jueves, 18 de julio de 2013

MARINA TSVETÁIEVA, POEMA DEL FIN

El clima del archipiélago es siempre polar, incluso si la isla ha llegado a perderse en los Mares del Sur. El clima del archipiélago es doce meses de invierno,  y el resto verano. El mismo aire quema y pincha, y no solo debido al frío glacial, no sólo por culpa de la Naturaleza. Soljenitsin parece que escribe pensando en ella.

Va apenas sin ropa. Su marido ha sido fusilado. Su hijo, condenado a trabajos forzados. Su pequeña Irina ha muerto de hambre. Su hija Alya también ha sido detenida. Lleva una pequeña maleta llena de poemas atada con una cuerda. Abre la puerta de la casa, fría. Helada. La primera habitación no tiene ni una silla ni una mesa. En el cuarto del fondo se adivina un catre. No ve ningún colchón, pero piensa que no le va a hacer falta. Su mirada se fija en la cuerda de la maleta y en los dos palmos que se levanta el catre del suelo y piensa que tiene todo lo que necesita: "Es hora de dejar el cárabe, es hora de cambiar el léxico, es hora de apagar la lámpara, encima de la puerta....". Sabe que su obra nunca tendrá la aprobación oficial. Su última petición ha sido desestimada. Sabe que nunca encontrará ni vivienda ni trabajo. Sabe que  ha perdido el futuro. Y piensa que, desbaratados, se perderán sus versos. Se equivoca.

Soljenitsin parece que sigue escribiendo para ella: En una atmósfera en que llevan muchos años reinando el miedo y la traición, quien se salva, sólo se salva exteriormente, corporalmente. Lo que tenga en el interior, eso se pudre

Se sienta en el catre. Suenan los muelles oxidados. Desata la maleta y coge la cuerda. La enrolla en su mano, para no olvidarla, y saca los folios que andan desparramados. Se pone a leer. Mirando sus pies desnudos y fríos contempla en lo que se ha convertido. Coge un trozo de alambre que ha arrancado del somier y escribe en el suelo para mí, sólo para mí:

A ti, que nacerás dentro de un siglo,
cuando de respirar yo haya dejado,
de las entrañas mismas de un condenado a muerte,
con mi mano te escribo.

¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado
y ya no me recuerdan ni los viejos!
¡No alcanzo con la boca las aguas del Leteo!
Extiendo las dos manos.

Tus ojos: dos hogueras,
ardiendo en mi sepulcro -el infierno-
y mirando a la de las manos inmóviles,
la que murió hace un siglo.

En mis manos -un puñado de polvo-
mis versos. Adivino que en el viento
buscarás mi casa natal.
O mi casa mortuoria.
Marina persigue sus antiguas sombras. Su vida regalada en Moscú. Recuerda a su padre, profesor en la Universidad de Bellas Artes y fundador del Museo de Alejandro III. Sus clases de música, amparadas por su madre, concertista de pìano. Sus alegres vacaciones. Sus primeros versos. Su decisión de llevar sus pasiones hasta el límite. Sus estudios de Historia Literaria en París, donde volvería con su primer destierro y donde no fue feliz. Su matrimonio con el joven y apuesto Yakolevich Efron. Sonríe al saber que su matrimonio no frenó una sola de sus pasiones que ella dejó volar a conciencia; sabiendo que los dioses nunca suelen perdonar la libertad, la belleza, ni la felicidad, y mucho menos a los poetas, que desde el primer día están condenados. Se mira nuevamente los pies descalzos y amoratados, y comprende sus desdichas.

Me gusta que no estés loco por mi,
 me gusta que no estoy loca por ti,
 y que la pesada esfera del planeta tierra
 vuelve a girar a nuestros pies.

Me gusta poder ser imperturbable
 y tener humor y ser incapaz de jugar con las palabras,
 no enrojecer ante una ola sofocante,
 cuando al rozarte con mis mangas me enciendo.

