domingo, 19 de junio de 2022

VIAJAR A UN CONEY ISLAND DE LA MENTE BUSCANDO A LAWRENCE FERLINGHETTI

Yo pasé junto a ellos. Un poco antes había hecho un desayuno fuerte, de huevos y beicon, después de una ducha de agua tibia. Yo pasé junto a ellos y pensé que el mundo es un hermoso lugar para nacer si no te importa que algunas gentes mueran continuamente o que, tal vez, sólo pasen hambre con frecuencia, lo cual no está medianamente mal si no te toca a ti.

Jugué al fútbol con ese chico que iba desnudo y descalzo, y a quien para aliviar alguna que otra conciencia, entre ellas la mía, le regalé una camiseta que llevaba en la mochila y que le estaría enorme; y pensé que el mundo es un hermoso lugar para nacer si no te importa demasiado que haya cabezas vacías en los más altos cargos, o una o dos bombas sobre tu cabeza o algunas otras calamidades que nuestra sociedad de marca registrada padece con sus hombres de distinción y sus hombres de extinción, y sus diversas segregaciones y las investigaciones del Congreso y otros estreñimientos que nuestra estúpida carne ha heredado.

Sí, el mundo es el mejor de los lugares para un montón de cosas.

Y también me alegré cuando vi que ellos, como yo en mi país desarrollado, igualmente iban a bañarse al río, aunque ellos no llevaban merienda y el único agua que tocaba su cuerpo, una vez a la semana era cuando tras una larga caminata llegaban a la ribera de ese río que pintaba como nadie el amanecer; mientras yo me duchaba dos veces al día y por la noche antes de la cena disfrutaba de la piscina del hotel antes de volver a cambiarme de ropa. 

Y recordé que en nuestra niñez sólo nos bañábamos una vez a la semana, los cuatro juntos, como también se hacía en las familias de mis amigos. Y que, como ellos, teníamos un pantalón de diario y otro para los domingos. Y que no tuvimos coche hasta que mi padre se compró un Seat 850, con más dificultad que alegría. Tampoco en casa había aire acondicionado ni calefacción.

Era ese tiempo donde no consumíamos tres veces más de energía de lo que en realidad necesitábamos, como hacemos ahora las buenas personas en esos lugares donde parece que es hermoso nacer. Sobre todo pensando que el 10% de la población mundial consume el 70% de la energía que, aunque sea un detalle sin importancia, también les corresponde a otros; pero podemos consolarnos pensando que esta es la parte del mundo donde nada sucede, donde nadie hace nada de nada, donde nadie está en lugar alguno, nadie en ninguna parte, salvo en uno mismo: ni siquiera hay un espejo para duplicar la propia soledad ni siquiera un alma salvo la tuya.

Cuando llegue a mi estación que es lo que de verdad me importa, descenderé del tren; aunque me gustaría primero saber quién está conduciendo la máquina que me lleva a mí y a todos vosotros, si es que hay alguien dirigiendo este fasto convoy que a veces lo dudo; pero, siempre pensaré que el mundo es un hermoso lugar para nacer si no te importa demasiado que haya cabezas vacías en los más altos cargos, o una o dos bombas sobre tu cabeza o algunas otras calamidades que nuestra sociedad de marca registrada padece con sus hombres de distinción y sus hombres de extinción, y sus diversas segregaciones y las investigaciones del Congreso y otros estreñimientos que nuestra estúpida carne ha heredado.

Nosotros, que hemos tenido la suerte de nacer en un hermoso lugar seguiremos fisgando por la ventana para ver lo que pasa en el mundo donde todo sucede tarde o temprano, si realmente ocurre, y seguiremos disfrutando de luces perdidas centelleando, multitudes carnavalescas, circos nocturnos, casas de putas y parlamentos llenos de políticos, fuentes olvidadas puertas de cantinas y puertas perdidas, figuras a la luz de las farolas pálidos ídolos danzando mientras el mundo continua rodando.

