sábado, 7 de junio de 2014

POEMAS DE LA CONSUMACIÓN, ALEIXANDRE HACIA LA MUERTE




Si yo tuviera dinero; pero dinero de verdad, como tienen esos a quien despreciaba W.H. Auden, y al que yo, aunque sea por el hecho de no tenerlo, me sumo, compraría una casa que hay en la calle Velintonia número 3 de Madrid.

Si yo tuviera dinero, pero dinero de verdad...

En el libro de Auden, El Prolífico y el Devorador, se lee:

Aprendí allí ciertas actitudes, prejuicios si se quiere, que jamás abandonaría: que el saber es algo que se busca por su propio valor; un interés por la medicina y la enfermedad, y por la teología; la convicción (aunque no recuerdo haber creído jamás en nada sobrenatural) de que la vida está regida por fuerzas misteriosas; un rechazo hacia los extraños y hacia las pandillas; y un desprecio por los hombres de negocios y por todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario.

Sí, yo también desprecio a los hombres de negocios y a todos aquellos que trabajan en busca de beneficios y no por un salario; al fin y al cabo, yo siempre he cobrado mi soldada y se me ha pagado con sal las veces que no había otro tipo de emolumentos.

Si yo tuviera dinero, compraría esa casa de la calle Velintonia que todos aquellos que tienen dinero, dinero de verdad incluidas instituciones, han olvidado.

La verdad es que no tiene mayor importancia, porque esa casa es el lugar donde más y mejor se habló de poesía durante todo el siglo XX en España. No tiene mayor importancia porque sólo fue la casa (durante más de cincuenta años) del poeta que más lejos llegó en su trato con la palabra, que por esas cosas del destino fue Premio Nobel en 1977.

                                   

No tiene mayor importancia porque sólo es la casa por donde han pasado todos los poetas españoles e hispanoamericanos que escribieron algo en el pasado siglo; gente de tan mal vivir como Neruda, Miguel Hernández y su cesto de naranjas, Alberti, Dámaso y los restos de la Generación del 27, Carlos Bousoño, Claudio Rodríguez, Octavio Paz, José Ángel Valente, Hierro..., todos  han hablado o han escrito sobre poesía en esa casa. Pero no tiene importancia; aunque si yo tuviera dinero, pero dinero de verdad, como esos que lo tienen incluidas las instituciones, compraría la casa de la calle Velintonia número 3. Hoy me he levantado batallador. ¡Qué le vamos a hacer!

Esta mañana me dio por pensar en el paso del tiempo, los años, la muerte (temas muy recurrentes en poesía desde que los dioses alentaron con sus suspiros divinos a los primeros poetas, mi gran Manrique y mi adorado Garcilaso, entre ellos); y para ese camino no hay nada como los Poemas de la Consumación de Vicente Aleixandre; y ya que iba a hablar de él, pues se me calentó la boca y me di a pasear por la calle Velintonia. Si yo tuviera dinero...

¿Son los años su peso o son su historia?
Lo que más cuesta es irse
despacio, aún con amor; sonriendo.
Y dicen: "joven; ah, cuán joven estás..."
¿Estás, no ser? La lengua es justa.
Pero los años echan
algo así como una turbia claridad redonda.

Así van pasando los años para el poeta. Aleixandre escribe estos versos cuando los años se le han echado encima, ya casi rondaba los ochenta, buena edad para escribir, y su relación con la vida empieza a dorarse de una turbia claridad redonda. No sé si son los años o son su historia pero yo estoy joven. ¿Estoy o soy? La lengua es justa.

                                 

El poeta advierte rápido los que hace el tiempo en la vejez y lo asume como la mentira final:

La decadencia añade verdad, pero no halaga.
Ah, la vicisitud
no se cancelará, pues todo es tiempo.

Todo es tiempo, pues no es el viejo la máscara sino otra desnudez impúdica; más allá de la piel se está asomando, sin dignidad. Desorden: no es un rostro el que vemos. Cuando ancianos nos miremos en el espejo, hemos de pensar que no es un rostro lo que vemos, que lo que asoma es también el pasado y que lo vivido es lo cierto, lo real; aunque en el reflejo del espejo veamos la mentira final. La ya no vida. 

Es por eso que el poeta sabe que:
No es tu final como una copa vana (no apures lo que te queda, vívelo; que al apurar, uno va a tiempos que no le corresponden)
Arroja el casco y muere.
por eso, lentamente levantas en tu mano
un brillo o una mención, y arden tus dedos, (como un soldado nos quitamos el casco de la batalla en la que hemos estado peleando hasta el final y morimos con dignidad)
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
el frío quema y en tus ojos nace tu memoria. (mírate al espejo y verás en tus ojos tu memoria, no tus recuerdos, sino tu memoria, que esa es sólo tuya, y los recuerdos, sin duda, están más llenos de impurezas. Bonito oximorón, el frío quema; a Borges le gustaba mucho esa figura literaria junto con la hipálage, a la luz de las lámparas estudiosas). (No olvides que para eso están los espejos, para que veas tus ojos y en ellos tu memoria).
Con dignidad murió. Su sombra cruza. (Nada que decir a este último verso).

Así hablan los poetas del tiempo y de la muerte.

