domingo, 15 de septiembre de 2013

DOROTHY PARKER, UNA RUBIA IMPONENTE


Hazle Morse era una mujer alta, de cabello claro, del tipo que incita a algunos hombres, cuando usan la palabra “rubia”, a chascar la lengua y menear la cabeza pícaramente. Se enorgullecía de sus pies pequeños, y su vanidad la hacía sufrir.

Conocí a Dorothy Parker en un cine y luego, como me dejó boquiabierto, la busqué hasta hallarla en una biblioteca a la luz de las lámparas estudiosas.

Ni que decir tiene que ni se dignó a echarme un vistazo. Mi timidez, mi manera de ser,  y alguna que otra falla en mis encantos, que al final son muchas, me hicieron pensar, desde un principio, que una mujer como ésa, aparte de estar sentenciada a la desdicha, pues el ansia de vivir, inmerecidamente, nunca suele dejarse acompañar por la felicidad a largo plazo, necesitaba consumir su existencia con total plenitud.
Así lo hizo. Y yo no podía hacer nada.

Lo dejó muy claro cuando escribió: mi vida es como una galería de arte con pasillos estrechos por los que los espectadores pueden caminar.

Me decidí, por tanto, a ser espectador de su vida y, sobre todo, de sus poemas y de sus cuentos.    

La primera vez que vi a Dorothy Parker, ya lo he contado antes, fue en un cine; y la primera noticia que tuve de ella fue a través de una gran pantalla: 

¡Ha llegado la policía! ¡Que todo el mundo mantenga la calma! Nueva York, en los fabulosos años veinte, el lugar más apasionante para vivir.
Y la mujer más deseable con la que estar era la atractiva, la irrefrenable Dorothy Parker.

¿Quién escucha esto y se queda de brazos cruzados?  ¡Nadie! Por eso, yo, como un admirador anónimo, anduve buscándola por alguna que otra librería y biblioteca, sabiendo a ciencia cierta que ella era mujer de bares, de noches largas, de suspiros, y de revistas como Vogue y Vanity Fair, en las que publicó la mayoría de sus poemas y cuentos.

In youth, it was a way I had,
To do my best to please.
And change, with every passing lad
 to suit his theories.

But now I know the things Iknow
And do the things I do,
And if you do not like me so,
To hell my love with you.

(En mi juventud, era el único camino que tenía,
Hacía todo lo posible
Por agradar a mis amores
Y cambiaba con cada uno de ellos
Para ajustarme a sus gustos.

Pero ahora que yo sé las cosas que sé,
Y que hago las cosas que hago,
Si no te gusta como soy,
Vete al infierno mi amor)
(Que seguro que estarás mejor)
Este último verso es mío. No he podido evitarlo. Permítanme esa indiscreción.

Sabía que su matrimonio con el señor Parker no iba a durar mucho, desde luego mucho menos que el tiempo que iba a llevar su apellido; costumbre, déjenme puntualizar, que pienso que debe acabarse, pues no creo que alguien tenga que abandonar su nombre por el simple hecho de casarse.

La señora Parker, de soltera Rothschild, se casó con el señor Parker, exclusivamente para cambiarse su apellido, y lo consiguió. Yo le pregunté por su matrimonio. Me contestó en un relato:

Durante algún tiempo le había gustado estar a solas con ella. El aislamiento voluntario le parecía una dulce novedad, pero con una rapidez inesperada empezó a aburrirle. Fue como si una noche el hecho de estar juntos en la sala de estar caldeada con vapor fuese cuanto él podía desear, pero en la noche siguiente estuviera harto de todo aquello.
Ella estaba totalmente perpleja por lo que le sucedía a su matrimonio. Primero fueron amantes, y entonces – como si al parecer no hubiera transición – eran enemigos. Ella no podía comprenderlo.

La última vez que vi a Dorothy Parker fue en una exposición que celebraba el centenario de Vanity Fair. No era una mujer dada a los recuerdos, y no me reconoció.

Le pregunté por la mesa redonda del Hotel Algonquin, y me dijo que seguían celebrándolas; y que, además, nunca faltaba el whisky; pero que no me hiciera ilusiones por entrar en ella porque solo se franqueaba la entrada a aquellos que demostraban un ingenio fuera de lo común o una especial habilidad para el sarcasmo fulminante, y desde luego, esas no eran mis virtudes.

