sábado, 30 de enero de 2016

SON MÁS LO QUE MUEREN DE DESAMOR, SAÚL BELLOW



Ir a Nueva York y no tropezarse con un escritor es muy difícil.
Si vas al café Carlyle hay un tipo con gafas de pasta y pinta de tímido que escribe y a la vez toca el clarinete los lunes. En la taberna del Caballo Blanco te puedes encontrar a Dylan Thomas y a  Jack Kerouac bebiendo güisquis y charlando hasta la madrugada. Y a las orillas del Hudson, mientras das una vuelta, te puedes topar con Saúl Bellow. Yo me tropecé con él una tarde cuando sacaba a su perro a pasear.
- ¿No le conozco yo de algo?”- le pregunté.
- ¡Claro!-, me dijo- fui nadador olímpico.
Delgado, con una mirada socarrona y poco dado a recibir los adjetivos críticos, bien vestido y con sombrero. “Este tío es escritor”, pensé para mí.

Después de dar muchas vueltas, me tropecé con su foto en la portada de un libro, que tenía un título que había llamado mucho mi atención: Son más los que mueren de desamor: ¡anda!, si este es el nadador olímpico.

Cierto, se podrá morir alguna vez de amor, pero eso le ocurre sólo a unos pocos elegidos; los simples mortales tienen a lo largo de su vida muchas más probabilidades de morir de desamor: Hacia el fin de la vida uno tiene que cubrir una especie de programa de dolor. Categorías infinitas. Primero causas físicas como la artritis, las piedras en la vesícula, los espasmos menstruales. En la siguiente categoría el orgullo herido, la traición , la estafa, la injusticia. Pero la categoría más dura es la que se refiere al amor. La cuestión es entonces: ¿Por qué persisten todos? si el amor destroza y se ven los estragos por todas partes, ¿por qué no se actúa con sensatez y se retira uno pronto?

Después de leer esas primeras páginas, de pie, frente al mostrador de la caseta de la Cuesta de Moyano en la que vendían libros usados con un pasado casi infinito, me dije, me llevo a este judío neoyorquino a casa. Siempre quise leer a un nadador olímpico que se ha casado cinco de veces dando explicaciones de por qué es más fácil morir de desamor.

Al tío Benn, profesor de universidad, estudioso y experto en plantas y que ha viajado por todos los lugares del mundo, (China, Sudamérica o los Polos...), estudiando plantas o huyendo del amor o de la simple pasión sexual que tan a menudo aprisiona, lo seguí para que me explicara el por qué de su comportamiento ante las experiencias que le va mostrando la vida.

Estoy sobre-saturado de política. Voy a leer a este judío, neoyorquino, que se cachondeó de mí un día contándome que fue nadador olímpico, escribiendo de amor o desamor:

Así las masas están protegidas en su inocencia y pueden ser ingenuamente felices. Y todos los gobiernos son más o menos así: grandes inquisidores que protegen a la frágil multitud. (Por supuesto no todos los gobiernos han masacrado a sus propios inocentes).

¿También aquí?¿en este libro?¿Nada escapa a la política?

Me he dado cuenta de que Bellow, cuando habla de amor, habla de todo; y toca todas las raíces del Hombre, aunque aviso que no es fácil su lectura, son libros para otra época.

Es la historia personal, amorosa y, sobre todo, sexual de dos hombres: Kenneth Trachtenberg, un profesor de literatura e historia rusa, enamorado de una mujer que sólo lo utilizó para tener una niña, y de su tío Benn Crader, un experto botánico, estudioso de las plantas y profesor de universidad, que se lamenta de que ahora en la universidad se dedican a "crear conciencia". Las estructuras de las plantas les importan un bledo, posiblemente porque también ahí ha entrado a fuego la política y ya son pocos los sabios que se dedican a la política y muy pocos los políticos dedicados a ser sabios. Siempre nos quedarán los monasterios y las bibliotecas secretas.

A través de ellos, el nadador olímpico hará un retrato de la sociedad occidental y de los Estados Unidos y su culto al dinero. Empieza con bisturí de cardiólogo, con las pasiones individuales, (en todo hombre duerme un sentido de la vida conforme al amor, escribe el poeta Larkin) y termina diseccionando con cuchillo de carnicero, la sociedad norteamericana: Los hijos son excusas para robar. ¿Por qué lo hizo?¿Por qué robó? Es una pregunta estúpida:"lo hago por mis hijos"

Los hechos personales son, a menudo, infames. Paseamos con el padre de Kenneth por París. su padre sólo piensa en las mujeres y el sexo. Es apuesto, es un don Juan. Con Kenneth vamos a Etiopía, adonde ha huido su madre para trabajar en una ONG, para hablar con ella, (la madre es el único portero al que uno nunca consigue meterle un gol) y hacerla ver que la vida Occidental tiene sentido aunque ella la encontrara tan vacía en París. Y con Kenneth volamos de París al mismo centro de los Estados Unidos para perseguir a su tío Benn, todo lo contrario a su padre. - Está bien, tío Benn. A los dos nos va mal con las mujeres. somos bastante estúpidos.

Conocimos a Caroline Bunge, uno de los amores del que huyó su tío a las selvas de China o al Polo Norte:
En cuanto a decidirse por un hombre, piensen el esfuerzo que supone examinar a los elegidos para seleccionar un marido. ¡Qué tormento!¡Y luego convencer al hombre que se ha elegido! El dinero debiera facilitar las cosas. Pero no es así, porque donde hay dinero hay negocio y el negocio implica acuerdo contractual. 
Aunque ella lo que quería era un marido a juego con el piso.

Y qué decir de Matilda Layamon y sus padres, sólo piensan en el estatus social y en el dinero. No creo que ninguno de ellos pudiera morir de desamor; y eso que, como nos explicó el tío Benn, experto botánico, son más los que mueren de desamor que los que mueren de radiaciones.