Si yo tuviera dinero, compraría esa casa en la calle Velintonia, el lugar donde más, y mejor se ha hablado de poesía en el siglo pasado. Y está abandonada, derruida y en venta...








sábado, 31 de mayo de 2014

VOLVERÁS A REGIÓN, CON BENET O SIN ÉL


Escribe Félix Grande en Música Amenazada que a los sitios donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás: el tiempo habrá hecho sus destrozos, levantado su muro fronterizo contra el que la ilusión chocará estupefacta. Yo procuro no volver a esos lugares en los que fui muy feliz, salvo con la memoria que, a diferencia del tiempo, va forjando hechos y consecuencias a la medida de nuestra alma.

Pero de lo que nadie puede librarse es de regresar a los lugares hacia los que nos arrastra nuestra conciencia para redimir culpas, recordar nuestros errores, rescatar los reproches sin los que no podemos vivir y recobrar las tachas sobre las que construimos el pasado, y que nos persiguen con carnívora fiereza, porque como escribe Luis Rosales: La felicidad no nos enseña nada, en cada dolor hay un nuevo alumbramiento un acercamiento a la verdad.

Por eso, al final, todos volvemos a Región. Y Juan Benet lo sabía; así que decidió escribir un clásico para que regresemos, de vez en cuando, a esa Región de nuestra conciencia donde luchamos con nuestro pasado, como si fuera de otro para poder sobrellevarlo, y con nuestro futuro, que no existe.

Por si no lo sabes, te voy a decir lo que es el tiempo: Es aquella dimensión en la que la persona humana sólo puede ser desgraciada, no puede ser de otra manera. El tiempo sólo asoma en la desdicha y así la memoria sólo es el registro del dolor. Sólo sabe hablar del destino, no lo que el hombre ha de ser, sino lo distinto de lo que pretende ser. Por eso no existe el futuro y de todo el presente sólo una parte infinitesimal no es pasado; es lo que no fue.

Llegué a Región en un coche destartalado. Todos llegamos así. En Región, todos los caminos son de tierra. Donde se angosta el Torce. Mi primera intención fue subir a la montaña donde vigila, el Numa, ese solitario francotirador que con el sonido de un único disparo ha conseguido que de todos los que se han adentrado en ella ninguno haya vuelto para contarlo. Como subir o bajar a la muerte. A Región todavía no ha llegado el progreso porque sólo llegan las conciencias, y así es difícil que arraigue: No cabe duda de que el así llamado progreso  se consigue a costa de algo, quizá de lo que no puede progresar; el juicio, el sano juicio, es uno de ellos, ¿no será menester sacrificarlo, si hemos de andar todos al mismo paso? Esa enfermedad se avecina.

Volver al lugar donde guardamos la memoria no es fácil, porque nuestra memoria suele llenarse con los peores momentos más que con los felices. Así ocurre con la memoria individual y tanto más con la colectiva, por una economía de almacén no recuerda el odio pero atesora el rencor y, cuando actualiza, no busca lo que el alma guarda sino aquel sentimiento que, tras la expansión, la vuelva a llenar de cólera o coraje. Que en tales momentos da igual. Una gran familia, sí pobre de recursos, pero atiborrada de principios. Y todo esto en medio de una guerra.

En Región parece que se ha perdido la esperanza; pero, aun así, todos siguen aspirando a que la barquera les dé esa moneda de oro que en la mesa de juego siempre gana, sin saber que la desgreñada barquera solamente tiene una única moneda de oro y, además, ya sabe a quién va a entregársela. El resto debemos vivir asumiendo que esa moneda de oro nunca será para nosotros, aunque, cuanto más larga es la espera, más de improviso surge la resolución. Pienso entonces, que la esperanza no tiene porqué apagarse; y unas páginas más adelante Juan Benet, que no está en Región pero la conoce, me explica que no es la esperanza el secreto, sino el deseo: Todo termina, Norberto, cuando se agota el deseo, no cuando se nubla la esperanza. Y ya con mis años, me doy cuenta que Benet tiene razón y que por eso es un clásico. No perdáis el deseo, perded la esperanza si queréis, pero desead siempre. ¡Desead!





sábado, 17 de mayo de 2014

JARRAPELLEJOS, HISTORIA DE UN CACIQUE




Llegué a La Joya de la única manera posible que se puede llegar: en borrico. Es un lugar que parece escondido; pero, en realidad, no es así. Se llega rápido desde cualquier parte. No es difícil encontrarlo.

Con el primer instinto pensé que estaba en Comala, donde habita para la eternidad ese tal Pedro Páramo. Pero no, esto es mucho peor; al menos, Comala estaba en manos del señor Páramo y éste, atado por su corazón maldito, fue quien, en solitario, llevó a todo el pueblo a la agonía. Y un corazón maldito, incluso el de ese tal Pedro Páramo, siempre es perdonable; aunque también termine purgando sus pecados en el infierno de Rulfo.

La Joya es mucho peor. No es sólo un hombre, quien a su albedrío y en el uso brutal de su autoridad, condena a una vida de miseria a sus semejantes; es todo un sistema social el que permite, apoya y alienta, mediante el uso del hambre y el poder que fluye del mismo Estado, los privilegios de unos pocos en la administración de todos los recursos del pueblo. Y como todo el mundo sabe, la soberana administración del hambre es capaz de atar y doblegar más voluntades que la singular administración de la libertad.

