sábado, 19 de marzo de 2016

LAS MUJERES INVISIBLES



Me he acercado a la Residencia de Señoritas de la calle Fortuny; y de allí me he ido a la residencia de Estudiantes en la Colina de los Chopos. Sin más intención que visitar la exposición Mujeres en Vanguardia.

Mi casa era una casa de mujeres, y uno, que se ha criado con tantas hermanas que lo superaban siempre en todo, no deja de preguntarse, extrapolando su experiencia al mundo que lo rodea: ¿qué es lo que ha hecho desde el principio de los tiempos que las mujeres hayan terminado siendo tan invisibles para la historia, salvo aquellas que jugaron con su belleza y su inteligencia para las relaciones personales?

Mi profesor de Lenguas Clásicas no cejaba en su empeño por demostrar que los atreidas y su principal portavoz, Homero, decidieron, tras las primeras conquistas indoeuropeas en la península griega, donde se encontraron una sociedad minoica totalmente matriarcal, construir una nueva sociedad machista y misógina que acabara con la civilización que conquistaban; y ponía como ejemplos a Helena, a Penélope o a Andrómaca… No cabe duda de que esa nueva Grecia Clásica de la que todos descendemos hizo mucho por pintar a la mujer de esa manera, encerrándola bajo arresto domiciliario durante demasiado tiempo. Y no hay ninguna creencia que no haya recogido ese testigo.

He encontrado este ejemplo muy explicativo de Jenofonte (siglo IV A.C.), en un trabajo sobre Maruja Mallo de Rosa María Ballesteros:

Los dioses han creado a la mujer
para las funciones de dentro, al hombre para
todas las demás. Los dioses la ha colocado en
el interior porque soporta menos bien el frío, el
calor y la guerra. Para las mujeres es honesto
el permanecer en casa y deshonesto el salir
fuera; para los hombres sería vergonzoso el
quedarse encerrado en su casa y no ocuparse
de lo que ocurre fuera.

Y esto es así porque lo dice él. A ver si mi profesor de Clásicas va a tener razón, y los hombres atreidas buscaron, y lograron por medio del arte, un territorio hostil para la mujer; una zona de combate en la que no hay apoyo logístico posible, un lugar tenebroso en el que no se espera ayuda táctica alguna y que únicamente te permite sobrevivir encerrada.

Preparaos, porque a partir de ahora no daremos ni un paso atrás y no va a quedar tierra sin hollar, aventura sin vivir ni libros sin leer.

Las mujeres que han sobresalido hasta ahora lo hicieron a espaldas de la sociedad, retiradas, escondidas; unas buscaron su refugio en Dios, como Sor Juana Inés de la cruz o Santa Teresa de Jesús; otras, como Emily Dickinson, en  la fortuna de su padre y su pasión por los versos, encerrada en esa habitación propia; las Brönte se escondieron en los funestos páramos, en un padre dominante y en la tuberculosis, que tantos buenos escritores ha dado. Ninguna de ellas lo hizo ayudada por la sociedad. O tenías una renta y una habitación propias, como escribió mi adorada Virginia Wolf o te ibas al carajo. Así de simple.

¿Hay algo más injusto que eso? No poder estudiar con el mismo derecho que el varón, no poder realizar cualquier trabajo, no poder poner una casa a tu nombre, no poder votar.
Así que hoy he decidido ir a conocer a las Mujeres de Vanguardia.

Yo siempre tuve celos de Alberti porque recibió los amores de Maruja Mallo; pintora, poetisa, mujer divertida que supo vivir su libertad, y de entre todos los ángeles El Ángel Falso, dime por qué las lluvias pudren las horas y las maderas. Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes. Despiértame.

Luego supe de sus noches con Miguel, cuando éste andaba subiendo a los árboles del Puente de Segovia, como un titán de la selva, mientras Neruda lo aclamaba como la nueva tempestad que traía el calor de las cabras.

Y lamenté mucho, cuando vi su obra por primera vez, que sólo la conociéramos por esos hombres de la generación del 27 con los que frecuentaba sus días; y con algunos, sus noches. Rafael Alberti, Miguel Hernández, Picasso, Dalí, Buñuel, Federico García Lorca, Ortega y Gasset, Machado, Unamuno o Ramón Gómez de la Serna.

Hubo una Residencia de Estudiantes, en la colina de los chopos, durante los años 20, inmensa; pero también hubo una Residencia de Señoritas, colosal, con mujeres que brillaron en todas las artes y las ciencias, que compartieron horas con Madame Curie o con las mujeres del Instituto Internacional, con las que se produjo un fructífero intercambio, las famosas bostonianas.

Me he acercado a verlas a la Residencia de Estudiantes. Allí están Matilde Huici, gran especialista en Derecho o Victoria Kent. He saludado a las pedagogas Juana Moreno, María Comas Camps, Carmen Castilla Margarita de Mayo, Carmen Isern. Me han dedicado alguna sonrisa María Goyri, Zenobia Camprudí, Josefina Carabias, Maruja Mallo y María Zambrano. Y así, las ruinas nos darían el punto de identidad entre el vivir personal —entre la personal historia— y la historia.

De las 30 mujeres que había inicialmente en la Residencia se ampliaron las plazas a 300. Allí se estudiaban todas las ciencias y artes, siguiendo el concepto de la Institución Libre de Enseñanza de que cualquier actividad humana es susceptible de convertirse en una carrera y una profesión que ensanche el alma de los hombres y las mujeres. Pensaban que, por ejemplo, si alguien es bueno en cerámica debe existir una carrera de cerámica. Yo, también.

La Residencia de Señoritas fue creada en 1915 bajo la dirección de María de Maeztu. Esta institución fue pionera en fomentar el acceso de las mujeres a los estudios superiores. María de Maeztu fue el alma de la Residencia, fue la voz, el cuerpo, el pensamiento y sobre todo la fuerza. Sin ella nada hubiese sido posible. Ha sido y es el único ideal de mi vida, crear en el viejo solar de nuestra tierra un hogar para las mujeres estudiantes de España, donde encuentren cubiertas, de una manera adecuada, no sólo las necesidades materiales, sino lo que vale más aún, al ambiente espiritual y la disciplina moral que hacen posible una vida noble y digna.

Y hay que gritar su nombre, María de Maeztu, no sólo con esa pequeña placa que veo cada día en la calle Miguel Ángel, esquina Martínez Campos. En el año 1936, cuando empezó la guerra, presentó su dimisión y partió para el exilio. Su hermano, el escritor Ramiro de Maeztu, fue asesinado ese verano durante las sacas que se produjeron en Madrid.