Este nadador olímpico todavía no tiene asegurada la posteridad literaria pero en sus escritos habitan ramalazos de eternidad porque golpean el sentido del ser humano en lugares que sólo los artistas saben tocar:

El sufrimiento de Rusia desde una perspectiva histórica, era el sufrimiento en su forma clásica, el sufrimiento que la humanidad ha conocido siempre mejor en la guerra, la peste, el hambre y la esclavitud. Esas formas monumentales y universalmente familiares del sufrimiento deben hacer a los supervivientes más profundos. Tuve la tentación de hacer comprender a mamá que también había que tomar en cuenta los sufrimientos de la libertad. De otro modo, estaríamos concediéndole un valor más alto al totalitarismo al decir que sólo la opresión puede mantenernos honestos. Las personalidades libres que no reciben ayuda ni del cielo sordo ni de la tierra neutral, se enfrentan a elecciones mortalmente peligrosas que determinarán el futuro de la civilización .

¡Y yo que cogí este libro para ver cómo uno puede morirse de desamor!




martes, 5 de enero de 2016

YO NACÍ GRITANDO GOL; CAMUS, EL PRIMER HOMBRE, Y GALEANO JUGANDO AL FÚTBOL


Yo nací gritando gol y quise ser jugador de fútbol. En mi familia, hasta ahora, todos hemos nacido gritando gol. Yo no sé porqué, pero desde que oí a Albert Camus, hijo de una limpiadora emigrante sordomuda y analfabeta que jamás pudo leer uno de sus libros pero a quien nunca le faltaba una sonrisa en los labios, decir que un campo de fútbol era el único sitio en el que no le preguntaban en qué trabajaba su madre, y que allí lo único que importaba era cómo pateabas la pelota, decidí que mi deporte sería el fútbol.

Me imagino que algo tuvo que ver que yo naciera gritando gol; aunque, por esas cosas del destino, uno no pudo elegir lo mal arreglado que anduvo en su nacimiento con 800 gramos de peso, cuatro operaciones antes de cumplir cuarenta días y la necesidad de llevar atados diferentes órganos abdominales e inguinales hasta cumplir al menos quince años.
Pero lo que sí pude elegir era que, a pesar de todo, mi deporte sería el fútbol.
Tengo a gala el que durante tantos años dando patadas a un balón nadie se percatara de la presencia de algún que otro braguero bajo mi ropa de deporte.

Mi madre, que como todas las madres que tienen hijos que necesitan atarse órganos abdominales e inguinales, me impedía coger cualquier tipo de peso; sin embargo nunca evitó que yo pateara una pelota. "Eso sí, hazlo con cuidadito". En ese aspecto fui diferente a Camus, porque su abuela una mujer dominante, ante la falta de dinero, le prohibía al pequeño Albert Camus jugar al fútbol y cada tarde al volver del colegio le miraba lo gastados que llevaba los zapatos, y si no le gustaba lo que veía el castigo físico no se hacía esperar:

Pero ese reino le estaba vedado. Porque el patio era de cemento y las suelas se gastaban con tanta rapidez que la abuela le había prohibido jugar al fútbol durante los recreos. Ella misma compraba para sus nietos unos sólidos y pesados zapatos cerrados que esperaba inmortales.
En todo caso, para aumentar su longevidad, hacía poner en las suelas unos enormes clavos cónicos que presentaban una doble ventaja: era necesario gastarlos antes de gastar la suela y permitían verificar las infracciones a la prohibición de jugar. En efecto, las corridas en el suelo de cemento los gastaban rápidamente y les daban un pulido cuya frescura delataba al culpable. Todas las noches, al volver a su casa, Jacques debía entrar en la cocina donde Casandra oficiaba entre las negras marmitas, y con la rodilla doblada, la suela al aire, en la postura del caballo al que están herrando, tenía que mostrar las suelas.


Naturalmente, no podía resistir a las llamadas de sus compañeros ni a la atracción de su juego favorito, y ponía toda su atención, no al ejercicio de una virtud imposible, sino en el disimulo de la falta. Así es como pasaba largos ratos, al salir de la escuela y más tarde del liceo, frotando las suelas en la tierra mojada. A veces la triquiñuela daba resultado. Pero llegaba el momento en que el desgaste de los clavos era escandaloso, en que la suela misma estaba gastada e incluso, última de las catástrofes, como consecuencia de un puntapié torpe contra el suelo o contra la verja que protegía los árboles, se separaba del empeine y Jacques llegaba entonces a casa con el zapato atado con un cordel para mantener la boca cerrada. Esas noches eran las del vergajo.

A Jacques, que lloraba, su madre le decía por todo consuelo: «Es verdad que son caros. ¿Por qué no tienes cuidado?». Pero ella misma jamás tocaba a sus hijos. Al día siguiente le ponían a Jacques unas alpargatas y los zapatos iban al remendón. Los recuperaba dos o tres días después florecidos de clavos nuevos, y tenía que aprender otra vez a mantener el equilibrio sobre las suelas resbaladizas e inestables.

Mi padre siempre me recomendó que jugara al fútbol para divertirme que "lo primero es formarte como persona, se pueden hacer a la vez: regates y leer; a distintas horas, eso sí", me enseñó con pocas explicaciones que el futuro normalmente no tiene forma redonda y que, cuando la tiene, es fácil que se den la mano el infierno y la gloria:

El jugador corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
—Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
—¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un
músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

Siempre jugué para divertirme y, rara vez soñé más de lo que la razón me indicaba, me imagino que uno de los motivos era que yo siempre pensé que tendría un destino literario a lo Emily Dickinson. Y así ha sido, siempre dentro de mis modestas limitaciones.

Me alegro de haber dedicado muchas horas de mi vida a correr detrás de una pelota, sólo por divertirme, de manera serena para no correr el riesgo de viajar del placer al deber cuando todavía eres un niño. Me alegro de haber jugado un partido amistoso contra el Xerez cuando tenía dieciseis años y haber marcado de penalty un gol a un portero de primera división, Recio. Me alegro de haber jugado un partido en tercera división siendo juvenil. Me alegro de que un seleccionador me dijera en Cádiz que me llamaría para la selección juvenil a jugar el campeonato de Andalucía, me conformé con esas palabras. Me alegro de haber jugado un fútbol de otro tiempo cuando un entrenador de un equipo rival al término del partido se me acercó para felicitarme por cómo había jugado (has hecho un gran partido, gracias); pero de lo que más me alegro es por los amigos que hice y que nunca hubiera conocido de otra manera, porque en un campo de fútbol nadie te pregunta dónde trabaja tu madre, (aunque de vez en cuando se acuerden de ella)

Vi a Galeano en una Feria del Libro de Madrid hace unos años, y pensé, horrorizado ante los volúmenes que se estaban convirtiendo en superventas mientras el viejo maestro andaba sonriendo a quienes por allí pasaban, que la historia de la literatura es la historia del fútbol o del cine, el mercado se los está comiendo a los tres.

