sábado, 26 de enero de 2013

LEOPARDI, EL GORRIÓN SOLITARIO


Llegué a Nápoles buscando a Plinio, el Viejo, y tropecé por casualidad con Leopardi.

Llegué a Nápoles tras las huellas de un joven comandante que mandó la caballería romana en la conquista de Germania y me encontré con un pobre enfermo malformado y solitario.

Llegué a Nápoles buscando al autor de la vasta Historia Natural y prefecto de la flota romana en Miseno en el momento de la erupción del Vesubio que sepultó Pompeya y me encontré con un moribundo que en su mano cerrada guardaba celosamente un papel con unos versos titulados “El gorrión solitario”, en los que andaba lamentándose de la juventud perdida; de una juventud miserable que lo abocó a encerrarse en sí mismo y a declararse poeta de la infelicidad y el desencanto.

Vestida de fiesta,
 toda la juventud
 deja sus casas y anda por las calles;
 mira y es mirada, y en el corazón se alegra.

 Yo, solitario,
 en esta  remota parte de la tierra
 me hiere el sol, que entre lejanos montes,
 tras el día sereno,
 cae y se esconde, y parece decir
 que la dichosa juventud se esfuma.

Nada hay más triste que el lamento por los años perdidos, ni mayor pecado que no haber intentado con toda el alma la búsqueda de la felicidad, sin importar nuestra situación, nuestra condición física o el feroz destino que nos aguarda.

Si uno intenta ser infeliz, con poco esfuerzo, lo consigue. Si uno intenta ser feliz con toda su alma, puede que no lo consiga nunca, pero tal vez en algún momento toque la felicidad con alguno de sus dedos. Leopardi jamás tocó la felicidad con ninguno de sus dedos y en su lecho de muerte, me pareció oír que se arrepentía.

Tú, gorrión solitario, en el ocaso
 del vivir que han de darte las estrellas,
 Mas a mí, si de vejez
 el abominado umbral
 evitar no pudiere,
 cuando estos ojos estén mudos
 y hueco les sea el mundo,
 y el día futuro sea  más tedioso
 que el día presente,
 ¿qué me parecerán estos mis años?
 ¿qué de mí mismo?
Así me lamentaré,
 y sin consuelo volveré al pasado.

 Ni el portar un físico desagradable o un alma extremadamente sensible, o cualquier otra razón exime de ese pecado: Hay que intentar buscar la felicidad y luchar por llenar nuestra alma de algo de alegría. La vida suele abrir mil caminos con mil puertas. Alguna llave habrá.

Sus jorobas le oprimían el pecho y le afectaban mucho a la respiración y al corazón, en los dos sentidos, el físico y el espiritual. Se recogió en su vida interior porque nada esperaba ya de su vida exterior. De su madre, me contó, agonizando, que lo único cariñoso era su mirada. De su padre, el absurdo de la severidad de sus ideas y de sus sentimientos. Y de los amores que tuvo, ninguno fue correspondido, a pesar de amar locamente. Su adorada Fanny, sin haber posado sobre su piel uno de sus dedos, lo utilizaba para llegar a otros amantes, y lo llamaba cuando no estaba presente, mi jorobadito. La joven Silvia no cruzó más de dos palabras con él:

¡Qué suaves pensamientos,
 qué esperanzas y ardores, Silvia mía!
¡Qué oferente nos era
la vida humana y el hado!
Cuando me acuerdo de tamaño anhelo,
un afecto me oprime sin consuelo,
y vuélveme a doler la desventura.

Y en ese rincón de su alma dolorida creció el desconsuelo hasta hacerle escribir en su Diálogo entre Tristán y un amigo:

Hoy no envidio ya ni a los necios ni a los sabios, ni a los grandes ni a los pequeños, ni a los débiles ni a los poderosos; envidio a los muertos, sólo por ellos me cambiaría.

Reconozco que ni sus padres; ni las mujeres, que no le dedicaron una mirada; ni sus amigos, que lo abandonaron; ni sus enemigos, que se cebaron con su alma, ayudaron a que Leopardi viviera; porque nadie ignora que vivir es amar.

Pero ese no es motivo, Giacomo, para que se te arrugara el corazón de esa manera. No, no es motivo.
Ni tan siquiera, un pequeño rastro de felicidad merece la pena cambiarlo por estar entre los tres primeros poetas de Italia: Dante, Petrarca y Leopardi. No, Giacomo, primero es la vida y el alma. Aunque fueses un escritor de esos que ahora se denominan románticos.

Viéndolo, yacente, en esa casa oscura de Nápoles, recordé a Ulrika, que me dio a entender que nunca la esperanza de amar puede perderse, por mal que nos haya tratado la vida o la naturaleza, (todos nos merecemos un beso y todos nos merecemos un milagro, al menos, una vez en la vida):

Me apartó con suave firmeza y luego declaró:
- Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto que no me toques. Es mejor que así sea.
Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones.
Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrika, que me había negado su amor.

En Nápoles, poco antes de morir se libertó un poco de sus complejos, salía por las calles y ya no lo molestaban por las jorobas, ¿empezó a infundir miedo?, ¿o es que ya no le importaba? La epidemia de cólera se estaba comiendo Nápoles. Yo sólo viví Nápoles de noche.

Así tras esta inmensidad
se anega el pensamiento;
y dulcemente en este mar naufrago.

Agarró con fuerza los versos que tenía entre sus dedos y gritó: “Más luz, quiero morir con más luz”. En ese momento recordé a Goethe.

Cerré la puerta, salí y me fui de madrugada, a la estación de autobuses a sacar un billete que me llevara a Pompeya a los pies del Vesubio.



 


Las fotos corresponden al Vesubio, yaciendo a sus pies la derruida Pompeya, que como el alma casi muerta de Leopardi no se ve, pero se intuye.
El castillo Maschio Angionino, conocido como Castel Nuovo, está junto al puerto y frente a la Piazza Municipìo, por sus murallas anduvo el conde Leopardi, ni la nobleza lo salvó de la hecatombe, (o lo ayudó a hundirse). En Nápoles fue el único sitio por donde salía y no se mofaban de él o le señalaban su joroba. En Recanati, los niños cuando él aparecía por la calle decían: ¡Ahí viene el jorobadito! !Ahí viene el jorobadito!
La foto central es de las Galerías Humberto I, donde también conviene ir para no alejarse del mundo en el que vivimos. También hay arte dentro. 
Desde luego, no fui solo a Nápoles. A ver a Leopardi no se puede ir en soledad, mi fotógrafa particular ya estaba conmigo.
 








sábado, 19 de enero de 2013

DU FU, POESÍA ENTRE LOS BAMBÚES




Todas las cosas poseen belleza,
pero no todos la ven.

