jueves, 29 de agosto de 2013

POR LAS SENDAS DE LA MEMORIA

Hace mucho que apenas veo televisión. Hace mucho que conspiro de forma secreta cuando escucho la radio. Hace mucho que las noticias del día de un periódico las leo haciéndolas contemporáneas de la Antigüedad Clásica. Les juro que no es culpa mía, que yo soy hijo de mi tiempo.
Sin miedo, voy a nombrar al principal culpable de tamaña felonía.

Primeramente, para justificarme, diré que como consecuencia de un viaje a Méjico decidí leer el mes antes de volar solamente literatura mejicana, a ver si por un proceso osmótico y mágico se me pegaba algo de los grandes autores que vivían en ese país prodigioso que es este idioma, común para medio mundo, en el que ahora escribo.

El primer libro que leí me llegó sin yo pedirlo: En ésas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los dieciséis escalones de mi buhardilla con un paquete de libros; separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ''Lea esa vaina, carajo, para que aprenda''; era Pedro Páramo. Desde entonces suelo leerlo cada mes. Sé que a mi adorado García Márquez le ocurrió algo parecido. Una de esas coincidencias que sólo la Literatura, que vive muchas veces alejada de las simples leyes físicas, puede provocar. A continuación leí la colección de cuentos de El Llano en Llamas, y cuando me los sabía de memoria, decidí darme un descanso. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a Juan Rulfo.

Luego, agarré  a Carlos Fuentes y con el Gringo Viejo atravesé alguna que otra frontera mejicana, no siempre con valor; porque normalmente siempre somos valientes para la violencia pero pocas veces para el amor:

- ¿Y la frontera de aquí dentro?-, había dicho la gringa tocándose la cabeza.
- ¿Y la frontera de acá adentro?-, había dicho el general Arroyo tocándose el corazón.
- Sólo nos atrevemos a cruzar de noche-, había dicho el gringo viejo, -la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos.

Creo que el gringo viejo o Carlos Fuentes, que muchas veces la autoría de las frases célebres se diluye en el tiempo y en el habla popular, tenía razón: una pena y una cobardía.
También leí, de Carlos Fuentes, Aura y una colección de cuentos encuadernados en pasta dura y que me llevó por caminos nunca hollados de Méjico:

¡Le he dado una orden, gringo!¡Mátelo!¿No quiere hacerlo? Usted sólo quiere que lo matemos nosotros. ¡Frutos tenías razón! Los gringos sólo son buenos dando ideas; pero quieren que otros maten por ellos. Zacarías vete a pelotón que también vamos a fusilar a este gringo.

No me olvidé de leer a Mariano Azuela, retrartista de la Revolución, a quien yo le debo haber formado parte de las filas de Zapata y haberlos acompañado cuando Villa, sin ambicionarlo, se sentó en la Presidencial:

El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas; los pajarillos piaban escondidos en los pitahayas, y las chicharras monorrítmicas llenaban de misterio la soledad de la montaña.
-Si Dios nos da licencia- dijo Demetrio- mañana o esta misma noche les hemos de mirar la cara otra vez a los federales. ¿Qué dicen, muchachos, los dejamos conocer estas veredas?
Esa noche no pude dormir apenas. Caí por cansancio.

Luego de la mano de Juan José Arreola intenté coger un tren que me llevara a T. Y eso que hablé con El Guardagujas explicándole mi urgencia por coger ese tren.

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país?

-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor...

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

¡Santo Dios!, me dije; y ya que me lo fiaban largo agarré a José Emilio Pacheco que se había alistado en otras revoluciones de carácter poético, sabiendo que:

Sólo el árbol tocado por el rayo
guarda el poder del fuego en su madera.

Tanto, para al final darnos cuenta, José Emilio, que con el paso del tiempo:

Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años.

Y por último, me acerqué a Méjico de la mano de Octavio Paz. El gran culpable de que haga mucho tiempo que yo apenas vea la televisión. Que haga mucho tiempo que conspire de forma secreta cuando escucho la radio. Y que haga mucho que las noticias del día de un periódico las lea haciéndolas contemporáneas de la Antigüedad Clásica. Les juro que no fue culpa mía; que yo soy hijo de mi tiempo. Sin miedo, Octavio Paz, les he nombrado el principal culpable de tamaña felonía.

Alguien me recomendó que antes de volar a Méjico leyera El Laberinto de la Soledad y, por proximidad, ya que en las estanterías de casa andaba un libro suyo de ensayos y prólogos, también leí Por las sendas de la memoria. Recomiendo la lectura (aparte de los ya citados) de este último porque el maestro navega como nadie por las sendas de su memoria, sabiendo que el gusto y el juicio – las dos armas de la crítica – cambian con los años y aun con las horas: aborrecemos en la noche lo que amamos por la mañana; o lo contrario, aborrecemos por la mañana lo que amamos por la noche. Nadie ignora que las noches son más dadas a las equivocaciones y a los arrepentimientos.

