domingo, 10 de noviembre de 2013

CALÍGULA, EL ÚNICO HOMBRE LIBRE






Apuré los días en Roma para conocerlo mejor. Me lo presentó un escritor francés, nacido en Argel, con fama de solitario que me espetó: “¿solitario me decís?, de momento, puede; pero estaríais muy solos sin estos solitarios”. Y yo le creí; por eso me he dejado acompañar casi siempre por algún que otro manuscrito suyo.

Pero esa vez fui a Roma para conocer a su personaje, al otro, al emperador: a Calígula. Él me lo presentó un verano en un teatro y lo sentí próximo, muy próximo, y entendí con toda lógica por qué la gente muere sin haber sido nunca completamente feliz, por qué cuesta trabajo ser absolutamente libre, por qué se imponen sobre la condición humana  las cuestiones materiales, la economía del estado y el poder que no lleva más que al vacío y al absurdo de la vida. Hasta allí me llevó Calígula y yo lo seguí.

En un principio, creí en él, como todos aquellos que lo rodeaban; pero luego, entendí cuanto estaba pasando y no tuve más remedio que hacer lo que me pidió: matarlo. Yo en Roma ya había usado la espada defendiendo a la República contra César, (siempre estuve al lado de Bruto y siempre justificaré el acero que Julio César merecía en su carne); pero ahora era diferente. Ahora yo mataba a Calígula, porque él me lo pedía, porque no había más remedio que matar al único hombre libre de Roma.

Llegué a Palacio y pregunté por él.

Yo lo vi salir del palacio. Tenía una mirada extraña.
Yo también estaba y le pregunté qué le ocurría.
¿Respondió?
Una sola palabra: "Nada".

¿Por qué ha huido?, quise saber.

No me gusta esto. Pero todo marchaba demasiado bien. El emperador era perfecto.
Pero ahora, ¿todo es por la muerte de Drusila?

¿Quién os dice que por Drusila?
Sí. Yo estaba presente, siguiéndolo como de costumbre. Se acercó al cuerpo de Drusila. Lo tocó con los dedos. Luego, como si reflexionara, se volvió y salió con paso uniforme. Desde entonces lo andamos buscando.
A ese muchacho le gustaba demasiado la literatura.
Es cosa de la edad.
Pero no de su rango. Un emperador artista es inconcebible. Tuvimos uno o dos, por supuesto. En todas partes hay ovejas sarnosas. Pero los otros tuvieron el buen gusto de limitarse a ser funcionarios. Es más descansado. Cada uno a su oficio.

Calígula apareció a los tres días demacrado, sucio de tierra y su propio orín, como enajenado. Nada más llegar pidió la luna.

Era difícil de encontrar.
¿Qué cosa?
Lo que yo quería.
¿Y qué querías?
La luna.
¿Qué?
Sí, quería la luna.
¿Para qué?
Bueno... Es una de las cosas que no tengo

En seguida vi que quería tenerlo todo, que quería ser todo, que quería la felicidad absoluta, la libertad absoluta; sin darse cuenta que para que eso ocurra sólo puede haber en la tierra un hombre libre, un único hombre libre, pues el resto no tendrá más remedio que vivir encadenado a sus deseos. Pero él lo consiguió, aunque fuera a costa del sacrificio de los demás, del sufrimiento de los demás, de la muerte de los demás, de la pobreza de los demás, del hambre de los demás.
No hay que extrañarse casi todos somos como él sólo que en otra medida. Buscamos la libertad, pero nunca la absoluta, menos mal.


Calígula vuelve a entrar. Veo que ya todos lo temen. Yo, también.

¿Y cuál es la verdad?
Los hombres mueren y no son felices.
Vamos, Cayo, es una verdad a la que nos acomodamos muy bien. Mira a tu alrededor. No es eso lo que les impide almorzar.
Entonces todo a mi alrededor es mentira, y yo quiero que vivamos en la verdad. Y justamente tengo los medios para hacerlos vivir en la verdad. Porque sé lo que les falta, Helicón. Están privados de conocimiento y les falta un profesor que sepa lo que dice.
No te ofendas, Cayo, por lo que voy a decirte. Pero deberías descansar primero.
No es posible.


La verdad, pensé, no es poco a lo que aspira el Emperador.
Aplaudí su gesto y, desde luego, me pareció el primer gran revolucionario cuando decidió ordenar los problemas del Tesoro Público sin exprimir a los de abajo, como había ocurrido desde siempre; y acabar con la primera gran injusticia de la humanidad: la riqueza y la opulencia heredada por nacimiento. Aplaudí ese gesto. ¡Bravo, Cayo Calígula! ¿Acaso no es injusto que alguien sea rico y su futuro sea con seguridad próspero por el hecho de nacer en un lugar, en un tiempo y con unos progenitores determinados? ¡Oh, gran justicia! ¡Bravo, Cayo!


¿No es verdad, querida, que es muy importante el Tesoro?
No, Calígula, es una cuestión secundaria.
Pero es que tú no entiendes nada. El Tesoro tiene un poderoso interés. Todo es importante; ¡las finanzas, la moral pública, la política exterior, el abastecimiento del ejército y las leyes agrarias! Todo es fundamental. Todo está en el mismo plano: la grandeza de Roma y tus crisis de artritismo. ¡Ah! Me ocuparé de todo. Escúchame un poco, intendente.
Te escuchamos.

Los Patricios se adelantan y temen las palabras del Emperador. Yo aplaudo porque sé lo que va a decir.

Bueno, pues tengo un plan que proponerte. Vamos a revolucionar la economía política en dos tiempos. Te lo explicaré, intendente..., cuando hayan salido los patricios.

Los Patricios salen temerosos.

Escúchame bien. Primer tiempo. Todos los patricios, todas las personas del Imperio que dispongan de cierta fortuna —pequeña o grande, es exactamente lo mismo — están obligados a desheredar a sus hijos y testar de inmediato a favor del Estado.
Pero César...
No te he concedido aún la palabra. Conforme a nuestras necesidades, haremos morir a esos personajes siguiendo el orden de una lista establecida arbitrariamente. Llegado el momento podremos modificar ese orden, siempre arbitrariamente. Y heredaremos.¿Qué te pasa?

El orden de las ejecuciones no tiene, en efecto, ninguna importancia. O más bien, esas ejecuciones tienen todas la misma importancia, lo que demuestra que no la tienen. Por lo demás, son tan culpables unos como otros. Ejecutarás esas órdenes sin tardanza. Todos los habitantes de Roma firmarán los testamentos esta noche, en un mes a más tardar los de provincias. Envía correos.
César, no te das cuenta..., le dice el intendente perturbado.
Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene. Está claro. Todos los que piensan como tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he decidido ser lógico, y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica.
Exterminaré a los opositores y la oposición. Si es necesario, empezaré por ti.