Kung Futsé

Cuando yo hacía escala en Amsterdam era primavera; y Du Fu estaba llegando tras un penoso viaje a Chengdu, la ciudad del brocado. Tenía cuarenta y siete años; y cuando comenzó el invierno, la rebelión de los sucesores de An Lushan se intensificó.

En el vuelo de Amsterdam a Beijing leí La Balada de Pengya, Frente a la Nieve, De Noche en el Cuartel General y Reflejos de Otoño. Soy lento leyendo versos. Du Fu llegó  a Chengdu antes que yo.
Empezó con ayuda de unos amigos a construirse una cabaña junto al río de las Cien Flores, aunque el sufrimiento en su alma y en su cuerpo no cejaba.


En el aeropuerto de Beijing esperé largas horas. Mientras tanto, Du Fu a orillas del río de las Cien Flores escribía sus poemas Aguas de Primavera, el Vecino del Norte y Espontáneo.

A medio día embarqué en un vuelo de las Líneas Aéreas Chinas y, después de hacer un poco de Tai Chi aconsejado por el personal de cabina, abrí mi libro de poemas y empecé a leer Aguas de Primavera, el Vecino del Norte y Espontáneo. Pura coincidencia tal vez.



Aguas de primavera

Tercera luna. Tantas olas como flores de durazno;
el río recobra su antiguo cauce.
Al alba el agua cubre toda la playa,
su color esmeralda sacude el portal de troncos.

Añado hilo y pesco con cebo perfumado;
junto bambú para regar el jardín.
Pajarillos sin número se bañan
empujándose unos a otros en descomunal alboroto.

Llegué a Chengdu con la foto de Jorge en el bolsillo, sabiendo que allí también estaba Du Fu ( o Tu Fu). Yo preguntaba por Du Fu o Tu Fu, tal como lo había visto escrito, y ellos me decían: "¿querrás decir To Zo?" . "Pregunto por el más grande poeta, que vive aquí junto a un río en una pobre cabaña". Y me contestaban: "Seguro que es To Zo". Yo al menos oía To Zo. 

Llegué al río de las Cien Flores y encontré su cabaña y sus versos escritos en la pared. Jorge ya estaba conmigo y mi fotógrafa particular escribía su propia historia con los pinceles de su cámara. Abrí mi pequeño libro de versos en la orilla del río y empecé a leer El loco:

Al oeste del puente de Diez mil leguas, una cabaña;
el agua del río de las Cien flores parece una torrentera.
El viento acaricia los bambúes gráciles y luminosos;
la lluvia humedece los rosados lotos de sutil prfume.

De mi viejo amigo, rico funcionario, no llegan cartas;
de mi pobre hijo famélico siempre, el color da lástima.
¿Suprimir las diferencias? Mejor ni pensarlo.
Me burlo de este loco. cuanto más envejece más loco se pone.

Naturaleza, sentimientos y vida siempre se respiran en sus versos y en los versos de todo China. Si hay alguien que consigue la comunión entre la naturaleza, el hombre y el universo son los poetas orientales. Nunca me encontré más cerca de la naturaleza que allí. El hombre parece minúsculo y la naturaleza, inmensa, parece que puede con todo.


La luna del río amarra al viento;
las estrellas del río despiden nuestra barca.
Cantan gallos al arrebol del alba;
se bañan garzas en el arroyo azul.

¿Quién sembró en sus claros límites?;
¿a dónde va sin prisa su rostro redondo?
Aunque no cesen de crecer mis penas,
al ocultarse admiro, extasiado, su gracia.

¿Hay una manera más hermosa de explicar la belleza del reflejo de la luna en un río, que puede hacer olvidar aunque sea por un momento los sufrimientos?.

Hablé durante medio día con Du Fu y me despedí de él con cierta nostalgia prometiéndole volver.



Nadie conoce esta región extraña;
somos, tal vez, los primeros en explorarla.
Es tiempo de volver, ¡lástima!
Fue la mejor excursión de mi vejez.

El dragón descansa acariciándose las escamas,
insensible e incapaz de moverse entre las rocas.
Habrá que venir cuando el sol apriete,
para admirarlo elevándose como tromba.


Volvimos a Beijing a arreglar algún que otro papel y seguí disfrutando con Jorge y mi fotógrafa particular de la naturaleza, del hombre y del universo.



Luego me enteré que Du Fu tuvo que huir otra vez; y que cuando navegaba por el lago Dongting, al sur del río Yangzi, murió de hambre dentro de su barca, como ha solido ocurrirle desde el principio de los tiempos a los poetas:

Junto al río, en el salón, anida un martín pescador;
en las tumbas importantes yacen unicornios.
Piensa bien en las leyes de la vida y disfrútala,
¿para qué ansiar renombre que estorbe al cuerpo? 



domingo, 13 de enero de 2013

EL CÁNTICO ESPIRITUAL DE BARRAMEDA

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
a donde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.


En La Otra Banda de la Argónida, a la vera de Tartessos, he pasado la Navidad.

Borges escribe en La Otra Muerte que "modificar el pasado no es modificar un solo hecho, sino sus consecuencias que son infinitas". Yo puedo decir que modificar un hecho presente también condiciona el futuro y sus consecuencias que, también, son infinitas.


Esta Navidad, uno de los nuestros, a falta de otras propuestas más arriesgadas, decidió ir a comprar unos dulces típicos al convento de las Descalzas, en la calle del mismo nombre, pasado el Guadalquivir, justo enfrente de la Argónida.

Acepté la aventura, como he aceptado otras muchas, y allá que nos fuimos a la puerta del torno. Yo sabía que él estaba latiendo dentro, siempre lo supe. Así que, del torno y de las palabras sin rostro de la carmelita descalza, terminamos oyendo la misa del Gallo en el convento. Es que una voz de mujer en la oscuridad convence fácilmente. La tradición, a veces, gana. Han sido demasiadas las lecturas oyendo voces de mujer en la oscuridad. 

