Así que me fui a esa biblioteca escondida, con más de 40.000 volúmenes, que regenta un viejo coronel, que bien pudiera apellidarse Buendía, pero se apellida Morejón; y, de entre esas estanterías que huelen a libro sin abrir, localicé el volumen que buscaba, La Democracia en América de Alexis de Tocqueville. Le dije que pensaba sacarlo, pero que necesitaba más tiempo que ese mes de préstamo que la biblioteca me ofrecía; a lo que me contestó: "No te preocupes, ese libro nunca lo saca nadie; así que no tendremos a ningún lector impaciente esperando a que tú acabes, quédatelo el tiempo que quieras".

Ese mismo día comencé a leer el volumen de Tocqueville, impreso por ediciones Guadarrama en 1969 y traducido por Marcelo Arroia-Goitia: Durante los temas nuevos que, durante mi estancia en los Estados Unidos, llamaron mi atención, ninguno atrajo más vivamente mis miradas que la igualdad de las condiciones. Descubrí sin esfuerzo la influencia que ejerce este primer hecho sobre la marcha de la sociedad.
No es mal comienzo para un libro, porque la igualdad es un concepto tan fácilmente vendible que todo el mundo lo acata como una necesidad, incluso esa aristocracia del siglo XIX lo hace suyo temiendo que esas revoluciones que llamaban a su puerta no batieran los goznes tras los que ellos se refugiaban.
El problema radica en que ninguno de los individuos de cualquier sociedad, aunque se le llene la boca de ello, quiere ser igual al otro, ¿tendrá algo que ver el alma humana?; si todos tenemos el mismo derecho al voto, la misma igualdad ante la ley, los mismos derechos ante el Estado, habrá que buscar un motivo por el que los individuos puedan sentirse diferentes o mejores a los demás. En esas naciones en los que la libertad campa como principio, el motivo de diferenciación que se buscará desaforadamente será el del dinero y el bienestar material; quien tenga más dinero y sea más rico formará parte de esa nueva aristocracia que es creada en los países libres. Parece, por tanto, que será difícil avanzar hacia una sociedad completamente igualitaria en libertad.
Montesquieu lo resume de una manera muy gráfica en una célebre frase: "No es difícil ser feliz, eso se logra con facilidad. El problema radica en que queremos ser más felices que los demás, y eso es imposible porque en apariencia siempre vemos a los demás más felices de lo que en realidad son".
Aunque, claro, para Tocqueville el peor sistemas de todos los posibles es aquel en que hay una igualdad absoluta, pero no hay libertad. Las sociedades embarcadas en el endiosamiento de este sistema político igualitario en el siglo XX demostraron de una manera práctica y demasiado dolorosa este axioma escrito en 1831.
Las voluntades de la democracia son cambiantes; sus agentes, groseros; sus leyes, imperfectas: lo concedo. Pero si fuera verdad que pronto no pudiera existir ningún régimen intermedio entre el imperio de la democracia y el yugo de uno solo, ¿no deberíamos más bien tender hacia el uno que someternos voluntariamente al otro? Y si hubiera que llegar, en fin, a una completa igualdad, ¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota?

Y, de pronto, descubrimos una realidad imparable del poder de la mayoría sobre el pensamiento, una mayoría que impone un pensamiento único políticamente correcto y marca con la exclusión a aquel que se salga de él, la mayoría manda hasta en el pensamiento: Pero el pensamiento es un poder invisible y casi inaprensible que se burla de todas las tiranías, escribe Tocqueville en 1831, en nuestros días los soberanos más absolutos de Europa no podrían impedir a ciertos pensamientos hostiles a su autoridad, el circular sordamente dentro de sus Estados, e incluso en el interior de sus cortes. No ocurre lo mismo en América: en tanto que la mayoría se mantiene dudosa, se habla; pero en cuanto se ha pronunciado irrevocablemente, todo el mundo se calla.
Desde luego hay gente que ve el futuro sólo viajando a América en un barco de vela, Tocqueville era uno de ellos, y en su libro nos cuenta cómo las democracias tenderán a un individualismo desaforado que es el más visible de los rasgos democráticos, con familias cada vez más pequeñas y menos integrados en la sociedad, con un interés excesivo en el bienestar material, donde las personas son simple comercio, y cuyo único afán es el dinero, y en el que la tiranía de lo políticamente correcto tapará las bocas de los hombres libres.
Después de las últimas elecciones en Estados Unidos volví a leer a Tocqueville y no me ha dejado, como siempre, indiferente. Vuelvo a pensar que está tan vivo como en 1831; aunque yo que lo leo desde que alguien me lo recomendó, pues nunca descubrí por mí mismo un buen libro y a esos recomendadores se lo debo todo, sé que uno aprende a leer para poder no creerse nada de lo que lee. Por eso yo lo recomiendo como lectura en bachiller; ¡Ah, perdón!, que ya no se estudia ni filosofía ni a los clásicos en el instituto. No querrán ciudadanos, querrán súbditos; menos mal que ahora la guerra no nos impondrá a los tiranos, sino que los elegiremos nosotros mismos una vez cada cuatro años con la omnipotencia de la mayoría; sabiendo que la masa del pueblo puede ser seducida por su ignorancia o por sus pasiones.