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado
carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Por suerte, en la literatura, de vez en cuando, también aparece algún descarado que nos enseña que literatura y libros, que cada vez viven en mundos más separados, pueden juntarse en un regate imposible, un toque mágico que deja un balón que viene de las nubes, muerto en el suelo, o gambeteando a los mercachifles que se dedican a sacar dolares del arte.


domingo, 20 de diciembre de 2015

LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI, ÁNGEL VÁZQUEZ


Cada día me cuesta más trabajo ponerme las medias. Si tuviera ocasión y pudiera ir a Madrid, me compraría un abriguito de entretiempo. Estas cosas, indudablemente son michelines. ¡Tócate bien, Juani! Michelines…

Buscando escritores malditos, las enciclopedias me arrastraron a Tánger. Yo perseguía a esos escritores perdidos de la generación beat y me encontré con la sorpresa de que Jane Bowles me señaló, de entre todos aquellos que deambulaban por Tánger, al más auténtico, al más perverso, a aquél que escribió una gran obra maestra en lengua castellana. La gran obra maestra maldita.

“Vete a verlo”, me dijo Jane Bowles, “deja a todos estos americanos para otro momento, quien merece la pena de verdad es Ángel Vázquez”, “mi pequeño genio redondo”.
Yo no soy quién para recomendar nada; pero, después de las lecturas que he tenido, que nunca son suficientes, creo que, si alguien quiere escribir literatura en lengua castellana, hay dos novelas que no puede ni debe perderse, una es el Pedro Páramo de Juan Rulfo, y la otra es La Vida Perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez, de nombre Antonio para aquellos que lo conocieron.

Y ¿quién es Juanita Narboni?: “Je suis le mensoge qui dit toujours la verita”, “Yo soy la mentira que siempre dice la verdad”

Desgraciada de mí que hasta para conciliar el sueño encuentro dificultades. Y este silencio que me pone nerviosa porque no es normal.

Es cierto que en las dos novelas terminamos ahogados en la soledad y en la infelicidad; pero nadie ha dicho que la literatura sea un camino fácil, ni que leamos tan sólo para divertirnos, ese espacio común donde los dólares quieren instalar a la literatura; y lo están consiguiendo; espero que ésta, como ha hecho siempre, se refugie en los monasterios y no puedan alcanzarla las llamas como durante la Edad Oscura.

¡Anda disimula, hija, que tú también empinas el codo lo tuyo!

Así fue cómo conocí a Juanita Narboni en Tánger, que en un monólogo casi infinito y deslumbrante, tan sólo ella habla en la novela, nos cuenta esa vida de mujer fracasada, ridícula, que cae en su extravío en lo cursi, pero que con su ejemplo marcado por su yo interior nos enseña en carne propia que el camino de la felicidad siempre viaja desde dentro hacia afuera. Es una equivocación pensar que la felicidad llegará desde fuera si primero no la hacemos crecer dentro de nuestra alma.

Son sus propias decisiones la que la han arrastrado a la soledad más absoluta:
Tarde, siempre a todo llegué tarde, hasta para morirme no voy a llegar a tiempo.

Ella poco a poco ha ido asfixiando su propia vida, siempre se ha sentido vigilada por la sociedad, exagerando la moral burguesa hasta límites que van más allá del sentido común. Son sus recelos y desconfianzas, a veces sin fundamento, los que la han llevado a esa situación:

Ahora me mira y me saluda. Te veía venir. Como siempre. Yo también te saludo, mi reina, se te caiga el massaj. Una vez te pedí veinte duros y no quisiste dejármelos. Claro, me saludas por cuestión de préstige. Al fin y al cabo una es una Narboni. Y tú no eres más que una purita mierda que tuviste la suerte de dar con un marido cabrón. Yo te saludo, te sonrío, mira mi sonrisa, falsa como el anillo que llevo al dedo.

Así es Juanita, desde el principio cree que va por el caminito recto; el problema es que ese camino no es el camino de la bondad; sino el camino de la hipocresía, del sufrimiento gratuito, de la discriminación del otro:
Ana María dice que hay tres clases de nobleza: la de la sangre, la del dinero y la mía.

El monólogo de Juanita es prodigioso, el tiempo de la novela nos sobrecoge porque, a saltos, no hace sino encerrarla más y más, en esa letanía de soledad merecida, con un presente fragmentado, un pasado como el único tiempo en el que se puede ser feliz y un futuro desolador.

Actúa como la sociedad le demanda; ni su hermana (No quise por orgullo buscar a mi hermana, cuando más falta me hacía, ésa que andará por Casablanca, Dios sabe con quién), ni su madre (¡Mamá, mamá!, ¿quieres decirme qué significa todo esto?, ¿Qué va a ser de mí?), ni su padre (Nunca lo quise. Me mira con lástima, que es lo que más me molesta. Me mira como si toda mi vida hubiera de ser terrible, como si de pronto yo me convirtiera en una huérfana de la tormenta), ni aquellos, que pudieron quererla, pueden hacer nada por ella (Por querer que no quede, porque tengo reservas de cariño para dar y tomar, pero no me sirven para nada. ¿Para qué me sirven si no puedo utilizarlas y cuando lo he intentado lo he hecho siempre mal?...Orgullosa de mierda); nadie puede ayudarla porque es ella, su corazón y su alma quienes tienen que hacer ese viaje a la bondad, hacia la sociedad que la rodea; aunque sabe, y ese es también su drama, que Tánger se está deshaciendo igual que ella.

La Tánger internacional se está desangrando. Tánger ya no es nada, ni queda nada de él. Si supieras lo que es del Teatro Cervantes, humo y rastrojos como en Manderley, grietas y cardos por donde antes creció la hierba.

Pero, al menos, podemos ir a la tienda de Mariquita, la sombrerera, en la calle Siaguins para hablar en yaquetía, ese lengua mezcla de castellano, árabe y judío, que es un monumento a la pluralidad. Igual por allí, escondido, espía el pequeño Antonio Vázquez y anota en su cuaderno del colegio palabras mágicas que luego pondrá en la boca de esa infeliz de Juanita Narboni, consumida en su propio mundo.