Porque, aunque yo no lo crea, he atravesado mil veces una calle que, sin yo saberlo, es la calle más larga del mundo, aunque no tan larga como parece, llena con toda la gente del mundo por no mencionar todas las voces de toda la gente que alguna vez existió. Por no mencionar que guando llego a esos lugares todo el mundo me pregunta que qué pasó.

Y todo esto que pienso fue porque una vez fui a Tánger, persiguiendo a Ángel Vázquez y su vida perra de Juanita Narboni. Y en Tánger me embarqué, no digo cómo porque a veces me arrepiento de mis días con esos enterados beats, con los Henri Matisse, Jean Genet, Paul y Jane Bowles, Allen Ginsberg y su aullido, Jack Kerouac, William Burroughs, Truman Capote o Tennesse Williams y Gregory Corso; auténticos luchadores contra la hipocresía capitalista.

Pero, como no me estoy quieto y mi alma burguesa tampoco, todos esos beats me aconsejaron que me arrimara a ese tipo que vivía en Coney Island y que puede pasar como uno de los más grandes poetas de su tiempo. Además, ese tipo desembarcó en Normandía después de cuatro años de guerra, y eso para mí no era banal; pero lo más importante era que regentaba la mítica librería City Ligths. Un librero, antiguo soldado y poeta, ¿qué más se puede hacer en la vida antes de que aparezca sonriente el hombre de la funeraria?  Por eso, decidí hacerme discípulo de Lawrence Ferlinghetti.

Bueno, tengo que decir que hoy me he duchado tres veces; al levantarme, después del gimnasio y antes de salir a cenar. El aire acondicionado funciona bien porque el calor es insoportable y los dos coches de casa marchan como un reloj. Las industrias textiles y sus ríos pueden estar tranquilas porque tenemos al menos siete pantalones, doce camisas y seis pares de zapatos cada uno; y esperamos con impaciencia las rebajas. Además, como buenos ciudadanos, la comida que sobra la tiramos en el contenedor marrón. Y bueno, somos conscientes de que el 10% de la población consume el 70% de la energía, pero quién puede cambiar eso; sobre todo cuando el mundo es un hermoso lugar para nacer si no te importa que la felicidad no siempre sea tan divertida, si no te importa un roce de infierno de vez en cuando justo cuando todo está bien, porque hasta en el cielo no cantan todo el tiempo.

Por cierto, mañana acudiré a una multitudinaria manifestación para que los países en vías de desarrollo se conciencien de que hay que luchar contra el cambio climático.



























sábado, 4 de junio de 2022

HAY LUGARES COMO LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

Hay lugares llamados al combate, hay lugares donde se cruzan las historias, sentimientos y emociones de todas las vidas posibles en parques escondidos. Hay lugares por donde la batalla nunca pasa de largo. Hay lugares donde viven la totalidad de los hechos existentes y de los hechos inexistentes necesarios para conformar la realidad. Hay lugares, paso obligado de almas de viajeros que solo serán dominados por una atenta lectura. Hay lugares que parece que giran a la vez que el planeta, y que no duran para siempre. Hay lugares como la Feria del Libro de Madrid.

Y allá que me fui, inicialmente a firmar dos de mis libros, sabiendo que cualquier dato es importante, hasta los más nimios, hasta los datos inútiles pueden ofrecer pistas; porque sumar es lo importante cuando todas las vidas posibles se encuentran escondidas entre las páginas de un libro o de un millón de libros.

Lo que he descubierto hoy, sentado entre libros y esperando que algún lector medio extraviado viniera a la caseta de la Librería Gaztambide, es que el universo se compone de un número indefinido y, tal vez, infinito de libros; y que los escritores pueden ser obra del azar, pero el universo de los libros solo puede ser obra de Dios.

