinnatus después de salvar a Roma.

domingo, 10 de abril de 2016

SUMISIÓN, CON MICHEL HOUBELLECQ



Yo llegué a Houbellecq buscando las partículas elementales, porque pensé que me llevaría por el camino de Swedenborg hasta Fiodorov, demostrándome que la muerte yace en el fondo de todos los problemas humanos.

Yo, que me he criado en el laberinto mágico de la literatura hispanoamericana donde el malabarismo verbal recabado fundamentalmente en la sencillez de las palabras y en la complejidad de la sintaxis se adueña de la escritura, rápidamente descreí del vocabulario soez de Houbellecq, de sus imágenes explícitas que dan poco margen a la fantasía, de sus personajes pesimistas abocados al desconsuelo sin esperanza, y de su tono profético.

El director de esa biblioteca, que es el resumen del mundo, por la que rondo cada semana, tan solo para ver portadas y títulos de libros, decidió, no hace muchos días, que era hora de aconsejarme alguno y, no sin imprudencia, me asaltó con un pequeño volumen de tapas amarilla, en cuya portada venía dibujada la Torre Eiffel y sobre ella una media luna y una estrella de cinco puntas sobre la luz del amanecer; su título, Sumisión y su autor Michel Houbellecq. “Es un libro muy curioso”, me dijo, “imagina que gana las elecciones en Francia el Partido de los Hermanos Musulmanes. Imagina lo que ocurriría”.

No quise decirle que en ese momento estaba interesado en Stefan Zweig y su libro autobiográfico, El Mundo de Ayer. Es un autor que te lleva como nadie por la Europa de la primera mitad del siglo XX: la Viena mágica y confiada del emperador; el París libre y avasallador y el París sombrío y ocupado; el Berlín del arte cuadriculado y la poesía metafísica; y el Berlín trágico.

Como no podía decirle que no, al fin y al cabo es el director de una biblioteca con más de cincuenta mil volúmenes y eso significa que para mí tiene, como San Pedro, las llaves el paraíso, me eché los dos libros a la mochila y le di las gracias por la recomendación.

Nunca pensé abrir a Houbellecq, pero fue el destino quien separó sus páginas cuando se me cayó al suelo y al recogerlo metí mi dedo pulgar por la hoja número 11. nunca desobedezco a las mágicas señales, pues nadie ignora que la mente juega con nuestra debilidad frente al azar y cae rendida veloz ante los designios imaginarios.

Es lo que ocurre en nuestras sociedades, todavía occidentales y socialdemócratas a cuantos acaban sus estudios; pero la mayoría no adquieren conciencia de ello o no lo hacen de forma inmediata, pues están hipnotizados por el deseo de dinero o quizá de consumo los más primitivos, y más hipnotizados aún por el deseo de demostrar su valía en un mundo que esperan competitivo, galvanizado por la adoración de iconos variables: deportistas, diseñadores de moda o de portales de Internet, actores y modelos.

Aquí está de nuevo el prestidigitador, me dije. Pagaré el peaje del lenguaje soez, de los personajes que andan revolcados en el vacío de la carne y del espíritu y voy a ver dónde me lleva este Houbellecq, ahora que un extremista intolerante islámico, democráticamente ha sido elegido presidente de Francia. Recordé las elecciones alemanas de 1932 cuando a un joven desconocido Hitler los votos alemanes le otorgaron 230 escaños; y pensé en toda la sangre que cuesta ganar la libertad, que rara vez se ha ganado en las urnas; y, sin embargo, con un poco de desencanto y desilusión lo fácil que es perderla en esas mismas urnas.

Es cierto que en mi juventud, las elecciones eran muy poco interesantes; la mediocridad de la oferta política era incluso sorprendente. Un candidato de centroizquierda era elegido, por uno o dos mandatos según su carisma individual, y oscuras razones le impedían llevar a cabo un tercero; luego la población se hartaba de ese candidato y más generalmente del centroizquierda, se observaba un fenómeno de alternancia democrática y los votantes llevaban al poder a un candidato de centroderecha, a ese también por uno o dos mandatos, en función de su propia naturaleza. Curiosamente los países occidentales estaban extremadamente orgullosos de ese sistema electoral que, sin embargo, no era mucho más que el reparto de poder entre dos bandos rivales, y llegaban incluso a declarar guerras para imponerlo a países que no compartían su entusiasmo.

Houbellecq ya nos prepara para que la extrema derecha y la Hermandad Musulmana hicieran que las cosas se pusieran un poco más interesantes al introducir en los debates el olvidado escalofrío del fascismo. Un poco de violencia, se oyen disparos de atentados, algunos subterfugios juveniles mediante instituciones pseudo-culturales y un apoyo sin límites a los necesitados que abrazan cualquier doctrina con tal de que llene caliente sus estómagos vacíos y vengue sobre el poder establecido las muchas cuitas que han estado sufriendo y, ¡zas!, Houbellecq nombra presidente del gobierno a una persona muy inteligente con don para gobernar, que no caerá en el inicial error de acabar con los contrarios de forma violenta; sino que las depuraciones llegarán con dinero, ayudas, o amplias pensiones, enviando a paraísos de oro a las antiguas fuerzas que gobernaban y educaban a la Francia libre; para, poco a poco, ir limando las igualdades conquistadas en revoluciones y perdidas en las urnas.

