
Esta historia ocurrió, no hace mucho, en un mes de marzo. Siempre que viajo para pasar unos días a La Otra Banda de la Argónida, cada mañana, a primera hora, salgo a la playa con la excusa de pasear o de salir a correr; pero no es ése mi verdadero propósito, sino encontrarme con mi pasado, que fluye lento como las aguas del río que abren la desembocadura con el ritmo de las mareas y de los vientos.

Ni se imagina que yo sé que el balón que está pateando se lo ha comprado a su amigo Juan Ramón, a quien jamás le gustó aquello del fútbol, y que nunca terminará de pagárselo. Tampoco se imagina que sé que anda tras una muchacha rubia con pinta de nibelunga, que está en su mismo curso, y que nunca será suya, aunque haya prometido llevarla a la posada de Thorgate, que queda río abajo a unas millas. Con el tiempo este desenlace, que en unos meses le será tan triste, le parecerá ameno.

El año que viene se decidirá a coleccionar su propia biblioteca, ya ha anotado los libros que tenía el joven Borges en su casa del número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa: Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el Diccionario Latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Cajlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos. Él se conformará con el Absalon de Faulkner en pasta dura, las memorias de Neruda, El Libro de la Arena de Borges, El Viejo y el Mar de Hemingway, un Don Quijote en edición de José María Valverde, El Banquete de Platón y unas obras que ha llevado a su cuarto desde las estanterías del salón para hacerlas suyas con el simple derecho que da el continuo uso.
No quiero acercarme a él porque posiblemente me pregunte por su futuro, y no me creo con derecho a arrebatarle a sus dieciséis años la capacidad de dudar, de tomar decisiones, de acertar o de equivocarse. Además, temo que pudiera ensarzarse conmigo en mil reproches acerca de quién soy o de quién pude ser, porque he de decir que no todo lo hice bien; aunque en mi descargo también puedo argumentar que él en sus dieciséis años de vida tampoco ha sido un dechado de virtudes.

Me hubiera gustado poder advertirle que su padre y su madre pasarán por esas experiencias que acercan a las personas a la muerte durante cierto trecho, pero que no se preocupe porque los dos lo superarán; y me hubiera gustado contarle también que sus hermanas siguen siendo mejor que él en todo, cosa que le alegrará sobremanera cuando cumpla los cincuenta.
Mientras toca la pelota él solo ahí abajo junto a las olas, pienso en que todavía no sabe quién será la mujer de su vida, ni que tendrá un hijo nacido en un lugar mágico donde se cruzan tres hermosos ríos con sus tres valles, ni que seguirá teniendo un perro y que treinta y siete años más tarde un hombre que se parece mucho a él lo estará observando mientras juega al fútbol en la playa.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor.
De pronto, vi que el balón con el que jugaba llegaba hasta mí, y se lo devolví también con la pierna izquierda.