Yo sabía que él estaba latiendo dentro. Siempre lo supe.


¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

La misa del Gallo dicen que fue bonita, pero yo sólo escuchaba sus latidos, como el de aquel Corazón Palpitante de Edgar allan Poe.

Pero, yo sabía que él estaba dentro.

 La primera noticia que tuve de él fue leyendo una edición de Clásicos Castalia del Cántico. En ella se explicaba que el primer Cántico Espiritual que aparecía  impreso era la redacción del manuscrito de Sanlúcar, también llamado manuscrito de Barrameda o manuscrito de La Otra Banda de la Argónida; y conocido como Cántico A.

Una madrugada después de una noche de fiesta, (el Arquillo está justo enfrente), esperé a que la ruidosa calle de las Descalzas, (un oximorón, sin duda), se quedará vacía. En la penumbra, en secreto que nadie me veía, saqué mi ejemplar del Cántico Espiritual y sentado en la calle en uno de los escalones de entrada al convento, me puse a leerlo. Me dio el amanecer y me imaginé, preso en la cárcel de Toledo, a San Juan de la Cruz, escribiendo y sintiéndose solo y abandonado.

A mí, los primeros versos del Cántico: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?, me suenan a la exclamación de Jesús en la cruz cuando inquiere: Padre, ¿por qué me has abandonado? Para Alonso son "el primer grito, el primer alarido de abandono, del preso en la cárcel de Toledo", donde San Juan estuvo encarcelado como todos los rebeldes de su época, y de todas las épocas, víctimas de la intolerancia.

También me lo imaginé, en aquella madrugada, escapando de la cárcel de Toledo, una calurosa noche de agosto del año 1578, y huyendo hacia ninguna parte:

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.


Esta tercera estrofa del Cántico resume, para mí, la cierta actitud ante la vida que conviene aprender, retener y practicar.

Yo creo que el primer verso, (Buscando mis amores), define en tres palabras el motor del mundo. Tres claras palabras.

El segundo, (Iré por esos montes y riberas), tal vez quiera decir que el camino es lo importante y que, a veces, antes de llegar a nuestro destino tropezaremos con obstáculos y montañas y, otras veces, podremos andar tranquilos por el llano. Todo forma parte de nuestro viaje y todo hay que vivirlo.

El tercer verso, cuatro palabras, (Ni cogeré las flores), significa en mi opinión que no debemos entretenernos en placeres sin importancia que pueden incendiar y destruir lo verdaderamente significativo, y apartarnos del camino que nos lleva al destino que hemos soñado. Para eso, es preciso tener un corazón desnudo y fuerte, como explica San Juan de la Cruz en sus Comentarios al Cántico.

El cuarto, (ni temeré las fieras), para mí que establece el valor como un elemento necesario en la vida. San Juan en sus comentarios lo explica de diferente forma; pero eso es lo que hace grande a la poesía, su sentido y su significado escapan al autor y le entrega a los versos una grandeza final de la que inicialmente carecían. Para mí, el Cántico es el mayor poema de amor escrito nunca. Si uno lee los Comentarios de San Juan puede, sin embargo, terminar transitando por otros caminos. Esto sólo puede hacerlo la poesía. ¿Se puede decir más con menos palabras?

El quinto verso, (y pasaré los fuertes y fronteras), que San Juan asocia al demonio (fuertes) y a la lujuria (fronteras), yo prefiero entenderlo como la necesidad que tenemos de cruzar todas las fronteras y de acabar con todas ellas: la frontera que separa las razas, las fronteras que separan las ideologías, la frontera que separa a hombres y mujeres, la frontera que separa la pobreza y la opulencia. Sin acabar con esas fronteras, como dijo Cortázar, la Humanidad no merecerá nunca ese nombre.

- ¿Y la frontera de aquí adentro?-, había dicho la gringa tocándose la cabeza.
- ¿Y la frontera de acá adentro?-, había dicho el general Arroyo tocándose el corazón.
- Sólo nos atrevemos a cruzar de noche-, había dicho el gringo viejo, - la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos. 

A lo mejor Carlos Fuentes tenía razón. Esas fronteras sólo nos atrevemos a cruzarlas de noche, en la oscuridad. Una pena y una cobardía.


La primera fotografía corresponde a la calle de las Descalzas, y al convento carmelita. En la casa que está justo al lado, pared con pared, (se ve la reja a la derecha), nació mi fotógrafa particular. Poniendo el oído en la pared de su cuarto se escuchaban los latidos del Cántico Espiritual de Barrameda (segunda fotografía). Los menos afortunados nos conformábamos con leer los versos de Juan de Yepes en una edición de Clásicos Castalia.


  