Decidió no hablar de sus malos momentos, que fueron muchos. Decidió no hablar de sus tentaciones al suicido, que fueron algunas, ni de sus abismos. No necesito que me cuentes nada, le dije, porque sé que el ansia de vivir, inmerecidamente, nunca suele dejarse a largo plazo acompañar por la felicidad. Esbozó una sonrisa y soltó un sarcasmo: Sí. Hay cuatro cosas sin las cuales habría vivido mejor: algunos amores, las habladurías, las  pecas y las dudas.

He visto con alegría que una editorial Nórdica ha decidido rescatarla para que siga siendo joven. Ella me dijo: Prométeme que nunca envejeceré. Y yo se lo prometí sabiendo que, siempre, siempre, la meta es el olvido.

Volví a ver su fotografía en una de las paredes de la exposición de Vanity Fair
y una sensación de calma de Shabat me inunda
y la paz habita en lo profundo de mi pensativo corazón.
Y doy gracias a cualesquier dioses que nos puedan observar
por vivir aquí mismo en medio de la ciudad.








jueves, 5 de septiembre de 2013

BARTLEBY Y COMPAÑÍA


Los viajes siguen siendo tan bellos como antes
Y un navío seguirá siendo hermoso sólo por ser navío.
Viajar sigue siendo viajar y la distancia está donde siempre estuvo.
¡En parte alguna, a Dios gracias!

Fernando Pessoa


Conocí a Bartleby de la mano de un modesto inspector de aduanas en el puerto de Nueva York.

Ni que decir tiene que la palabra conocer es una exageración tratándose de Bartleby; pero como quien me hablaba de él ya me había llevado por los mares de Sur en un ballenero, me relató su vida con las tribus caníbales de la isla de Nuku Iva y sirvió conmigo en la fragata United States, creí a pie juntillas cuanto me contaba del discreto copista displicente que decidió desertar de la vida por una nueva vía: la vía del No suave, de la negación acogedora: Preferiría no hacerlo.

Nos cogió desprevenidos a todos: Un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa figura: pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada. Era Bartleby. Su aplicación, su falta de vicios, su laboriosidad incesante (salvo cuando se perdía en un sueño detrás del biombo), su gran calma, su ecuánime conducta en todo momento, hacían de él una valiosa adquisición.

Yo había conocido a un tipo parecido de la mano de una amiga, que me envió un libro a Mostar, donde con más o menos fortuna, yo andaba.

– Te mando este libro -, me escribió, -puede que te guste.

Lo abrí. Leí el título: El Ayudante de Robert Walser, Editorial Siruela. Pastas duras. Color granate y morado. Creo que me gustará, me dije.

Walser; ese hombre –en palabras de mi admirado Vila-Matas- que “en Zurich, de vez en cuando, se iba a la Cámara de escritura para desocupados, (el nombre no puede ser más walseriano pero es auténtico), y allí, sentado en un viejo taburete, al atardecer y a la pálida luz de un quinqué de petróleo, se servía de su agraciada caligrafía para trabajar de Bartleby”. Un tipo que quiso salirse del mundo y lo consiguió.

Esta clase de personas siempre da sensación de orfandad, de miseria, de soledad. En eso se amparan para conseguir su pírrica victoria. Pero no se fíen de ellos.

 Cuando Bartleby me abrió la puerta del despacho en que pasaba sus días, sus tardes y sus noches trabajando de escribiente para un abogado que había sido nombrado para el cargo de agregado a la Suprema Corte, pareció no reconocerme; simplemente abrió la puerta, me dio la espalda y volvió a entrar:

- ¡Bartleby! –le grité.

- Lo conozco –dijo sin darse vuelta -, y no tengo nada que decirle.

- Yo no soy el que lo trajo aquí, Bartleby – dije profundamente dolido por su sospecha-. Para usted, este lugar no debe de ser tan vil. Nada reprochable lo ha traído aquí. Vea, no es un lugar tan triste, como podría suponerse. Mire ahí está el cielo y aquí el césped.

- Sé dónde estoy -  replicó, pero no quiso decir nada más, y entonces lo dejé.