 «Esto no ha hecho más que empezar», me dije en cuanto llegué a la Feria del Libro, hoy yo voy también a conformar la realidad y estas miles de personas que andan por aquí no lo saben; ni tampoco saben que las cartas están marcadas, ni que el presente que quedará en el futuro es el que se esconde en este millón de libros que se encuentran en los anaqueles de las más de 480 casetas que están en la Feria.

Y eso que mi idea inicial, cuando me dirigía a la caseta 205 de la Feria y que me indicó Ediciones Ruser como la mía, era buscar la huella de la serpiente que escribe con letras aljamiadas, o la del jabalí que pezuña en ristre ondula la tierra con su peso e incluso la del lince que escribe oscuro sobre fondo negro.

Hoy he visto firmando libros a muchos escritores capaces de unir los hechos existentes e inexistentes para conformar la realidad; y hoy, yo que estaba firmando libros pensé que tal vez por unas horas era uno de esos hombres que conforman el mundo. Y eso, que mi más lejana ambición siempre fue la de ser el hombre que cultiva un jardín como soñó Voltaire para ser uno de esas personas que están salvando el mundo.
















lunes, 16 de mayo de 2022

VOLVER AL JARDÍN DE EPICURO, DONDE APRENDÍ A SER RICO

Un perro, que viene de una protectora y de vivir enjaulado me ha recordado este último mes que soy rico, que soy inmensamente rico, ¡riquísimo!; y mira que muchas veces he sido consciente de ello, pero frecuentemente se me olvida. Esta vez lo he recordado en La Milagrosa cuando he vuelto esta Semana Santa.

Volver a casa, a La Milagrosa, es volver al jardín y al huerto de Epicuro; al huerto de Steersman. Buenas tertulias hemos pasado allí durante muchas tardes buscando la felicidad, la felicidad individual, lejos de toda trascendencia; porque quienes nos reuníamos allí andábamos muy lejos de cualquier tipo de vana pretensión social, económica o cultural. Éramos nada y nada perseguíamos, más que tomar un café a la sombra de un naranjo que daba limones o de un membrillo que daba albaricoques en el mágico huerto de Seteersman.

En el jardín de Epicuro de La Milagrosa aprendimos que el placer es el comienzo, el fundamento y el final del vivir feliz. Pero no entiendan esa búsqueda de placer de una manera simple; porque si quieren tener placer con la comida, mejor hacer un almuerzo frugal; si quieren placer con un trozo de piel, mejor vivirlo buscando el bien de las dos almas o si quieren placer de espíritu, mejor vivirlo en la amistad que muy a menudo es rondada por la felicidad. La palabra placer, mal entendido, es lo que convirtió a Epicuro en un perseguido. Tal vez, por eso se han perdido todas sus obras.

En el jardín de Steersman no se hacían distinciones y era permitida su entrada a cualquiera; si Epicuro en sus clases de filosofía en Atenas era el único que admitía esclavos y mujeres; ¡qué íbamos a decir nosotros, que somos nadie, en un jardín en Sanlúcar!

Así que allí nos sentábamos todos, a la sombra de los árboles, ignorantes y sabios, tristes y alegres, antiguos y modernos, jóvenes y viejos. Allí era libre de entrar todo aquel que hiciera sonar la campana de bronce que un lejano día andaba colgada en el puente de la goleta La Milagrosa, porque bien sabíamos que vana es la palabra que no remedia ningún sufrimiento del hombre y que la dicha no la proporcionan ni las riquezas múltiples ni la importancia de las ocupaciones ni los cargos ni poderes sino la ausencia del sufrimiento, la mansedumbre de las pasiones y la disposición del alma que sabe delimitar lo que es por naturaleza.