lunes, 7 de enero de 2013

UN AVIADOR INGLÉS

La historia que quiero contar empieza el 11 de noviembre de 1943 y tiene lugar en un pueblo, que ahora está deshabitado, situado a mil metros de altitud entre los valles de Aragón y del Ebro. El pueblo se llama Peña y el protagonista de la historia es el Capitán D.B.C. Walker, Jefe de Ala de la Royal Air Force y antiguo capitán de los Fusileros Reales de Nomthurbenland de 28 años de edad.
La primera noticia que tuve de esta historia fue cuando estudiaba en Zaragoza, al leer un artículo de Miguel Sánchez Ostiz en el ABC literario hace ya bastantes años. El artículo lo guardo todavía en una carpeta azul de cartón, atada con una goma, con el título de: historias interesantes. 
Sobre una gran mole pétrea se levanta Peña, en Navarra, un pueblo ahora sin habitantes, encajonado entre valles, pero con una historia llena de leyendas, unas piedras que hablan de su pasado como fortaleza durante la Edad Media y un terreno que cuando decide ser frío y hostil lo es como ninguno.
En ese pueblo el 11 de noviembre de 1943 los pocos vecinos que todavía habitaban sus valles vieron cómo un avión en llamas que venía del norte se estrellaba tras un vuelo de agonía en el monte Verduces, a poca distancia de donde ellos estaban.
No podían imaginar que ese avión era un De Havilland H88 Mosquito de la RAF Británica que había sido alcanzado en los cielos de Francia, posiblemente durante un raid de hostigamiento a las tropas nazis o alguna operación en apoyo del maquis francés. El avión, envuelto en llamas, vuela sin control y de él salta un primer paracaidista que resultó ser el copiloto A.M. Crow. Crow logró salvar la vida y paradójicamente lo ampararon los vecinos de SOS del Rey Católico, coincidencias de la vida; aunque la vida, y sobre todo la muerte, no suele atender a razones ni azares y el copiloto murió poco más tarde durante unos bombardeos sobre la Berlín nazi.
 Pero volvamos a nuestro capitán Walker. El copiloto ya había saltado y él se dispuso a hacerlo, con la mala suerte de que el paracaídas quedó enganchado en la cola del avión estrellándose en el monte Verduces y muriendo en el acto. Los vecinos de Peña salían de la iglesia, pues celebraban a su santo patrón, San Martín, y vieron cómo su procesión era eclipsada por un avión en llamas. "Los peñuscos, hospitalarios hasta sus últimas consecuencias, le dieron al forastero sepultura en su camposanto".
El cementerio de Peña es poco menos que un cercado de piedras con algunas cruces herrumbrosas que delatan a las tumbas y, entre ellas, de pronto, aparece una lápida grande de piedra, sólida, igual que las colocadas en Gran Bretaña a todos los caídos durante la II Guerra Mundial. Bajo las alas de la insignia de la RAF y de su leyenda “Per ardua ad astra”, aparece la siguiente inscripción: “Jefe de Ala D.C.B. Walker, Royal Air Force y antiguo capitán de los Fusileros Reales de Nomthurbenland. 11 de noviembre de 1943. A los 28 años de edad”. Y debajo de una cruz esta continuación: “Con el amor, la honra y la gratitud de sus padres Alec y Jack”.
 Hay gestos de coraje, lealtad, esfuerzo y arrojo que deben siempre ser recordados y, sobre todo, son las propias naciones quienes nunca deben olvidar a aquellos que dejaron por ellas sus vidas tan lejos de sus casas. “Amor, honra y gratitud”, dice la lápida.
Esa última frase es lo que hace grande a esta tumba.
Leí que cada 1ª de noviembre la Embajada Británica siempre mandaba unas flores para que el capitán Walker nunca olvide que su país y sus conciudadanos lo tienen en su recuerdo, ojalá sea así. También leí que su familia enviaba dinero cada 1º de noviembre para que no le faltaran flores; y, ya convertida en leyenda, también he leído que, ahora, unas manos anónimas le llevan flores cada año, para que nunca falten en noviembre bajo su lápida. Cualquiera de las tres versiones me parece mágica. Posiblemente, las tres han sido ciertas alguna vez. Lo real y sorprendente a la vez, es que en esa tumba de un pueblo deshabitado, a un soldado inglés, que apareció hace setenta años, de pronto, estrellándose con su avión, nunca le faltan unas flores.
La moraleja de esta historia es que cuando vayamos alguna vez de viaje, ya sabemos que el turista y el soldado nunca descansan, y lleguemos a sitios donde murieron personas que contribuyeron a aliviar penalidades a otras gentes, no los olvidemos; y que nuestra mano anónima deposite allí unas flores (no hacen falta muchas, un par de ellas serán suficiente) y una pequeña nota. Si vamos a la Plaza de España de Mostar, el puente de Bijela o la calle Ares Santice dejemos unas flores, veintitrés españoles murieron allí por una causa justa. Si vamos a Cuzco en Perú, no debemos olvidar dejar unas flores cerca de un barranco donde, no hace mucho, murieron cuatro jóvenes cooperantes españolas. Lo mismo si visitamos Tanzania y su distrito de Karatu, donde perdieron la vida unos jóvenes ingenieros.. Si vamos a Turquía, y Trebisonda no queda muy lejos, pues también. En Líbano sé que se depositan flores cada año en el lugar en el que el vehículo de Naciones Unidas, con siete españoles a bordo,  sufrió el atentado; porque estuve allí y lo vi. Y vi a libaneses, que conocieron a aquellos jóvenes y que recibieron su ayuda, depositando flores sobre el monolito. Y si alguna vez los libaneses que los conocieron y supieron de su trabajo ya no están y nadie los recuerda, es deber de la Embajada Española tenerlos siempre en la memoria. Kosovo. Latifiya.  Haití. El Salvador…
Posiblemente, con el tiempo, como el capitán D.C.B. Walker, también se convertirán en leyenda. Por cierto, el capitán Walker se llamaba Donald Cecil Broadbent.

viernes, 28 de diciembre de 2012

FILOCTETES, EL HOMBRE ECUÁNIME DE SÓFOCLES


“Sin embargo de ningún otro mortal
conozco por haberlo oído o por haberlo visto
que se haya encontrado con un destino peor que el de éste...,"
Filoctetes, Sófocles
  

Es Filoctetes, en mi opinión, uno de los grandes héroes olvidados de la cultura clásica, a pesar de que fue la persona que hizo posible la caída de Troya.

Todos conocemos a Aquiles, a Ulises, a Héctor, a Agamenón, a Menelao, a Paris, a Ayax, a aquellos grandes guerreros de la antigüedad que lucharon a la sombra de las murallas de Troya; pero, ¿sabemos que la persona que hizo posible su conquista fue Filoctetes?  De eso trata este artículo.

En este artículo voy a enfrentar dos personalidades clásicas totalmente diferentes:

Por un lado, Filoctetes, el hombre ecuánime, que no realizó una mala acción, sin haber robado, ni forzado nunca a nadie, con poca ambición, que es rechazado por la sociedad cuando se convierte en una persona molesta para ella.

Y por otro lado a Ulises, el taimado, el embustero, el de las tretas, (idea suya fue construir el caballo de madera…), el hombre insaciable; el ambicioso que le dice a Neoptólemo, hijo de Aquiles: Pero es grato conseguir la victoria. Lánzate a ello; ya nos mostraremos justos en otra ocasión. Ahora por un corto espacio de tiempo préstate para algo desvergonzado y ruin, y después, durante el resto del tiempo, podrás ser llamado el más piadoso de los mortales”.


En las acciones de Ulises siempre aparece lo más oscuro de los hombres. Puede ser una buena pregunta: ¿Por qué lo peor de la condición humana ha llegado a nuestros días como el héroe clásico por excelencia?

Tal vez la respuesta esté en el alma humana o en la capacidad del arte de imponer a través de la cultura la conducta del ser humano.