En ese libro no se despacha, con razón o sin ella, con benevolencia hacia nuestros tiempos el maestro: La gran rebelión del Arte y la Poesía comenzó con el Romanticismo; siglo y medio después los artistas han sido asimilados e integrados en el proceso circular del mercado. Son un tornillo más del engranaje financiero. ¿Hemos vuelto, maestro, a las ataduras del mecenazgo? ¿Será cierto que con la protección del poder y las cadenas del mercado la poesía es raudamente ahogada? ¿Será verdad que…? ¿Necesitamos otra revolución?


Me parece entrever una respuesta entre Las Sendas de la Memoria: La revolución era hija de la crítica y la ausencia de crítica había matado la revolución. ¿No hay salida, maestro? ¿Estamos en manos del mercado y del engranaje financiero?

Me contesta el maestro Octavio Paz con otra pregunta y ciertas referencias:

- A ver, Norberto, ¿Para qué sirven hoy nuestros poderosos medios de publicidad si no es para propagar y predicar un chato conformismo? Para Goethe la lectura de los periódicos era un rito, medio siglo después para Baudelaire, era una abominación, una mancha que había que lavar con una ablación espiritual.
Nosotros estamos encerrados en esa cárcel de espejos y de ecos que son la prensa, la radio y la televisión que repiten, desde el amanecer hasta la media noche, las mismas imágenes y las mismas fórmulas. La civilización de la libertad nos ha convertido en una manada de borregos. Uno de los rasgos, en verdad, desoladores de nuestra sociedad es la uniformidad de las conciencias, los gustos y las ideas, unida al culto a un individualismo egoísta y desenfrenado.

- Entonces me quedo con la poesía; pero no con cualquier poesía, ¿verdad, maestro?

- Haz caso a Pessoa-, me replica el maestro y cita: Sentirlo todo de todas las maneras. Abolir el dogma de la personalidad: cada uno de nosotros debe ser muchos. El arte es la aspiración del individuo a ser el universo. Y continúa recitando: No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es ambición mía. Es mi manera de estar solo.

Únicamente esa poesía es libre. Me quedo con ella. La del mecenazgo, la del engranaje financiero, la compañera del poder, la del mercado ya tiene sus estanterías llenas de versos y de grandes, muy grandes, obras de Arte que no me canso de leer (La Ilíada, La Odisea, Poema del Mío Cid, Canción de Roldán, la Divina Comedia…., hasta el día de hoy no son pocos manuscritos. Muchos casos en los que el Artista se superpone a la sociedad y a la vida que le tocó vivir)

Ya ven, les juro que no fue culpa mía; que yo soy hijo de mi tiempo. Sin miedo, les he nombrado los principales culpables de tamaña felonía.


















jueves, 22 de agosto de 2013

RYSZARD KAPUŚCIŃSKI, VIAJES CON HERÓDOTO

Al principio no se vislumbra
el desenlace definitivo.
Heródoto


Se acercan, y él, bañado en sudor, siente que sus piernas se vuelven cada vez más pesadas, de plomo. Todo el asunto se limita a que ellos  saben lo mismo que él: que su sentencia no admite recurso alguno. No existe ninguna instancia oficial, ningún tribunal superior. Si propinan a alguien una paliza apaleado queda. Si lo matan, lo matan y punto. Estos son los únicos momentos en que se siente la soledad verdadera: cuando uno se enfrenta a la violencia impune. Entonces el mundo se queda desierto, despoblado, se sume en el silencio y desaparece.

De pronto lo vi y lo llamé, desviando la atención de aquellos autoproclamados gendarmes tras la revolución y la independencia y le dije: ¡Ryszard! ¡Puedo llevarte a Kampala! ¡Tengo un amigo allí!
No lo dudó. ¡Una oportunidad! Es así como se viaja ahora por el país. En una carretera que durante días permanece vacía, de pronto aparece un vehículo.

Yo conocía a Ryszard porque ambos nos alojábamos en la casa del doctor Ranke, y a mí me gustaba oírle hablar de Heródoto.

Le conté que yo ya había viajado por Líbano con Heródoto y con Gilgamesh, con el primero buscando la verdad y con el segundo, la inmortalidad; como ellos, he terminado pensando, después de algún que otro peregrinar, que ambas son inalcanzables.

A Kapuściński, todo el mundo lo conocía por el Richard, no me negaran que pronunciar Ryszard fuera de Polonia es harto improbable y, además, la fonética siempre juega en casa y se adapta a las leyes del anfitrión con notable soltura.
 
No fue fácil llegar a Kampala, había refugiados por todas partes. Eso: los refugiados. De repente todo el mundo se ha convertido en refugiado. Las rutas que recorren resultan muy difíciles de rastrear. Por lo general se trata de alejarse del campo de batalla pero no tanto como para luego perderse y no poder regresar. También es importante que en el camino se pueda encontrar algo para comer. Toda esa gente es pobre, tiene cuatro cosas apenas: las mujeres un vestido de percal; los hombres, pantalón y camisa, y además una tela para taparse durante la noche, una olla, una taza y plato de plástico. Y una palangana donde hacer caber todas las pertenencias.
Con todo, lo más importante en la elección de la ruta son las relaciones entre las distintas tribus: si el camino lleva por un territorio amigo o si, Dios nos libre, conduce derecho a tierra enemiga.
 