El nombre del cacique de La Joya: Pedro Luis Jarrapellejos.
Y a por él iba; a matar a Pedro Luis Jarrapellejos, a quien Felipe Trigo dejó con vida y gobernando, en la sombra, La Joya.

Y una medio reconfirmación de la realidad, en cierto modo, me llamó un momento la atención. En la calle solitaria, a la sombra de un hastial, charlaban con aires de misterio una joven enlutada y la Sastra, la inmunda celestina. Una virgen más en venta, seguramente, acosada por el hambre. Sería la huérfana de cualquier otro infeliz como el hidrópico, y sería la Sastra la emisaria de cualquier husmeador de las desgracias, como Jarrapellejos, como el Garañón, si no de alguno más miserable todavía…  

Nadie reparó en mí. En La Joya yo tenía dos contactos: Juan Cidoncha,  hecho a sí mismo mediante lecturas, y lleno de sueños para cambiar el mundo, y Octavio, de clase alta y con mil viajes a sus espaldas, de quien dicen que ha traído a La Joya otra visión de la sociedad. Me fío más de este último; los poderosos tardan más en acabar con uno de los suyos; y ese margen de tiempo es vital para que triunfe cualquier cambio social. A Cidoncha, lleno de buena voluntad, le espera la cárcel y la horca a las primeras de cambio, no hace falta ser adivino. “Pan y duchas “, Octavio, “Tú me lo dijiste, y no es otra la fórmula de la redención universal”.

Tenía una dirección en el bolsillo, cuatro duros y un revólver. Siempre he preferido el revólver a la pistola. No es necesario montarlo para disparar y el cartucho siempre se queda dentro del tambor. Tiene el inconveniente de que es menos cómodo de cargar y el número de cartuchos es mucho menor; pero para quien necesita una sola bala y rapidez en la acción, mejor el revólver. Yo, en mi bolsillo, tengo un 38, una dirección y cuatro duros.

Paso por delante de una casa con mi borrico, se huele la enfermedad; y la misma cosa, aunque la mayor parte de aquellos infelices, sin comer, sin asistencia y sin quinina, no habiendo podido pagar la iguala, se la negaba el farmacéutico. "Vaya, por Dios", me dije, "hemos dado con otro; el farmacéutico".

Creo que he llegado un poco tarde, porque he visto salir a Octavio del Ayuntamiento. Ya ha tenido la charla con Jarrapellejos: – !No, querido Octavio! – soltó don Pedro, acaparándole la triunfal mirada, que empezó a pasear por el concurso. – Los altruismos de tu edad, y los libros, conducen a no dudar a lindas cosas, pero la experiencia lleva a las contrarias. En primer término, lo que se afirma desde antiguo acerca de la “santidad de la ignorancia” es de una exactitud que no desconocería ese ministro de instrucción, como no la desconocemos los que hemos ido recibiendo duras, y algo largas, las lecciones de la vida. El pueblo no comerá más aunque aprenda gramática en la escuela, y en cambio, sabrá mejor de su hambre y del hartazgo de los otros. Fíjate. París deja morir de frío en las calles a los que no tienen para ropa, igual que hace cien años, y en cambio, con su cacareada ilustración del pueblo, ha creado la especie del bandido filosófico, la banda típica de los Bonnat, los Diendonné y los Callmin, defendiéndose a un tiempo con la Browning y el periódico; sus adeptos son legión; se sigue predicando el robo y los asesinatos en los cantos libertarios, y asusta cómo el telégrafo nos habla diariamente de los niños de quince años que juegan a matar, en vez de jugar a los bolindres. – Tal es la obra de la prosperidad moderna.

A Octavio, ha pensado hacerlo diputado y mandarlo a Madrid. Va a conseguirlo, lo va a quitar de en medio, con oro, que todo lo corrompe; aunque no sé dónde leí que más corrompe el hambre y la necesidad. Ya no podremos contar con él. Cidoncha está en la cárcel. Las votaciones han sido amañadas por don Pedro Luis: soy yo quien tiene las actas al final de la pelea; soy yo quien se las enviará al gobernador, y excuso decirte si me da por romperlas todas y mandar otras…; idénticas con sus sellos y sus firmas. Eso era la política en La Joya, una farsa, en que mientras los de abajo se mataban a trompazos, los de arriba se reían, o para los de arriba también una guerra bruta y sin cuartel…, de procesos de traiciones, de dinero a esportillazos con que ganar a los de abajo.

Ya no podemos contar con nadie, desgraciadamente todo sigue como siempre en La Joya, y yo creo que he llegado tarde, el cacique, éste o cualquier otro, ha conseguido que todo siga igual, que en La Joya el dinero lo pueda todo; que para llegar al pan y a la tranquilidad se tenga que pasar por la hipocresía, el engaño, el robo, el adulterio, la violación y hasta el crimen; y la sumisión, la sumisión al dinero que lo puede todo. Creo que yo voy a hacer como Octavio. Voy a guardar esta dirección, mis cuatro duros y el revólver y voy a aceptar el acta de diputado. También a mí me espera Ernesta, ahora casada con el Conde de la Cruz.

