miércoles, 6 de agosto de 2014

CROMWELL, ¿TE ATREVES A SER REY?




Llegué a Cromwell buscando la igualdad y la justicia y resulta que tropecé con la llama de la ambición. Fui pregonando las bondades que se avecinaban tras la caída de la monarquía absoluta del rey Carlos para que llegaran los tiempos de una nueva República a Inglaterra y me encontré con que esa nueva República en nada tenía que envidiar al absolutismo. Todos tus crímenes, que cubría la diadema, pesarán en la balanza de la justicia de un modo terrible en tu última hora. Poderoso te aborrecía y abatido te compadezco.  

Salí buscando al Cromwell que acabó con la monarquía inglesa en nombre de la libertad y terminé en la taberna de Las Tres Grullas:
Merecí la cólera del Parlamento largo, y hace siete años que me tienen encerrado en la Torre, llorando por nuestras libertades, que Cromwell hizo desaparecer. Esta madrugada entró el carcelero en mi calabozo y me dijo: «Os esperan en la taberna de las Tres Grullas. Israel convoca allí sus tribus para destruir a Cromwell; acude allí.» Salí de la prisión y vine aquí, como en los tiempos antiguos Jacob llegó a Mesopotamia. Mi alma espera vuestras palabras de miel, como la tierra seca espera el rocío del cielo; la maldición me mancha y me envuelve; purificadme, pues, hermanos, con el hisopo.

No era pequeño pecado querer ceñir sobre sus sienes la corona que él mismo había derribado cortando la cabeza que la sostenía, y ahora él, sin ningún derecho dinástico, pretende convertirse en rey; pues entonces yo, ahora, abogo por la Restauración  monárquica  y tengo toda la intención de acabar con Cromwell y sus falsos puritanos. Al principio no creí cuanto contaban de él, hasta que lo oí de su propia voz. ¡Pero si ya lo tienes todo, Cromwell! Acabaste con la monarquía absoluta, vuelve a tu casa, a tu trabajo, a tu vida humilde:
No, no; poseo la autoridad, pero me falta el nombre. ¡Te sonríes, Thurloe! No sabes qué vacío abre en el corazón la avidez de la ambición; no sabes cómo ella desafía al dolor, al trabajo, al peligro, a todo, por conseguir un objeto que parece pueril. Es triste poseer la fortuna incompleta; además, no sé qué brillo, en el que el cielo se refleja, rodea a los reyes desde los tiempos antiguos. Son palabras mágicas las palabras rey y majestad. Ser árbitro del mundo sin ser rey, poseer el poder sin el título, es faltar algo; el imperio y el rango deben ser una misma cosa. No sabes qué sentimiento da cuando se ha salido de la muchedumbre y se palpa el acontecimiento, no sentir algo encima de la cabeza; no será más que una palabra, pero entonces esa palabra lo es todo.

¡Rey, Majestad!; pues yo, Cromwell abogo por la Restauración y por los derechos dinásticos de la Monarquía inglesa, porque he visto que a cualquier otro régimen termina comiéndoselo la corrupción y el desorden en mayor medida por culpa, sobre todo, de las codicias personales, que terminan vistiéndose de los más raros ropajes, algunos humildes. Extraño oximorón. Y eso que Fletwood a punto estuvo de convencerme:
Milord, voto por la República, ya que nos impulsáis a que hablemos con franqueza. La República levantó el cadalso de Stuardo, y por ella nos hemos batido; ella debe ser nuestra bandera. Dejemos a Dios que lleve únicamente corona. No quiero que haya Oliverio I ni Carlos II; no quiero ningún rey. Pero rápido me espabiló Cromwell con su respuesta: ¡Sois un niño! Hablad, Carlisle. Y las palabras de Carlisle: Milord, vuestra frente triunfante está pidiendo la corona.
Nada, que no tenemos remedio, que la especie humana no tiene remedio, por eso yo y algunos como yo, entre ellos su propio hijo, impedimos que la corona de Inglaterra adornara las sienes de Cromwell.

Menos mal que Milton, el poeta ciego, pero no mudo consigue alzar su voz y con sus ojos apagados consigue que brillen los nuestros con sus palabras, estás perdido Cromwell:
Mírame, Cromwell. Veo que tus ojos se inflaman y que vas a decirme por qué me atrevo a hablarte sin obtener tu venia. Pero mi sitio es extraño en tu Consejo de sabios. Si alguno me buscara entre ellos, diría: «Ese mudo es Milton.» Ese es el papel que aquí desempeño. De este modo, yo, que haré aprender al mundo mis versos, en el Consejo de Cromwell soy el único que no tengo voz.
Pero ser ciego y mudo es para mi demasiado. Te va a perder el sueño de la fatal diadema, hermano, y me quedo a pleitear por ti contra ti mismo. Quieres ser rey, Cromwell, y te dices: «Sólo por mí ha vencido el pueblo; yo he sido el que le ha llevado a los combates, por mí dirige sus súplicas, por mí vierte su sangre, por mí encuentra alivios: debo reinar, así será dichoso, porque después de tanto sufrir, ha cambiado de rey y ha renovado sus cadenas.»
Este pensamiento me hace ruborizar. Desde hace quince años, revuelto el pueblo, goza en provecho tuyo de la libertad; sus grandes intereses sólo han sido para ti un negocio y la muerte del rey una herencia. Aunque te digo esto, no creas que trato de rebajarte, no; nadie puede eclipsarte: poderoso por el pensamiento y poderoso por la espada, fuiste tan grande, que en ti yo creí encontrar el ideal del héroe que soñé; y en todo Israel nadie te ha querido tanto y nadie te ha colocado a tanta altura. ¡Y por un vano título, por una palabra tan vacía como sonora, el apóstol, el héroe, el santo quiere deshonrarse!