Me gusta también que ante mi presencia
abraces tranquilamente a otra, está bien,
 incluso para mí besar a otro,
 y que no me amenaces con las llamas del infierno.

Ése es mi dulce nombre que ni de día, ni de noche
 volverás a recordar, dulce amado,
 y que en el silencio de la iglesia nunca canten por nosotros: ¡Aleluya!

Con este mi corazón y con esta mi mano: Gracias,
Tú, que sin saberlo, me amabas tanto,
 y por mi paz nocturna,
 y por las raras citas a la hora del ocaso,
 por los paseos que no dimos a la luz de la luna, 
 por el sol que no brilló esta mañana sobre nuestras cabezas.

¡Ay de ti!, por no estar loco por mí,
 y ¡Ay de mí!, por no estar loca por ti.

 Mira al techo, con tantos agujeros como su alma, y se pregunta por qué es tan dura la condena. Ha encontrado un antiguo enganche de una lámpara y mira la cuerda. Se siente sin fuerzas. Recuerda sus versos al poeta Blok, a quien ha amado provocando tormentas:

Tú pasas sobre el Neva
y yo sobre el Moscova,
cabizbaja.
Se duermen las farolas.

Te quiero en el insomnio.
Te escucho en el insomnio.
Mientras que por el Kremlin
despiertan campaneros.


Mi río con tu río,
mi mano con tu mano
se ignoran. Cariño mío, alegría
hasta que el alba alcance a la siguiente.

Los poetas del régimen, esos bastardos, la han abandonado. No voy a decir ni uno de sus nombres, no merecen más que el olvido y el desprecio. Pero ahí quedan Pasternak, Blok y Mandelstan, que compartieron besos y versos con Marina: distancia y lejanías?, des-pegados, des-soldados, apartaron manos, crucificaron sin saber lo que destruían: la unión total. De suspiros y tendones nos malquistaron, nos esparcieron y exfoliaron. Muro y foso. Separados como las águilas. Ahí queda Anna Ajmatova a la que siempre lleva en la memoria: ¡Oh, musa del llanto, la más bella de las musas!, ¡Oh, loca criatura del infierno y de la noche blanca! Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas y tu puro lamento nos traspasa como flecha.

¡Qué pocos estuvieron con ella el día que salió para el destierro! ¡Qué pocos!. Recordó a Ovidio cuando en la noche partía a su destierro a la aldea de Tomi en las heladas y frías tierras de Escitia: "a punto ya de irme, por última vez me dirijo a mis desolados amigos, que de muchos, apenas uno y otro eran". Ovidio y Marina, abandonados por el miedo al régimen con su doble condena de destierro y desolación. Al menos, los dos tuvieron antes de partir un par de amigos: que de muchos, apenas uno y otro eran. Caía la noche cuando debía partir para la fría Elábuga: Iamque quiescebant voces hominunque canumque, lunaque nocturnos alta regebat equos. (Ya callaban las voces de hombres y perros, y la alta luna guiaba los caballos de la noche).

Piensa en los hombres y las mujeres que ha amado. Pone los pies sobre el somier y mira el enganche en el techo para una antigua lámpara. Cree que no aguantará su peso. Llora por su hija Irina, muerta por inanición en un orfanato donde tuvo que dejarla pensando que al menos allí comería una vez al día, se equivocó. Llora por su hijo condenado a trabajos forzados. Llora por su hija Alya, encerrada en un Gulag acusada de espionaje por su propio novio, así las gastaba el régimen:

Algún día criatura encantadora
para ti seré sólo un recuerdo,
perdido allá en tus ojos azules
en la lejanía de tu memoria.

Olvidarás mi perfil aguileño
y mi frente entre nubes de humo,
y mi eterna risa que a todos engaña,
y una centena de anillos de plata,
en mi mano el altillo-camarote,
mis papeles en divino desorden,
alzados por la desgracia en el año terrible;
tú eras pequeña y yo era joven.