Salí de allí con un sentimiento de culpa, me comía levemente una sensación de melancolía y de tristeza. Preferiría no hacerlo. Arrastrado hacia el abatimiento por este hombre que había decidido salirse por sí solo, ninguna culpa podía tener yo, de la sociedad y nadie ignora que sin sociedad no hay vida. ¿O sí?
No se le conocía familia. Nunca dijo de dónde venía. Nunca salía de la oficina. ¡Su pobreza es grande, pero su soledad, qué terrible!

Ah, la felicidad busca la luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre; pero el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe.

Lo ven. Lo ven. Estoy empezando a sentirme demasiado culpable. Es más fácil el enfrentamiento, llegar a los gritos y a las manos, incluso. Pero, cuando te contestan con un suave preferiría no hacerlo, ¿qué hacer?

Es cierto que la violencia define, y para el ser humano es la salida más simple en cuestión de resultados; pero cuando te contestan dócilmente con un preferiría no hacerlo…

Decidí irme y dejarlo sólo. El modesto inspector de aduanas que me lo presentó tenía razón: Se equivocan quienes afirman que esto se debe al natural egoísmo del corazón humano. Hice como si no sintiera lástima. Le eché una última mirada. Agarré el libro de mi admirado Vila – Matas, Bartleby y Compañía, y decidí ir al puerto, ya que hacía buen día, a leer historias sobre los escritores del No que como Bartleby, preferirían no hacerlo, y decidieron soltar el lápiz y el papel y dejar que las palabras que les venían a la mente, como mucho, sólo fueran soñadas.  

Tiempo después supe que Bartleby había muerto por inanición porque decidió dejar de comer, ya que prefería no hacerlo; también supe que Robert Walser murió de frío sobre la nieve un invierno huyendo de la reclusión en la que vivía; a Vila-Matas lo vi por última vez durante una conferencia en la que hablaba sobre su biblioteca…




jueves, 29 de agosto de 2013

POR LAS SENDAS DE LA MEMORIA

Hace mucho que apenas veo televisión. Hace mucho que conspiro de forma secreta cuando escucho la radio. Hace mucho que las noticias del día de un periódico las leo haciéndolas contemporáneas de la Antigüedad Clásica. Les juro que no es culpa mía, que yo soy hijo de mi tiempo.
Sin miedo, voy a nombrar al principal culpable de tamaña felonía.

Primeramente, para justificarme, diré que como consecuencia de un viaje a Méjico decidí leer el mes antes de volar solamente literatura mejicana, a ver si por un proceso osmótico y mágico se me pegaba algo de los grandes autores que vivían en ese país prodigioso que es este idioma, común para medio mundo, en el que ahora escribo.

El primer libro que leí me llegó sin yo pedirlo: En ésas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los dieciséis escalones de mi buhardilla con un paquete de libros; separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ''Lea esa vaina, carajo, para que aprenda''; era Pedro Páramo. Desde entonces suelo leerlo cada mes. Sé que a mi adorado García Márquez le ocurrió algo parecido. Una de esas coincidencias que sólo la Literatura, que vive muchas veces alejada de las simples leyes físicas, puede provocar. A continuación leí la colección de cuentos de El Llano en Llamas, y cuando me los sabía de memoria, decidí darme un descanso. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a Juan Rulfo.

Luego, agarré  a Carlos Fuentes y con el Gringo Viejo atravesé alguna que otra frontera mejicana, no siempre con valor; porque normalmente siempre somos valientes para la violencia pero pocas veces para el amor:

- ¿Y la frontera de aquí dentro?-, había dicho la gringa tocándose la cabeza.
- ¿Y la frontera de acá adentro?-, había dicho el general Arroyo tocándose el corazón.
- Sólo nos atrevemos a cruzar de noche-, había dicho el gringo viejo, -la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos.

Creo que el gringo viejo o Carlos Fuentes, que muchas veces la autoría de las frases célebres se diluye en el tiempo y en el habla popular, tenía razón: una pena y una cobardía.
También leí, de Carlos Fuentes, Aura y una colección de cuentos encuadernados en pasta dura y que me llevó por caminos nunca hollados de Méjico:

¡Le he dado una orden, gringo!¡Mátelo!¿No quiere hacerlo? Usted sólo quiere que lo matemos nosotros. ¡Frutos tenías razón! Los gringos sólo son buenos dando ideas; pero quieren que otros maten por ellos. Zacarías vete a pelotón que también vamos a fusilar a este gringo.