Cromwell ha visto demasiadas espadas contra él, entre ellas la mía, seguro que cambiará de opinión si quiere seguir teniendo la cabeza sobre los hombros.
Acuérdate de Carlos I y no te atrevas a recoger en su sangre la corona ni a edificarte con su cadalso un trono. ¿Te atreves a ser rey? ¿No piensas, no temes que llegue un día en que, enlutado con el crespón, este mismo White-Hall, donde brilla tu grandeza, abra otra vez su ventana fatal? ¿Te sonríes? Mucha fe tienes en tu estrella. Acuérdate de Carlos Stuardo. Cuando iba a morir, cuando el hacha estaba preparada, un verdugo encubierto hizo caer su cabeza; y a pesar de ser rey, delante de su pueblo murió sin que nadie lo socorriera, sin saber siquiera quién puso fin a sus días.

A mi lado está el hombre que me llevó a Inglaterra, un francés que se cree inmortal, el tiempo puede que lo ponga en su lugar. Se llama Víctor Hugo. Es extraño que me haya traído a Londres un gabacho, pero es buena compañía. Se ha empeñado en prologar la obra con un prefacio que es una auténtica teoría literaria, una joya; así tenemos dos obras maestras en una. Yo le aconsejé que cada una fuera por separado, pero el espíritu romántico es así, y al menor descuido termina llenándose de justificaciones, coartadas, alegatos y descargos en nombre de la libertad. También he de decir que yo he acatado sus palabras a rajatabla porque el aire nuevo siempre es bienvenido, sabiendo que desde el principio de los tiempos todos los libros están ya escritos porque, todos, están llenos de pasado.
El drama que damos a luz no lleva en sí nada que lo recomiende a la atención y a la benevolencia del público; no tiene, para atraer sobre él el interés de los hombres, políticos, la ventaja del veto de la censura administrativa, ni para inspirar simpatía literaria a los hombres de buen gusto, el honor de que lo haya rechazado oficialmente el infalible comité de la lectura. Se presenta ante el público solo, pobre y desnudo, como el enfermo del Evangelio, solus pauper nudus.
Lo dicho, solo un gigante puede escribir algo como esto, aunque él lo que de verdad se cree es inmortal.



martes, 8 de julio de 2014

EL OFICIO DE ESCRITOR





Desde siempre soñé con la Literatura, preguntándome qué debe hacer un escritor para dejar, no ya, un par de páginas memorables, sino simplemente un par de versos de cierta corrección poética. Posiblemente, la culpa la tenga ese profesor que anduvo mareándome con libros cuando rondaba los diez años. Ese gran don Ramón, el de las barbas de chivo, don Ramón Asquerino.

De niño yo quería ser Rimbaud, ese infante terrible que compuso versos en latín con doce años, que combatió (o eso se arrogaba) en las barricadas de la Comuna de París durante la revolución y que anduvo viviendo todo tipo de aventuras con Verlaine; para terminar convirtiéndose en un nómada, traficante de armas (y de esclavos), en Etiopía. Me aprendí pronto los versos de Cernuda acerca de ellos:

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
Mas podemos pensar que acaso un buen instante
Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno
Que dejaron atrás a la madre inaguantable y la aburrida esposa.

Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.
Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice tras el muro,
Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura
De la separación, el escándalo luego; y para éste
El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres 
Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas
Errar desde un rincón a otro de la Tierra,
huyendo de nuestro mundo y su progreso renombrado.

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro
Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía
Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.
Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro
lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos
En entredicho siempre de las autoridades, de la gente
Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

Como la libertad no era de este mundo y otro profesor de Literatura me enseñó en las carnes de Alejandro Sawa que la bohemia sólo está bien para los ricos, porque la bohemia romántica siempre termina convirtiéndose en bohemia trágica, decidí que lo mejor para mí sería seguir los pasos de un poeta sedentario, todo lo contrario a Rimbaud: Mallarmé, el profesor que andaba en sus clases corrigiendo sus poemas y que nunca se movió de su casa de París, una hormiguita de los versos:

Tal como el tiempo transforma al poeta 
en sí mismo, despierta con su desnuda espada,
a su edad, que no supo descubrir espantada,
que la muerte inundaba su extraña voz de abismo.
   
Puede, me dije, que un atajo más seguro para escribir un par de versos decentes sea, como Mallarmé, dedicarme a la enseñanza (ser Rimbaud es demasiado arriesgado para los que no somos tan valientes como él); así que decidí ponerme a estudiar una carrera de Letras como hicieron la mayoría de los poetas de la Generación del 27, que también se llamó la Generación de los profesores: Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda... A ello me apliqué, estudié Filología Hispánica y anduve de profesor durante ocho años..., pero nada, no conseguí ese par de versos ni esa media página que estaba buscando.

Ante este primer fracaso, y plenamente decidido como estaba a escribir un par de versos o media página decente, decidí hacer un estudio de mis tres escritores de referencia: Juan Rulfo, Fernando Pessoa y Vicente Aleixandre, y como un Pierre Menard de mucho menos valor descubrí, ¡oh sorpresa!:

Que Vicente Aleixandre fue intendente mercantil y dio clases de Economía y Comercio: Ya ningún pájaro queda, tampoco ninguna hoja.
Que Juan Rulfo hizo estudios de contabilidad: porque los contables como los zopilotes siempre sobreviven.
Y que Fernando Pessoa fue contable en la casa Vasques y Cía.: Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. 

Así que, sin más, decidí hacerme intendente y especializarme en contabilidad, actividad a la que he dedicado más de veinte años, sin ningún éxito, ni media página ni dos versos escritos con corrección. 

Al final, estación en la que me encuentro, y después de leer que Vila-Matas, cuando era un joven aspirante a escritor, decía que quería parecerse a Hemingway, he optado por seguir sus pasos:    

Pues de cuando tenía quince años y leí de un tirón su libro de recuerdos de París y decidí que sería cazador, pescador, reportero de guerra, bebedor, gran amante y boxeador, es decir, que sería como Hemingway.