En tiempos de nísperos comíamos nísperos, en tiempos de naranjas pues naranjas y en tiempos de ciruelas, ciruelas; con la única condición de tirar los huesos a la tierra que harían brotar nuevos árboles; pues, pronto se aprende en ese jardín, había que dar las gracias a la naturaleza porque hizo fácilmente accesible lo necesario y muy difícil de obtener lo innecesario. Eso sí, te tenían que gustar los perros y los gatos porque también para Charo el jardín era un lugar de acogida de estos mágicos seres que, cuando eran multitud, no hacían la vida, en su sentido estricto, tranquila.

Pues he vuelto al huerto de Epicuro esta Semana Santa, pero ahora hago allí poco más que leer y recordar, porque hace unos años que toda esa gente, grande y pequeña, ignorante y sabia, que se reunía en ese jardín ha ido desapareciendo para siempre en manos del tiempo. Y he viajado con Newton por primera vez y cuando el podenco ha visto el esplendor en la hierba ha empezado a correr sin motivo, y me dio la sensación de que gritaba: «¡Soy rico!, ¡soy rico!, ¡y yo sin saberlo!»

Inmediatamente, como la vida nos convierte en seres eminentemente prácticos, le he corregido: «No Newton, no somos ricos». Y él me ha contestado: «¡Qué va, quillo, (ya se ha hecho sanluqueño el podenco)!, ¡Qué va, mira! Tenemos el sol que ha salido hoy, hemos vuelto de la playa y del inmenso océano, podemos comer unos nísperos, tenemos un techo, no estamos encerrados, ni estamos solos. ¡Somos ricos!»

He recordado de donde venía Newton y le he entendido rápido. Y también he recordado la definición de riqueza que, cuando cobré mi primer sueldo, me dio Steersman: «Norbe, si no te gastas todo lo que ganas, siempre serás rico».

He intentado hacerle caso en todo momento cuando las circunstancias me lo han permitido; por eso, cuando era un joven alocado alquilé una casa que no me gustaba tanto, pero que me permitía que me sobrara dinero para ser rico, como me aconsejó Steersman. Era un apartamento en un barrio difícil, muy pequeño y sin calefacción, pero como estaba con una joven guapa siempre dormimos desnudos y nunca tuvimos frío, porque como dice la canción: «a cinco bajo cero nos seguía sobrando la ropa». Y encima seguía siendo rico; porque sabía, alguien lo dijo una vez en el jardín de Steersman, que si vives según la naturaleza nunca serás pobre y si vives, según las opiniones vanas, nunca serás rico.

También recuerdo que fui muy rico en la playa de La Jara. Como era otoño estaba deshabitada, al igual que las almas solitarias, y también me invitaron a bañarme con poca ropa en la más grande y mejor piscina del mundo: el océano Atlántico. Tampoco tuvimos frío esa tarde porque éramos ricos.

Y esta mañana he sido rico cuando he ido a la charca a buscar renacuajos con Newton y Jorge. Nada más atravesar la frontera del campo, Newton ha empezado a correr y me ha vuelto a dar la sensación de que gritaba: «¡Soy rico!, ¡soy rico!».

Siempre es bueno que, de vez en cuando, alguien nos recuerde que somos ricos y que es más fácil de lo que parece ser un poco feliz.


Pues sí Newton, has tenido que venir a recordármelo: «Somos ricos, ¡Somos ricos!, que digo ricos, ¡somos muy, muy ricos!» Seguiremos buscando la felicidad y el placer en manos de Epicuro y rememorando aquel jardín de Epicuro, el jardín de Charo y Steersman, en el que viví.





domingo, 3 de abril de 2022

WILLIAM WOODSWORTH Y EL PASADO DEL ESPLENDOR EN LA HIERBA



Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba, 
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

A lo largo de la vida, vamos teniendo encuentros que nos devuelven a esos momentos que vivimos en nuestra infancia y adolescencia de esplendor en la hierba, de la gloria en las flores. Esta mañana he tenido uno de esos encuentros. Un escritor me lo ha traído y yo he pensado que, una tarde de primavera, ya que el tiempo juega a su antojo entre pasado y presente en el ajedrezado tablero de la memoria, sería buen momento para recuperar a aquel William Woodsworth que leí siendo un joven bachiller por culpa de una joven, creo que era de Kansas, y de nombre Deanie.