No me olvidé de leer a Mariano Azuela, retrartista de la Revolución, a quien yo le debo haber formado parte de las filas de Zapata y haberlos acompañado cuando Villa, sin ambicionarlo, se sentó en la Presidencial:

El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas; los pajarillos piaban escondidos en los pitahayas, y las chicharras monorrítmicas llenaban de misterio la soledad de la montaña.
-Si Dios nos da licencia- dijo Demetrio- mañana o esta misma noche les hemos de mirar la cara otra vez a los federales. ¿Qué dicen, muchachos, los dejamos conocer estas veredas?
Esa noche no pude dormir apenas. Caí por cansancio.

Luego de la mano de Juan José Arreola intenté coger un tren que me llevara a T. Y eso que hablé con El Guardagujas explicándole mi urgencia por coger ese tren.

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país?

-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor...

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

¡Santo Dios!, me dije; y ya que me lo fiaban largo agarré a José Emilio Pacheco que se había alistado en otras revoluciones de carácter poético, sabiendo que:

Sólo el árbol tocado por el rayo
guarda el poder del fuego en su madera.

Tanto, para al final darnos cuenta, José Emilio, que con el paso del tiempo:

Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años.

Y por último, me acerqué a Méjico de la mano de Octavio Paz. El gran culpable de que haga mucho tiempo que yo apenas vea la televisión. Que haga mucho tiempo que conspire de forma secreta cuando escucho la radio. Y que haga mucho que las noticias del día de un periódico las lea haciéndolas contemporáneas de la Antigüedad Clásica. Les juro que no fue culpa mía; que yo soy hijo de mi tiempo. Sin miedo, Octavio Paz, les he nombrado el principal culpable de tamaña felonía.

Alguien me recomendó que antes de volar a Méjico leyera El Laberinto de la Soledad y, por proximidad, ya que en las estanterías de casa andaba un libro suyo de ensayos y prólogos, también leí Por las sendas de la memoria. Recomiendo la lectura (aparte de los ya citados) de este último porque el maestro navega como nadie por las sendas de su memoria, sabiendo que el gusto y el juicio – las dos armas de la crítica – cambian con los años y aun con las horas: aborrecemos en la noche lo que amamos por la mañana; o lo contrario, aborrecemos por la mañana lo que amamos por la noche. Nadie ignora que las noches son más dadas a las equivocaciones y a los arrepentimientos.

En ese libro no se despacha, con razón o sin ella, con benevolencia hacia nuestros tiempos el maestro: La gran rebelión del Arte y la Poesía comenzó con el Romanticismo; siglo y medio después los artistas han sido asimilados e integrados en el proceso circular del mercado. Son un tornillo más del engranaje financiero. ¿Hemos vuelto, maestro, a las ataduras del mecenazgo? ¿Será cierto que con la protección del poder y las cadenas del mercado la poesía es raudamente ahogada? ¿Será verdad que…? ¿Necesitamos otra revolución?


Me parece entrever una respuesta entre Las Sendas de la Memoria: La revolución era hija de la crítica y la ausencia de crítica había matado la revolución. ¿No hay salida, maestro? ¿Estamos en manos del mercado y del engranaje financiero?

Me contesta el maestro Octavio Paz con otra pregunta y ciertas referencias:

- A ver, Norberto, ¿Para qué sirven hoy nuestros poderosos medios de publicidad si no es para propagar y predicar un chato conformismo? Para Goethe la lectura de los periódicos era un rito, medio siglo después para Baudelaire, era una abominación, una mancha que había que lavar con una ablación espiritual.
Nosotros estamos encerrados en esa cárcel de espejos y de ecos que son la prensa, la radio y la televisión que repiten, desde el amanecer hasta la media noche, las mismas imágenes y las mismas fórmulas. La civilización de la libertad nos ha convertido en una manada de borregos. Uno de los rasgos, en verdad, desoladores de nuestra sociedad es la uniformidad de las conciencias, los gustos y las ideas, unida al culto a un individualismo egoísta y desenfrenado.

- Entonces me quedo con la poesía; pero no con cualquier poesía, ¿verdad, maestro?