Sube a al somier enlaza la cuerda con la que llevaba atada la maleta llena de versos a su cuello y se deja caer. Sus versos yacen esparcidos por el suelo. Sólo el tiempo podrá traer el viento necesario para hacerlos volar, mientras tanto ya callaban las voces de hombres y perros, y la alta luna guiaba los caballos de la noche.





Las fotos primera y tercera son de Berlín donde anduvimos recordando que por fin cayó el Muro de la Vergüenza que dividía calles y familias. Estuvimos recorriendo los túneles y bunkers en una visita guiada. Alcantarillas y túneles excavados y utilizados por gente desesperada.
Ya cayó ese Muro pero hay otro al que no hacemos mucho caso a pesar de agigantarse cada día desaforadamente. Es ese muro que divide el Norte y el Sur que si no se llama el de la vergüenza, bien podría llamarse así.   
La segunda foto es del Sagrado Corazón de París, donde guardo la imagen de Marina, con su pelo corto, su cigarrillo, su larga falda tableada y su chaqueta azul, mientras tomaba un café en un restaurante cerca del Sena y leía unos versos de Pasternak. No nos desbarataron; nos perdieron por los tugurios de las latitudes: disgregados como huérfanos. Bella entre las bellas y libre entre las libres.










viernes, 12 de julio de 2013

YO FUI AMIGO DE JOHN KEATS




Con dificultad respira el aire que, convertido en cristal, quiebra sus pulmones.

John Severn, el pintor, está a su lado con la paciencia y el oficio del que se conforma con las migajas de un instante. Todo a su alrededor huele a líquido antiséptico. Los presagios huelen a galena.
El joven John Keats, mientras tose y echa esputos, se duele del poco tiempo que le queda para volver a subir, hacia atrás, en busca de las cosas queridas que dejó pendientes para un regreso que nunca llegará.

No quiere despedirse de nada porque sabe que los más hermosos versos están todavía por escribir, esos versos, tan ausentes, devorados por la tuberculosis; pero que rondarán su cabeza en un futuro que no existe.

John Severn, el pintor, que está a su lado humedeciendo su frente con paños mojados también lo sabe.

¿Dónde hallar al poeta? Nueve musas
mostrádmelo que pueda conocerlo.
Es aquel hombre que ante cualquier hombre
como un igual se siente, aunque fuera el monarca
o el más pobre de la tropa de mendigos;
o tal vez una cosa de maravilla: un hombre
entre el simio y Platón;
es quien, a una con el pájaro,
reyezuelo o bien águila, el camino descubre
que a todos sus instintos conduce; el que ha escuchado
el rugir del león y nos diría
lo que expresa aquella áspera garganta;
y el bramido del tigre
le llega articulado y se le adentra
como lengua materna en el oído.

Ha llegado a Roma hace muy poco tiempo y no duda que va a morir ahí.

Shelley se ha dado cuenta rápido de que el joven Keats está creando un sentido nuevo a la lírica inglesa y se ha puesto a sus pies:

Despierta de su sueño
a las horas oscuras, a tus iguales,
y cuéntales tu propia desventura:
"Sabed, di, que Adonais murió conmigo.
Si el futuro no tiene la osadía 
de olvidar el pasado, en lo eterno
vivirán su destino y su renombre
como una luz y un eco".

Byron anda, de un lado a otro del cuarto, entre sombras, maldiciendo la ceguera de esos miserables críticos de la Quarterly y de la Blackwood Review  y apunta su dedo, no sobre la tuberculosis, sino sobre las críticas negativas que recibió su Endymion:

¿Quién mató a John Keats?
"Yo", dice la Quarterly,
tan salvaje y Tártara,
"fue una de mis hazañas".

Yo también los maldigo, aunque tenga menos descaro, valor y talento que Byron.