Ya no hay esperanzas ni para Juanita Narboni, ni para Ángel Vázquez, ni para Tánger.









lunes, 7 de diciembre de 2015

FRIEDRICH HÖLDERLIN, CON HIPERIÓN

Una vez, después de contar mi vida, me preguntaron dónde me hubiera gustado haber estudiado; ya que, unos segundos antes, había narrado mi paso por el colegio laboral, por un colegio del Instituto Social de la Marina, un Instituto público de bachillerato con nombre de pintor, una academia militar y la universidad nacional de educación a distancia.

Sin dudarlo, contesté que el lugar al que me hubiera gustado ir a estudiar era el seminario de Tubinga y, además, en el año 1791 compartiendo habitación con Schelling, Hegel y Hölderlin en aquel Tübingen Stift donde ellos soñaron que otro mundo era posible: “como más me gusta imaginarme el mundo es como la vida de una familia, donde cada cual está sin pensarlo, al servicio de los demás; donde todos padre, madre y hermanos, grandes y pequeños, están a disposición los unos de los otros, sin que se medite ni se sermonee sobre ello”.

Ese lugar donde soñaron que otra vida era posible: ¿qué es todo el saber artificioso del mundo, qué es toda la orgullosa emancipación del pensamiento humano comparada con los tonos espontáneos e inocentes de aquel espíritu que no sabía lo que sabía, lo que era?

Ahí iré a estudiar, al seminario de Tubinga donde Holderlin soñó que otra forma de amar era posible: ¡Oh, qué vale todo lo inmortal que los hombres pensaron e hicieron durante milenios frente a un momento de amor! - ¡Es también lo más logrado, lo más hermosamente divino de la naturaleza! A él conducen todas las gradas desde el umbral de la vida. ¡De él venimos a él vamos!


Siempre he pensado que entraría por el arco principal del seminario, subiría unas escaleras de madera y en la primera planta giraría a la derecha para coger un pasillo por el que la luz corre como un río de oro y me pararía ante una puerta en la que hay pegado un pequeño letrero con tres nombres: Friedrich Hölderlin, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Friedrich Schelling. Tres Friedrich, más grandes que el mismísimo emperador Friedrich II, al que soñaban con destronar con los vientos de la revolución francesa: “Ya no es tiempo de Reyes”.
Conquistarás, y olvidarás para qué, conseguirás por la fuerza, si todo va bien, un Estado libre para ti y entonces dirás: ¿para qué lo he construido? La lucha salvaje te destrozará alma hermosa, envejecerás, espíritu venturoso!: y cansado de la vida al final preguntarás: ¿dónde estáis ahora vosotros ideales de juventud?

Llamaré a la puerta de esa habitación del seminario de Tubinga. Desde dentro me dirán que pase, ni Schelling ni Hegel están dentro, tan sólo veo a Holderlin, el único poeta que renunció a todo por la poesía, su amor, su vida, su futuro; el único poeta que fue devorado por la esencia de la propia poesía, sin más destino que los versos, sin otro posible fin que la locura. Él todavía no lo sabe.

Yo, en la bolsa, llevo un libro de Heidegger, que me he puesto a leer en un banco junto al río Néckar y en el que se ve la torre en la que Holderlin estuvo 37 años encerrado y loco, llamándose Scardanelli: La esencia de la poesía, tal cual la funda Hölderlin, es en grado sumo un acontecimiento histórico; porque “poéticamente es como el hombre hace de esta tierra su morada”.

Cuando escucha los golpes en la puerta dice con voz queda: “adelante” y yo paso con una sonrisa porque voy a conocer al único poeta verdadero, al poeta que no quiso mancharse más que con poesía, que fue capaz de decir cómo debía ser el mundo, el nuevo mundo renacido en su Suavia natal; y que tanta gente perversa, empezando por el nazismo, usó para su mal.

En ese momento anda traduciendo el Áyax de Sófocles: Vosotras, aguas del Escamandro, vosotras que tan amablemente acogisteis a los argivos, ¡vosotras no me veréis nunca más! - ¡Aquí yaceré sin gloria!
¡Qué importa la gloria si la poesía me ha impedido tener a Diotima!

Yo sé quién es Susette Gontard, yo sé que ella va a adorar al poeta y que tras su marcha llorará lágrimas de sangre: <<Es como si mi vida hubiera perdido todo significado; solo por el dolor sigo notando su existencia >>
El poeta no tendrá ni tendrá sangre, sólo versos: Construyo a mi corazón una tumba para que pueda descansar en ella; me encierro en mi mismo como una larva, mientras dura el invierno; con recuerdos venturosos me protejo de la tempestad.

Le pido permiso para sentarme y le digo con alegría que voy a pasar cinco años estudiando con ellos en el seminario; y que, si bien sé que no estoy a su altura, espero que entiendan que no es más que un sueño; por lo que es permisible todo mi atrevimiento.

Todavía cree que la regeneración del  país es posible, concibe la construcción del gobierno con las palabras libertad, igualdad y justicia social; y se va a adelantar al oscurantismo de los regímenes que llegarán dos siglos después con la claridad con la que sólo ven los poetas:

Me parece que tú concedes demasiado poder al Estado. Este no tiene derecho a exigir lo que no puede obtener por la fuerza. Y no se puede obtener por la fuerza lo que el amor y el espíritu dan. ¡Que no se le ocurra tocar eso o tomaremos sus leyes y las clavaremos en la picota! ¡Por el cielo!, no sabe cuánto peca el que quiere hacer del Estado una escuela de costumbres. Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno.

Sin querer se ha anticipado dos siglos a los regímenes comunistas y fascistas, los Gulags y los Auswitch Bikernau, que tan perversamente usaron su nombre.

En la disputa que mantuvieron por carta Hölderlin y mi adorado Cortázar, señora Bauchot, defiendo a Hölderlin, porque el Estado, querido Julio, es creación humana; pero el alma, amado Hölderlin, es creación de Dios.

Agarro la Prosa del Observatorio de Cortázar y vuelvo a leerla: “Señora Bauchot, alguna vez Thomas Mann dijo que las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Holderlin; pero vea usted, señora, yo creo con Lukacs que también hubiera sido necesario que Holderlin leyera a Marx; note usted qué frío es mi delirio aunque le parezca anacrónicamente romántico porque Jai Singh, porque la serpiente de mercurio, porque la noche pelirroja.”