María de Maeztu, Matilde Huici, Victoria Kent, Juana Moreno, María Comas Camps, Carmen Castilla Margarita de Mayo, Carmen Isern, María Goyri, Zenobia Camprubí, Josefina Carabias, María Zambrano, Maruja Mallo…

Ya es hora que se acabe el tiempo de las mujeres invisibles. Y no creo que sea necesario para ello asesinar a Homero, a Platón, a Aristóteles, o a Jenofonte.






"Maruja Mallo, entre Verbena y Espantajo toda la belleza del mundo cabe dentro del ojo, sus cuadros son los que he visto pintados con más imaginación, emoción y sensualidad."
Federico García Lorca


sábado, 12 de marzo de 2016

OFICIO DE TINIEBLAS 5

El que esté limpio de crueldad reconfortada que tire la primera piedra a lo alto para que en su caída le parta la cabeza en dos.

Este último mes me he cruzado con Cela, casi sin querer, porque andando en busca de lectura en una biblioteca que recorro a menudo por lo cercana que la tengo, me tropecé con un ejemplar suyo situado en la estantería BQ-I-15-B y, cuando lo abrí por su primera página, me encontré con la sorpresa de que venía firmado por su puño y por su letra: Oficio de Tinieblas 5.

Pregunté si ese libro podría llevarse para leer en casa y aquí lo tengo. Dispongo de un mes para devolverlo.

Limítate a vivir tus lentos días sin hacer de tu propia vida un espectáculo ruidoso o molesto para los demás nadie ha de pagarte en la misma moneda pero eso debe importarte nada cuando la vida cobra entidad suficiente se puede echar por la borda todo lo demás.

Al Cela escritor lo he tenido que defender varias veces en conversaciones muy dispares, sobre todo porque, en seguida, se pretende entretejer vida, carácter y obra de un autor; sin entender que sólo los libros, verdaderamente ausentes del creador, son literatura. Me acojo aquí a la cita de Pierre Francastel: "La historia humana es la historia de los acontecimientos y no de las intenciones; y la historia de las artes es la de las obras y no la de los hombres".

La hipocresía es la segunda más estéril parcela del hombre detrás de la envidia y antes que la avaricia.

Al Cela humano también lo he defendido; sufragó junto con otros escritores el entierro de Miguel Hernández cuando murió en 1942 en la cárcel de Alicante; abogó por Julián Marías al final de la guerra civil cuando fue hecho prisionero porque no quiso dejar solo a don Julián Besteiro, único miembro del Consejo de Defensa de Madrid que no abandonó su puesto cuando todos huían; clamó contra el exilio interior de Vicente Aleixandre; cuando Gabriel Celaya y Alfonso Grosso, dos grandes de la literatura española del siglo XX, morían en la indigencia levantó, contra la olvidadiza administración, su voz de forma contundente; también tuvo que irse a publicar a la Argentina porque su magnífica novela La Colmena fue prohibida en España; cuando en 1941 en España andaban flirteando con los nazis, él, para tocar las narices, se puso dos nombres judíos Camilo José Manuel… Zacarías Levy, de tal forma que cuando ingresó en la RAE la comunidad judía de Buenos Aires le dio la enhorabuena porque un judío entraba en la Real Academia de la Lengua Española…

Estos fueron argumentos que tuve que esgrimir hace poco cuando, en una casposa celebración de gente de las ciencias y las artes a la que fui invitado, comentaron otros detalles acerca de su vida. Fue un gigante, les guste o no su carácter, sus respuestas para la galería o su hiperbólica vida. Les guste o no el espectáculo Cela.

Ahí están mis títulos académicos no los queméis dádselos al pescadero para que envuelva huérfanos pescadillos baratos ahí están mis medallas dádselas a una máscara pobre el martes de carnaval ahí están los cien libros que escribí disolvedlos con ácido y haced lo mismo con los originales lujosamente encuadernados dejad paso a quienes vienen detrás yo elegí la libertad.

Las obras literarias existen por sí mismas, aparte del autor o a pesar del autor; y Cela, como todos los grandes,terminará escondido en las universidades, los monasterios, las fundaciones culturales o los museos, y en algún clandestino lugar de la red ajeno a cualquier otra tendencia que no sea la cultural, y que, por supuesto, leerá poca gente.

No debe hastiarte el espectáculo de la muerte tiene siempre matices insospechados imprevistos sumamente fértiles no hay ningún otro objeto que pueda comparársele.

Su Oficio de Tinieblas, escrita en segunda persona, ese tú de alma inconmensurable, es una obra difícil de leer, si no directamente ilegible. Pero es un experimento que todos los artistas deberían hacer: encerrarse en un espacio cerrado, con la menor contaminación exterior posible y vomitar todo aquello que el alma le pide, sin las ataduras de la gramática, de las formas, ni del perseguido éxito; naturalmente lo que te sale no es una novela sino la purga del corazón. Con Oficio de Tinieblas 5, tocamos más el alma de Cela, ese Cela perennemente anclado al dolor, al coito desmesurado, a las islas inaccesibles, a la crueldad, al perdón. Ojalá muchos escritores a los que admiro hubieran escrito la purga de su corazón. Si crees que te vas a divertir leyendo Oficio de Tinieblas, no lo abras. Aunque te aseguro que si llegas al final volverás a abrirlo, por cualquier página, poco importa eso.

La amistad asexuada no existe sí existe su máscara a la que el hombre llamó amor platónico concepto mal traducido ya que el filósofo señalaba una noción abstracta y un corolario: al final el hombre se pierde en un juego de palabras pero retorna siempre al instinto los doce mandamientos de la ley de venus las dos advertencias y el corolario valen para la especie humana el hombre es el único animal que ignora el celo.

No hay arte sin experimentación, ni arte fácil, aunque lo parezca; tanto para el artista como para el receptor. Cela descubrió la llave del éxito pronto con La Familia de Pascual Duarte, pero no perseveró en esas formas, decidió mandar al carajo a editores y al dinero fácil y se embarcó en una lucha desaforada con el arte, igual se ayudó en demasía del espectáculo, o no lo midió bien; pero hay que agradecérselo porque le salió ajustada la partida.

No, tú ya sabes que ni entras ni tienes por qué entrar en el reparto de las aromáticas prebendas es algo a lo que debes ir acostumbrándote antes de que tu dolor llegue a echar raíces en la carne.