Contemos pues la historia de Filoctetes, el hombre ecuánime, como lo llama Sófocles.

Filoctetes aparece en la mitología griega de la mano de Hércules, ya que hereda, nada más y nada menos que sus armas, su arco y sus flechas. Y las hereda, porque ayuda al gran mito griego a morir.

Los últimos días de la vida de Hércules son poco conocidos y a la vez muy trágicos. Hércules murió víctima de una trampa que le tendió el centauro Neso que trabajaba de barquero en el río Eveno cuando trataba, junto con su esposa, de llegar a la ciudad de Trakis.

Neso pasó primero a Hércules con toda intención y después a Deyanira y cuando estaba ya en medio del río decidió que era un buen momento para violarla, dejándose llevar por sus desordenados instintos. Pensó que Hércules no podía ayudarla porque estaba ya en la otra orilla, pero cuando intentaba forzarla, Hércules le disparó una flecha, una flecha que se le clavó directo en el corazón. Retrocedió como pudo hacia la orilla y allí moribundo, con la flecha clavada en el corazón y manando sangre, le tendió a Hércules una trampa mortal, una trampa terrible.

Cuando el centauro estaba a punto de morir, le dijo a Deyanira que tenía el remedio por si alguna vez Hércules le era infiel o ella se daba cuenta de que la dejaba de amar: un filtro amoroso. El filtro consistía en su propia sangre, que manaba de su corazón, mezclada con el semen que había esparcido al intentar violarla. Deyanira, pintada con los males que la cultura clásica desata en la mujer y que puede ser tema para otro artículo, pues nunca se ha cometido tan a conciencia una injusticia tan grande, recogió como pudo la sangre y el semen del centauro y lo guardó por si se presentaba la ocasión.

            Como era de prever, esa ocasión se presentó pronto; pues Hércules en una de las muchas ciudades que asaltó se enamoró de una joven muchacha llamada Yole. Deyanira, comida por los celos, utilizó el filtro. Cuando Hércules reclamó un nuevo vestido, antes de dárselo untó, para que volviera a amarla, con el ungüento hecho con la sangre y el semen del centauro la tela del vestido y cuando Hércules se lo puso sintió de repente un calor extraordinario, pegándosele a su piel, cada vez más ardiente. Al intentar quitárselo de encima se llevaba trozos de su propia carne, y pronto entró en una especie de agonía terrible. Se cuenta que se tiró a un río intentando poner fin a ese suplicio y las aguas del río se tornaron calientes y que ése es el origen del manantial de las Termópilas, que luego el rey Leónidas y sus trescientos espartanos convirtieron en mítico.

Pero la tradición más admitida es que Hércules se fue al monte Eta, que está al lado de la ciudad de Trakis y allí, él mismo construyó su propia pira funeraria intentando matarse y poner fin a ese sufrimiento terrible que Neso, en su venganza, le procuraba. Cuando tenía la pira construida le pidió a los pocos que había allí, que la encendieran, y sólo lo atendió un muchacho, un muchacho de nombre Filoctetes. El joven se ofreció a encender la pira funeraria y acabar con el sufrimiento de Hércules. A cambio, Hércules le dio sus armas, su arco y sus flechas, que lo hacían casi invencible.

Éste es el arranque de la historia de un guerrero que con las armas de Hércules, embarcó para Troya a luchar bajo sus murallas. Pero su destino iba a ser muy diferente. Antes de llegar a Troya los griegos hicieron escala en la isla de Ténedos, y allí inmolaron sacrificios a los dioses rogando por la conquista de la ciudad y que los vientos que mueven las guerras les fueran favorables.

Mientras se llevaban a cabo los sacrificios a los dioses comenzó verdaderamente el drama de Filoctetes. Una serpiente le mordió en un pie, inyectándole su veneno. La herida no paraba de supurar, le producía un dolor espantoso y además olía horriblemente, de manera que los gritos del propio Filoctetes que no podía soportar el dolor ponían muy nerviosos durante las noches a los soldados del Ejército griego, resintiéndose su moral. Además, por todo el campamento se podía oler el flujo de pus de la herida que producía un hedor fétido.
Ahí empieza el problema: ¿qué hacer con la persona que perturba el equilibrio de la comunidad?  Ese fue el dilema que se plantearon los griegos y a lo que dio solución Ulises, el de siempre.

Como dice el profesor Bernardo Souviron, de quien este artículo es totalmente deudor, después de haber estado durante tres años recibiendo sus clases, tomando apuntes y escuchando sus historias, Ulises es un tipo que está fuera de época, es un individuo inteligente al que los medios le parecen tan importante como el fin, hace cosas buenas y cosas oscuras, y tiene siempre una doble faz; en una palabra, Ulises ya es el hombre moderno, entrando en la Literatura como tal.

Ulises propone llevarse a Filoctetes del campamento y abandonarlo. (Digamos que es la solución que normalmente se adopta: alejar el problema). Con engaños, sube a Filoctetes en un barco y lo deja solo, abandonado, con su arco y con sus flechas en la isla de Lemnos, una isla al noroeste del mar Egeo que, según nos dice Sófocles, está completamente deshabitada. Allí, lo abandona a su suerte. Sólo y malherido.
En Lemnos empieza a supurarle otra herida, aparte de la herida física que se puede curar y vendar: la herida del alma. Abandonado por los suyos, insolidariamente tratado y viviendo una soledad extrema durante diez años:

                        “…el cual sin haber forzado a nadie ni haberle robado, antes bien, siendo ecuánime con aquellos que lo eran con él, perece poco a poco tan indignamente. Esto me tiene admirado; ¿cómo, en esta soledad oyendo sólo el estruendo de las olas que baten a su alrededor, puede soportar una vida tan lamentable? No recoge para su alimento el grano de la sagrada tierra ni otros productos que cultivamos los hombres a no ser que por medio de las rápidas flechas de su certero arco se procure algún alimento y sacie a su estómago.
Él mismo es su propio vecino, sin poder andar y sin que ningún lugareño fuera compañero de sus desgracias, alguien ante el cual pueda proferir un lamento que encuentre respuesta, un lamento provocado por esa sangrienta herida que lo va devorando poco a poco, cruelmente, y no hay quien mitigue el ardiente flujo de sangre que rezuma de las llagas de ese pie ulcerado, cada vez que le sobreviene, ni con calmantes yerbas ni con ninguna otra cosa cogida de la fecunda tierra. Él va de un sitio a otro arrastrándose como un niño separado de su madre allí donde hubiera recursos a su alcance cuando cede el mal que atenaza su ánimo.”