No, querido Julio, he adorado cada paso que diste por París, pero ahora no tengo más remedio que echarme en los brazos libertarios de Hölderlin, sabiendo que somos hijos de la tierra hechos para amar, hechos para sufrir.

Soy feliz sabiendo que voy a pasar cinco años de mi vida en el seminario de Tubinga tratando de cambiar el mundo, así que he dejado pasar la ocasión que se me brindó de estudiar cinco años en una Academia militar.
Para conducir a mi pueblo al Olimpo de divina belleza, donde mana de fuentes eternamente jóvenes lo verdadero con todo lo bueno, carezco, aún hoy, de destreza. Pero a servirme de una espada sí he aprendido, y no necesito más por ahora. La nueva liga de los espíritus no puede vivir en el aire, la sagrada teocracia de lo bello tiene que morar en un Estado libre, y él precisa de un lugar en la tierra, y este lugar lo conquistaremos nosotros.



























sábado, 28 de noviembre de 2015

EL CURRICULUM VITAE DE UN POETA



Para aprender sobre todo tipo de artes y de ciencias, siempre recomiendo empezar por los  poetas. Por regla general, creemos que los poetas son ese tipo de gente revuelta entre letras y pasiones sin más razón de ser que el verso y sus latidos, alejados de toda vida práctica. Pero si se les lee con otro tipo de lentes se sacan conclusiones muy útiles para la vida.

Voy a poner dos ejemplos: hablar en público y rellenar un curriculum vitae.

En cuanto al primero, hablar en público, debemos de hacer caso a don Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura, (aunque hasta mi amado Borges tuviera el vicio de no leerlo), que exponía que el buen orador improvisa lo que dice y se prepara aquello que no va a decir.
En esa sencilla frase está definido lo que se debe hacer para hablar en público y que, al menos, un par de palabras nuestras se recuerden a la salida de nuestro parlamento; ésa es la diferencia entre una conferencia áspera y una amena.

Mi profesor de Lengua y Literatura Latina, don Bernardo Souvirón, comentó en una clase que, de cuanto pueden contarnos, lo que permanece para siempre en la memoria es la anécdota; por eso si queremos que alguna enseñanza perdure y que el paso del tiempo no lo empañe debe venir en los brazos de ese tipo de fábulas.
Y Borges extrajo de su experiencia adquirida por las muchas conferencias que dictó que los oyentes siempre preferían lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto; y por ese camino dirigía sus palabras.

Yo aún no he conseguido llevar a buen término el consejo de don Jacinto en su totalidad; aunque ahora, que la presbicia se está adueñando de mí, cada vez encuentro más difícil el darme a una conferencia leída y andar continuamente quitándome y poniéndome las gafas. Así que la mala salud de mis ojos me está obligando a improvisar lo que digo y a prepararme concienzudamente lo que no voy a decir, por las malas pasadas que me juega el movimiento de esas letras escritas que no se están quietas cuando me quito o me pongo las gafas. Y, cada vez, me va mejor cuando hablo en público…

En relación al segundo ejemplo, cuando he tenido la ocasión de recibir algún curriculum vitae por motivos laborales; o he tenido que confeccionar el mío buscando algún hueco nuevo donde trabajar; siempre me ha venido a la mente Félix Grande, ese poeta manchego que recomienda no volver nunca al lugar donde uno ha sido feliz:

Normalmente uno se presenta enumerando la relación de sus victorias, la relación de sus aciertos, sus premios, sus diplomas, sus acontecimientos vitales y dice éste soy yo. Creo que no es del todo cierto, la experiencia de mi edad me hace dudar de lo que era cierto y de lo que no lo era; y creo que el verdadero curriculum vitae sería entregar una página en la que lo que está enumerado no fuesen las victorias, sino las derrotas.

Creo que nuestro verdadero rostro lo define mejor la enumeración de nuestros fracasos, de nuestras tinieblas, de nuestros cuidados que la enumeración de nuestras victorias.

En nuestro curriculum vitae no debería faltar la noche que estuvimos sin dormir porque nos habían humillado y no respondimos como debíamos a la humillación, o aquella vez en que alguien dejó de amarnos, o peor todavía, cuando fuimos nosotros quien dejamos de amar, o aquella tentativa que hicimos y no pudo cumplirse y se desmoronaron unos cientos de sueños, y nuestras lágrimas, o los lugares que por miedo o vergüenza no visitamos, o...
No seríamos nosotros sin que en nuestro curriculum apareciera todo eso que confesamos a solas y de madrugada.

Así que siempre que recibo un curriculum, o confecciono el mío, pienso que allí tan sólo hay escrito un cachito de verdad. Pero..., sigamos manteniendo nuestros escondidos secretos aunque todo el mundo sepa que la verdad está formada por éxitos y fracasos, por encuentros y abandonos, por futuro y por pasado, por tentativas fallidas y por tentativas logradas, por dolores sin medida y por gozos sin freno; que eso es la vida, la Vita-Vitae.

Por orden , narremos la caída: no parezca
lujo el susodicho ay. Nacer (he aquí la cuestión)
cómo has nacido, dónde has nacido, para qué has nacido.

En el mil novecientos treinta y siete
(quiero decir, vean crónicas, en ese monstruoso
revulsivo, que luego llaman la primera piedra)
caí en este andadero, o derrotero;
más claro: en guerra; más lírico: en fraterna matanza,
cuando cartas son biblias (¡ay destinatarios!);
más concreto: cuando
mueren mueren mueren mueren destrozados unos
y otros y unos y otros, y
entonces naces:
madrina Amparo viene a tu bautizo un día de bombas,
se celebra un modesto llanto por la ausencia de papá soldado,
faltaban dulces, faltarán,
mamá inunda tu boca de leche con memoria
en que bebes su poderosa pena que ella repostaba
en las salas del hospital de sangre sito en Mérida,
otrora Emérita Augusta.