Decidimos tomar una carretera sin asfaltar fiándonos de un mapa (Afrique. Carte Générale, editado en Berna por Kummerly & Frey, sin fecha) que Ryszard se agenció en París y que parecía poder llevarnos hasta Kampala, en Uganda. Me comentó que tenía que mandar ya alguna noticia de peso a Polonia, que ya estaban impacientes, pero que últimamente la suerte le era un poco esquiva.
Me habla de la maestría de Heródoto en el arte de escribir reportajes: ¿Qué le interesa?, ¿cómo se dirige a la gente?, ¿cómo escucha lo que le dicen?
Yo me apuesto dos cafés, le digo, a que en ninguna facultad de Ciencias de la Información se estudia a Heródoto. Asiente con la cabeza y rechaza la apuesta. Pero, él sí lo hace, él sí lo estudia concienzudamente. Intenta averiguar, sabiendo que casi todo está ya escrito, qué es aquello que da valor al texto periodístico. Dependemos de la gente, y por eso el reportaje tal vez sea el género de escritura más colectivo.

Él y yo sabemos que ésta también será una guerra de venganzas, como todas. Es la venganza el primer instinto y su llama no muere nunca. Por eso, en la guerra no debemos olvidar nunca una de las leyes herodotianas: no humilles a la gente porque esta vivirá con el ansia de vengar su humillación. Pero hay que tener un espíritu muy noble y un alma de titán para evitar las provocaciones de la venganza, que crecen sin mesura durante las guerras. Es por eso que me gustan tanto las palabras de Martí, el hombre sincero, cuando se refiere a la guerra que se está librando en Cuba: La guerra debe ser sinceramente generosa, libre de todo acto de violencia innecesaria contra personas y propiedades y de toda demostración de odio.... Todos los actos deben ir inspirados en el pensamiento de dar la confianza de que todos podrán vivir en Cuba después de la paz.
No nos engañemos. No es lo común. La violación, el asesinato, el odio, la venganza que como una rueda termina por aplastar a todos, eso es lo común. Lo he visto.   

De noche nos apartábamos un poco de los caminos y dormíamos. No es la noche consejera de gente desarmada y poco ducha en los avatares de la selva.
Durante el día, viajábamos.
Un coche entre tanto refugiado llama demasiado la atención; y dos europeos, llaman, en esta tierra sin mesura, a la atención, al desasosiego y a los desvelos.

Decidimos entrar de día en Kampala y le di al Ryszard una dirección y un nombre: “Pregunta por Remington. Dile que vas de parte mía. Él te ayudará y te dará alguna información para que puedas hacer un reportaje y mandarlo a Polonia.
No es bueno que tú te vayas de aquí. Alguien tiene que contar lo que está pasando y nadie mejor que tú”.

- ¿Tú no te quedas?-, me preguntó.
 - No-, le contesté, - tengo que ir a Persia, a intentar salvar al hijo de Pitio-
- Date prisa-, me dijo.
Aunque de sobra él sabía que yo ya llegaba tarde.
No llegué a entrar en Kampala y eché de menos no charlar un rato con mi amigo Remington.

Radiante, el rey decide continuar la marcha cuando comparece ante él un amigo lidio, Pitio, y le suplica una gracia: Señor, cinco hijos tengo, y los cinco os acompañan en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buena hora los otros cuatro, llevadlos en vuestro ejército, y ojalá, cumplidos vuestros deseos, retornéis glorioso.

Al oír estas palabras, Jerjes vuelve a montar en cólera: “¿Cómo tú hombre ruin –grita al anciano- te has atrevido a hacer mención de ese tu hijo que, siendo mi esclavo, debería acompañarme con toda su familia y aun su misma esposa?”
Acabada de dar esta respuesta, dio orden a los ejecutores ordinarios de los suplicios que fuesen al punto a buscar al hijo primogénito de Pitio y hallado lo partiesen en dos de un tajo, y luego pusiesen una mitad del cuerpo en el camino a mano derecha y la otra a mano izquierda, y que entre ellas pasase el ejército.
Y en efecto, así se hizo.

Ni que decir tiene que no llegué a tiempo para salvarle la vida al hijo primogénito de Pitio; además el rey Jerjes no habría atendido la petición de un simple mortal. Así es como se la juegan las guerras.
  



Las fotos son de mi amigo Remington, para aquellos incrédulos que negaban su existencia.
La primera es de una calle de Kampala, allí el tráfico suele traer añadido algún que otro atasco. La segunda, de un paisaje rural de Uganda en un vuelo Kampala- Mbarara. La tercera, de un abigarrado mercadillo de frutas. Y la cuarta, del jardín botánico de Entebbe con altísimos árboles ecuatoriales.

Remi nos vemos en Madrid.










miércoles, 7 de agosto de 2013

AUDEN, EL CIUDADANO DESCONOCIDO



Ya no hacen falta estrellas: quitadlas todas,
guardad la luna y desmontad el sol,
tirad el mar por el desagüe y talad los bosques,
porque ahora ya nada puede tener utilidad.