La guerra de Troya continuó durante diez largos años, pero no había forma de conquistarla. Los mejores habían muerto: Aquiles había muerto, Ayax había muerto. Los griegos empezaron a pensar que aquella guerra no había manera de ganarla y entonces acudieron a Calcante, el gran adivino de los griegos, que les dice que sólo se podrá averiguar el medio de tomar Troya si se consulta con Heleno.

Heleno es un troyano, hermano de Héctor, que ha asumido el papel protagonista después de su muerte y que, a su vez, es hermano de Casandra la adivina, compartiendo con ella la posibilidad de descifrar el futuro. Heleno ha tenido un incidente con Príamo, su padre, porque le ha entregado, tras la muerte de Paris, Helena a su otro hermano Deífobo, más joven, y según Heleno con menos méritos que él. Así que Heleno se comporta como todos los héroes griegos y se retira al monte Ida, sin querer saber nada de Troya, como ya había hecho Aquiles en su momento.

Ulises, como siempre, presto al engaño, le tiende una trampa, lo captura y lo lleva al campamento griego donde es sometido a tortura e interrogatorio; y Heleno dice, entre otras cosas, que Troya no caerá mientras no venga Neoptólemo, el hijo de Aquiles. Pero la segunda cosa que dice deja perplejo a Ulises: “Sólo podrá tomarse Troya con las armas que ya la tomaron una vez”; y esas armas son, nada más y nada menos que, las de Hércules, que las tiene en su soledad Filoctetes en la isla de Lemnos, abandonado a su suerte.

En este punto empieza la tragedia de Sófocles: el tipo que ha sido abandonado por la sociedad, ahora la sociedad lo necesita. ¿Cómo se resolverá ese problema?

A Ulises se le ocurre una nueva treta, urde un plan: “Que venga Neoptólemo el hijo de Aquiles. Neoptólemo y yo iremos a Lemnos. Yo me esconderé y Neoptólemo hablará con él. En cuanto le diga que es el hijo de Aquiles, Filoctetes lo respetará. Seguramente, Filoctetes le dirá a Neoptólemo que los atreidas Agamenon, Menelao y, sobre todo, yo, lo abandonamos en esta isla desierta. Neoptólemo deberá convencerlo con esa misma opinión diciéndole que él también ha discutido con los atreidas y ha dejado Troya. Filoctetes le pedirá que se lo lleve de la isla. Luego, lo cogeremos con el engaño, pues con el arco y las flechas de Hércules es invencible, y volveremos, con él y las armas de Hércules, a Troya en vez de volver a casa”.

Ése era el plan de Ulises; pero éste no prevé del todo el factor humano: cómo va a reaccionar Neoptólemo, hijo de Aquiles, que lleva el honor y la verdad por bandera, ante su propuesta y cómo va a reaccionar cuando se encuentre con el dolorido, física y espiritualmente, Filoctetes.  

Como explica el profesor Souviron, la sociedad insolidaria de repente necesita al individuo que abandonó a su suerte, ¿cómo se resuelve ese problema? Una respuesta puede ser que sólo con la ética, con la solidaridad y la verdad es cómo finalmente se resuelven los problemas. Pero conviene leer a Sófocles para ver cómo los clásicos resuelven este tipo de contrariedades.






Las fotografías son de Grecia.

La primera es del Palacio de Knossos, en Creta, donde pueden verse en sus pinturas murales a mujeres lidiando con toros y, también, vestidas de reinas y los hombres rindiéndole pleitesía en los desfiles (¿un sueño o realidad?).

La segunda es de la isla de Santorini, donde puede verse bajo el mar la boca de un volcán y donde me contaron la teoría de que la erupción de ese volcán hace tres mil años destruyó la Atlantida. Yo prefiero por cuestiones sentimentales pensar que la Atlántida estaba a la vera de Tartessos, a orillas del Guadalquivir, donde venían los barcos del rey Salomón a comerciar con telas y con bronce, y que luego la llamaron los árabes “Yazirat al-Andalus” o Isla de los Atlantes. Sólo es un sueño   

La última foto es de Rhodas y corresponde al antiguo puerto donde se supone que entre sus columnas se alzaba el inmeso Coloso. No es díficil imaginarlo cuando te sientas al atardecer en ese malecón.




martes, 18 de diciembre de 2012

EL CLUB DEL LECTOR

De todas las consecuencias que podrían traerme este blog, nunca pensé que una de ellas sería acudir a un Club de Lectura. A través de un comentario a una entrada titulada La Casa del Lector, un profesor de Humanidades de la Universidad quiso que nos conociéramos y terminó por invitarme al que dirige.
Empecé leyendo El libro de la Señorita Buncle, y en este momento ando enredado con un libro de Daniel Pennac titulado Como una novela. Evidentemente, no es una novela al uso, su propio título lo indica, pero ayuda a la reflexión y al mantenimiento del espíritu crítico. Nunca pensé que un libro de ese estilo iba a caer en mis manos, pero.... 

Una lectura bien llevada salva de todo, incluido uno mismo.
Y, por encima de todo, leemos contra la muerte.
Es Kafka leyendo contra los proyectos mercantiles de su padre, es Flannery O´Connor leyendo a Dostoievski contra la ironía de la madre ("¿El idiota? ¡Te va que ni pintado pedir un libro con un título semejante!), es Thibaudet leyendo a Montaigne en las trincheras de Verdún, es Henri Mondar sumido en su Mallarmé en la Francia de la Ocupación y del mercado negro, es el periodista Kauffmann releyendo indefinidamente el mismo tomo de Guerra y Paz, en los calabozos de Beirut, es ese enfermo, operado sin anestesia, del que Valery nos dice que "encontró algún alivio, o , mejor dicho, cierta renovación de sus fuerzas, y de su paciencia, recitando, entre dolor y dolor un poema que le gustaba". Y es, claro está, la confesión de Montesquieu cuya deformación pedagógica ha suscitado tantas redacciones : "El estudio ha sido para mí el remedio soberano contra los disgustos, no habiendo sufrido jamás penas que una hora de lectura no haya aliviado".

