Ser Cristo o ser Judas, no hay más alternativa para un Dios; no hay más supremo sacrificio. Runenberg lo vio claro, a la tercera tentativa, antes de que se lo llevara un aneurisma mal cerrado: Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.
No hay personaje con más aristas en la historia del ser humano, de tan vasta complejidad e infinitos matices. Un personaje soñado por el escritor más omnisciente posible: Dios; que probablemente no necesitara para redimirnos de la delación, ni de ser señalado con un beso, ni del empujón definitivo hacia el Gólgota de su apóstol más querido, el Judas, el hombre maldito.

Abravanel fue el hombre que se opuso a Ben Gurión, tal vez no sabía o se inclinó hacia la segura derrota, que ante cualquier situación de violencia o crisis siempre, desde el inicio de los tiempos, es provocada una fuerza centrífuga que empuja a todas las sociedades, individuo a individuo, a los más feroces de los extremos que siempre se simplifican en dos, a cual más violento.

Voz que se oye disidente con la guerra, voz que rápidamente es ahogada con el asesinato, la cárcel o el exilio; Isaac lo sabe; así que no hay más remedio que ir al combate, a la lucha por la pureza del estado, por la separación, por la división provocada por un nacionalismo totalmente excluyente; con estados prisioneros de sus propias alambradas y muros, entre dos sociedades incendiadas ya sea en esa frontera de fuego entre Palestina e Israel, en el muro del desierto que presagia las pesadillas del oeste o en la gran laguna estigia en que se ha convertido el mar nuestro. Así nos tratan los nacionalismos. Queríais un estado. Queríais independencia. Banderas, uniformes, papel moneda, tambores y trompetas. Vertisteis ríos de sangre inocente. sacrificasteis a una generación entera. Expulsasteis a cientos de miles de árabes de sus casas. enviasteis barcos llenos de inmigrantes supervivientes de Hitler directamente desde el muelle a los campos de batalla. todo para que hubiese un estado judío. Y mirad lo que recibisteis a cambio.
Abravanel pensaba que era mejor vivir como una comunidad mixta, pensando que había suficiente espacio para las dos. O como una combinación de dos comunidades donde una no amenazaba el futuro de la otra. Quizá tuvierais razón y no era más que un ingenuo. Al parecer así les va mucho mejor a todos los reconcomidos por el odio y el veneno; ya sea en Israel, o en aquellos otros lugares donde una simple mano mortal traza una frontera.

Y yo que simplemente iba buscando a Judas, terminé por las calles de Jerusalén en casa de un descendiente de León Hebreo, conocido, en ese medievo que no termina nunca, como Judah Abravanel, hablando de la violencia, de la guerra, de la insolidaridad, de los nacionalismos.