El cacique está hablando en el casino. Él ha ganado, ¿por ahora?: “El progreso, los fonógrafos y el tren, las agujas, los botones de la ropa… poco deben preocuparme mientras yo, con mi dinero, los pueda disfrutar y los sabios y los famélicos obreros se descuernen inventándolos o haciéndolos”. Sí, don Pedro Luis Jarrapellejos, una Joya para la sociedad.










sábado, 10 de mayo de 2014

CÉSAR VALLEJO, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ





En La Habana me hice con una cinta de casete con la voz de Ernesto Guevara de la Serna declamando Los Heraldos Negros, ese bello poema de César Vallejo. Sí, ya sé que los radiocasetes ya no se llevan, pero eso fue antes de que todos descubriéramos El Aleph en la pantalla de un ordenador. Si Borges despertara de su sueño y viera una tablet seguramente pensase que le han robado El Aleph, esa pequeña esfera capaz de contener el inconmesurable universo. A veces, echo de menos aquel tiempo en el que llegar a conocer algo costaba un poco más que teclear una simple frase en un buscador de internet; por ejemplo, se hacía necesario ir a una biblioteca donde podías consultar libros; o llevártelos a casa, gratis, sin que te acusaran de pirata; eso sí, había que devolverlos bajo peligro de excomunión.

Esa cinta la escuché muchas veces, hasta que me quedé sin radiocasete; ahora la tengo en un fichero en el ordenador, bajado de youtube, al que he puesto de nombre Los Heraldos Negros en la voz del Che.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos,

Como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza,
como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

No debe ser fácil que te odie Dios y además, es imposible. Eso fue lo primero que pensé cuando leí este poema; aunque es cierto que, a veces, Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! 

Pero, a César Vallejo yo no lo descubrí en La Habana. Cuenta Vargas Llosa que él descubrió la Literatura Hispanoamericana en París. Yo seguí a Vargas Llosa hasta París buscando con su mano, nada más y nada menos que a Madame Bovary, nadie como Vargas Llosa para que me presentase tan divina mujer, acuciada por su segunda caída y el más amado beso. Y en París, yo también siguiendo al maestro, descubrí la Literatura Hispanoamericana y a uno de sus más grandes poetas, César Vallejo.  

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París - y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


Todavía no sé cuál es mejor sitio para morir, pero París no parece malo. La Habana, tampoco; ni Buenos Aires; ni Roma; ni Londres; ni Beirut; ni Bamako; ni Tunicia, aquella que con sangre y con sal quemó el latino; ni la Argónida; ni por supuesto Heraklión, ni Atenas, ni Troya..., aunque te golpeen duro con un palo y duro también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos...; parece que ésta es la vida y a ese dolor nadie escapa, César Vallejo sabe que jugamos con los dados eternos y que este pobre barro pensativo, si lo sufre porque el Dios es él.


Aunque siempre nos queda la rebelión de los poetas y, en eso, César Vallejo es inigualable:

Hay ganas de... no tener ganas, Señor;
a ti, yo te señalo con el dedo deicida.

Pero, al final, parece que Dios es digno de lástima, porque no puede hacer más que mirar el sufrimiento del universo como una cruel fatalidad, sin poder arreglar nada; y es él a quien debemos tener compasión: 

Yo te consagro Dios, porque amas tanto,
porque jamás sonríes; porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.

Y, a veces, siente pena por Dios; porque seguramente no le salió el mundo que quería crear y, en su soledad, ve como todo ha resultado un disparate... en tanto, es así, más acá de la cabeza de Dios.

Posiblemente, todo esto ocurre porque César Vallejo nació un día que Dios estuvo enfermo:

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Díos estuvo enfermo.
Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Díos estuvo enfermo.


Todos saben que vivo,
que mastico... Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto. 
Todos saben... Y no saben
que la luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el Misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo,
grave.

Puede que resulte que lo que queremos que cambie lo tengamos que hacer nosotros. Y no sé por qué.

Voy a volver a escuchar Los Heraldos Negros en la voz de Ernesto Guevara de la Serna, para eso hemos descubierto El Aleph.



domingo, 27 de abril de 2014

TIEMPO DE DIOS, EN LIBERTAD CRECÍA

Buscando con Luis Cernuda la nieve, he pasado unos días en el valle del Tena, entre montañas, en la cabecera del Escarra, ¡Cómo nevaba! Era levantar la vista y pensar, tal como escribió Cernuda, que son de nieve los campos y de nieve las horas. Las lágrimas sonríen, y la tristeza es de alas, y las alas, sabemos, dan amor inconstante. Siempre hay nieve dormida sobre otra nieve, allá en Nevada.
Sin duda, en las estribaciones del Escarra, eran de nieve los campos y de nieve las horas.
A unos días de la Semana Santa, la soledad de las montañas es bastante recomendable, porque, como escribe Miguel Delibes en El Camino, los hombres se hacen, las montañas están hechas ya. Y nada como el toque de humildad que dan las montañas cuando se ponen heladas.

Fue dejar Tramacastilla de Tena, Jaca, Huesca y Aragón y coger el camino de La Otra Banda de la Argónida y empezar a hablar con los hermanos Machado para que me pusieran al día de cómo vivir la Semana Santa de una forma un poco diferente. Antonio Machado, a quien seguí durante sus días de profesor de Instituto en Soria, y que me llevó por los Campos de Castilla, me contó lo que es una saeta:
 
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Su hermano Manuel, a quien la memoria no ha tratado con justicia, me lo contó al oído:

Largas trompetas de plata.
Túnicas de seda…Cirios,
en hormiguero de estrella,
festoneando el camino…

El azahar y el incienso
embriagan los sentidos.
Ventana que da a la noche
se ilumina de improviso,
y en ella una voz - ¡saeta!-
canta o llora que es lo mismo:

“Míralo por dónde viene
el mejor de los nacidos”.