En la memoria, aunque normalmente permanece oculto a mis miradas; sin embargo, el resplandor de aquel otro tiempo fue tan brillante que me alegra que vuelva sin yo pedirlo con encuentros fortuitos, porque esa belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Después de leer a Woodsworth y de ver a Elia Kazan supe que nada de cuanto estaba viviendo en aquel momento de infancia, adolescencia y juventud duraría para siempre, y además, por bueno que fuese el desenlace, no se parecería casi en nada a lo que sucedería en el futuro. Nunca sería para siempre toda esa juventud que nos deslumbraba; ya fuera en infinitos baños en la playa en verano; o en la espera nerviosa a la puerta del Cinema, o en el primer beso, que jurábamos que duraría siempre, en La Plaza de los Cisnes, teniendo como único testigo la estatua de la Infanta María Luisa; o el primer café en Malandar tocándonos los dedos. 

Yo sabía, después de leer a Woodsworth, que, pronto, todo desaparecería para siempre, sin importar las mil promesas de amistad y amor eterno. Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba. Aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Y es cierto que con dieciocho años a los dos, a todos, nos llegaron los viajes y las fugas, las distancias infinitas, los mil errores y algún acierto que nos condujeron a lo más humano del sufrimiento adolescente; y que con el tiempo inspirarían ideas que a menudo se mostraban demasiado profundas para las lágrimas. 

Pues sí, debido a esos encuentros que rascan en los recuerdos, esta noche he vuelto a coger mi manual de Literatura Inglesa y mi Antología de poetas románticos ingleses y he vuelto a recordar cuando subrayé y anote a lápiz varias veces las palabras «esplendor en la hierba»; y he visto de nuevo que tenía subrayado del poema Atisbos de la Inmortalidad en los Recuerdos de la Primera Infancia una estrofa que para mí, y seguro que para ti, fue profética:

El Cielo nos circunda en nuestra infancia;
las sombras de la cárcel se le acercan.
en cuanto crece el niño,
pero la luz ve aún y su nacer,
pues brilla en su alborozo.
El joven, más lejano de Oriente cada día,
es sacerdote aún de la Naturaleza,
y la visión magnífica
sus sendas acompaña;
el hombre al fin advierte que se apaga
y el día cotidiano lo absorbe entre su luz.  

Esos tres estados he advertido hoy, casi sin darme cuenta, por esos cruces de caminos del pasado que siempre nos dan el encuentro en el futuro.










sábado, 5 de marzo de 2022

ASÍ HE TERMINADO SIEMPRE EN RUSIA


Igual que una vez al año suelo ser por un día el alférez Christoph Rilke buscando su muerte; durante algún tiempo más me convierto en el teniente Schmidt para recordar, al leer su testamento, que es vano, en años caóticos, buscar un fin feliz. Para unos el castigo y el arrepentimiento, para otros terminar en el Gólgota… Para mí sería más pesado, y del camino recorrido ahora no me lamentaré.

Por eso, por amor a la Literatura, no hay más remedio que, de vez en cuando, viajar a Rusia. Yo lo hago todos los años, al menos una vez. ¿Dónde si no puede uno tropezarse con esas historias en manos de gigantes que portan siempre esa condición extraña de no saber qué lugar de la geografía ocupan?

 Además, yo también me enamoré de Lara, una mujer rusa de novela francesa: ¿Por qué ha de ser éste mi destino —pensó—, verlo todo y sufrir por todo? El tiempo luchaba por no empeorar. Las gotas de lluvia dejaban oír su tictac sobre el hierro de los canalones y de las cornisas, y cada tejado transmitía sus rumores al tejado vecino. Era la época del deshielo. En un estado de inconsciencia Lara recorrió toda la calle, y sólo al llegar a casa se dio cuenta de lo que había ocurrido.