Mamá desvenda muñones, rebobina quejidos,
pelea contra coágulos y desgarrones femeninamente,
espoelea sus retinas frente a las hemorragias,
se quema en lamentos cocidos, se hiela entre el cierzo de los
          moribundos,
solloza para dar ejemplo;
y después me ponía sus trágicos pezones en la boca,
ebrios de obuses, apresurados de sobrevivencia casual,
para que yo chupara mi destino
y cojeara luego con la niñez sin tronos
(faltaban dulces, faltarán)
oh cálido bautizo, oh pesadilla, oh fuego de la escarcha, 
fuego,  fuego!

Memoria: humeas. –Con aquel bagaje
fleté en el tiempo, con aquellas muletas
di en correr adolescencia adentro;
me fui poblando poco a casi nada
y toda cosa nunca pude olvidar si era sombría;
hasta que un día supe que mi aquella
enfermedad novena del nacer (he aquí la cuestión)
abdicó sobre esta larga convalecencia con recaídas en que ahora
            consisto
y a la que llamo mi existencia, proféticamente.

...nosotros estuvimos
aquí: sobre la vida.

Cruzábamos las calles
con velocidad íntima,
rozábamos los picos
nobles de las esquinas
hasta que nuestras manos se callaban y oían.
anduvimos ciudades,
caminos, campos, vías,
andenes; anduvimos
naciones; geografía
fue vivir; una lenta,
sublime geografía.
Amábamos los árboles 
hasta la sombra...

Y así, hasta mil y un versos continúa el curriculum vitae de un poeta, Félix Grande, grande de verdad.



sábado, 14 de noviembre de 2015

UNA MUJER EN BERLÍN


Mientras zurcía el liguero destrozado en una violación, una mujer anónima, escondida entre los escombros en los que las bombas aliadas habían convertido a Berlín, pensaba: Lo que mañana ocurra me da igual..., nos han dirigido delincuentes, malnacidos y tahúres, y nosotros nos hemos dejado conducir como las ovejas al matadero.

Entre las muchas historias que pueblan la Segunda Guerra Mundial, en la estantería BR-I-34 de una biblioteca que se caracteriza por saber, y mucho de guerras, encontré un pequeño volumen con fondo rosa de la editorial Anagrama que me llamó la atención por dos motivos fundamentales: el primero que era un testimonio relatado por una mujer durante los días que siguieron a la toma de Berlín por parte de los aliados; y el segundo porque, esa mujer, quiso que el libro no llevara su nombre sino que se publicara anónimamente. Lo hizo un editor norteamericano en 1954.

Los libros de Historia rara vez han pintado el papel de la mujer en las guerras, y si alguna vez lo han hecho fue para seguir coloreando esa imagen que desde los antiguos griegos ha tenido la mujer en la piel de Penélope y cuyo principal papel era esperar a su marido después de veinte años ausente:
Mientras los hombres combatían en una guerra devastadora lejos de casa, las mujeres resultaron ser las heroínas de la supervivencia entre las ruinas de la civilización.

La guerra se acerca a Berlín y ninguna de ellas puede imaginarse lo que les espera. Ahora que todo ha desaparecido y sólo me queda una maleta pequeña con ropa, me siento desnuda y ligera. Ahora todo es de todos, apenas se tiene apego a las cosas. Mi centro vital es la barriga. Todo pensamiento, sentimiento, deseo y esperanza comienza en la comida. Me he convertido en una persona hambrienta de verdad. 

No, mi querida mujer anónima, lo peor todavía está por llegar. Los refugios se están llenando de gente que si alguna vez tuvo orgullo, lo ha perdido para siempre, pueden leerse sus almas devastadas. Algunos vienen del barrio de Adlershof que acaba de ser bombardeado con dureza. Cuando llega la metralla ya, salvo el pan o el oro, nada vale absolutamente nada: La radio, la cocina de gas, la calefacción, el hornillo eléctrico, todos esos grandes regalos de la era moderna no son más que un lastre inútil cuando falla la Central.

No, mi querida mujer anónima, lo peor todavía está por llegar. Ya se acercan por la Berliner Strasse y por la Braunamer Strasse: ¡Ya somos rusos!, los tanques están pasando ahora mismo por debajo. Los Ivanes sonríen. Todo el pueblo está en la calle clamando, ríen y hacen señas.

Y es ahora, mujer anónima, cuando llega lo peor, cuando empieza el horror:

Esta tarde ha llegado el pánico al refugio. Han entrado buscando mujeres. El primero se encaminó a la fabricante de licores. Ella se defendió. A nuestra mujer anónima, alta, rubia que trabajaba en una editorial, la han sacado a rastras: asquerosos me violáis dos veces y me dejáis ahí tirada; pero eso no es lo peor: vienen muchos más; sólo uno por favor, sólo uno, eche a los otros. Usted mismo si quiere; pero sólo uno. La muchacha refugiada balbucea que ya no aguanta más que se ve morir. Me siento pringosa, no quiero tocar ningún objeto, ni siquiera quiero tocar mi propia piel. ¿Qué significa violación? ahora ya puedo pensar en su significado. Todo sentimiento parece muerto. Tan sólo sobrevive el instinto de supervivencia. Éstos no me destruirán, no.

Pensando, ha encontrado la solución que una mujer bella puede tener en ese salvaje mundo en el que se ha convertido Berlín: Aquí hace falta un lobo que te defienda de los demás lobos. Un oficial del más alto rango, lo que pueda pillar.

A las mujeres jóvenes se las mantiene escondidas. Soy una muñeca insensible, a la que se agita, se da vueltas, una cosa de madera. No les importa que sus maridos estén presentes; o los encierran o los mandan fuera. Hemos sobrevivido otra noche. Y de paso, sobre nosotras pende la posibilidad de quedar embarazadas. Sólo siento asco de mi propia piel. Estamos privadas de derechos, somos presas, basura.

Pues, ya ha llegado lo peor, mujer anónima, a partir de las ocho comienza el habitual desfile de soldados rusos, toda clase de hombres dando vueltas en torno a mí, intentan tocarnos..., al final sólo es cuestión de coger toda esa carne derrotada y utilizarla; y si mueren, que mueran gritando: ¡Todo se lo debemos al Führer!

Estoy tan escocida, tan hecha polvo, me resisto..., y él escupe ante mi cama, escupe desprecio. Nuestra comunidad humana está basada en el miedo y en la necesidad.

