La primera vez que me crucé con Garcilaso de la Vega, en absoluto de forma casual, fue allá por el año 1979 en una edición de Poesías Castellanas Completas de Clásicos Castalia, anotada y comentada por Elías L. Rivers.
Con él fui a la guerra contra los Comuneros y le cuidé de sus heridas en la batalla de Olías. También embarqué con él a pelear en la defensa de Rodas; y, por supuesto, no me iba a perder la guerra contra Francia que se organizaba en Pamplona. Luego, pasé con él un año de noviciado en el monasterio de Uclés. Y en Illescas, junto a mi casa, estuve con mi señor Garcilaso en las bodas de Leonor de Austria, hermana de nuestro emperador Carlos, con el rey Francisco I de Francia, a quien en San Quintín no nos quedó más remedio que tomarlo prisionero después de la victoria.
Como comprenderán no me iba a perder tampoco viajar hasta el exilio, que los emperadores olvidan rápido las acciones pasadas, a orillas del Danubio; ni preparar la defensa de Viena. Por él, de Batres me fui a Toledo; y por él, estuve ocho años profesando en la toledana Academia de Infantería, mientras viví por todas las calles que eran suyas; y, como no podía ser de otra manera, me hice parroquiano de Santa Leocadia.
A esta idea me llevaron todos los escritores que leí: desde El Brocense; pasando por Fernando de Herrera, el divino; el mismísimo Manuel de Faria y Sousa, o el libro que tengo entre mis manos de Elías L. Rivers. Desde hace 500 años, el nombre de Isabel de Freire ha volado como ese amor que traicionó a Garcilaso; y su nombre, asociado a su marido don Antonio de Fonseca, señor de Toro, a quien llamaban el Gordo, ha viajado en el tiempo de la mano de Garcilaso cada vez que se citaba un sólo verso de sus Églogas: Isabel de Freire. Isabel de Freire, nombre de tantos odios, engaños y sin sabores.
Pero hete aquí, que una profesora toledana María del Carmen Vaquero en una de esas conferencias a las que suelo asistir, martes y jueves, desde hace tiempo en la Juan March; me hizo ver lo equivocado que estaba; no sólo yo, sino esa Historia con mayúsculas que llevaba escrito el nombre de Isabel de Freire en una amistad o trato con Garcilaso que nunca existió. «¡Dios mío», pensé «si las malas lenguas de visillo llegan lejos, no veas como llegan de lejos las que llevan las artes».
¡Así que Isabel de Freire no es Galatea!; ¡desde siempre han dicho que fue ella y yo lo creí!
¡No!, ¡Galatea era Guiomar Carrillo! Mujer de condición terrible, corazón malvado, infiel, falsa perjura; pero de quien estuvo completamente enamorado toda su vida. !Es ella!
He borrado el nombre de Isabel de Freire de la vida de mi señor Garcilaso; aunque dudo que pueda ser borrado de todos los libros de poesía que han corrido por mis manos. Pero yo, ahora en el mío, a tinta, tacho el nombre de Isabel de Freire y lo sustituyo por Guiomar Carrillo. ¿Cómo te vine en tanto menosprecio? ¿Cómo te fui tan presto aborrecible? ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento? Si no tuvieras condición terrible, siempre fuera tenido de ti en precio y no viera este triste apartamiento.
Menos mal, que todos los Salicios, Nemorosos y Albanios que aparecen en las Églogas son el reflejo en cristalinas aguas de Garcilaso de la Vega; y eso me llena de consuelo.
Ya tengo ganas de poder volver a correr por los campos y caminos que rodean el castillo de Batres; y soñar también con Beatriz de Sá, la portuguesa, de la que cuentan todos los romances que fue la mujer más bella que vieron sus tiempos; y soñar también que paseo por sus valles con la jovencísima Magdalena de Guzmán, la hermosa Camila.
Pero si les cuento la verdad, todos en Toledo terminamos enamorados de Beatriz Carrillo, esa mujer de condición terrible.