sábado, 19 de octubre de 2013

SALINGER, EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, como fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero, porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada.
 
 
 
  Me encontré con Holden Caulfield en una estación de tren. Era invierno, nevaba y las Navidades estaban muy cerca. Acababan de expulsarlo de un colegio llamado Pencey, de esos de pago en el que tienen equipo de esgrima, de rugby, de waterpolo, y en cuyos anuncios aparecen niños de blancas sonrisas y jersey granate. Uno de esos colegios que andan pavoneándose del éxito de sus ex-alumnos sin contar que la verdadera razón de ese éxito son los padres, que bien situados, apuran la injusticia establecida para dejar colocados lo mejor posible a los hijos. Y lo peor es que lo consiguen. No me extrañó nada que ese tal Holden Caulfield no encajara en ese colegio. Uno de los motivos principales por los que me fui de Elkton Hills, me  dijo, fue porque aquel colegio estaba lleno de hipócritas. Eso es todo. Los había a patadas. El director, el señor Hass, era el tío más falso que he conocido en toda mi vida, diez veces peor que Thurmer. Los domingos, por ejemplo, se dedicaba a saludar a todos los padres que venían a visitar a los chicos. Se derretía con todos menos con los que tenían una pinta rara.

Para andar dos pasos más allá de la adolescencia, Holden era un cínico y, además, todo aquello que criticaba lo llevaba colgado de su abrigo. Se veía  a la legua que él pertenecía a la élite social, ésa a la que despreciaba pero de la que nunca saldría. Ya había conocido antes a tipos como él, con una juventud y una adolescencia rebelde de luchadores de pacotilla que a los cincuenta años andan dirigiendo bancos y empresas y obligando a sus hijos, después de que ellos vieran la luz, a pensar seriamente en el futuro; el mismo contra el que ellos decían rebelarse en la adolescencia:
 
- ¿No te preocupa en absoluto el futuro, muchacho?
- Claro que me preocupa. Naturalmente que me preocupa –medité unos momentos-. Pero no mucho supongo. Creo que mucho, no.
- Te preocupará -dijo Spencer-. Ya lo verás, muchacho. Te preocupará cuando sea demasiado tarde.
No me gustó oírle decir eso. Sonaba como si ya me hubiera muerto. De lo más deprimente.
 
No, no creía nada de lo que ese tal Holden me decía. Tenía pinta de mentiroso compulsivo. No creí ni su nombre, ni su edad, con ese mechón blanco en la parte izquierda de su cabeza.
 
Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco a comprar una revista y alguien me pregunta que adónde voy, soy capaz de decirle que voy a la ópera. Es una cosa seria.
En Pencey vivía en el ala Ossenburger de la residencia nueva. Era para los chicos de los dos últimos cursos. Yo era del penúltimo y mi compañero de cuarto del último. Se llamaba así por un tal Ossenburger que había sido alumno de Pencey  . Cuando salió del colegio ganó un montón de dinero con el negocio de pompas fúnebres. Abrió por todo el país miles de funerarias donde le entierran a uno a cualquier pariente por cinco dólares. ¡Bueno es el tal Ossenburger! Probablemente los mete en un saco y los tira al río. Pero donó a Pencey un montón de pasta y le pusieron su nombre a ese ala de la residencia.
 
Ese tal Holden volvía a casa a pasar las Navidades, y sus padres aún no sabían nada de su expulsión del colegio. Se decía tímido, pero durante el viaje no dejó descansar su lengua y contaba con pelos y señales cuanto se le pasaba por la imaginación. Hablaba de su hermano D. B. como un hombre de talento, pero que había abandonado la búsqueda de la literatura de verdad para prostituirse, escribiendo guiones de mierda (son palabras suyas), en Hollywood. Me dijo que en Hollywood todo el mundo se prostituye. Yo le contesté que uno nunca acierta cuando generaliza; y el me dijo: "en el caso de Hollywood, sí". Y dio por zanjada la cuestión de su hermano, el escritor.