- Haz caso a Pessoa-, me replica el maestro y cita: Sentirlo todo de todas las maneras. Abolir el dogma de la personalidad: cada uno de nosotros debe ser muchos. El arte es la aspiración del individuo a ser el universo. Y continúa recitando: No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es ambición mía. Es mi manera de estar solo.

Únicamente esa poesía es libre. Me quedo con ella. La del mecenazgo, la del engranaje financiero, la compañera del poder, la del mercado ya tiene sus estanterías llenas de versos y de grandes, muy grandes, obras de Arte que no me canso de leer (La Ilíada, La Odisea, Poema del Mío Cid, Canción de Roldán, la Divina Comedia…., hasta el día de hoy no son pocos manuscritos. Muchos casos en los que el Artista se superpone a la sociedad y a la vida que le tocó vivir)

Ya ven, les juro que no fue culpa mía; que yo soy hijo de mi tiempo. Sin miedo, les he nombrado los principales culpables de tamaña felonía.


















jueves, 22 de agosto de 2013

RYSZARD KAPUŚCIŃSKI, VIAJES CON HERÓDOTO

Al principio no se vislumbra
el desenlace definitivo.
Heródoto


Se acercan, y él, bañado en sudor, siente que sus piernas se vuelven cada vez más pesadas, de plomo. Todo el asunto se limita a que ellos  saben lo mismo que él: que su sentencia no admite recurso alguno. No existe ninguna instancia oficial, ningún tribunal superior. Si propinan a alguien una paliza apaleado queda. Si lo matan, lo matan y punto. Estos son los únicos momentos en que se siente la soledad verdadera: cuando uno se enfrenta a la violencia impune. Entonces el mundo se queda desierto, despoblado, se sume en el silencio y desaparece.

De pronto lo vi y lo llamé, desviando la atención de aquellos autoproclamados gendarmes tras la revolución y la independencia y le dije: ¡Ryszard! ¡Puedo llevarte a Kampala! ¡Tengo un amigo allí!
No lo dudó. ¡Una oportunidad! Es así como se viaja ahora por el país. En una carretera que durante días permanece vacía, de pronto aparece un vehículo.

Yo conocía a Ryszard porque ambos nos alojábamos en la casa del doctor Ranke, y a mí me gustaba oírle hablar de Heródoto.

Le conté que yo ya había viajado por Líbano con Heródoto y con Gilgamesh, con el primero buscando la verdad y con el segundo, la inmortalidad; como ellos, he terminado pensando, después de algún que otro peregrinar, que ambas son inalcanzables.

A Kapuściński, todo el mundo lo conocía por el Richard, no me negaran que pronunciar Ryszard fuera de Polonia es harto improbable y, además, la fonética siempre juega en casa y se adapta a las leyes del anfitrión con notable soltura.
 
No fue fácil llegar a Kampala, había refugiados por todas partes. Eso: los refugiados. De repente todo el mundo se ha convertido en refugiado. Las rutas que recorren resultan muy difíciles de rastrear. Por lo general se trata de alejarse del campo de batalla pero no tanto como para luego perderse y no poder regresar. También es importante que en el camino se pueda encontrar algo para comer. Toda esa gente es pobre, tiene cuatro cosas apenas: las mujeres un vestido de percal; los hombres, pantalón y camisa, y además una tela para taparse durante la noche, una olla, una taza y plato de plástico. Y una palangana donde hacer caber todas las pertenencias.
Con todo, lo más importante en la elección de la ruta son las relaciones entre las distintas tribus: si el camino lleva por un territorio amigo o si, Dios nos libre, conduce derecho a tierra enemiga.
 

Decidimos tomar una carretera sin asfaltar fiándonos de un mapa (Afrique. Carte Générale, editado en Berna por Kummerly & Frey, sin fecha) que Ryszard se agenció en París y que parecía poder llevarnos hasta Kampala, en Uganda. Me comentó que tenía que mandar ya alguna noticia de peso a Polonia, que ya estaban impacientes, pero que últimamente la suerte le era un poco esquiva.
Me habla de la maestría de Heródoto en el arte de escribir reportajes: ¿Qué le interesa?, ¿cómo se dirige a la gente?, ¿cómo escucha lo que le dicen?
Yo me apuesto dos cafés, le digo, a que en ninguna facultad de Ciencias de la Información se estudia a Heródoto. Asiente con la cabeza y rechaza la apuesta. Pero, él sí lo hace, él sí lo estudia concienzudamente. Intenta averiguar, sabiendo que casi todo está ya escrito, qué es aquello que da valor al texto periodístico. Dependemos de la gente, y por eso el reportaje tal vez sea el género de escritura más colectivo.

