
Yo ya sabía que esa bandera estaba prisionera en París como botín de guerra, puesto que viví, muchos años antes cuando era un joven cadete, los combates de Zaragoza, defendiendo la plaza de Santa Engracia, y cuya historia escribí en un relato, que nunca vio la luz y que todavía conservo escondido en una carpeta de cartón azul custodiada por dos viejas gomas.
Si hay que ir a Valencia, me dije, no puedo dejar de ir a visitar a Ausías March, ese hombre con mano de hierro en el poder feudal y la vida; y con dedos suaves y alma serena para los versos; pues firme está su entendimiento, en cosa en que ninguno lo ha affirmado. No ignorábamos que los días de Valencia iban a ser duros y las batallas sangrientas, así que antes de comenzar el rodaje, vi de obligado cumplimiento visitar la catedral de Valencia y a Ausías March, en traducción de Jorge de Montemayor de la lengua lemosina, porque yo sabía que, con él, lo porvenir no miro, ni el passado.

Lo primero que hubo que indagar era dónde estaba la bandera; esa primera bandera roja, amarilla y roja que, en tierra, entró por primera vez en combate, guiando a las tropas españolas contra Napoleón. No fue difícil encontrar la réplica en el museo militar de Valencia, de manos un tal Planells, que comandaba un grupo de veteranos curtidos en más de cien batallas y tiempos. Pintada con trazos gruesos, me la enseñó: "Aquí está, ¿ves?, la cabeza del león parece la de un perro; debajo pintados los escudos del reino y de la ciudad de Valencia y más abajo el nombre del Regimiento que la portó como enseña durante la guerra de la independencia".
Yo busco la original, le dije, la que arramblada por las prisas de una nave del puerto y elegida por un pueblo levantado en armas, acudió en auxilio de Zaragoza, a combatir en Calparroso a los refuerzos que envió Napoleón, donde el Regimiento de Cazadores de Fernando VII fue casi aniquilado, refugiándose los pocos supervivientes de aquella batalla en Zaragoza para fajarse en su segundo sitio. Donde cayeron todos y también la enseña, esa bandera roja, amarilla y roja que el pueblo de Valencia hizo suya para luchar por su libertad frente al invasor, cayó en manos enemigas. Esa es la que busco.
Yo busco la original, le dije, la que arramblada por las prisas de una nave del puerto y elegida por un pueblo levantado en armas, acudió en auxilio de Zaragoza, a combatir en Calparroso a los refuerzos que envió Napoleón, donde el Regimiento de Cazadores de Fernando VII fue casi aniquilado, refugiándose los pocos supervivientes de aquella batalla en Zaragoza para fajarse en su segundo sitio. Donde cayeron todos y también la enseña, esa bandera roja, amarilla y roja que el pueblo de Valencia hizo suya para luchar por su libertad frente al invasor, cayó en manos enemigas. Esa es la que busco.

La lluvia no cejó tampoco; ni las tropas frenaron su empuje, hombres y mujeres que venciendo al tiempo volvieron a 1808, cuando los idiomas español y francés se hablaban con otros tonos y vocablos, y la tierra estaba pendiente de otra forma y otros sentidos.
El Regimiento de Cazadores, a veces llevaban las mismas caras que los franceses del mariscal Lannes, y los mismos corazones; empeñados en volver doscientos años atrás para buscar sin descanso esa bandera, lo de menos era si por la mañana llevábamos un uniforme de húsar francés o un cachirulo español y alpargatas con duende para manejar la pólvora y la bayoneta.


Lucharon como valientes y como valientes murieron; pero esa bandera cayó en manos enemigas y sabemos porque lo vivimos en los parajes de Lliria que las marchas fueron duras y los combates sangrientos. Bien sabemos ahora que la bandera está en París y puede que el próximo año sea esa nuestra misión porque jo sóc aquest que en la mort delit prenc, Puix que no tolc la causa per què em ve. Cierto, yo soy este que en la muerte encuentra placer, porque no rehuyo la causa por la que me viene.