El intendente empieza a mascullar palabras un poco desordenadas, se le nota el miedo, y yo me alegro:
 César, mi buena voluntad no admite duda, te lo juro.

Ni la mía, puedes creerme. La prueba es que consiente en adoptar tu punto de vista y considerar el Tesoro público como un objeto de meditación. En suma, agradéceme, pues intervengo en tu juego y utilizo tus cartas. Además mi plan, por su sencillez, es genial, lo cual cierra el debate. Tienes tres segundos para desaparecer. Cuento: uno...

No vean cómo corría el intendente. No le dio tiempo al César a contar el número dos. Cómo me alegré viéndolo con su sombrero de copa, su puro, su chaqueta y su corbata desordenadas por las palabras de Cayo César, correr desenfrenado para evitar que Calígula contara tres y una espada, justiciera o vengadora, que a veces es lo mismo aunque no debiera serlo, cortara su cuello.

El intendente desaparece.

Escipión, que era valiente y que, con Quereas, ya planeaba matar al César visionario se levantó y gritó: ¡No es posible, Cayo!
Y Calígula le contestó: ¡Justamente!
No te comprendo.
¡Justamente! Se trata de lo que no es posible, o más bien, de hacer posible lo que no lo es.
Pero ese juego no tiene límites. Es la diversión de un loco.
No, Escipión, es la virtud de un emperador.
¡Ah, hijos míos! Acabo de comprender por fin la utilidad del poder. Da oportunidades a lo imposible.
Hoy, y en los tiempos venideros, mi libertad no tendrá fronteras.
No sé si hay que alegrarse, Cayo.

Los patricios tiemblan, los nobles tiemblan, pero el pueblo está con Calígula y por eso no se atreven todavía a asesinarlo. Parecía que estaba perdiendo la razón; pero sólo lo parecía.

Calígula hace callar a todos y mira a Escipión y a Quereas sabiendo que sus espadas ya están afiladas y los comprende y les dice: ¿vosotros, también, que sois mis amigos? Este mundo no tiene importancia, y quien así lo entienda conquista su libertad. Y justamente, os odio porque no sois libres. En todo el Imperio romano soy el único libre. Regocijaos, por fin ha llegado un emperador que os enseñará la libertad. Vete, Quereas, y tú también, Escipión, pues, ¿qué es la amistad? Id a anunciar a Roma que le ha sido restituida la libertad y que con ella empieza una gran prueba.

Quiso convertirse en un dios en la tierra. Condenando a muerte o salvando. Entregando la esclavitud y la desdicha o la opulencia y la bendición del Estado. Pero sobre todo culpables, empezó a necesitar demasiados culpables.

Haced entrar a los culpables. Necesito culpables. Y todos lo son. Quiero que entren los condenados a muerte. ¡Público, quiero tener público! ¡Jueces, testigos, acusados, todos condenados de antemano! ¡Ah, Cesonia, les mostraré lo que nunca han visto, el único hombre libre de este imperio!


Al sonido del gong, el palacio se llena poco a poco de rumores; y la muerte de César ya se avecina. Quereas y Escipión me llaman en un aparte y yo acepto porque sé que lo que Calígula quiere es un imposible. Ha empezado por ser el único hombre libre de Roma y quiere terminar siendo Dios y eso no se consigue con la libertad absoluta, sino con la bondad y la caridad absoluta. He aceptado: ¡Hay que matar a Cayo César Calígula!

Después de usar la espada, y con ella todavía ensangrentada,  decido viajar desde Roma a Venecia. He quedado en la calle de la Muerte con un tipo que me va a entregar, a cambio de un buen dinero, un ejemplar de la edición princeps de El Millón de las Costeras de Oriente de Marco Polo. Quiero volver a la tierra del gran Kublai, y el veneciano no es un mal guía.












Camus, que sepas que cien años después de tu nacimiento seguimos leyendo tus textos, bastante más vivos que los de tus críticos. Ah, yo, también, entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre. Sabes de lo que hablo.




sábado, 2 de noviembre de 2013

ONETTI, ¿POR QUÉ NOS HACES ÉSTO?



Siempre me he preguntado qué atracción tiene hurgar en las vidas de las personas, descubrir lo que les está pasando, juzgarlos con el prisma de nuestra mirada, condenarlos o ensalzarlos, formar opinión y que la opinión ruede como un castigo o como una recompensa y colgarles pecados como cadenas con el simple uso de la lengua. Yo no me libro de ello y dudo que nadie se libre. Todos soñamos con tener una ventana indiscreta.

Yo no he visto mejor ventana indiscreta que la que me ofreció un tal Onetti cuando me llevó a un pueblo perdido de la sierra y donde había un sanatorio al que llegaban tuberculosos de todas partes; algunos desahuciados, otros hundidos y otros a medio salvar. Yo no he visto manera más desalmada de ofrecerte una historia que la que te obliga a entrar en ella, a participar y a juzgarla.
La culpa fue del hombre alto, espigado, el tuberculoso con ganas de morirse, que no nos contaba nada de su vida, que no nos contaba nada de las dos mujeres, que parecían enemigas, y que nos obligaba a suponer cada cosa, a conjeturar con cada detalle. ¿Qué íbamos a pensar nosotros, obligados a aventurarnos, a sacar conclusiones con cada abrazo, con cada beso, con el juego de sus manos?.

Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes. Me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.
En general, me basta verlos y no recuerdo haberme equivocado; siempre hice mis profecías antes de enterarme de la opinión de Castro o de Gunz, los médicos que viven en el pueblo, sin otro dato, sin necesitar nada más que verlos llegar al almacén con sus valijas, con sus porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y de reto.
El enfermero sabe que no me equivoco.
Tendría cerca de cuarenta años, y sus gestos, algunos abandonos que delataban la inmadurez. Cuando salió para tomar el ómnibus, el enfermero dejó de mirarme, alzó el vaso de vino y se volvió hacia la ventana.
— ¿Y éste? ¿Se vuelve caminando o con las patas para adelante? Si está enfermo y va al hotel, lo atenderá Gunz. Tengo que preguntarle.
Lo decía en broma o tal vez pensara asegurarse las posibles inyecciones.

Fue suya la culpa. ¿Cómo va a esperar que nosotros veamos llegar a un forastero y no imaginemos su vida? Un hombre que viene a este pueblo perdido de la sierra y decide no ir al sanatorio, sino al hotel. Y luego; aunque continúa viviendo en el hotel, alquila la casa de las portuguesas. ¿Para nada? ¡No! ¿Cómo va a esperar que nosotros que veíamos que recogía dos cartas semanales no conjeturáramos sobre ellas? Además, mi jefe, el dueño del almacén que era quien se las entregaba cuando el correo llegaba al pueblo sabía que estaban escritas por distintas manos de mujeres. Y ahí acertó. Y eso que el forastero hacía el viaje de cerca de una hora a la ciudad para no despachar sus cartas en el almacén, que también es estafeta de correos; y lo hacía por culpa o mérito de la misma yerta, obsesionada voluntad de no admitir, por fidelidad el juego candoroso de no estar aquí sino allá, el juego cuyas reglas establecen que los efectos son infinitamente más importantes que las causas y que éstas pueden ser sustituidas, perfeccionadas, olvidadas.