Él y yo sabemos que ésta también será una guerra de venganzas, como todas. Es la venganza el primer instinto y su llama no muere nunca. Por eso, en la guerra no debemos olvidar nunca una de las leyes herodotianas: no humilles a la gente porque esta vivirá con el ansia de vengar su humillación. Pero hay que tener un espíritu muy noble y un alma de titán para evitar las provocaciones de la venganza, que crecen sin mesura durante las guerras. Es por eso que me gustan tanto las palabras de Martí, el hombre sincero, cuando se refiere a la guerra que se está librando en Cuba: La guerra debe ser sinceramente generosa, libre de todo acto de violencia innecesaria contra personas y propiedades y de toda demostración de odio.... Todos los actos deben ir inspirados en el pensamiento de dar la confianza de que todos podrán vivir en Cuba después de la paz.
No nos engañemos. No es lo común. La violación, el asesinato, el odio, la venganza que como una rueda termina por aplastar a todos, eso es lo común. Lo he visto.   

De noche nos apartábamos un poco de los caminos y dormíamos. No es la noche consejera de gente desarmada y poco ducha en los avatares de la selva.
Durante el día, viajábamos.
Un coche entre tanto refugiado llama demasiado la atención; y dos europeos, llaman, en esta tierra sin mesura, a la atención, al desasosiego y a los desvelos.

Decidimos entrar de día en Kampala y le di al Ryszard una dirección y un nombre: “Pregunta por Remington. Dile que vas de parte mía. Él te ayudará y te dará alguna información para que puedas hacer un reportaje y mandarlo a Polonia.
No es bueno que tú te vayas de aquí. Alguien tiene que contar lo que está pasando y nadie mejor que tú”.

- ¿Tú no te quedas?-, me preguntó.
 - No-, le contesté, - tengo que ir a Persia, a intentar salvar al hijo de Pitio-
- Date prisa-, me dijo.
Aunque de sobra él sabía que yo ya llegaba tarde.
No llegué a entrar en Kampala y eché de menos no charlar un rato con mi amigo Remington.

Radiante, el rey decide continuar la marcha cuando comparece ante él un amigo lidio, Pitio, y le suplica una gracia: Señor, cinco hijos tengo, y los cinco os acompañan en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buena hora los otros cuatro, llevadlos en vuestro ejército, y ojalá, cumplidos vuestros deseos, retornéis glorioso.

Al oír estas palabras, Jerjes vuelve a montar en cólera: “¿Cómo tú hombre ruin –grita al anciano- te has atrevido a hacer mención de ese tu hijo que, siendo mi esclavo, debería acompañarme con toda su familia y aun su misma esposa?”
Acabada de dar esta respuesta, dio orden a los ejecutores ordinarios de los suplicios que fuesen al punto a buscar al hijo primogénito de Pitio y hallado lo partiesen en dos de un tajo, y luego pusiesen una mitad del cuerpo en el camino a mano derecha y la otra a mano izquierda, y que entre ellas pasase el ejército.
Y en efecto, así se hizo.

Ni que decir tiene que no llegué a tiempo para salvarle la vida al hijo primogénito de Pitio; además el rey Jerjes no habría atendido la petición de un simple mortal. Así es como se la juegan las guerras.
  



Las fotos son de mi amigo Remington, para aquellos incrédulos que negaban su existencia.
La primera es de una calle de Kampala, allí el tráfico suele traer añadido algún que otro atasco. La segunda, de un paisaje rural de Uganda en un vuelo Kampala- Mbarara. La tercera, de un abigarrado mercadillo de frutas. Y la cuarta, del jardín botánico de Entebbe con altísimos árboles ecuatoriales.

Remi nos vemos en Madrid.










miércoles, 7 de agosto de 2013

AUDEN, EL CIUDADANO DESCONOCIDO



Ya no hacen falta estrellas: quitadlas todas,
guardad la luna y desmontad el sol,
tirad el mar por el desagüe y talad los bosques,
porque ahora ya nada puede tener utilidad.