Keats, el joven poeta que escribió su nombre en el agua, se ha alejado lo suficiente de la realidad para entender que él no necesita ni habilidad literaria, ni mensajes filosóficos para escribir; sino que tan sólo necesita transmutar en palabras lo que está más allá de su persona, liberándose de su individualidad. Pocos han podido hacer eso, Keats, Rilke, tal vez Shakespeare:

¡Oh! No te desazones por el saber. Ninguno
tengo yo y mis canciones con el calor me brotan.
¡Oh! No te desazones por el saber. Ninguno
tengo yo, mas la tarde me escucha...

...Tú que por libro único has tenido la luz
de supremas tinieblas con que te alimentaste,
noche tras noche, cuando lejano estaba Febo:
te será primavera una triple mañana.

Keats se muere. Son las cuatro de la tarde del 23 de febrero de 1821, trata de levantar la cabeza, pero no puede, mira a Severn y pronuncia sus últimas palabras: “Severn, yo… incorpórame… me estoy muriendo… moriré tranquilamente… No te asustes… sé fuerte… y gracias a Dios que esto se acaba”.


John Severn, el pintor que siempre está a su lado, deja que las lágrimas corran por sus mejillas:

Miro por los lugares donde no osara ir nadie
y se fijan mis ojos donde nadie los fija,
y si la noche viene, 
me cantan los corderos una canción de cuna.


Piensa en Fanny y a las once de la noche expira el más grande poeta que ha dado Inglaterra. Severn desde las cuatro de la tarde no ha dejado de llorar. Él, de la mano de Keats, se ha hecho un hueco en la Historia de la Literatura. John Keats es Literatura.

Ciento cincuenta años después un poeta ciego argentino oye por otra boca su poema  Sobre el mar y sobre la melancolía y escribe, sobre un papel que no puede ver, unos versos:

Desde el principio hasta la joven muerte
La terrible belleza te acechaba
Como a los otros la propicia muerte
O la adversa. En las albas te esperaba
De Londres, en las páginas casuales
De un diccionario de mitología,
En las comunes dádivas del dia,
En un rostro, una voz, y en los mortales
Labios de Fanny Brawne. Oh sucesivo
Y arrebatado Keats, que el tiempo ciega,
El alto ruiseñor y la urna griega
Serán tu eternidad, oh fugitivo.
Fuiste el fuego. En la pánica memoria
No eres hoy la ceniza. Eres la gloria.


Antes de haber leído un verso de Keats, yo había visto una fotografía de su tumba en uno de los tomos de la  Historia de la Literatura Universal, escrita por José María Valverde y Martín de Riquer y que andaba en una de las estanterías de la casa de mis padres, la cual no tuve más alivio que requisar para dedicarme a su lectura.
A esa Enciclopedia creo que le debo mucho. Sus palabras las tomo prestadas a cada momento. A José María Valverde también le debo el acercamiento al Ulises de Joyce en una muy cuidada edición de la Editorial Lumen en dos tomos y que compré hace casi treinta años en una librería de Cádiz, cuando James Joyce aún no había escrito nada para mí. Parece que ahora treinta años después lo está haciendo, ha hecho falta paciencia. Esta última frase no es más que una paráfrasis de Borges. Tengo poco de original, lo reconozco.

Esa foto de la que hablo, en blanco y negro, no he tenido más remedio que reproducirla por lo que ha significado para mí. A sus pies escribe José María Valverde: En Roma, donde murió a los veintiséis años, víctima de la tuberculosis (agravada al parecer por las malas críticas contra su poema Endimión), yace Keats, señalado sólo en su lápida como "un joven poeta inglés, cuyo nombre se escribió en el agua". Pero a su lado se enterró al pintor Joseph Severn, que quiso ostentar como título supremo funerario el haber sido amigo de John Keats".
Nada más grande que querer abandonar el yo para abrazar sin medida al otro. Yo no fui nadie, parece querer decirnos Severn, yo sólo fui amigo de Jonh Keats, lo más importante que ocurrió en mi vida. Hay que haber entendido el sentido de la vida muy bien, me dije, para escribir eso sobre su tumba. 
¿Quién de nosotros lo haría cuando se ha convertido el éxito en una obsesión, el tener quince minutos de gloria en una ley y la competitividad, dejando mucha carne triturada en el camino, en un lema?
Pues no, yo sólo fui amigo de John Keats.