Llegué a La Otra Banda de la Argónida el Domingo de Ramos, iba a pasar allí toda la semana para ver cada momento de la pasión de Cristo; su entrada en Jerusalén, su oración en el huerto, su flagelación, su subida al Gólgota, su crucifixión y su resurrección. Una historia de amor que, según el calendario lunar, se repite cada año en todo el mundo. ¡Algo tendrá el agua cuando la bendicen!

Si he de leer algo esta semana, me dije, que sea sobre Cristo; así que me agencié poemas de todo tiempo y lugar sobre él. Como siempre, y por debilidad, no sé si formal, semántica o mitómana, acudí a la generación del 27. Seguro que encuentro en ellos fricciones de sentimiento y pensamiento que no encontraré, por ejemplo, en el Barroco. ¿Por qué, si no, escribiría Dámaso Alonso su arrepentimiento?

¿Qué has hecho tú? ¡Dámaso, bruto, bruto!
Del mundo, libertad centro te hacía.
Tiempo de Dios, en libertad crecía.
La flor, en rama, libre se iba a fruto.

¿Qué hiciste, adolescente chivo hirsuto,
luego chacal, pantera de su hombría,
hoy mico viejo ya, tú, inarmonía
del orbe en Dios, Dámaso bruto, bruto?

¡Alas de libertad! Aire sereno
del orden era en torno. Y yo gritaba:
«¡Libre Dámaso-dios!» Dámaso impío:

aire de Dios rasgó mi desenfreno
que osé la libertad que Dios me daba,
látigo contra Dios alzar, ¡Dios mío!

José Bergamín, sin embargo, acerca la mar al Cristo, el mismo mar y mismo Cristo que Machado prefiere, el de la mar. Yo, sin embargo, siempre he sentido una especial atracción por el de la cruz:

No se mueven de Dios para anegarte
las aguas por sus manos esparcidas;
ni se hace lengua el mar en tus heridas,
lamiéndolas de sal, para callarte.

Llega hasta ti la mar, a suplicarte,
madre de madres por tu afán transidas,
que ancles en sus entrañas doloridas
la misteriosa voz con que engendraste.

No hagas tu cruz, espada en carne muerta;
mástil en tierra y sequedad hundido,
árbol en cielo y nubes arraigado.

Madre tuya es la mar, sola, desierta.
Mírala tú que callas, tú caído.

Yo pienso, como Bergamín, que, aquí en La Otra Banda de la Argónida, también Cristo da al mar su último suspiro y que, o el mar me engaña o tú.

 En la playa, esos días, leí poemas de Pemán, con quien no me llevo bien por motivos personales, un tío abuelo mío, autor de comedias, tiene la culpa: como tú estabas en la cruz: de sangre los pies cubiertos, llagados de amor las manos, los ojos al mundo muertos, y los dos brazos abiertos.
De Blas de Otero: Alzo mi mano, y tú me la cercenas. abro los ojos: me los sajas vivos. Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas. Esto es ser hombre: horror a manos llenas. Ser - y no ser - eternos, fugitivos. ¡Ángel con grandes alas de cadenas!
De Guillermo Valencia, que lleva veinte siglos viendo a Cristo en la cruz: Colgado estás del áspero madero cual lábaro de paz en las alturas dislocadas las finas coyunturas, pidiendo amor con grito lastimero ¡Veinte siglos así! Y hasta el postrero sol que ilumine ignotas desventuras, remachadas las férreas ligaduras te ofrecerás al universo entero.

Y leí poemas de Lope de Vega: Oye, Pastor, que por amores mueres: no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigos de rendidos eres. Espera, pues, y escucha mis cuidados; ¿pero cómo te digo que me esperes, si estás, para esperar, los pies clavados?
De Antonio de Rojas: no me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temidopara dejar por eso de ofenderte. tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte.
Y de Juan José Domenchina, uno de esos que injustamente llaman poetas menores de la generación del 27, clasificación de la que yo reniego: Te busco desde siempre. No te he visto nunca. ¿Voy tras tus huellas? Las rastreo con ansia con angustia, y no las veo. Sé que no sé buscarte, y no desisto. ¿Qué me induce a seguirte? ¿Por qué insisto en descubrir tu rastro? Mi deseo no sé si es fe. no sé si creo en algo, ¿en qué? No sé. No sé si existo.

Y, por supuesto, leí poemas de Cervantes, y de sor Juana Inés de la Cruz y de San Juan, cuyo Cántico Espiritual, anda celosamente guardado en el convento de Las Descalzas aquí en La Otra Banda de la Argónida.

No sé si existo y creo que después de esta Semana santa en La Otra Banda de la Argónida voy a necesitar volver a la montaña y a la nieve, porque los hombres se hacen y las montañas están hechas ya.

                                        

domingo, 30 de marzo de 2014

LUIS CERNUDA, ENTRE LA REALIDAD Y EL DESEO



Yo no decía nada, no podía, solo recuerdo la atracción imantada.
Apenas tenía conciencia de que respiraba el mismo aire, sin darme cuenta.
Por primera vez, no me importaron los motivos que me llevaron hasta allí, ni sus consecuencias, que seguro serían nefastas. Fui primero a Lisboa, luego a Roma, después a Londres… Por primera vez, no quise respuestas. Yo no decía nada.