Luego cuando vimos llegar a la primera mujer, nos tranquilizamos; Guntz, el enfermero, dijo: “es lo que le hacía falta”. Guntz vivía en el garaje del almacén, no hacía otra cosa que repartir inyecciones y guardar dinero en un banco de la ciudad; estaba solo, y cuando la soledad nos importa somos capaces de cumplir todas las vilezas adecuadas para asegurarnos compañía, oídos y ojos que nos atiendan. Hablo de ellos, los demás, no de mí.
Siempre hablamos de ellos, los demás, no de nosotros. Y casi siempre nos equivocamos… ¿O no?

La mujer bajó del ómnibus, de espaldas, lenta, ancha sin llegar a la gordura, alargando una pierna fuerte y calmosa hasta tocar el suelo; se abrazaron y él se apartó para ayudar al guarda que removía valijas en el techo del coche. Se sonrieron y volvieron a besarse; entraron en el almacén y como ella no quiso sentarse pidieron refrescos en la parte clara del mostrador, buscándose los ojos.
El hombre conversaba con vertiginosa constancia, acariciando en las cortas pausas el antebrazo de la mujer, alzando párrafos entre ellos, creyendo que los montones de palabras modificaban la visión de su cara enflaquecida, que algo importante podía ser salvado mientras ella no hiciera las preguntas previsibles.
Bajo los anteojos de sol, la boca de la mujer se abría con facilidad, casi a cada frase del hombre, repitiendo siempre la misma forma de alegría. Me sonrió dos veces mientras los atendí, agradeciéndome favores inexistentes, exagerando el valor de mi amistad o mi simpatía.
—No —dijo él—, no es necesario, no hay ventajas en eso. No es por el dinero, aunque prefiero no usar ese dinero. En el hotel tengo también médico, todo lo necesario.
Ella insistió un rato, cuchicheando sin convicción; debía estar segura de poder desarmar cualquier proyecto del hombre, y de que le era imposible vencer sus negativas distantes, su desapego. El se apartó del mostrador y fue hasta la sombra del árbol para convencer a Leiva de que los llevara en su coche al hotel.
La mujer de los anteojos oscuros me dirigió sus cortas, exactas sonrisas.

Menos mal que, al final, siempre nos enteramos de todo, no importa cómo, ni quien gana o pierde esa batalla de los rumores.

Pensamos que era su mujer. Pasaron una semana en el hotel. Mientras estuvo la mujer de los anteojos de sol no llegaron los sobres escritos a mano ni los de papel madera. Vivían en el hotel, y el hombre no volvió al depósito de basuras ni a la casita de las portuguesas; paseaban tomados del brazo, alquilaban caballos y cochecitos, subían y bajaban la sierra, sonreían alternativamente, endurecidos, sobre fondos pintorescos, para fotografiarse con la "Leica" que se había traído ella colgada de un hombro.
—Es como una luna de miel —decía el enfermero, apaciguado—. Lo que le faltaba al tipo era la mujer, se ve que no soporta vivir separado. Ahora es otro hombre; me invitaron a tomar una copa con ellos en el hotel y el tipo me hizo preguntas sobre mil cosas del pueblo. La enfermedad no les preocupa; no pueden estar sin tocarse las manos, se besan aunque haya gente. Si ella pudiera quedarse (se va el fin de semana), entonces sí le apostaría cualquier cosa a que el tipo se cura. ¿No lo ve cuando vienen al mediodía a tomar el aperitivo?
El enfermero tenía razón y no me era posible decirle nada en contra; y, sin embargo, nadie entendía para qué alquiló la casa de las portuguesas, si en último término no la llevó allí; si no que se encerraba a beber el alcohol que yo le llevaba del almacén. Pasándose los días bebiendo solo.

No tardamos mucho en averiguar para qué quería la casa de las portuguesas. Lo adivinamos cuando llegó la otra, joven, mucho más joven que él, y que la anterior.

No puedo saber si la había visto antes o si la descubrí en aquel momento, apoyada en el marco de la puerta: un pedazo de pollera, un zapato, un costado de la valija introducidos en la luz de las lámparas.
Pero la recuerdo con seguridad, más tarde. Entonces sí la recuerdo, no verdaderamente a ella, no su pierna y su valija, sino a los hombres tambaleantes que salían, volviéndose uno tras otro, como si se hubieran pasado la palabra, como si se hubiera desvanecido el sexo de las mujeres que los acompañaban, para hacer preguntas e invitaciones insinceras a lo que estaba un poco más allá de la pollera, de la valija y el zapato iluminados.
Ahora ella estaba dentro del almacén, sentada cerca de la puerta, la valija entre los zapatos, un pequeño sombrero en la falda, la cabeza alzada para hablar con Levy chico que se moría de sueño. Tenía un traje sastre gris, guantes blancos puestos, una cartera oscura colgada del hombro; lo digo para terminar en seguida con todo lo que era de ella y no era su cara redonda, brillando por el calor, fluctuando detrás de las serpentinas suspendidas de la guirnalda y que empezaba a mover el aire de la madrugada.

Le dije a Levy chico que fuera cerrando y ordenara un poco.
— ¿Te pidió algo la señorita?
—No —dijo, parpadeando, dejando que lo invadieran el sueño y el cansancio, que la cara se le llenara de pecas—. Lo que hay es que dice que tenían que esperarla aquí, que mandó un telegrama, que el tren llegó atrasado.
— ¿Quién tenía que esperarla? —pregunté. Pensaba que ella era demasiado joven, que no estaba enferma, que había tres o cuatro adjetivos para definirla y que eran contradictorios.

— ¿Adivina? El tipo. Así es la cosa: una mujer en primavera, la chica esta para el verano. Y a lo mejor el tipo tiene el telegrama en el hotel y está festejando en el chalet de las portuguesas emborrachándose solo. Porque fui esta noche dos veces al hotel viejo, por la solterona del perro y el subcontador, y el tipo no apareció por ninguna parte. Borracho en el chalet, le apuesto.
Estuve moviendo la botella en el depósito de hielo para que se refrescara. "Es demasiado joven", volví a pensar, sin comprender el sentido de "demasiado" ni de qué cosa indeseable la estaba librando a ella, y no sólo a ella, a su juventud.