Por falta de aptitudes he descartado lo de bebedor y gran amante; y como también estoy con los tiempos también he suprimido la necesidad de cazar. Así que voy a ver si siendo pescador, reportero de guerra y boxeador llego a escribir media página o un par de versos dignos de ser mostrados.

Ya he andado con periodistas y reporteros aprendiendo algo de comunicación en Sarajevo, Mostar, Beirut, Marjayoun, Haifa, Bamako, Kuolikoro...; también tres senseis (Adolfo, Jose, y Emilio) me han andado enseñando en Toledo, sin mucho éxito, el arte del combate, (no terminan de hacerse a la idea que soy de Letras y que sólo he nacido para escribir un par de versos o una media página decentes).

Sigo sin desistir en mi empeño, y por eso ahora estoy trabajando en un periódico y de vez en cuando hago algún documental.

Ya estoy dudando que acaso poco importa lo que uno haga para que la poesía fluya por sus dedos, eso sí, he aprendido, como apunta Vila-Matas, que para ser escritor no hace falta estar desesperado.




domingo, 29 de junio de 2014

MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES, EN CORFÚ ENTRE LOS DURRELL



 Desde siempre he jugado a adivinar cómo serían esos lugares reales que inspiraron a los grandes escritores, hasta llegar a convertirlos en territorios de leyenda: Macondo, Comala, Celama, Región, Magina,..., pero también he jugado a buscar lo inexistente, salvo en la mente del autor, en esas ciudades, que aun figurando su nombre en los mapas, también son leyenda: el París de Víctor Hugo o de Goytisolo, La Mancha de Cervantes, la Nueva York de Paul Auster, la Barcelona de Montalbán, la Venecia de Mann, el Madrid de Cela, o El Cairo de Naguib Mahuf.

Sin embargo, hay lugares que no se dejan intimidar, y que no permiten ni la más mínima alteración de la semántica en su descripción. Uno de ellos es Corfú.
Yo llegué a Corfú en barco, pasada Albania, pero ya antes había estado allí, cuando arribé a aquella isla con los Durrell:

En ese momento llegó mamá algo despeinada, y tuvimos que dedicar nuestra atención a la tarea de introducir a Roger (el perro) en el coche. Nunca había estado en vehículo semejante y lo consideraba algo sospechoso.
Al fin tuvimos que levantarlo a pulso y arrojarlo dentro, aullando frenético, e inmediatamente abalanzarnos sin aliento sobre él para sujetarlo. El caballo, sobresaltado por esta actividad, salió trotando con paso vacilante y acabamos todos amontonados unos sobre otros en el piso del coche, con Roger debajo dando alaridos.
- Vaya entrada -dijo Larry amargamente-. Yo que esperaba dar una impresión de graciosa majestad, y he aquí lo que sucede.. Llegamos al pueblo como una troupe de saltimbanquis.
- Cálmate, hijo -lo tranquilizó mamá, enderezándose el sombrero-; pronto estaremos en el hotel.
Pasamos entonces por una callejuela en la que cuatro chuchos mugrientos tomaban el sol. Roger se puso rígido y con mirada asesina prorrumpió en un torrente de roncos ladridos. De modo que al enfilar la calle principal del pueblo unos veinticuatro perros se arremolinaban entre nuestras ruedas casi histéricos de ira.

Menuda entrada tuvimos en Corfú. Pero no crean que la señora Durrell perdía la compostura, ni perseguidos por una jauría de perros. Larry, cariño, ten más cuidado con ese látigo que puedes herir a alguien. Mientras que Larry (el futuro autor de El Cuarteto de Alejandría) erraba cada latigazo tratando de espantar a los perros.
Recuerdo bien cuando sus hijos le achacaron a ella, la culpa de la forma de ser que estaban llegando a tener. Es muy normal culpar a los padres de nuestros defectos y alabarnos a nosotros mismos por nuestras virtudes. Es tarea común de todos los hijos. Yo no me he librado. Vosotros tampoco. Sin pensar acaso que fuimos lo suficientemente libres para ser como queríamos ser; el problema es que no fuimos lo suficientemente fuertes.

- Eso es lo malo de esta casa  -dijo Larry amargamente-. Nadie echa una mano, nadie tiene consideración para con los otros.
-Tú sí que no tienes consideración con nadie -dijo Margo.
- Y todo por tu culpa, mamá -continuó Larry con austeridad- No nos deberías haber criado tan egoístas.
-¡Lo que hay que oír!, exclamó mamá-. Jamás hice tal cosa.
-Pues no pudimos hacernos así de egoístas sin una mínima instrucción-, dijo Larry.


Yo que he visto esas vidas desde fuera, creo que su madre siempre tenía razón, tan llena de humor e ironía; porque ellos, los jóvenes sólo pensaban en su futuro y en sus pasiones. Larry quería ser escritor a toda costa y todo lo que no fuera él mismo le molestaba, Leslie, tan aficionado a las armas y a la pesca sólo vivió en Corfú para eso, Margo siempre estaba pensando en cómo ser más bella y quitarse ese acné que la martirizaba, y en los jóvenes; y Gerald; ese Gerry, amante de los bichos, que tenía la casa hecha un zoológico, con su mochuelo Ulises, la gaviota Alecko, la salamanquesa Gerónimo, las Gurracas, los perros, las tortugas y un sinfín de criaturas que van dando vida a la novela autobiográfica donde rezuma el humor por todos lados. Si quieren reír leyendo un libro acudan a vivir con los Durrell en Corfú, yo lo hice y no me arrepiento.