 En la estación de Trenton subió una señora que se sentó a nuestro lado y que le vio en la maleta la etiqueta del colegio Pencey y empezó a hablar con él.
 
- ¿Eres alumno de Pencey? 
-Sí, -le dije-. Y era verdad. en una de las maletas llevaba una de las etiquetas del colegio. una gilipollez, lo reconozco.
- ¡Qué casualidad! Entonces tienes que conocer a mi hijo. Se llama Ernest Morrow.
- Sí, claro que lo conozco. Está en mi clase.
Su hijo era sin duda el hijoputa mayor que había pasado por el colegio. cuando volvía de los lavabos a su habitación iba siempre pegando a todos en el trasero con una toalla mojada. Eso da la medida de lo hijoputa que era.
- ¡Cuánto me alegro! Le diré a Ernest que te conozco. ¿cómo te llamas?
- Radolph Shmidt, le dije, no tenía ninguna gana de contarle la historia de mi vida. Radolph Schmidt era el nombre del portero de la residencia.
 
No pueden ni imaginarse la conversación. Le contó que había tenido que abandonar Pencey porque estaba enfermo y lo iban a operar de un tumor cerebral y que no podía ir a visitarlos, a Morrow y a ella, a Gloucester durante el verano porque se iba con su abuela a un viaje a Sudamérica. Ni por todo el oro del mundo hubiera ido a visitar a ese hijoputa de Morrow. Por muy desesperado que estuviera. Típico de Holden. Para terminar contando mentiras sobre Ernest Morrow para que su madre, que como todas las madres les encanta que les hablen de las excelencias de su hijo, anduviera presta a tratarle de la timidez excesiva que invadía a su vástago. Puras trolas. 
 
Cuando estábamos a punto de llegar a nuestro destino, me dijo: "Mira al tipo que tenemos detrás".
Lo miré de reojo intentando disimular mi actitud. Era un tipo larguirucho, canoso, aparentaba más de setenta años  y viajaba solo. Andaba leyendo una pequeña novela titulada The Catcher in the Ryer.
- ¿Sabes en qué está pensando?-, continuó Holden,
- No -, le dije.
- En matarme -, dijo él con seriedad.
- ¿Sabes quién es? -.
- Sí -, me contestó, - se llama Jerome David Salinger y anda liado con mil pleitos acerca de secuelas y segundas partes de El Guardián entre el Centeno. Ahora anda sopesando escribir la continuación de esa novelita llena de rebeldía y matarme-.
- Es una solución - , le dije yo, -Cervantes, escribió la segunda parte del Quijote, para matar al ingenioso hidalgo, porque en la primera lo dejó vivo y un tal Avellaneda se le adelantó escribiendo sobre Alonso Quijano, y eso lo sacó de quicio. Todo eso le debemos a los plagiadores y continuadores de sagas-.
- Pura prostitución -, dijo Holden, - pura prostitución que le va a obligar a escribir una segunda parte de El Guardián entre el Centeno para matarme. Te lo digo, está pensando seriamente en matarme-.
 
Lo tomé como una trola más, pero me dejó dudando el aspecto huraño de ese tal Jerome David Salinger y el libro que andaba leyendo: The Catcher in the Ryer.
 
Eso es todo lo que voy a contarles. Podría decirles lo que pasó cuando volví a casa y cuando me puse enfermo y a qué colegio voy a ir el próximo otoño cuando salga de aquí pero no tengo ganas. De verdad, en este momento no me importa nada de eso.
Mucha gente, especialmente el siquiatra que tienen aquí, me preguntan si voy a aplicarme cuando vuelva a estudiar en septiembre. es una pregunta estúpida. ¿Cómo sabe uno lo que va a hacer hasta que llegue el momento? Es imposible. Yo creo que sí, pero, ¿cómo puedo saberlo con seguridad? Vamos, que es una estupidez.   
 

 

 

 

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