No podíamos dejar de mirar a la chica, no podíamos evitar pensar en el tipo aquel que la semana pasada anduvo con otra mujer, mayor que ésta que ronda la primavera, y ahora se trae a esta jovencita para meterla en la casa de las portuguesas. ¡Qué podíamos pensar!
¡Qué pensarían ustedes!... Además ese maldito Onetti, nos iba soltando todo lo que sabía en minúsculas dosis como gotas de veneno, porque él sabía que la otra mujer iba a venir y que coincidirían y que traería a un hijo, tal vez su hijo, para que también mediara en la lucha. ¿Qué lucha?
Si, al final estábamos todos equivocados, y cuando supimos la verdad, Onetti, ya era tarde. Maldito seas, porque yo sólo soy lector y me has convertido en protagonista de tu historia. Maldito seas Onetti, que tú bien sabes que es más fácil leer las historias planas, en las que el lector no se involucra, esas sencillas que tú nunca escribirías, ¿Por qué nos haces ésto? ¿Por qué nos has llevado hasta el pozo, a ese infierno tan temido, a saber que la vida es breve, a comerciar con Juntacadáveres, a los últimos adioses?

Cuando descubrí la última carta, Onetti, y me di cuenta que en aquel pueblo de tuberculosos éramos todos unos hipócritas, que sentíamos pura lascivia por meternos en la vida de las gentes, y supe que, de verdad, estábamos equivocados sentí vergüenza y rabia. Mi piel fue vergüenza durante muchos minutos y dentro de ella crecían la rabia, la humillación, el viboreo de un pequeño orgullo atormentado. Pensé hacer unas cuantas cosas, trepar hasta el hotel, y contarlo a todo el mundo, burlarme de la gente de allá arriba como si yo hubiera sabido de siempre y me hubiera bastado mirar la mejilla, o los ojos de la muchacha en la fiesta de fin de año —y ni siquiera eso: los guantes, la valija, su paciencia, su quietud— para no compartir la equivocación de los demás, para no ayudar con mi deseo, inconsciente, a la derrota y al agobio de la mujer que no los merecía; pensé trepar hasta el hotel y pasearme entre ellos sin decir una palabra de la historia, teniendo la carta en las manos o en un bolsillo. Pensé en visitar el sanatorio, llevarles un paquete de frutas y sentarme junto a la cama para ver crecer la barba del hombre con una sonrisa amistosa, para suspirar en secreto, aliviado, cada vez que ella lo acariciaba con timidez en mi presencia.

 Llegué tarde, como siempre hacemos, pero esta vez es tuya la culpa, Onetti.





sábado, 26 de octubre de 2013

ALDOUS HUXLEY, UN MUNDO PERFECTO





Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; como todos los hombres, he conocido a otras gentes y otros lugares; y he podido reír, llorar, gozar, lamentarme, disfrutar, luchar  o rendirme, como todos los hombres de esta gran Biblioteca que es el mundo.

Como todos los hombres de la Biblioteca yo también dije, con falsa vanidad, yo nunca tendré un móvil, no me compraré un ebook porque adoro el olor del libro, no entraré en las redes sociales porque prefiero los cafés y las tardes o los bares y la noche, no viajaré en google+, ni tendré facebook; ni nada parecido.

 La semana pasada abrí lo penúltimo (lo último aún está por llegar y lo desconozco) que me quedaba: una cuenta twitter. Alguien me dijo: “no puede ser que el tipo que lleva la intranet, internet, el periódico y los boletines no tenga ni facebook, ni twitter, ni esté en google+..." 

Yo, que siempre ando portando una cierta y falsa humildad, a partes iguales como todos, pero que no me falta la pizca de interés que me hace mover los músculos cada mañana, me dije: si algún día quiero llevar todas esas cosas, tendré que saber de qué van esas palabras anglófilas que me acaba de recetar mi compañero. Así que ahora tengo todo aquello que un día dije que no tendría. Suele ocurrir. No hay más que mirar hacia atrás. No es fácil escapar.

Después de estas excusas no pedidas (accusatio manifesta), como dije, la semana pasada, abrí una cuenta twitter y me dio por buscar a tipos raros, de esos que frecuentan los cafés y demás saraos donde se junta gente en el apaño del mal vivir. Ahora sigo los twitter de gente como Muñoz Molina que ayer me llevó a la sagrada Vetusta (a esa heroica ciudad que dormía la siesta; gracias, don Antonio), Lorenzo Silva (que anda defendiendo a tirios y a troyanos con, o sin, el guardia Bevilacqua; gracias, don Lorenzo), o a Pérez Reverte (que desde el café de la Lola se defiende o ataca descabezando a mandobles a todo quisque que se le pone por delante; una exageración don Arturo).

Y ayer cacé el twitter de Eduardo Galeano, el hombre, que lo llamé un día, sin distancias, y leí un twitt suyo. ¿Se dice twitt o twett?; bueno, hasta los agentes de bolsa se equivocan, con el dinero de otros, por supuesto).

Y Eduardo Galeano con sus palabras me condujo a otro libro, como hacen los grandes que terminan enlazando sueños y realidades y acabas como siempre en el mismísimo Homero.

Escribe en su twitt (¿se dice twitt?) Eduardo Galeano:

En el siglo XX la mitad del mundo sacrificó la justicia en nombre de la libertad y la otra mitad sacrificó la libertad en nombre de la justicia.

No conozco una frase más corta que resuma la historia del siglo XX de una manera más exacta.
Hace poco estuve en Berlín, paisaje que sufrió en carne propia ese siglo devastador desde el año 1 hasta el año 89 del siglo XX y que resume Galeano con la palabra sacrificio. 

El twitt (¿se dice twitt?) de Galeano, inmediatamente, lo asocié a la búsqueda de la utopía y la utopía me llevó sin querer hasta Un mundo Feliz de Aldous Huxley y a la cita inicial, de Nikolái Berdiáyev, que prologa su libro (la escribo en francés porque aparece en francés en el ejemplar que tengo):

Les utopies apparaissent comme bien plus rélisables quón le croyait autrefois. Et nous nous trouvons actuellement devant una question bien autrement angoissante: Comment éviter leur réalisation définitive...? Les utopies sont réalisables. La vie march vers les utopies. Et peut-être un siécle nouveau commence-t-il, un siécle oú les intellectuels et la classe cultivée reveront aux moyens déviter les utopies et de retourner á une société non utopique, moins "parfaite" et plus libre.

Las utopías parecen más realizables ahora de lo que se creía antes. Y nos encontramos actualmente, de cualquier forma, ante una cuestión bien angustiosa: ¿Cómo evitar su realización definitiva? Las utopías son realizables. La vida marcha hacia las utopías. Y tal vez un nuevo siglo las comience, un siglo donde los intelectuales y la clase cultivada alienten al resto a que eviten las utopías y vuelvan a una sociedad no utópica, menos "perfecta" y más libre.