La palabra es la dueña del Oficio de Tinieblas y maneja con cuerdas de títeres a la imaginación y a la lógica intelectual. El corazón vomita palabras a ese tú protagonista rodeado y hastiado de sexo, pasiones, pecados, a su modo litúrgico, para edificar una lírica propia y absoluta. Hay un oficio parabólico un oficio de penitencia y soledad un oficio contenido un oficio sordo un oficio de la salvación… Adivinen cuál es ese oficio.

Yo, después de leer Oficio de Tinieblas 5, he decidido hacer un nuevo viaje a la Alcarria, recordando el primero que hice hace tiempo acompañado por tres mujeres de nombre Concepción. Jorge no podía faltar. Ricardo, corredor de maratones y compañero de carreras, tampoco.

Hay que plantearse las cosas con dificultad, es necesaria la pirueta en el vacío, abrir nuevos caminos; aunque se ignore con qué suerte, pero con gran honestidad.

Pronto, voy a volver a la Alcarria.

 






sábado, 5 de marzo de 2016

EN LA DECADENCIA DE LA MENTIRA CON ÓSCAR WILDE




Durante mi estancia en Cambridge, por invitación de unos buenos amigos, visitamos una de esas típicas casas antiguas señoriales en el campo; concretamente una perteneciente a la familia de Rudyard Kipling, ese escritor que ahora arrastra un nocivo halo de narrador colonialista y del que Borges dijo que el futuro le perdonará aquello sobre lo que escribió por cómo lo escribió.

Yo no sé quién tendrá razón, pero cuando me hablaron de ir a Afganistán volví a leer cada día esa pequeña novelita maravillosa que habla de manera genial de ese gran pecado capital que es la ambición. Desde entonces sé que hay montones de cabras en Kafiristán.

Yo sigo leyéndo a Kipling como leo al desaforado y denigrado Céline, en su Viaje al fin de la noche, en una traducción de Carmen Kurtz, que con ese apellido yo pensé que no tenía más remedio que viajar al corazón de las tinieblas.

Son grandes novelas, les guste o no a los ortodoxos que afinan con filo de hierro las fronteras entre la literatura y la vida. Por cierto, también leo a Ezra Pound, y a Moisés de León, y a Ibn Hazm, y a…; bueno, pueden verlo en cuanto escribo que, como bien saben, plagia de forma inmisericorde mucho de lo que he leído.

Desde que me dio por leer libros, decidí tomarlos como sujetos con vida propia alejados de sus autores, alejados de los lectores, del mundo que los rodeaba y del mundo que ahora me rodea.

Poco me importa que la Historia haga luego bien su trabajo y lleve en brazos del futuro a la verdad. Aunque he de decir que soy un poco pesimista en esto último, porque ya se encargará el poder de pintar la Historia conforme a su conveniencia, modificándola a su antojo.

Afortunadamente, Historia y Literatura viven en sombras separadas porque son distintos reflejos de la realidad; la primera suele ser reflejo de la realidad del poder y la segunda suele ser reflejo de la realidad del Arte.

Dije, al principio, que cuando anduve por Cambridge visité una de esas típicas casas antiguas señoriales en el campo. Viendo los verdes prados de alrededor, pensé que estaría bien ir a saludar a Óscar Wilde de la mano de Cyril y Vivien a esa casa de campo en Nottingham, dónde sólo se hablaba de Arte y Naturaleza.

A mi juicio, cuanto más estudiamos el Arte, menos nos preocupa la Naturaleza. La Naturaleza posee, indudablemente, buenas intenciones; pero, como dijo Aristóteles, hace ya tiempo que no puede llevarlas a cabo. Cuando miro un paisaje, me es imposible dejar de ver todos sus defectos. A pesar de lo cual, es una suerte para nosotros que la Naturaleza sea tan imperfecta, ya que de no ser así no existiría el Arte.

Yo también creo que el Arte da forma a la Naturaleza porque tengo que reconocer que la nieve tiene otro color después de leer a los novelistas decimonónicos rusos; y que, aunque navegué mucho durante la niñez y la vi con sus mil caras, la mar tiene formas más voraces desde que embarqué en la Pequod, en la Nellie, en el San Juan de Nepomuceno o en La Milagrosa.

La variedad no se puede encontrar en la Naturaleza misma, sino en la imaginación, en la fantasía o en la ceguera cultivada de su observador.

Es la realidad la que ciega al Arte, es la realidad, que siempre lleva la boca llena de la palabra verdad, quien asaltando a la ficción y, por esa decadencia que ahora arrastra la mentira, mancha cuanto movimiento artístico toca.

Los únicos personajes reales son los que no han existido jamás en este mundo; y si un novelista es lo bastante mediocre para tomar a sus héroes directamente de la vida, debe, al menos, decir que son creaciones suyas y no alabarlos como copias. La justificación de un personaje de novela está, no en que las otras personas son lo que son, sino en que el autor es lo que es. Si no la novela no es ya una obra de arte.

Cyril no deja títere con cabeza. Vivien ama a la naturaleza y Wilde me aconseja que visitemos una granja de cerdos cerca de Nottingham para que cuando lea La Decadencia de la Mentira, tenga más elementos de juicio para entenderla. El gran Óscar Wilde, ¡ay!, tanto talento desaprovechado.

domingo, 7 de febrero de 2016

EL INCA GARCILASO DE LA VEGA, MESTIZO DE LAS LETRAS Y DE LA VIDA

                                       
A Montilla en Córdoba, lejana y sola, me llevó la búsqueda del Gran Capitán, hay veces que he tenido que hacer trabajos guerreros de los que me siento muy orgulloso; este es el mundo en el que hemos caído y el mundo que dentro de nuestras limitaciones tenemos que cambiar, yo en esto sigo a Hyperion y a su trasunto alemán: a servirme de una espada sí he aprendido, y no necesito más por ahora. La nueva liga de los espíritus no puede vivir en el aire, la sagrada teocracia de lo bello tiene que morar en un Estado libre, y él precisa de un lugar en la tierra, y este lugar lo conquistaremos nosotros.

Y en Montilla, andando por la calle me paró un mestizo que llevaba un legajo bajo el brazo y del que yo apenas había tenido noticia. Sentí curiosidad y le pregunté dónde llevaba esos escritos y a quien pertenecían:

A los hijos de español e india, o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones. Fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en Indias. Y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación me lo llamo yo a boca llena y me honro con él.
 