Una doctora, que se merece una estatua que nunca le pondrán, ha salvado a muchas niñas muy jóvenes de la violación porque inventó la estratagema de que padecían tifus. Sólo ellas se han salvado, ni las viejas, ni las que tienen el rostro desfigurado lo hacen, una mujer para ellos es una mujer.

Me alivia un poco la lectura el saber que esa mujer anónima ha conocido a un ruso que perdió a su esposa y a sus dos hijos en un ataque aéreo alemán, y ha perdonado; y que siente vergüenza por todo lo que está sucediendo en Berlín.

Ni siquiera lo que hicieron los nazis justifica las violaciones, asesinatos y expolios. No hay justificación para ninguna inhumanidad; y menos que nadie la pueden ejecutar los vencedores.

La culpa nunca es colectiva, la justicia nunca es colectiva, el pecado nunca es colectivo; el bien y el mal está plenamente definido en el alma humana, con religiones o sin ellas. Y desde luego se echó de menos, que un Tribunal de Derechos Humanos actuara después de la guerra en consecuencia. Más de un millón de mujeres sufrieron violaciones, miles de ellas (los números se acercan a cien mil) murieron por los padecimientos sometidos durante las múltiples violaciones o, posteriormente, por las heridas sufridas o en los abortos que se hacían practicar.

Se echó de menos, un poco de justicia después de la guerra, igual que a mí me ha dolido terminar el libro y sentir que esta mujer anónima tenía la sensación de que lo que le estaba sucediendo era un ajuste de cuentas que Alemania y las alemanas merecían.

No, mujer anónima, nadie merece la humillación, nadie merece el dolor por simple venganza, todos merecemos justicia. La ley y toda la fuerza de la Ley; con justicia. Vosotras también; aunque todo se lo debierais al Führer.




















sábado, 31 de octubre de 2015

KAVAFIS, RECUERDA CUERPO

A Alejandría me llevaron unos conjurados que creyeron que la Humanidad sólo podía ser redimida y salvada por el fuego; y que ciegos, profesaron la doctrina de Heratos de Tracia. Sin otro destino y sin poca razón, se dieron a la quema del Bruchion, de su gran biblioteca y de los almacenes bibliográficos de su puerto.

Aquel día de noviembre del año 48 antes de que naciera ese Cristo, a quien llamaban sus seguidores el salvador, fueron quemados veinte tratados de Herón de Alejandría en el que se desarrollaban sofisticadas cajas de engranajes y una máquina de vapor que transmitía una fuerza enorme proveniente de la presión de los líquidos convertidos en aire. Heratos temía, y así lo defendió siempre, que la construcción de esos aparatos para cada una de las personas del mundo haría el aire irrespirable y toda esa presión en la atmósfera reventaría el planeta que el hombre habita. También, perteneciente a Herón de Alejandría, fue pasto de las llamas su obra Autómatas en la que describía máquinas que podían sustituir a las actividades humanas y que La Conjura intuía suplantadoras no sólo del cuerpo sino, en un lejano futuro, también del alma del Hombre.

El fuego devoró los tratados de Herófilo, quien explicaba que ciertamente la inteligencia vivía en el cerebro y no en el corazón. Destruyó los rollos en donde Apolonio de Pérgamo demostró las formas de las secciones cónicas; y acabó, para siempre, con la mayor parte de las obras de Sófocles, Esquilo y Eurípides que dieron forma con la palabra y el verso al espíritu humano y su falsa y violenta moral.

Eratóstenes, que calculó el diámetro de la tierra y sostuvo que se podía llegar a la India navegando rumbo a Occidente también pagó su tributo. Muchas de las obras de Arquímides, Euclides, Hiparco y Galeno tampoco se salvaron, aunque hayan pasado a la Historia por descubrimientos menores.

Otros autores que fueron enormes en sus creaciones, hallazgos y estudios, y que hubieran podido hacer palidecer al mismísimo Homero, desaparecieron para siempre. Nada importa ya saber sus nombres y yo no los mencionaré aquí. Desde siempre la Historia ha escrito y ha borrado nombres a su antojo en función de aparentes victorias o derrotas. Lo que sí quiero expresar en este legado es que sin aquella Conjura que nació en Alejandría por boca de Heratos, el mundo hubiera marchado con la velocidad destructiva que va ahora, posiblemente, veinte siglos antes. Eso le debemos a Heratos y a La Conjura de Alejandría.

Cuando supe con certeza que todos los conjurados, incendiarios de libros, se habían llevado su merecida muerte, encierro o esclavitud; decidí que, ya que estaba en Alejandría, iría a visitar a ese funcionario gris, que va y viene de su rutinario trabajo en la oficina de Riego del Ministerio de Obras Públicas, por ocho libras mensuales, buscando un roce furtivo con otro hombre en las tiendas que le caen de camino a casa. Sabe que no es fácil cambiar y, mirando las nubes, recuerda a Horacio, para escribir sobre un papel que en los viajes podrás ver otros cielos diferentes; pero, que el alma sólo tú puedes cambiarla:

Siempre llegarás a esta ciudad.
Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Está mal contratado y mal pagado por su condición de griego en Alejandría. Los británicos, tras una revuelta, han bombardeado la ciudad y han destruido su casa por esa terrible ley científica y aleatoria que lleva aparejada todo bombardeo. Me gustaría acompañarle durante la noche. Esas noches en las que se refugia, ya con treinta años, en los burdeles escondidos para hombres en Alejandría.

Sabiendo que para nosotros Alejandría está perdida. Aunque, desde luego, no vamos a llorar como niños porque Alejandría y el millón de sueños que tuvimos desaparecieron como lágrimas en la lluvia.


Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que te engañó tu oído:
no aceptes tales esperanzas.
Preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
dile adiós, a la Alejandría que pierdes.

Nos sentamos en un café del puerto y le cuento que estoy preparando un viaje a Ítaca con una mujer, y que espero que nuestro viaje sea largo, pleno de aventuras, pleno de conocimientos. Me pregunta por ella y le enseño unos papeles. Me ha hecho mil anotaciones y sobre la primera línea ha puesto un título: Un Viaje a Ítaca, deseándome:

Que sean muchas las mañanas de verano
en que con dicha, con alegría
entres a puertos nunca vistos.