Eso pone en la primera página del libro de Aldous Huxley, Un Mundo Feliz. Ni que decir tiene que nadie hizo caso a las palabras de Berdiáyev escritas a principios del siglo XX y las utopías llenaron de cadáveres todas las cunetas del mundo y la búsqueda de la libertad las llenaron de hambrientos. Galeano, en un twitt, continuación del anterior, escribe con agudeza: 

Y en el siglo XXI sacrificamos las dos (justicia y libertad) en nombre de la “globalización”.

Yo que he vuelto a hojear Un mundo Feliz después de tantos años (Galeano, tuya es la culpa), creo que hay otro peligro ya descrito a mitad del siglo pasado por Huxley: la ciencia, que siempre va por delante de la moral y la filosofía (¡Ay, la filosofía!, que ya no se estudia):

Les enseñó el sencillo mecanismo por medio del cual, durante los dos últimos metros de cada ocho, todos los embriones eran sacudidos simultáneamente para que se acostumbraran al movimiento. Aludió a la gravedad del llamado “trauma de la decantación” y enumeró las precauciones tomadas para reducir al mínimo, mediante el adecuado entrenamiento del embrión envasado, tan peligroso shock. Les habló de las pruebas de sexo llevadas a cabo en los alrededores del metro 200. Explicó el sistema de etiquetaje: una “T” para los varones, un círculo para las hembras y un signo de interrogación negro sobre fondo blanco para los hermafroditas.

Miedo da el futuro…, miedo da perder la libertad sacrificada en nombre de la justicia y miedo da perder la justicia sacrificada en nombre de la libertad. Sólo nos cabe luchar, aunque no es fácil una vez que estás en el combate saber cuál es tu bando, porque los dos llevan en este siglo XXI uniformes muy parecidos. Y si a eso añadimos la ciencia, el progreso y la globalización….


Señor Huxley, le debo el hablar un poco más de su libro en otra entrada. Me he ido por caminos no esperados pensando en Galeano y en usted. Reciban los dos un cordial y afectuoso saludo.






Las fotos son de Berlín. La primera, de trozos del muro de la vergüenza; la segunda, de cruces en recuerdo de los caídos que intentaban saltarlo buscando aires de libertad y la tercera es un monumento en memoria de los homosexuales perseguidos y asesinados por los nazis.
Uno de los caminos para llegar a la libertad es la memoria.

sábado, 19 de octubre de 2013

SALINGER, EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, como fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero, porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada.
 
 
 
  Me encontré con Holden Caulfield en una estación de tren. Era invierno, nevaba y las Navidades estaban muy cerca. Acababan de expulsarlo de un colegio llamado Pencey, de esos de pago en el que tienen equipo de esgrima, de rugby, de waterpolo, y en cuyos anuncios aparecen niños de blancas sonrisas y jersey granate. Uno de esos colegios que andan pavoneándose del éxito de sus ex-alumnos sin contar que la verdadera razón de ese éxito son los padres, que bien situados, apuran la injusticia establecida para dejar colocados lo mejor posible a los hijos. Y lo peor es que lo consiguen. No me extrañó nada que ese tal Holden Caulfield no encajara en ese colegio. Uno de los motivos principales por los que me fui de Elkton Hills, me  dijo, fue porque aquel colegio estaba lleno de hipócritas. Eso es todo. Los había a patadas. El director, el señor Hass, era el tío más falso que he conocido en toda mi vida, diez veces peor que Thurmer. Los domingos, por ejemplo, se dedicaba a saludar a todos los padres que venían a visitar a los chicos. Se derretía con todos menos con los que tenían una pinta rara.

Para andar dos pasos más allá de la adolescencia, Holden era un cínico y, además, todo aquello que criticaba lo llevaba colgado de su abrigo. Se veía  a la legua que él pertenecía a la élite social, ésa a la que despreciaba pero de la que nunca saldría. Ya había conocido antes a tipos como él, con una juventud y una adolescencia rebelde de luchadores de pacotilla que a los cincuenta años andan dirigiendo bancos y empresas y obligando a sus hijos, después de que ellos vieran la luz, a pensar seriamente en el futuro; el mismo contra el que ellos decían rebelarse en la adolescencia:
 
- ¿No te preocupa en absoluto el futuro, muchacho?
- Claro que me preocupa. Naturalmente que me preocupa –medité unos momentos-. Pero no mucho supongo. Creo que mucho, no.
- Te preocupará -dijo Spencer-. Ya lo verás, muchacho. Te preocupará cuando sea demasiado tarde.
No me gustó oírle decir eso. Sonaba como si ya me hubiera muerto. De lo más deprimente.
 
No, no creía nada de lo que ese tal Holden me decía. Tenía pinta de mentiroso compulsivo. No creí ni su nombre, ni su edad, con ese mechón blanco en la parte izquierda de su cabeza.
 
Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco a comprar una revista y alguien me pregunta que adónde voy, soy capaz de decirle que voy a la ópera. Es una cosa seria.
En Pencey vivía en el ala Ossenburger de la residencia nueva. Era para los chicos de los dos últimos cursos. Yo era del penúltimo y mi compañero de cuarto del último. Se llamaba así por un tal Ossenburger que había sido alumno de Pencey  . Cuando salió del colegio ganó un montón de dinero con el negocio de pompas fúnebres. Abrió por todo el país miles de funerarias donde le entierran a uno a cualquier pariente por cinco dólares. ¡Bueno es el tal Ossenburger! Probablemente los mete en un saco y los tira al río. Pero donó a Pencey un montón de pasta y le pusieron su nombre a ese ala de la residencia.
 
Ese tal Holden volvía a casa a pasar las Navidades, y sus padres aún no sabían nada de su expulsión del colegio. Se decía tímido, pero durante el viaje no dejó descansar su lengua y contaba con pelos y señales cuanto se le pasaba por la imaginación. Hablaba de su hermano D. B. como un hombre de talento, pero que había abandonado la búsqueda de la literatura de verdad para prostituirse, escribiendo guiones de mierda (son palabras suyas), en Hollywood. Me dijo que en Hollywood todo el mundo se prostituye. Yo le contesté que uno nunca acierta cuando generaliza; y el me dijo: "en el caso de Hollywood, sí". Y dio por zanjada la cuestión de su hermano, el escritor.

 En la estación de Trenton subió una señora que se sentó a nuestro lado y que le vio en la maleta la etiqueta del colegio Pencey y empezó a hablar con él.
 
- ¿Eres alumno de Pencey? 
-Sí, -le dije-. Y era verdad. en una de las maletas llevaba una de las etiquetas del colegio. una gilipollez, lo reconozco.
- ¡Qué casualidad! Entonces tienes que conocer a mi hijo. Se llama Ernest Morrow.
- Sí, claro que lo conozco. Está en mi clase.
Su hijo era sin duda el hijoputa mayor que había pasado por el colegio. cuando volvía de los lavabos a su habitación iba siempre pegando a todos en el trasero con una toalla mojada. Eso da la medida de lo hijoputa que era.
- ¡Cuánto me alegro! Le diré a Ernest que te conozco. ¿cómo te llamas?
- Radolph Shmidt, le dije, no tenía ninguna gana de contarle la historia de mi vida. Radolph Schmidt era el nombre del portero de la residencia.
 
