No yace aquí la esperanza, sino que la despertó.
Juan Benet

Así que Rainer Maria Rilke me llevó, sin que yo me lo propusiera, en traducción al castellano, hasta Metchild Podewils. Y Metchild, enamorada, y a quien sus amigos llamaban Hexe, "la bruja", me acercó a un poeta que se vistió en exceso de falangista, compuso con más de dos versos los cimientos del nuevo Régimen, volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz, fue Director General de Propaganda del Movimiento, jerarca de la España franquista y que, por decoro personal, ya que quiere demostrar que puede hacer una guerra, luchando por una joven Europa heroica y popular, decide alistarse, dando ejemplo, como simple soldado raso en la División de Voluntarios que partió a luchar contra el comunismo en Rusia, tras la invasión nazi.
El poeta de la revolución nacionalsindicalista atraviesa la Rusia helada con su lápiz de carpintero para convertirse en el poeta de los paisajes que en Diario de una Tregua, escrita durante su primer exilio talla con buril preciso; los valerosos almendros ya han perdido su flor; ahora, entre sus hojillas desmayadas y breves, despunta el fruto tierno y agrio aún. Pero todos los árboles del huerto les siguen ahora. Estuvieron esperando, cautos por ver lo que pasaba. ahora ya saben que la vida no falta a quien se atreve; que se puede crear y ser belleza; que se puede ser héroe.
Así que, sin querer ser héroe, cuando vuelve de la Rusia de acero y hielo, el director de Propaganda del Régimen, el alto jerarca falangista, el íntimo amigo de José Antonio, el soldado raso de la División Azul, decide que no puede permanecer callado, incluso sabiendo que va a perderlo todo, y el 7 de julio de 1942, le escribe su famosa carta al general Franco en la que le revela la situación del Régimen y de la Falange tras la victoria franquista:
Mi general, si me atrevo a distraer la atención de V.E. con esta carta es simplemente por una razón de conciencia.
Que el régimen es impopular no es preciso decirlo, y es claro que esta impopularidad comienza a minar gravemente el prestigio de V.E. y a invalidar históricamente la Falange, cuyas ideas no han sido ensayadas y cuyos hombres son insignificantes minorías en el mando efectivo del país.
Todo parece indicar que el Régimen se hunde como empresa, aunque se sostiene como tinglado. No tiene, en efecto, base propia, fuerte y autorizada y la crisis de disgusto es cada vez más ancha. un día podría producirse el derribo con toda sencillez. Entonces los falangistas caeríamos envueltos entre los escombros de una política que no ha sido la nuestra. ¿Piensa V.E. qué desgracia mayor podría yo tener, por ejemplo, que la de ser fusilado en el mismo muro que el general Varela, el coronel Galarza, don Esteban Bilbao y el señor Ibáñez Martín? No se trata de no morir; pero, ¡por Dios!, no morir confundido con lo que se detesta.
Franco arruga el papel, pero no se atreve a matar a Ridruejo, el cuerpo de José Antonio todavía no se ha enfriado del todo; que he montado un tinglado, se atreve a decir; que me detesta; Ridruejo y su transformación, musita el general, sabiendo que la Falange está muerta en su mano. Confieso que los pequeños cargos aparenciales con que V.E. me distinguió me pesan en exceso y sería feliz librándome de ellos.
Y pensar que todo empezó con la traducción de unos versos de Rilke en los brazos de una bella espía alemana.