He de decir que envidié a Gerry por la educación que tuvo esos años, una educación de verdad:

Apenas instalados en Villa Fresa, mamá dictaminó que yo estaba en estado salvaje y que era necesario procurarme alguna instrucción. Pero cómo encontrar semejante cosa en una remota isla griega? Como era habitual cada vez que surgía un problema la familia en pleno se lanzó con entusiasmo a la tarea de resolverlo.
-Tiempo tendrá de estudiar -dijo Leslie-. al fin y al cabo sabe leer, ¿no? Yo le enseño a disparar y si comprásemos un bote le enseño también navegación.
-Pero, querido, eso no le sería lo que se dice muy útil el día de mañana -señaló mamá, añadiendo vagamente-, a menos que ingresara en la marina mercante o algo así.
-Yo creo que es esencial que aprenda a bailar -dijo Margo-, si no quiere ser uno de esos horribles zangolotinos pavisosos.
-Sí querida, pero ese tipo de cosas más adelante. De momento lo que le hace falta es una mínima instrucción  en matemáticas y francés....sin olvidar que su ortografía es aterradora.
-¡Literatura! -dijo Larry con convicción-: eso es lo que necesita, una sólida base literaria. Lo demás lo irá adquiriendo de paso...

Esta conversación en Corfú en casa de los Durrell siempre me ha recordado lo que contaba Borges cuando empezó a ir al colegio a los ocho años: "Llegó un momento en el que tuve que dejar mi educación para ir a la escuela."

Los Durrell hablaban de todo: Margo era capaz de sentar las bases sobre cualquier tipo de régimen para mantener la figura (yo que tú probaría el de ensalada y zumo de naranja, es estupendo. -No- dijo Larry-, No estoy dispuesto a engullir arrobas de frutas y verduras crudas como si fuera un ungulado cualquiera. Podéis ir resignándoos a la idea de que os seré arrebatado a temprana edad, víctima de una congestión). O hablaban sobre los intelectuales, término tan difícil de definir (He invitado a un par de personas a pasar aquí unos días. Se me ocurrió que nos vendría bien un poco de compañía inteligente y estimulante por estas tierras. No es cosa de atocinarse. -Espero que no sean demasiado intelectuales, querido. -Por Dios, mamá, por supuesto que no. Es gente normal. no sé de donde has sacado la fobia de que todo el mundo sea intelectual). 

Pero lo mejor, era seguir a Gerry, un niño de diez años, en su estudio de la fauna de la isla de Corfú y la envidia que me dio el que él aprendiera griego tan fácilmente y yo no. Si alguna vez me hago con un mochuelo lo llamaré Ulises, si es gaviota Alecko y si es una salamanquesa Gerónimo... me traen esos nombres tan buenos recuerdos.

Si quieren reír de verdad, viajen hasta Corfú de la mano de Gerald Durrell y su familia. Menuda panda los Durrell, y encima todos artistas. Yo creo que, antes, la educación era mejor y cada vez estoy más de acuerdo con Luis Landero cuando habla de los gramáticos analfabetos, que estamos creando con un sistema de enseñanza en el que prima, antes que la propia obra, la crítica y el estudio de esa obra. Lean a Landero cuando habla acerca de la enseñanza de la Literatura y la Lengua que le estamos dando ahora a los niños y comprobarán que tiene razón.

Yo, mientras tanto, me vuelvo a Corfú a ver si aprendo algo.











sábado, 7 de junio de 2014

POEMAS DE LA CONSUMACIÓN, ALEIXANDRE HACIA LA MUERTE




Si yo tuviera dinero; pero dinero de verdad, como tienen esos a quien despreciaba W.H. Auden, y al que yo, aunque sea por el hecho de no tenerlo, me sumo, compraría una casa que hay en la calle Velintonia número 3 de Madrid.

Si yo tuviera dinero, pero dinero de verdad...

En el libro de Auden, El Prolífico y el Devorador, se lee:

Aprendí allí ciertas actitudes, prejuicios si se quiere, que jamás abandonaría: que el saber es algo que se busca por su propio valor; un interés por la medicina y la enfermedad, y por la teología; la convicción (aunque no recuerdo haber creído jamás en nada sobrenatural) de que la vida está regida por fuerzas misteriosas; un rechazo hacia los extraños y hacia las pandillas; y un desprecio por los hombres de negocios y por todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario.

Sí, yo también desprecio a los hombres de negocios y a todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario; al fin y al cabo, yo siempre he cobrado mi soldada y se me ha pagado con sal las veces que no había otro tipo de emolumentos.

Si yo tuviera dinero, compraría esa casa de la calle Velintonia que todos aquellos que tienen dinero, dinero de verdad incluidas instituciones, han olvidado.

La verdad es que no tiene mayor importancia, porque esa casa es el lugar donde más y mejor se habló de poesía durante todo el siglo XX en España. No tiene mayor importancia porque sólo fue la casa (durante más de cincuenta años) del poeta que más lejos llegó en su trato con la palabra, que por esas cosas del destino fue Premio Nobel en 1977.

                                   

No tiene mayor importancia porque sólo es la casa por donde han pasado todos los poetas españoles e hispanoamericanos que escribieron algo en el pasado siglo; gente de tan mal vivir como Neruda, Miguel Hernández y su cesto de naranjas, Alberti, Dámaso y los restos de la Generación del 27, Carlos Bousoño, Claudio Rodríguez, Octavio Paz, José Ángel Valente, Hierro..., todos  han hablado o han escrito sobre poesía en esa casa. Pero no tiene importancia; aunque si yo tuviera dinero, pero dinero de verdad, como esos que lo tienen incluidas las instituciones, compraría la casa de la calle Velintonia número 3. Hoy me he levantado batallador. ¡Qué le vamos a hacer!

Esta mañana me dio por pensar en el paso del tiempo, los años, la muerte (temas muy recurrentes en poesía desde que los dioses alentaron con sus suspiros divinos a los primeros poetas, mi gran Manrique y mi adorado Garcilaso, entre ellos); y para ese camino no hay nada como los Poemas de la Consumación de Vicente Aleixandre; y ya que iba a hablar de él, pues se me calentó la boca y me di a pasear por la calle Velintonia. Si yo tuviera dinero...