No pueden ni imaginarse la conversación. Le contó que había tenido que abandonar Pencey porque estaba enfermo y lo iban a operar de un tumor cerebral y que no podía ir a visitarlos, a Morrow y a ella, a Gloucester durante el verano porque se iba con su abuela a un viaje a Sudamérica. Ni por todo el oro del mundo hubiera ido a visitar a ese hijoputa de Morrow. Por muy desesperado que estuviera. Típico de Holden. Para terminar contando mentiras sobre Ernest Morrow para que su madre, que como todas las madres les encanta que les hablen de las excelencias de su hijo, anduviera presta a tratarle de la timidez excesiva que invadía a su vástago. Puras trolas. 
 
Cuando estábamos a punto de llegar a nuestro destino, me dijo: "Mira al tipo que tenemos detrás".
Lo miré de reojo intentando disimular mi actitud. Era un tipo larguirucho, canoso, aparentaba más de setenta años  y viajaba solo. Andaba leyendo una pequeña novela titulada The Catcher in the Ryer.
- ¿Sabes en qué está pensando?-, continuó Holden,
- No -, le dije.
- En matarme -, dijo él con seriedad.
- ¿Sabes quién es? -.
- Sí -, me contestó, - se llama Jerome David Salinger y anda liado con mil pleitos acerca de secuelas y segundas partes de El Guardián entre el Centeno. Ahora anda sopesando escribir la continuación de esa novelita llena de rebeldía y matarme-.
- Es una solución - , le dije yo, -Cervantes, escribió la segunda parte del Quijote, para matar al ingenioso hidalgo, porque en la primera lo dejó vivo y un tal Avellaneda se le adelantó escribiendo sobre Alonso Quijano, y eso lo sacó de quicio. Todo eso le debemos a los plagiadores y continuadores de sagas-.
- Pura prostitución -, dijo Holden, - pura prostitución que le va a obligar a escribir una segunda parte de El Guardián entre el Centeno para matarme. Te lo digo, está pensando seriamente en matarme-.
 
Lo tomé como una trola más, pero me dejó dudando el aspecto huraño de ese tal Jerome David Salinger y el libro que andaba leyendo: The Catcher in the Ryer.
 
Eso es todo lo que voy a contarles. Podría decirles lo que pasó cuando volví a casa y cuando me puse enfermo y a qué colegio voy a ir el próximo otoño cuando salga de aquí pero no tengo ganas. De verdad, en este momento no me importa nada de eso.
Mucha gente, especialmente el siquiatra que tienen aquí, me preguntan si voy a aplicarme cuando vuelva a estudiar en septiembre. es una pregunta estúpida. ¿Cómo sabe uno lo que va a hacer hasta que llegue el momento? Es imposible. Yo creo que sí, pero, ¿cómo puedo saberlo con seguridad? Vamos, que es una estupidez.   
 

 

 

 

sábado, 12 de octubre de 2013

IMRE KERTÉSZ, SIN DESTINO




Las décadas me han enseñado
que el único camino practicable
hacia la liberación pasa por la memoria.




  
 “¿Vienes de Alemania, hijo?”. “Sí”. “¿De un campo de concentración?” “Naturalmente”. “¿De cuál?”. “Buchenwald”. Sí, me dijo; él había oído hablar de Buchenwald y sabía que era una de las estaciones del “infierno nazi”, así lo dijo. “¿De dónde te deportaron?” “De Budapest.” ¿Cuánto tiempo has estado allí?” “Un año entero”. “Debes de haber visto muchos horrores, hijo”, observó, y yo no le dije nada. “Lo importante, – prosiguió – es que ya todo ha terminado”. Con el rostro iluminado, me enseñó las casas entre las cuales estábamos avanzando y me preguntó qué sentía al estar de nuevo en casa, al ver la ciudad que había tenido que abandonar. Le dije: “Odio”.

En un campo tienes pocos amigos. Ninguno. Estás solo. Lo descubrí cuando por mi conocimiento del español y del alemán me convocaron con la ayuda de las porras y algún que otro latigazo, a una especie de entrevista en la que estaban en juego varios puestos administrativos del lagger que te aseguraban estar en el grupo de los posibles salvados y te apartaban del grupo de los seguros hundidos. Trabajar bajo techo y con menor gasto de energía es la diferencia entre la vida y la muerte en un campo de concentración.

Éramos nueve y elegirían sólo a tres.

En el tren había hecho buena amistad con dos chicos; el primero era de Turín, de nombre Primo Leví y que era químico y el segundo era un joven húngaro con pinta de ser muy espabilado y que me dijo que se llamaba Imre Kertész.

Pero en el campo tienes pocos amigos. Ninguno. Estás solo. Son enemigos los nazis; son enemigos esos otros presos, sacados de entre los comunes, a quienes les dan un poco de poder sobre el resto, y aumentan el dolor ajeno para no perder el privilegio propio; son enemigos los compañeros del campo, porque esperan que te encuentres mal o dejes de comer, para hacerse con tu ración y que tu cuerpo, en favor del suyo, que ahora también es tu enemigo, aumenten las probabilidades de supervivencia de los demás; es enemiga tu mente, que si se abandona incitará a los guardias a usar el látigo contra tu cuerpo, a quien tu alma también ha empezado a detestar. Y cuando tu alma es tu enemiga, ya sea en un campo de concentración o en el paraíso, estás perdido. Jeder arbeiten, nist ká mide, nist ká krenk. (Todos trabajan. No hay que cansarse, no hay que enfermarse)

Nos llevaron a una especie de sala amueblada con varias mesas y sillas detrás de los laboratorios. 

Primo hablaba alemán y era químico, yo lo daba por salvado. Tenía pinta de muy inteligente. Aunque la gente inteligente, si no van acompañada de maldad, a la larga, suele terminar en el crematorio. Pero, unos meses más, unos días más, unos segundos más de… vida, siempre son de agradecer, aunque sean vividos en un campo de concentración.

El otro, a quien yo daba por salvado, era un checo, que mantenía siempre la cabeza agachada y nunca miraba a los ojos de nadie, tenía pinta de superviviente y, como ni un hilillo de rebeldía se le transparentaba por el cuerpo, a poco que supiera hacer algún tipo de trabajo burocrático, él también estaba salvado. No me equivoqué con ellos y el jefe de los servicios, un  nazi orondo con pinta de bonachón pero que te mandaba con la misma naturalidad con que pelaba una manzana a la muerte, los eligió.