Si me preguntan de qué cosas me siento orgulloso, diría:

"La verdad es que no he hecho grandes cosas en mi vida pero yo;

Yo fui amigo de Arturo Muñoz Castellanos. Muerto en Bosnia cuando auxiliaba a civiles no combatientes.
Yo fui amigo de Jesús Aguilar Fernández. Muerto en Bosnia cuando llevaba plasma sanguíneo a un hospital musulmán..
Yo fui amigo de Mariano Álvarez Lórenz. Muerto cuando se dirigía a hacer sus prácticas de fin de carrera.
Yo fui amigo de Martín Rodríguez de Labra. Muerto en los mismos brazos de una montaña que decidió quererlo demasiado.
Yo fui amigo de José María Muñoz Damián. Muerto en Trebisonda, Turquía, cuando volvía de Afganistán en un accidente aéreo que nunca debió producirse.
Yo fui amigo de Arturo Vinuesa Galiano. Muerto en unas maniobras haciendo lo que tanto había soñado.
Yo fui amigo de Federico Sierra Serón. Muerto en los atentados terroristas contra los trenes de cercanías de Madrid el 11-M.
Yo fui amigo de Manuel Verde Arauzo. Muerto en una carrera que se convirtió en interminable.
Yo fui amigo de José Manuel Berdugo. Muerto en accidente de tráfico con no más de veinte años.
Yo fui amigo de José Lozano Berdier. Muerto en accidente cuando en bicicleta andaba buscando las nubes.

...Y también yo fui amigo de John Keats".

Como Keats, todos ellos eran jóvenes cuyos nombres se escribieron en el agua.

miércoles, 26 de junio de 2013

QUE ESO ES TODO LO QUE TENGO


La eternidad sólo se lleva al amor
porque el amor es como la eternidad.
Khalil Gibran




Hago recuento de lo que tengo:


Una casa que tardé
muchos años en construir
a veces, con pasos apresurados,
a veces, lentos.
Hechas con tristezas y alegrías sus paredes;
y algún beso.

Una vieja butaca
en la que me mecía mi madre
a la vera de un río.
Todavía la tengo,
porque la madera estaba urdida
 
con palabras, suspiros y cuentos.



También tengo un barco,
en el que navegué con mi padre
en noches de tormenta y oleaje.
Con él, una tarde de guerra atraqué en Haifa,
con él, en el Mar de China sufrí un abordaje
y en el Báltico me cercó el hielo un invierno.


Y tengo una camisa
que en un viejo hotel de Praga
me arrancaron a besos.


También tengo un mechero
que en una bombardeada calle de Mostar,
le regalé a una anciana,
llena de sollozos y lamentos,
para que pudiera hacer fuego.
Ella pensó que le había regalado un lucero.

Y tengo un mapa que compré
en una vieja tienda de Byblos

que me llevó hasta una Trípoli
llena de odio y fuego,
donde he de reconocer que pasé miedo.

También tengo una calle en Chengdú
donde apareció, como por encanto,
con forma de niño y nombre de pájaro
la lluvia que me trajo mis deseos.

Y cuando muera me llevaré conmigo
mi casa, mi silla, mi barco, mi camisa,
mi mechero, mi mapa y mi calle de Chengdú.
Que eso es todo lo que tengo.
¿Qué tienes tú?