- Caballero, son míos-  me contestó- ahora ando escribiendo unos Comentarios Reales, que tratan del origen de los Incas que fueron del Perú.
- ¿Puedo saber su nombre?
-  ¡Claro!, soy el señor Gómez Suárez de Figueroa, hijo de don Sebastián Garcilaso de la Vega y de la princesa inca Chimpu Ocllo, sobrina del emperador del Tahuantinsuyo y nací en Cuzco. Porque el Cozco en su imperio fue otra Roma en el suyo. Y así se puede cotejar con la otra porque se asemeja en las cosas más generosas que tuvieron.
- ¿Es usted el inca Garcilaso?
- Así me llaman.
- Cuenta su paisano Vargas Llosa que La Florida del Inca "basta para hacer de usted uno de los mejores prosistas del siglo de Oro"
- El señor Mario Vargas Llosa, siempre tan atento con sus paisanos.

Les he dicho a los míos que me voy a permitir la licencia de visitar la casa del Inca Garcilaso y que vamos a descansar una tarde de andar persiguiendo el fantasma del Gran Capitán por el castillo de Montilla. Están de acuerdo con esa parada, sobre todo, porque saben que el inca es persona curiosa en su historia, amena en la charla, vigorosa en sus gestos y de talento sin igual.

- Fijaos, cuáles son las preguntas que resuelven la concepción del mundo y de sus formas- nos explica mientras fuma tabaco recién traído de Oyotún:

Habiendo de tratar el Nuevo Mundo, o de la mejor y más principal parte suya que son los reinos y provincias del imperio llamado Perú, de cuyas antiguallas y origen de sus reyes pretendemos escribir, parece que fuera justo, conforme a la común costumbre de los escritores, tratar aquí, al principio, si el mundo es uno sólo o hay muchos mundos. Si es llano o redondo y si también lo es el cielo, redondo o llano. si es habitable toda la Tierra o no más que las zonas templadas. Si hay paso de una templada a la otra. Si hay antípodas y cuáles son de cuales. Y otras cosas semejantes que los antiguos filósofos muy larga y curiosamente trataron.

El inca Garcilaso de la Vega nos contó que sirvió a las órdenes de don Juan de Austria en las campañas de las Alpujarras y es famosa su religiosidad y su conducta en todo Córdoba, ahora anda apadrinando niños que necesitan auxilio; en la parroquia de Santiago de Montilla aparece en 113 registros bautismales. 
-Será la sangre inca- dice uno de los míos.
- Será la sangre española- dice otro.
- ¿Será el ser una buena persona sin necesidad de sangre alguna? -apostilla con una interrogación el último que quedaba por hablar.

Decían los indios que nunca hicieron delito que mereciese castigo público ni ejemplar, porque la doctrina de sus padres y el ejemplo de sus mayores -y la voz común que eran hijos del sol, nacidos para enseñar y hacer el bien a los demás-, los tenía tan refrenados y ajustados que más eran dechado de la república que escándalo de ella.

Yo creo que el futuro es suyo, señor Gómez Suárez de Figueroa, inca Garcilaso de la Vega; porque sólo el mestizaje puede ya redimir a la Humanidad, ya que sólo el mestizaje puede hacer iguales a los hombres; pues ni la solidaridad, ni la concordia, ni el amor, ni la fraternidad, ni la libertad, ni la cultura, lo han conseguido hasta ahora; sólo nos queda como último recurso de paz el mestizaje:


En una destruida calle de Mostar, el viejo Hassim hablaba de que un par de años antes convivían, como hermanos, ortodoxos serbobosnios, católicos bosnio-croatas y musulmanes bosniacos en perfecta armonia y que la cultura en Sarajevo flotaba en el aire, contaba gesticulando con las manos; Las tres culturas compartían su espacio y su vida; casi todo el mundo entendía de música y sabía tocar el piano en Sarajevo, y lo decía con sus ojos entornados por la extrañeza de todo cuanto estaba pasando. Al día siguiente de estallar la guerra andaban cortándose las manos de pianista unos a otros. Esa semana me dio por escribir un relato al que titulé: Nunca te fies de un pianista. Pensé que la convivencia de las tres culturas en Toledo nunca existió.

En Beirut, un viejo cristiano, que combatió en la guerra civil de los años ochenta, explicaba orgulloso que El Líbano era una república increíble, crisol de sociedades, creencias e ideologías, con 17 religiones diferentes, país de acogida y de emigración. Le recomendé un viaje al sur del río Litani, o una visita a  Burch al Barachne y no quise recordarle Sabra y Chatila. Pensé que la convivencia de las tres culturas en Toledo sólo fue un sueño.

En Mali, donde el color es el dueño del cielo y la tierra y las mujeres se adornan con él, conviven tuaregs musulmanes, animitas, cristianos, y los más antiguos legajos que se salvaron de la intolerancia en lo que luego se llamó España. Todo apariencia, al final, siempre suenan las armas.

En Kosovo..., en Afganistán, en Irak..., en Siria...., sunitas, chiítas, alauitas, yazidíes; si ni la solidaridad, ni la concordia, ni el amor, ni la fraternidad, ni la libertad, ni la cultura, lo han conseguido; sólo nos queda como último recurso el mestizaje.

Por eso yo te veo como un gigante, Inca Garcilaso, no sólo porque fueras el más grande prosista del siglo de Oro español; sino porque sólo tú has sido capaz de escribir que una de las cosas más grandes que ocurrieron en América fue la llegada de los españoles y de los negros, (muchos lectores ahora se echarán las manos a la cabeza), sólo tú, descendiente del mismísimo Manco Cápac, el primer Inca, has dicho la verdad:

Lo mejor de lo que ha pasado a Indias se nos olvidaba, que son los españoles y los negros que después acá han llevado por esclavos para servirse de ellos, que tampoco los había antes en aquella mi tierra. De estas dos naciones se han hecho allá otras, mezcladas de todas maneras y para las diferenciar les llaman por diversos nombres para entenderse por ellos.

Cierto Inca, lo mejor y más granado de América lleva todas las sangres, lo más sobresaliente y lo que hará grande a América es ese infinito mestizaje que les entregó el pasado para conquistar el futuro, sin que los ciegos todavía se hayan dado cuenta.

El Inca sigue fumando y nos invita a pasar la noche en su casa en la calle Capitán Alonso de Vargas, lugar al que llegué porque me enviaron a buscar a don Gonzalo Fernández de Córdoba, uno de nuestros más ilustres soldados, me acompañaban tres de los míos y el escritor José Calvo Poyato, que sabe mucho de capitanes.

Y puesto estamos en la puerta de este gran laberinto, será bien pasemos adelante a dar noticia de lo que en él había...