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta 
cuya respuesta no existe, 
una hoja cuya rama no existe, 
un mundo cuyo cielo no existe. 

De toda una vida, no sabemos porqué, es ese momento lo que sólo importa; cuando uno se sabe sólo una mitad, que ha encontrado por fin el presente que buscaba y ya no le interesa mirar hacia el pasado, ni preocuparse por lo que le depara el futuro. Ese momento, por más que nos pese, sólo puede lograrlo el deseo, hasta abrirse en la piel. Para ti, Cernuda, El Deseo Imposible.

Un roce al paso, 
una mirada fugaz entre las sombras, 
bastan para que el cuerpo se abra en dos, 
ávido de recibir en sí mismo 
otro cuerpo que sueñe; 
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, 
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo. 
Auque sólo sea una esperanza 
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.



A ti, Luis Cernuda, te llamaban el poeta del desdén y el desprecio, el poeta solitario, tal vez por culpa de ese deseo, de cuya existencia nadie sabe, tal vez por culpa de que para tu tiempo buscabas, con más descaro que ninguno, los placeres prohibidos que nos enseñaste con versos:

Placeres prohibidos, planetas terrenales,
Miembros de mármol con sabor de estío,
Jugo de esponjas abandonadas por el mar,
Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre. 

No sabía los límites impuestos,
Límites de metal o papel,
Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,
Adonde no llegan realidades vacías,
Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos. 

A ti, Cernuda, toda una sociedad quiso prohibirte querer, con sus leyes hediondas, sin saber que si hay mil maneras de decir te quiero, tú tenías mil maneras de escribirlo e invocarlo y esos versos te daban más derecho que a ninguno de nosotros a amar para buscar esa repuesta que no existe. Afortunadamente, tus versos nos llevan a la meditación, a la emoción contenida, a tu yo y a mi yo, que eso es lo imposible: iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Dime, Cernuda, cuáles son las mil maneras de decir te quiero:

Te lo he dicho con el viento. 
Jugueteando como animalillo en la arena 
O iracundo como órgano tempestuoso; 

 Te lo he dicho con el sol, 
Que dora desnudos cuerpos juveniles 
Y sonríe en todas las cosas inocentes; 

 Te lo he dicho con las nubes, 
Frentes melancólicas que sostienen el cielo, 
Tristezas fugitivas; 

 Te lo he dicho con las plantas, 
Leves criaturas transparentes 
Que se cubren de rubor repentino; 

 Te lo he dicho con el agua, 
Vida luminosa que vela un fondo de sombra; 

Te lo he dicho con el miedo, 
Te lo he dicho con la alegría, 
Con el hastío, con las terribles palabras. 

 Pero así no me basta: 
Más allá de la vida, 
Quiero decírtelo con la muerte; 
Más allá del amor;
Quiero decírtelo con el olvido. 


Ya lo he aprendido, Cernuda, tenemos que decirlo siempre, en el viento (con cada respiración), con el sol (cada día), con las nubes (en la tristeza), con las plantas (en la levedad), con el agua, con el miedo, con la alegría y con el hastío (sobre todo con el hastío); pero hay que decirlo más allá; más allá de la vida, con la muerte y con el olvido. Sólo así conquistaremos El Deseo imposible, porque todavía ignoramos que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.

Siento que vivieras demasiados momentos de soledad que no merecías y que te preguntaras Cómo llenarte soledad, sino contigo misma.

Sólo puedo decirte, ahora que estás muerto, que tú, Cernuda, no andas por donde el deseo no exista. Allá, allá lejos, donde habite el olvido.












domingo, 23 de marzo de 2014

LAS ELEGÍAS DE DUINO, RAINER MARIA RILKE, RENACIDO





Esto es ansia: habitar en lo oscilante
y carecer de patria en este tiempo.
Y esto son los deseos: quedos diálogos
de horas del día con la eternidad.

Y esto es la vida. Se eleva de un ayer,
entre todas las horas, la más sola,
que, sonriendo diversa a sus hermanas,
calla frente a lo eterno.

Rainer María Rilke

Hubo un tiempo en que los poetas vivían de la poesía y de sus versos. Fue en ese tiempo en que los poderosos y su dinero eran bastante más inteligentes y sabían que sólo los poetas otorgan la eternidad y la fama. Agamenón, Aquiles, Héctor y Áyax confiaron en Homero; Eneas en Virgilio; Julio César en Cicerón y en su propia pluma; el Papa Julio II en Miguel Ángel, los Médicis en Leonardo; El Cid en un oscuro monje lleno de niebla llamado Per Abbat; el rey Arturo confió en….. Y así hasta que un día los poderosos y su dinero perdieron la inteligencia y abandonaron a los poetas. Desde entonces, el arte cada vez dura menos. Llegará un tiempo en que el arte sólo durará un día, y un día será lo eterno, porque todo se hará para consumo, negocio y beneficio. Será el día que habrá que buscar selvas, desiertos y montañas lejanas.