¡Qué no daría yo por haber visto el cielo de Sichuan y el palacio de la luna un mes de marzo de hace muchos años!

¡Qué no daría yo por haber visitado contigo más de veinte países y perderme entre un acelerador de partículas y la biblioteca de París!

¡Qué no daría yo por tener contigo una foto en la tumba de Borges en Ginebra y en el paseo de los filósofos en Heidelberg!

¡Qué no daría yo por aprender a montar en bicicleta por los campos de Toledo contigo!

¡Qué no daría yo por sentarme a escuchar contigo a los monos aulladores en Tortuguero!

Y qué no daría yo...

¡Ah, que todo eso lo he vivido, gracias a ti, mi príncipe de Sichuan! La alegría, salvo extraños casos, pasa muy pocas veces por delante y nosotros, Jorge, Inma, la agarramos aquella vez que pasó por delante de nosotros. 

Feliz día para ti, también.

¡Y qué no daría yo, porque hubieras tenido la oportunidad de conocer bien a Steersman, mi padre! Pero no siempre lo mejor fue posible. Ya te cuento yo.

Ya les he contado lo que tengo y qué no daría yo. Ahora voy a contarles de donde vengo. No, no, yo no; mejor que lo cuente Borges, porque yo hablaría sólo de mí, y él es capaz de decirnos de dónde venimos todos, ustedes incluidos. Como un mago, desafía ese pasado que fue capaz de traernos justo a este lugar en el que ahora nos encontramos y para lo cual  fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo: 














Los ponientes y las generaciones
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

Todos somos Hijos de Homero, como me enseñó el profesor Souviron.
Todos somos hijos, aunque no hayamos leído ni una de sus líneas, de la Biblia, del Corán y del Talmud, libros que he tenido la suerte de abrazar en algún momento de mi vida.
Todos  hemos bebido de las aguas del Ganges, a Adheesh le doy las gracias por haberme permitido acompañarle a rezar en Hindi.
Todos descendemos del Paraíso y merecimos el castigo tras el intento de llegar al cielo ascendiendo por la torre de Babel.
Todos hemos apuñalado a César, combatimos a Roma o fuimos legionarios.
Todos hemos estado en Troya defendiendo el honor de Agamenón.
Todos hemos hablado alguna vez en griego, en latín o en árabe.
Todos descendemos de esas monarquías de sajones creadas por un actor inglés.
Todos hemos andado en las Termópilas luchando contra los persas; o hemos sido persas nada más abrir las puertas de Babilonia.
Todos hemos acompañado a Alejandro el Grande más allá del río Oxus para alcanzar de nuevo, acaso sin saber que ya estuvimos allí, las orillas del Ganges.
Todos hemos amado a Ana Karenina y a Emma Bovary.
Todos hemos luchado con Tolstoi contra las águilas del Emperador en las heladas estepas rusas.
Todos hemos habitado el Pabellón Rojo y hemos cargado infinitas piedras para dar forma a esa gran muralla sin fin.
Todos hemos nacido alguna vez en África donde Adán dio sus primeros pasos.
Todos....

Ya sabes de donde vengo.