Pero es, de manera más cotidiana, el refugio del libro contra la crepitación de la lluvia, el silencioso deslumbramiento de las páginas contra.... la vida y la muerte.

Estos ejemplos que cita Daniel Pennac, en los que esos escritores, que ahora andan por el paseo de la fama, se refugiaron en la lectura para no perecer, me recuerdan a Wittgenstein.
Cuando lo estudié, me contaron que escribió su Tractatus en las trincheras de la Primera Guerra mundial, lleno de barro, pestilencia y muerte. Siempre me lo imaginé bajo la lluvia, envuelto en su poncho, hambriento, en las largas noches de vigilia, que siempre trae la guerra, apuntando en su cuaderno, de hojas sueltas y gastadas, una obra filosófica que cambió (o pudo cambiar) el mundo, y que le evitó perecer:

El pensamiento contiene la posibilidad del estado de cosas que piensa.
Lo que es pensable es también posible.
Nosotros no podemos pensar nada ilógico, porque de otro modo tendríamos que pensar ilógicamente.

Según Wittgenstein no se puede pensar nada que no exista o pueda existir. Esto nos debe llenar de optimismo porque toda realidad si es concebible es lógica, (y a lo mejor infinita). ¡Y pensó todo esto rodeado de guerra, muerte, destrucción y peste! No se puede negar que era un tipo raro ese tal Wittgenstein, con un carácter muy irritable.

Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente. Todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad y, de lo que no se puede hablar, mejor callarse.

Cada lengua conforma un mundo diferente porque según Wittgenstein:  los límites de mi lenguaje son los límites del mundo. Otro motivo para leer y no parar.

Yo he pensado muchas veces que la Cultura conforma a las sociedades y la literatura ayuda a su construcción, pero Daniel Pennac en su obra, Como una novela, me hace pensar que tal vez la solución no está en los libros, (o no son sólo los libros). 

¿Cómo es posible que lo que acaba de alterarme hasta ese punto no haya modificado nada el orden del mundo? ¿Es posible que nuestro siglo haya sido lo que ha sido después de que Dostoievski escribiera Los Demonios?¿De dónde salen Pol Pot y los demás cuando ya se ha imaginado el personaje de Piotr Verjovenski? ¿Y el terror de los campos cuando Chejov ha escrito Sajalin? ¿Quién se ha iluminado con la blanca luz de Kafka donde nuestras peores evidencias se recortaban como placas de zinc? Y justo en el momento en que se desarrollaba el horror, ¿quién prestó atención a Walter benjamin? ¿Y cómo es posible que cuando todo hubo pasado , la tierra entera no leyera La Especie Humana de Robert Antelme, aunque sólo fuera para liberar al Cristo de Cario Levi, definitivamente detenido en Éboli?
Que unos libros puedan alterar hasta tal punto nuestra conciencia y dejar que el mundo siga de mal en peor, es algo que deja sin palabras. Y a mí me da que pensar.

Profesor, nos vemos el jueves.


Las fotos corresponden:

La primera a Praga. Es la casa de Kafka, (la azulita más pequeña de la izquierda), donde Kafka sufría leyendo contra los proyectos mercantiles de su padre. No pude reprimir el llegar hasta allí. A Praga conviene ir en invierno, cuando el turismo desaparece. La oscuridad y el frío siempre acompañan a los sueños.

La segunda es de Beirut, donde el periodista Kauffmann relee indefinidamente el mismo tomo de Guerra y Paz, en los calabozos de Beirut. A Beirut conviene ir de la mano y con mucha luz. El mar azul ayuda.

jueves, 13 de diciembre de 2012

TRÍPOLI: EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

Vi Apocalipsis Now hace treinta años. Cuando era un muy joven desnortado que no sabía si iba a ser profesor de historia, soldado, futbolista, arqueólogo, reportero de guerra o me decidiría por vagabundear buscando una Ítaca, que yo estaba seguro de que no existía y que era pura leyenda.
Ahora puedo decir que Ítaca existe; y que cualquier camino que hubiera escogido, me habría llevado hasta ella. Me lo demostró Kavafis:

Pide que tu camino sea largo
que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer felizmente
arribes a bahías nunca vistas.

La búsqueda de Kurtz por el río Mekong me llevó al Corazón de las Tinieblas, a la dureza del colonialismo y al río Congo,  donde Leopoldo de Bélgica cada atardecer debe regresar del séptimo anillo del infierno de Dante, para purgar sus culpas durante un par de eternidades.
Hay muchas maneras de contar las cosas, y todas modifican la realidad, porque la propia historia y los personajes intentan adueñarse de la trama y la moraleja. Ya lo dijo Kipling, (autor de novelas colonialistas, y portador también de algún que otro gran pecado): Un escritor puede concebir una fábula, pero no penetrar en su moraleja.
Joseph Conrad lo deja claro cuando explica cómo va a contar un relato, diciendo desde la primera palabra que le será imposible narrar las cosas como en realidad sucedieron. Así comienza La Posada de las dos Brujas: 
Este relato, episodio, experiencia—como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa época sesenta años. Sesenta años no es mala edad, a menos que la veamos en perspectiva, cuando, sin duda, la mayoría de nosotros la contempla con sentimientos encontrados. Es una edad tranquila; la partida puede darse casi por terminada; y, manteniéndonos al margen, empezamos a recordar con cierta viveza qué estupendo tipo era uno. He observado que, por un favor de la Providencia, muchas personas a los sesenta años empiezan a tener de sí mismas una idea bastante romántica. Hasta sus fracasos encuentran un encanto singular. Y, desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía, formas exquisitas, fascinantes si quieren, pero —por así decirlo— desnudas, prontas para ser adornadas a nuestro antojo. Las vestiduras fascinantes son, por fortuna, propiedad del inmutable pasado, que sin ellas estaría acurrucado y tembloroso en las sombras.
Queda claro que la invención, los detalles, los matices, las circunstancias, las vestiduras fascinantes y el tiempo modifican la percepción y, sin querer, la esencia de las cosas. Como escribe Conrad, el tiempo hace que empecemos a recordar  con cierta viveza qué estupendo tipo era uno. Hasta nuestros fracasos tienen un encanto singular con el tiempo. Y, desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía…
Parece que el tiempo es una buena medicina para ser indulgentes con nosotros mismos y también hace que los libros reaccionen y sean capaces de cambiar la perspectiva del autor. ¿Será que el realismo como forma literaria nunca existió? Es posible. Nada puede ajustarse a la realidad porque nos faltan sentidos para agarrar todos los matices, nos falta honestidad para contar exactamente lo que ocurrió y, encima, el relato puede revolverse contra su autor buscando su independencia.
La mente del hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí después de todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera… ¿Quién podía saberlo?... Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo. Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan… Los principios no bastan. Adquisiciones, vestidos, bonitos harapos… harapos que velarían a la primera sacudida. No, lo que se requiere es una creencia deliberada, escribe Joseph Conrad en El Corazón de las Tinieblas, una novela psicológica de principio a fin. Cierto que la mente del hombre lo puede todo, el problema es cuando basa ese todo en el dominio de la mente de los otros.

