Para aprender sobre todo tipo de artes y de ciencias, siempre recomiendo empezar por los poetas. Por regla general, creemos que los poetas son ese tipo de gente revuelta entre letras y pasiones sin más razón de ser que el verso y sus latidos, alejados de toda vida práctica. Pero si se les lee con otro tipo de lentes se sacan conclusiones muy útiles para la vida.
Voy a poner dos ejemplos: hablar
en público y rellenar un curriculum vitae.
En cuanto al primero, hablar en
público, debemos de hacer caso a don Jacinto Benavente, Premio Nobel de
Literatura, (aunque hasta mi amado Borges tuviera el vicio de no leerlo), que exponía
que el
buen orador improvisa lo que dice y se prepara aquello que no va a decir.
En esa sencilla frase está definido lo que se debe hacer para hablar en público
y que, al menos, un par de palabras nuestras se recuerden a la salida de nuestro
parlamento; ésa es la diferencia entre una conferencia áspera y una amena.
Y Borges extrajo de su experiencia adquirida por las muchas conferencias que dictó que los oyentes siempre preferían lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto; y por ese camino dirigía sus palabras.
Yo aún no he conseguido llevar a
buen término el consejo de don Jacinto en su totalidad; aunque ahora, que la
presbicia se está adueñando de mí, cada vez encuentro más difícil el darme a
una conferencia leída y andar continuamente quitándome y poniéndome las gafas. Así
que la mala salud de mis ojos me está obligando a improvisar lo que digo y a prepararme
concienzudamente lo que no voy a decir, por las malas pasadas que me
juega el movimiento de esas letras escritas que no se están quietas cuando me
quito o me pongo las gafas. Y, cada vez, me va mejor cuando hablo en público…
En relación al segundo ejemplo,
cuando he tenido la ocasión de recibir algún curriculum vitae por motivos laborales; o he tenido que
confeccionar el mío buscando algún hueco nuevo donde trabajar; siempre me ha
venido a la mente Félix Grande, ese poeta manchego que recomienda no volver
nunca al lugar donde uno ha sido feliz:
Normalmente uno se presenta
enumerando la relación de sus victorias, la relación de sus aciertos, sus
premios, sus diplomas, sus acontecimientos vitales y dice éste soy yo. Creo que
no es del todo cierto, la experiencia de mi edad me hace dudar de lo que era
cierto y de lo que no lo era; y creo que el verdadero curriculum vitae sería entregar
una página en la que lo que está enumerado no fuesen las victorias, sino las
derrotas.
Creo que nuestro verdadero rostro
lo define mejor la enumeración de nuestros fracasos, de nuestras tinieblas, de
nuestros cuidados que la enumeración de nuestras victorias.
En nuestro curriculum vitae no debería faltar la noche que estuvimos sin dormir porque nos habían humillado y no respondimos como debíamos a la humillación, o aquella vez en que alguien dejó de amarnos, o peor todavía, cuando fuimos nosotros quien dejamos de amar, o aquella tentativa que hicimos y no pudo cumplirse y se desmoronaron unos cientos de sueños, y nuestras lágrimas, o los lugares que por miedo o vergüenza no visitamos, o...
En nuestro curriculum vitae no debería faltar la noche que estuvimos sin dormir porque nos habían humillado y no respondimos como debíamos a la humillación, o aquella vez en que alguien dejó de amarnos, o peor todavía, cuando fuimos nosotros quien dejamos de amar, o aquella tentativa que hicimos y no pudo cumplirse y se desmoronaron unos cientos de sueños, y nuestras lágrimas, o los lugares que por miedo o vergüenza no visitamos, o...
No seríamos nosotros sin que en
nuestro curriculum apareciera todo eso que confesamos a solas y de madrugada.
Por orden , narremos la caída: no parezca
lujo el susodicho ay. Nacer (he aquí la cuestión)
cómo has nacido, dónde has nacido, para qué has nacido.

En el mil novecientos treinta y siete
(quiero decir, vean crónicas, en ese monstruoso
revulsivo, que luego llaman la primera piedra)
caí en este andadero, o derrotero;
más claro: en guerra; más lírico: en fraterna matanza,
cuando cartas son biblias (¡ay destinatarios!);
más concreto: cuando
mueren mueren mueren mueren destrozados unos
y otros y unos y otros, y
entonces naces:
madrina Amparo viene a tu bautizo un día de bombas,
se celebra un modesto llanto por la ausencia de papá soldado,
faltaban dulces, faltarán,
mamá inunda tu boca de leche con memoria
en que bebes su poderosa pena que ella repostaba
en las salas del hospital de sangre sito en Mérida,
otrora Emérita Augusta.