Funeral Blues
W. H. Auden

He pasado unos días en la Otra Banda de la Argónida. Suelo ir cada verano. Allí siempre coincido con unos vendedores ambulantes que llevan en sus alforjas toda clase de libros y que montan sus tenderetes en La Calzada. Hasta ahora ni ellos ni yo hemos fallado.
Dos cosas me han sorprendido siempre: la primera, que dejen todos sus libros por la noche en los puestos únicamente protegidos por una simple lona; y la segunda, que libros nuevos de cuidadas ediciones y que en su momento valían su peso en oro, ahora anden deambulando por lugares perdidos a precio de saldo.

Para responder a la primera inquisición debo decir que, a propósito, he pasado por allí a altas horas de la madrugada buscando a ese can Cervero  que aparte de las puertas del infierno protege los libros en La Calzada. No lo he hallado, por ahora. Prometo que seguiré indagando.

Respecto a la segunda inquisición, debo reconocer que las leyes del mercado se me escapan, y eso que terminé haciéndome intendente para emular a Pessoa y a Bernardo Soares allí en la calle de los Doradores como ayudante de contabilidad de la casa Vasques y Cía. Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la Literatura una mariposa que parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.

Pues no, como les venía diciendo, no entiendo las leyes del mercado, pero tengo que contarles que en La Otra Banda de la Argónida pueden encontrarse libros de muy cuidadas ediciones por unos precios que me hacen pensar que el libro en papel no tiene más futuro que ése: La Casa de los Buddenbrooks de Thomas Mann por 3€, el Teatro Completo de Moliere por 3€, Máscaras y Paradojas de Pessoa por 3€, la Narrativa Completa de Herman Melville por 3€, la Poesía Escogida de Dorothy Parker, Máximas y Pensamientos de Marcel Proust, Voltaire, Schopenhauer, Joseph Joubert, De la Rochefoucauld....


He llenado mis alforjas con algunos libros. Ya saben que el invierno se presume largo y frío.

Justo cuando ya había dado por terminada mi visita a los puestos de libros, se me acercó un hombre con pinta de guiri, de pelo rubio, raya al lado izquierdo con una onda cubriéndole la frente; con esa piel clara que te augura en este lado de la Argónida varios días de derrota frente al sol y con una media sonrisa de personaje popular, de la que no se sabe si atrae  o repele. Vestía chaqueta gris, camisa marrón y corbata negra en un estilo no muy apropiado para esta Banda de la Argónida. Me sorprendió que no estuviera sudando como un pollo:

Enfundado en su talento a modo de uniforme,
el rango de cada poeta es bien conocido;
nos pueden asombrar como una tormenta,
o morir tan jóvenes, o vivir solos durante años.

Pueden avanzar como húsares, pero él
debe luchar contra su ímpetu juvenil y aprender
cómo ser sencillo y difícil, cómo ser
alguien tras el cual nadie piensa que merezca la pena volverse a mirar.

 Miré a un lado y a otro; y vi que nadie se extrañaba de su presencia. Tuve que defenderme de las acusaciones que me lanzaban acerca de que estaba hablando solo. En ese momento cogí el libro que me ofrecía el desconocido y leí el título y el nombre del autor: El Prolífico y el Devorador de W. H. Auden en una edición de pastas duras de Edhasa del año 1996.

Sé quién es usted, le dije. He leído algunos de  sus versos; pero este libro es la primera vez que cae en mis manos:

Aprendí allí ciertas actitudes, prejuicios si se quiere, que jamás abandonaría: que el saber es algo que se busca por su propio valor; un interés por la medicina y la enfermedad, y por la teología; la convicción (aunque no recuerdo haber creído jamás en nada sobrenatural) de que la vida está regida por fuerzas misteriosas; un rechazo hacia los extraños y hacia las pandillas; y un desprecio por los hombres de negocios y por todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario.

Sí que empieza fuerte, señor Auden, le dije.
Dejémonos de chorradas y mostremos nuestras cartas, me respondió:

Mi educación comenzó a los siete años, cuando me enviaron a un internado. Todos los muchachos ingleses de clase media pasan cinco años como miembros de una tribu primitiva regida por demonios benévolos o malignos, y luego otros cinco años como ciudadanos de un Estado Totalitario. 