Funeral Blues
W. H. Auden

He pasado unos días en la Otra Banda de la Argónida. Suelo ir cada verano. Allí siempre coincido con unos vendedores ambulantes que llevan en sus alforjas toda clase de libros y que montan sus tenderetes en La Calzada. Hasta ahora ni ellos ni yo hemos fallado.
Dos cosas me han sorprendido siempre: la primera, que dejen todos sus libros por la noche en los puestos únicamente protegidos por una simple lona; y la segunda, que libros nuevos de cuidadas ediciones y que en su momento valían su peso en oro, ahora anden deambulando por lugares perdidos a precio de saldo.

Para responder a la primera inquisición debo decir que, a propósito, he pasado por allí a altas horas de la madrugada buscando a ese can Cervero  que aparte de las puertas del infierno protege los libros en La Calzada. No lo he hallado, por ahora. Prometo que seguiré indagando.

Respecto a la segunda inquisición, debo reconocer que las leyes del mercado se me escapan, y eso que terminé haciéndome intendente para emular a Pessoa y a Bernardo Soares allí en la calle de los Doradores como ayudante de contabilidad de la casa Vasques y Cía. Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la Literatura una mariposa que parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.

Pues no, como les venía diciendo, no entiendo las leyes del mercado, pero tengo que contarles que en La Otra Banda de la Argónida pueden encontrarse libros de muy cuidadas ediciones por unos precios que me hacen pensar que el libro en papel no tiene más futuro que ése: La Casa de los Buddenbrooks de Thomas Mann por 3€, el Teatro Completo de Moliere por 3€, Máscaras y Paradojas de Pessoa por 3€, la Narrativa Completa de Herman Melville por 3€, la Poesía Escogida de Dorothy Parker, Máximas y Pensamientos de Marcel Proust, Voltaire, Schopenhauer, Joseph Joubert, De la Rochefoucauld....


He llenado mis alforjas con algunos libros. Ya saben que el invierno se presume largo y frío.

Justo cuando ya había dado por terminada mi visita a los puestos de libros, se me acercó un hombre con pinta de guiri, de pelo rubio, raya al lado izquierdo con una onda cubriéndole la frente; con esa piel clara que te augura en este lado de la Argónida varios días de derrota frente al sol y con una media sonrisa de personaje popular, de la que no se sabe si atrae  o repele. Vestía chaqueta gris, camisa marrón y corbata negra en un estilo no muy apropiado para esta Banda de la Argónida. Me sorprendió que no estuviera sudando como un pollo:

Enfundado en su talento a modo de uniforme,
el rango de cada poeta es bien conocido;
nos pueden asombrar como una tormenta,
o morir tan jóvenes, o vivir solos durante años.

Pueden avanzar como húsares, pero él
debe luchar contra su ímpetu juvenil y aprender
cómo ser sencillo y difícil, cómo ser
alguien tras el cual nadie piensa que merezca la pena volverse a mirar.

 Miré a un lado y a otro; y vi que nadie se extrañaba de su presencia. Tuve que defenderme de las acusaciones que me lanzaban acerca de que estaba hablando solo. En ese momento cogí el libro que me ofrecía el desconocido y leí el título y el nombre del autor: El Prolífico y el Devorador de W. H. Auden en una edición de pastas duras de Edhasa del año 1996.

Sé quién es usted, le dije. He leído algunos de  sus versos; pero este libro es la primera vez que cae en mis manos:

Aprendí allí ciertas actitudes, prejuicios si se quiere, que jamás abandonaría: que el saber es algo que se busca por su propio valor; un interés por la medicina y la enfermedad, y por la teología; la convicción (aunque no recuerdo haber creído jamás en nada sobrenatural) de que la vida está regida por fuerzas misteriosas; un rechazo hacia los extraños y hacia las pandillas; y un desprecio por los hombres de negocios y por todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario.

Sí que empieza fuerte, señor Auden, le dije.
Dejémonos de chorradas y mostremos nuestras cartas, me respondió:

Mi educación comenzó a los siete años, cuando me enviaron a un internado. Todos los muchachos ingleses de clase media pasan cinco años como miembros de una tribu primitiva regida por demonios benévolos o malignos, y luego otros cinco años como ciudadanos de un Estado Totalitario. 

No me gustaría dejar esta conversación aquí, señor Auden, así que preferiría hablar de poesía.
¿Ya no te llevas el libro?, me rebatió.
Por supuesto, es ahora cuando tengo interés en leerlo, le contesté.
Ve paso a paso, continuó hablando, quien pretende asumirlo todo, creyendo que lo hace por sentido del deber, se engaña a sí mismo y arruinará cuanto toque. 

Hábleme de poesía, señor Auden, volví a inquirirle. Recíteme, si quiere, algún poema que le guste.
Aceptó el desafío y empezó:

El crimen del mundo es que los jóvenes envejecen,
Los pobres son bueyes, penumbrosos y con la mirada plomiza;
No que mueran de hambre, sino que lo hagan sin resistirse,
No que siembren sino que rara vez cosechen,
No que adoren, sino que no tengan Dioses que adorar,
No que mueran, sino que mueran como corderos.

¿De quién son esos versos, señor Auden?
De Vachel Lindsay, me dijo.
¿Puede comentármelos un poco?, le pregunté.
Se comentan solos, me contestó secamente.