Afortunadamente, Rilke vivió ese tiempo en que un poeta iba de castillo en castillo y le abrían todas las puertas. Porque, ¿qué harían ustedes, si están de guardia justo a las puertas del Palacio del Duino y llega alguien recitando estos versos?:

¿Quién, si yo gritara, me oiría entre los coros
 de los ángeles? Y suponiendo que me tomara
uno de repente sobre su corazón, me fundiría
con su más potente existir. Pues lo bello no es nada
más que el comienzo de lo terrible, que todavía apenas soportamos,
y si lo admiramos tanto, es porque, sereno, desdeña
destrozarnos. Todo ángel es terrible.

Sin duda, yo, soldado de la Princesa Marie von Thurn und Taxis-Hohenhole, iría veloz a avisarla de que un poeta, que nació en Praga y que recita en alemán, está a las puertas del castillo de El Duino. Y la Princesa como no podría ser de otra manera lo invitaría a pasar allí el tiempo que él estimase oportuno, ofreciéndole sus jardines, sus muros y sus fuentes para que la poesía salga por sus labios, y por sus dedos, hasta la eternidad.
La princesa le abre la puerta, y el poeta nada más verla ya sabe que sus elegías, las Elegías de Duino, van a ser propiedad  de la princesa Marie von Thurn und Taxis-Hohenhole; y ella y su castillo, del que sólo fueron destruidas sus piedras durante la guerra, viven para siempre, precediendo  a los versos inmortales de Rainer Marie Rilke.

Nadie sabe cuánto tiempo va a pasar allí, ni siquiera él. Pero es entre esos muros donde comienza a escribir sus elegías sabiendo que: La afirmación de la vida y la afirmación de la muerte se muestran como una sola cosa en las Elegías. No hay ni un aquende ni un allende, sino la gran unidad.

Rilke, que pasó su infancia y adolescencia en la ciudad de Praga y no de una manera feliz, sabe que todo ángel es terrible, y que no le queda a un poeta más camino que una vida errante: Francia, Suiza, Italia, Rusia, París, Trieste, Moscú, Toledo, Ronda…, escribiendo su propio libro del peregrinaje, porque:

En ningún lugar, amada, llegará a haber mundo, sino dentro. Nuestra
vida pasa allá con transmutación. Y cada vez más pequeño
se disipa lo eterno. Donde una vez hubo una casa duradera,
aparece una estructura inventada, atravesada, perteneciente
por completo a lo comprensible como si aún estuviera entera en
la mente.  

Rilke es uno de los pocos poetas totales, uno de aquellos que dejaron de ser ellos mismos para convertirse en poema. Hay dos o tres, no más. No es fácil y se paga un peaje demasiado alto, imposible de abordar por un alma que desee un poquito de felicidad. Si no eres de esos, mejor no ser poeta. Yo lo intenté; afortunadamente alguien me salvó de ello y yo con humilde gratitud le devolví esa deuda en Ronda donde pasó Rilke escribiendo, durante dos meses, la sexta Elegía de Duino. Ya no conoce templos. Ese derroche del corazón la ahorramos más en secreto. Si debéis a alguien algunos besos, es uno de los mejores lugares del mundo para quedar en paz. Yo voy allí a pagar mis deudas pasadas de vez en cuando.

Y si derribó columnas fue cuando irrumpió saliendo
del mundo de tu cuerpo al más estrecho mundo, donde siguió eligiendo y con poder.

En Ronda, siempre he ganado y siempre he perdido, que es lo más humano que puede ocurrirnos. Me lo enseñó Rilke, que murió de una leucemia; y pásmense, fue el poético pinchazo de una rosa el que le ocasionó la infección última que acabó con su vida. Una rosa. La rosa de Shelley, de Wordsworth, de Blake, de Borges…, la rosa de todos los poetas. ¿Y saben qué epitafio quiso poner Rainer Maria Rilke en su tumba?

Rosa o contradicción pura
en el deleite de ser el sueño de nadie
bajo tantos párpados.

Si es que los poetas son incorregibles.




domingo, 16 de marzo de 2014

ESPACIO, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, GRANDE ES LO BREVE


Pasan vientos como pájaros, pájaros igual que flores, flores soles y lunas, lunas soles como yo, como almas, como cuerpos, cuerpos como la muerte y la resurrección; como dioses. Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; sólo con lo que es producto de lo vivo, lo que se cambia todo; sí, de fuego o de luz, luz.

Una vez decidí echarme a andar buscando la forma de describir el alma humana y su conciencia. Cuanto vi lo dejé escrito en papeles hoy perdidos, certificando con mis propios ojos que todas las sociedades fundan su existencia sobre las bases de la insolidaridad, la injusticia, la violencia, la explotación del ser humano y la búsqueda del éxito y el poder sin freno; en eso, nada nos distingue, ya vivamos entre montañas, en islas o desiertos, sin importar la raza, el color de la piel, la religión, ni las ideologías, (que las ideologías que andan con máscaras son las peores).

Posiblemente, como escribieron Shakespeare en su Hamlet, Cicerón en su Proceso contra Verres, o Calderón de la Barca en su compleja La Vida es Sueño,  no somos más que animales atados a nuestros estómagos y a nuestros instintos, y por ellos vendemos nuestra alma cada día, y eso condiciona, salvo raras excepciones, nuestras actitudes y nuestros afanes, y terminan por crear las sociedades tal como las conocemos: injustas, insolidarias y violentas.