                                         



sábado, 30 de enero de 2016

SON MÁS LO QUE MUEREN DE DESAMOR, SAÚL BELLOW



Ir a Nueva York y no tropezarse con un escritor es muy difícil.
Si vas al café Carlyle hay un tipo con gafas de pasta y pinta de tímido que escribe y a la vez toca el clarinete los lunes. En la taberna del Caballo Blanco te puedes encontrar a Dylan Thomas y a  Jack Kerouac bebiendo güisquis y charlando hasta la madrugada. Y a las orillas del Hudson, mientras das una vuelta, te puedes topar con Saúl Bellow. Yo me tropecé con él una tarde cuando sacaba a su perro a pasear.
- ¿No le conozco yo de algo?”- le pregunté.
- ¡Claro!-, me dijo- fui nadador olímpico.
Delgado, con una mirada socarrona y poco dado a recibir los adjetivos críticos, bien vestido y con sombrero. “Este tío es escritor”, pensé para mí.

Después de dar muchas vueltas, me tropecé con su foto en la portada de un libro, que tenía un título que había llamado mucho mi atención: Son más los que mueren de desamor: ¡anda!, si este es el nadador olímpico.

Cierto, se podrá morir alguna vez de amor, pero eso le ocurre sólo a unos pocos elegidos; los simples mortales tienen a lo largo de su vida muchas más probabilidades de morir de desamor: Hacia el fin de la vida uno tiene que cubrir una especie de programa de dolor. Categorías infinitas. Primero causas físicas como la artritis, las piedras en la vesícula, los espasmos menstruales. En la siguiente categoría el orgullo herido, la traición , la estafa, la injusticia. Pero la categoría más dura es la que se refiere al amor. La cuestión es entonces: ¿Por qué persisten todos? si el amor destroza y se ven los estragos por todas partes, ¿por qué no se actúa con sensatez y se retira uno pronto?

Después de leer esas primeras páginas, de pie, frente al mostrador de la caseta de la Cuesta de Moyano en la que vendían libros usados con un pasado casi infinito, me dije, me llevo a este judío neoyorquino a casa. Siempre quise leer a un nadador olímpico que se ha casado cinco de veces dando explicaciones de por qué es más fácil morir de desamor.

Al tío Benn, profesor de universidad, estudioso y experto en plantas y que ha viajado por todos los lugares del mundo, (China, Sudamérica o los Polos...), estudiando plantas o huyendo del amor o de la simple pasión sexual que tan a menudo aprisiona, lo seguí para que me explicara el por qué de su comportamiento ante las experiencias que le va mostrando la vida.

Estoy sobre-saturado de política. Voy a leer a este judío, neoyorquino, que se cachondeó de mí un día contándome que fue nadador olímpico, escribiendo de amor o desamor:

Así las masas están protegidas en su inocencia y pueden ser ingenuamente felices. Y todos los gobiernos son más o menos así: grandes inquisidores que protegen a la frágil multitud. (Por supuesto no todos los gobiernos han masacrado a sus propios inocentes).

¿También aquí?¿en este libro?¿Nada escapa a la política?

Me he dado cuenta de que Bellow, cuando habla de amor, habla de todo; y toca todas las raíces del Hombre, aunque aviso que no es fácil su lectura, son libros para otra época.

Es la historia personal, amorosa y, sobre todo, sexual de dos hombres: Kenneth Trachtenberg, un profesor de literatura e historia rusa, enamorado de una mujer que sólo lo utilizó para tener una niña, y de su tío Benn Crader, un experto botánico, estudioso de las plantas y profesor de universidad, que se lamenta de que ahora en la universidad se dedican a "crear conciencia". Las estructuras de las plantas les importan un bledo, posiblemente porque también ahí ha entrado a fuego la política y ya son pocos los sabios que se dedican a la política y muy pocos los políticos dedicados a ser sabios. Siempre nos quedarán los monasterios y las bibliotecas secretas.

A través de ellos, el nadador olímpico hará un retrato de la sociedad occidental y de los Estados Unidos y su culto al dinero. Empieza con bisturí de cardiólogo, con las pasiones individuales, (en todo hombre duerme un sentido de la vida conforme al amor, escribe el poeta Larkin) y termina diseccionando con cuchillo de carnicero, la sociedad norteamericana: Los hijos son excusas para robar. ¿Por qué lo hizo?¿Por qué robó? Es una pregunta estúpida:"lo hago por mis hijos"

Los hechos personales son, a menudo, infames. Paseamos con el padre de Kenneth por París. su padre sólo piensa en las mujeres y el sexo. Es apuesto, es un don Juan. Con Kenneth vamos a Etiopía, adonde ha huido su madre para trabajar en una ONG, para hablar con ella, (la madre es el único portero al que uno nunca consigue meterle un gol) y hacerla ver que la vida Occidental tiene sentido aunque ella la encontrara tan vacía en París. Y con Kenneth volamos de París al mismo centro de los Estados Unidos para perseguir a su tío Benn, todo lo contrario a su padre. - Está bien, tío Benn. A los dos nos va mal con las mujeres. somos bastante estúpidos.

Conocimos a Caroline Bunge, uno de los amores del que huyó su tío a las selvas de China o al Polo Norte:
En cuanto a decidirse por un hombre, piensen el esfuerzo que supone examinar a los elegidos para seleccionar un marido. ¡Qué tormento!¡Y luego convencer al hombre que se ha elegido! El dinero debiera facilitar las cosas. Pero no es así, porque donde hay dinero hay negocio y el negocio implica acuerdo contractual. 
Aunque ella lo que quería era un marido a juego con el piso.

Y qué decir de Matilda Layamon y sus padres, sólo piensan en el estatus social y en el dinero. No creo que ninguno de ellos pudiera morir de desamor; y eso que, como nos explicó el tío Benn, experto botánico, son más los que mueren de desamor que los que mueren de radiaciones.

Este nadador olímpico todavía no tiene asegurada la posteridad literaria pero en sus escritos habitan ramalazos de eternidad porque golpean el sentido del ser humano en lugares que sólo los artistas saben tocar:

El sufrimiento de Rusia desde una perspectiva histórica, era el sufrimiento en su forma clásica, el sufrimiento que la humanidad ha conocido siempre mejor en la guerra, la peste, el hambre y la esclavitud. Esas formas monumentales y universalmente familiares del sufrimiento deben hacer a los supervivientes más profundos. Tuve la tentación de hacer comprender a mamá que también había que tomar en cuenta los sufrimientos de la libertad. De otro modo, estaríamos concediéndole un valor más alto al totalitarismo al decir que sólo la opresión puede mantenernos honestos. Las personalidades libres que no reciben ayuda ni del cielo sordo ni de la tierra neutral, se enfrentan a elecciones mortalmente peligrosas que determinarán el futuro de la civilización .

