
Que a Chaves Nogales hay que
fusilarlo es evidente; porque qué se puede hacer con alguien que se ha comprometido
a defender la causa del pueblo contra el fascismo y se ha convertido en el
camarada director al frente de un periódico gubernamental que ha llegado a
alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana; y que
se ha puesto al servicio de los obreros como antes lo había estado a las
órdenes del capitalista, dice, mientras se ajusta el correaje, un joven
falangista que ha preferido, para exponerse menos, la vengativa retaguardia en
Burgos a las trincheras.

Después de todo el tiempo
transcurrido, creo que ya nunca se escribirá la novela definitiva de la última guerra
civil española; sin embargo, sí que el Arte con mayúsculas la ha iluminado y
fijado para siempre a través del relato corto; y ese arte, sin duda, será lo
único que quede cuando el tiempo queme a sus protagonistas y a los
historiadores, tal como viene ocurriendo a lo largo y ancho del mundo desde que
las primeras pinturas rupestres fueron trazadas por mano humana.

Chaves Nogales, el que defendió
la República como un burgués liberal, aquel que creyó que su sitio estaba en
ninguna parte, pagó un precio caro: el olvido, el desprecio y la postergación más
absoluta por ambas partes; porque no debemos obviar que la violencia siempre
simplifica cualquier número complejo a dos con una fuerza centrífuga que
siempre provoca un gran vacío en el centro y una abundancia de militantes en
los extremos, o estás conmigo o contra mí. Y si llega un momento en que no
puedes estar con nadie, porque te has hastiado de sangre; pues claro se
paga caro, desde luego, el precio hoy por hoy es la patria. Pero la verdad,
entre ser una especie de abisinio desteñido, que es lo que le condena a uno el
general Franco, o un kirguís de occidente, como quisieran los agentes del
bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar
por el mundo, por la parte habitable del mundo que nos queda.
En una pensión de Mountrouge, a
los pies de París, en esa pequeña parte habitable, por poco tiempo, comienza a
escribir en enero de 1937 su colección de relatos A sangre y Fuego, y un prólogo que duele a ambos bandos, ya que la
violencia siempre reduce cualquier número complejo a dos, o estás conmigo o
contra mí. Le tachan de desertor a la República; a él, que fue elegido Camarada Director del periódico Ahora por el Consejo Obrero que reemplazó,
en las horas de la guerra, a los antiguos dueños capitalistas, explotadores del
proletariado, y que permaneció en su cargo haciendo lo que sabía hacer,
escribir en un periódico:
Cuando el gobierno de la República abandonó
su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una
hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba
a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las
trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron
defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus
vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.

El
resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran
cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las
trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final
ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo
entre los dientes –según la imagen clásica– va a mantener en servidumbre a los
celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado.
Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con
su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos,
a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir
tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de
la lucha. Mucho menos hay que pensar que las aguas vuelvan a remontar la
corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes
monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.
Menos mal que esos personajes monárquicos
o republicanos resucitaron la democracia cuarenta años después, logrando que
las aguas volvieran a remontar la corriente. Hay quien esperó mucho más de esa
transición y quien esperó mucho menos.