sábado, 7 de enero de 2017

REMIGIO GONZÁLEZ, ADARES, UN POETA QUE ME ENCONTRÓ EN SALAMANCA



Aquí os dejo
mi imagen
pero os aseguro 
que ella no lo sabe.

Nadie llega a Salamanca buscando poetas. Los poetas modernos sólo entregan versos sin ningún valor material. Como mucho, en un espíritu sensible, consiguen la poca dicha de alimentar oídos, corazón y vida durante unos segundos. Así son los poetas de hoy en día; sólo entregan versos.

Quizá fue una mala idea para los poetas abandonar los palacios y la seda de los señores; dejar atrás las mansiones de los mecenas y su halago; o luchar contra el abrazo de la Administración y sus burócratas. Sin los poderosos sólo les queda el frío del invierno, la lluvia del otoño, el sol del verano y el relente de la primavera.

Salamanca,
los que te subastan y se retratan
a ellos, ellos los elegantes,
los que ya sin pulso
no escucharon el frío.

Yo a Salamanca llegué buscando pícaros, la universidad y su pasado habitado por sabios; y con una mujer. Nadie va a Salamanca buscando poetas. Además, como poca gente se atreve a serlo a cara descubierta, sabía que, si querías verlos, siempre sería necesario buscarlos con ahínco por cafés escondidos en lugares marginales, en ateneos dirigidos por viejas edades irreconocibles o en clubs de lectura desconocidos por recién llegados.

Pero en Salamanca, el día 12 diciembre de 1998, camino de la Plaza Mayor, poco antes de llegar, saliendo de la Plaza del Corrillo, tropecé con tres escalones llenos de libros de poesía, una cuerda atada entre dos columnas en la que como una bandera ondeaba un trapo rojo y, colgado con un alfiler, un cartel que ponía: POESÍA. 

Miré al hombre que estaba sentado junto a los libros, y pensé que si yo estuviera en Long Island, en Nueva York y en el siglo XIX el destino me habría deparado conocer al mismísimo Walt Whitman. Barba blanca y bien cuidada, gorro presto al desenlace, jersey bien trabado de color gris, guantes de lana en una manos incontrolables y una sonrisa. "A este hombre tengo yo que comprarle un libro", me dije.

Con la historia de todo lo que sea
llego con cada día aquí lleno de dudas
lleno de fiestas con un poco de todos
dentro por dentro permanezco demasiado
atado a estas columnas Plaza del Corrillo
donde la vida cruza hacia la vida
y aquel que no me vea perdido entre
las bocas, los otoños, los inviernos,
y algún verano cojo.


- ¿Es usted el autor?- le pregunté.
- Sí, estas escaleras están llenas de mis versos. ¿Has venido a ver Salamanca? No voy a preguntarte de dónde eres llegado, pero si quieres conocer Salamanca, te recomiendo este libro.

Sin levantarse, me señaló  con la mano temblorosa un pequeño volumen titulado No me preguntéis de dónde soy llegado, de un color amarillo marfil, con una foto gris de la Catedral a la frontera del Tormes y unos versos junto a ella en la portada:

Con abrazos
Salamanca y rueda.
Sin Salamanca al mundo
le faltarían los ojos
del espejo.

- Parece que con este libro voy a conocer Salamanca bastante bien- le pregunto.
- En estos versos hay algo de Salamanca que no puede contemplarse sólo paseando- me dice.

Salamanca es la Edad de todas las Edades,

Noche que no duerme sola Salamanca,
La Plaza del Corrillo.
Sombra de los inviernos con San Martín
la puerta de la Iglesia.
Arriba el capitel con dos palomas,
la burra y la distancia,
el arte y la escultura,
la vía de llover.

- Parece usted Walt Whitman- le digo- y si encima vende sus versos en la calle, debe ser usted más poeta que nadie.
- Aquí están mis libros. Por mí editados; yo me encargo de todo, los escribo, los corrijo, los edito, los vendo. Hablo con mis compradores.
- Le compro el libro siempre que me lo dedique y lo firme.
- Claro, claro- me dice- yo siempre firmo mis libros a los lectores, por eso estoy aquí.

Yo no adiviné su Parkinson hasta que lo vi coger el bolígrafo tembloroso. Los dedos, como pájaros sin dueño, evitaban las vocales y las rosas; así que antes de que se liara con los temblores, el bolígrafo, la luna, la catedral de Salamanca, la Plaza del Corrillo, que tanto le debe y mi nombre; Norberto, qué raro que me llame Norberto; le dije que no era necesaria la dedicatoria, que era más que suficiente su firma.

- Claro, claro, lo que tú quieras- me dijo- te lo firmo.
Y estampó con bolígrafo negro en la esquina superior derecha una especie de capitel con dos pequeños círculos concéntricos a la izquierda, una circunferencia central en un lado, y una línea vertical, que para mí significaba la pared de la vida.

Adares fue el primer poeta con el que yo hablé y que leyó unos versos de su libro sólo para mí y la mujer que me acompañó a Salamanca; sus dos únicos escuchantes. Aquel día de diciembre en aquella hora, sonó sólo para mí la trémula voz de un poeta:

Yo nunca me arrepiento.
Mis ojos son dos ruedas
que van curvando el sorbo
a Salamanca.
Hago de ella camino
y desde mis pesadillas reboso por su piel
la caja de mis aguas.

Adares murió en el año 2001. Ya nadie coloca sobre los tres escalones de la plaza del Corrillo sus libros de poemas, ni tiende su cuerda y su trapo rojo entre las columnas que daban al café Corrillo donde escribió cientos de versos.

Ahora el café, en el que se respiraba poesía y jazz, se ha mudado y ha sido sustituido por un McDonald´s; sin versos ni cantares. Pero yo estoy seguro de que en Salamanca siguen acordándose de Remigio González, Adares, el poeta que vendía sus versos, empaquetados o sueltos, en la calle. El otro Walt Whitman que me encontró en la Plaza del Corrillo, cuando yo creía que ese tipo de poetas estaban todos muertos.






1 comentario:

  1. Pues ya ves, Norberto... Y la sorpresa de poder conocerlo. Saludos.

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