¿Son los años su peso o son su historia?
Lo que más cuesta es irse
despacio, aún con amor; sonriendo.
Y dicen: "joven; ah, cuán joven estás..."
¿Estás, no ser? La lengua es justa.
Pero los años echan
algo así como una turbia claridad redonda.

Así van pasando los años para el poeta. Aleixandre escribe estos versos cuando los años se le han echado encima, ya casi rondaba los ochenta, buena edad para escribir, y su relación con la vida empieza a dorarse de una turbia claridad redonda. No sé si son los años o son su historia pero yo estoy joven. ¿Estoy o soy? La lengua es justa.

                                 

El poeta advierte rápido los que hace el tiempo en la vejez y lo asume como la mentira final:

La decadencia añade verdad, pero no halaga.
Ah, la vicisitud
no se cancelará, pues todo es tiempo.

Todo es tiempo, pues no es el viejo la máscara sino otra desnudez impúdica; más allá de la piel se está asomando, sin dignidad. Desorden: no es un rostro el que vemos. Cuando ancianos nos miremos en el espejo, hemos de pensar que no es un rostro lo que vemos, que lo que asoma es también el pasado y que lo vivido es lo cierto, lo real; aunque en el reflejo del espejo veamos la mentira final. La ya no vida. 

Es por eso que el poeta sabe que:
No es tu final como una copa vana (no apures lo que te queda, vívelo; que al apurar, uno va a tiempos que no le corresponden)
Arroja el casco y muere.
por eso, lentamente levantas en tu mano
un brillo o una mención, y arden tus dedos, (como un soldado nos quitamos el casco de la batalla en la que hemos estado peleando hasta el final y morimos con dignidad)
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
el frío quema y en tus ojos nace tu memoria. (mírate al espejo y verás en tus ojos tu memoria, no tus recuerdos, sino tu memoria, que esa es sólo tuya, y los recuerdos, sin duda, están más llenos de impurezas. Bonito oximorón, el frío quema; a Borges le gustaba mucho esa figura literaria junto con la hipálage, a la luz de las lámparas estudiosas). (No olvides que para eso están los espejos, para que veas tus ojos y en ellos tu memoria).
Con dignidad murió. Su sombra cruza. (Nada que decir a este último verso).

Así hablan los poetas del tiempo y de la muerte.

Si yo tuviera dinero, compraría esa casa en la calle Velintonia, el lugar donde más, y mejor se ha hablado de poesía en el siglo pasado. Y está abandonada, derruida y en venta...








sábado, 31 de mayo de 2014

VOLVERÁS A REGIÓN, CON BENET O SIN ÉL


Escribe Félix Grande en Música Amenazada que a los sitios donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás: el tiempo habrá hecho sus destrozos, levantado su muro fronterizo contra el que la ilusión chocará estupefacta. Yo procuro no volver a esos lugares en los que fui muy feliz, salvo con la memoria que, a diferencia del tiempo, va forjando hechos y consecuencias a la medida de nuestra alma.

Pero de lo que nadie puede librarse es de regresar a los lugares hacia los que nos arrastra nuestra conciencia para redimir culpas, recordar nuestros errores, rescatar los reproches sin los que no podemos vivir y recobrar las tachas sobre las que construimos el pasado, y que nos persiguen con carnívora fiereza, porque como escribe Luis Rosales: La felicidad no nos enseña nada, en cada dolor hay un nuevo alumbramiento un acercamiento a la verdad.

Por eso, al final, todos volvemos a Región. Y Juan Benet lo sabía; así que decidió escribir un clásico para que regresemos, de vez en cuando, a esa Región de nuestra conciencia donde luchamos con nuestro pasado, como si fuera de otro para poder sobrellevarlo, y con nuestro futuro, que no existe.

Por si no lo sabes, te voy a decir lo que es el tiempo: Es aquella dimensión en la que la persona humana sólo puede ser desgraciada, no puede ser de otra manera. El tiempo sólo asoma en la desdicha y así la memoria sólo es el registro del dolor. Sólo sabe hablar del destino, no lo que el hombre ha de ser, sino lo distinto de lo que pretende ser. Por eso no existe el futuro y de todo el presente sólo una parte infinitesimal no es pasado; es lo que no fue.

Llegué a Región en un coche destartalado. Todos llegamos así. En Región, todos los caminos son de tierra. Donde se angosta el Torce. Mi primera intención fue subir a la montaña donde vigila, el Numa, ese solitario francotirador que con el sonido de un único disparo ha conseguido que de todos los que se han adentrado en ella ninguno haya vuelto para contarlo. Como subir o bajar a la muerte. A Región todavía no ha llegado el progreso porque sólo llegan las conciencias, y así es difícil que arraigue: No cabe duda de que el así llamado progreso  se consigue a costa de algo, quizá de lo que no puede progresar; el juicio, el sano juicio, es uno de ellos, ¿no será menester sacrificarlo, si hemos de andar todos al mismo paso? Esa enfermedad se avecina.

Volver al lugar donde guardamos la memoria no es fácil, porque nuestra memoria suele llenarse con los peores momentos más que con los felices. Así ocurre con la memoria individual y tanto más con la colectiva, por una economía de almacén no recuerda el odio pero atesora el rencor y, cuando actualiza, no busca lo que el alma guarda sino aquel sentimiento que, tras la expansión, la vuelva a llenar de cólera o coraje. Que en tales momentos da igual. Una gran familia, sí pobre de recursos, pero atiborrada de principios. Y todo esto en medio de una guerra.