Quedaba un tercero. Recé para ser yo el favorecido. Recé para que a mi amigo Imre lo mandaran a los trabajos forzados. El invierno estaba por llegar y uno no podía andarse con sensibilidades. Agaché la cabeza. Nunca miré a los ojos de los guardias ni de aquel que, como un dios, salvaba o hundía lo poco que de persona quedaba en nosotros.

Respondí a sus preguntas sin tener en cuenta a mi alma, ni a mis creencias, ni a mi pensamiento. Teniendo en cuenta sólo a mi cuerpo, a mi carne. De todas formas llegué a la conclusión que así es como nos comportamos siempre en la vida, lo que ocurre es que el juego de las apariencias encubre muy bien este tipo de comportamiento para apaciguar el alma. Pero, ahora que lo pienso, no me comporté de distinta manera cuando era libre, feliz y no me faltaba de nada.
Tuve suerte, yo fui el elegido. Y a Imre, y a los otros cinco hundidos, les tocaron los trabajos forzados. Di gracias a Dios.

Para apaciguar mi alma, me pregunté, cuando salí de allí, qué sería de Imre:

Existen situaciones en que parece imposible que se puedan agravar o empeorar. Yo mismo, al cabo de tanto esfuerzo, de tanto afán, de tanto empeño, acabé encontrando la paz, la tranquilidad y el alivio. Ciertas cosas, por ejemplo, que antes me habían parecido sumamente importantes, perdieron por completo su significado para mí. No me molestaban ni el frío ni la humedad, ni el viento ni la lluvia: simplemente no me llegaban, ni siquiera los sentía. Desapareció hasta el hambre, me seguía llevando a la boca todo lo que encontraba, todo lo que fuera comestible, pero sin prestar atención y de manera mecánica. En el trabajo no cuidaba ya ni las apariencias. Si tenían algún inconveniente lo más que podían hacer era pegarme, y con eso tampoco me hacían mayor daño, sólo me hacían ganar tiempo, puesto que con el primer golpe me acostaba en el suelo y ya no sentía los otros porque perdía la conciencia. 

 Afortunadamente Primo Leví e Imre Kertész salieron del campo, y fueron capaces de contar cuanto vivieron o murieron, cuanto sintieron, cuanto dejaron, y… Los demás nos quedamos allí. A la larga ellos también.

Tuve que reconocerlo: nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta si me hubiera valido solamente de la esperanza, la norma, la razón, esto es la lógica de las cosas y de la vida, por lo menos según mi experiencia vital.

 

  
 












Las fotos fueron hechas en un viaje a Alemania. Es bonito comprobar en muchos lugares como, siguiendo a Imre Kertész,  nos damos cuenta de que el único camino practicable hacia la liberación pasa por la memoria.





Yo pienso que hay cuatro autores, ya lo conté en otra entrada, que deberían ser de obligatoria lectura en la escuela, en el Instituto, en la Universidad, cada uno en su momento.

1.- Para la escuela, desde luego, el Diario de Ana Frank. (Me tumbo en uno de los divanes y duermo para acortar el tiempo, el silencio, y también el miedo)

2.- En el Instituto, la trilogía de Primo Leví; aunque con leer la primera obra Si esto es un hombre creo que es suficiente. (Fueron la incomodidades, los golpes, el frío, la sed lo que nos mantuvo a flote sobre una desesperación sin fondo, durante el viaje y después. No el deseo de vivir ni una resignación consciente; porque son pocos los hombres capaces de ello. Y nosotros no éramos más que una muestra de la humanidad más común)

3.- Dejo para la Universidad, el Archipiélago Gulag de Alexander Soljenitsin, por su crudeza y su escritura a modo de informe, que dejó al descubierto el más vasto y perfeccionado sistema de terror que haya podido montar jamás un régimen político. El volumen siempre había estado en casa de mis padres, pero no le había hecho mucho caso. Hasta que un día por casualidad leí la contraportada y no pude menos que sentir una tristeza infinita y dolor para rebelarme contra la cobardía de los que tienen algún grado de poder y lo usan para socavar de modo infame la dignidad de las personas. ¿Cómo puede calificarse lo que cuenta Soljenitsin de la vida y el sufrimiento que padecían, él incluido, los desterrados al Archipiélago Gulag?:

Aquellas mujeres desnudas eran examinadas como si se tratara de una mercancía. La revisión antipiojos y el rasurado de axilas y pubis permite a los peluqueros (miembros prominentes de la aristocracia del campo) echar un vistazo a las nuevas mujeres. Las únicas que no tienen problemas, que encuentran todos los caminos abiertos, son aquellas que por su naturaleza misma no son demasiado exigente en lo que a sexo opuesto se refiere, y están dispuestas a ir con el primero que llegue. Más, para muchas de ellas, dar ese paso es algo más horrible que la muerte. Otras vacilan, se avergüenzan, pierden tiempo sopesando los pro y los contra, y cuando se deciden es demasiado tarde, han dejado de cotizarse en la bolsa del campo, porque en poco tiempo en el campo, sin cuidado alguno, una persona se convierte en una piltrafa humana, y ya no vale nada.
¿Qué más puede decirse del horror y de la cobardía? Un poder ilimitado en manos de gente limitada siempre conduce a la crueldad. ¡A mismo poder, mismos vicios! Sufrimiento y dolor. Para hacer cámaras de gas, nos faltó el gas. Siempre lo mismo, para los mismos, los inocentes.

4.- Y para el final, si queremos una novela sobre los campos de concentración, hay que acudir a Imre Kertész y su obra Sin Destino, algunos de cuyos pasajes he copiado en la entrada: Que trataran de comprender que no se podía quitarme todo eso, no podía ser que yo no fuera ni el ganador ni el perdedor, no podía ser que no tuviera razón en nada, que me hubiera equivocado en todo, no podía ser que nada tuviese razones ni consecuencias, simplemente que trataran de comprender, ya casi les estaba rogando, que no podía tragarme la píldora amarga de que yo hubiese sido sólo, simple y puramente un inocente.


Gracias Anna, Primo Leví, Soljenitsin, Imre.

sábado, 5 de octubre de 2013

ÁLVARO MUTIS, EL ÚLTIMO GAVIERO



Mutis y yo embarcamos en La Milagrosa en el puerto de Riohacha, allá en La Guajira, contratados por un tal Maqroll. A los dos nos enganchó Flor Estevez en la puerta de La Nieve del Almirante. Una tabla de madera, sobre la entrada, tenía el nombre del lugar en letras rojas, ya desteñidas: La Nieve del Almirante. Al tendero se le conocía como el Gaviero y se ignoraba por completo su origen y su pasado. La barba hirsuta y entrecana le cubría buena parte del rostro. Caminaba apoyado en una muleta improvisada con tallos de recio bambú. En la pierna derecha le supuraba continuamente una llaga fétida e irisada, de la que nunca hacía caso.