No me gustaría dejar esta conversación aquí, señor Auden, así que preferiría hablar de poesía.
¿Ya no te llevas el libro?, me rebatió.
Por supuesto, es ahora cuando tengo interés en leerlo, le contesté.
Ve paso a paso, continuó hablando, quien pretende asumirlo todo, creyendo que lo hace por sentido del deber, se engaña a sí mismo y arruinará cuanto toque. 

Hábleme de poesía, señor Auden, volví a inquirirle. Recíteme, si quiere, algún poema que le guste.
Aceptó el desafío y empezó:

El crimen del mundo es que los jóvenes envejecen,
Los pobres son bueyes, penumbrosos y con la mirada plomiza;
No que mueran de hambre, sino que lo hagan sin resistirse,
No que siembren sino que rara vez cosechen,
No que adoren, sino que no tengan Dioses que adorar,
No que mueran, sino que mueran como corderos.

¿De quién son esos versos, señor Auden?
De Vachel Lindsay, me dijo.
¿Puede comentármelos un poco?, le pregunté.
Se comentan solos, me contestó secamente.

Miró el reloj e intuí que tenía prisa, así que desistí de preguntarle si durante su vida había sido feliz. Es una pregunta recurrente para que un poeta hable acerca de la felicidad.
Me despedí de él con toda cordialidad y vi cómo se marchaba en dirección a La Calzada. Nadie de los que estaban allí le echó una mirada al forastero.

Como esa noche de verano apetecía vivirla en la calle, me senté en un banco, abrí el libro de Wystan Hugh Auden y leí su poema El Ciudadano Desconocido, que como toda buena poesía se comenta sola:

El Departamento de Estadística descubrió que era
alguien contra quien no había ninguna queja oficial,
y todos los informes sobre su conducta están de acuerdo
en que, en el sentido moderno de una palabra anticuada, era un santo,
ya que todo cuanto hizo fue en servicio de la Comunidad.

Excepto el tiempo que duró la guerra, trabajó hasta el día de su jubilación
en una fábrica y nunca fue despedido,

sino que satisfizo a sus patronos, Motores Fudge S.A.
No era un esquirol ni tenía opiniones extrañas,
y su Sindicato informa que cumplió con su deber

(nuestro informe sobre su Sindicato indica que era de fiar).

Nuestros trabajadores de Psicología Social descubrieron
que era popular entre sus compañeros y le gustaba salir a tomar alguna que otra copa.
La prensa está convencida de que compraba el periódico todos los días
y sus reacciones a la publicidad eran normales en todos los sentidos.
Las pólizas hechas a su nombre demuestran que estaba asegurado a todo riesgo,
y su cartilla de Atención Sanitaria indica que ingresó una vez en el hospital pero salió curado.

Tanto Sondeo de Producción como Alto Nivel de Vida declaran
que tenía actitud sensata entre las ventajas del Pago a Plazos
y poseía todo lo que necesita el Hombre Moderno,
fonógrafo, radio, coche y frigorífico.

 
Nuestros investigadores de Opinión Pública están convencidos
de que tenía las opiniones adecuadas según la época del año;
cuando había paz, estaba a favor de la paz, cuando hubo guerra, acudió.
Se casó y aportó a la población cinco hijos,
lo que era el número adecuado para un progenitor de su generación según nuestro Eugenista,
y nuestros maestros atestiguan que nunca se entrometió en su educación.

¿Era libre? ¿Fue feliz? La pregunta es absurda:
si algo hubiera ido mal, con toda seguridad nos hubiéramos enterado.



La fotos son de Cambrigde donde anduve de viaje el año pasado. Como no podía ser de otra manera, visitamos esos lugares en los que me hubiera gustado estudiar. El King´s College, el Trinity College, el St. Mary´s, el St. John´s, el Corpus Christy...  Libros, historia y versos: lo necesario para latir por allí.
En Cambridge la calle principal, King´s Parade, está muy animada y hacen un chocolate muy bueno en una de sus tiendas. Visitamos el Pub donde hace sesenta años se dio cuenta por primera vez del descubrimiento de la cadena de ADN y luego en un quiosco comimos Cornish pasties para almorzar. Después, como pudimos, intentamos hacer "punting" en el río Cam, primera fotografía.