
Viajé a Cuba antes de conocer a Leonardo Padura; así que perdí en aquella ocasión la oportunidad de visitar La Vieja Habana acompañado por un cicerone excepcional.
Para leer durante esos días decidí meter en la mochila los Versos Sencillos de José Martí, El Viejo y el Mar de Hemingway, El Siglo de las Luces de Carpentier y Paradiso de José Lezama Lima; pero como la Literatura la carga el diablo, justo el día antes de salir, una amiga, de las que te aconsejan libros para dejarte en la más grande de las incertidumbres, me dijo que antes de ir a La Habana convendría haber leído al Padura y sus novelas de Mario Conde; ya que es la mejor manera de conocer el barrio de la Víbora y de Mantilla revenido en metáfora, alumbramiento y literatura de toda la Habana.
En el aeropuerto no dejé pasar la ocasión de ir a la tienda de revistas y libros que los despistados de última hora visitan antes de coger el avión; y con las prisas, pensando que la fortuna literaria me había tocado con su dedo, agarré el primer libro de Padura que vi y que ocupaba un lugar de excepción sobre la estantería que abría la tienda. Traté de localizar otro libro de Padura que no fuera ése, porque el que tenía en las manos, editado por Tusquets, era un volumen de más de 600 páginas y yo no tenía más que diez horas de vuelo antes de pisar a La Habana. Ni me fijé que ese libro no formaba parte de la famosa serie Mario Conde. Como no encontré otro me llevé el grueso volumen.
Así que embarqué, rumbo a Cuba, para buscar sin saberlo al Hombre que Amaba a los Perros, que no era un sólo hombre, ni dos, sino tres; tres historias, tres voces, tres novelas que se van urdiendo por la mano maestra del hombre de La Habana que vive en el barrio de Mantilla:

2.- La segunda novela, la del líder socialista ruso Leon Trosky, perseguido por la misma maquinaria asesina stalinista que él también ayudó a su manera a construir, y que en vez de llevarme a Cuba, me hizo viajar de Rusia a Turquía, de Turquía a Francia, de Francia a Noruega y de Noruega a México donde le esperaba un piolet o un zapapico, que lo mismo da, que da lo mismo, para ser incrustado en el cráneo. Natalia Sedova, las manos sobre la mesa de madera basta, lo miraba, petrificada por el peso de la decisión que los condenaba no ya a morir de frío en un rincón del país, sino a tomar el camino de un exilio que se presentaba como una nube oscura. ¿Desterrado el líder que movió las conciencias del país en 1905, el que había hecho triunfar el levantamiento de octubre de 1917 y había creado un ejército en medio del caos y salvado la Revolución en los años de las invasiones imperialistas y la guerra civil?


Los grandes escritores, y Padura lo es, nos llenan la conciencia de preguntas en la realidad o la ficción que nadie es capaz de responder y continuaran en el aire para siempre, al igual que volaban en una conversación entre asesinos en una oscura casa del barrio moscovita de Goliánovo:
- Stalin mandó construir Goliánovo después de la guerra. Como siempre dio un plazo para terminar los edificios, sin que importara mucho cómo quedaran -dijo Eitingon. Pero si los departamentos son pequeños y feos, la culpa claro, es del imperialismo, que también es responsable de que los zapatos soviéticos sean tan duros y la pasta de dientes irrite las encías.
- Y al futuro llegaste....-dijo Eitingon- Occidente es el pasado decadente. Y lo más jodido es que es cierto. El capitalismo ya dio todo lo que podía dar de sí. Pero también es cierto que si el futuro es como Goliánovo, la gente va a preferir por mucho tiempo la decadencia con desodorante y automóviles de verdad. El mundo está en el fondo de una trampa y lo terrible es que nosotros perdimos la oportunidad de salvarlo. ¿Sabes cuál es la única solución?
Jodido Padura, y ahora, ¿qué hacemos?, sabiendo que entre las pocas cosas que repartidas siempre tocan a más, están el dolor y la miseria.