“¿Y éste va a ser el capitán de una goleta que va a dedicarse al trapicheo y a limpiar de escoria y pequeñas saetías piratas el delta del Ranchería? Vámonos de aquí”, le dije al Mutis al oído cuando Flor Estévez nos lo presentó. “¡Para!, me dijo agarrándome por el brazo; conozco a este tipo, que no te eche para atrás su aire salvaje, concentrado y ausente, ya anduve en tratos con él en un oscuro negocio de ferrocarriles en La cuchilla del Tambo, uno de los lugares más altos e inhóspitos de la cordillera. Cada mañana la podía divisar desde el balcón de mi cuarto, envuelta casi todo el año por un impenetrable manto de niebla. Me la había señalado doña Empera, que me relató sobre el paraje inconcebibles historias llenas de una violencia demente que le dejaban el malestar de un sombrío pronóstico indefinible.

Los tipos que conocía el Mutis eran curiosos; iban desde un príncipe de Orleáns con vocación de náufrago hasta este Maqroll que ahora teníamos enfrente proponiéndonos un difícil ministerio en una goleta sin bandera que alguien bautizó como La Milagrosa, seguramente no por casualidad.

Yo terminé enrolado de piloto y el Mutis de segundo de a bordo; su cierto conocimiento de las costas caribeñas de La Ranchería y algún que otro poco escrúpulo lo llevaron a él al puente; y, a mí, sus recomendaciones, al timón.

No fueron pocas almas las que aliviamos de la pesada servidumbre de vivir durante cuatro embarques, que no había pocas chalupas y saetías que vivían traficando o vagando sin más esperanza que la del error ajeno y la del encuentro equivocado a poder ser entre sombras y malas mareas.  Maqroll, el Gaviero se pensaba un hombre de honor, y sin mucho remordimiento se aliviaba su conciencia pensando que aquellos a quienes combatía no eran sino chusma falsaria y embustera, poco menos que trozos de carne, la mayoría sin bautizar, lejos de ser honrados y de merecer otra arrumbada que no fuese el tajo en el gaznate o la sajadura en la barriga. Bien sabe Dios que el honor sólo es tolerable entre los hombres que cumplen las mínimas leyes del decoro y esa esfera de palabra y de verdad vivía muy alejada de la baja estofa, ancha de embustes y muertes, contra la que peleábamos sin denuedo.

No era mal marino el Gaviero y me lo demostró cuando andábamos detrás de una falúa en la que ondeaba un trapo verde con un remiendo rojo y que el Mutis bautizó como el del Turco, porque simulaba el remiendo una media luna. Ese día hizo otear el horizonte y cuando se le advirtió de la soledad en la que se encontraban ambos navíos viró, separándose de la nave del Turco.

Apenas soplaba el viento, principal testigo que revela la verdadera condición de un marino. La maniobra se antojaba lenta y todos los hombres andaban braceando de proa a popa. La Milagrosa orzó a la banda y saltó bolinas para acercar su proa al viento, el velacho flameó un poco, indeciso y volvió a beber algo de aire. Con la virada puso foque a barlovento y avisó enfilando proa que ya podían preparar sus gaznates los del Turco porque al capitán no le gustaban nada esas baladronadas y estaba deseando echarle el guante a esa canalla que envida sin mirar en manos de quién está el juego. Él sólo cortó los ocho pescuezos.

En el quinto embarque decidió el Gaviero que ya era hora de dejar la persecución de los filibusteros: que no son más que unos muertos de hambre, ¿no lo ves Mutis?, ¿no lo ves Lima? Si sólo estamos persiguiendo al hambre. ¡Vuelvo a la cordillera!, pero esta vez con un fusil. Que es lo que hace falta. 

- ¡Bravo, Gaviero!, cuando te decides a pensar consigues poner cada cosa en su sitio. Lo malo es que al poco tiempo otra vez anda todo patas arriba. Pero eso no importa si se sabe cómo enderezarlo. Con la lluvia nos iremos de aquí. Tú ya te encargarás de encerrarte en alguna mina en medio de la cordillera o en el cañón del primer río que se te atraviese y allí te dedicarás a mirarte al ombligo y dividirte en tres como un bonzo.

- Vete al diablo, - le contestó el Gaviero al Mutis. Cuando se te ocurra instalar una boutique en Terranova iré a rescatarte. Tampoco eres nunca tú para inventar trabajos de orate. Y agarró el primer camión que encontró en la carretera y le pidió que lo subiera a La Nieve del Almirante donde lo esperaba Flor Estevez. El Mutis le dijo adiós con la mano, sabiendo que no iba a tardar mucho en volver a buscar al gaviero.

La semana pasada recibí la noticia de que andaban otra vez juntos, por la cordillera, con un fusil al hombro y rodeados de niebla y de nubes.
Hasta siempre, Mutis. Tenía guardada para este momento la oración de los caminantes en peligro de muerte.

La escribió Maqroll el Gaviero. Si no crees en ella, por lo menos te servirá para distraer el miedo:

“Alta vocación de mis patronos y antecesores, de mis guías y protectores de cada hora, hazte presente en este momento de peligro, extiende tus aceros, mantén con firmeza la ley de tus propósitos, revoca el desorden de las aves y criaturas augurales y limpia el vestíbulo de los inocentes en donde el vómito de los rechazados se cuaja como una señal de infortunio, en donde las ropas de los suplicantes son mácula que desvía nuestra brújula, hace inciertos nuestros cálculos y engañosos nuestros pronósticos.

Invoco tu presencia en esta hora y deploro de todo corazón la cadena de mis prevaricaciones: mi pacto con los leopardos cebados en las pesebreras, mi debilidad y tolerancia con las serpientes que cambian de piel al solo grito de los cazadores extraviados, mi solidaria comunión con cuerpos que han pasado de mano en mano como vara que ayuda a salvar los vados y en cuya piel se cristaliza la saliva de los humildes, mi habilidad para urdir la mentira de poderes y destrezas que apartan a mis hermanos de la recta aplicación de sus intenciones, mi inadvertencia en proclamar tus poderes en las oficinas de la aduana y en las salas de guardia, en los pabellones del dolor y en las barcas en donde florece la fiesta, en las torres que vigilan la frontera y en los pasillos de los poderosos.

Borra de un solo trazo tanta desdicha y tanta infamia, presérvame con la certeza de mi obediencia a tus amargas leyes, a tu injuriosa altanería, a tus distantes ocupaciones, a tus argumentos desolados. Me entrego por entero al dominio de tu inobjetable misericordia y con toda humildad me prosterno para recordarte que soy un caminante en peligro de muerte, que mi sombra nada vale, que el que perece lejos de los suyos es como basura triturada en los rincones del mercado, que soy tu siervo y nada puedo y que en estas palabras se encierra el metal sin liga ni impurezas de aquel que ha pagado el tributo que se te debe ahora y siempre por la pálida eternidad. Amén”.


Mis dudas sobre la eficacia de tan bárbara letanía eran más que fundadas.