¡Y yo que cogí este libro para ver cómo uno puede morirse de desamor!




martes, 5 de enero de 2016

YO NACÍ GRITANDO GOL; CAMUS, EL PRIMER HOMBRE, Y GALEANO JUGANDO AL FÚTBOL


Yo nací gritando gol y quise ser jugador de fútbol. En mi familia, hasta ahora, todos hemos nacido gritando gol. Yo no sé porqué, pero desde que oí a Albert Camus, hijo de una limpiadora emigrante sordomuda y analfabeta que jamás pudo leer uno de sus libros pero a quien nunca le faltaba una sonrisa en los labios, decir que un campo de fútbol era el único sitio en el que no le preguntaban en qué trabajaba su madre, y que allí lo único que importaba era cómo pateabas la pelota, decidí que mi deporte sería el fútbol.

Me imagino que algo tuvo que ver que yo naciera gritando gol; aunque, por esas cosas del destino, uno no pudo elegir lo mal arreglado que anduvo en su nacimiento con 800 gramos de peso, cuatro operaciones antes de cumplir cuarenta días y la necesidad de llevar atados diferentes órganos abdominales e inguinales hasta cumplir al menos quince años.
Pero lo que sí pude elegir era que, a pesar de todo, mi deporte sería el fútbol.
Tengo a gala el que durante tantos años dando patadas a un balón nadie se percatara de la presencia de algún que otro braguero bajo mi ropa de deporte.

Mi madre, que como todas las madres que tienen hijos que necesitan atarse órganos abdominales e inguinales, me impedía coger cualquier tipo de peso; sin embargo nunca evitó que yo pateara una pelota. "Eso sí, hazlo con cuidadito". En ese aspecto fui diferente a Camus, porque su abuela una mujer dominante, ante la falta de dinero, le prohibía al pequeño Albert Camus jugar al fútbol y cada tarde al volver del colegio le miraba lo gastados que llevaba los zapatos, y si no le gustaba lo que veía el castigo físico no se hacía esperar:

Pero ese reino le estaba vedado. Porque el patio era de cemento y las suelas se gastaban con tanta rapidez que la abuela le había prohibido jugar al fútbol durante los recreos. Ella misma compraba para sus nietos unos sólidos y pesados zapatos cerrados que esperaba inmortales.
En todo caso, para aumentar su longevidad, hacía poner en las suelas unos enormes clavos cónicos que presentaban una doble ventaja: era necesario gastarlos antes de gastar la suela y permitían verificar las infracciones a la prohibición de jugar. En efecto, las corridas en el suelo de cemento los gastaban rápidamente y les daban un pulido cuya frescura delataba al culpable. Todas las noches, al volver a su casa, Jacques debía entrar en la cocina donde Casandra oficiaba entre las negras marmitas, y con la rodilla doblada, la suela al aire, en la postura del caballo al que están herrando, tenía que mostrar las suelas.


Naturalmente, no podía resistir a las llamadas de sus compañeros ni a la atracción de su juego favorito, y ponía toda su atención, no al ejercicio de una virtud imposible, sino en el disimulo de la falta. Así es como pasaba largos ratos, al salir de la escuela y más tarde del liceo, frotando las suelas en la tierra mojada. A veces la triquiñuela daba resultado. Pero llegaba el momento en que el desgaste de los clavos era escandaloso, en que la suela misma estaba gastada e incluso, última de las catástrofes, como consecuencia de un puntapié torpe contra el suelo o contra la verja que protegía los árboles, se separaba del empeine y Jacques llegaba entonces a casa con el zapato atado con un cordel para mantener la boca cerrada. Esas noches eran las del vergajo.

A Jacques, que lloraba, su madre le decía por todo consuelo: «Es verdad que son caros. ¿Por qué no tienes cuidado?». Pero ella misma jamás tocaba a sus hijos. Al día siguiente le ponían a Jacques unas alpargatas y los zapatos iban al remendón. Los recuperaba dos o tres días después florecidos de clavos nuevos, y tenía que aprender otra vez a mantener el equilibrio sobre las suelas resbaladizas e inestables.

Mi padre siempre me recomendó que jugara al fútbol para divertirme que "lo primero es formarte como persona, se pueden hacer a la vez: regates y leer; a distintas horas, eso sí", me enseñó con pocas explicaciones que el futuro normalmente no tiene forma redonda y que, cuando la tiene, es fácil que se den la mano el infierno y la gloria:

El jugador corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
—Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
—¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un
músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

Siempre jugué para divertirme y, rara vez soñé más de lo que la razón me indicaba, me imagino que uno de los motivos era que yo siempre pensé que tendría un destino literario a lo Emily Dickinson. Y así ha sido, siempre dentro de mis modestas limitaciones.

Me alegro de haber dedicado muchas horas de mi vida a correr detrás de una pelota, sólo por divertirme, de manera serena para no correr el riesgo de viajar del placer al deber cuando todavía eres un niño. Me alegro de haber jugado un partido amistoso contra el Xerez cuando tenía dieciseis años y haber marcado de penalty un gol a un portero de primera división, Recio. Me alegro de haber jugado un partido en tercera división siendo juvenil. Me alegro de que un seleccionador me dijera en Cádiz que me llamaría para la selección juvenil a jugar el campeonato de Andalucía, me conformé con esas palabras. Me alegro de haber jugado un fútbol de otro tiempo cuando un entrenador de un equipo rival al término del partido se me acercó para felicitarme por cómo había jugado (has hecho un gran partido, gracias); pero de lo que más me alegro es por los amigos que hice y que nunca hubiera conocido de otra manera, porque en un campo de fútbol nadie te pregunta dónde trabaja tu madre, (aunque de vez en cuando se acuerden de ella)

Vi a Galeano en una Feria del Libro de Madrid hace unos años, y pensé, horrorizado ante los volúmenes que se estaban convirtiendo en superventas mientras el viejo maestro andaba sonriendo a quienes por allí pasaban, que la historia de la literatura es la historia del fútbol o del cine, el mercado se los está comiendo a los tres.

