sábado, 1 de marzo de 2014

A LAS PUERTAS DE TOMBUCTÚ




Me he quedado a las puertas de Tombuctú. Iba buscando la Biblioteca de Kati, que el poeta José Angel Valente rescató de la oscuridad para mí  y que la reciente conquista de la ciudad por los islamistas del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad, llegó a poner en serio peligro.

La intolerancia en 1468 la hizo salir de Toledo; y, tras un largo periplo, terminó asentándose en Tombuctú; y la intolerancia, otra vez, la ha vuelto a sacar a toda prisa de una ciudad ocupada en la que cualquier vestigio de cultura y libertad de pensamiento es perseguida y condenada a ir a la hoguera. Es una rara costumbre que tenemos los seres humanos la de quemar libros. Ya sabemos la temperatura a la que arde un libro: Fahrenheit 451; y también sabemos la temperatura a la que arde un hombre: Fahrenheit 451. Una simple casualidad. A lo largo de la historia se han hecho las suficientes pruebas con distintos combustibles sólidos, líquidos e ideológicos como para saber con certeza a qué temperatura son quemados los libros y los hombres; y cuál es la relación entre la combustión y el tiempo de exposición al calor.

Los islamistas del Movimiento Azawad consiguieron quemar algunos fondos bibliográficos de los muchos que hay esparcidos por Tombuctú; pero la presteza de sus guardianes, con la práctica que han adquirido durante 500 años de persecución e intolerancia hacia los libros, consiguieron repartir entre varios de sus clanes los manuscritos y llevarlos a una relativa seguridad a distintos lugares, entre ellos a Bamako, para que nunca se perdieran todos los volúmenes si el desastre era inevitable. Conseguí localizar algunos en Bamako. Ya utilizó esta estrategia el sabio Mahmud Kati, cuando vio que el imperio Songhay sucumbía a los pies de los camellos de un ejército compuesto por moriscos, marroquíes y renegados cristianos a las órdenes de Yuder Pachá en  1591 para vivir un nuevo exilio, otro más, en una aldea remota llamada Kirshamba en la ribera del río Níger.

En Tombuctú hace 500 años se usaban los libros como moneda de cambio, cuando en aquel tiempo un monasterio europeo podría tener no más de dos mil volúmenes, y fueron los Qûti (Kati en la actualidad), descendientes directos del rey godo Witiza, y godos hasta la médula, más godos que yo, quienes huyendo de la intransigencia religiosa, consiguieron que toda África hablara de sus libros y de sus sabios. Escribe el poeta Abu al-Abbas Ahmad (1556) un poema que se ha convertido en popular y mítico: “La sal viene del Norte, el oro viene del Sur, la plata de los blancos, pero la palabra de Dios, los cuentos hermosos y las actitudes santas sólo las hallarás en Tombuctú”. Me quedo con sus cuentos hermosos y sus manuscritos.

He tenido que detenerme a las puertas de Tombuctú, pero el azar quiso poner en mis manos su llave.
En Koulikoro, en uno de esos puestos de artesanía que tanto abundan pude encontrar la llave de Tombuctú. En su parte superior aparece la huella de un camello, rodeada por las estrellas del cielo que guían al viajero por el camino escrito en sus bordes hasta Tombuctú, la ciudad que está en ninguna parte, y que viene representada justo en el centro de la llave, flanqueada por tres pequeñas flechas que simbolizan sus tres mezquitas. Eso, al menos, fue lo que me contó el artesano tuareg, que me sacó 20.000 cefas por ella. Era la única que tenía en el puesto y la historia me encantó, así que pensé: ¿y si es verdad y tengo en mi mano la llave de Tombuctú? “Con esto”, me dijo el tuareg, “tienes abiertas las puertas de la ciudad y puedes ir cuando quieras”. ¿Quién no hubiera pagado 20.000 cefas por tener abiertas las puertas de Tombuctú?
Tombuctú, y todo el valle del Níger está lleno de llaves de casas de la antigua Al-Andalus; las llaves de las casas en Toledo, de todos aquellos que huyeron o fueron expulsados por la violencia o la intolerancia hace más de 500 años. Mi amado Borges lo escribe, como nadie, de la siguiente manera:

Abarbanel, Farías o Pinedo,
arrojados de España por impía
persecución, conservan todavía
la llave de una casa de Toledo.

Libres ahora de esperanza y miedo,
miran la llave al declinar el día;
en el bronce hay ayeres, lejanía,
cansado brillo y sufrimiento quedo.

Hoy que su puerta es polvo, el instrumento
es cifra de la diáspora y del viento,
afin a esa otra llave del santuario

que alguien lanzó al azul cuando el romano
acometió con fuego temerario,
y que en el cielo recibió una mano.


Viajo por carretera de nuevo a Bamako pensando que si hoy fuese el día de la conmemoración de Mahoma oiría, seguramente con emoción infinita, recitar El Libro de las Virtudes del poeta Al Fazzazi, nacido en Córdoba en  el año 1229 y obligado a huir, como otros muchos, de la medieval Castilla, y cuyos versos pueden escucharse hoy en día en toda la zona del Sahel bañadas por el Níger; y también pienso cómo llegaron esos manuscritos hasta aquí, cómo superaron las arenas del desierto, de la violencia y de la intolerancia; y me imagino a Alí Ben Ziyad Al Quti Al-Andalusí, descendiente del rey godo Witiza (Qûti deriva de Witiza, de donde procede el apellido Kati de Mali), convertido al Islam, cuando decide abandonar  en 1468 Toledo buscando un nuevo lugar  donde establecerse.

Él no podía imaginar las aventuras que correrían su biblioteca y sus descendientes; que si cada uno de nosotros hubiésemos defendido los libros con el mismo ímpetu que ellos, no hubieran sido mandados a la hoguera tantos manuscritos a lo largo de la Historia; ni tantos hombres y mujeres. Pero no todos somos tan fuertes de espíritu ni tan valientes, y 500 años son muchos años.
Ahora les toca luchar contra el integrismo islámico. Dicen que en la reciente conquista de Tombuctú, Kidal y Goma han destruido más de 4.000 manuscritos. Ojalá no sea cierto. Les debemos mucho a los habitantes de Mali y ha llegado la hora de devolverlo. Yo por si acaso voy a poner a buen recaudo mi llave de Tombuctú, no sea que lo que me dijo el tuareg fuera cierto.





En Mali hay un puñado de españoles trabajando para llevar la estabilidad y la paz a esa zona, sin ellos no habría podido dar un paso por la Boa, ni haber cruzado un río, ni haber pasado una noche viendo las estrellas de Mali que brillan más que en ninguna parte. Gracias, por vuestro trabajo, dice la gente de Mali que desde que estáis allí, ellos se sienten más seguros. Si será verdad. Gracias, becerro, marsopa, río....

2 comentarios:

  1. Bravo por Tombuctú; por no perder nuestros Tombuctús; por los que nos los describen y recuerdan tan amorosamente; por los que trabajan en ellos... ¿Es que estamos siempre a las puertas de Tombuctú? Parece que ésa es nuestra época o, al menos, estos últimos tiempos... Gracias, Norberto.

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  2. Gracias por esas palabras que nos han acercado a un lugar lejano y que para nuestras mentes es sinónimo de no existir.

    Saludos

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