En Región parece que se ha perdido la esperanza; pero, aun así, todos siguen aspirando a que la barquera les dé esa moneda de oro que en la mesa de juego siempre gana, sin saber que la desgreñada barquera solamente tiene una única moneda de oro y, además, ya sabe a quién va a entregársela. El resto debemos vivir asumiendo que esa moneda de oro nunca será para nosotros, aunque, cuanto más larga es la espera, más de improviso surge la resolución. Pienso entonces, que la esperanza no tiene porqué apagarse; y unas páginas más adelante Juan Benet, que no está en Región pero la conoce, me explica que no es la esperanza el secreto, sino el deseo: Todo termina, Norberto, cuando se agota el deseo, no cuando se nubla la esperanza. Y ya con mis años, me doy cuenta que Benet tiene razón y que por eso es un clásico. No perdáis el deseo, perded la esperanza si queréis, pero desead siempre. ¡Desead!





sábado, 17 de mayo de 2014

JARRAPELLEJOS, HISTORIA DE UN CACIQUE




Llegué a La Joya de la única manera posible que se puede llegar: en borrico. Es un lugar que parece escondido; pero, en realidad, no es así. Se llega rápido desde cualquier parte. No es difícil encontrarlo.

Con el primer instinto pensé que estaba en Comala, donde habita para la eternidad ese tal Pedro Páramo. Pero no, esto es mucho peor; al menos, Comala estaba en manos del señor Páramo y éste, atado por su corazón maldito, fue quien, en solitario, llevó a todo el pueblo a la agonía. Y un corazón maldito, incluso el de ese tal Pedro Páramo, siempre es perdonable; aunque también termine purgando sus pecados en el infierno de Rulfo.

La Joya es mucho peor. No es sólo un hombre, quien a su albedrío y en el uso brutal de su autoridad, condena a una vida de miseria a sus semejantes; es todo un sistema social el que permite, apoya y alienta, mediante el uso del hambre y el poder que fluye del mismo Estado, los privilegios de unos pocos en la administración de todos los recursos del pueblo. Y como todo el mundo sabe, la soberana administración del hambre es capaz de atar y doblegar más voluntades que la singular administración de la libertad.

El nombre del cacique de La Joya: Pedro Luis Jarrapellejos.
Y a por él iba; a matar a Pedro Luis Jarrapellejos, a quien Felipe Trigo dejó con vida y gobernando, en la sombra, La Joya.

Y una medio reconfirmación de la realidad, en cierto modo, me llamó un momento la atención. En la calle solitaria, a la sombra de un hastial, charlaban con aires de misterio una joven enlutada y la Sastra, la inmunda celestina. Una virgen más en venta, seguramente, acosada por el hambre. Sería la huérfana de cualquier otro infeliz como el hidrópico, y sería la Sastra la emisaria de cualquier husmeador de las desgracias, como Jarrapellejos, como el Garañón, si no de alguno más miserable todavía…  

Nadie reparó en mí. En La Joya yo tenía dos contactos: Juan Cidoncha,  hecho a sí mismo mediante lecturas, y lleno de sueños para cambiar el mundo, y Octavio, de clase alta y con mil viajes a sus espaldas, de quien dicen que ha traído a La Joya otra visión de la sociedad. Me fío más de este último; los poderosos tardan más en acabar con uno de los suyos; y ese margen de tiempo es vital para que triunfe cualquier cambio social. A Cidoncha, lleno de buena voluntad, le espera la cárcel y la horca a las primeras de cambio, no hace falta ser adivino. “Pan y duchas “, Octavio, “Tú me lo dijiste, y no es otra la fórmula de la redención universal”.

Tenía una dirección en el bolsillo, cuatro duros y un revólver. Siempre he preferido el revólver a la pistola. No es necesario montarlo para disparar y el cartucho siempre se queda dentro del tambor. Tiene el inconveniente de que es menos cómodo de cargar y el número de cartuchos es mucho menor; pero para quien necesita una sola bala y rapidez en la acción, mejor el revólver. Yo, en mi bolsillo, tengo un 38, una dirección y cuatro duros.

Paso por delante de una casa con mi borrico, se huele la enfermedad; y la misma cosa, aunque la mayor parte de aquellos infelices, sin comer, sin asistencia y sin quinina, no habiendo podido pagar la iguala, se la negaba el farmacéutico. "Vaya, por Dios", me dije, "hemos dado con otro; el farmacéutico".

Creo que he llegado un poco tarde, porque he visto salir a Octavio del Ayuntamiento. Ya ha tenido la charla con Jarrapellejos: – !No, querido Octavio! – soltó don Pedro, acaparándole la triunfal mirada, que empezó a pasear por el concurso. – Los altruismos de tu edad, y los libros, conducen a no dudar a lindas cosas, pero la experiencia lleva a las contrarias. En primer término, lo que se afirma desde antiguo acerca de la “santidad de la ignorancia” es de una exactitud que no desconocería ese ministro de instrucción, como no la desconocemos los que hemos ido recibiendo duras, y algo largas, las lecciones de la vida. El pueblo no comerá más aunque aprenda gramática en la escuela, y en cambio, sabrá mejor de su hambre y del hartazgo de los otros. Fíjate. París deja morir de frío en las calles a los que no tienen para ropa, igual que hace cien años, y en cambio, con su cacareada ilustración del pueblo, ha creado la especie del bandido filosófico, la banda típica de los Bonnat, los Diendonné y los Callmin, defendiéndose a un tiempo con la Browning y el periódico; sus adeptos son legión; se sigue predicando el robo y los asesinatos en los cantos libertarios, y asusta cómo el telégrafo nos habla diariamente de los niños de quince años que juegan a matar, en vez de jugar a los bolindres. – Tal es la obra de la prosperidad moderna.