sábado, 22 de junio de 2013

LUIS ROSALES, A QUIEN YO DEBO UNA DISCULPA



Y el lento saber que nadie vuelve la espalda al sufrimiento si ha elegido vivir…

Diario
No hay ninguna luna y no se oye ni el ruido de la noche por la calle.
No nos hemos cruzado con nadie, y hay mucho silencio: Eso no es buena señal.
Hemos quedado en la puerta del hotel Ero.
Traemos un camión frigorífico que no enfría: “Todo va a echarse a perder, tenéis que llevar los alimentos rápido a Mostar”, nos han dicho.
Y aquí estamos. En la puerta del hotel Ero, en cuyos sótanos tiene las cámaras frigoríficas el batallón español.
En la puerta del hotel Ero, destrozado por la guerra, espero a que me abran dos soldados del HAVEO que vigilan desde dentro.
Con una linterna de pobre luz amarilla se acercan. Me dicen que me dé la vuelta y que me vaya.
No tienen ninguna intención de abrir. Creo que no me han entendido.
Hay veces en que no debería de haber tanta noche.
En la calle, dentro de un viejo coche, en cuyo cristal, a rotulador, pone en inglés la palabra prensa, pasa la noche un hombre a la puerta del hotel. Con su primer instinto, con nuestra presencia, se agazapa, no se mueve. Mira de reojo y se le nota el miedo; y yo pienso que es un valiente.
Hay demasiada noche y silencio derramados.
Seguimos en la calle, esperando.
“No llegan”, le digo a Paco, “pero si hemos quedado en la puerta del hotel Ero”.
Los soldados del HAVEO repiten con gestos destemplados que no nos abren y que nos larguemos.
Enfrente hay un edificio destruido, tan destruido que al primer vistazo he pensado que dentro no hay vida. Se oyen ruidos, parece que dentro se mueve gente.

Demasiada noche, tal vez.


Una vela se enciende y luego otra, y me quedo más tranquilo, porque he aprendido que el miedo suele vivir en la oscuridad y no entre luces; y ya se distinguen dos velas encendidas.
Los vehículos los hemos apostado una calle más abajo.
Paco y yo estamos todavía en la puerta del hotel Ero; esperando. Por si acaso, nos colocamos tras los árboles. Pero La Casa Está Encendida y pienso que no hay nada que temer.
De pronto, a mi memoria viene Luis Rosales a quien yo le debo una disculpa, porque una vez, siendo joven, lo culpé injustamente y juré no volver a leerlo. Estaba equivocado, como tantas veces:

Miré hacia arriba,
Vi una ventana encendida,
Luego otra y otra,
Vi todas y dije:
Gracias, Dios mío, la casa está encendida.

Tenues luces amarillas pintan el paisaje a nuestra espalda.
Seguimos esperando a la puerta del hotel Ero y nada sucede, porque la casa está encendida; y yo estaba equivocado.
En ese momento hago las paces con Luis Rosales, que debe andar ahora con Federico escribiendo versos en el aire y en las nubes.
Mañana voy a pedir que me envíen por estafeta dos libros: La Casa Encendida y El Contenido del Corazón.

Fin de las anotaciones del Diario el día 18 de mayo de 1994


Cuando uno vive en un lugar donde el dolor es compañero cotidiano e inseparable de la gente, posiblemente no necesite teórica alguna sobre el dolor; al igual que el que se está ahogando no necesita revelación alguna acerca del agua; sino que lo saquen de ella; pero los poetas siempre llegan más allá de lo posible y lo imposible, abren puertas que sin ellos siempre estarían cerradas y nos enseñan que la realidad está llena de contradicciones, de sueños y de pesadillas. 

Y allí, había no pocas pesadillas: el Trosky había estado en algún que otro intercambio de muertos entre las partes combatientes, como si fueran simples cromos: estaba fuera de toda razón que hasta los muertos siguieran sufriendo tras la muerte, pero no eran por aquellos lares normas de conducta la razón y la misericordia; se utilizaba la violación como arma de guerra; la religión y el alfabeto se convirtieron en banderas con colores irreconciliables y todos creyeron que la limpieza étnica era una forma de victoria en vez de una tendencia suicida.