Rusia, sin necesidad de leer a Dostoievski, está llena de fantasmas y demonios; algunos llegaron de Oriente; otros, la propia Rusia los crio y los hizo crecer; pero, otros llegaron tan directamente de Occidente; que hicieron que el pueblo ruso creyera llegar siempre tarde a su destino. Veo, como Pasternak, el futuro con tanta claridad como si tú lo hubieras detenido. Y ahora, igual que hacen las sibilas con su profético poder, capaz soy de predecir. En el templo caerá el dosel mañana, en apartados grupos estaremos y bajo nuestros pies la tierra temblará movida, quizás, de compasión hacia mí.

Donde siempre estamos nos han llevado una y mil veces, ¿verdad, Pasternak?, los políticos mediocres que nada tienen que decir a la vida ni al universo, fuerzas históricas de segundo plano, cuyo interés es que todo sea mezquino, que se hable siempre de algún pueblo, a ser posible pequeño y desdichado, que se les permita hacer la ley y explotar la piedad. La víctima señalada es todo el pueblo.

Todo el pueblo..., que es una única persona que llora lágrimas de sangre abiertas en diferentes lugares, pero con los mismos infinitos dolores, ya sea, en un lugar de Bosnia, de Kosovo, de Líbano, de Mali, de Afganistán, de Irak o de Ucrania. En Zagreb, donde fui unos días de comisión al Cuartel General de la ONU y desde donde se llevaba toda la logística de la Guerra de Bosnia, conocí a un comandante ucraniano, y pensé que era una buena señal que estuviéramos juntos trabajando en la misma mesa.

Viví la caída del telón de acero, único motivo por el que viajé a Berlín, soñando que todos los países del Este entrarían en la Unión Europea, e incluso en la OTAN; también Rusia, ¿por qué no? ¿Quién puede negarse a ello? Se acabó, me dije, por fin. Pero, algo debió de salir mal en aquella reunión entre Bush y Gorbachov, por donde andaba James Baker anotando conciertos. O, tal vez, algo salió mal por uno de esos fantasmas o demonios que siempre nos devuelven a la casilla de salida de la guerra para vivir de nuevo un tiempo irreparable donde siempre sufren los mismos. Como decía mi padre: «Siempre vivimos en tiempos irreparables, aunque como los vivimos nosotros creemos que son únicos».

Desde entonces, sé que estas historias, siempre acaban igual. Lo he visto mil veces en cuerpos distintos y en geografías muy dispersas, pero con la misma alma: 

Por las mejillas de Lara corrían lágrimas silenciosas de las que ella no se daba cuenta, como la lluvia que en aquel instante caía sobre las caras de las figuras de piedra de la «Casa de las estatuas», allí delante. Dijo simplemente, sin generosidad, sumisamente: «Haz lo que te parezca. No te preocupes por mí». Y como no sabía que estaba llorando no se secó las lágrimas. 

Así siempre he terminado en Rusia, entre lágrimas, sin saber que estaba llorando.

                        




sábado, 12 de febrero de 2022

ERRORES DEL PASADO. ¿HISTORIA DE UN SUICIDIO?

Antes de 1914, viajé a la India y a América sin pasaporte; es más, nunca había tenido ninguno.

Antes el hombre sólo tenía cuerpo y alma, ahora además necesita un pasaporte, de lo contrario no se le trata como a un hombre.

De todas las profesiones que se pueden tener, elegí o me eligió, que el azar o la severa predestinación juegan a su antojo, aquella que no necesita pasaporte para cruzar fronteras perpetuamente difuminadas por la guerra; y siempre me pareció una ironía perversa que en la guerra el pasaporte fuera papel mojado y en la paz, cuando volviera a visitar esas piedras mágicas que habían sobrevivido a esa cultural y humana costumbre de las guerras e invasiones, necesitaría mil sellos y visados.