Kurtz en eso, con impiedad y horror, era un maestro:
 "Dígame, por favor", le pedí, "¿quién es ese señor Kurtz?"
"'El jefe de la estación interior", respondió con sequedad, mirando hacia otro lado.
"Muchas gracias", le dije riendo, "y usted es el fabricante de ladrillos de la Estación Central. Eso todo el mundo lo sabe".
Por un momento permaneció callado. "Es un prodigio", dijo al fin.
"Es un emisario de la piedad, la ciencia y el progreso, y sólo el diablo sabe de qué más.
"Nosotros necesitamos", comenzó de pronto a declamar, "para realizar la causa que Europa nos ha confiado, por así decirlo, inteligencias superiores, gran simpatía, unidad de propósitos".
"¿Quién ha dicho eso"', pregunté.
"Muchos de ellos", respondió. "Algunos hasta lo escriben; y de pronto llegó aquí él, un ser especial, como debe usted saber".
"¿Por qué debo saberlo?", lo interrumpí, realmente sorprendido.
Él no me prestó ninguna atención. "Sí, hoy día es el jefe de la mejor estación, el año próximo será asistente en la dirección, dos años más y... pero me atrevería a decir que usted sabe en qué va a convertirse dentro de un par de años".
El nombre de Kurtz flota por toda la novela, como un espíritu, un hombre que se ha hecho dueño de las almas y de los cuerpos de quienes lo rodean; pero ¿cómo? Nuestro protagonista todavía no lo conoce pero,... Me pregunté si la quietud del rostro de aquella inmensidad que nos contemplaba a ambos significaba un buen presagio o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros, extraviados en aquel lugar? ¿Podíamos dominar aquella cosa muda, o sería ella la que nos manejaría a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era aquella cosa que no podía hablar, y que tal vez también fuera sorda. ¿Qué había allí? Sabía que parte del marfil llegaba de allí y había oído decir que el señor Kurtz estaba allí. Había oído ya bastante. ¡Dios es testigo! Pero sin embargo aquello no producía en mí ninguna imagen; igual que si me hubiesen dicho que un ángel o un demonio vivían allí. Creía en aquello de la misma manera en que cualquiera de vosotros podría creer que existen habitantes en el planeta Marte.

Kurtz, ¿quién era ese tal Kurtz?

Para mí era apenas un nombre.
Y en el nombre me era tan imposible ver a la persona como lo debe ser para vosotros. ¿Lo veis? ¿Veis la historia? ¿Veis algo
? Me parece que estoy tratando de contar un sueño... que estoy haciendo un vano esfuerzo, porque el relato de un sueño no puede transmitir la sensación que produce esa mezcla de absurdo, de sorpresa y aturdimiento en un rumor de revuelta y rechazo, esa noción de ser capturados por lo increíble que es la misma esencia de los sueños."




 Por fín, tras subir el río Congo, de la mano de de Joseph Conrad llegué donde estaba el señor Kurtz, y donde reinaba sin rival el miedo:  

Debían oírlo, cuando decía "mi marfil". Oh, sí, yo pude oírlo: "Mi marfil, mi prometida, mi estación,mi río, mi..." Todo le pertenecía. Aquello me hizo retener el aliento en espera de que la barbarie estallara en una prodigiosa carcajada que llegara a sacudir hasta las estrellas. Todo le pertenecía... pero aquello no significaba nada. Lo importante era saber a quién pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como suyo. Aquella reflexión producía escalofríos. Era imposible, y además a nadie beneficiaría, tratar de imaginarlo. Había ocupado un alto sitial entre los demonios de la tierra... lo digo literalmente. Nunca lo entenderéis. ¿Cómo podríais entenderlo, teniendo como tenéis los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos amables siempre dispuestos a agasajaros o auxiliaros, caminando delicadamente entre el carnicero y el policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y los manicomios? ¿Cómo poder imaginar entonces a qué determinada región de los primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio, el silencio extremo donde jamás se oye la advertencia de un vecino generoso que se hace eco de la opinión pública65? Estas pequeñas cosas pueden constituir una enorme diferencia. Cuando no existen, se ve uno obligado a recurrir a su propia fuerza innata, a su propia integridad. Por supuesto puede uno ser demasiado estúpido para desviarse... demasiado obtuso para comprender que lo han asaltado los poderes de las tinieblas.


Como turista, llegué a Trípoli y sentí  esa atmósfera asfixiante que se respira en la obra de Conrad. Casi me creí un Marlowe en un lugar donde parecía que abundaban los Kurtz, seres capaces de explotar el miedo, con palabras o hechos. Con barrios divididos en creencias, ideologías o razas...., y un Kurtz al frente de cada uno de ellos. Me dio la sensación de que era un lugar donde todos desconfiaban de todos, y me imagino que para muchos, vivir así podría ser intolerable. Todo lo viví con sorpresa. Con sorpresa y prisas. Aunque es posible que yo tampoco me ajuste a la realidad porque me faltasen sentidos suficientes para agarrar todos los matices, honestidad para contar con exactitud cuanto vi, algo de tiempo; y también porque creo que estas letras se han defendido desde el primer momento de su autor buscando alguna independencia.


Abrí la ventana del coche y oí decir:

- ¿No habla usted con el señor Kurtz?
- Con ese hombre no se habla, se le escucha-, exclamó el otro con severa exaltación.










Las fotografías son de Trípoli. Algunas fueron hechas con prisas. Síndrome habitual del turista. ¿Verdad, Rafa, Enrique?