Todos, todos, todos, se embarcaron en el viaje al dolor y nos embarcaron también a los que por allí andábamos, sin haber leído una línea de Luis Rosales, y ésa era una carencia insoportable en aquel lugar y en aquel tiempo:  

El dolor es un largo viaje,
es un largo viaje que nos acerca siempre,
que nos conduce siempre hacia el país donde todos los hombres son iguales,
lo mismo que la palabra de Dios, su acontecer no tiene nacimiento, sino revelación,
lo mismo que la palabra de Dios, nos hace de madera para quemarnos,
lo mismo que la palabra de Dios, corta los pies del rico para igualarnos en su presencia,
y yo quiero deciros que el dolor es un don,
porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre.
Todo llega en la vida por sus pasos contados,
la primavera y el verano, la ignorancia y la lluvia,
porque no hay nada gratuito,
no hay alegría, por pequeña que sea,
que no tenga que conseguirse
como la hormiga testaruda lleva su carga tronco arriba;
no hay alegría, por importante que nos parezca,
que no termine convirtiéndose en ceniza o en llaga,
pero el dolor es como un don,
nadie puede evitarlo,
las esperanzas, el amor, el dinero,
todos los bienes terrenales,
siempre están contenidos por él y son igual que pájaros que vuelan sobre el mar,
y son igual que pájaros,
por más y más que vuelen nunca se apartan de su fin.

Dejamos nuestra carga, en los sótanos del hotel Ero, que guardaba, como un tesoro, los únicos frigoríficos que funcionaban de todo Mostar, y nos fuimos a dormir al destacamento de Mostar Oeste.

Antes de dormir quise escribir un poco y leer; no mucho porque el exceso de linterna en la lectura termina quemando la vista, aparte de molestar a quienes ya quieren empezar a descansar: En la carretera y en el bulevard hemos tenido que parar tres veces para salvar dos alambradas y una pequeña barricada, dos ingenieros, se han adelantado y nos han pedido que nos quedásemos atrás, detrás de dos blindados que nos han escoltado, porque ellos iban a inspeccionarlas. Los veo agachados, con sus linternas y oímos sus voces. Los contendientes se han aficionado, nos dicen, a anclar con explosivos las barricadas. Una alegría más, que este sitio está lleno de ellas… Escribo un poco más y al rato me quedo dormido.

Porque todo es igual y tú lo sabes
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada del calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

Definitivamente, he hecho las paces con Luis Rosales y estoy de acuerdo con él en que la felicidad no nos enseña nada; sin embargo, con cada  dolor hay un nuevo alumbramiento, un acercamiento a la verdad. Esa misma raíz la hallé un poco después en Muñoz Molina cuando escribe que los efectos del amor o de la ternura son fugaces, pero los del error, no se acaban nunca, como una cavernícola enfermedad sin remedio. Sí, señor, sólo el dolor enseña, sólo la felicidad es fugaz, sólo los errores nos persiguen, sólo con las derrotas parece que juegan la memoria y el pasado. Pero tampoco hay que desanimarse porque con el azar y la ventura también juegan los dioses y nosotros jugamos con nuestra voluntad; aunque siempre conviene estar preparados.

Sí, definitivamente hice las paces con Luis Rosales, yo no podía seguir siendo injusto y esa situación tenía que arreglarla lo antes posible:

AUTOBIOGRAFÍA
Como el náufrago metódico que contase las olas
que le bastan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada
sino en las cosas que yo más quería.

A mí me ha pasado igual, como todos, jamás me he equivocado en nada sino en las cosas que yo más quería.

Si quieren leer poesía de la buena, agarren, no lo duden, la poesía de Luis Rosales. Yo tengo devoción, por motivos personales, ya lo saben, a La Casa Encendida y a El Contenido del Corazón, alguno de cuyos versos están esparcidos por este artículo.





Las fotos son de Mostar. Las dos primeras corresponden al hotel Ero en aquellos días, la puerta principal y la parte de atrás. La tercera foto es de unos edificios de Mostar Oeste yendo de camino. La cuarta una iglesia y la última de la Universidad. En esos años el pensamiento, la razón, el sentido común y la libertad habían huído de aquellas calles. Volví a verlos por allí ocho años después, pensando que todo dolor es individual, que no hay dolores colectivos; sino que hay culpas colectivas y ése es el motivo de que la Historia se repita tanto.