Fui a Viena un invierno buscando a Stefan Zweig, a Romain Rolland y su novela europea, a Haushofer, Musil, Roth, a la Jesenká, Hille y Verhaeren; buscando a Twain y al hombre del millón de dólares, una ópera, la catedral de San Esteban, un restaurante donde cené tras unas cristaleras con una mujer hermosa mientras nevaba en la calle y el mundo corría a los soportales a refugiarse, y un hotel donde pasé muchas horas con esa misma mujer desnuda mientras la misma nieve firmaba un documento jurando que nosotros dos, pasara lo que pasara, siempre seríamos vieneses.

Por eso, me sorprendí tanto cuando en esa ciudad, nada más llegar, me pidieron el pasaporte. Ya no recordaba, que a Borges y Zweig nunca se lo pidieron porque se dieron a los viajes por Europa y por el mundo antes de 1914. Yo llegué en 1994. Y les dije: «mire esta mujer y yo somos vieneses, tengo una habitación de hotel, un restaurante a espaldas de la catedral de San Esteban y la nieve por testigos». Le enseñé una entrada del Teatro de la calle Winke Wienzeile, un tique del Schloss Schönbrunn y una foto que nos hizo un cochero con chistera en un coche de caballos.

Europa no cedió y nos pidió el pasaporte. Lo entregamos sumisamente y me fui a la caza de Stefan Zweig, austriaco, judío, escritor y humanista. Fui a buscarlo antes de que llegaran los nazis; a él y a Europa:

He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacional socialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea.

Sé que pasaba largas horas en el Café Central de la Herrengasse y allí me fui. Zweig no estaba, ni siquiera su nombre arañaba ese mármol que recuerda un pasado intelectual como nunca se ha dado en ninguna otra ciudad del mundo. Pregunté por él a un camarero y me contó que salió huyendo de la barbarie nazi, y que Viena también había desaparecido ya que sólo 2.000 vieneses votaron en contra de la anexión nacional-socialista, mientras la conciencia mundial callaba ante un pueblo alemán que las mismas potencias vencedoras de la Primera Gran Guerra habían envenenado.

Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso —la monarquía de los Habsburgo—, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crie en Viena, metrópolis dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la misma tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte: forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que esta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas.

Iré a Berlín me dije. Me llevaré un libro de Zweig y en la misma plaza donde quemaron los suyos, me sentaré a leerlo. Me sentaré en un banco; ese mismo banco en los que las leyes arias prohibían sentarse a los judíos y abriré su libro. Y soñaré que Zweig, junto a mí, ha vuelto a Berlín a recoger las cenizas de sus volúmenes incendiados para proclamar su victoria sobre el pasado; sabiendo que la Historia, como explicó un soldado tullido y cautivo en Argel, es émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y advertencia de lo porvenir:

Cuando uno intenta trazar retrospectivamente los errores de la política después de la Primera Guerra Mundial, se da cuenta de que el mayor de todos fue que tanto los políticos europeos como los norteamericanos no llevaron a la práctica el claro y simple plan de Wilson, sino que lo mutilaron. La idea del mismo era conceder libertad e independencia a las pequeñas naciones, pero él había visto con acierto que tal libertad e independencia sólo podían mantenerse dentro de una unidad de todos los estados, pequeños y grandes, en una organización de orden superior. Al no crear esa organización -la auténtica y total Liga de Naciones- y al aplicar sólo la otra parte de su programa, la independencia de los estados pequeños, en vez de paz y tranquilidad se creó una tensión constante. Pues nada es más peligroso que el delirio de grandeza de los pequeños y lo primero que hicieron los estados pequeños, tan pronto como se formaron, fue intrigar los unos contra los otros y disputarse territorios minúsculos. 

He seguido a Zweig hasta Brasil. Se ha suicidado. Veremos si Europa no hace lo mismo.