El veneno de los movimientos identitarios ha acabado con todo; ya no hay más que reacciones que resquebrajan un sistema judicial que no se basa en la igualdad ante la ley; sino en la identidad a la que pertenece cada individuo: violencia contra una iglesia, reacción antiislámica, violencia contra una mezquita, reacción islamista, movimientos identitarios, enroque de cada trozo de sociedad, y nueva prueba irrefutable de que la violencia define y es capaz de establecer fronteras que poco tiempo atrás no existían. El sistema político en el que se había vivido desde la infancia se había resquebrajado. No sitúan la economía en el centro de todo, para ellos lo esencial es la demografía y la educación. Quien controla a los niños controla el futuro. Las mujeres, poco a poco, dejan de asistir a las universidades, y para entonces todos los docentes deben de ser musulmanes.

Francois, ese profesor universitario, estudioso de Huysmans, y hastiado de la docencia y de su vida sexual, que para eso es Houbellecq quien escribe el libro, nos va conduciendo hacia ese futuro imaginado en el que va anotando las pérdidas de la libertad que pocos años antes del 2022 reinaban en Francia. Los judíos, poco a poco, emigran a Israel. Aquellos que no aceptan la lluvia de oro y petrodólares, que llegan de las monarquías del Golfo, prefieren vivir en países como España, Alemania y Gran Bretaña; la democracia ya no es de todos, se legisla para una parte de la sociedad y el motor se ha puesto en marcha.

El fracaso de todo sistema político es el no gobernar para todos; el gobernar sin tener en cuenta ningún tipo de identidad; ni ideológica, ni religiosa, ni de raza, ni de sangre (que a la sangre todo excede), ni el color o la longitud del pelo. Un sistema político para todos, independiente de la condición individual. Por ese motivo han caído muchas repúblicas, y, sin embargo, han tenido éxito muchas monarquías parlamentarias: un país para todos sin distinción, donde las oportunidades, la justicia y la razón no tenga nada que ver con ningún tipo de identidad.

Todo Oriente Medio es un buen ejemplo de cómo la identidad vive por encima de la justicia y la igualdad; dependiendo de cada país, no es lo mismo ser suní que chií, alauí que wahabí, yaridí, maronita, ortodoxo o católico, o yazidí... Si eres de una identidad que no detenta el poder en esos lugares, tus oportunidades son cero: trabajos de miseria, olvídate de ser funcionario, juez o profesor, el comercio se abrirá poco para los tuyos; no podrás montar ni el más ínfimo negocio. No olvidemos que el Estado provee, el Estado da y el Estado quita.

Es eso lo que se están jugando en Siria, Iraq, Irán, Arabia Saudí (que no hay que olvidarse de ella), Líbano.., las minorías se están jugando su supervivencia. Allí no todos son ciudadanos con los mismos derechos, cada uno tiene su identidad. Y si encima va alguno y pretende venderles democracia por la fuerza, destronando a unos y aupando al poder a otros; sólo es cuestión de tiempo que, esperando su oportunidad, los oprimidos (que son los mismos o diferentes según cada nación) enciendan de nuevo la llama de la guerra. ¡Ay, esa revolución francesa que convierte a todos los hombres en ciudadanos, iguales, fraternos y libres!, ¿dónde está Francia? ¿dónde está ese París multicultural, multiracial y libre?

Ben Abbes, inicialmente, había mostrado su respeto por las tres religiones del libro y había evitado compromisos con la izquierda anticapitalista, había comprendido perfectamente que la derecha liberal había ganado la batalla de las ideas…, Si lo injusto funciona, ¿por qué cambiarlo? Así está Francia (en manos de Houbellecq); que ha dejado a los países occidentales en los brazos de su mala conciencia y con un protagonista, Francois, que bajo los efectos de la crisis del Occidente moderno y su amplia gama de soledades, habiéndolo perdido todo, se echa a los brazos de alguien que promete devolvérselo; eso sí, a cambio de su espíritu y su libertad.

 ¿Y los intelectuales?, ¡al menos los intelectuales levantarán su voz!: A lo largo del siglo XX, muchos intelectuales habían apoyado a Stalin, Mao, Pol Pot…, sin que ello se les hubiera reprochado nunca verdaderamente; el intelectual en Francia no tenía que ser responsable, eso no estaba en su naturaleza.

Yo nunca he querido meterme en estos charcos, pero la culpa la tiene ese director de una biblioteca que cuenta con cincuenta mil volúmenes, que como sabe que posee una de las llaves del paraíso, anda recomendando libros a diestro y siniestro sin que hasta ahora nadie le haya dicho que no.