
¡Cómo no voy a aceptar que alguien como Faulkner me lleve al infierno!; un nuevo infierno sin anillos, sin rutas, perdido en la maraña de las palabras en el indómito Sur de la esclavitud, de la ambición, al sur, ese inmenso Sur, muerto desde 1865, poblado de fantasmas quejumbrosos, ofendidos, desconcertados. Se hablaban en un largo silencio de no-gente en un no-lenguaje.

Me desnudé allí mismo y le pedí pelea en aquel pestilente fangal lleno de alimañas que lindaba con el Ciento de Sutpen, y donde él forcejeaba, llenos de barro hasta la tonsura, con sus violentos negros que hablaban un idioma que no conocía nadie en Jefferson, y donde violentaba a sus negras creando esa estirpe paralela de demonios que llevaban su misma sangre. Le recordé cómo entró a caballo en la ciudad y adquirió aquella propiedad nadie sabe cómo, engañando a los indios Chickasaw, y se casó con Elena Coldfield. Había venido a la ciudad en busca de una esposa igual que hubiera ido al mercado de Memphis a comprar ganado o esclavos.
Sutpen, me miró sabiendo que él ya estaba muerto. Entré en la biblioteca vestido con mi uniforme de comandante, que lo tuve pegado a la piel doce años, y mencionándole que yo era uno de los que trabajó en el Mayor de Spain, aquella antigua pesquería donde Wash Jones le recordó a Sutpen lo que éste le había hecho a su pequeña Emily. Seguía teniendo su cara de arrogancia, cuyo pasado era un misterio. Le recordé que no había en todo el sur un hombre, mujer, negro o acémila que haya tenido la oportunidad de ser joven. Esbozó una pequeña mueca, que no terminaba de abrir a la sonrisa, era esclavo absoluto de su secreto, de su furiosa impaciencia, de la convicción, originada en su reciente mortificación, de que el viento volaba bajo sus pies.

He vuelto a alistarme en el ejército confederado con el coronel Sartoris y ahí que ha aparecido el coronel Sutpen. He vuelto a oír el ruido y la furia de la guerra, mientras tenía el mejor de los caballos en una fábula y esperaba a que ella terminara de agonizar, sin saber qué pensó Emily de aquella rosa que recibió. He vuelto a pelear, aunque la razón me dijera lo contrario, por el inconmensurable Sur, para luchar durante cuatro años heroicos en defensa de las tradiciones y de una tierra que nos había visto nacer; por culpa de William Faulkner, dueño y señor del condado de Yoknapatawpha.