Miró el reloj e intuí que tenía prisa, así que desistí de preguntarle si durante su vida había sido feliz. Es una pregunta recurrente para que un poeta hable acerca de la felicidad.
Me despedí de él con toda cordialidad y vi cómo se marchaba en dirección a La Calzada. Nadie de los que estaban allí le echó una mirada al forastero.

Como esa noche de verano apetecía vivirla en la calle, me senté en un banco, abrí el libro de Wystan Hugh Auden y leí su poema El Ciudadano Desconocido, que como toda buena poesía se comenta sola:

El Departamento de Estadística descubrió que era
alguien contra quien no había ninguna queja oficial,
y todos los informes sobre su conducta están de acuerdo
en que, en el sentido moderno de una palabra anticuada, era un santo,
ya que todo cuanto hizo fue en servicio de la Comunidad.

Excepto el tiempo que duró la guerra, trabajó hasta el día de su jubilación
en una fábrica y nunca fue despedido,

sino que satisfizo a sus patronos, Motores Fudge S.A.
No era un esquirol ni tenía opiniones extrañas,
y su Sindicato informa que cumplió con su deber

(nuestro informe sobre su Sindicato indica que era de fiar).

Nuestros trabajadores de Psicología Social descubrieron
que era popular entre sus compañeros y le gustaba salir a tomar alguna que otra copa.
La prensa está convencida de que compraba el periódico todos los días
y sus reacciones a la publicidad eran normales en todos los sentidos.
Las pólizas hechas a su nombre demuestran que estaba asegurado a todo riesgo,
y su cartilla de Atención Sanitaria indica que ingresó una vez en el hospital pero salió curado.

Tanto Sondeo de Producción como Alto Nivel de Vida declaran
que tenía actitud sensata entre las ventajas del Pago a Plazos
y poseía todo lo que necesita el Hombre Moderno,
fonógrafo, radio, coche y frigorífico.

 
Nuestros investigadores de Opinión Pública están convencidos
de que tenía las opiniones adecuadas según la época del año;
cuando había paz, estaba a favor de la paz, cuando hubo guerra, acudió.
Se casó y aportó a la población cinco hijos,
lo que era el número adecuado para un progenitor de su generación según nuestro Eugenista,
y nuestros maestros atestiguan que nunca se entrometió en su educación.

¿Era libre? ¿Fue feliz? La pregunta es absurda:
si algo hubiera ido mal, con toda seguridad nos hubiéramos enterado.



La fotos son de Cambrigde donde anduve de viaje el año pasado. Como no podía ser de otra manera, visitamos esos lugares en los que me hubiera gustado estudiar. El King´s College, el Trinity College, el St. Mary´s, el St. John´s, el Corpus Christy...  Libros, historia y versos: lo necesario para latir por allí.
En Cambridge la calle principal, King´s Parade, está muy animada y hacen un chocolate muy bueno en una de sus tiendas. Visitamos el Pub donde hace sesenta años se dio cuenta por primera vez del descubrimiento de la cadena de ADN y luego en un quiosco comimos Cornish pasties para almorzar. Después, como pudimos, intentamos hacer "punting" en el río Cam, primera fotografía.

jueves, 18 de julio de 2013

MARINA TSVETÁIEVA, POEMA DEL FIN

El clima del archipiélago es siempre polar, incluso si la isla ha llegado a perderse en los Mares del Sur. El clima del archipiélago es doce meses de invierno,  y el resto verano. El mismo aire quema y pincha, y no solo debido al frío glacial, no sólo por culpa de la Naturaleza. Soljenitsin parece que escribe pensando en ella.

Va apenas sin ropa. Su marido ha sido fusilado. Su hijo, condenado a trabajos forzados. Su pequeña Irina ha muerto de hambre. Su hija Alya también ha sido detenida. Lleva una pequeña maleta llena de poemas atada con una cuerda. Abre la puerta de la casa, fría. Helada. La primera habitación no tiene ni una silla ni una mesa. En el cuarto del fondo se adivina un catre. No ve ningún colchón, pero piensa que no le va a hacer falta. Su mirada se fija en la cuerda de la maleta y en los dos palmos que se levanta el catre del suelo y piensa que tiene todo lo que necesita: "Es hora de dejar el cárabe, es hora de cambiar el léxico, es hora de apagar la lámpara, encima de la puerta....". Sabe que su obra nunca tendrá la aprobación oficial. Su última petición ha sido desestimada. Sabe que nunca encontrará ni vivienda ni trabajo. Sabe que  ha perdido el futuro. Y piensa que, desbaratados, se perderán sus versos. Se equivoca.

Soljenitsin parece que sigue escribiendo para ella: En una atmósfera en que llevan muchos años reinando el miedo y la traición, quien se salva, sólo se salva exteriormente, corporalmente. Lo que tenga en el interior, eso se pudre

Se sienta en el catre. Suenan los muelles oxidados. Desata la maleta y coge la cuerda. La enrolla en su mano, para no olvidarla, y saca los folios que andan desparramados. Se pone a leer. Mirando sus pies desnudos y fríos contempla en lo que se ha convertido. Coge un trozo de alambre que ha arrancado del somier y escribe en el suelo para mí, sólo para mí:

A ti, que nacerás dentro de un siglo,
cuando de respirar yo haya dejado,
de las entrañas mismas de un condenado a muerte,
con mi mano te escribo.

¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado
y ya no me recuerdan ni los viejos!
¡No alcanzo con la boca las aguas del Leteo!
Extiendo las dos manos.

Tus ojos: dos hogueras,
ardiendo en mi sepulcro -el infierno-
y mirando a la de las manos inmóviles,
la que murió hace un siglo.

En mis manos -un puñado de polvo-
mis versos. Adivino que en el viento
buscarás mi casa natal.
O mi casa mortuoria.
Marina persigue sus antiguas sombras. Su vida regalada en Moscú. Recuerda a su padre, profesor en la Universidad de Bellas Artes y fundador del Museo de Alejandro III. Sus clases de música, amparadas por su madre, concertista de pìano. Sus alegres vacaciones. Sus primeros versos. Su decisión de llevar sus pasiones hasta el límite. Sus estudios de Historia Literaria en París, donde volvería con su primer destierro y donde no fue feliz. Su matrimonio con el joven y apuesto Yakolevich Efron. Sonríe al saber que su matrimonio no frenó una sola de sus pasiones que ella dejó volar a conciencia; sabiendo que los dioses nunca suelen perdonar la libertad, la belleza, ni la felicidad, y mucho menos a los poetas, que desde el primer día están condenados. Se mira nuevamente los pies descalzos y amoratados, y comprende sus desdichas.

Me gusta que no estés loco por mi,
 me gusta que no estoy loca por ti,
 y que la pesada esfera del planeta tierra
 vuelve a girar a nuestros pies.

Me gusta poder ser imperturbable
 y tener humor y ser incapaz de jugar con las palabras,
 no enrojecer ante una ola sofocante,
 cuando al rozarte con mis mangas me enciendo.

Me gusta también que ante mi presencia
abraces tranquilamente a otra, está bien,
 incluso para mí besar a otro,
 y que no me amenaces con las llamas del infierno.

Ése es mi dulce nombre que ni de día, ni de noche
 volverás a recordar, dulce amado,
 y que en el silencio de la iglesia nunca canten por nosotros: ¡Aleluya!

Con este mi corazón y con esta mi mano: Gracias,
Tú, que sin saberlo, me amabas tanto,
 y por mi paz nocturna,
 y por las raras citas a la hora del ocaso,
 por los paseos que no dimos a la luz de la luna, 
 por el sol que no brilló esta mañana sobre nuestras cabezas.

¡Ay de ti!, por no estar loco por mí,
 y ¡Ay de mí!, por no estar loca por ti.

 Mira al techo, con tantos agujeros como su alma, y se pregunta por qué es tan dura la condena. Ha encontrado un antiguo enganche de una lámpara y mira la cuerda. Se siente sin fuerzas. Recuerda sus versos al poeta Blok, a quien ha amado provocando tormentas:

Tú pasas sobre el Neva
y yo sobre el Moscova,
cabizbaja.
Se duermen las farolas.

Te quiero en el insomnio.
Te escucho en el insomnio.
Mientras que por el Kremlin
despiertan campaneros.


Mi río con tu río,
mi mano con tu mano
se ignoran. Cariño mío, alegría
hasta que el alba alcance a la siguiente.

Los poetas del régimen, esos bastardos, la han abandonado. No voy a decir ni uno de sus nombres, no merecen más que el olvido y el desprecio. Pero ahí quedan Pasternak, Blok y Mandelstan, que compartieron besos y versos con Marina: distancia y lejanías?, des-pegados, des-soldados, apartaron manos, crucificaron sin saber lo que destruían: la unión total. De suspiros y tendones nos malquistaron, nos esparcieron y exfoliaron. Muro y foso. Separados como las águilas. Ahí queda Anna Ajmatova a la que siempre lleva en la memoria: ¡Oh, musa del llanto, la más bella de las musas!, ¡Oh, loca criatura del infierno y de la noche blanca! Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas y tu puro lamento nos traspasa como flecha.

¡Qué pocos estuvieron con ella el día que salió para el destierro! ¡Qué pocos!. Recordó a Ovidio cuando en la noche partía a su destierro a la aldea de Tomi en las heladas y frías tierras de Escitia: "a punto ya de irme, por última vez me dirijo a mis desolados amigos, que de muchos, apenas uno y otro eran". Ovidio y Marina, abandonados por el miedo al régimen con su doble condena de destierro y desolación. Al menos, los dos tuvieron antes de partir un par de amigos: que de muchos, apenas uno y otro eran. Caía la noche cuando debía partir para la fría Elábuga: Iamque quiescebant voces hominunque canumque, lunaque nocturnos alta regebat equos. (Ya callaban las voces de hombres y perros, y la alta luna guiaba los caballos de la noche).

Piensa en los hombres y las mujeres que ha amado. Pone los pies sobre el somier y mira el enganche en el techo para una antigua lámpara. Cree que no aguantará su peso. Llora por su hija Irina, muerta por inanición en un orfanato donde tuvo que dejarla pensando que al menos allí comería una vez al día, se equivocó. Llora por su hijo condenado a trabajos forzados. Llora por su hija Alya, encerrada en un Gulag acusada de espionaje por su propio novio, así las gastaba el régimen:

Algún día criatura encantadora
para ti seré sólo un recuerdo,
perdido allá en tus ojos azules
en la lejanía de tu memoria.