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado
carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Por suerte, en la literatura, de vez en cuando, también aparece algún descarado que nos enseña que literatura y libros, que cada vez viven en mundos más separados, pueden juntarse en un regate imposible, un toque mágico que deja un balón que viene de las nubes, muerto en el suelo, o gambeteando a los mercachifles que se dedican a sacar dolares del arte.


domingo, 20 de diciembre de 2015

LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI, ÁNGEL VÁZQUEZ


Cada día me cuesta más trabajo ponerme las medias. Si tuviera ocasión y pudiera ir a Madrid, me compraría un abriguito de entretiempo. Estas cosas, indudablemente son michelines. ¡Tócate bien, Juani! Michelines…

Buscando escritores malditos, las enciclopedias me arrastraron a Tánger. Yo perseguía a esos escritores perdidos de la generación beat y me encontré con la sorpresa de que Jane Bowles me señaló, de entre todos aquellos que deambulaban por Tánger, al más auténtico, al más perverso, a aquél que escribió una gran obra maestra en lengua castellana. La gran obra maestra maldita.

“Vete a verlo”, me dijo Jane Bowles, “deja a todos estos americanos para otro momento, quien merece la pena de verdad es Ángel Vázquez”, “mi pequeño genio redondo”.
Yo no soy quién para recomendar nada; pero, después de las lecturas que he tenido, que nunca son suficientes, creo que, si alguien quiere escribir literatura en lengua castellana, hay dos novelas que no puede ni debe perderse, una es el Pedro Páramo de Juan Rulfo, y la otra es La Vida Perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez, de nombre Antonio para aquellos que lo conocieron.

Y ¿quién es Juanita Narboni?: “Je suis le mensoge qui dit toujours la verita”, “Yo soy la mentira que siempre dice la verdad”

Desgraciada de mí que hasta para conciliar el sueño encuentro dificultades. Y este silencio que me pone nerviosa porque no es normal.

Es cierto que en las dos novelas terminamos ahogados en la soledad y en la infelicidad; pero nadie ha dicho que la literatura sea un camino fácil, ni que leamos tan sólo para divertirnos, ese espacio común donde los dólares quieren instalar a la literatura; y lo están consiguiendo; espero que ésta, como ha hecho siempre, se refugie en los monasterios y no puedan alcanzarla las llamas como durante la Edad Oscura.

¡Anda disimula, hija, que tú también empinas el codo lo tuyo!

Así fue cómo conocí a Juanita Narboni en Tánger, que en un monólogo casi infinito y deslumbrante, tan sólo ella habla en la novela, nos cuenta esa vida de mujer fracasada, ridícula, que cae en su extravío en lo cursi, pero que con su ejemplo marcado por su yo interior nos enseña en carne propia que el camino de la felicidad siempre viaja desde dentro hacia afuera. Es una equivocación pensar que la felicidad llegará desde fuera si primero no la hacemos crecer dentro de nuestra alma.

Son sus propias decisiones la que la han arrastrado a la soledad más absoluta:
Tarde, siempre a todo llegué tarde, hasta para morirme no voy a llegar a tiempo.

Ella poco a poco ha ido asfixiando su propia vida, siempre se ha sentido vigilada por la sociedad, exagerando la moral burguesa hasta límites que van más allá del sentido común. Son sus recelos y desconfianzas, a veces sin fundamento, los que la han llevado a esa situación:

Ahora me mira y me saluda. Te veía venir. Como siempre. Yo también te saludo, mi reina, se te caiga el massaj. Una vez te pedí veinte duros y no quisiste dejármelos. Claro, me saludas por cuestión de préstige. Al fin y al cabo una es una Narboni. Y tú no eres más que una purita mierda que tuviste la suerte de dar con un marido cabrón. Yo te saludo, te sonrío, mira mi sonrisa, falsa como el anillo que llevo al dedo.

Así es Juanita, desde el principio cree que va por el caminito recto; el problema es que ese camino no es el camino de la bondad; sino el camino de la hipocresía, del sufrimiento gratuito, de la discriminación del otro:
Ana María dice que hay tres clases de nobleza: la de la sangre, la del dinero y la mía.

El monólogo de Juanita es prodigioso, el tiempo de la novela nos sobrecoge porque, a saltos, no hace sino encerrarla más y más, en esa letanía de soledad merecida, con un presente fragmentado, un pasado como el único tiempo en el que se puede ser feliz y un futuro desolador.

Actúa como la sociedad le demanda; ni su hermana (No quise por orgullo buscar a mi hermana, cuando más falta me hacía, ésa que andará por Casablanca, Dios sabe con quién), ni su madre (¡Mamá, mamá!, ¿quieres decirme qué significa todo esto?, ¿Qué va a ser de mí?), ni su padre (Nunca lo quise. Me mira con lástima, que es lo que más me molesta. Me mira como si toda mi vida hubiera de ser terrible, como si de pronto yo me convirtiera en una huérfana de la tormenta), ni aquellos, que pudieron quererla, pueden hacer nada por ella (Por querer que no quede, porque tengo reservas de cariño para dar y tomar, pero no me sirven para nada. ¿Para qué me sirven si no puedo utilizarlas y cuando lo he intentado lo he hecho siempre mal?...Orgullosa de mierda); nadie puede ayudarla porque es ella, su corazón y su alma quienes tienen que hacer ese viaje a la bondad, hacia la sociedad que la rodea; aunque sabe, y ese es también su drama, que Tánger se está deshaciendo igual que ella.

La Tánger internacional se está desangrando. Tánger ya no es nada, ni queda nada de él. Si supieras lo que es del Teatro Cervantes, humo y rastrojos como en Manderley, grietas y cardos por donde antes creció la hierba.

Pero, al menos, podemos ir a la tienda de Mariquita, la sombrerera, en la calle Siaguins para hablar en yaquetía, ese lengua mezcla de castellano, árabe y judío, que es un monumento a la pluralidad. Igual por allí, escondido, espía el pequeño Antonio Vázquez y anota en su cuaderno del colegio palabras mágicas que luego pondrá en la boca de esa infeliz de Juanita Narboni, consumida en su propio mundo.

Ya no hay esperanzas ni para Juanita Narboni, ni para Ángel Vázquez, ni para Tánger.









lunes, 7 de diciembre de 2015

FRIEDRICH HÖLDERLIN, CON HIPERIÓN

Una vez, después de contar mi vida, me preguntaron dónde me hubiera gustado haber estudiado; ya que, unos segundos antes, había narrado mi paso por el colegio laboral, por un colegio del Instituto Social de la Marina, un Instituto público de bachillerato con nombre de pintor, una academia militar y la universidad nacional de educación a distancia.

