Yo pasé junto a ellos. Un poco antes había hecho un desayuno fuerte, de huevos y beicon, después de una ducha de agua tibia. Yo pasé junto a ellos y pensé que el mundo es un hermoso lugar para nacer si no te importa que algunas gentes mueran continuamente o que, tal vez, sólo pasen hambre con frecuencia, lo cual no está medianamente mal si no te toca a ti.
Jugué al fútbol con ese chico que iba desnudo y descalzo, y a quien para aliviar alguna que otra conciencia, entre ellas la mía, le regalé una camiseta que llevaba en la mochila y que le estaría enorme; y pensé que el mundo es un hermoso lugar para nacer si no te importa demasiado que haya cabezas vacías en los más altos cargos, o una o dos bombas sobre tu cabeza o algunas otras calamidades que nuestra sociedad de marca registrada padece con sus hombres de distinción y sus hombres de extinción, y sus diversas segregaciones y las investigaciones del Congreso y otros estreñimientos que nuestra estúpida carne ha heredado.
Sí, el mundo es el mejor de los lugares para un montón de cosas.
Y recordé que en nuestra niñez sólo nos bañábamos una vez a la semana, los cuatro juntos, como también se hacía en las familias de mis amigos. Y que, como ellos, teníamos un pantalón de diario y otro para los domingos. Y que no tuvimos coche hasta que mi padre se compró un Seat 850, con más dificultad que alegría. Tampoco en casa había aire acondicionado ni calefacción.
Cuando llegue a mi estación que es lo que de verdad me importa, descenderé del tren; aunque me gustaría primero saber quién está conduciendo la máquina que me lleva a mí y a todos vosotros, si es que hay alguien dirigiendo este fasto convoy que a veces lo dudo; pero, siempre pensaré que el mundo es un hermoso lugar para nacer si no te importa demasiado que haya cabezas vacías en los más altos cargos, o una o dos bombas sobre tu cabeza o algunas otras calamidades que nuestra sociedad de marca registrada padece con sus hombres de distinción y sus hombres de extinción, y sus diversas segregaciones y las investigaciones del Congreso y otros estreñimientos que nuestra estúpida carne ha heredado.
Porque, aunque yo no lo crea, he atravesado mil veces una calle que, sin yo saberlo, es la calle más larga del mundo, aunque no tan larga como parece, llena con toda la gente del mundo por no mencionar todas las voces de toda la gente que alguna vez existió. Por no mencionar que guando llego a esos lugares todo el mundo me pregunta que qué pasó.
Pero, como no me estoy quieto y mi alma burguesa tampoco, todos esos beats me aconsejaron que me arrimara a ese tipo que vivía en Coney Island y que puede pasar como uno de los más grandes poetas de su tiempo. Además, ese tipo desembarcó en Normandía después de cuatro años de guerra, y eso para mí no era banal; pero lo más importante era que regentaba la mítica librería City Ligths. Un librero, antiguo soldado y poeta, ¿qué más se puede hacer en la vida antes de que aparezca sonriente el hombre de la funeraria? Por eso, decidí hacerme discípulo de Lawrence Ferlinghetti.


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