A Octavio, ha pensado hacerlo diputado y mandarlo a Madrid. Va a conseguirlo, lo va a quitar de en medio, con oro, que todo lo corrompe; aunque no sé dónde leí que más corrompe el hambre y la necesidad. Ya no podremos contar con él. Cidoncha está en la cárcel. Las votaciones han sido amañadas por don Pedro Luis: soy yo quien tiene las actas al final de la pelea; soy yo quien se las enviará al gobernador, y excuso decirte si me da por romperlas todas y mandar otras…; idénticas con sus sellos y sus firmas. Eso era la política en La Joya, una farsa, en que mientras los de abajo se mataban a trompazos, los de arriba se reían, o para los de arriba también una guerra bruta y sin cuartel…, de procesos de traiciones, de dinero a esportillazos con que ganar a los de abajo.

Ya no podemos contar con nadie, desgraciadamente todo sigue como siempre en La Joya, y yo creo que he llegado tarde, el cacique, éste o cualquier otro, ha conseguido que todo siga igual, que en La Joya el dinero lo pueda todo; que para llegar al pan y a la tranquilidad se tenga que pasar por la hipocresía, el engaño, el robo, el adulterio, la violación y hasta el crimen; y la sumisión, la sumisión al dinero que lo puede todo. Creo que yo voy a hacer como Octavio. Voy a guardar esta dirección, mis cuatro duros y el revólver y voy a aceptar el acta de diputado. También a mí me espera Ernesta, ahora casada con el Conde de la Cruz.

El cacique está hablando en el casino. Él ha ganado, ¿por ahora?: “El progreso, los fonógrafos y el tren, las agujas, los botones de la ropa… poco deben preocuparme mientras yo, con mi dinero, los pueda disfrutar y los sabios y los famélicos obreros se descuernen inventándolos o haciéndolos”. Sí, don Pedro Luis Jarrapellejos, una Joya para la sociedad.










sábado, 10 de mayo de 2014

CÉSAR VALLEJO, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ





En La Habana me hice con una cinta de casete con la voz de Ernesto Guevara de la Serna declamando Los Heraldos Negros, ese bello poema de César Vallejo. Sí, ya sé que los radiocasetes ya no se llevan, pero eso fue antes de que todos descubriéramos El Aleph en la pantalla de un ordenador. Si Borges despertara de su sueño y viera una tablet seguramente pensase que le han robado El Aleph, esa pequeña esfera capaz de contener el inconmesurable universo. A veces, echo de menos aquel tiempo en el que llegar a conocer algo costaba un poco más que teclear una simple frase en un buscador de internet; por ejemplo, se hacía necesario ir a una biblioteca donde podías consultar libros; o llevártelos a casa, gratis, sin que te acusaran de pirata; eso sí, había que devolverlos bajo peligro de excomunión.

Esa cinta la escuché muchas veces, hasta que me quedé sin radiocasete; ahora la tengo en un fichero en el ordenador, bajado de youtube, al que he puesto de nombre Los Heraldos Negros en la voz del Che.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos,

Como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza,
como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

No debe ser fácil que te odie Dios y además, es imposible. Eso fue lo primero que pensé cuando leí este poema; aunque es cierto que, a veces, Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! 

Pero, a César Vallejo yo no lo descubrí en La Habana. Cuenta Vargas Llosa que él descubrió la Literatura Hispanoamericana en París. Yo seguí a Vargas Llosa hasta París buscando con su mano, nada más y nada menos que a Madame Bovary, nadie como Vargas Llosa para que me presentase tan divina mujer, acuciada por su segunda caída y el más amado beso. Y en París, yo también siguiendo al maestro, descubrí la Literatura Hispanoamericana y a uno de sus más grandes poetas, César Vallejo.  

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París - y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


Todavía no sé cuál es mejor sitio para morir, pero París no parece malo. La Habana, tampoco; ni Buenos Aires; ni Roma; ni Londres; ni Beirut; ni Bamako; ni Tunicia, aquella que con sangre y con sal quemó el latino; ni la Argónida; ni por supuesto Heraklión, ni Atenas, ni Troya..., aunque te golpeen duro con un palo y duro también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos...; parece que ésta es la vida y a ese dolor nadie escapa, César Vallejo sabe que jugamos con los dados eternos y que este pobre barro pensativo, si lo sufre porque el Dios es él.


Aunque siempre nos queda la rebelión de los poetas y, en eso, César Vallejo es inigualable:

Hay ganas de... no tener ganas, Señor;
a ti, yo te señalo con el dedo deicida.

Pero, al final, parece que Dios es digno de lástima, porque no puede hacer más que mirar el sufrimiento del universo como una cruel fatalidad, sin poder arreglar nada; y es él a quien debemos tener compasión: 

Yo te consagro Dios, porque amas tanto,
porque jamás sonríes; porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.

Y, a veces, siente pena por Dios; porque seguramente no le salió el mundo que quería crear y, en su soledad, ve como todo ha resultado un disparate... en tanto, es así, más acá de la cabeza de Dios.

Posiblemente, todo esto ocurre porque César Vallejo nació un día que Dios estuvo enfermo:

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Díos estuvo enfermo.
Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Díos estuvo enfermo.


Todos saben que vivo,
que mastico... Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto. 
Todos saben... Y no saben
que la luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el Misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo,
grave.

Puede que resulte que lo que queremos que cambie lo tengamos que hacer nosotros. Y no sé por qué.

Voy a volver a escuchar Los Heraldos Negros en la voz de Ernesto Guevara de la Serna, para eso hemos descubierto El Aleph.



domingo, 27 de abril de 2014

TIEMPO DE DIOS, EN LIBERTAD CRECÍA

Buscando con Luis Cernuda la nieve, he pasado unos días en el valle del Tena, entre montañas, en la cabecera del Escarra, ¡Cómo nevaba! Era levantar la vista y pensar, tal como escribió Cernuda, que son de nieve los campos y de nieve las horas. Las lágrimas sonríen, y la tristeza es de alas, y las alas, sabemos, dan amor inconstante. Siempre hay nieve dormida sobre otra nieve, allá en Nevada.
Sin duda, en las estribaciones del Escarra, eran de nieve los campos y de nieve las horas.
A unos días de la Semana Santa, la soledad de las montañas es bastante recomendable, porque, como escribe Miguel Delibes en El Camino, los hombres se hacen, las montañas están hechas ya. Y nada como el toque de humildad que dan las montañas cuando se ponen heladas.