Sin dudarlo, contesté que el lugar al que me hubiera gustado ir a estudiar era el seminario de Tubinga y, además, en el año 1791 compartiendo habitación con Schelling, Hegel y Hölderlin en aquel Tübingen Stift donde ellos soñaron que otro mundo era posible: “como más me gusta imaginarme el mundo es como la vida de una familia, donde cada cual está sin pensarlo, al servicio de los demás; donde todos padre, madre y hermanos, grandes y pequeños, están a disposición los unos de los otros, sin que se medite ni se sermonee sobre ello”.

Ese lugar donde soñaron que otra vida era posible: ¿qué es todo el saber artificioso del mundo, qué es toda la orgullosa emancipación del pensamiento humano comparada con los tonos espontáneos e inocentes de aquel espíritu que no sabía lo que sabía, lo que era?

Ahí iré a estudiar, al seminario de Tubinga donde Holderlin soñó que otra forma de amar era posible: ¡Oh, qué vale todo lo inmortal que los hombres pensaron e hicieron durante milenios frente a un momento de amor! - ¡Es también lo más logrado, lo más hermosamente divino de la naturaleza! A él conducen todas las gradas desde el umbral de la vida. ¡De él venimos a él vamos!


Siempre he pensado que entraría por el arco principal del seminario, subiría unas escaleras de madera y en la primera planta giraría a la derecha para coger un pasillo por el que la luz corre como un río de oro y me pararía ante una puerta en la que hay pegado un pequeño letrero con tres nombres: Friedrich Hölderlin, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Friedrich Schelling. Tres Friedrich, más grandes que el mismísimo emperador Friedrich II, al que soñaban con destronar con los vientos de la revolución francesa: “Ya no es tiempo de Reyes”.
Conquistarás, y olvidarás para qué, conseguirás por la fuerza, si todo va bien, un Estado libre para ti y entonces dirás: ¿para qué lo he construido? La lucha salvaje te destrozará alma hermosa, envejecerás, espíritu venturoso!: y cansado de la vida al final preguntarás: ¿dónde estáis ahora vosotros ideales de juventud?

Llamaré a la puerta de esa habitación del seminario de Tubinga. Desde dentro me dirán que pase, ni Schelling ni Hegel están dentro, tan sólo veo a Holderlin, el único poeta que renunció a todo por la poesía, su amor, su vida, su futuro; el único poeta que fue devorado por la esencia de la propia poesía, sin más destino que los versos, sin otro posible fin que la locura. Él todavía no lo sabe.

Yo, en la bolsa, llevo un libro de Heidegger, que me he puesto a leer en un banco junto al río Néckar y en el que se ve la torre en la que Holderlin estuvo 37 años encerrado y loco, llamándose Scardanelli: La esencia de la poesía, tal cual la funda Hölderlin, es en grado sumo un acontecimiento histórico; porque “poéticamente es como el hombre hace de esta tierra su morada”.

Cuando escucha los golpes en la puerta dice con voz queda: “adelante” y yo paso con una sonrisa porque voy a conocer al único poeta verdadero, al poeta que no quiso mancharse más que con poesía, que fue capaz de decir cómo debía ser el mundo, el nuevo mundo renacido en su Suavia natal; y que tanta gente perversa, empezando por el nazismo, usó para su mal.

En ese momento anda traduciendo el Áyax de Sófocles: Vosotras, aguas del Escamandro, vosotras que tan amablemente acogisteis a los argivos, ¡vosotras no me veréis nunca más! - ¡Aquí yaceré sin gloria!
¡Qué importa la gloria si la poesía me ha impedido tener a Diotima!

Yo sé quién es Susette Gontard, yo sé que ella va a adorar al poeta y que tras su marcha llorará lágrimas de sangre: <<Es como si mi vida hubiera perdido todo significado; solo por el dolor sigo notando su existencia >>
El poeta no tendrá ni tendrá sangre, sólo versos: Construyo a mi corazón una tumba para que pueda descansar en ella; me encierro en mi mismo como una larva, mientras dura el invierno; con recuerdos venturosos me protejo de la tempestad.

Le pido permiso para sentarme y le digo con alegría que voy a pasar cinco años estudiando con ellos en el seminario; y que, si bien sé que no estoy a su altura, espero que entiendan que no es más que un sueño; por lo que es permisible todo mi atrevimiento.

Todavía cree que la regeneración del  país es posible, concibe la construcción del gobierno con las palabras libertad, igualdad y justicia social; y se va a adelantar al oscurantismo de los regímenes que llegarán dos siglos después con la claridad con la que sólo ven los poetas:

Me parece que tú concedes demasiado poder al Estado. Este no tiene derecho a exigir lo que no puede obtener por la fuerza. Y no se puede obtener por la fuerza lo que el amor y el espíritu dan. ¡Que no se le ocurra tocar eso o tomaremos sus leyes y las clavaremos en la picota! ¡Por el cielo!, no sabe cuánto peca el que quiere hacer del Estado una escuela de costumbres. Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno.

Sin querer se ha anticipado dos siglos a los regímenes comunistas y fascistas, los Gulags y los Auswitch Bikernau, que tan perversamente usaron su nombre.

En la disputa que mantuvieron por carta Hölderlin y mi adorado Cortázar, señora Bauchot, defiendo a Hölderlin, porque el Estado, querido Julio, es creación humana; pero el alma, amado Hölderlin, es creación de Dios.

Agarro la Prosa del Observatorio de Cortázar y vuelvo a leerla: “Señora Bauchot, alguna vez Thomas Mann dijo que las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Holderlin; pero vea usted, señora, yo creo con Lukacs que también hubiera sido necesario que Holderlin leyera a Marx; note usted qué frío es mi delirio aunque le parezca anacrónicamente romántico porque Jai Singh, porque la serpiente de mercurio, porque la noche pelirroja.”

No, querido Julio, he adorado cada paso que diste por París, pero ahora no tengo más remedio que echarme en los brazos libertarios de Hölderlin, sabiendo que somos hijos de la tierra hechos para amar, hechos para sufrir.

Soy feliz sabiendo que voy a pasar cinco años de mi vida en el seminario de Tubinga tratando de cambiar el mundo, así que he dejado pasar la ocasión que se me brindó de estudiar cinco años en una Academia militar.
Para conducir a mi pueblo al Olimpo de divina belleza, donde mana de fuentes eternamente jóvenes lo verdadero con todo lo bueno, carezco, aún hoy, de destreza. Pero a servirme de una espada sí he aprendido, y no necesito más por ahora. La nueva liga de los espíritus no puede vivir en el aire, la sagrada teocracia de lo bello tiene que morar en un Estado libre, y él precisa de un lugar en la tierra, y este lugar lo conquistaremos nosotros.