Me pregunta qué tal por Europa; y le respondo que como siempre; ahí estamos esperando a los bárbaros. Yo todavía no los he visto; pero a mí no paran de decirme en los telediarios, por la calle, en el autobús y en los cafés que existen; que si ahora vienen desde el sur, que si ahora están entrando en oleadas por el este; así que de momento, en Europa, seguimos esperando a los bárbaros:

-¿Qué esperamos reunidos en la plaza?
Es que los bárbaros van a llegar hoy día.

-¿Por qué hay en el Senado tal inactividad?
¿Por qué los Senadores están sin legislar?
Porque los bárbaros llegarán hoy día.
¿Qué leyes van a hacer ya los Senadores?
Los bárbaros cuando lleguen legislarán.

-¿Por qué tampoco los valiosos oradores no acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?
Porque los bárbaros llegarán hoy día;
y los aburren las elocuencias y las arengas.

-¿Por qué comenzó de improviso esta inquietud
y confusión? (Los rostros qué serios que se han puesto.)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos regresan a sus casas pensativos?
Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.

Y unos vinieron desde las fronteras
y dijeron que los bárbaros ya no existen.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Esos hombres eran una infalible solución.

Tomamos un café turco y sobre los posos se leían las líneas circulares de un futuro lleno de bárbaros. Constantino Cavafis sonríe y me dice que no tenga miedo, que no tema ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes, ni al irritado Poseidón, que tales cosas nunca hallaré en mi camino, si elevado se mantiene mi pensamiento, si no los llevo en mi alma.

He quedado con él para salir esta noche a esos lugares escondidos para hombres. Ya está bien de secretos.


Perdido en la tabernas 
y en los burdeles de Beirut, malvivo;
no quise quedarme en Alejandría.


lunes, 26 de octubre de 2015

TERESA DE JESÚS, EL LIBRO DE LA VIDA, DE NUESTRA VIDA




Anduve en Ávila dos años en diversas ocupaciones; allí me di a la Logística, la Contabilidad y al Derecho por esas mañas que se da la vida de colocarnos en toda clase de situaciones y lugares, a veces elegidos y otras por necesidad.

Yo sabiendo que iba a Ávila escogí cuatro libros para meter en mi bolsa de viaje: El Libro de la Vida, Las Moradas, Las Fundaciones y Camino de Perfección; sabiendo que ella, tal como escribió Cernuda, andaba oculta como la flor en la soledad del libro.

Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado es para mí
Y yo soy para mi Amado.

El mismo día que pisé Ávila, y antes de llegar a mi destino, decidí pasarme por el convento de la Encarnación.
Me senté en la acera, frente a la puerta, y me puse a recordar.
Me hubiera gustado llegar a la Encarnación de madrugada, a oscuras y encelada, como lo hizo ella, una niña de quince años que contra la opinión de su padre decide no aceptar su casamiento pactado, que considera como un sometimiento de la vida de la mujer al varón; y que niega a las mujeres el acceso a la educación, a los libros y a la vida. Los jueces son siempre hijos de Adán y cuando ven una acción de una mujer siempre la juzgan a mal. No hay más que ver la lengua y sus contornos. Se necesita una muy determinada determinación.
Le han abierto la puerta del convento sin hacerle ninguna pregunta. Saben de dónde vienen, quién es y, sobre todo, quién va a ser.

Vivo ya fuera de mí
Después que muero de amor,
porque vivo en el Señor
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Su padre la ha seguido sin que ella lo sepa. Y, cuando la ha visto entrar, dos lágrimas han corrido por sus mejillas. He visto ese cuadro mil veces.

Esa niña ya ha leído los volúmenes de San Gregorio y San Jerónimo, novelas de Caballerías, las Confesiones de San Agustín y los libros de Oración en lengua romance. Convenció a su hermano para huir a tierra de moros para ser descabezada como los mártires, pero afortunadamente unos familiares, los vieron salir a pie por las murallas antes de que fuese demasiado tarde.

Ha llorado cuando la Inquisición prohibió y quemó los libros en lengua romance: hay quien ve peligroso que la lengua popular se arrime al cauce sacramental. Nada podrán contra el tiempo

Yo no hablo de teoría, sólo quiero decir lo que siento yo; este es mi Libro de la Vida, como el que tienen todos los que mueven sus pasos por esta Tierra. Esta dispuesta a eliminar toda discriminación de sangre y sexo: entre hombres y mujeres, entre cristianos nuevos y cristianos viejos, entre seres humanos… que es lo que somos. Recuerda la condición de judíos de sus bisabuelos, los Cepeda, y de judío converso de su abuelo; su castigo por la Inquisición como criptojudío, su paseo por Toledo con el San Benito, su huída a Ávila, sus pleitos…Sabe que Dios está en todas partes: entre pucheros, en la caridad, con los pecadores, con los pobres, con los ricos, con los inocentes y con los culpables. Dentro del convento están rezando por todos. Incluso por mí.

¡Oh hermosura que excedéis
 a todas las hermosuras!
 Sin herir dolor hacéis,
 y sin dolor deshacéis,
 el amor de las criaturas.


Ella está cambiando en este momento sus ropas, que ha traído de casa, por el hábito de monja; su celda es austera y fría; su salud será precaria toda su vida; y la poesía velará por ella y por nosotros; la poesía y la oración:

¡Oh muerte benigna,
socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
que el alma libertan.
¡Qué dicha, oh mi amado,
estar junto a Ti!


He abierto la puerta de la Encarnación para ver el torno y si, por casualidad, puedo oír, detrás, sus pasos.

Nada hay, y decido irme calle Vallespín hacia abajo, donde voy a vivir, al menos un par de años.
Cuando llego saludo, me presento, me dan la bienvenida; y, me dicen, que “mañana, a primera hora, nos debemos presentar a la Santa, que nació justo en la casa de al lado”. Si es que Ávila se llama Teresa como Lisboa se llama Pessoa, pienso para mí.

Durante dos años viví justo al lado de la casa donde nació Teresa de Jesús. Me hicieron hijo adoptivo de Ávila, seguro sin merecerlo; y siempre que vuelvo recuerdo los fríos inviernos, algún abrazo y los versos de la Santa.

Viene pobre y despreciado,
comenzadle ya a guardar,
que el lobo os le ha de llevar
sin que le hayamos gozado.


Puro resumen de la Vida, del Libro de Nuestra Vida.