Mamá desvenda muñones, rebobina quejidos,
pelea contra coágulos y desgarrones femeninamente,
espoelea sus retinas frente a las hemorragias,
se quema en lamentos cocidos, se hiela entre el cierzo de los
moribundos,
solloza para dar ejemplo;
y después me ponía sus trágicos pezones en la boca,
ebrios de obuses, apresurados de sobrevivencia casual,
para que yo chupara mi destino
y cojeara luego con la niñez sin tronos
(faltaban dulces, faltarán)
oh cálido bautizo, oh pesadilla, oh fuego de la escarcha,
fuego, fuego!
Memoria: humeas. –Con aquel bagaje
fleté en el tiempo, con aquellas muletas
di en correr adolescencia adentro;
me fui poblando poco a casi nada
y toda cosa nunca pude olvidar si era sombría;
hasta que un día supe que mi aquella
enfermedad novena del nacer (he aquí la cuestión)
abdicó sobre esta larga convalecencia con recaídas en que ahora
consisto
y a la que llamo mi existencia, proféticamente.
...nosotros estuvimos
aquí: sobre la vida.
Cruzábamos las calles
con velocidad íntima,
rozábamos los picos
nobles de las esquinas
hasta que nuestras manos se callaban y oían.
anduvimos ciudades,
caminos, campos, vías,
andenes; anduvimos
naciones; geografía
fue vivir; una lenta,
sublime geografía.
Amábamos los árboles
hasta la sombra...
Y así, hasta mil y un versos continúa el curriculum vitae de un poeta, Félix Grande, grande de verdad.
lujo el susodicho ay. Nacer (he aquí la cuestión)
cómo has nacido, dónde has nacido, para qué has nacido.
En el mil novecientos treinta y siete
(quiero decir, vean crónicas, en ese monstruoso
revulsivo, que luego llaman la primera piedra)
caí en este andadero, o derrotero;
más claro: en guerra; más lírico: en fraterna matanza,
cuando cartas son biblias (¡ay destinatarios!);
más concreto: cuando
mueren mueren mueren mueren destrozados unos
y otros y unos y otros, y
entonces naces:
madrina Amparo viene a tu bautizo un día de bombas,
se celebra un modesto llanto por la ausencia de papá soldado,
faltaban dulces, faltarán,
mamá inunda tu boca de leche con memoria
en que bebes su poderosa pena que ella repostaba
en las salas del hospital de sangre sito en Mérida,
otrora Emérita Augusta.
Mamá desvenda muñones, rebobina quejidos,
pelea contra coágulos y desgarrones femeninamente,
espoelea sus retinas frente a las hemorragias,
se quema en lamentos cocidos, se hiela entre el cierzo de los
moribundos,
solloza para dar ejemplo;
y después me ponía sus trágicos pezones en la boca,
ebrios de obuses, apresurados de sobrevivencia casual,
para que yo chupara mi destino

(faltaban dulces, faltarán)
oh cálido bautizo, oh pesadilla, oh fuego de la escarcha,
fuego, fuego!
Memoria: humeas. –Con aquel bagaje
fleté en el tiempo, con aquellas muletas
di en correr adolescencia adentro;
me fui poblando poco a casi nada
y toda cosa nunca pude olvidar si era sombría;
hasta que un día supe que mi aquella
enfermedad novena del nacer (he aquí la cuestión)
abdicó sobre esta larga convalecencia con recaídas en que ahora
consisto
y a la que llamo mi existencia, proféticamente.
...nosotros estuvimos
aquí: sobre la vida.
Cruzábamos las calles
con velocidad íntima,
rozábamos los picos
nobles de las esquinas
hasta que nuestras manos se callaban y oían.
anduvimos ciudades,
caminos, campos, vías,
andenes; anduvimos
naciones; geografía
fue vivir; una lenta,
sublime geografía.
Amábamos los árboles
hasta la sombra...
Y así, hasta mil y un versos continúa el curriculum vitae de un poeta, Félix Grande, grande de verdad.