Fue dejar Tramacastilla de Tena, Jaca, Huesca y Aragón y coger el camino de La Otra Banda de la Argónida y empezar a hablar con los hermanos Machado para que me pusieran al día de cómo vivir la Semana Santa de una forma un poco diferente. Antonio Machado, a quien seguí durante sus días de profesor de Instituto en Soria, y que me llevó por los Campos de Castilla, me contó lo que es una saeta:
 
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Su hermano Manuel, a quien la memoria no ha tratado con justicia, me lo contó al oído:

Largas trompetas de plata.
Túnicas de seda…Cirios,
en hormiguero de estrella,
festoneando el camino…

El azahar y el incienso
embriagan los sentidos.
Ventana que da a la noche
se ilumina de improviso,
y en ella una voz - ¡saeta!-
canta o llora que es lo mismo:

“Míralo por dónde viene
el mejor de los nacidos”.

Llegué a La Otra Banda de la Argónida el Domingo de Ramos, iba a pasar allí toda la semana para ver cada momento de la pasión de Cristo; su entrada en Jerusalén, su oración en el huerto, su flagelación, su subida al Gólgota, su crucifixión y su resurrección. Una historia de amor que, según el calendario lunar, se repite cada año en todo el mundo. ¡Algo tendrá el agua cuando la bendicen!

Si he de leer algo esta semana, me dije, que sea sobre Cristo; así que me agencié poemas de todo tiempo y lugar sobre él. Como siempre, y por debilidad, no sé si formal, semántica o mitómana, acudí a la generación del 27. Seguro que encuentro en ellos fricciones de sentimiento y pensamiento que no encontraré, por ejemplo, en el Barroco. ¿Por qué, si no, escribiría Dámaso Alonso su arrepentimiento?

¿Qué has hecho tú? ¡Dámaso, bruto, bruto!
Del mundo, libertad centro te hacía.
Tiempo de Dios, en libertad crecía.
La flor, en rama, libre se iba a fruto.

¿Qué hiciste, adolescente chivo hirsuto,
luego chacal, pantera de su hombría,
hoy mico viejo ya, tú, inarmonía
del orbe en Dios, Dámaso bruto, bruto?

¡Alas de libertad! Aire sereno
del orden era en torno. Y yo gritaba:
«¡Libre Dámaso-dios!» Dámaso impío:

aire de Dios rasgó mi desenfreno
que osé la libertad que Dios me daba,
látigo contra Dios alzar, ¡Dios mío!

José Bergamín, sin embargo, acerca la mar al Cristo, el mismo mar y mismo Cristo que Machado prefiere, el de la mar. Yo, sin embargo, siempre he sentido una especial atracción por el de la cruz:

No se mueven de Dios para anegarte
las aguas por sus manos esparcidas;
ni se hace lengua el mar en tus heridas,
lamiéndolas de sal, para callarte.

Llega hasta ti la mar, a suplicarte,
madre de madres por tu afán transidas,
que ancles en sus entrañas doloridas
la misteriosa voz con que engendraste.

No hagas tu cruz, espada en carne muerta;
mástil en tierra y sequedad hundido,
árbol en cielo y nubes arraigado.

Madre tuya es la mar, sola, desierta.
Mírala tú que callas, tú caído.

Yo pienso, como Bergamín, que, aquí en La Otra Banda de la Argónida, también Cristo da al mar su último suspiro y que, o el mar me engaña o tú.

 En la playa, esos días, leí poemas de Pemán, con quien no me llevo bien por motivos personales, un tío abuelo mío, autor de comedias, tiene la culpa: como tú estabas en la cruz: de sangre los pies cubiertos, llagados de amor las manos, los ojos al mundo muertos, y los dos brazos abiertos.
De Blas de Otero: Alzo mi mano, y tú me la cercenas. abro los ojos: me los sajas vivos. Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas. Esto es ser hombre: horror a manos llenas. Ser - y no ser - eternos, fugitivos. ¡Ángel con grandes alas de cadenas!
De Guillermo Valencia, que lleva veinte siglos viendo a Cristo en la cruz: Colgado estás del áspero madero cual lábaro de paz en las alturas dislocadas las finas coyunturas, pidiendo amor con grito lastimero ¡Veinte siglos así! Y hasta el postrero sol que ilumine ignotas desventuras, remachadas las férreas ligaduras te ofrecerás al universo entero.

Y leí poemas de Lope de Vega: Oye, Pastor, que por amores mueres: no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigos de rendidos eres. Espera, pues, y escucha mis cuidados; ¿pero cómo te digo que me esperes, si estás, para esperar, los pies clavados?
De Antonio de Rojas: no me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temidopara dejar por eso de ofenderte. tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte.
Y de Juan José Domenchina, uno de esos que injustamente llaman poetas menores de la generación del 27, clasificación de la que yo reniego: Te busco desde siempre. No te he visto nunca. ¿Voy tras tus huellas? Las rastreo con ansia con angustia, y no las veo. Sé que no sé buscarte, y no desisto. ¿Qué me induce a seguirte? ¿Por qué insisto en descubrir tu rastro? Mi deseo no sé si es fe. no sé si creo en algo, ¿en qué? No sé. No sé si existo.

Y, por supuesto, leí poemas de Cervantes, y de sor Juana Inés de la Cruz y de San Juan, cuyo Cántico Espiritual, anda celosamente guardado en el convento de Las Descalzas aquí en La Otra Banda de la Argónida.

No sé si existo y creo que después de esta Semana santa en La Otra Banda de la Argónida voy a necesitar volver a la montaña y a la nieve, porque los hombres se hacen y las montañas están hechas ya.