Pero, como también leí que los legisladores ocultos del mundo son los poetas, me dije que, sin ellos, nunca encontraría cómo es, de verdad, el alma humana y su conciencia. Y que si, en mi modesta opinión, el mejor libro de poesía que habla de la conciencia del ser humano y su esencia, es Espacio de Juan Ramón Jiménez, el hombre que se convirtió en poema, lo mejor sería hablar con él.
Hace muchos años, pasé un verano en Moguer y allí, y en aquel tiempo, todo el mundo hablaba de Juan Ramón Jiménez, el poeta que murió en Puerto Rico llamando a su madre y clamando la palabra Moguer, mientras agonizaba.

No, ese perro que ladra al sol caído, no ladra en el Monturrio de Moguer, ni cerca de Carmona de Sevilla, ni en la calle Torrijos de Madrid; ladra en Miami, Coral Gables, La Florida, y yo lo estoy oyendo allí, allí, no aquí, no aquí, allí, allí. ¡Qué vivo ladra siempre el perro al sol que huye!

“Siempre buscamos muy lejos las respuestas a las grandes preguntas”, me dijo el poeta, “haciendo infinitos viajes, como tú; arrastrándose por sesudas bibliotecas a la luz de las lámparas estudiosas; o hablando con escritores en todas las ferias de libros por donde has ido a conciencia a buscarlas. Te equivocas”, me cuenta sonriendo don Juan Ramón, “te equivocas. Las respuestas están en ti, las repuestas a las grandes preguntas las tenemos en nuestro interior cada uno de nosotros, porque ¿quién sabe más que yo, quién, qué hombre o qué dios puede, ha podido, podrá decirme a mí qué es mi vida y mi muerte, qué no es? Si hay quien lo sabe, yo lo sé más que ése, y si quien lo ignora, más que ése lo ignoro. Lucha entre este ignorar y este saber es mi vida, su vida, y es la vida.

“No sé si es proporcionado comparar a hombres y a dioses, don Juan Ramón”, le digo, “los antiguos dioses griegos condenaban de manera muy cruel, a aquellos humanos que se atrevían a suponer que los hombres y ellos eran iguales”. Le pongo varios ejemplos, pero como los poetas, los buenos, suelen ser gentes muy libres (por eso siempre suelen andar exiliados), me mira y me dice: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”. Yo tengo, como ellos, la sustancia de todo lo vivido y de todo lo porvivir. No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo, a un lado y otro, en esta fuga (rosas, restos de alas, sombra y luz) es sólo mío, recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido.

“Cierto”, don Juan Ramón, “una vez me dio por escribir acerca de un joven capitán, y le inventé una vida que era suma de lo vivido y lo no vivido, de lo viviendo y de lo por vivir, que en posibilidades llegaba a abarcar el infinito. Me lo sugirió Wittgenstein”.
“No aspires a tanto”, me respondió el poeta. “No es necesario alcanzar el infinito. Grande es lo breve, y si queremos ser y parecer más grandes, unamos sólo con amor y no cantidad. El mar no es más que gotas unidas, ni el amor que murmullos unidos, ni tú cosmos, que cosmillos unidos. Lo más bello es el átomo último el solo indivisible, y que por serlo no es, ya más pequeño”.

El poeta después de toda una vida dedicada a los versos ha llegado con Espacio casi al silencio, se refugia en una prosa sin distancias, sin lugares para respirar después de cada letra. Quiere cambiar las formas del verso, incluso lo ya escrito, su poesía preludia que está llegando a su fin, a un fin perfecto: eso es Espacio. “La muerte daba a su quietud seguridad de haber estado vivo”.

 Siempre he pensado que hay dos poemas que han llegado más lejos que ninguno en su trato con la palabra y su conciencia; uno es Espacio, de Juan Ramón Jiménez y el otro es Pasión de la Tierra, de Vicente Aleixandre; y los dos terminaron hechos prosa. ¿curioso, verdad? Ambos quisieron hacer eternidad: ¿Vamos a hacer eternidad? ¡Vosotras, yo, podemos crear la eternidad una y mil veces, cuando queramos! ¿Todo es nuestro y no se nos acaba nunca! ¡amor, contigo y con la luz todo se hace , y lo que amor, no acaba nunca!

“Entonces, ¿no podemos engañarnos?, ¿es absurdo engañarnos?”, le pregunto. “Nuestras casas saben bien lo que somos; nuestros cuerpos, ojos, manos, cinturas, cabezas en su sitio. La vida es este unirse y separarse, rápidos de ojos, manos, bocas, brazos, piernas, cada uno en la busca de aquello que lo atrae y lo repele”, me contesta como si no hablara conmigo.

Decido dejarlo hablando solo, porque empieza a recitar palabras que no entiendo: Era cáscara vana, un nombre nada más, cangrejo; ni un adarme, ni un adarme de entraña; un hueco igual que cualquier hueco en otro hueco. Un hueco era el héroe sobre el suelo y bajo el cielo….

Le dije adiós al poeta Juan Ramón Jiménez; recordando otra vez, que no me lo quito de la cabeza, que la semana pasada me quedé a las puertas de Tombuctú. Y le dije para animarlo, que si hay un Cielo yo quiero que sea como el Cielo por él soñado en su Dios Deseado y Deseante:

He llegado a una tierra de llegada.
Me esperaban los tuyos, deseado dios;
me esperaban los míos
que, en mi anhelar de tantos años tuyos,
me esperaron contigo,
conmigo te esperaron.

Sí, Juan Ramón Jiménez,  estamos muy cerca de los dioses.