Olvidarás mi perfil aguileño
y mi frente entre nubes de humo,
y mi eterna risa que a todos engaña,
y una centena de anillos de plata,
en mi mano el altillo-camarote,
mis papeles en divino desorden,
alzados por la desgracia en el año terrible;
tú eras pequeña y yo era joven.

Sube a al somier enlaza la cuerda con la que llevaba atada la maleta llena de versos a su cuello y se deja caer. Sus versos yacen esparcidos por el suelo. Sólo el tiempo podrá traer el viento necesario para hacerlos volar, mientras tanto ya callaban las voces de hombres y perros, y la alta luna guiaba los caballos de la noche.





Las fotos primera y tercera son de Berlín donde anduvimos recordando que por fin cayó el Muro de la Vergüenza que dividía calles y familias. Estuvimos recorriendo los túneles y bunkers en una visita guiada. Alcantarillas y túneles excavados y utilizados por gente desesperada.
Ya cayó ese Muro pero hay otro al que no hacemos mucho caso a pesar de agigantarse cada día desaforadamente. Es ese muro que divide el Norte y el Sur que si no se llama el de la vergüenza, bien podría llamarse así.   
La segunda foto es del Sagrado Corazón de París, donde guardo la imagen de Marina, con su pelo corto, su cigarrillo, su larga falda tableada y su chaqueta azul, mientras tomaba un café en un restaurante cerca del Sena y leía unos versos de Pasternak. No nos desbarataron; nos perdieron por los tugurios de las latitudes: disgregados como huérfanos. Bella entre las bellas y libre entre las libres.










viernes, 12 de julio de 2013

YO FUI AMIGO DE JOHN KEATS




Con dificultad respira el aire que, convertido en cristal, quiebra sus pulmones.

John Severn, el pintor, está a su lado con la paciencia y el oficio del que se conforma con las migajas de un instante. Todo a su alrededor huele a líquido antiséptico. Los presagios huelen a galena.
El joven John Keats, mientras tose y echa esputos, se duele del poco tiempo que le queda para volver a subir, hacia atrás, en busca de las cosas queridas que dejó pendientes para un regreso que nunca llegará.

No quiere despedirse de nada porque sabe que los más hermosos versos están todavía por escribir, esos versos, tan ausentes, devorados por la tuberculosis; pero que rondarán su cabeza en un futuro que no existe.

John Severn, el pintor, que está a su lado humedeciendo su frente con paños mojados también lo sabe.

¿Dónde hallar al poeta? Nueve musas
mostrádmelo que pueda conocerlo.
Es aquel hombre que ante cualquier hombre
como un igual se siente, aunque fuera el monarca
o el más pobre de la tropa de mendigos;
o tal vez una cosa de maravilla: un hombre
entre el simio y Platón;
es quien, a una con el pájaro,
reyezuelo o bien águila, el camino descubre
que a todos sus instintos conduce; el que ha escuchado
el rugir del león y nos diría
lo que expresa aquella áspera garganta;
y el bramido del tigre
le llega articulado y se le adentra
como lengua materna en el oído.

Ha llegado a Roma hace muy poco tiempo y no duda que va a morir ahí.

Shelley se ha dado cuenta rápido de que el joven Keats está creando un sentido nuevo a la lírica inglesa y se ha puesto a sus pies:

Despierta de su sueño
a las horas oscuras, a tus iguales,
y cuéntales tu propia desventura:
"Sabed, di, que Adonais murió conmigo.
Si el futuro no tiene la osadía 
de olvidar el pasado, en lo eterno
vivirán su destino y su renombre
como una luz y un eco".

Byron anda, de un lado a otro del cuarto, entre sombras, maldiciendo la ceguera de esos miserables críticos de la Quarterly y de la Blackwood Review  y apunta su dedo, no sobre la tuberculosis, sino sobre las críticas negativas que recibió su Endymion:

¿Quién mató a John Keats?
"Yo", dice la Quarterly,
tan salvaje y Tártara,
"fue una de mis hazañas".

Yo también los maldigo, aunque tenga menos descaro, valor y talento que Byron.

Keats, el joven poeta que escribió su nombre en el agua, se ha alejado lo suficiente de la realidad para entender que él no necesita ni habilidad literaria, ni mensajes filosóficos para escribir; sino que tan sólo necesita transmutar en palabras lo que está más allá de su persona, liberándose de su individualidad. Pocos han podido hacer eso, Keats, Rilke, tal vez Shakespeare:

¡Oh! No te desazones por el saber. Ninguno
tengo yo y mis canciones con el calor me brotan.
¡Oh! No te desazones por el saber. Ninguno
tengo yo, mas la tarde me escucha...

...Tú que por libro único has tenido la luz
de supremas tinieblas con que te alimentaste,
noche tras noche, cuando lejano estaba Febo:
te será primavera una triple mañana.

Keats se muere. Son las cuatro de la tarde del 23 de febrero de 1821, trata de levantar la cabeza, pero no puede, mira a Severn y pronuncia sus últimas palabras: “Severn, yo… incorpórame… me estoy muriendo… moriré tranquilamente… No te asustes… sé fuerte… y gracias a Dios que esto se acaba”.


John Severn, el pintor que siempre está a su lado, deja que las lágrimas corran por sus mejillas:

Miro por los lugares donde no osara ir nadie
y se fijan mis ojos donde nadie los fija,
y si la noche viene, 
me cantan los corderos una canción de cuna.


Piensa en Fanny y a las once de la noche expira el más grande poeta que ha dado Inglaterra. Severn desde las cuatro de la tarde no ha dejado de llorar. Él, de la mano de Keats, se ha hecho un hueco en la Historia de la Literatura. John Keats es Literatura.

Ciento cincuenta años después un poeta ciego argentino oye por otra boca su poema  Sobre el mar y sobre la melancolía y escribe, sobre un papel que no puede ver, unos versos:

Desde el principio hasta la joven muerte
La terrible belleza te acechaba
Como a los otros la propicia muerte
O la adversa. En las albas te esperaba
De Londres, en las páginas casuales
De un diccionario de mitología,
En las comunes dádivas del dia,
En un rostro, una voz, y en los mortales
Labios de Fanny Brawne. Oh sucesivo
Y arrebatado Keats, que el tiempo ciega,
El alto ruiseñor y la urna griega
Serán tu eternidad, oh fugitivo.
Fuiste el fuego. En la pánica memoria
No eres hoy la ceniza. Eres la gloria.


Antes de haber leído un verso de Keats, yo había visto una fotografía de su tumba en uno de los tomos de la  Historia de la Literatura Universal, escrita por José María Valverde y Martín de Riquer y que andaba en una de las estanterías de la casa de mis padres, la cual no tuve más alivio que requisar para dedicarme a su lectura.
A esa Enciclopedia creo que le debo mucho. Sus palabras las tomo prestadas a cada momento. A José María Valverde también le debo el acercamiento al Ulises de Joyce en una muy cuidada edición de la Editorial Lumen en dos tomos y que compré hace casi treinta años en una librería de Cádiz, cuando James Joyce aún no había escrito nada para mí. Parece que ahora treinta años después lo está haciendo, ha hecho falta paciencia. Esta última frase no es más que una paráfrasis de Borges. Tengo poco de original, lo reconozco.

Esa foto de la que hablo, en blanco y negro, no he tenido más remedio que reproducirla por lo que ha significado para mí. A sus pies escribe José María Valverde: En Roma, donde murió a los veintiséis años, víctima de la tuberculosis (agravada al parecer por las malas críticas contra su poema Endimión), yace Keats, señalado sólo en su lápida como "un joven poeta inglés, cuyo nombre se escribió en el agua". Pero a su lado se enterró al pintor Joseph Severn, que quiso ostentar como título supremo funerario el haber sido amigo de John Keats".
Nada más grande que querer abandonar el yo para abrazar sin medida al otro. Yo no fui nadie, parece querer decirnos Severn, yo sólo fui amigo de Jonh Keats, lo más importante que ocurrió en mi vida. Hay que haber entendido el sentido de la vida muy bien, me dije, para escribir eso sobre su tumba. 
¿Quién de nosotros lo haría cuando se ha convertido el éxito en una obsesión, el tener quince minutos de gloria en una ley y la competitividad, dejando mucha carne triturada en el camino, en un lema?
Pues no, yo sólo fui amigo de John Keats.

Si me preguntan de qué cosas me siento orgulloso, diría:

"La verdad es que no he hecho grandes cosas en mi vida pero yo;

Yo fui amigo de Arturo Muñoz Castellanos. Muerto en Bosnia cuando auxiliaba a civiles no combatientes.
Yo fui amigo de Jesús Aguilar Fernández. Muerto en Bosnia cuando llevaba plasma sanguíneo a un hospital musulmán..
Yo fui amigo de Mariano Álvarez Lórenz. Muerto cuando se dirigía a hacer sus prácticas de fin de carrera.
Yo fui amigo de Martín Rodríguez de Labra. Muerto en los mismos brazos de una montaña que decidió quererlo demasiado.
Yo fui amigo de José María Muñoz Damián. Muerto en Trebisonda, Turquía, cuando volvía de Afganistán en un accidente aéreo que nunca debió producirse.
Yo fui amigo de Arturo Vinuesa Galiano. Muerto en unas maniobras haciendo lo que tanto había soñado.
Yo fui amigo de Federico Sierra Serón. Muerto en los atentados terroristas contra los trenes de cercanías de Madrid el 11-M.
Yo fui amigo de Manuel Verde Arauzo. Muerto en una carrera que se convirtió en interminable.
Yo fui amigo de José Manuel Berdugo. Muerto en accidente de tráfico con no más de veinte años.
Yo fui amigo de José Lozano Berdier. Muerto en accidente cuando en bicicleta andaba buscando las nubes.

...Y también yo fui amigo de John Keats".

Como Keats, todos ellos eran jóvenes cuyos nombres se escribieron en el agua.